Cuando eres joven y convives mucho con viejos, te das cuenta que en cierto punto aparece como algo común la familiaridad con la muerte. Familiares, conocidos, contemporáneos comienzan a irse y generaciones más antiguas desaparecen. Y, “te das cuenta que pronto tú también te irás”.
Para quienes no viven un duelo prematuro de su propia vida, o para quienes ya lo han atravesado. La muerte se convierte en un destino multifacético que adquiere diferentes caras a lo largo del tiempo, para al final recibirla, según algunos, como una voluble amiga. O, según algunos otros, como el terrible culmen de una vida de frustraciones. Pero lo que es cierto y común para la mayoría de las personas es que conforme más te acercas a ella, menor sentido tienen las turbaciones de la vida: el dinero, los bienes, el futuro… la incipiente incertidumbre se transforma en la certeza del único destino que siempre estuvo ahí. Es entonces cuando la vida adquiere un nuevo significado, uno mucho más ligero. Te deshaces de lo que va perdiendo sentido y cosas que antes parecían insignificantes se vuelven tan valiosas como lo fue en su momento conseguir ese nuevo auto o comprar una casa. Una rica comida, una buena plática, un abrazo, convivir con las personas que amas, bailar, levantarte y que no te duela nada… son ese tipo de cosas las que ahora, con la muerte viéndote de frente, tienen todo el sentido del mundo.
No obstante, la vejez también acarrea consigo cierto arrepentimiento y aprendizaje de lo que es, de lo que pudo haber sido y de lo que se pudo haber hecho mejor. De ahí que los consejos de los viejos sean tan necesarios, pues cuando uno es viejo no solo se valoran otras cosas, sino que se ve lo que uno debió valorar más cuando era joven. Entre las cosas que he escuchado que deben ser valiosas para la juventud rara vez he escuchado acerca del auto nuevo o la casa. Más bien… entre la sabiduría de la gente mayor se habla de haber cuidado la salud, de haber aprovechado más el tiempo que pasaban sus seres queridos, de no preocuparse tanto, de haber sabido agradecer o pedir disculpas cuando fue necesario y por supuesto de haber hecho más, porque “al final la vida es muy corta”. Tal vez cuando lleguemos a viejos siempre resonará en cada uno de nosotros eso último, pero al menos por ahora mientras seamos jóvenes y sin saber cuánto tiempo nos queda para familiarizarnos con la muerte, podemos pensar en aprovechar mejor la vida valorando lo que realmente importa. Y ¿cómo sabremos qué es lo que realmente importa? Bueno, siempre podemos escuchar lo que tienen que decir los viejos.
En esta sexta conmemoración del Día Mundial de la Lógica, quisiera compartir mi convicción de que la lógica surge del profundo deseo de aprender a investigar y explicar en qué consiste esta afirmación desde mi perspectiva.
Investigar es una actividad más compleja que simplemente percibir, pensar o razonar, al menos bajo una definición restringida del razonamiento como el proceso de obtener conclusiones o validar su obtención. La investigación implica un esfuerzo más amplio: busca responder y plantear preguntas sobre nuestras convicciones, es decir, sobre aquello en lo que depositamos nuestra fe. Además, conecta nuestras convicciones con nuestros actos.
La fe, en este sentido, no abarca todo el acto religioso. Este último no se limita a la voluntad de creer, ya que aquello que nos «re-liga» plenamente a nuestras convicciones no consiste únicamente en avivar el deseo de creer, sino en el cuidado y la refinación tanto del hábito de creer como de aquello en lo que creemos. La investigación es el acto que nos conecta con nuestra fe, haciendo del acto religioso algo más pragmático y, por ende, más controlado en su ejercicio.
El acto religioso al que me refiero no es una búsqueda desesperada de renovación ni un esfuerzo por superar nuestras convicciones. Es un ejercicio continuo de refinamiento de nuestras creencias y su conexión con nuestros actos, que solo concluye con la vida misma. De esta forma, podríamos dejar de inducir a jóvenes y adultos a esperar repentinas iluminaciones, las cuales solo llegan a quienes las buscan con inocencia o a quienes, aunque no las persiguen obstinadamente, se preparan para recibirlas. La grandeza de los científicos que recordamos radica tanto en la sorpresa que caracterizó sus hallazgos como en la capacidad que desarrollaron para comprenderlos. De manera similar, el descubrimiento de lo divino y las conversiones comparten esta cualidad inesperada y previsiva.
El acto religioso del que hablo se encuentra en común entre figuras como Aristóteles, Newton o Fahraday, así como en los santos Agustín, Benito o Ignacio. Ciertamente, aunque no profundizaré en ello, los métodos de razonamiento que brinda la lógica y el panorama que aclaran del conocimiento posible son precisamente lo que nos permite descubrir tanto las leyes de la naturaleza como aclarar la revelación de Cristo. Inducir es el hábito de conectar experiencias con sus explicaciones y principios; deducir, el hábito de obtener consecuencias de ciertos principios y conectarlos con nuevas experiencias; y abducir o generar hipótesis, el hábito de razonar sobre lo desconocido y hacerlo plausible. Estos hábitos del razonamiento, en su conjunto, conforman un sencillo camino que educa al entendimiento humano en la búsqueda y vivencia de las verdades que nos importan.
Sería valioso que este principio de conexión entre la investigación y los actos religiosos se enseñara en las clases de lógica. Sin embargo, es probable que esté fuera del enfoque de la mayoría de los profesores y pedagogos de esta disciplina. La juventud, ese momento en que se forma el germen de la adultez, es la etapa ideal para proporcionar esta luz, ya que durante esos años solemos enfrentar cierta oscuridad e incertidumbre en cuanto a los modos y los cómos. Por ello, especialmente a esa edad, necesitamos aprender tanto a razonar como a comprender por qué hacerlo y su importancia para nuestra plenitud como personas.
Así, el método de investigación que ofrece la lógica tiene como objetivo principal enseñarnos a cuidar nuestras creencias y hábitos. Aunque la lógica no puede proporcionar reglas específicas, y mucho menos hiper específicas, para lograr este propósito, puede ayudarnos a aclarar el panorama mediante los principios más elementales de cualquier investigación. No necesariamente como una profesión, sino como un modo de vida que nos aclare el significado de nuestras convicciones y refine nuestros hábitos. Para esto podemos comenzar por suprimir todo esfuerzo y dar el primer paso en esta dirección.
Recordar esto en el marco de esta conmemoración resulta de suma importancia, ya que la lógica, en su esencia, no solo es una herramienta para el pensamiento riguroso, sino un camino para cuidar nuestra conexión con lo que creemos y valoramos.
A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la «construcción de la paz».
Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la «espiritualidad Cristiana«, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.
Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no «da el ancho» al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre «poner límites a la razón, para dar lugar a la fe«.
Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.
Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las «definiciones», «principios del conocimento», «…de la acción», o las «formas». Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vidamoral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.
Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.
Y así, la plenitud o «eudaimonía» de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos «principios». Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.
Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus «principios del conocimiento«. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los «jóvenes» por su falta de experiencia, pero también a las personas de «carácter juvenil» en general.
Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.
Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado «silogismo práctico» encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: «Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/∴ me dispongo a comer los pasteles». Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.
Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como «si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y«. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.
Por otro lado, nótese que la estructura de acción del «silogismo práctico» consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultadoesperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico
Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de «silogismo teórico» que parte del principio «todos los hombres son mortales«, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor «Sócrates es hombre» pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que «∴Sócrates es mortal». Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como «Elías fue hombre y no murió» para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la «inmortalidad» (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).
Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o «primer principio». Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.
Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: «no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios».
Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de «escuchar y ver» y «sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio». El «espíritu de Cristo», dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto «hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor«. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.
Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.
Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.
Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida «como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín».
Desde 2005, cada tercer jueves de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía por iniciativa de la UNESCO.
En este artículo quiero hacer una revisión de los motivos por los cuales define la UNESCO que el 16 de noviembre de este año se conmemoró por decimoctava vez a la filosofía. Por otro lado, quiero revisar si estos motivos son claros y valiosos para propiciar un examen sobre lo que estudié y, quiero pensar, ejercito profesionalmente.
Estudié filosofía como carrera universitaria y mientras estudiaba tuve varias dudas respecto a lo que hacía y se supone que quería aprender. No obstante, siguiendo una vía anti-Cartesiana hay puntos de los que en mi experiencia creo que no podemos “dudar”, porque no vale la pena hacerlo. Y esto es distinto de aquellos otros puntos respecto a los cuales sí vale la pena “sospechar”.
Rene Descartes (1596-1650), filósofo que propuso la Duda Metódica como base del ejercicio filosófico.
No podemos dudar que hay un conjunto de vocabularios, que constituyen las diversas tradiciones de la “filosofía”. Tampoco, que hay un conjunto de preguntas que guían nuestra investigación sobre las tradiciones y problemas que nos acontecen. Y también, ciertas fuentes relevantes que destacan en su literatura. El método, ya lo define con cierta obscuridad Aristóteles en los Tópicos, es la inferencia y la argumentación.
No creo necesario proponer el “análisis filosófico” como método. Aunque sí una “actitud filosófica” que guie como una “ética de la investigación” y hasta una forma vaga de “hacer bien las cosas” o cierto “modo de vida”.
En lo personal, sospecho de todas las investigaciones que en su nombre justifican su campo en la filosofía añadiendo: “análisis filosófico” o “aproximación filosófica”. Esto no significa que descarte su valía por ello, pues a menudo el “nombre” es sólo un infortunio.
En su “Mensaje (…) con Motivo del Día de la Filosofía” del 2022, de una sola página de extensión,Audrey Azoulay, quien es Directora General de la UNESCO, rescata ambos elementos de mi definición: “la filosofía se alimenta de las tradiciones de todo el mundo”; y, es “un ejercicio vivo de cuestionamiento” para definir lo que es, podría y queremos que sea el mundo.
Además, define que el valor de la filosofía reside en el “enfoque” que nos ayuda a enfrentar los cambios y posicionarnos ante la incertidumbre .
Como frutos de la UNESCO con este enfoque, Audrey Azoulay ejemplifica la “Declaración del Genoma Humano y los Derechos Humanos”(1997), y la “Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial” (2022). Se trata de dos casos interesantes de frutos con los que la “actitud filosófica” ha impactado en el mundo contemporáneo.
En su “Mensaje” de 2022, Audrey sugiere que estos frutos son resultado de nuestra respuesta a ¿qué significa ser humanos? Pregunta que sólo puede responderse con precisión y completitud en una argumentación que conecta las diversas perspectivas humanas y un punto de partida “ecologista”.
Lo anterior no sólo implica una apertura a la pluralidad de tradiciones, sino también a las diversas investigaciones actuales a partir de las cuales, nos dice Audrey, la “reflexión puede traducirse en acción”.
A menudo, «El Pensador (Le Penseur)» de Auguste Rodin (1840 -1917) se vuelve una caricatura de la filosofía, ¿realmente es un símbolo valioso y preciso para los filósofos y las filósofas actuales?
En particular, esta última parte me impresiona por su sencillez y por la descripción de nuestra responsabilidad como filósofas y filósofos. Audrey destaca que esta responsabilidad implica aprender a enseñar “las herramientas de la filosofía para reinventar un mundo común, desde la más temprana edad”.
Entonces, la responsabilidad de los filósofos y las filósofas no sólo se da respecto a la solidez y practicidad de sus investigaciones, al ponerlas en el ruedo con las investigaciones de otras disciplinas; sino también respecto la enseñanza efectiva de las mismas.
Los filósofos pragmatistas como Dewey y Peirce destacan que la cooperación intelectual y la enseñanza son ejercicios que potencian los “frutos filosóficos”, porque impulsan el aprendizaje y aclaran el vocabulario de nuestras investigaciones.
Precisamente desde ahí se da la definición de la “Proclamación del Día Mundial de la Filosofía” de 2005 por la UNESCO: “disciplina que estimula el pensamiento crítico e independiente, capaz de actuar en favor de una mejor comprensión del mundo y de promover la tolerancia y la paz” (p. 5).
No sostengo que la estimulación del “pensamiento independiente” sea la finalidad de la filosofía. Al contrario: sostengo, parafraseando mis lecturas de Peirce, que la filosofía potencia nuestros «instintos sociales«. Esto es un infortunio en la definición de la UNESCO y propiamente no es lo que se dice en la misma.
Por lo mismo, coincido en que el hábito filosófico, en su propagación social, significa actuar en favor de una comprensiónde un mundo «bueno«, con la que se promueve la tolerancia y la paz entre las personas. Esto es “filosófico”; pero es, más bien, común al proyecto humano.
En su ensayo de 1891, «El Filósofo Moral y la Vida Moral», William James se esfuerza en colocar el poder de la investigación filosófica ante la vida humana: ¿cuál es la autoridad de los filósofos y filósofas al prescribir lo que es bueno? La conclusión: la investigación filosófica está sujeta a los procesos sociales y forma parte de algunas de sus transformaciones morales.
Y ya que toda la humanidad formamos parte de un experimento complejo y falible, de interacciones y correcciones que llamamos “moralidad”; no podemos observarnos bajo el ojo de la “autonomía” respecto al resto de nuestros coetáneos ni de nuestros antepasados.
De manera que la moralidad no es traslúcida al ojo de una “conciencia”, ni mucho menos la tenemos los filósofos y las filósofas, sino que se ha construído históricamente y continúamos construyéndola socialmente mediante apuestas que medimos por sus consecuencias en nuestras interacciones con otras personas.
Ciertamente, esto indica la necesidad que subraya Audrey de transformar la “actitud filosófica” en dispositivos accesibles (y aquí implico: claros) que sirvan para guiarnos en la experimentación de este mundo común y hacerlo “bueno”.
Tal es la utilidad de que quienes investigamos, nos esforcemos en hacernos entender y comunicarnos cuando apostamos por la precisión de las palabras, para aclarar el diseño “moral” de nuestras interacciones sociales y valorar la dirección que llevamos. No somos infalibles, sino filósofos.
Este trabajo no es propio de quienes estudian alguna carrera que se llame “humanidades” o “filosofía”, sino de cualquier persona interesada en que como humanos nos vaya bien y tenga una convicción estructurada al respecto. Así, al parecer del filósofo Peirce, en el siglo XIX y XX la filosofía y la ciencia cambiaron de cunas: ¿podríamos llevar esto aún más lejos?
Peirce distingue al filósofo del científico de su época por la “voluntad de aprender” de los segundos. Estos son los genuinos filósofos. Por otro lado, Peirce define a los renombrados filósofos de su época como meros “recolectores” de todo lo que creen que vale la pena saber. Incluso: como investigadores que pretenden la novedad con métodos para fijar sus creencias que distan mucho del desarrollo empírico de una investigación.
Extendería este argumento a lo que filósofos como Quine y Pereda advierten: no todo lo que es verdad o podría serlo, vale la pena. Creo que esto tendría que impulsarnos a cambiar nuestra disposición hacia ciertas fuentes y tendencias de la investigación filosófica actual.
El “Mensaje” de Audrey, Directora General de la UNESCO, me resulta suficiente como un llamado a la acción para los filósofos y las filósofas actuales. Acepto los claroscuros de su mensaje como los comienzos de un camino que nos aclara suficientemente para definir lo que los filósofos y filósofas podemos ser.
La filosofía no consiste en “idealizar” la realidad, o, verla desde un conjunto de palabras o fragmentos de algún filósofo o filósofa “clásicos”. Directamente me atrevo a decir que no podríamos decir que quienes ven o practican la filosofía de este modo, lo son genuinamente; o, por lo menos, útilmente.
En mi opinión, defender una Filosofía “pragmatista” o que “produce cosas” (más aún: «cosas buenas») es una incurrencia en la redundancia.
«These things ought ye to have done, and not to have left the others undone» palabras de John Dewey (1859-1952) en Democracia y Educación de 1916. En español: «Estas cosas debemos hacerlas nosotros y no dejarlas sin hacer a los otros».
Por ello, me rehúso a adoptar cierto nombre romántico y abiertamente feo que se hizo famoso entre mis compañeros y compañeras de carrera: “filo-filósofos”. Esto es: no pretender ser filósofos o filósofas, sino aceptar estar al margen de serlo. Los gérmenes de esta propuesta pueden encontrarse en la «Crítica de la Razón Pura» (1781) de Kant.
Sin embargo, creo que el ejercicio filosófico ya comprende un margen entre el conocimiento y la verdad, entre la incertidumbre y el deseo del bien. Tal parece ser la raíz del mito de Pitágoras quien se llamo a sí mismo «filósofo» y no «sabio».
De este modo, invito a que tomemos nuestra responsabilidad y dejemos de cavilar tanto sobre ¿Qué es filosofar?¿Cómo podríamos filosofar? Ya hay mucho escrito al respecto, diría John Dewey. Y una página podría ser suficiente para aclararlo, como creo que Audrey logra en su «Mensaje» del 2022. Lo que falta es hacer filosofía, producir frutos, y dialogar y enseñar para aprender a propagar este ejercicio genuinamente en nuestras comunidades.