ST. JOHN HENRY NEWMAN, SEMBLANZA DE UNA CONVERSIÓN EXTRAORDINARIA

ST. JOHN HENRY NEWMAN, SEMBLANZA DE UNA CONVERSIÓN EXTRAORDINARIA

Por José de Jesús Rivera

El propósito de este artículo es mostrar algunas de las meritorias características de la vida del santo cardenal inglés John Henry Newman y que sirva como aliciente para la difusión de sus enseñanzas con el fin de contribuir al fortalecimiento de la fe en una sociedad que paulatinamente ha desertado de la experiencia religiosa para sustituirla por el consumismo.

¿Qué hay de apasionado y apasionante en la vida del cardenal Newman?  

John Henry Newman nació el 21 de febrero de 1801 en Londres. Fue en su juventud cuando tuvo un profundo acercamiento hacia la teología calvinista, pues consideraba que esta poseía sólidas doctrinas. Durante esta etapa de su vida, atravesó ciertas crisis vocacionales, pues creía que su verdadera vocación solo podría hallarse al servicio de la iglesia, de tal manera que se interesó cada vez más por el estudio de su fe cristiana. En 1822, se ordenó como presbítero anglicano.  

Cabe señalar que la Iglesia Anglicana de su tiempo se hallaba en una etapa de decadencia—debido en buena medida a grupos protestantes adversos—por lo que el entonces presbítero deseaba y buscaba la renovación de esta institución con una vuelta a las raíces apostólicas, junto con la restauración de las fracturadas relaciones entre la Iglesia de Inglaterra y Roma.

Su proximidad con los textos de los Padres de la Iglesia en el verano de 1828, a pesar de haberlos comprendido desde una perspectiva protestante, contribuyó de manera considerable en su conversión al catolicismo. Hacia finales de 1829, Newman decidió adoptar el celibato como forma de vida.  

Newman viajó a Roma, en compañía de su amigo Hurrell Froude, para realizar una visita a Wiseman, rector del Colegio Inglés de la Ciudad Eterna, con quien mantuvieron una interesante entrevista acerca de la solidez que representa el catolicismo, aunque Newman, instalado en su férreo carácter británico, tuvo aún ciertos prejuicios que no le convencían de aceptar el catolicismo. Pero, en Roma, Newman se percató de la piedad popular, del sentido religioso del catolicismo y, sobre todo, del fundamento doctrinal que la sostiene, características que quedaron anuladas en el anglicanismo.

De vuelta a Inglaterra, dio inicio el Movimiento de Oxford, liderado entre otros por Newman, cuyas pretensiones iniciales consistían en formular una Vía Media entre el protestantismo y el catolicismo, basándose en las siguientes premisas: el protestantismo ha roto sus vínculos con la tradición apostólica y el catolicismo; el anglicanismo, por otro lado, a pesar de conservar la tradición apostólica, contiene innovaciones. Se concluye entonces que el anglicanismo es el verdadero sucesor de la Iglesia antigua y medieval. Newman ya había sentido una atracción hacia la iglesia romana (con relación a lo doctrinal y lo religioso), pero sus intenciones en ese momento eran beneficiar y restaurar a la Iglesia de Inglaterra a partir de las raíces de la Iglesia de Roma.

Newman emprendió la tarea intelectual de componer y distribuir los Tractos (breves folletos en los cuales se debatían puntos de vista sobre asuntos religiosos), proyecto intelectual y religioso, al cual se le denominó más tarde como Movimiento Tractariano. El propósito inicial de este movimiento consistía en retornar a la Sucesión Apostólica y a la defensa de su Liturgia. Sus principales exponentes fueron Keble, Newman y Froude. En los Tractos, se solicitaba que la Iglesia anglicana retornara a los sacramentos, a los oficios litúrgicos antiguos y al conocimiento profundo de los Santos Padres de la Iglesia. Se publicaron 90 tractos, de los cuales 25 fueron escritos por Newman.

El Tracto 90 es quizá uno de los escritos más significativos de Newman, pues en él expuso la afinidad de la Iglesia de Inglaterra con el catolicismo más que con el protestantismo, de acuerdo con los 39 Artículos. Según el texto, dichos artículos, una de las bases de la fe anglicana, censuraban las corrupciones existentes en el catolicismo romano, pero admitían como cierta la doctrina católica y, por lo tanto, eran susceptibles a una interpretación católica, no protestante. El Tracto 90 fue tema de discusión en la Cámara de los Comunes, tildándolo como una prueba de deslealtad a la Iglesia de Inglaterra por parte de Oxford. En consecuencia, el Tracto 90 fue censurado por la Universidad de Oxford, pues estaban en desacuerdo con su propuesta.

Newman percibió que las circunstancias no favorecían la renovación del anglicanismo. Aunque en su momento no contempló su entrada en la Iglesia católica, sintió que había algo de verdad en ella. Posteriormente decidió abandonar Oxford para trasladarse a Littlemore e inició un periodo de ayuno, oración y penitencia. En octubre de 1845 ingresó a la Iglesia católica, asistió a su primera misa y poco a poco comenzó a relacionarse con los católicos.

“Si se pregunta al autor por qué se hizo católico, sólo puede dar la respuesta que la experiencia y la mente le presentan como la única verdadera, es decir, que vino a la Iglesia católica sencillamente porque creía que ella y sólo ella era la Iglesia de los Padres; porque creía que había una Iglesia sobre la tierra, y solamente una, hasta el fin del tiempo; y porque a menos que esta Iglesia fuera la de Roma y solamente ella, no había ninguna” (Cfr. Difficulties of Anglicans XII, 367).  

Si con tal profundidad, coherencia y belleza incomparables hubiere de hablar Newman respecto a su conversión al catolicismo, no son de extrañar las críticas que despertó entre varios de sus colegas anglicanos y familiares más cercanos, sorprendidos por su conversión a una fe que siempre habían criticado. A pesar de ello, Newman prosiguió su camino sin que eso le preocupara demasiado; sabía en su interior que estaba en búsqueda de la verdad.

Después de pasar un tiempo en Roma, Newman sintió un profundo interés por el Oratorio de San Felipe Neri, el cual buscará replicar más tarde en Inglaterra con el permiso del Papa Pío IX.

Inicialmente se instalaron en Maryvale (anteriormente conocido como Oscott), pero posteriormente vieron en Birmingham la oportunidad idónea para ejercer la tarea espiritual propia de los oratorianos. Birmingham contaba con una presencia mínima del anglicanismo. Por esa razón, los oratorianos deciden mudarse a esa ciudad, que cada vez se volvía más famosa por el desarrollo industrial pero que carecía de pastores para las almas católicas. Newman nunca estuvo a salvo de las críticas que le hacían los anglicanos por haberse cambiado de “bando”, pero él continuó empeñado en cumplir el deber de contribuir en la viña del Señor con la fundación del Oratorio en Birmingham. Bien dijo Jesús que “si el mundo los odia, sepan que antes me han odiado a mí” (Jn 15:18). 

Contra viento y marea, Newman sostuvo su compromiso de afianzar el Oratorio, primero en Birmingham y posteriormente en Londres, aunque sólo estuvo al frente del segundo por poco tiempo, pues prefirió regresar a Birmingham, en donde pudo dedicarse de lleno a la labor pastoral de predicación, catequesis y confesión, además de reservar un tiempo para el estudio y la atención a las correspondencias que recibía. Newman, junto con los oratorianos, experimentó la pobreza franciscana conjugándola con ayunos y oraciones. 

Newman recomendó a los conversos al catolicismo que el proceso no debía realizarse de manera precipitada, sino que había que emplear tiempo, oración y reflexión antes de tomar cualquier decisión. Baste con recordar que, en el arduo proceso de su conversión al catolicismo, en Newman intervinieron diversas circunstancias, como la deslumbrante visita a la Ciudad Eterna, el encuentro con la coherencia del sistema católico, y el cómo Dios lo guio a puerto seguro por medio de las deleitosas y sustanciales obras de los Padres de la Iglesia. La radical transformación de Newman, en plena crisis del anglicanismo languideciente de su tiempo, tuvo su impulso definitivo con la iniciativa del Movimiento de Oxford.

Cabe mencionar, como un detalle no sólo curioso sino también de profunda significación simbólica, el hecho de que Newman considerara que la Universidad de Irlanda debía convertirse en la universidad católica de lengua inglesa para el mundo, haciendo competencia a Oxford (de confesión anglicana). Se convirtió en rector de esta universidad el 4 de junio de 1854. Sin embargo, los ataques en su contra no tardaron en llegar por ser un inglés entrometido en asuntos que sólo competían a los irlandeses, lo que terminó orillándolo a abandonar ese proyecto y retirarse de nuevo a Birmingham para continuar viviendo en cristiana sencillez. Prosiguió una intensa actividad pastoral en el Oratorio y no dejó de confesar hasta los 80 años. No fue sino hasta 1854 que la Universidad de Oxford empezó a admitir a alumnos católicos.

Newman poseía una mente privilegiada, que le permitió abarcar un extenso campo de temas, entre los cuales destacan la política, las ciencias y la literatura. Una de sus actividades predilectas fue la redacción de cartas en las cuales expresaba con claridad sus sentimientos y pensamientos. Él consideraba que era el mejor medio para comunicarse con los demás.  

Newman descubrió que la Vía Media anglicana era imposible y que la verdadera vía era la romana.  En la Apologia Pro Vita Sua (1864), Newman expuso la defensa de sus creencias religiosas; en Grammar of Assent (1870) explicó que todos los creyentes poseen razones fundadas para creer, aunque no todos sean capaces de exhibir una razón. Finalmente, en Letter to the Duke of Norfolk (1875) mencionó que los ciudadanos católicos pueden ser súbditos leales en cualquier Estado. No existe oposición alguna entre la conciencia y la autoridad.

El 12 de mayo de 1879 fue nombrado cardenal por el Papa León XIII. El 11 de agosto de 1890, Newman partió a la Casa del Padre en Birmingham. El 22 de enero de 1991, Juan Pablo II declaró las virtudes heroicas de Newman. Fue beatificado el 19 de septiembre de 2010 por el Papa Benedicto XVI y canonizado por el Papa Francisco el 13 de octubre de 2019.

El Papa Benedicto XVI destacó algunos puntos en su homilía acerca de la beatificación de Newman:

 “Las virtudes heroicas de este santo inglés / Jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Cristo / Vivió entregado al ministerio sacerdotal / Se volcó en enseñar, predicar y escribir / Con el estudio buscó una sabiduría humana y amor intenso al Señor / Comprendió que la vida cristiana es una llamada a la santidad / Vio en la oración un efecto natural en el alma, que la espiritualiza y eleva / Vio que el divino Maestro nos asigna una tarea específica a cada uno / Su tarea fue aplicar su inteligencia y su pluma a exponer la fe / Trabajó de modo particular la relación entre fe y razón / Vio clara la importancia de ofrecer una educación integral a los laicos / Quiso formar laicos que, conociendo su religión, supieran dar razón de su fe y conocieran la historia para aclarar prejuicios difundidos durante siglos / Cuidó el ministerio pastoral con un enfoque cálido y humano / Dedicó muchas horas a rezar, visitar enfermos y pobres, consolando al triste o atendiendo a los encarcelados, en los años vividos en el Oratorio” (José Manuel Mañú Noain, San John Henry Newman, pp.39-40) 

Tardía fue su conversión al catolicismo, pero qué fecunda y valiosa para la cristiandad. Sus virtudes heroicas, su entrega al ministerio sacerdotal, su comprensión sobre la vida cristiana que es una llamada a la santidad y su incesante búsqueda por encontrar una adecuada relación entre la fe y la razón le valieron el proceso de beatificación por parte del papa Benedicto XVI cuando éste realizó una visita pastoral al Reino Unido en el 2010 y posteriormente la canonización por el papa Francisco en 2019.  

Newman trastocó los paradigmas al tomar la decisión de cambiarse de credo, lo que fue tomado como una grave e ignominiosa ofensa a las autoridades de la Iglesia de Inglaterra y a su pueblo. Actualmente, la asombrosa vida de Newman es semilla de nuevos conversos, la mayoría de ellos, en búsqueda de una espiritualidad más enriquecida con los sacramentos y la Tradición apostólica.  

REFERENCIAS

Mañú Noain, José Manuel. San John Henry Newman. Madrid: Ediciones Palabra, 2019.

Morales, José. Newman. Madrid: Ediciones RIALP, 2010.

El silencio de Eva: la mujer y la iglesia

El silencio de Eva: la mujer y la iglesia

Por Ana Paola Arce

«Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está permitido hablar,
sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley.
Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos,
pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea.» 

Cor, 14:34

¿Debe una mujer guardar silencio en la asamblea? Esta afirmación ha generado controversia durante siglos. Con el paso del tiempo, ha aumentado la cantidad de opiniones al respecto. Sin embargo, estas tienden a dividirse en dos posturas principales; por un lado, quienes siguen creyendo que la mujer no tiene la capacidad de ejercer ningún tipo de liderazgo, y por el otro, los que defienden que sí la tiene. 

El primer grupo, suele sostenerse en lecturas literalistas de algunos pasajes bíblicos y en el caso del islam y el judaísmo de sus propios libros sagrados y comentarios de los eruditos. El segundo grupo, en cambio, está conformado por personas que se hacen preguntas y no se conforman con aceptar la información que dicta alguien más, y que buscan comprobar o analizar por sí mismas lo que se dice. 

Si bien algunas religiones han sido escenario de movimientos y corrientes que luchan por la igualdad de género desafiando las interpretaciones patriarcales de las enseñanzas religiosas e intentado modificar los textos desde una perspectiva actual, aún está pendiente un cambio radical que promueva una evolución profunda en el pensamiento religioso, político y social. 

Aunque este tema pueda parecer relevante sólo para quienes practican una religión o están interesados en el tema del feminismo, en realidad tiene un trasfondo mucho más impactante, del cual no todos somos conscientes: la formación del comportamiento social a partir de creencias que se han aprendido y enseñado durante siglos. 

La fe y los roles de género son objetos de estudio amplios y complejos, a continuación se presentan cuatro objetivos que nos permitirán adentrarnos en este vasto universo de información. No sólo funcionará para conocer el origen del problema sino también, lo que esto podría significar para el futuro. 

La influencia de la religión en la vida cotidiana

“La mujer cuando conciba y dé luz a un varón,
será inmunda siete días pero si diera luz a una niña,
será inmunda dos semanas.”

Lev 12: 1,2,5

No es posible entender completamente la construcción de las problemáticas sociales sin revisar el papel de la religión; incluso, es posible que sin esta revisión no logremos generar los cambios significativos que dichas problemáticas requieren. La vigencia de las religiones en el mundo actual no es un simple hecho cultural sin relevancia; por el contrario, demuestra cómo tocan dimensiones profundas de la existencia humana: como el anhelo de trascender, el sentido de pertenecer, y la búsqueda de significado de la vida. 

Religión y política no solo han coexistido desde tiempos antiguos, sino que constantemente se alimentan una de la otra. Por ejemplo, sin la figura del demonio no se entenderían los conceptos del bien y el mal en nuestra cotidianidad, y por ende tampoco existiría una noción clara de la justicia. Muchas de las estructuras modernas hablando desde la política, provienen directamente de tradiciones religiosas, lo que hace imposible comprender lo político sin considerar lo religioso. 

Algunas interpretaciones de los textos religiosos han dado pie para justificar la desigualdad de género, esto ha sucedido desde hace siglos hasta nuestros días. Si observamos el imaginario básico de muchas doctrinas , veremos que la mujer suele ser representada como símbolo del mal, del pecado, y del origen de la desgracia humana, mientras que el hombre representa lo virtuoso y divino. Aunque estas creencias no sean la única causa de la discriminación, tienen un peso significativo en la formación de pensamientos y valores sociales, tanto en el pasado como en el presente, y probablemente también en el futuro. 

El pensamiento precede la acción

“Odio a la mujer docta. Ojalá no entre a mi casa una mujer que sepa más de lo que debe saber.”
Eurípides 

Como enseñaron Kant y Descartes, pensar implica método, es decir, hacerlo con rigor, cuidado y estructura. No se trata simplemente de rechazar las ideas de los demás por no coincidir con las nuestras, pues pensar no significa adoptar una ideología y dejar que esta regule todo lo que sucede en nuestro día a día. Las ideologías son sistemas cerrados de pensamiento; en cambio, el pensamiento real es libre, abierto, y nos permite actuar con mayor conciencia. 

Para poder creer algo, primero debemos tener la capacidad de cuestionarlo. Los contrarios pueden ser de gran ayuda para contraponer una idea con otra; así como no se puede comprender el bien sin antes reconocer la existencia del mal, tampoco podemos construir pensamientos libres sin antes desafiar lo que por años nos han enseñado como “la verdad”. Muchas veces, la religión establece límites entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe hacer o evitar, y usualmente seguimos estas normas aún sin conocer realmente el motivo por el cual fueron establecidas. 

Al analizar el comportamiento de las sociedades en torno a la fe podemos formular tres preguntas fundamentales: 
¿Cambiará nuestra manera de actuar si nos enteramos que no existe una figura superior que nos vigile o imponga normas?¿Actuamos por amor a nosotros mismos, al prójimo, o por miedo al castigo divino?¿Realmente hemos indagado dentro de nuestro conocimiento para comprender porque creemos lo que creemos? 

Muchas personas viven su fe a través de experiencias de autotrascendencia, o en otras palabras,comienzan a creer únicamente cuando enfrentan situaciones difíciles y de pronto algo sucede –milagro, revelación, iluminación de conciencia– que rompe el patrón. De tal manera que la experiencia religiosa tiene algo de incomunicable porque se trata de una vivencia personal. Por otro lado, aunque se consideren fieles creyentes, rara vez se atreven a investigar todo lo que implica seguir un pensamiento que bien puede derivar en ideología. Uno de los temas más debatidos en este sentido es el lugar de la mujer en las estructuras religiosas, ya que se justifica su subordinación a partir de los textos sagrados y los comentarios. Lo más preocupante es la manera en que estas ideas se normalizan y se presentan como incuestionables. 

Conocer el pasado, vivir el presente, y actuar en el futuro son los tres pasos fundamentales para ser más conscientes de nuestras convicciones. Solo cuestionando las ideas heredadas y buscando acciones justas podemos construir  una sociedad donde el pensamiento crítico y la igualdad convivan de forma democrática. 

Dar voz a la mujer en las instituciones

“Las mujeres han de guardar la casa y el silencio.”
Fidias 

La desigualdad de género no es simplemente hablar sobre mujeres o de feminismo y señalar los problemas. Es, más bien, una invitación a revisar críticamente cómo ciertos estereotipos han distorsionado nuestra comprensión de figuras femeninas históricas generalmente marginadas. Las religiones han sido, a lo largo del tiempo, uno de los vehículos más poderosos para difundir imaginarios sociales a través de doctrinas, rituales y jerarquías que al día de hoy siguen colocando a la mujer en segundo plano. 

Sin embargo, cuando se cuestiona la escasa participación de las mujeres en espacios de poder, ya sean religiosos, laborales o políticos, la mayoría de las instituciones sostienen que es un tema del pasado, argumentando que “las mujeres ya tienen la importancia que pedían”. Pero al observar la realidad, es evidente que esa afirmación está lejos de ser cierta. Aún persisten los reconocimientos simbólicos para aquellas mujeres que renuncian a las libertades modernas y se adhieren al modelo tradicional de castidad y obediencia.Paradójicamente los textos religiosos en su orígenes promovían la igualdad: “Ya no hay judío griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.” (Carta a los Gálatas 3:28). 

La historia de las mujeres en la tradición cristiana ha sido narrada a menudo como una oscilación entre dos nombres: Eva y María. Dos figuras que, más que personas, se volvieron arquetipos; símbolos de lo que una mujer puede ser —o debe evitar ser, sin embargo María restaura el imaginario de la mujer.  

Eva aparece en el origen como la transgresora. No es simplemente la que peca, sino la que desea. La que mira, escucha, razona, actúa. Su gesto ha sido condenado por siglos, pero también puede leerse como el despertar de la conciencia, como la entrada —dolorosa, sí, pero lúcida— en la historia humana. María, en cambio, ha sido presentada como su opuesto: la que obedece, la que acepta sin dudar, la que calla. Pero esa imagen, tan dulcificada por siglos de devoción y dogmas, corre el riesgo de despojarla de su verdadera grandeza. Porque María no es una figura pasiva. Su “sí” al ángel —ese fiat tan breve y tan absoluto— no es una rendición, sino una elección radical. María no actúa por miedo, sino por amor y por fe. En ella no hay sumisión, sino una forma serena pero firme de libertad espiritual.

Entre Eva y María se ha construido un péndulo moral: la tentación frente a la pureza, la rebeldía frente a la obediencia, el castigo frente a la redención. Y sin embargo, ambas, leídas con mirada despierta, pueden ser entendidas como mujeres que actúan, que deciden, que se enfrentan al misterio de lo divino desde su humanidad.

Tal vez el problema no fue nunca Eva ni María, sino la manera en que se las hizo hablar en nombre de lo que convenía callar: el deseo, el cuerpo, la inteligencia, la palabra. Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre una y otra, sino escucharlas a ambas y recuperar, en sus voces, la complejidad silenciada de lo femenino en la fe.

Los debates en los que se busca replantear el papel de la mujer están presentes en las universidades, la política y algunas instituciones religiosas. Esto ha dado paso a procesos de actualización normativa, diálogos interreligiosos y resignificaciones simbólicas. Si bien los avances han sido lentos y muchas veces resistidos, no deben ser motivo para abandonar la exigencia de cambios profundos y reales en todas las culturas del mundo. 

Para que las instituciones religiosas puedan afirmar con veracidad que esta problemática ha sido superada, no basta con repetir dogmas ni aplicar normas sin reflexión. Es imprescindible pensar con método, estudiar la historia desde diversas perspectivas, y mantener una actitud abierta al cambio, especialmente frente a las nuevas generaciones. 

Solo así podremos transformar aquellas estructuras que, bajo el disfraz de la espiritualidad, continúan limitando la participación activa y equitativa de las mujeres en espacios fundamentales de nuestras sociedades. La voz de esta problemática debe seguir resonando, porque aún está lejos de haber sido escuchada. 

Enseñar, cuestionar y replantear

“¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué no puedo ser sacerdote cuando sea grande?” 
Ana Paola Arce (7 años)

 

En una sociedad marcada por siglos de tradición, autoridad, y normas, la curiosidad no siempre ha sido bienvenida. De hecho, si analizamos las vidas de la mayoría de los personajes que transformaron nuestra historia, podemos darnos cuenta de que todos, en su momento, fueron juzgados por buscar más allá de lo establecido. Preguntar, cuestionar, o incluso simplemente dudar, ha sido visto a menudo como una amenaza. Sin embargo, todo proceso de transformación y creación comienza con una pregunta. Cuestionar no es una invitación a rebelarse ante cualquier sistema, sino a despertar el pensamiento crítico, la conciencia, y la libertad humana. 

En la actualidad, los creyentes modernos ya no vivimos una fe ciega como lo hacían muchos de nuestros antepasados. Hoy nos encontramos en un punto medio entre la creencia y la duda, un espacio que nos invita a renovar el verdadero significado de la racionalidad. Como bien dijo Descartes: “No puede haber pensamiento racional sin duda, y no puede haber búsqueda de Dios sin preguntas”. La mente se adormece cuando deja de cuestionar, y la fe, al rechazar el pensamiento, se encierra en sí misma.

Todo lo anterior nos lleva a una pregunta de gran importancia, ¿necesita el ser humano la religión? No hay respuesta correcta o incorrecta; la clave está en cómo se vive esa religión. Si se practica bajo el miedo y la obediencia ciega, se convierte en un obstáculo para uno mismo como para el prójimo. Pero si se vive desde las experiencias, la reflexión, y el cuestionamiento continuo, puede convertirse en una fuente profunda de sentido y crecimiento. 

Poseer el don de cuestionarse es, en última instancia, aprender a vivir mejor. La curiosidad no destruye la fe; la purifica. Porque quien se atreve a dudar no lo hace por debilidad, sino por valentía. Solo a través del ejercicio constante de no conformarse podemos construir una sociedad menos ignorante, más libre, y más viva. 

Hoy, más que nunca, necesitamos cuestionarlo todo. A lo largo de la historia, la Iglesia, al igual que muchas otras instituciones religiosas, ha definido un rol específico para la mujer, caracterizado en gran parte por la obediencia, el servicio, el silencio y la exclusión de cargos de liderazgo o autoridad espiritual. 

No existe argumento racional que sostenga que el valor, la espiritualidad o la capacidad de una persona para guiar dependa de su sexo. Las mujeres tienen la misma inteligencia, sensibilidad, fe y capacidad para liderar que los hombres. De hecho, en muchas comunidades religiosas, son ellas quienes sostienen las actividades, organizan eventos, educan y acompañan a los más necesitados. 

La exclusión por género tiene un profundo impacto en la sociedad. Cuando una institución poderosa como la Iglesia refuerza la idea de que las mujeres deben callar, obedecer o permanecer al margen, envían un mensaje que trasciende lo religioso. Contribuye a normalizar la desigualdad, a limitar las aspiraciones de muchas niñas y jóvenes, y a generar una mentalidad colectiva de menor autoestima femenina. 

Cuando era pequeña, mi sueño más grande era llegar a ser sacerdote. Yo quería dar misas, hacer que escucharan mis palabras e interpretaciones, y, sobre todo, sentir que lo que decía cada domingo impactaría la vida de quienes me escuchaban. Al crecer, la Iglesia me hizo darme cuenta que ese sueño que tanto anhelaba no sería posible. Aún así, estoy segura de que cuando se permita a las mujeres participar activamente en la vida religiosa, la transformación será inmediata y profunda. Recientemente, el nuevo papa, León XIV, dió un paso histórico al nombrar a una monja para un cargo de alto rango en la Curia Romana. Este gesto simbólico y a la vez poderoso representa un cambio de rumbo dentro de la Iglesia y alimenta mi esperanza de que algún día, las voces de las mujeres tendrán un lugar pleno en la toma de decisiones y en la vida espiritual de la comunidad.

La igualdad no es una amenaza, sino una expresión del amor y de la coherencia con los valores que proclamamos. El silencio de la mujer no es sagrado por ser sumiso, sino sabio por saber cuándo callar y cuándo hablar.

Homo religiosus:  Un acercamiento al ser humano y su relación con lo divino

Homo religiosus: Un acercamiento al ser humano y su relación con lo divino

Por Daniela Cruz Guzmán

«Entre otras cosas, la religión es también investigación: investigación sobre, conducente a teorías acerca de, y acción a la luz de… la experiencia no sensible, no física, puramente espiritual.» 

Aldous Huxley

Desde que el ser humano se concibe como homo sapiens, incluso ya desde el homo erectus, ha estado estrechamente ligado al núcleo de lo trascendente, su inquietud hacia la incertidumbre de la vida y el mundo que habita no ha mermado hasta nuestros días, ni lo hará en escenarios futuros. Las grandes preguntas que surgieron en las mentes de nuestros ancestros son las mismas preguntas que hoy en día seguimos haciéndonos, y es justamente en este marco de pensamiento en el que podemos asociar al ser humano con la esfera de lo divino. Debemos aclarar que, para explicar este fenómeno único e intrínseco en el hombre, existen varios términos que bien podríamos asociar, como santo, sagrado o espiritual, sin embargo, cada uno de estos conceptos tiene una carga y un marco histórico distinto, por esta razón es preferible utilizar un término que ofrezca un sentido más universal: lo divino.

Lo divino nos remonta a un poder trascendental y su manifestación en el mundo, aunque no por ello se presupone la existencia de uno o varios dioses; a su vez, también puede ser relativo a deidades sin hacer referencia a una religión en específico, pero sí a ciertas prácticas o cultos que los seres humanos llevan a cabo para relacionarse con la vida misma. No pretendo analizar una religión en particular, sino más bien al sentido religioso que es tan propio de lo humano, lo divino nos brinda la posibilidad de explorar este sentir sin ninguna connotación dogmática. Lo religioso se puede explorar desde dos perspectivas: la antropológica y la etimológica. 

Imagen: Pexels

Nos dice Julien Ries que desde el homo erectus el ser humano ya era poseedor del fuego, lo cual representó un gran paso en la historia humana porque este elemento fue la primera fuente de energía dominada por nuestra especie, lo que se reflejó en las relaciones familiares y sociales como religiosidad, pues ya se pueden rastrear algunos rituales relacionados con el fuego. También podemos hablar de una creencia después de la muerte, puesto que se descubrieron cráneos mutilados que evocan rituales relacionados con este acontecimiento. Es decir que, desde muy temprano en nuestra historia, el ser humano ya se identifica con un sentir religioso que tiene que ver con la vida, la muerte y la técnica. Quizá la relación más estrecha entre la especie humana y lo divino encuentra su núcleo más allá de nuestro horizonte: en la bóveda celeste. 

La internalización de la bóveda celeste implicó en nuestra especie un crecimiento psíquico, intelectual y religioso, ya que tanto el homo erectus como el homo sapiens poseían una visión bien establecida acerca del cosmos en la que éste funcionaba como el techo de la tierra. La observación del cosmos, el cielo, los amaneceres y las puestas del sol, el movimiento que da paso a las estaciones, la sucesión del día y la noche, entre muchos otros fenómenos encaminaron al hombre hacia un pensamiento religioso. Relacionar la naturaleza con lo divino es el efecto de las grandes preguntas ontológicas a las que seguimos buscando una respuesta. En este seno surgen los mitos, sobre todo los cosmogónicos y los que tienen que ver con el origen, que reflejan ya una memoria religiosa en la que la trascendencia es parte fundamental del conocimiento de la vida. Lo religioso, no  hace referencia a un culto en particular o congregación, sino al motor inherente del hombre que lo conecta con el mundo que habita y que comienza a descifrar. 

Citando a Francisco Diez, lo que entendemos por religión tiene mucho que ver con el «nosotros», con la identidad que se enseña y se construye socialmente, por lo que tendemos a definir la religión según las pautas que nos marca nuestra cultura. 

Pero el fenómeno religioso adopta formas muy variadas, por lo que definirlo parece una tarea imposible, pues el significado sobrepasa a la definición, de modo que debemos permitirnos la apertura hacia la comprensión de su universalidad. El sentido etimológico de la palabra nos ofrece esta apertura.

El concepto de religión tiene dos acepciones que provienen del latín, religare  y relegere, una ofrecida por Cicerón y otra por Lactancio, el primer término debemos entenderlo como «estar ligado o sujeto a» y el segundo como «reunir de nuevo»; ambas acepciones, por tanto, nos revelan una experiencia de vida que está llena de sentido para el que la experimenta, no hay un abandono de la realidad, sino una manera cuidadosa de comprender la naturaleza a través de una o varias figuras trascendentes, que pueden ser deidades o no,  y que son las que sostienen al mundo:

«Religare tendría que ver con el territorio íntimo de piel para dentro, relegere se referiría a aquello que crea lazos con lo que está fuera, ya se trate de lo social o, desde una lectura creyente, de algún ser sobrenatural. Esta referencia a la etimología no es mera divagación erudita, ejemplifica que, desde una época remota, quedaba de manifiesto que la religión aparece en dos ámbitos muy diversos, aunque interconectados. Por una parte, el que radica en el interior, hecho de silencios… Por otra el exterior, que interconecta con los demás, se caracteriza por ser expresión, se construye por medio de acción y práctica social…» 

Diez de Velasco, Breve historia de las religiones, op. cit., pp. 10-11. 

El término religión responde a la estrecha relación que el ser humano ha mantenido, desde que es consciente de su existencia, con el mundo y el cosmos, sin importar la creencia, culto o práctica a la que pertenezca. En este contexto llamamos al hombre religioso y a su relación con lo trascendente lo divino. 

Esta relación que se presenta tan personal e íntima, el ser humano desarrolla una comunicación dialéctica que se presenta ad intra en primer lugar y posteriormente ad extra: La apertura de la consciencia al mundo implica que el hombre se pregunte quién es, cuál es su lugar en el mundo, cuál es el sentido de la existencia, si tiene un lugar en el cosmos y cómo debe relacionarse con éste; cuestionamientos que lo hacen percatarse de su propia humanidad, ad intra, y de lo que está fuera de él, ad extra. 

Plantearse proposiciones de esta índole le permiten al ser humano formular un sentido de la vida que quizá no concebiría sin la internalización del mundo como espacio sagrado, ahí donde la naturaleza se presenta como poseedora y encarnación de lo divino, y en la cual el hombre puede desplegar su existencia como individuo pero también como parte de algo que es superior a él y lo rebasa. 

El hombre habita el mundo y sin importar el tiempo en el que se encuentre, se sabe como parte de un cosmos que no logra comprender en su totalidad, necesita vincularse a éste, sentirse parte de él, se siente ligado al cosmos, similar y parte constitutiva.  El ser humano se relaciona con el entorno desde la religiosidad, entendida como una orientación fundamental del ser humano, a la que algunos llaman espiritualidad, creencia o filosofía de vida. 

La relación entre el ser humano y lo divino es un vínculo intrínseco que lo atraviesa desde sus orígenes hasta nuestros días, y que no sólo responde a la manera en la que el hombre interactúa con el espacio que habita, sino también con su desenvolvimiento dentro de la sociedad a la que pertenece, pues en su reconocimiento frente al otro descubre una conexión que da sentido a la vida, a la muerte y a su propia existencia. 

Sin importar el tiempo o el lugar en el que el ser humano se encuentre, éste concibe la realidad como algo que nunca termina de asir y que, aunque tengamos respuestas que aparentemente son lógicas y verdaderas, el misterio de lo sobrehumano y trascendente permanece. El cosmos es un espacio divino que nos permite desdoblarnos hacia dentro y hacia fuera repetidas veces y sin fin en un ejercicio de contemplación acerca de nuestro valor en el mundo y nuestra razón de ser.

El término homo religiosus, hombre religioso, no responde al creyente de algún dogma o al practicante de alguna corriente espiritual, sino al género humano en su totalidad, como ser que se vincula de manera simbólica primero consigo mismo y, posteriormente, con el mundo, los astros y lo que está más allá de su propio entendimiento. En tanto que las preguntas ontológicas fundamentales de nuestra especie sigan sin obtener una respuesta satisfactoria, incluso científica, nuestra vinculación con la trascendencia seguirá arraigada a un espacio que ya hemos establecido como divino y sí, también sagrado. 

Nuestra propia existencia se nos presenta como sobrenatural, como el mayor de los misterios jamás resuelto, pero que esconde su respuesta en las manifestaciones de la naturaleza proyectada hacia el cosmos y alojada en nuestro interior. 

Religiones y cambio climático

Religiones y cambio climático

Síguenos en nuestro canal de Telegram:
https://t.me/spesetcivitas

San Juan Pablo II en tres ocasiones (1986, 1993 y 2002) reunió a los líderes religiosos del mundo para orar por la paz en Asís. Quería mostrar de esa forma cómo la religión en general puede ser una fuerza de paz, generar paz a su entorno y no violencia como algunas veces sucede — en el 2002 estaba muy reciente el atentado a las Torres Gemelas perpetrado por fundamentalistas islámicos. La crítica atea suele señalar que la religión es quizá la causa más profunda de la de división en el mundo, y por ello sería un deber moral atacarla. El Papa santo salió a refutar tal crítica tendenciosa y mostró cómo los líderes religiosos pueden obviar sus diferencias, dialogar y unirse para orar por la paz.

Ahora, en el 2021, la humanidad, junto con la necesidad de paz, que nunca puede darse por descontada, tiene la urgencia de cuidar el planeta. ¿Pueden unirse las religiones para pedir por la salud del planeta y hacer frente al cambio climático? Lo que san Juan Pablo II hizo por la paz, lo hace ahora Francisco con el cambio climático: El Papa reunió en el Vaticano cerca de 40 líderes religiosos para expresar su apoyo a la COP 26 de Glasgow y su preocupación por el cambio climático. Todos firmaron un llamamiento para frenar el cambio climático. Entre los participantes se encontraban el Arzobispo de Canterbury, el Patriarca Ecuménico Bartolomé y el Imán de Al-Azhar, entre otros: Las religiones unidas para hacer frente a la contaminación y defender la salud del planeta.

Junto a los representantes de las diferentes confesiones cristianas, había líderes judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, sijs, confucionistas, taoístas y zoroástricos. Representantes de las religiones más representativas del planeta. Todos expresaban su común preocupación por el clima y la ecología. Esta realidad muestra cómo las religiones tienen puntos en común, a pesar de sus diferencias históricas y culturales, y esos puntos en común convergen en beneficio de la humanidad. El cambio climático contribuye de esa forma también a la unidad entre los diferentes credos, pues muestra como todos juntos pueden trabajar en pro del hombre y la sociedad. Las diferencias doctrinales no son obstáculo para poder hacer el bien en conjunto, en equipo.

El Papa Francisco tuvo el detalle de no leer su discurso, para no extender en demasía la ceremonia y dar pie a que los demás líderes religiosos pudieran explayarse. Pero les entregó escrita su intervención. En ella insiste, fiel a su habitual esquema de pensamiento, en tres puntos: “la mirada de la interdependencia y de compartir, el motor del amor y la vocación al respeto”. Fiel a sus intuiciones de fondo, Francisco recuerda que “todo está conectado”, y por ello debemos tener una “mirada abierta a la interdependencia y al compartir”. Todos somos miembros de la única familia humana, y compartimos la responsabilidad de sacarla adelante.

El tercer elemento señalado por Francisco es el “respeto por la creación, respeto por el prójimo, respeto por sí mismos y respeto hacia al Creador. Pero también respeto mutuo entre fe y ciencia”, para que el fecundo diálogo entre ellas esté orientado al “cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad”. Como se puede observar, el Papa Francisco es ambicioso en su perspectiva. Considera que es mucho lo que la religión puede aportar a la ciencia, y cómo juntas pueden contribuir para frenar el cambio climático. En el ámbito cristiano, este cuidado formaría parte la espiritualidad católica.

La misión de León XIV

La misión de León XIV

De su homilía en el solemne inicio del pontificado, el pasado 18 de mayo, se colige que León XIV tiene bien clara la función que desempeña el Papa en el seno de la Iglesia y en medio del mundo: ser principio de unidad. Como dice el Concilio Vaticano II: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (Lumen Gentium, n. 23).

Si siempre ha sido esa la misión del papado, si cabe, en el momento presente se manifiesta con mayor actualidad y urgencia. En medio de todas las cosas maravillosas que nos dejó el pontificado de Francisco, hubo una, sin embargo, que quedó como tarea pendiente para el próximo Papa: la unidad. Se ve con claridad cómo León XIV captó esta prioridad del actual momento histórico de la Iglesia. Su homilía de inicio de pontificado es, en este sentido, un canto de unidad y de comunión, que nos invita a adentrarnos más profundamente en el misterio de la Iglesia.

En efecto, en su dimensión más profunda, la eclesiología que mana del Concilio Vaticano II -un concilio que tuvo como uno de sus objetivos primordiales reflexionar sobre el ser y la naturaleza de la Iglesia-, apunta a que, principalmente, la Iglesia es un misterio de comunión: un misterio de comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. O, con palabras del Concilio Vaticano II “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, n. 1).

Por eso León XIV pudo proclamar taxativamente: “Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro.” El primado del Papa es un primado en el amor, que tiene por objeto conseguir la unidad de la Iglesia. En efecto, ningún “pegamento” más fuerte que el del amor. Nada une tanto como el amar y saberse amados. No es una unidad artificial, provocada por la fuerza o la coacción, sino una unidad que mana naturalmente, como si de un manantial se tratara, del amor.

Una muestra de que no se trata de un objetivo periférico sino central, es precisamente el lema que León XIV ha elegido para su pontificado: “In Illo uno unum” (“En el único Cristo somos uno”). La unidad tiene así una razón sobrenatural: es, al mismo tiempo, querida y causada por Jesucristo. Jesús la quiere, eso está claro, pero es necesario que también nosotros la queramos: “Hermanos y hermanas, quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.”

El primer gran deseo del Papa es la unidad. Su tarea fundamental es conseguir, bajo la guía del Espíritu Santo, la unidad de “la católica”, es decir, la unidad en medio de la universalidad y la diferencia. Pero el Papa es consciente de que no está sólo en este cometido. Junto con él, todos los bautizados estamos llamados a ser artífices de la unidad: “nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad.” 

La visión de León XIV es amplia: no se trata sólo de restaurar la unidad fragmentada en el seno de la Iglesia, sino de ser instrumentos de unidad para la humanidad entera, no sólo los católicos. Así lo expresa con claridad en su homilía: “Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz.”

Es decir, la unidad se va construyendo como en círculos concéntricos: primero entre los católicos entre sí, pero a partir de ahí se trata de construir puentes con los integrantes de otras confesiones cristianas y, a partir de ahí, con personas de otras religiones -comenzando con los judíos, nuestros “hermanos mayores en la fe”-, con personas que están en búsqueda de Dios, y con los ateos y agnósticos de buena voluntad, con los que podemos trabajar juntos para construir un mundo mejor. Podemos colaborar unidos, para instaurar el Reino de Dios, reino de justicia y de paz, con todos los hombres de buen corazón. León XIV busca entonces más lo que nos une que los que nos divide, para hacer sinergia en beneficio de la Iglesia primero, pero de la humanidad también.

El nacimiento de un pontífice

El nacimiento de un pontífice

La llegada de un nuevo Papa siempre es un momento delicado de la historia de la Iglesia. También constituye una ocasión de profunda esperanza. El advenimiento de León XIV no ha sido la excepción, máxime cuando ha sido fruto de un cónclave muy breve, lo que transluce un evento de profunda unidad eclesial.

El entusiasmo por el nuevo pontífice ha sido generalizado, se ha vivido un auténtico coro de acogida en toda la Iglesia. En esta ocasión no sólo la Iglesia, sino el mundo entero estaba a la ansiosa expectativa de quien sería el siguiente sucesor de Pedro. León XIV nos ha sorprendido a todos. En cierta forma, su elección expresa una instantánea de cómo está la Iglesia en la actualidad. Se trata de un Papa Americano, no en el sentido exclusivo de norteamericano, estadounidense, sino de toda América, la del norte y la del sur. Al día de hoy, la mayor parte de la Iglesia se encuentra en América y, desde un punto de vista tanto geopolítico como eclesial, resulta necesario, si no urgente, reconciliar a “las dos américas”, la del norte y la del sur. Si esa reconciliación pudiera encarnarse en una persona, esa sería León XIV.

Nació en los Estados Unidos, pero su ministerio lo ha desarrollado a caballo entre Norteamérica, el Perú y Roma. Ha sido, por lo demás, variopinto y rico: superior general de los agustinos, obispo de una diócesis peruana, prefecto del dicasterio de obispos, misionero, profesor de seminario y juez de tribunal eclesiástico. Si a ello se le añade que es políglota, difícilmente podría haberse encontrado una persona con un perfil más completo y rico, para desempeñar el oficio del Vicario de Cristo.

Ahora bien, desde una perspectiva católica, de fe, al Papa se le quiere como venga, no es necesario que tenga todas las dotes humanas y sobrenaturales de León XIV; pero, gracias a Dios, las tiene y ello redundará seguramente en bien de la Iglesia y la sociedad. La labor de los cardenales en el cónclave va más allá de ser “head hunters”, no se realiza analizando el LinkedIn de los candidatos; ojalá fuera tan sencillo, se trata de discernir quién es el indicado, el que el Espíritu Santo desea para la Iglesia en el momento actual.

Por eso, más allá de esquemas sociopolíticos, sobre si es de izquierda o derecha, conservador o reformador, lo importante es situarnos en un horizonte sobrenatural. El Papa, sea quien sea, es el “Vicario de Cristo” en la Tierra o, en expresión de Santa Catalina de Siena, que tanto amó a la Iglesia y al Papa, “el dulce Cristo en la Tierra.” Creo que, en líneas generales, así lo hemos recibido los católicos, más allá de las diferentes alianzas o tendencias que pueda haber en el seno de la Iglesia. Y pienso que esa es la actitud correcta, la que es grata a Dios, la perspectiva de fe, sobrenatural.

¿Qué nos queda ahora a los católicos? Después de un primer momento comprensible, de pasmo o asombro, el camino es muy claro: rezar habitualmente por el Papa, hacer el esfuerzo por estar en sintonía con lo que dice, y para eso es necesario conocer su magisterio y, ¿por qué no?, difundirlo de modo amable y accesible ahí donde nos encontremos. No es banal el servicio que se presta a la Iglesia y, finalmente, a la causa de Jesucristo, el de quien busca “llevar Roma a la periferia”, en expresión de san Josemaría. Y ello resulta especialmente urgente cuando, en la práctica, los medios de comunicación, ajenos a todo sentido sobrenatural, y sedientos de sensacionalismo y polémica, son los que filtran las enseñanzas del Pontífice. Difundir la auténtica doctrina del Papa, darle contexto y vulgarizarla, viene a ser un claro servicio a la Iglesia y a las almas. Hacer amable y atractiva la figura y el mensaje del Papa es tarea de los buenos hijos de la Iglesia. Se trata, en definitiva, con una expresión del beato Álvaro del Portillo, de “hacer amable la verdad.” Ojalá que no seamos remisos en ese deber con León XIV los buenos hijos de la Iglesia.

MDNMDN