Por: Sara Arriaga Lovera
Cuando eres joven y convives mucho con viejos, te das cuenta que en cierto punto aparece como algo común la familiaridad con la muerte. Familiares, conocidos, contemporáneos comienzan a irse y generaciones más antiguas desaparecen. Y, “te das cuenta que pronto tú también te irás”.
Para quienes no viven un duelo prematuro de su propia vida, o para quienes ya lo han atravesado. La muerte se convierte en un destino multifacético que adquiere diferentes caras a lo largo del tiempo, para al final recibirla, según algunos, como una voluble amiga. O, según algunos otros, como el terrible culmen de una vida de frustraciones. Pero lo que es cierto y común para la mayoría de las personas es que conforme más te acercas a ella, menor sentido tienen las turbaciones de la vida: el dinero, los bienes, el futuro… la incipiente incertidumbre se transforma en la certeza del único destino que siempre estuvo ahí. Es entonces cuando la vida adquiere un nuevo significado, uno mucho más ligero. Te deshaces de lo que va perdiendo sentido y cosas que antes parecían insignificantes se vuelven tan valiosas como lo fue en su momento conseguir ese nuevo auto o comprar una casa. Una rica comida, una buena plática, un abrazo, convivir con las personas que amas, bailar, levantarte y que no te duela nada… son ese tipo de cosas las que ahora, con la muerte viéndote de frente, tienen todo el sentido del mundo.
No obstante, la vejez también acarrea consigo cierto arrepentimiento y aprendizaje de lo que es, de lo que pudo haber sido y de lo que se pudo haber hecho mejor. De ahí que los consejos de los viejos sean tan necesarios, pues cuando uno es viejo no solo se valoran otras cosas, sino que se ve lo que uno debió valorar más cuando era joven. Entre las cosas que he escuchado que deben ser valiosas para la juventud rara vez he escuchado acerca del auto nuevo o la casa. Más bien… entre la sabiduría de la gente mayor se habla de haber cuidado la salud, de haber aprovechado más el tiempo que pasaban sus seres queridos, de no preocuparse tanto, de haber sabido agradecer o pedir disculpas cuando fue necesario y por supuesto de haber hecho más, porque “al final la vida es muy corta”. Tal vez cuando lleguemos a viejos siempre resonará en cada uno de nosotros eso último, pero al menos por ahora mientras seamos jóvenes y sin saber cuánto tiempo nos queda para familiarizarnos con la muerte, podemos pensar en aprovechar mejor la vida valorando lo que realmente importa. Y ¿cómo sabremos qué es lo que realmente importa? Bueno, siempre podemos escuchar lo que tienen que decir los viejos.

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