Migrantes

Migrantes

 “Porque me duele si me quedo,
pero me muero si me voy
”.
María Elena Walsh,
Serenata para la tierra de uno

Las migraciones tienen en mi historia personal un carácter fundacional. Mi propia genealogía es la confluencia casual de múltiples migraciones. Mis antepasados recientes dejaron un día su terruño natal para emprender un viaje sin regreso. El hambre, la guerra, la peste, la falta de oportunidades, entre otras injusticias, los forzó a embarcarse hacia una nueva vida. Algunos solos y otros en familia se aventuraron en una larga travesía que los llevaría a la costa atlántica sur de América: Argentina. 

Mi abuelo paterno Luis Barry con sus padres y hermanos.

Historias de muchos hombres y de muchas mujeres. Proezas personales que no habrían de pasar jamás a la Historia, pero que gestaron cada una un propio descubrimiento de este continente. Continente que, sin saberlo, habría de contener sus memorias definitivas. 

Mi abuela materna Ana María Guasch con sus padres y hermanos.

A esta tierra han venido y siguen viniendo pobladores de los más diversos orígenes y de tierras extrañas entre sí. Algunos incluso de países que ya no existen. En el caso de mi familia, mis abuelos y bisabuelos provienen de disímiles regiones de Europa: Irlanda, Andalucía, Cataluña, Lombardía, Calabria. Ya en Argentina, se asentaron a su vez en distintos suelos del interior del país. Por parte de mi esposo, su propio padre y abuelos vinieron de Rusia, siguiendo un sinuoso derrotero; y por el lado de su madre, sus parientes provienen de Italia y España. Ambos compartimos así un legado de vivencias culturales muy variadas. 

Mi bisabuela paterna Concepción Maineri con sus padres y hermanos.

Los caminos migratorios pueden tener distintas extensiones. Mi padre y mi madre han hecho el suyo propio, dejando sus respectivos pueblos de provincia para ir a estudiar a la ciudad. Ejemplo que ejerció siempre mucha fuerza en mí, además de ser el hecho indispensable para que se conocieran. 

Mi abuelo materno Diego Zapata con su profesor y compañeros de violín.

En mi caso, yo también fui una vez migrante. Recién casados, nos fuimos mi esposo y yo a Alemania, un país con el cual ninguno de los dos guardaba parentesco. Nos impulsó la ilusión de un nuevo horizonte, la amistad con nuevas personas, la curiosidad ante una rica cultura de científicos y pensadores y el desafío de una lengua difícil de conquistar. Pero, finalmente, fue el nacimiento allí de nuestro hijo nuestro principal vínculo afectivo con ese, nuestro primer hogar. Hecho que determinó a su vez el motivo de nuestro pronto regreso a Argentina, dado que preferimos que su crianza se diera rodeada de la enorme familia que ahí lo esperaba.

Si bien hace ya quince años que regresamos, en aquella larga experiencia de casi seis años pude vivenciar yo misma lo que es la despedida y la incertidumbre de no saber si iba a volver. Pero a su vez pude experimentar también ese irremovible sentimiento de ser extranjero. ¿Pero qué es realmente lo que nos hace extranjeros? Más allá de las obvias cuestiones legales, de las visas y los pasaportes, aún cuando el entorno de nuestro nuevo país de residencia nos pueda resultar amigable, persiste siempre en nuestro interior un juego de arraigo y desarraigo. 

Konstanz, Alemania. 2005

Siempre me llamó la atención un concepto que debe ser común a varios idiomas, que se da claramente tanto en español como en alemán y que puede ser una primera clave para comprender ese paradójico sentimiento de pertenecer y no pertenecer a un determinado lugar. Por un lado, tenemos la “patria”, que hace referencia implícita a la tierra del padre, lo cual en alemán es literal en el término “Vaterland”; y por otro lado tenemos la “lengua materna”, con su correspondiente en alemán “Muttersprache”. Hay una fuerte referencia genética en ambos. Los dos términos señalan un origen ineludible, según el cual la tierra parece ser la herencia paterna y la lengua, la materna.

Sin ahondar ahora en lícitas cuestiones de género, podemos hacer foco en ese efecto que “tierra” y “lengua” ejercen en relación a nuestra capacidad de raigambre. La tierra se refiere por un lado a terreno: es espacio geográfico, es paisaje, es clima, es el alimento que allí puede crecer y sus nutrientes específicos. Por otro lado, es territorio, es demarcación política, es su organización interna, es frontera. La lengua, en cambio, es palabra, es pensamiento, es habla y es posibilidad de silencio. Puede ser monólogo, como puede ser diálogo; puede llegar a ser ben-dición o mal-dición. En cualquier caso, siempre la llevamos a cuestas, no importa en qué tierra nos encontremos. 

Al aprender un nuevo idioma siempre se aconseja tratar de “pensar” desde ese idioma. Yo no creo haber logrado pensar en alemán, pero sí al menos he llegado alguna vez a soñar en él, lo cual suele ser muy gracioso. Es claro que nuestra “matriz” está dada más por las palabras con las que pensamos, que por el suelo que pisamos. Es nuestra configuración inicial, pero no por eso es absoluta, de tal manera que podemos llegar en parte a emanciparnos. De hecho, mi esposo y yo impulsamos a nuestro hijo, cuya lengua materna es el español, a aprender alemán, para que conserve un lazo con la ahora lejana tierra donde no sólo nació, sino que fue un hito importante en nuestra historia familiar.

La cuestión es que cuando uno ya vivió como extranjero, esa tensión entre tierra y lengua hace mella en nuestro interior y pervive inconscientemente, de tal modo que, al volver, lo que antes era propio, tiene ahora también algo de ajeno. Uno adolece así de incontables migraciones internas que te permiten no estar sujeto a ningún lugar, aun cuando uno supone haber echado raíces. 

Aunque nunca libre de contradicciones, esa libertad, es la que me permite anticipar que un día será mi hijo el que habrá de partir para seguir su propio rumbo. Y que se llevará consigo nostalgia de la tierra en la que creció y palabras y pensamientos en su lengua, pero será él mismo quien podrá elegir dónde hacer crecer sus nuevas memorias.  

Argentina. 2020
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La grieta

Una de las insignias más valiosas de la democracia es la libertad de expresión. La democracia como sistema es el modo de dar curso y realización a las más diversas voces. Por el contrario, en un sistema totalitario lo primero que se liquida, por definición, es ese derecho a expresar la propia opinión. Ejemplos históricos hay de sobra.

Tal como se formula en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo número 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

La libertad de expresión es un derecho de todos y de cada uno, y como tal ni su manifestación, ni su defensa están libres de conflicto. Los mecanismos democráticos deben afinarse para darle cumplimiento aún en las más profundas divergencias, a fin de garantizar la convivencia pacífica de todos sus actores. Hasta ahí, la bella teoría.  

Lamentablemente, esta posibilidad de expresarse libremente sufre a veces ciertas mutaciones que la convierten en una especie de “uróboro”, una criatura que indefinidamente se muerde a sí misma la cola. La figura del uróboro está presente en variadas mitologías, tomando distintas simbologías. En este contexto resulta claro para graficar una recurrente tendencia autodestructiva que en la actualidad se evidencia en muchos países: la polarización absoluta. Un tironeo entre extremos que se censuran mutuamente en pos de la libertad de expresión.



Uróboro (Foto de Abake)

Desde hace ya unos años, al menos en Argentina, este fenómeno se conoce bajo el nombre de “la grieta”. Desconozco quién fue el mentor original de este término, pero se ha popularizado hasta tal punto que con esta imagen se entiende inmediatamente la existencia de bandos políticos contrapuestos entre los cuales el diálogo se ha vuelto imposible. La idea es clara: nada se puede construir sobre una grieta.

Hoy en día, por suerte y por desgracia, las cuestiones políticas se colaron en todos los ámbitos de la vida cotidiana, tanto públicos, como privados. El interés por el debate político no se da solamente en discusiones formales, sino que ha ido en avanzada en conversaciones casuales, callejeras e incluso hogareñas, pero extendiendo a su paso la imparable traza de esta grieta, que no sólo afecta a organizaciones, partidos e instituciones, sino que separa a colegas de trabajo, grupos de amigos, adentrándose incluso en el interior mismo de muchas familias. Muchas personas de buena voluntad se ven urgidas a tomar partido de manera indeclinable. Muchos creen encontrar así un modo genuino de cristalizar sus ilusiones políticas. Lo curioso es que una vez que están identificados con un bando, se encolumnan irreflexivamente ante la moción o lema de turno y se encuentran a sí mismos defendiendo una idea que no condice ni con su ideología de base. Los medios de comunicación, por su parte, fogonean morbosamente el espectáculo resultante. Y los líderes políticos, por supuesto, aprovechan la redada. 

La grieta ha cobrado sustancia, vida propia. La ferocidad de los ataques que se vivencian en las redes sociales la alimentan. Expresar la propia opinión se reduce a la desacreditación total de la opinión contraria, entrando en un ciclo sin fin, en el que la libertad de expresión se fagocita a sí misma.

Foto de Monstera en Pexels
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Memoria y olvido en RRSS

Por Mariana Barry

La memoria no sólo ha perdido su divinidad,
sino que lleva buen camino de perder su humanidad.
Mnemósine se ha convertido en una máquina
”.
Nicholas Carr, Superficiales

Año 1540, sur de Francia. Un campesino de nombre Martin Guerre desaparece repentinamente, abandonando a su mujer y a su hijo. Años más tarde, simplemente, reaparece. El pueblo y su familia lo reciben con naturalidad y reconocen en él a su hijo pródigo. Pronto Martin retoma sus labores y su vida conyugal, teniendo dos hijas más con su esposa Bertrande. La vida se reinicia en el punto donde había quedado. Sin embargo, años más tarde, Bertrande lo denuncia ante las autoridades. Este marido, amoroso y comprensivo, no sería Martin Guerre. Las sospechas en el pueblo comenzaron a volverse cada vez más fuertes: se trataría de un impostor. 

El acusado fue sometido a juicio. Su presunto parecido, ciertas marcas físicas y su minuciosa memoria referentes a la identidad de aquel Martin Guerre, que una vez había partido y dejado todo sin aviso, hacían difícil al tribunal dictaminar su culpabilidad.  Entre los testimonios en su contra se destacaba el relato de un soldado que, de paso por la aldea, declaró haber conocido a Martin en la guerra y que éste habría perdido una pierna en batalla. El juicio continuó, hasta que, finalmente un día, Martin Guerre, el verdadero, efectivamente regresó, con su pata de madera. La farsa se desmoronó. El embaucador identificado como Arnaud du Tihl, alias “Pansette”, fue declarado culpable de impostura y condenado a morir en la horca en septiembre de 1560. 


Este curioso caso marcó un inusitado hito en tratados judiciales, planteó nuevas ópticas a los historiadores, como en la obra de Natalie Zemon Davis, El regreso de Martin Guerre y nutrió de argumento a copiosas novelas, obras de teatro e incluso una película, protagonizada por Gérard Depardieu. 

Pansette no sólo logró suplantar una “identidad”, sino, mucho peor, logró suplantar por un buen tiempo la “memoria” de todo un pueblo. Hoy en día, casi 500 años después, no nos libramos, sin embargo, de este tipo de simulacros. Muy por el contrario, la profusión de información personal que se encuentra online facilita el engaño. Pansette bien podría hoy crear a la vez varios perfiles en sus redes sociales, una como Arnaud, otra como Martin. Sin demasiada investigación, conocería al detalle las amarguras de Bertrande, las peripecias de Martin lejos de su tierra, así como la vida y obra de todos los habitantes de la aldea. Incluso, no habría sido necesario siquiera fingir un regreso. Haciéndose pasar por Martin, Pansette podría haber chateado largamente con Bertrande, narrando anécdotas ajenas y enviándole fotos robadas. “Phishing”, “Grooming”, entre otros, son los modos más perversos de suplantación de identidad que existen en la actualidad.

Claramente, la historia nos muestra que no es la tecnología la que hace al fraude. Pero la sofisticación de sus herramientas, la omnipresencia de sus dispositivos, la incontenible afición que genera y la liviandad con la que le entregamos datos y relatos cotidianos anestesian nuestros reflejos y nos impiden reaccionar ante este aluvión en el que la información se embarra en la desinformación. Los vínculos se transformaron vertiginosamente en hipervínculos.

La tecnología de las redes sociales nos abre un inabarcable universo de relaciones en el que ya nos sentimos medianamente familiarizados. En ellas, podemos llevar un registro casi al instante de todo lo que les sucede a nuestros contactos: eventos significativos, logros profesionales, comidas siempre sabrosas, opiniones radicales, viajes inolvidables, recuerdos de infancia, ventajosas compras, experiencias extremas, caras sonrientes, vivencias únicas, memes, etc. La vida misma parece más vivible allí. Real o irreal, genuina o simulada, allí queda plasmada la memoria cotidiana común. Las redes sociales tienden a convertirse así en la principal fuente testimonial de nuestra historia personal y como tal, casi único reaseguro de nuestra identidad.

¿Qué hubiera sido de las redes sociales en el siglo XVI? Más allá de la manifiesta intención de engaño por parte de Pansette, Bertrande hubiera contado hoy con una infinidad de recursos para comparar uno y otro de los Martin Guerre de su vida. Hubiera tenido interminables fotos de Martin de chico, videos de su boda, fotos de Martin labrando el campo y posando junto a buenas cosechas, selfies de Martin en la guerra, en actitud arriesgada o en poses heroicas y sin saber bien por qué, de acuerdo al historial de búsquedas de su marido, hubiera recibido variadas ofertas sobre prótesis ortopédicas.

Incluso, si Bertrande se hubiera dispuesto a olvidar a Martin tras su partida, ciertas aplicaciones le hubieran traído, sin pedirlas, imágenes, por ejemplo, de un año o de dos años atrás, aún cuando ella las hubiera eliminado de su teléfono móvil.

El jurado por su parte podría haberse servido de toda la información volcada en los perfiles de Pansette para recabar datos a fin de reconstruir la perpetración del fraude.

Pero por otra parte, si no hubiera terminado en la horca, Arnaud du Tihl podría haber reclamado ante los tribunales lo que hoy se conoce como “derecho al olvido” o “derecho de supresión”, por el cual un ciudadano podría solicitar que se eliminen de la red datos o sucesos personales con información sensible que ya no sean necesarios para la finalidad con la que fueron publicados, o no haya habido un consentimiento para hacerlo, solicitando a su vez que se bloqueen todos los enlaces que conducen a esa información en los buscadores. ¿La historia sobre el fraudulento regreso de Martin Guerre hubiera desaparecido?

Mucho se habla sin duda del “peligro” de las redes sociales, sin embargo, es algo que tan sólo intuimos, pero que no terminamos de visualizar en qué consiste concretamente. La cuestión que se plantea con las redes sociales, no se trata solamente de meros avances tecnológicos, sino de una nueva dinámica de interrelación e interactividad, cuyos alcances nos resultan aún insospechados, en particular, en relación a la configuración de nuestros propios recuerdos.

En su libro “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, Nicholas Carr indica que “la red rápidamente llegó a verse como un sustituto, más que un suplemento de la memoria personal” y alude a la “memoria de silicio” como nuestra memoria externa. Las fotos que guardo, mis publicaciones e información personal quedan alojadas en dispositivos externos, como terminales obligadas de nuestra memoria. Sin mencionar que, como toda tecnología, también es falible y se puede llegar a borrar…

Inadvertidamente, delegamos en la red y en las redes la gerencia de nuestra memoria y de nuestro olvido. Se trata ahora al menos de ser conscientes de ello.

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Navidades rotas

por Mariana Barry

De acuerdo a la definición oficial de la Organización Mundial de la Salud, la “salud” es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Esta definición, vigente como tal desde 1948, presupone evidentemente una cierta controversia con otra concepción coetánea, según la cual, la salud y la enfermedad serían mutuamente funcionales. Por tal razón es que busca explícitamente deslindar una de otra; literalmente, redefinir los límites que mantienen entre sí. Sin embargo, según el diccionario de la RAE, la “enfermedad” sería una alteración más o menos grave de la salud. Salud y enfermedad constituyen todavía un conflictivo binomio difícil de separar. Seguramente se me escapen rigurosos tratados sobre este tema, pero ya esta patente falta de claridad alerta sobre esta dicotomía, que en este año 2020 se puso especialmente de manifiesto. Al punto que hubo quienes encontraron necesario proclamar esa definición oficial de salud como algo nuevo a través de carteles y pancartas, como es el caso, por ejemplo, de las manifestaciones que tuvieron lugar recientemente en la ciudad de Berlín. 

Precisamente, nuestra relación con la salud y con la enfermedad y nuestra forma de referirnos a ellas, nos dicen mucho también de cómo nos comprendemos a nosotros mismos en cada situación. 

No es necesario extenderse demasiado en relatar lo que sucedió este año. El 2020, y esperemos que sólo él, está signado como el año de la pandemia. Decimos pandemia y pensamos en enfermedad. Sí, por supuesto, se trata de la propagación a escala planetaria de una enfermedad sumamente contagiosa como lo es el COVID 19, provocada por Coronavirus. Pero, en su etimología, la palabra “pandemia”, lejos de hacer referencia a una enfermedad, pone su énfasis más bien en el conjunto de los afectados por ella. En griego πανδημία, de παν, pan, “todo”, y δήμος, demos, “pueblo”, hace alusión al pueblo entero, al pueblo en su totalidad. En tal sentido, enfermos o no, contagiados o no, el conjunto del pueblo es el que se ve totalmente afectado. 

La pandemia, por lo tanto, no es en sí misma la enfermedad, sino la irrevocable inminencia de ella, de la cual nadie escapa. En tal estado de cosas, los todavía “sanos” se ven expuestos a un acoso constante por parte de los “portadores” sintomáticos y asintomáticos. Inocentes amenazan a inocentes. La ya antigua normalidad se rompió para todos por igual. Mientras unos se amparan aún en una férrea asepsia, profilaxis y reclusión, otros engrosan diariamente las estadísticas, tanto de enfermos como de fallecidos, que los medios gustan exponer periódicamente en morbosos récords. Se ha escuchado incluso la oscura sentencia de que el virus vive de nuestro contacto. El pueblo y su dinámica como tal constituyen su mejor caldo de cultivo.

Como sea, toda esta vorágine sobrevino casi por sorpresa, aunque hay quienes dicen habernos alertado: una enfermedad, al parecer nueva, de la cual no hay aún conocimiento certero respecto a su tratamiento, su diseminación y sus consecuencias totales. Se han tomado por eso medidas improvisadas y extremas, unas apropiadas y otras abiertamente fallidas, e incluso algunas rayanas al autoritarismo, en nombre de la “salud pública”.  Aún así ningún país puede arrogarse todavía la fórmula del éxito. 

En este estado de máxima urgencia, nos vimos impelidos también a encontrar las palabras con las cuales aprehender la complejidad de este fenómeno. Tal como lo desarrolla Susan Sontag en su obra “La enfermedad y sus metáforas”, ciertas enfermedades, como la tuberculosis y el cáncer han suscitado un sinfín de metáforas que configuran y desfiguran su real comprensión. 

Similar parece ser el caso ahora con el COVID 19, cuyo trato es en términos de “guerra”: hay un enemigo, hay invasiones, hay soldados, hay desarrollo armamentístico, hay estrategias de lucha, hay campo de batalla, hay devastación, hay vencedores y hay vencidos. Incluso en una humorada campaña de concientización del gobierno alemán se habla de los “héroes de sofá”, en referencia a la necesidad de quedarse en casa a fin de garantizar el aislamiento social y evitar el contagio. Las metáforas sirven normalmente para ampliar creativamente el campo de comprensión de un hecho, una vivencia, etc. Pero a veces su reiterado uso las desgasta y terminan siendo una simple reducción a lo conocido, que entorpece aún más su adecuado enfoque. La metáfora militar, cuyos antecedentes son ampliamente descritos por la escritora estadounidense, puede tener una eficacia provisoria a los efectos de lograr una reacción inmediata en la población. Pero a largo plazo sería conveniente ensayar nuevas maneras de relacionarnos con un problema semejante a través de ciertas metáforas que nos permitan abrirnos a nuevas perspectivas. Por lo visto, no encontramos todavía las palabras justas para expresar plenamente algunas de las cuestiones que más afligen al ser humano. 

De todas maneras, conservemos por ahora esta imagen bélica. Situémonos en el contexto de una guerra real y extraigamos de ella el máximo de significatividad que nos pueda proporcionar. Para eso podemos recurrir al cuento «No sólo en Navidad» (Nicht nur zur Weihnachtszeit) del escritor y premio nobel alemán Heinrich Böll.

En este cuento se narra la historia de una típica familia alemana que año tras año celebra bellamente los tradicionales ritos navideños. La mayor entusiasta, y quizás la única, era la Tía Milla. Todo su afán estaba centrado en el árbol y sus adornos, cuya atracción principal era un conjunto de enanitos de cristal, que, tras alcanzar una cierta temperatura bajo el calor de unas velas puestas en su base, comienzan a golpetear febriles un acampanado yunque. Pero lo más preciado era un ángel de rosadas mejillas vestido de plata que por medio de un oculto y secreto mecanismo abre sus labios y desde la punta del árbol susurra Paz, Paz, Paz… 

Sin embargo, un día sobrevino la guerra, más precisamente, la segunda guerra mundial. La situación se volvió desesperada: un árbol tan delicado no podría sobrevivir a tantos bombardeos. Una verdadera tragedia. Tras amargos llantos, luchas e interminables discusiones, la tía Milla desconsolada, finalmente, desistió de armar el árbol mientras durara la guerra. 

Un día la guerra terminó. La familia toda pudo reunirse felizmente a cantar villancicos y a comer dulces en torno al árbol al son de los susurros de Paz, Paz y el demencial golpeteo de los enanitos de cristal. Afuera se extendían las ruinas y las montañas de escombros.  Sin embargo, “todo debía ser como antes”. 

Pero un día el tiempo de Navidad también terminó y era hora ya de deshacer el árbol y guardar sus adornos hasta el próximo año. Ahí acaeció el espanto. La tía Milla comenzó a gritar ininterrumpidamente. Gritó y gritó durante casi una semana. Ni los neurólogos, ni los psiquiatras, ni el cura encontraban la solución. Las dosis de calmantes no alcanzaban a acallar sus chillidos. La sugerencia de un exorcismo fue rechazada de plano. La tía siguió gritando.

Finalmente, su esposo, el bondadoso tío Franz, un reconocido comerciante a quien poco afectó económicamente la guerra y cuya complacencia con el régimen no viene a cuento, tuvo una brillante idea: armar nuevamente el árbol. A mediados de febrero, casi carnaval, era una tarea casi imposible de realizar. Toda la familia se movilizó. Se consiguió talar clandestinamente un árbol y tras alistar todos los preparativos lograron celebrar la Nochebuena. Por fin la tía se calló. Y su rostro se iluminó con una tierna sonrisa en medio del frenético concierto de los enanitos y los susurros de Paz, Paz del ángel. Todos cantaron y rieron. Brindaron y comieron. Y el cura dio su bendición. El sosiego por fin llegó para quedarse, …pero sólo hasta la próxima noche. 

Todos se retiraron pensando que lo peor ya había pasado, pero, en realidad, recién había comenzado. Cuando apenas intentaron desmontar el árbol, el griterío se reinició aún con más ardor. A partir de ese momento, todas las noches de la semana, de todos los meses de los años siguientes hubo que festejar invariablemente la Nochebuena. Nadie debía faltar, ni el tío Franz, ni sus hijos, ni sus nietos. Ni siquiera el cura podía excusarse. En esto el tío Franz fue inapelable. Cualquier alteración desataría el escándalo. En medio del verano boreal, las velas debían encenderse, los cánticos navideños debían entonarse y las galletas, comerse; los enanitos debían cumplir siempre a horario su función y el ángel debía susurrar insidiosamente Paz, Paz.

De más está decir que la locura no alcanzó solamente a la tía Milla. Sólo uno de sus hijos había advertido del peligro de tan desmesurada devoción por el árbol y su ornamento. Pero, por supuesto, no fue escuchado. Pronto cada uno comenzó a colapsar a su manera. Algunos llegaron a desarrollar náuseas ante las galletas navideñas e incluso emprendieron el exilio. El bondadoso tío Franz, a fuerza de no desatender sus nuevos negocios, ni a su reciente amante, fue uno de los primeros en hacerse remplazar por un actor, hasta que cada uno tuvo el suyo. Incluso sus nietos, cuya alimentación no podía sostenerse más en base a mazapán, fueron remplazados por muñecos de cera. Todo continuó así como una liberadora y decadente pantomima que permitió que “todo fuera como antes”.

En este satírico cuento Heinrich Böll quiere ilustrar puntualmente una parte de la sociedad de esa época: sus absurdos apegos, sus contradicciones, sus hipocresías, sus luchas externas e internas y sus pretendidos salvatajes. El autor nos pone ante una escena que nos resulta francamente extraña: la guerra parece no haber afectado a esta familia en lo crudo de sus horrores. Esa guerra en la cual su casa, su ciudad, su país eran parte del campo de batalla, pareciera haber sucedido lejanamente. Pero no sólo el negacionismo de la tía Milla es el que pretendía que las cosas sigan siendo como antes. Su extrema sensibilidad ante el árbol de Navidad era proporcional a la insensibilidad ante la verdadera tragedia que se cernía sobre ellos: la de que efectivamente nada cambie.  Casi todos los miembros de la familia, en la medida en que no buscaban un cambio radical, sino que se acomodaban al simulacro de mantener todo igual, al punto de poner actores y muñecos en su lugar, contribuían al anquilosamiento en un pasado ideal, que nunca fue tal. El acomodamiento y la simulación no eran algo nuevo, sino precisamente lo más conservador. 

Es una historia insólita con detalles desopilantes. Pero si la analizamos más de cerca, puede ser que no nos resulte del todo ajena.  En estos días, de esta particular “guerra” que estamos viviendo se habla de la vieja y la nueva “normalidad”. Al inicio de esta pandemia añorábamos las anteriores rutinas y nos aterraba perder ciertas prácticas cotidianas como si fueran la única salvaguardia de nuestro mundo. Rituales vacíos a los que consagramos nuestros días. ¿A qué nos aferramos desde el interior de nuestras casas como “héroes de sofá” cuando afuera arrecia la lucha? ¿Qué extrañamos tanto de la otrora normalidad que quisiéramos hacer perdurar indefinidamente como la tía Milla la noche de Navidad? La enfermedad sin duda es un peligro ante el cual nadie quiere estar sometido. Pero no se trata sólo de eso. A la guerra no se llega sin un conflicto previo. Por lo tanto, aquella presunta normalidad no parece haber sido a fin de cuentas tan saludable. Algún tipo de desorden nos condujo a esto. Por eso sería oportuno cuestionar hasta qué punto éramos nosotros mismos quienes vívidamente sosteníamos esa normalidad o si se trataba más bien de una recreación por parte de actores y muñecos a través de los cuales nos hacíamos representar. Dejar “todo como era antes”, como si en el medio no hubiera pasado nada, es empecinarnos en revivir una antigua normalidad, definitivamente rota, sin dar lugar al nacimiento de lo verdaderamente nuevo, a nuestro propio renacimiento quizás.

El árbol de la tía Milla como estandarte de los rituales navideños puede ser un garante de la continuidad, que año a año se rearma, pero de nada sirve que sea un fetiche de mera repetición y no un símbolo de renovación.

Periódico Noticias Gráficas (Argentina) – Diciembre 1944

La posibilidad más propia

Por Mariana Barry

Las Iglesias y las tumbas están situadas de acuerdo con la salida y la puesta del sol, zonas de la vida y de la muerte, desde las cuales la existencia misma (Dasein) está determinada desde el punto de vista de sus más propias posibilidades-de-ser-en-el-mundo.” (Martin Heidegger, Ser y Tiempo)

Existir es, según las reflexiones de Heidegger, abrirse a las propias posibilidades. Entre ellas, la propia muerte es la posibilidad más cierta. Pero la muerte no es simplemente el último suceso de la vida. No es un incidente final, sino que su incidencia se da a lo largo de toda la existencia: el morir surca la existencia del ser humano de inicio a fin. La posibilidad de la muerte se revela como la constante amenaza del desvanecimiento de todas sus posibilidades. La muerte es la insuperable posibilidad de la sustracción absoluta de toda posibilidad. Y pese a ser posibilidad, la muerte es sin embargo el hecho máximo, la facticidad más contundente. La propia existencia se realiza así en la conjunción de posibilidad e imposibilidad. Asumir la muerte como tal posibilidad, es asumir la integridad de la propia existencia finita.

No se trata sin embargo de una representación oscura de su ser. La muerte, como la posibilidad de la propia imposibilidad, se revela más bien como la posibilidad más radical de asumirse en lo crudo del más propio ser sí mismo y entrever así los profundos alcances y límites de la propia libertad.

Cuéntanos en los comentarios: ¿qué epitafio escribirías?

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