El propósito de este artículo es mostrar algunas de las meritorias características de la vida del santo cardenal inglés John Henry Newman y que sirva como aliciente para la difusión de sus enseñanzas con el fin de contribuir al fortalecimiento de la fe en una sociedad que paulatinamente ha desertado de la experiencia religiosa para sustituirla por el consumismo.
¿Qué hay de apasionado y apasionante en la vida del cardenal Newman?
John Henry Newman nació el 21 de febrero de 1801 en Londres. Fue en su juventud cuando tuvo un profundo acercamiento hacia la teología calvinista, pues consideraba que esta poseía sólidas doctrinas. Durante esta etapa de su vida, atravesó ciertas crisis vocacionales, pues creía que su verdadera vocación solo podría hallarse al servicio de la iglesia, de tal manera que se interesó cada vez más por el estudio de su fe cristiana. En 1822, se ordenó como presbítero anglicano.
Cabe señalar que la Iglesia Anglicana de su tiempo se hallaba en una etapa de decadencia—debido en buena medida a grupos protestantes adversos—por lo que el entonces presbítero deseaba y buscaba la renovación de esta institución con una vuelta a las raíces apostólicas, junto con la restauración de las fracturadas relaciones entre la Iglesia de Inglaterra y Roma.
Su proximidad con los textos de los Padres de la Iglesia en el verano de 1828, a pesar de haberlos comprendido desde una perspectiva protestante, contribuyó de manera considerable en su conversión al catolicismo. Hacia finales de 1829, Newman decidió adoptar el celibato como forma de vida.
Newman viajó a Roma, en compañía de su amigo Hurrell Froude, para realizar una visita a Wiseman, rector del Colegio Inglés de la Ciudad Eterna, con quien mantuvieron una interesante entrevista acerca de la solidez que representa el catolicismo, aunque Newman, instalado en su férreo carácter británico, tuvo aún ciertos prejuicios que no le convencían de aceptar el catolicismo. Pero, en Roma, Newman se percató de la piedad popular, del sentido religioso del catolicismo y, sobre todo, del fundamento doctrinal que la sostiene, características que quedaron anuladas en el anglicanismo.
De vuelta a Inglaterra, dio inicio el Movimiento de Oxford, liderado entre otros por Newman, cuyas pretensiones iniciales consistían en formular una Vía Media entre el protestantismo y el catolicismo, basándose en las siguientes premisas: el protestantismo ha roto sus vínculos con la tradición apostólica y el catolicismo; el anglicanismo, por otro lado, a pesar de conservar la tradición apostólica, contiene innovaciones. Se concluye entonces que el anglicanismo es el verdadero sucesor de la Iglesia antigua y medieval. Newman ya había sentido una atracción hacia la iglesia romana (con relación a lo doctrinal y lo religioso), pero sus intenciones en ese momento eran beneficiar y restaurar a la Iglesia de Inglaterra a partir de las raíces de la Iglesia de Roma.
Newman emprendió la tarea intelectual de componer y distribuir los Tractos (breves folletos en los cuales se debatían puntos de vista sobre asuntos religiosos), proyecto intelectual y religioso, al cual se le denominó más tarde como Movimiento Tractariano. El propósito inicial de este movimiento consistía en retornar a la Sucesión Apostólica y a la defensa de su Liturgia. Sus principales exponentes fueron Keble, Newman y Froude. En los Tractos, se solicitaba que la Iglesia anglicana retornara a los sacramentos, a los oficios litúrgicos antiguos y al conocimiento profundo de los Santos Padres de la Iglesia. Se publicaron 90 tractos, de los cuales 25 fueron escritos por Newman.
El Tracto 90 es quizá uno de los escritos más significativos de Newman, pues en él expuso la afinidad de la Iglesia de Inglaterra con el catolicismo más que con el protestantismo, de acuerdo con los 39 Artículos. Según el texto, dichos artículos, una de las bases de la fe anglicana, censuraban las corrupciones existentes en el catolicismo romano, pero admitían como cierta la doctrina católica y, por lo tanto, eran susceptibles a una interpretación católica, no protestante. El Tracto 90 fue tema de discusión en la Cámara de los Comunes, tildándolo como una prueba de deslealtad a la Iglesia de Inglaterra por parte de Oxford. En consecuencia, el Tracto 90 fue censurado por la Universidad de Oxford, pues estaban en desacuerdo con su propuesta.
Newman percibió que las circunstancias no favorecían la renovación del anglicanismo. Aunque en su momento no contempló su entrada en la Iglesia católica, sintió que había algo de verdad en ella. Posteriormente decidió abandonar Oxford para trasladarse a Littlemore e inició un periodo de ayuno, oración y penitencia. En octubre de 1845 ingresó a la Iglesia católica, asistió a su primera misa y poco a poco comenzó a relacionarse con los católicos.
“Si se pregunta al autor por qué se hizo católico, sólo puede dar la respuesta que la experiencia y la mente le presentan como la única verdadera, es decir, que vino a la Iglesia católica sencillamente porque creía que ella y sólo ella era la Iglesia de los Padres; porque creía que había una Iglesia sobre la tierra, y solamente una, hasta el fin del tiempo; y porque a menos que esta Iglesia fuera la de Roma y solamente ella, no había ninguna” (Cfr. Difficulties of Anglicans XII, 367).
Si con tal profundidad, coherencia y belleza incomparables hubiere de hablar Newman respecto a su conversión al catolicismo, no son de extrañar las críticas que despertó entre varios de sus colegas anglicanos y familiares más cercanos, sorprendidos por su conversión a una fe que siempre habían criticado. A pesar de ello, Newman prosiguió su camino sin que eso le preocupara demasiado; sabía en su interior que estaba en búsqueda de la verdad.
Después de pasar un tiempo en Roma, Newman sintió un profundo interés por el Oratorio de San Felipe Neri, el cual buscará replicar más tarde en Inglaterra con el permiso del Papa Pío IX.
Inicialmente se instalaron en Maryvale (anteriormente conocido como Oscott), pero posteriormente vieron en Birmingham la oportunidad idónea para ejercer la tarea espiritual propia de los oratorianos. Birmingham contaba con una presencia mínima del anglicanismo. Por esa razón, los oratorianos deciden mudarse a esa ciudad, que cada vez se volvía más famosa por el desarrollo industrial pero que carecía de pastores para las almas católicas. Newman nunca estuvo a salvo de las críticas que le hacían los anglicanos por haberse cambiado de “bando”, pero él continuó empeñado en cumplir el deber de contribuir en la viña del Señor con la fundación del Oratorio en Birmingham. Bien dijo Jesús que “si el mundo los odia, sepan que antes me han odiado a mí” (Jn 15:18).
Contra viento y marea, Newman sostuvo su compromiso de afianzar el Oratorio, primero en Birmingham y posteriormente en Londres, aunque sólo estuvo al frente del segundo por poco tiempo, pues prefirió regresar a Birmingham, en donde pudo dedicarse de lleno a la labor pastoral de predicación, catequesis y confesión, además de reservar un tiempo para el estudio y la atención a las correspondencias que recibía. Newman, junto con los oratorianos, experimentó la pobreza franciscana conjugándola con ayunos y oraciones.
Newman recomendó a los conversos al catolicismo que el proceso no debía realizarse de manera precipitada, sino que había que emplear tiempo, oración y reflexión antes de tomar cualquier decisión. Baste con recordar que, en el arduo proceso de su conversión al catolicismo, en Newman intervinieron diversas circunstancias, como la deslumbrante visita a la Ciudad Eterna, el encuentro con la coherencia del sistema católico, y el cómo Dios lo guio a puerto seguro por medio de las deleitosas y sustanciales obras de los Padres de la Iglesia. La radical transformación de Newman, en plena crisis del anglicanismo languideciente de su tiempo, tuvo su impulso definitivo con la iniciativa del Movimiento de Oxford.
Cabe mencionar, como un detalle no sólo curioso sino también de profunda significación simbólica, el hecho de que Newman considerara que la Universidad de Irlanda debía convertirse en la universidad católica de lengua inglesa para el mundo, haciendo competencia a Oxford (de confesión anglicana). Se convirtió en rector de esta universidad el 4 de junio de 1854. Sin embargo, los ataques en su contra no tardaron en llegar por ser un inglés entrometido en asuntos que sólo competían a los irlandeses, lo que terminó orillándolo a abandonar ese proyecto y retirarse de nuevo a Birmingham para continuar viviendo en cristiana sencillez. Prosiguió una intensa actividad pastoral en el Oratorio y no dejó de confesar hasta los 80 años. No fue sino hasta 1854 que la Universidad de Oxford empezó a admitir a alumnos católicos.
Newman poseía una mente privilegiada, que le permitió abarcar un extenso campo de temas, entre los cuales destacan la política, las ciencias y la literatura. Una de sus actividades predilectas fue la redacción de cartas en las cuales expresaba con claridad sus sentimientos y pensamientos. Él consideraba que era el mejor medio para comunicarse con los demás.
Newman descubrió que la Vía Media anglicana era imposible y que la verdadera vía era la romana. En la Apologia Pro Vita Sua (1864), Newman expuso la defensa de sus creencias religiosas; en Grammar of Assent (1870) explicó que todos los creyentes poseen razones fundadas para creer, aunque no todos sean capaces de exhibir una razón. Finalmente, en Letter to the Duke of Norfolk (1875) mencionó que los ciudadanos católicos pueden ser súbditos leales en cualquier Estado. No existe oposición alguna entre la conciencia y la autoridad.
El 12 de mayo de 1879 fue nombrado cardenal por el Papa León XIII. El 11 de agosto de 1890, Newman partió a la Casa del Padre en Birmingham. El 22 de enero de 1991, Juan Pablo II declaró las virtudes heroicas de Newman. Fue beatificado el 19 de septiembre de 2010 por el Papa Benedicto XVI y canonizado por el Papa Francisco el 13 de octubre de 2019.
El Papa Benedicto XVI destacó algunos puntos en su homilía acerca de la beatificación de Newman:
“Las virtudes heroicas de este santo inglés / Jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Cristo / Vivió entregado al ministerio sacerdotal / Se volcó en enseñar, predicar y escribir / Con el estudio buscó una sabiduría humana y amor intenso al Señor / Comprendió que la vida cristiana es una llamada a la santidad / Vio en la oración un efecto natural en el alma, que la espiritualiza y eleva / Vio que el divino Maestro nos asigna una tarea específica a cada uno / Su tarea fue aplicar su inteligencia y su pluma a exponer la fe / Trabajó de modo particular la relación entre fe y razón / Vio clara la importancia de ofrecer una educación integral a los laicos / Quiso formar laicos que, conociendo su religión, supieran dar razón de su fe y conocieran la historia para aclarar prejuicios difundidos durante siglos / Cuidó el ministerio pastoral con un enfoque cálido y humano / Dedicó muchas horas a rezar, visitar enfermos y pobres, consolando al triste o atendiendo a los encarcelados, en los años vividos en el Oratorio” (José Manuel Mañú Noain, San John Henry Newman, pp.39-40)
Tardía fue su conversión al catolicismo, pero qué fecunda y valiosa para la cristiandad. Sus virtudes heroicas, su entrega al ministerio sacerdotal, su comprensión sobre la vida cristiana que es una llamada a la santidad y su incesante búsqueda por encontrar una adecuada relación entre la fe y la razón le valieron el proceso de beatificación por parte del papa Benedicto XVI cuando éste realizó una visita pastoral al Reino Unido en el 2010 y posteriormente la canonización por el papa Francisco en 2019.
Newman trastocó los paradigmas al tomar la decisión de cambiarse de credo, lo que fue tomado como una grave e ignominiosa ofensa a las autoridades de la Iglesia de Inglaterra y a su pueblo. Actualmente, la asombrosa vida de Newman es semilla de nuevos conversos, la mayoría de ellos, en búsqueda de una espiritualidad más enriquecida con los sacramentos y la Tradición apostólica.
REFERENCIAS
Mañú Noain, José Manuel. San John Henry Newman. Madrid: Ediciones Palabra, 2019.
Estimados lectores, hace unos pocos días llegó a mis manos, como un regalo de mis padres, una bolsa de papel que contenía en su interior un delicioso bollo llamado “chocolatín”. Este hecho ordinario me llevó a escribir las conexiones existentes entre este delicioso manjar de trigo y la historia que les comparto. En verdad les digo que soy un glotón. He comido decenas de veces esta pieza de pan, pero ninguno como este. La belleza exterior me volvió dubitativo para decidir si algo tan sublime debía ser devorado por las fauces del homo sapiens que suscribe. He de advertir que las tribulaciones fueron cortas e hinque el diente en el panificado tras tres segundos de acalorado debate interior para descubrir que existía una proporción directamente proporcional entre el elemento exterior con el interior: sublime en diseño y en sabor.
Este frenesí de sabor y textura alimentó mi curiosidad de conocer el origen de este delicado bizcocho. En la pesquisa descubrí la relación entre éste y los austriacos. El Chocolatín está clasificado dentro de la panadería vienesa, conocida como Viennoiserie. Nuestro invitado está elaborado con masa de trigo y mantequilla, el amasado requiere destreza y dedicación del artesano panadero para ser de calidad, a fin de lograr el esponjado en capas que se entrelazan al contacto de calor del horno.
Antes de dar a conocer las conexiones históricas, quisiera comentar al lector, que el pan que llegó a mis manos denotaba el esmero y labor de quién conoce el oficio gastronómico y no es tentado a la charlatanería de las cadenas de hamburguesas que venden productos cuyas fotografías no son acordes a lo que recibe el comensal.
En mi boca, el chocolatín, transformó mis sensaciones, se dirigió a mis cinco sentidos y despertó mi curiosidad. Tras investigar, descubrí que el método de elaboración es concomitante con otro de los panes más famosos del mundo: el Croissant.
He notado que tanto el chocolatín como el croissant están hechos con la misma masa de lo que en México conocemos como Cuernito. El croissant y el chocolatín no sólo comparten casi la misma receta, sino que su conexión es de origen histórico.
El croissant se remonta a Viena en los postrimeros años del siglo XVII. La batalla de Kahlenberg, o segundo sitio de Viena, tuvo lugar los días 11 y 12 de septiembre de 1683. El Sacro Imperio Romano Germánico y la Liga Santa (Mancomunidad de Polonia-Lituania) resistieron por dos meses el asedio de las tropas otomanas, antes de que se librara esta batalla. El rey Leopoldo, de Polonia, decidió intervenir en la cruzada para prever que una ciudad cristiana cayera bajo el dominio musulmán. El éxito de la batalla por parte de los defensores evitó el avance del Imperio Otomano en Europa.
Pero ¿qué relación hay entre esta batalla y el croissant?
La leyenda cuenta que fue creado para conmemorar el levantamiento del sitio que el ejército otomano ejercía en la ciudad en 1683. Los panaderos vieneses, que laboraban en la noche, descubrieron que los turcos estaban cavando túneles bajo las murallas para entrar sin ser vistos; dieron la voz de alarma, y así impidieron el asalto y salvaron a Viena de sucumbir ante el invasor.
Ante tal éxito, el rey de Polonia y Lituania, encargó a los panaderos la creación de un pan con la forma de luna en cuarto creciente, emblema de los turcos y así surgió el kipferl, y sus posteriores variaciones: croissant, cornetto, brioche, cuernito y chocolatín. Si la leyenda es cierta y los vieneses no hubiesen ganado, quizá el croissant no existiría como lo conocemos.
Afortunadamente, este bollo, fue posteriormente introducido a la corte francesa por María Antonieta de Austria en 1770. De ahí que pueda desatar confusiones sobre su origen francés.
August Zang, un pastelero austriaco, abrió en 1838 su panadería en París: la Boulangerie Viennoise, y entre todos los bollos se encontraba el Kipferl. Pronto la panadería vienesa y su variedad de bollos y pasteles se volvieron muy populares en París.
Es hasta 1920 cuando aparece el croissant tal y como lo conocemos ahora: los panaderos parisinos remplazaron la masa original por una de hojaldre con manteca, que es un orgullo de la panadería francesa para el deleite de la humanidad.
Lo antes narrado, fue un acontecimiento para mí, porque había vivido engañado durante mi media centuria de vida pensando erróneamente que el croissant era de origen francés y que su forma era en alusión a las cornamentas del ganado vacuno.
Ahora, cuando el lector coma un croissant evocará en su imaginación la media luna de la bandera turca y el origen austriaco de este bollo.
«Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea.» Cor, 14:34
¿Debe una mujer guardar silencio en la asamblea? Esta afirmación ha generado controversia durante siglos. Con el paso del tiempo, ha aumentado la cantidad de opiniones al respecto. Sin embargo, estas tienden a dividirse en dos posturas principales; por un lado, quienes siguen creyendo que la mujer no tiene la capacidad de ejercer ningún tipo de liderazgo, y por el otro, los que defienden que sí la tiene.
El primer grupo, suele sostenerse en lecturas literalistas de algunos pasajes bíblicos y en el caso del islam y el judaísmo de sus propios libros sagrados y comentarios de los eruditos. El segundo grupo, en cambio, está conformado por personas que se hacen preguntas y no se conforman con aceptar la información que dicta alguien más, y que buscan comprobar o analizar por sí mismas lo que se dice.
Si bien algunas religiones han sido escenario de movimientos y corrientes que luchan por la igualdad de género desafiando las interpretaciones patriarcales de las enseñanzas religiosas e intentado modificar los textos desde una perspectiva actual, aún está pendiente un cambio radical que promueva una evolución profunda en el pensamiento religioso, político y social.
Aunque este tema pueda parecer relevante sólo para quienes practican una religión o están interesados en el tema del feminismo, en realidad tiene un trasfondo mucho más impactante, del cual no todos somos conscientes: la formación del comportamiento social a partir de creencias que se han aprendido y enseñado durante siglos.
La fe y los roles de género son objetos de estudio amplios y complejos, a continuación se presentan cuatro objetivos que nos permitirán adentrarnos en este vasto universo de información. No sólo funcionará para conocer el origen del problema sino también, lo que esto podría significar para el futuro.
La influencia de la religión en la vida cotidiana
“La mujer cuando conciba y dé luz a un varón, será inmunda siete días pero si diera luz a una niña, será inmunda dos semanas.” Lev 12: 1,2,5
No es posible entender completamente la construcción de las problemáticas sociales sin revisar el papel de la religión; incluso, es posible que sin esta revisión no logremos generar los cambios significativos que dichas problemáticas requieren. La vigencia de las religiones en el mundo actual no es un simple hecho cultural sin relevancia; por el contrario, demuestra cómo tocan dimensiones profundas de la existencia humana: como el anhelo de trascender, el sentido de pertenecer, y la búsqueda de significado de la vida.
Religión y política no solo han coexistido desde tiempos antiguos, sino que constantemente se alimentan una de la otra. Por ejemplo, sin la figura del demonio no se entenderían los conceptos del bien y el mal en nuestra cotidianidad, y por ende tampoco existiría una noción clara de la justicia. Muchas de las estructuras modernas hablando desde la política, provienen directamente de tradiciones religiosas, lo que hace imposible comprender lo político sin considerar lo religioso.
Algunas interpretaciones de los textos religiosos han dado pie para justificar la desigualdad de género, esto ha sucedido desde hace siglos hasta nuestros días. Si observamos el imaginario básico de muchas doctrinas , veremos que la mujer suele ser representada como símbolo del mal, del pecado, y del origen de la desgracia humana, mientras que el hombre representa lo virtuoso y divino. Aunque estas creencias no sean la única causa de la discriminación, tienen un peso significativo en la formación de pensamientos y valores sociales, tanto en el pasado como en el presente, y probablemente también en el futuro.
El pensamiento precede la acción
“Odio a la mujer docta. Ojalá no entre a mi casa una mujer que sepa más de lo que debe saber.” Eurípides
Como enseñaron Kant y Descartes, pensar implica método, es decir, hacerlo con rigor, cuidado y estructura. No se trata simplemente de rechazar las ideas de los demás por no coincidir con las nuestras, pues pensar no significa adoptar una ideología y dejar que esta regule todo lo que sucede en nuestro día a día. Las ideologías son sistemas cerrados de pensamiento; en cambio, el pensamiento real es libre, abierto, y nos permite actuar con mayor conciencia.
Para poder creer algo, primero debemos tener la capacidad de cuestionarlo. Los contrarios pueden ser de gran ayuda para contraponer una idea con otra; así como no se puede comprender el bien sin antes reconocer la existencia del mal, tampoco podemos construir pensamientos libres sin antes desafiar lo que por años nos han enseñado como “la verdad”. Muchas veces, la religión establece límites entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe hacer o evitar, y usualmente seguimos estas normas aún sin conocer realmente el motivo por el cual fueron establecidas.
Al analizar el comportamiento de las sociedades en torno a la fe podemos formular tres preguntas fundamentales: ¿Cambiará nuestra manera de actuar si nos enteramos que no existe una figura superior que nos vigile o imponga normas?¿Actuamos por amor a nosotros mismos, al prójimo, o por miedo al castigo divino?¿Realmente hemos indagado dentro de nuestro conocimiento para comprender porque creemos lo que creemos?
Muchas personas viven su fe a través de experiencias de autotrascendencia, o en otras palabras,comienzan a creer únicamente cuando enfrentan situaciones difíciles y de pronto algo sucede –milagro, revelación, iluminación de conciencia– que rompe el patrón. De tal manera que la experiencia religiosa tiene algo de incomunicable porque se trata de una vivencia personal. Por otro lado, aunque se consideren fieles creyentes, rara vez se atreven a investigar todo lo que implica seguir un pensamiento que bien puede derivar en ideología. Uno de los temas más debatidos en este sentido es el lugar de la mujer en las estructuras religiosas, ya que se justifica su subordinación a partir de los textos sagrados y los comentarios. Lo más preocupante es la manera en que estas ideas se normalizan y se presentan como incuestionables.
Conocer el pasado, vivir el presente, y actuar en el futuro son los tres pasos fundamentales para ser más conscientes de nuestras convicciones. Solo cuestionando las ideas heredadas y buscando acciones justas podemos construir una sociedad donde el pensamiento crítico y la igualdad convivan de forma democrática.
Dar voz a la mujer en las instituciones
“Las mujeres han de guardar la casa y el silencio.” Fidias
La desigualdad de género no es simplemente hablar sobre mujeres o de feminismo y señalar los problemas. Es, más bien, una invitación a revisar críticamente cómo ciertos estereotipos han distorsionado nuestra comprensión de figuras femeninas históricas generalmente marginadas. Las religiones han sido, a lo largo del tiempo, uno de los vehículos más poderosos para difundir imaginarios sociales a través de doctrinas, rituales y jerarquías que al día de hoy siguen colocando a la mujer en segundo plano.
Sin embargo, cuando se cuestiona la escasa participación de las mujeres en espacios de poder, ya sean religiosos, laborales o políticos, la mayoría de las instituciones sostienen que es un tema del pasado, argumentando que “las mujeres ya tienen la importancia que pedían”. Pero al observar la realidad, es evidente que esa afirmación está lejos de ser cierta. Aún persisten los reconocimientos simbólicos para aquellas mujeres que renuncian a las libertades modernas y se adhieren al modelo tradicional de castidad y obediencia.Paradójicamente los textos religiosos en su orígenes promovían la igualdad: “Ya no hay judío griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.” (Carta a los Gálatas 3:28).
La historia de las mujeres en la tradición cristiana ha sido narrada a menudo como una oscilación entre dos nombres: Eva y María. Dos figuras que, más que personas, se volvieron arquetipos; símbolos de lo que una mujer puede ser —o debe evitar ser, sin embargo María restaura el imaginario de la mujer.
Eva aparece en el origen como la transgresora. No es simplemente la que peca, sino la que desea. La que mira, escucha, razona, actúa. Su gesto ha sido condenado por siglos, pero también puede leerse como el despertar de la conciencia, como la entrada —dolorosa, sí, pero lúcida— en la historia humana. María, en cambio, ha sido presentada como su opuesto: la que obedece, la que acepta sin dudar, la que calla. Pero esa imagen, tan dulcificada por siglos de devoción y dogmas, corre el riesgo de despojarla de su verdadera grandeza. Porque María no es una figura pasiva. Su “sí” al ángel —ese fiat tan breve y tan absoluto— no es una rendición, sino una elección radical. María no actúa por miedo, sino por amor y por fe. En ella no hay sumisión, sino una forma serena pero firme de libertad espiritual.
Entre Eva y María se ha construido un péndulo moral: la tentación frente a la pureza, la rebeldía frente a la obediencia, el castigo frente a la redención. Y sin embargo, ambas, leídas con mirada despierta, pueden ser entendidas como mujeres que actúan, que deciden, que se enfrentan al misterio de lo divino desde su humanidad.
Tal vez el problema no fue nunca Eva ni María, sino la manera en que se las hizo hablar en nombre de lo que convenía callar: el deseo, el cuerpo, la inteligencia, la palabra. Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre una y otra, sino escucharlas a ambas y recuperar, en sus voces, la complejidad silenciada de lo femenino en la fe.
Los debates en los que se busca replantear el papel de la mujer están presentes en las universidades, la política y algunas instituciones religiosas. Esto ha dado paso a procesos de actualización normativa, diálogos interreligiosos y resignificaciones simbólicas. Si bien los avances han sido lentos y muchas veces resistidos, no deben ser motivo para abandonar la exigencia de cambios profundos y reales en todas las culturas del mundo.
Para que las instituciones religiosas puedan afirmar con veracidad que esta problemática ha sido superada, no basta con repetir dogmas ni aplicar normas sin reflexión. Es imprescindible pensar con método, estudiar la historia desde diversas perspectivas, y mantener una actitud abierta al cambio, especialmente frente a las nuevas generaciones.
Solo así podremos transformar aquellas estructuras que, bajo el disfraz de la espiritualidad, continúan limitando la participación activa y equitativa de las mujeres en espacios fundamentales de nuestras sociedades. La voz de esta problemática debe seguir resonando, porque aún está lejos de haber sido escuchada.
Enseñar, cuestionar y replantear
“¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué no puedo ser sacerdote cuando sea grande?” Ana Paola Arce (7 años)
En una sociedad marcada por siglos de tradición, autoridad, y normas, la curiosidad no siempre ha sido bienvenida. De hecho, si analizamos las vidas de la mayoría de los personajes que transformaron nuestra historia, podemos darnos cuenta de que todos, en su momento, fueron juzgados por buscar más allá de lo establecido. Preguntar, cuestionar, o incluso simplemente dudar, ha sido visto a menudo como una amenaza. Sin embargo, todo proceso de transformación y creación comienza con una pregunta. Cuestionar no es una invitación a rebelarse ante cualquier sistema, sino a despertar el pensamiento crítico, la conciencia, y la libertad humana.
En la actualidad, los creyentes modernos ya no vivimos una fe ciega como lo hacían muchos de nuestros antepasados. Hoy nos encontramos en un punto medio entre la creencia y la duda, un espacio que nos invita a renovar el verdadero significado de la racionalidad. Como bien dijo Descartes: “No puede haber pensamiento racional sin duda, y no puede haber búsqueda de Dios sin preguntas”. La mente se adormece cuando deja de cuestionar, y la fe, al rechazar el pensamiento, se encierra en sí misma.
Todo lo anterior nos lleva a una pregunta de gran importancia, ¿necesita el ser humano la religión? No hay respuesta correcta o incorrecta; la clave está en cómo se vive esa religión. Si se practica bajo el miedo y la obediencia ciega, se convierte en un obstáculo para uno mismo como para el prójimo. Pero si se vive desde las experiencias, la reflexión, y el cuestionamiento continuo, puede convertirse en una fuente profunda de sentido y crecimiento.
Poseer el don de cuestionarse es, en última instancia, aprender a vivir mejor. La curiosidad no destruye la fe; la purifica. Porque quien se atreve a dudar no lo hace por debilidad, sino por valentía. Solo a través del ejercicio constante de no conformarse podemos construir una sociedad menos ignorante, más libre, y más viva.
Hoy, más que nunca, necesitamos cuestionarlo todo. A lo largo de la historia, la Iglesia, al igual que muchas otras instituciones religiosas, ha definido un rol específico para la mujer, caracterizado en gran parte por la obediencia, el servicio, el silencio y la exclusión de cargos de liderazgo o autoridad espiritual.
No existe argumento racional que sostenga que el valor, la espiritualidad o la capacidad de una persona para guiar dependa de su sexo. Las mujeres tienen la misma inteligencia, sensibilidad, fe y capacidad para liderar que los hombres. De hecho, en muchas comunidades religiosas, son ellas quienes sostienen las actividades, organizan eventos, educan y acompañan a los más necesitados.
La exclusión por género tiene un profundo impacto en la sociedad. Cuando una institución poderosa como la Iglesia refuerza la idea de que las mujeres deben callar, obedecer o permanecer al margen, envían un mensaje que trasciende lo religioso. Contribuye a normalizar la desigualdad, a limitar las aspiraciones de muchas niñas y jóvenes, y a generar una mentalidad colectiva de menor autoestima femenina.
Cuando era pequeña, mi sueño más grande era llegar a ser sacerdote. Yo quería dar misas, hacer que escucharan mis palabras e interpretaciones, y, sobre todo, sentir que lo que decía cada domingo impactaría la vida de quienes me escuchaban. Al crecer, la Iglesia me hizo darme cuenta que ese sueño que tanto anhelaba no sería posible. Aún así, estoy segura de que cuando se permita a las mujeres participar activamente en la vida religiosa, la transformación será inmediata y profunda. Recientemente, el nuevo papa, León XIV, dió un paso histórico al nombrar a una monja para un cargo de alto rango en la Curia Romana. Este gesto simbólico y a la vez poderoso representa un cambio de rumbo dentro de la Iglesia y alimenta mi esperanza de que algún día, las voces de las mujeres tendrán un lugar pleno en la toma de decisiones y en la vida espiritual de la comunidad.
La igualdad no es una amenaza, sino una expresión del amor y de la coherencia con los valores que proclamamos. El silencio de la mujer no es sagrado por ser sumiso, sino sabio por saber cuándo callar y cuándo hablar.
«Entre otras cosas, la religión es también investigación: investigación sobre, conducente a teorías acerca de, y acción a la luz de… la experiencia no sensible, no física, puramente espiritual.»
Aldous Huxley
Desde que el ser humano se concibe como homo sapiens, incluso ya desde el homo erectus, ha estado estrechamente ligado al núcleo de lo trascendente, su inquietud hacia la incertidumbre de la vida y el mundo que habita no ha mermado hasta nuestros días, ni lo hará en escenarios futuros. Las grandes preguntas que surgieron en las mentes de nuestros ancestros son las mismas preguntas que hoy en día seguimos haciéndonos, y es justamente en este marco de pensamiento en el que podemos asociar al ser humano con la esfera de lo divino. Debemos aclarar que, para explicar este fenómeno único e intrínseco en el hombre, existen varios términos que bien podríamos asociar, como santo, sagrado o espiritual, sin embargo, cada uno de estos conceptos tiene una carga y un marco histórico distinto, por esta razón es preferible utilizar un término que ofrezca un sentido más universal: lo divino.
Lo divino nos remonta a un poder trascendental y su manifestación en el mundo, aunque no por ello se presupone la existencia de uno o varios dioses; a su vez, también puede ser relativo a deidades sin hacer referencia a una religión en específico, pero sí a ciertas prácticas o cultos que los seres humanos llevan a cabo para relacionarse con la vida misma. No pretendo analizar una religión en particular, sino más bien al sentido religioso que es tan propio de lo humano, lo divino nos brinda la posibilidad de explorar este sentir sin ninguna connotación dogmática. Lo religioso se puede explorar desde dos perspectivas: la antropológica y la etimológica.
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Nos dice Julien Ries que desde el homo erectus el ser humano ya era poseedor del fuego, lo cual representó un gran paso en la historia humana porque este elemento fue la primera fuente de energía dominada por nuestra especie, lo que se reflejó en las relaciones familiares y sociales como religiosidad, pues ya se pueden rastrear algunos rituales relacionados con el fuego. También podemos hablar de una creencia después de la muerte, puesto que se descubrieron cráneos mutilados que evocan rituales relacionados con este acontecimiento. Es decir que, desde muy temprano en nuestra historia, el ser humano ya se identifica con un sentir religioso que tiene que ver con la vida, la muerte y la técnica. Quizá la relación más estrecha entre la especie humana y lo divino encuentra su núcleo más allá de nuestro horizonte: en la bóveda celeste.
La internalización de la bóveda celeste implicó en nuestra especie un crecimiento psíquico, intelectual y religioso, ya que tanto el homo erectus como el homo sapiens poseían una visión bien establecida acerca del cosmos en la que éste funcionaba como el techo de la tierra. La observación del cosmos, el cielo, los amaneceres y las puestas del sol, el movimiento que da paso a las estaciones, la sucesión del día y la noche, entre muchos otros fenómenos encaminaron al hombre hacia un pensamiento religioso. Relacionar la naturaleza con lo divino es el efecto de las grandes preguntas ontológicas a las que seguimos buscando una respuesta. En este seno surgen los mitos, sobre todo los cosmogónicos y los que tienen que ver con el origen, que reflejan ya una memoria religiosa en la que la trascendencia es parte fundamental del conocimiento de la vida. Lo religioso, no hace referencia a un culto en particular o congregación, sino al motor inherente del hombre que lo conecta con el mundo que habita y que comienza a descifrar.
Citando a Francisco Diez, lo que entendemos por religión tiene mucho que ver con el «nosotros», con la identidad que se enseña y se construye socialmente, por lo que tendemos a definir la religión según las pautas que nos marca nuestra cultura.
Pero el fenómeno religioso adopta formas muy variadas, por lo que definirlo parece una tarea imposible, pues el significado sobrepasa a la definición, de modo que debemos permitirnos la apertura hacia la comprensión de su universalidad. El sentido etimológico de la palabra nos ofrece esta apertura.
El concepto de religión tiene dos acepciones que provienen del latín, religare y relegere, una ofrecida por Cicerón y otra por Lactancio, el primer término debemos entenderlo como «estar ligado o sujeto a» y el segundo como «reunir de nuevo»; ambas acepciones, por tanto, nos revelan una experiencia de vida que está llena de sentido para el que la experimenta, no hay un abandono de la realidad, sino una manera cuidadosa de comprender la naturaleza a través de una o varias figuras trascendentes, que pueden ser deidades o no, y que son las que sostienen al mundo:
«Religare tendría que ver con el territorio íntimo de piel para dentro, relegere se referiría a aquello que crea lazos con lo que está fuera, ya se trate de lo social o, desde una lectura creyente, de algún ser sobrenatural. Esta referencia a la etimología no es mera divagación erudita, ejemplifica que, desde una época remota, quedaba de manifiesto que la religión aparece en dos ámbitos muy diversos, aunque interconectados. Por una parte, el que radica en el interior, hecho de silencios… Por otra el exterior, que interconecta con los demás, se caracteriza por ser expresión, se construye por medio de acción y práctica social…»
Diez de Velasco, Breve historia de las religiones, op. cit., pp. 10-11.
El término religión responde a la estrecha relación que el ser humano ha mantenido, desde que es consciente de su existencia, con el mundo y el cosmos, sin importar la creencia, culto o práctica a la que pertenezca. En este contexto llamamos al hombre religioso y a su relación con lo trascendente lo divino.
Esta relación que se presenta tan personal e íntima, el ser humano desarrolla una comunicación dialéctica que se presenta ad intra en primer lugar y posteriormente ad extra: La apertura de la consciencia al mundo implica que el hombre se pregunte quién es, cuál es su lugar en el mundo, cuál es el sentido de la existencia, si tiene un lugar en el cosmos y cómo debe relacionarse con éste; cuestionamientos que lo hacen percatarse de su propia humanidad, ad intra, y de lo que está fuera de él, ad extra.
Plantearse proposiciones de esta índole le permiten al ser humano formular un sentido de la vida que quizá no concebiría sin la internalización del mundo como espacio sagrado, ahí donde la naturaleza se presenta como poseedora y encarnación de lo divino, y en la cual el hombre puede desplegar su existencia como individuo pero también como parte de algo que es superior a él y lo rebasa.
El hombre habita el mundo y sin importar el tiempo en el que se encuentre, se sabe como parte de un cosmos que no logra comprender en su totalidad, necesita vincularse a éste, sentirse parte de él, se siente ligado al cosmos, similar y parte constitutiva. El ser humano se relaciona con el entorno desde la religiosidad, entendida como una orientación fundamental del ser humano, a la que algunos llaman espiritualidad, creencia o filosofía de vida.
La relación entre el ser humano y lo divino es un vínculo intrínseco que lo atraviesa desde sus orígenes hasta nuestros días, y que no sólo responde a la manera en la que el hombre interactúa con el espacio que habita, sino también con su desenvolvimiento dentro de la sociedad a la que pertenece, pues en su reconocimiento frente al otro descubre una conexión que da sentido a la vida, a la muerte y a su propia existencia.
Sin importar el tiempo o el lugar en el que el ser humano se encuentre, éste concibe la realidad como algo que nunca termina de asir y que, aunque tengamos respuestas que aparentemente son lógicas y verdaderas, el misterio de lo sobrehumano y trascendente permanece. El cosmos es un espacio divino que nos permite desdoblarnos hacia dentro y hacia fuera repetidas veces y sin fin en un ejercicio de contemplación acerca de nuestro valor en el mundo y nuestra razón de ser.
El término homo religiosus, hombre religioso, no responde al creyente de algún dogma o al practicante de alguna corriente espiritual, sino al género humano en su totalidad, como ser que se vincula de manera simbólica primero consigo mismo y, posteriormente, con el mundo, los astros y lo que está más allá de su propio entendimiento. En tanto que las preguntas ontológicas fundamentales de nuestra especie sigan sin obtener una respuesta satisfactoria, incluso científica, nuestra vinculación con la trascendencia seguirá arraigada a un espacio que ya hemos establecido como divino y sí, también sagrado.
Nuestra propia existencia se nos presenta como sobrenatural, como el mayor de los misterios jamás resuelto, pero que esconde su respuesta en las manifestaciones de la naturaleza proyectada hacia el cosmos y alojada en nuestro interior.
–¡Emy, Emy! –Se escuchaban los gritos desesperados,– ¡ya están entrando! Se escuchaba la voz por el corredor.
Emy con su singular calma se encontraba sentada en la cocina vertiendo la leche a una olla para después llevarla al comedor, en donde ya estaba entrando la bella doncella con su esposo el Sr. Oswaldo. Quienes unas horas antes se habían unido ante Dios y siguiendo la vieja tradición, tenían que desayunar juntos una deliciosa tarta de pavlova hecha con una base crujiente de merengue y crema batida con frutas frescas acompañada de una buena taza de leche recién ordeñada, este primer desayuno nupcial tenían que hacerlo juntos y solos, ya que se aprovechaba para acordar los roles que cada uno debía cumplir dentro de su matrimonio.
Emy, escuchó el arrastrar de la silla agilizó el paso y logró colocar la olla de leche antes de que el joven matrimonio se sentara. Sutílmente volteo a ver al Sr. Oswaldo al mismo tiempo que daba una reverencia antes de retirarse, también le lanzó una mirada triste acompañada por un suspiro. Nadie sabía que Emy estaba enamorada del Sr. Oswaldo y que ardía de coraje y venganza, porque él le prometió nupcias a ella, dándose cuenta que solo le mintió para deshonrarla, nadie se imaginaba que ya tenía un plan en marcha que culminaría con la muerte de la joven pareja.
Emy se retiró hacia la cocina, lugar en donde depositaba todas sus emociones mientras cocinaba y platicaba con la ama de llaves de la casa la Sra. Paty.
Mientras Emy preparaba la cena en la cocina, la Sra. Paty se encontraba revisando que todo estuviera listo y ordenado en la habitación nupcial para que el joven matrimonio se pudiera instalar en su nuevo nidito de amor. Colocando jarrones con rosas rojas, rosas y blancas que eran las favoritas de la ahora señora de la casa, pidió que hubiera flores en el mueblecillo a lado de la cama, en el tocador y otros en el baño junto a la bañera. La cama estaba cubierta por una colcha de seda roja y las cortinas largas que arrastraban también hacían juego, la alfombra que cubría todo el suelo de la recamará era gris y las paredes de un blanco opaco. También pidió que estuviera lista la bañera con las esencias de sándalo, manzanilla y una vez que la princesa Margarita estuviera dentro de la bañera, le gustaba ir colocando pétalos de rosa, únicamente los rojos. Una vez que la Sra. Paty dejó todo listo y ordenado decidió ir a la cocina para verificar que las cocineras ya estuvieran preparando el estofado para la cena.
El joven matrimonio terminó su primer desayuno nupcial y dándose un beso muy tierno, cada uno se separó para comenzar con sus nuevas labores. Por un lado Sr. Oswaldo debía de encargarse de la economía de la familia, de verificar que los animales de granja y los caballos estuvieran en buen estado, así como también checar que los campesinos trabajaran en la siembra y cosecha en los viñedos.
Mientras que la princesa Margarita tenía que preocuparse de que todos los empleados adentro de la casa que cumplieran con sus labores, que eran mantener la casa limpia y ordenada, que el desayuno, comida y cena estuvieran justamente a una cierta hora y de organizar los recibos de las cuentas de los servicios que llegaban al correo de la casa. No se preocupaba por la despensa ya que eso se lo dejaba a la Sra. Paty, ni tampoco por los horarios de las comidas porque también lo hacia la ama de llaves, más bien se preocupaba por siempre verse hermosa y salir de paseo por los viñedos, por las calles empedradas de aquel pueblo, por ir de visita con sus amigas, eso era lo que realmente le importaba a la princesa Margarita.
La princesa Margarita una vez que su bello esposo salió de casa, decidió ir a conocer su nueva casa y mientras caminaba a su paso sin prisa por cada uno de los rincones y recamaras, llegó a la cocina y miró fijamente a Emy, la princesa no le dio importancia y continuó su camino.
La Sra. Paty volvió a la cocina para verificar la cena y notó en Emy una mirada diferente, le preguntó con una expresión preocupada: “¿Qué tienes Emy?” Emy respondió con un tono que dejó claro que no quería hablar del tema: “nada”. Pero nadie se imaginaba lo que esa noche iba a suceder.
Al paso de varias horas, Emy, le aviso a la Sra. Paty que la cena estaba servida, mientras se sentaban en la mesa los recién esposos, Emy y la Sra. Paty iban colocando la cena, una deliciosa sopa de elote acompañada de galletas saladas, olía tan bien que la princesa Margarita no aguantó más y se llevó la primera cucharada a la boca y justo cuando ya había acabado la sopa se levantó al instante y dio un grito de dolor llevándose las manos a su vientre. Oswaldo se apresuró a tomarla en sus brazos y moviéndola le gritaba “¡Margarita! ¡Margarita!”, pero ella no respondió. Ya estaba muerta.
Al fondo se escuchó como se cerró la puerta, pues Emy huía de la casa apresuradamente, una vez estando en la calle corrió hacia la avenida ancha y le hizo la parada al primer carruaje que paso por ahí.
La Sra. Paty corrió atrás de ella, y lo único que alcanzó fue una carta que Emy tiró al bajar las escaleras, la llevó dentro y se la entrego al Sr. Oswaldo.
La princesa Margarita tuvo un funeral lleno de personas, flores hermosas y a lo lejos tocaban “El lago de los cisnes”; su esposo realmente sufrió por su pérdida puesto que en verdad la amaba, esa noche al regresar a casa después de haber enterrado a su bella esposa, se dio una ducha caliente y antes de meterse a la cama recordó la carta que la Sra. Paty le había entregado, decidió ir a su despacho y leerla.
Fuiste el primer hombre al que besé y te creí cuando me prometiste nupcias, pero al verte llegar con ella, recién casados, me di cuenta que únicamente jugaste conmigo, quiero que sepas que me arruinaste y es por eso que yo te arruino a ti, quitándotela a ella y maldiciendo tu amor. No podrás casarte con nadie más, pues cuando una mujer se te acerque con intenciones de amor, verán a través de tu mirada el miedo, lo infeliz que es tu corazón, yo estaré en soledad lo que me resta de vida, pues en estos tiempos nadie voltea a ver a una desdichada, ese será mi castigo por haberte amado.
Después de terminar de leer la carta, la arrugó y dio un grito desgarrador. La Sra. Paty entró de inmediato y él le dijo: –saldré a hacer justicia.
Subió a su caballo y partió sin rumbo, hasta que recordó las caricias furtivas en la cabaña del viñedo. Se apresuró y la encontró sentada con la cabeza baja.
–Te odio, ¿por qué lo hiciste? Te haré pagar. –Ella subió la cara y con una media sonrisa le respondió.
–Ya lo pagué por adelantado, cuando decidí creer en tu amor. –Emy se abalanzó contra él empuñando un puñal, Oswaldo le sostuvo la mano y logró quitarle el cuchillo, a la fuerza la sentó y llamó a la policía.
La policía no tardo en llegar al lugar y se llevaron a Emy, le dieron 10 años de prisión acusada de asesinato.
Pasaron varios meses y Oswaldo no podía con la culpa de que Emy estuviera presa, así que fue a visitarla a la cárcel. Durante varios años la visitó, hasta que Emy salió bajo fianza por buena conducta, durante ese tiempo el Sr. Oswaldo se encariñó con Emy y le propuso por segunda vez que se casara con él.
Emy creía que para ella ya no habría otro destino que morir sola, pero, las palabras del Sr. Oswaldo le llenaron nuevamente el corazón de esperanza y amor.
Emy comenzó a tomar clases y en ese trayecto conoció gente, hizo amigos y hasta le parecía atractivo Octavio un joven cadete, inteligente y guapo. Comenzaron a salir y Emy cayó en cuenta que estaba enamorada de Octavio y no del Sr. Oswaldo.
Una mañana Emy ya no podía con ese sentimiento y fue a buscar a Oswaldo para decirle que cancelara la boda, que ella ya no lo amaba y que quería que la dejara ser feliz con Octavio. Oswaldo no se esperaba una noticia así y quedó perplejo al escuchar a Emy, pero notó en Emy tanta verdad, que la dejó ir.