Vivimos en una época que parece saber mucho de muchas cosas, pero cada vez menos sobre lo que realmente significa ser familia. Hemos perdido, en parte, el arte de cuidar lo esencial: de construir un hogar, no solo una casa; de formar corazones, no solo hábitos.
En medio de tanta prisa y distracción, se nos escapa que el hogar es el primer santuario, un lugar sencillo, pero profundamente sagrado, donde se forma el corazón humano. Por eso es urgente volver a educar con el corazón, con presencia, con amor verdadero. Porque allí, en lo cotidiano, se juega el destino más profundo de cada persona.
A continuación puedes escuchar la plática sobre la familia y el hogar, impartida por Fernando Galindo.
No son sólo los años, es la distancia del camino andado. Son los riscos, las sierras y los peñascos las palabras y heridas de los fracasos.
No son sólo los años, son los niños que nos hablan cuando soñamos.
Es tu cuerpo de madre que se abre al abrazo, que se abre al milagro. El olvido permanente de lo amargo. La presencia de aquel que se fue, sin apenas haber llegado.
No son sólo los años, son las penas, frustraciones y retrasos. Las promesas de un hombre que envejece sin apenas haberse despertado. Las historias, las naciones y las lenguas que a ti y a mi nos cobijaron.
No son sólo los años, es la distancia y la dureza del camino andado.
La entereza de una mujer «corazón de hierro», que acompaña a su hombre para sobrevivir al naufragio.
Han pasado más de diez años desde los acontecimientos que marcaron a la humanidad en el 2010 y en el 2011. Ciertas corrientes que ya se manifestaban entonces, han adquirido aún más fuerza.
Muy temprano en el 2011, la “primavera árabe” despertó súbitamente del letargo a las sociedades de numerosos países en África del Norte y Medio Oriente: los ciudadanos de Túnez, Egipto, Yemen y Libia se sacudieron el pesado yugo de sus respectivos dictadores e iniciaron el arduo camino de la democracia. No todo ha sido bueno. Siria se convulsionó con una guerra intestina extremadamente cruenta, pero con la ayuda de la Rusia de Putin el régimen del clan Assad, que ha dominado el país por más de tres décadas, ha logrado sobrevivir. Aunque otros dictadores autoritarios del mundo árabe pagaron sus crímenes y abusos con su sangre y la de sus allegados.
Paralelo a la primavera árabe brotaron en otras partes del mundo movimientos populares que reclamaban alteraciones radicales en ciertas estructuras políticas y económicas de sus respectivos países. En Chile, el movimiento estudiantil recobró fuerza en su reclamo de una educación pública accesible y de calidad. “Los indignados” de la Plaza del Sol, en Madrid, dieron la señal de salida para protestar en contra de la política de austeridad implantada en España por el gobierno de Rajoy. Su reclamo y forma de protesta fueron replicados a lo largo y ancho de las plazas más importantes de España y de la Unión Europea. En Zucotti Park, en el corazón de Nueva York, cientos de personas establecieron un campamento para exigir un cambio en las prácticas financieras dominantes en Wall Street formando el movimiento conocido como “Occupy Wall Street”, que también contó con réplicas en las principales capitales financieras del mundo, tales como Frankfurt o Londres. Incluso Israel fue testigo del nacimiento de un movimiento popular, llamado “de las tiendas”, para protestar por los altos costos de la vivienda y la desigualdad económica en el país.
También en el 2011, el 11 de marzo, la sociedad japonesa vivió una tragedia que se desencadenó en tres actos:
Alrededor de las dos y media de la tarde la isla fue sacudida por un terremoto de nueve puntos en la escala de Richter, el más fuerte registrado en Japón. El terremoto duró al menos cinco minutos. A las cuatro de la tarde, provocada por el movimiento telúrico, una ola que alcanzaba en algunos puntos más de 20 metros de altura y se movía a una velocidad aproximada de cincuenta kilómetros por hora golpeó la costa noreste de Japón arrasando más de doscientas poblaciones costeras a su paso y llegando a penetrar más de 10 kilómetros de tierra firme. Entre otras muchas poblaciones, el tsunami golpeó la planta nuclear de Fukushima Daiichi, que contaba con seis reactores nucleares y que se encuentra a 250 kilómetros al noreste de la macrourbe de Tokio. El fuerte terremoto había ya descompuesto los mecanismos de enfriamiento ordinarios de los reactores, el tsunami, por su parte, descompuso los sistemas de enfriamiento emergentes. En tres de los seis reactores se desataron procesos de fisión nuclear, lo que ocasionó explosiones de hidrógeno que acabaron por destruir la cúpula externa de los reactores y dejaron escapar grandes cantidades de radiación en ambiente.
Atónitos, los ciudadanos japoneses fueron testigos de la ineptitud y desorganización de sus autoridades, quienes tardaron más de una semana en controlar las emisiones radiactivas, y son, hasta hoy, incapaces de fincar responsabilidades por la falta de medidas precautorias en la planta nuclear. Tampoco han logrado ponderar ni aliviar los daños al ambiente y a la salud de la población.
El carácter de cada uno de estos acontecimientos es único, y es arriesgado establecer comparaciones entre ellos. Sin embargo, además de haber ocurrido en el mismo año, todos tienen en común que pusieron de manifiesto la profunda insatisfacción de los ciudadanos con su gobierno o, dicho de otro modo, la profunda insatisfacción de los ciudadanos con los políticos. De ahí que podamos llamar a estos acontecimientos “crisis políticas”, pues tienen como raíz la inconformidad ciudadana respecto a la organización de la vida en común encargada mayormente a los políticos.
Las crisis del 2011 sugieren que los políticos no cuentan con la capacidad ni los recursos para representar los intereses ciudadanos. Parece agotado el modelo político tradicional que distingue entre ciudadanos ―preocupados primordialmente por intereses privados― y políticos que, a través del ejercicio de funciones de gobierno, dominan la organización del ámbito público. Los políticos en diversas partes del mundo han sido incapaces de garantizar a sus ciudadanos estabilidad económica, justicia y paz social, condiciones mínimas para el florecimiento de una sociedad.
Podemos distinguir tres aspectos de estas crisis políticas: Una crisis de representatividad, una crisis de distribución, y una crisis de efectividad. Y es posible descubrir cada uno de estos aspectos de modo ejemplar en los diversos acontecimientos mencionados: la crisis de representatividad en la primavera árabe; la crisis de distribución en la protesta estudiantil de Chile, el movimiento de los indignados y en “Occupy”; y la crisis de efectividad en la mala respuesta del gobierno japonés a la catástrofe de Fukushima. Vale la pena analizar brevemente estos acontecimientos bajo las tres perspectivas mencionadas. Comencemos con la primavera árabe y la crisis de representatividad política.
El 17 de diciembre del 2010 en la pequeña ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, un vendedor de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi, de 26 años, se prendió fuego afuera del palacio municipal. Nacido el 29 de marzo de 1984, Bouazizi perdió a su padre cuando tenía tres años. Su madre volvió a casarse pero el padre adoptivo de Bouazizi era de salud frágil y por tanto nunca pudo conseguir un ingreso estable. Para ayudar a su madre, Bouazizi comenzó a trabajar como vendedor de frutas y verduras cuando apenas tenía diez años, mientras continuaba con sus estudios. Sin embargo, a los 19 años abandonó la escuela para dedicarse de tiempo completo a su trabajo como vendedor ambulante y colaborar así con sus ingresos a que sus cinco hermanos menores permanecieran en la escuela.
Durante años, Bouazizi había padecido el abuso de poder de los policías de su ciudad. Apoyados en leyes arbitrarias y menudencias burocráticas, los policías despojaban una y otra vez a Bouazizi de sus productos, le pedían mordidas o le impedían vender en los mercados y las plazas más concurridas.
La mañana del 17 de diciembre del 2010 el abuso de poder llegó a un extremo. Una mujer policía intentó despojar a Bouazizi de sus productos y de su báscula. Bouazizi se negó a entregar sus pertenencias, se hicieron de palabras, la mujer policía, entonces, lo abofeteó y, apoyada por otros policías, lo derribó y lo despojó de su mercancía y de su báscula. Buoazizi intentó denunciar este abuso en las oficinas municipales, pero le dijeron que el oficial encargado de atenderlo “estaba en una junta” y no podía recibirlo. Desesperado, Bouazizi decidió prenderse fuego en la calle enfrente del palacio municipal.
Después de una agonía de días, Bouazizi murió 4 de enero del 2011. Para entonces, las protestas contra el gobierno de 27 años de Ben-Ali (más años que lo que duró la vida de Bouazizi) se extendían a todo el país. Y más tarde surgieron movimientos revolucionarios en Egipto, Yemen, Libia, Siria y Marruecos. Movimientos que en Egipto, Libia y Yemen culminaron en el derrocamiento de gobernantes y regímenes que llevaban más de 20 años en el poder.
La experiencia de Bouazizi con las autoridades políticas de su país es semejante a la experiencia que millones de ciudadanos tienen de la relación con sus gobiernos, lo mismo en regímenes autoritarios que en regímenes democráticos. El gobierno es visto como una burocracia impersonal, insensible ante las carencias y dificultades de los ciudadanos para salir adelante, una burocracia arbitraria que aplica leyes caprichosas y muchas veces inútiles. El gobierno es un obstáculo y no un apoyo para los ciudadanos; los políticos son considerados por los ciudadanos como una clase exclusiva y excluyente, poseedora de privilegios y preocupada únicamente por afianzar su posición de poder.
Muchos ciudadanos están convencidos de que los políticos no los representan ni velan por sus intereses. Esta convicción desemboca en la crisis de representatividad que atravesamos y que se concreta en iniciativas ciudadanas para eliminar partidos políticos y disminuir el número de parlamentarios, así como los puestos en todos los ámbitos de gobierno. Muchos ciudadanos simpatizantes de estas iniciativas sueñan con una democracia de “asamblea permanente”, donde todas las voces sean escuchadas y nada se decida si no es por consenso entre todos los ciudadanos. Las revoluciones ciudadanas de la primavera árabe, surgidas al margen de los partidos políticos y fuertemente apoyadas en las redes sociales virtuales, alimentan esta ilusión. Pero no es lo mismo librarse a través de una revolución de una clase política corrupta que tratar de organizar un país de millones de habitantes sin una clase política bien establecida y sin partidos políticos con posturas definidas y visiones de cómo debe construirse una sociedad. La euforia y el entusiasmo revolucionario para dar frutos de libertad, justicia y estabilidad económica durables, deben eventualmente traducirse en trabajo burocrático, aburrido, detallado y preciso de tipo legislativo, ejecutivo y judicial. Un Estado funcional, justo y democrático, no puede construirse únicamente sobre asambleas populares, consignas y manifestaciones. Lo extraordinario de una revolución debe preceder a la vida ordinaria de las instituciones.
El anhelo de una democracia directa sin mediación de políticos de ningún tipo está también presente en el movimiento universitario de Chile y en las protestas de “los indignados” y de “Occupy”. Para muestra basta la exigencia de “los indignados”: “democracia real ya”. Por democracia “real” muchos entienden una democracia sin intermediarios y sin partidos políticos.
Cabe señalar sin embargo que estos movimientos de protesta no surgen en el seno de regímenes autoritarios que violan de modo consciente, impune y de continuo los derechos humanos de sus ciudadanos; más bien se dan dentro de gobiernos democráticos que tienen claros límites en el ejercicio de su poder. Es cierto que en Santiago de Chile, en Madrid y en Nueva York ha habido enfrentamientos violentos entre los manifestantes y la autoridad, pero estos enfrentamientos no han ni de lejos resultado en saldos sangrientos y hasta ahora no ha habido una sola muerte, ni entre los manifestantes ni entre los policías.
Esta importante distinción ha sido señalada entre otros por el sociólogo y ensayista Mathias Greffrath, quien afirma que en los países árabes la lucha armada tiene por objeto establecer los derechos fundamentales de una democracia[1]. Entre ellos, el derecho de protestar públicamente por los errores o injusticias ocasionadas por el mal gobierno. En Chile, España, Europa y América en cambio, las protestas se dirigen a democracias legalmente bien establecidas, pero en las que parece que la democracia se ha quedado “sin substancia”, es decir, que las instituciones y el discurso son sólo formalmente democráticas, en la práctica empero, los políticos no defienden ni representan los intereses de la mayoría de la población, ni tampoco ofrecen a los ciudadanos las condiciones públicas mínimas para desarrollarse familiar, laboral y políticamente. Greffrath menciona una frase de Richard von Weizäcker, sexto presidente de la República Federal Alemana, quien dijo: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado del poder”. Weizäcker se refería con ello a la paradoja de que los políticos, preocupados exclusivamente por defender posiciones de poder, se hayan vuelto impotentes frente a los desafíos que enfrentan sus ociedaddes.
Greffrath ofrece tres ejemplos de esta impotencia: primero, la impotencia de los políticos frente a los poderes financieros, que ha quedado manifiesta sobre todo a partir de la crisis financiera iniciada en el 2008; segundo, la impotencia de los políticos para ofrecer seguridad social: salud, educación y empleo; y tercero, la impotencia de los políticos para hacer frente a los problemas que amenazan a la sociedad, como el cambio climático, la crisis alimentaria y la crisis energética.
Los primeros dos ejemplos de Greffrath, el de los mercados financieros y el del Estado social, caen dentro de lo que aquí he llamado “crisis de distribución”. El tercer ejemplo, el de la incapacidad para enfrentar catástrofes y crisis naturales, cae dentro de la “crisis de efectividad”, que abordaremos en un momento.
Sobre la crisis de distribución vemos que numerosos gobiernos democráticos en Europa y América han sido incapaces de generar las condiciones para el crecimiento económico que sus sociedades requieren; han sido también incapaces de garantizar salud, educación y empleo, si no para todos, al menos para la mayoría de la población; y si no para la mayoría, al menos para los más vulnerables de la sociedad.
La misión del Estado es garantizar condiciones de vida digna, especialmente a los más vulnerables de una sociedad: a los niños, a los ancianos, a las mujeres embarazadas, a los enfermos, a los más pobres, a los más ignorantes. Un Estado así nos conviene a todos, puesto que todos en algún momento hemos sido niños, todos hemos dependido de alguna mujer embarazada (nuestra madre), y todos hemos estado enfermos.
Muy por el contrario, vemos que los gobiernos en Europa y América favorecen y protegen sobre todo a los “fuertes”, a quienes tienen recursos económicos, salud y educación. La brecha entre los ricos y pobres cada vez se ensancha más, lo mismo en Francia y Alemania que en Estados Unidos, México o Chile. Tenemos cada vez más pobres, y nuestros pobres son “más pobres”, es decir, tienen más carencias que antes; mientras que nuestros ricos son cada vez más ricos y gozan de más privilegios. Nuestros gobiernos democráticos han fracasado en la distribución de recursos que nos pertenecen a todos. El avance tecnológico, el aumento de la productividad, y en última instancia de la riqueza, no han favorecido a los grupos más vulnerables de nuestras sociedades, más bien se han traducido en el lujo grosero y grotesco que despliegan las personas adineradas en cualquier gran ciudad de América o Europa.
Como suele suceder en la historia, el reclamo por esta crisis de distribución no proviene de los más afectados, los desposeídos y miserables; más bien es un reclamo articulado por universitarios y jóvenes profesionistas, pues son ellos quienes a la vez son conscientes de las pocas perspectivas de futuro que les ofrece sus sociedad y cuentan también con la educación necesaria para entender que las cosas podrían ser diferentes y que los mercados financieros no son fuerzas naturales de orden cósmico, incapaces de ser controladas por leyes e instituciones humanas.
El crecimiento de la desigualdad y la injusticia social no obedece a leyes de selección natural de tipo darwinista, es más bien el resultado de una mala distribución de los recursos, de malas políticas establecidas en algunos casos por ineptitud, en otros por corrupción, o por ambas.
La ineptitud y la corrupción también están en el corazón de la crisis de efectividad, que he ejemplificado aquí con la tragedia de la planta nuclear en Fukushima, Japón. Es sorpresivo para nuestros oídos hablar de falta de efectividad en relación con el gobierno japonés. La asombrosa recuperación japonesa tras la debacle total de la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo de efectividad y eficiencia. En una isla más o menos del tamaño de Veracruz, pero con una geografía mucho más agreste, viven 126 millones de personas, y poseen una economía solo por debajo de los Estados Unidos y de China, y por encima de países con mucho más territorio como Canadá o Rusia.
Dadas las numerosas empresas japonesas presentes en México, por ejemplo en la rama automotriz, son conocidas para nosotros la alta capacidad de organización y la cultura del trabajo japonesas, que tienen una fama casi proverbial.
Por otra parte, basta un breve repaso histórico de catástrofes naturales y un poco de conciencia sobre las implicaciones de la producción de energía nuclear para concluir que las 17 plantas nucleares, con sus 54 reactores, que Japón tenía trabajando hasta antes de la catástrofe de Fukushima eran una bomba de tiempo. Es aquí donde la ineptitud y la corrupción, pero también la demagogia, vienen a cuento.
Podemos analizar la ineptitud del gobierno japonés desde dos ópticas: Por un lado, una especie de “ineptitud ocasional” que se evidenció durante las semanas que siguieron a la catástrofe. Faltó comunicación entre las diversas dependencias gubernamentales, que fueron incapaces de formular y hacer público de forma expedita un diagnóstico certero de los daños ocasionados. También faltó comunicación entre el gobierno japonés y los gobiernos internacionales, quienes fueron informados de la magnitud del accidente sólo a cuentagotas y después de ejercer fuertes presiones diplomáticas. Faltó también ejercicio de autoridad y decisión para controlar y supervisar a la compañía “Tepco”, tanto en la operación de las plantas nucleares antes de la catástrofe, como en la respuesta lenta, desorganizada y caótica que tuvo después del accidente.
Sumada a esta “ineptitud ocasional”, queda la duda de si no debiéramos postular también una especie de “ineptitud necesaria”, que podríamos definir como la incapacidad natural e invencible de los seres humanos para protegernos contra fenómenos naturales como terremotos o tsunamis. Esta es una especie de “falla de origen”, una actitud arrogante y soberbia frente a las fuerzas de la naturaleza. Aquello que los antiguos griegos llamaban hybris: la pretensión de que el ingenio y la capacidad técnica de los seres humanos no conoce límites.
Tanto el gobierno japonés como la empresa Tepco fueron en todo momento desbordados por los acontecimientos: La plantea nuclear de Fukushima podía resistir un terremoto de hasta 8 puntos en la escala de Richter, pero el terremoto del 11 de marzo de 2011 fue de 9 puntos, lo cual dejó inservibles los sistemas de enfriamiento de los reactores; la planta contaba con sistemas de enfriamiento emergentes, pero estos fueron desactivados por el tsunami desencadenado por el terremoto; la planta de Fukushima estaba protegida por un muro de concreto capaz de contener tsunamis con olas de hasta 6 metros, pero las olas del tsunami ese 11 de marzo alcanzaban, según diversos reportes, entre 14 y 20 metros de altura. Las fuerzas de la naturaleza superaron, por mucho, las ingenuas o perversas previsiones del gobierno japonés y de Tepco. Y es aquí donde la incompetencia se vincula con su hermana la corrupción.
Bernhard Taureck, en un ensayo sobre Fukushima, Rousseau y el ideal ilustrado del progreso, enlista 7 actos de corrupción e ineptitud en que incurrieron la empresa Tepco y el gobierno japonés[2]. El primero es el engaño sobre fallas de seguridad y la omisión sistemática de reportes de accidente en Japón y en el resto del mundo (Tepco era, hasta antes de Fukushima, empresa líder en el sector energético); segundo, los empleados de “outsourcing” y sin plaza permanente fueron obligados a entrar a los reactores defectuosos con equipamiento insuficiente, sin botas aislantes, por ejemplo. Y fueron amenazados con el despido en caso de desobedecer. Tercero, el gobierno japonés y Tepco promovieron en los medios que la contaminación por plutonio (que tiene efectos permanentes) era tan inofensiva como la radiación de los rayos X utilizada comúnmente para sacar radiografías. Ambas instancias también difundieron un límite falso de tolerancia a la radiación en infantes que supera por lo menos veinte veces al límite de tolerancia real. En quinto lugar, Tepco y el gobierno japonés abordaron sus pláticas para controlar la crisis de Fukushima siguiendo el esquema de una negociación tradicional entre una concesionaria y el Estado. Además, por presión del gobierno y de Tepco, fueron despedidos 26 periodistas responsables de reportes y opiniones que dejaban mal parados a Tepco y al gobierno.
Hasta antes de Fukushima, Tepco era una de las empresas que gastaban más dinero para garantizar una buena imagen en los medios. Por último, muchos expertos dudan que la “desconexión en frío”, realizada por Tepco y el gobierno en los reactores descompuestos, sea efectiva para detener la radiación.
Para Taureck todas estas fallas remiten a la relación malsana y deshonesta que existía entre las distintas instancias gubernamentales encargadas de velar por la seguridad de las plantas nucleares y Tepco. En todas las instancias gubernamentales, sin excepción, había consejeros de Tepco, lo que permitía a la empresa no declarar accidentes y con ello evitar multas y otras sanciones. Importantes directores de estas agencias gubernamentales pasaron tras su retiro del sector público a formar parte de la nómina de Tepco con sueldos muy bien dotados. Por si esto fuera poco, Tepco era la empresa que más dinero donaba a los partidos políticos en Japón. Y era también la principal donadora de fondos para la investigación científica en Universidades y otros institutos.
Como sucede en las otras crisis aquí mencionadas, en la crisis de Fukushima los más vulnerables dentro de la población son también los más afectados: en primer lugar los empleados de outsourcing de Tepco, quienes sufrieron daños irreparables en su salud; también los niños y las mujeres embarazadas, que son más vulnerables a la radiación de plutonio, así como los viejos y los campesinos pobres, que fueron incapaces de huir del tsunami o cuyas tierras han quedado inhabilitadas por la radiación. En cambio, los servidores públicos y los ex directivos de la empresa Tepco difícilmente enfrentarán algún cargo penal, probablemente ni siquiera verán amenazada su confortable forma de vida, y esto a pesar de que Tepco se declarara en quiebra y fuera adquirida por el Estado japonés como consecuencia de la catástrofe de Fukushima.
Una característica más de la crisis de Fukushima llama la atención: la demagogia del gobierno japonés respecto al tema energético, y la correspondiente insaciabilidad energética de los habitantes de la pequeña isla. La función de un Estado democrático es generar las condiciones de vida dignas indispensables para el florecimiento de todos los miembros de una sociedad, en especial de los más vulnerables; pero no es misión ni tarea de la democracia saciar todos los apetitos de una población ni cubrir todas sus demandas por encima de lo que marca el sentido común y de los límites impuestos por la naturaleza. La demanda energética en Japón, al igual que en otros países desarrollados como Estados Unidos o Francia es desmesurada. A pesar de este hecho, los gobiernos de estos países han evitado implantar políticas serias de educación y concientización de la población que repercutan en un ahorro real de energía. Es cierto que un gobierno democrático debe en principio obedecer a la voluntad del pueblo, o de la mayoría, pero no todas las demandas de la mayoría son sensatas y realizables.
Esta demagogia de gobiernos democráticos que prometen a sus ciudadanos satisfacer siempre su creciente demanda energética, aun a riesgo de destruir el planeta, no es exclusiva de Japón. Tauerck menciona, a modo de ejemplo, que en Francia el consumo de energía es dos veces más alto que en Alemania, a pesar de que Francia tiene 16 millones de habitantes menos. El 80% de la energía consumida en Francia procede de sus 20 plantas con 59 reactores nucleares. El mayor número de reactores nucleares per cápita en el mundo.
Quizá lo más inquietante de una crisis como la de Fukushima, causada por la incapacidad de los seres humanos para controlar las fuerzas de la naturaleza, es que no se trate de una experiencia excepcional y única. Pensemos si no en la catástrofe ecológica provocada por la ruptura del yacimiento de petróleo bautizado como “Macondo” en el Golfo de México y que implicó el derrame de 4.9 millones de litros de crudo en el lecho marino entre el 21 de abril, día en que se registró una explosión en la plataforma petrolera sobre el yacimiento, y el 15 de julio de 2010, día en que por fin lograron contener la fuga de petróleo.
Guardando las distancias ―sobre todo con respecto al número de decesos, el daño al ambiente y a la infraestructura―, encontramos similitudes entre las causas que hicieron posible la crisis de Fukushima y el accidente en el Golfo de México. De nuevo aparecen las hermanas gemelas de la incompetencia y la corrupción, animadas ambas por su hermana mayor: la ambición. Y de nuevo encontramos como falla de origen una relación malsana entre el gobierno de los Estados Unidos y la empresa petrolera “British Petroleum”(BP), responsable principal de la tragedia.
BP es, como su nombre lo indica, una empresa de origen británico. Aunque como cualquier trasnacional tiene accionistas de todo el mundo. Desde 1995 BP ha perseguido una agresiva estrategia encaminada a aumentar sus ganancias. Sobre todo a través de disminuir sus costos de operación. El afán desmesurado por disminuir costos llevó a la empresa a reducir durante más de una década significativamente su gasto en la seguridad y el mantenimiento de sus instalaciones, despidiendo a ingenieros y técnicos encargados de ambas funciones. En el 2010, las escasas medidas de seguridad y la falta de mantenimiento ocasionaron la explosión de la plataforma petrolera “Deep Water Horizon” utilizada para extraer el crudo del yacimiento “Macondo”. Este accidente en el Golfo de México es sólo uno más en la larga lista de accidentes ocurridos en las instalaciones petroleras de BP. En el 2005, por ejemplo, una explosión en su refinería de “Texas City” le costó la vida a 15 trabajadores y dejó heridos a 170 más. En el 2006, un oleoducto corroído de BP que corre por Alaska dejó escapar más de 270,000 galones de crudo en la tundra.
La imagen del oleoducto corroído y poroso es útil para explicar la relación “tóxica” entre las autoridades estadounidenses y los directivos de BP. Como era el caso entre Tepco y el gobierno japonés, también el gobierno estadounidense fue laxo y extremadamente tolerante en sus medidas de control, certificación, autorización y fiscalización de BP. Como respuesta al accidente de 2005, el gobierno obligó a BP a pagar una multa de 21 millones de dólares y, dado que esa multa surtió un efecto nulo en la mejora de las condiciones de seguridad, el gobierno multó nuevamente a BP en el 2009, esta vez por la cantidad de 89 millones de dólares. Cantidades insignificantes si consideramos que la ganancia neta de BP en el 2009 fue de 16 billones de dólares.
En una esclarecedora reseña dedicada a libros sobre el accidente del yacimiento “Macondo”, el periodista Peter Maass articula claramente las fallas del gobierno estadounidense y la temeridad y ambición destructiva de BP[3]. Menciona que las agencias estadounidenses carecen de presupuesto, personal y preparación para fiscalizar efectivamente a las empresas petroleras y así controlar sus riesgosas iniciativas. Comenta también la injerencia que las empresas petroleras pueden tener en la vida política estadounidense gracias a su poder económico. Maass subraya que estas observaciones son válidas también para la relación del gobierno y los poderes financieros en Estados Unidos: También en el caso de la supervisión de bancos y otras instituciones financieras el gobierno es demasiado laxo, tanto en sus controles como en sus sanciones, y estimula así prácticas en extremo riesgosas de las instituciones financieras con consecuencias nefastas para la economía del país y del mundo.
La tragedia de Fukushima, la catástrofe ecológica del Golfo de México y la crisis financiera mundial desencadenada en 2008 muestran la incapacidad de los políticos en los gobiernos de numerosos países para ejercer las funciones y responsabilidades que les son propias. A esta incapacidad la he llamado aquí “crisis de efectividad”. Pero lo mismo en Fukushima, que en la catástrofe del Golfo y la crisis financiera podemos encontrar también una crisis de representación y de distribución.
La crisis de representación se hace patente porque el gobierno no cumple con las funciones que le ha encomendado la ciudadanía, no supervisa ni controla a las poderosas instituciones financieras ni a las compañías energéticas; más que representar los intereses de los ciudadanos, parece en ocasiones que los gobiernos representan los intereses de los accionistas de los bancos y de las compañías petroleras.
Hay también una crisis de distribución porque los recursos estatales que debieran utilizarse en beneficio de toda la ciudadanía se han utilizado para rescatar de la insolvencia a bancos privados y otras instituciones financieras; igualmente se ha tenido que echar mano de recursos estatales para controlar y tratar de remediar los efectos de la contaminación por radiación o por petróleo. Mientras que los accionistas particulares disfrutan de la mayoría de las ganancias de los bancos y compañías energéticas, el pago por los errores y la temeridad de estas instituciones recae sobre toda la ciudadanía, que paga, o bien con sus impuestos, o bien con su patrimonio natural, o bien con su salud.
Es igualmente notorio que los gobernantes autoritarios de los países árabes, así como sus contrapartes en los gobiernos democráticos de Europa y América, han fallado lo mismo con respecto a la representación que con respecto a la distribución y a la efectividad, aunque no en el mismo grado.
Los gobernantes árabes derrocados en Libia, Egipto y Túnez, así como sus homólogos que se mantienen en el poder en Yemen[4], Siria y otros países de la región no pueden presumir de legitimidad ni pretender que representan a los ciudadanos. Su desempeño económico es vergonzoso e indignante. Por una parte, han fallado en aprovechar las riquezas materiales y el talento humano de sus países, por otra, han favorecido durante décadas una economía de mafia que enriquece exclusivamente al gobierno y a sus allegados (familiares y amigos).
Pero los gobiernos demócratas de América y Europa tampoco pueden presumir ni de haber realizado una distribución justa de los recursos comunes, ni de haber sido efectivos en la solución de los problemas sociales más urgentes, ni mucho menos de haber sido eficientes fiscalizadores y controladores de otros poderes fácticos no elegidos democráticamente, como las instituciones financieras y las empresas energéticas.
Hay una crisis de representatividad porque los ciudadanos no confían en que los políticos defiendan intereses ciudadanos, más bien piensan que los políticos están absorbidos por juegos y luchas de poder, preocupados por asegurar el siguiente escalafón en el carrusel permanentemente en movimiento de los puestos públicos. Hay una crisis de distribución porque la desigualdad entre los ricos y los desposeídos en los diversos países ha aumentado en los últimos años de modo escalofriante. Esto es válido lo mismo en la Unión Europea que en toda América. Y hay una crisis de efectividad porque los gobiernos de diversos países parecen incapaces de hacer frente de modo exitoso a los desafíos del presente:
El gobierno japonés se vio completamente superado ante la catástrofe de Fukushima. Los líderes de la Unión Europea tampoco han acabado de encontrar un remedio que limite la volatilidad de los mercados y la audacia de los grandes especuladores financieros. El gobierno de Estados Unidos también ha visto una y otra vez fracasar sus numerosos esfuerzos para reactivar la economía nacional, y las elecciones primarias del Partido Republicano han dejado claro que en la oposición faltan políticos serios y sensatos, y abundan en cambio diletantes, dogmáticos en la ética y en la economía, revanchistas, xenofóbicos e ignorantes. Los mexicanos también hemos padecido en estos últimos años la incapacidad de nuestros políticos para frenar la ola de violencia y sangre que, como un tsunami, se abate sobre nuestro país desde hace ya varios años. Se trata de crisis diferentes, pero todas tienen que ver con “los políticos”. Con aquellos que, elegidos o no democrática y legítimamente, tienen en sus manos el poder.
La crisis de representatividad, de repartición y de efectividad constituyen una crisis generalizada de la política, al menos si entendemos “política” como el orden que distingue entre gobernantes y ciudadanos, y en el cual corresponde a los gobernantes realizar ciertas funciones claves relacionadas con la ordenación de la vida en común, en específico en lo que concierne al marco jurídico y al buen funcionamiento de la economía.
A partir de las crisis políticas que he mencionado aquí, se escuchan en México y en el mundo voces que llaman a una destrucción de la política como la conocemos y que proclaman el fracaso de la democracia representativa. Voces que desde la derecha llaman a la instauración de regímenes tecnocráticos autoritarios que no respeten las opiniones ni el derecho a decidir de todos los ciudadanos. Y desde la izquierda reclaman la creación de una democracia directa de asamblea permanente que borre por completo la distinción entre gobierno y ciudadanía. Ambas alternativas resultarían en extremo dañinas para la organización de la vida en común, y a pesar de parecer poco viables, no son por ello menos peligrosas ni menos seductoras, como las sirenas lo fueron para Ulises y sus compañeros. Ambas pretenden la destrucción del precario orden político que ha sido construido en México y en otros países con tantos sacrificios y trabajos.
Al final del Libro IX de “República” de Platón, Glaucón confía a Sócrates que la ciudad ideal, que a través de la conversación han construido con palabras y argumentos, es una ciudad que no puede encontrarse en ningún lugar de la tierra. Sócrates responde que en la tierra no, pero “en el cielo”, como modelo para todo aquel que quiera verla y transformarse a sí mismo de acuerdo con este modelo.[5] El mismo sentido tiene la reflexión sobre la política. Quizá nuestra noción de política nunca se haga realidad, sin embargo, necesitamos tales reflexiones, conversaciones y argumentos sobre la política para elevarnos por encima de las pequeñas y grandes crisis; del tedio propio de cualquier vida institucional; y de las escaramuzas, intrigas y mezquindad propias de la agenda política nacional e internacional. Ciertamente no sirve de nada una noción política para ángeles realizable únicamente en un ámbito celeste; pero también debemos evitar una política para topos, de corto alcance en el tiempo y en el espacio y sepultada bajo la tierra y el estiércol. La política puede y debe ser mucho más que estrategias mercadológicas para ganar elecciones y poder. La política debe ser ese espacio tan difícil de encontrar entre la utopía y la frustración, porque sólo en ese espacio pueden florecer la libertad y la justicia.
Primera versión, 2011. Segunda versión, 2024.
[1] M. Geffrath. Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3. (“¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta.” Tercera de tres partes. Programa radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 4 de marzo de 2012).
La traducción de todas las citas son del autor de este ensayo.
[2] Taureck B. Fukushima: Zur Aktualität von Rousseaus Zivilisationskritik. (“Fukushima: Sobre la actualidad de la crítica de Rousseau a la civilización”. Programa radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 8 de julio de 2012).
[3] Maass P. What happened at the Macondo Well? New York Review of Books. Vol. LVII, N. 14. 29 de septiembre de 2011. Los datos mencionados en mi texto fueron tomados de la excelente reseña de Maass.
[4] Tras las protestas en Yemen en el 2011 y la presión internacional, Ali Abdullah Salih, presidente por más de 33 años, anunció que convocaría a elecciones en febrero del 2012. A dichas elecciones se presentó empero únicamente un candidato, Abdurabbo Mansur Hadi, quien fue elegido por Salih como su sucesor y aceptado por los detractores de Salih como medida para evitar una guerra civil.
El Dr. Domènec Melé, catedrático de ética de los negocios habla sobre la noción de cultura, el impacto de la cultura en los negocios y las raices universales que permiten construir una civilización que reciba a todas las personas e impulse negocios prósperos.
“I’m not a character, I’m nothing like the author, I haven’t had the experiences she writes about. But even so, this is what I feel like, inside. This is what I would sound like, if ever I were to find a voice.” Nick Hornby
As a middle aged man I sometimes wonder in amusement at the continuous philosophical crushes of our students; at the possibility of a young student to be entirely captivated by the thought, personality and mannerisms of some famous author.
I still remember with a blush how my first philosophical love was. It was, of course, a crush with the thought of Hannah Arendt. I came across her work on a seminar on democracy. I don’t remember which text it was. I only remember my feelings while reading it: I found it simultaneously illuminating and hard to understand.
With my first paycheck, I ran to the nearest bookstore and bought all the books by her that I could find. Expensive books that I ended up giving away as it turned out that the translations were extremely deficient and in a poor writing style.
The long, brilliant, but complicated essay The Human Condition may well be the first book in English that I read cover to cover… several times. I can only marvel at the oddity of that: a young Mexican student learning English by reading a German philosopher that didn’t write the first version of her opus magnum in her mother tongue. The book itself was something precious: a gift from my advisor that he bought and brought all the way from Chicago, there was no Amazon in those days.
I fell for Arendt and I remained trapped by her thought for four or five years. I thought she was a consummated genius (which she is) and that she was right on every inch of the immense territory that she covers (which she obviously is not). As our students today do, I also thought that the world would be a much better place if only people would read The Human Condition, The Origins of Totalitarianism and On Revolution; most of our intractable political problems would be solved with a single stroke: no more political parties, no more professional politicians, no more Nation States, no more inane consumerism and meaningless jobs. No more boredom in politics or the professional world.
I became a convert, an unpaid arendtian acolyte knocking door to door to try to gain souls for my new creed. The common use of turning a family name into an adjective, signaling that one belongs to a philosophical group is very telling. And I was not the only one absorbed by this peculiar sort of philosophical frenzy:
We had a soccer team at the time, and we printed the name of our respective philosophical patron saint at the back of our T-shirts. We put together an impressive philosophical roster: Aristotle, Foucault, Nietzsche, Ricoeur, and Arendt, of course, a natural number six, a shield middle fielder.
At that time we wouldn’t tolerate any questions or any irony directed at our beloved and revered philosophers. We would feel hurt if someone, young or old, philosopher or layman, dared to joke about our loved one and our romance. In retrospect, I was fortunate that it was Arendt.
At some point I decided not to follow her, not to become a professional Arendtian scholar; but to try —within my very modest means — to emulate her: to walk the paths she walked; to learn the language she knew and to read the authors she read. With the significant exception of Heidegger, whose person I find repulsive and whose philosophy I find abstruse and megalomaniac (and whose mustache I can’t stand).
It has been a long and difficult but also beautiful journey. A journey that took me to Germany and to Konstanz, where Heidegger studied the Gymnasium, or so the legend goes. It took me to a Doktorvater who himself was a disciple of the last Heidegger’s Doktorand. So in a cosmic (and comical) sense, Arendt would be my great-aunt.
A view of the Constance Lake an afternoon in November
Twenty years after my first crush and coming into middle age, I can say that I’m not in love with Arendt’s thought anymore. Now and again I come back to her books and essays and I can understand what got me hooked at that time. I still find her thought extremely sexy and it definitely still turns me on… if only occasionally, but that again may have to do with my age and not with her philosophy.
Her erudition is indeed impressive; her sense of the past and of the philosophical tradition and the relevance of philosophy for politics, economics included. I still find her basic intuitions very powerful and compelling, above all her uncompromising love for freedom; her hatred for tyranny, repression, and cowardice; and her proud disdain of a life that contents itself with being comfortable instead of being great. Above all, I admire her for her fierce independence of mind. For her contempt for the philosophical fashions of her day, and her genuine carelessness for establishing a school of thought to promote the devotion to her.
I rejoice in the fact that, although she respected Marx, she never quoted Adorno or Horkheimer; and although she loved freedom and dialogue she didn’t have the need of quoting Popper. She didn’t care about being leftist, progressive, liberal or conservative. Labels, like many other academic forms of nobility, meant nothing to her.
Independence of mind; engagement with the political reality; courage, even bravery of thought; passion in writing as if the future of politics and therefore civilization were at stake on every page; if that doesn’t turn a young student of philosophy on, I don’t know what will.
Heidelberg Januar 2008
With the passing years, her several shortcomings have also gained contour in my eyes: her tendency to exaggerate; her sometimes manipulative translations of Aristotle; her (again, to my ignorant view) unfair critique of Plato; her original but very weird vocabulary (maybe permanent damage from the liaison with Heidegger). A vocabulary that could be very off-putting because of its apparent lack of connection with the more common philosophical vocabulary. I do notice all that.
I also find it ironic that it was precisely through Arendt that I first got interested in Plato and Aristotle. I realize now that it is unlikely to fall for Plato at a young age. Plato, like whisky, does not compel the mind or the tongue by the first taste. The Platonic dialogues — arguably the prime literary philosophical expressions of all times — seem dry, artificial, and boring to young eyes. The translation is surely a factor, but it goes beyond that; it has to do with the lack of experience and the self-confidence of the novice.
In Plato is indeed all at stake at once: the meaning of justice and freedom; the meaning of life; the harmony and order of the soul and the city, as opposed to chaos and violence. But to young eyes, everything appears a little too iterative and as a concealed flattery to Socrates: “Oh Socrates, how right you are!”.
Two presents from my Doktorvater
Sometimes I’m tempted to whisper to my students the sad reality: the first philosophical crush, just as the first crush, will come to pass; the passion and the pleasure will wither away and leave their place to a more mature but less intense philosophical view. And no, it is not true that if only we all would read the beloved author, would we be able to solve all our political problems.
Sometimes I want to whisper to them that, eventually, they will have to break up, they will have to let it go. That they will have to find their own way, their own call, and their own voice. Or otherwise, risk joining the ranks of those who act as pathetic mouthpieces of dead philosophers. Those who can only speak in quotes and who assume that every relevant and pertinent idea is already trademarked under the name of their revered author.
I feel the urge to warn them about the risk of becoming philosophical zombies —still alive but dead in their philosophical life without even noticing it.
But I also want to encourage them to undertake the task of thinking everything anew; of assuming the responsibility to think without banisters as Arendt would say. For the time being, though, I’ll let them be. Because the philosophical crush is the second-best state for a philosopher, only surpassed by that other experience that is almost like being in love.
Dedicated to Majo G., since once we shared the same philosophical crush