Hay una escena en Fight Club, de David Fincher, en la que el Narrador, personaje principal de la película, participa en una sesión de meditación guiada, donde la instructora invita a todos los participantes a entrar en sí mismos, a su cueva interior. Ahí dentro, muy en el fondo de su propia persona, encuentra a su animal interior, su power animal, el cual resulta ser un pingüino que lo invita a “deslizarse”.
En el contexto de la película, sabemos que el Narrador está pasando por un momento difícil de su vida. No se trata de una crisis novelesca. Él mismo lo dice. No se está muriendo, no tiene cáncer, no sufre de ninguna condición psicológica particularmente angustiante o difícil de sobrellevar, simplemente está hastiado. Está cansado de su vida, de su trabajo rutinario y mediocre, de su soledad.
Escenas como la del pingüino me parecen absolutamente maravillosas. Parece que algo significativo está por suceder. Una sesión de meditación guiada debería llevar a una gran reflexión, a un descubrimiento profundo de sí mismo. Efectivamente, entra dentro de sí, entra en su cueva, en la parte más interna de su ser, para encontrar que ahí no hay nada más que un pingüino. ¿Qué tiene que ver con nada? Qué importa, es genial. Es una de esas escenas con sustancia, pero lo suficientemente ambiguas para dar espacio a la generación de una amplia gama de interpretaciones pedorras y pretenciosas de parte de todo tipo de “expertos” (véase el presente artículo).
Para mí, ofrece una burla magistral de la búsqueda de “experiencias” que tanto atrae hoy en día. Sobre todo cuando se trata de espiritualidad chatarra como el yoga, los retiros con drogas o los gurús y consejeros de vida como Oso Trava. Somos muchos los que vamos por la vida como el Narrador. Cansados, hastiados, buscando algo más. Muchos no saben ni siquiera qué es eso que están buscando. De ahí se deriva el éxito de toda esta pseudo espiritualidad (a veces disfrazada con nombres como “mindfulness”) que nos venden refinada y procesada para que sea fácil de digerir. Nada de lo anterior pretende implicar que este tipo de experiencias no ofrecen nada de valor. También un gansito tiene algo de valor nutricional, pero no creo que una buena dieta los incluya como base y mucho menos como único alimento.
Por otro lado, dio lugar en mí a una reflexión que me ha acompañado por años. Es verdad que todos tenemos un lugar interior. Una cueva donde sólo nosotros podemos entrar. Un espacio donde se esconden los deseos y los miedos más profundos de nuestro corazón. Quien hace el esfuerzo por entrar a esa cueva, se encuentra cara a cara con su esencia y logra conocerse mejor. Los monjes cistercienses tienen como uno de los pilares de su espiritualidad y modo de vida el encuentro con el propio ser. Este encuentro lleva a un conocimiento más profundo de uno mismo, que lleva a un conocimiento más profundo de Dios. Esa cueva termina siendo el lugar más maravilloso del mundo, porque en el fondo, en el centro, no hay un pingüino, hay un Dios.
Eso es lo que todos buscamos. Nuestra alma anhela la unidad con lo divino. La tendencia natural apunta a buscar en el exterior, en los demás, en la riqueza, en el éxito profesional, en publicar un libro, en terminar esa maestría. Buscamos esa divinidad que anhelamos y que sabemos nuestra de alguna forma.
La paradoja es que esa grandeza está encerrada dentro de nosotros. Cualquier persona que busque con sinceridad terminará por darse cuenta del valor de conocerse a uno mismo, y al conocerse, terminará por encontrarse con Dios. Si el Narrador siguiera entrando a esa cueva con regularidad, terminaría por encontrar el brillo radiante de lo divino en lugar de un pingüino.
Lo más maravilloso es que se trata de un ciclo infinito. Conociéndonos conocemos a Dios. Conociendo a Dios nos conocemos a nosotros. Cada vez que se repite el ciclo entramos más dentro de nosotros y más dentro de la divinidad. Esa es la verdadera meditación.
Por esto son tan geniales escenas como esta. Por un lado, puede ser una burla o algo totalmente trivial. Es posible que el guionista no tuviera ninguna intención más allá de generar una escena bizarra y quizá generar comentarios como el mío. Por otro lado, tiene una cierta profundidad enraizada en profundos anhelos humanos. Representa de forma corta y cómica el viaje de autoconocimiento que todos estamos llamados a emprender y que comienza por entrar a esa cueva interior con honestidad y apertura.
En resumen, recomiendo ampliamente ver Fight Club, sobre todo si disfrutas las sátiras cargadas de sarcasmo e ironía.
Rollo, Ragnar y Lagertha, los protagonistas de la serie original
Hace poco empecé a ver Vikingos: Vallhala. Estaba muy emocionado porque hace años vi la serie original de Vikingos, y para mí fue una experiencia increíble. Pude aprender un poco de historia y de lo que eran los vikingos a la vez que me entretenía como pocas veces antes (y después).
Siempre he sido curioso y me encantó cómo la serie original incitó mi gusto por los nuevos conocimientos, llevándome a investigar sobre sucesos aparentemente fantásticos como la toma de París por el ejército vikingo. Aunque no hay ninguna evidencia de que Ragnar Lodbrok entrara nunca en París, es un hecho histórico que, en algún momento del siglo IX, los vikingos asaltaron París con éxito, y luego tres veces más durante los años siguientes.
Ragnar tomando París en la temporada 3 de Vikingos
Vikingos es, por supuesto, un retrato novelado de lo que se sabe de aquella época, y por supuesto no todo es históricamente correcto. Pero la serie es, en todo momento, un gran esfuerzo por dar vida a algunas de las figuras y acontecimientos históricos más importantes de aquella época. Ciertamente con muchas licencias creativas, pero siempre moderadas (en mi opinión). Por encima de todo, está magníficamente escrita, interpretada y producida. Al menos las tres primeras temporadas en su totalidad fueron una absoluta delicia, y eso es mucho decir de cualquier serie.
Vikingos: Vallhala, por otro lado, no estuvo a la altura de mis expectativas en absoluto. Los dos primeros episodios fueron muy divertidos y me alegró ver que, una vez más, iba a aprender historia mientras me entretenía. La masacre del día de San Bricio (St. Brice’s Day Massacre) era algo de lo que nunca había oído hablar y fue genial conocer el hecho y leer sobre el tema luego de ver el primer capítulo.
Harald, Freydis y Leif, los decepcionantes protagonistas de la nueva serie
Más tarde, me enteré de que Leif Erikson nunca llegó a conocer a Harald Sigurdsson ni tuvo contacto alguno con los vikingos de Noruega y Dinamarca, lo que me pareció una licencia creativa bastante grande, casi grosera. Esta fue sólo la primera de muchas inexactitudes históricas que iban más allá de una simple libertad creativa y que me hicieron perder interés en la serie como fuente de nuevos conocimientos históricos.
Luego tienes escenas como la toma del Puente de Londres por el rey Canuto y su ejército, que no me podía creer lo sosa y aburrida que lograron hacerla (por no hablar de la tonelada de fallas históricas innecesarias que tienen lugar en solo unos minutos, como el hecho de que fue Olaf, no Canuto, quien tomó el puente).
En resumen, Vikingos fue genial, Vikingos: Vallhala, no tanto. Al principio pensé que si no tuviera la serie original como referencia, probablemente no sería tan duro contra la nueva (a decir verdad, es medianamente entretenida). Pero entonces me di cuenta de que esto no es más que un claro ejemplo de lo que viene ocurriendo con la televisión y el cine por muchos años ya.
No, no soy yo. Lo consideré. Pero luego regresé a ver algunas películas realmente buenas como Shawshank Redemption, La lista de Schindler, El Padrino y Gladiador (Gladiador II parece prometedora, pero prefiero no hacerme ilusiones). No soy yo. Antes había grandes películas, y no eran tan pocas. En cuanto a las series, baste el ejemplo de Vikingos.
Estamos en plena crisis creativa, y está pegando fuerte. Algo ha pasado y sigue pasando. No sé quién o qué tiene la culpa. Quizá Instagram y Twitter tengan la culpa, inculcando odio e idiotez en las mentes de la gente. Tal vez esto es lo que las masas demandan y nos hemos convertido en un rebaño de seres descerebrados que simplemente van a trabajar y consumen lo que se les dice. Tal vez la industria sea rehén de un grupo de personas que antepone el dinero a crear algo de valor.
Quizá sea mi culpa, y tuya, y de todos. Quizá deberíamos empezar a exigir calidad en lugar de cantidad. Realmente no sé la respuesta, pero espero vivir lo suficiente para ver un renacimiento del cine, donde las buenas películas y series no sean tan raras como ahora.
La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.
Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.
Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico.
¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos?
Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.
El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón.
Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro. Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie.
La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno.
Esto cambia con el desarrollo económico, ya que le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí.
Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal.
En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros.
Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura.
Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.
En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.
Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga…
Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?
La película de Barbie ha causado furor. Ha hecho pensar a quienes la vieron. Generó placer en unos grupos y crítica en otros. A fin de hacer una reflexión filosófica y sintética fui a verla. Me llevé una sorpresa. Si bien, no suscribo necesariamente todas las tesis propuestas en la película, sí me encontré con un trasfondo interesante de búsqueda de humanidad, de la felicidad y de la trascendencia.
La película está en la tradición de la comedia clásica. Prueba de ello es que ha incomodado a muchas personas y ha dado de qué hablar. Tal como lo hicieron las comedias de Aristófanes en la Atenas clásica del siglo IV. A.C. No hay que olvidar que las tragedias muestran a los hombres mejor de lo que son, y las comedias los muestran peor de lo que son, tal como lo mencionó Aristóteles en la Poética. Por eso hay que pensar que la película de Barbie, como comedia, juega con las imágenes, el lenguaje, lo social, lo humano, lo verosímil y la verdad. Como cualquier obra de arte, la película dice algo verosímil, semejante a la verdad, pero no la verdad misma, la cual tiene que descubrir el espectador en su vida. Igualmente, como comedia, hace una crítica social que incomoda, genera risas, y que pretende llevar a la crítica y la acción.
No reseñaré la película, no quiero arruinársela al lector. Propongo unos puntos de reflexión sobre algunos momentos e ideas interesantes que llamaron mi atención y que vale la pena tomar en cuenta. Primeramente aparece el tema de la búsqueda de la humanidad, tanto de Barbie como de Ken. Luego el control mercadológico del consumismo sobre la individualidad humana. Por último se trata de la apertura a la trascendencia, que la película sugiere.
Busto de Aristófanes.
Barbie en busca de su humanidad
Barbie vive en Barbieland, en un matriarcado, un lugar imaginario en el que las mujeres pueden ser lo que quieran ser. Uno de los problemas de poder ser lo que se quiera radica en no saber qué se quiere ser. Justamente entran aquí las exigencias de la sociedad, en la que Barbie empieza a desencajar. Es por esta experiencia que comienza la búsqueda de su humanidad, que es reflejo de la humanidad de su dueña, Gloria.
Es de notar que Barbie y Ken van juntos en su viaje de búsqueda de humanidad, como si el hombre y la mujer fueran juntos en ese viaje complementándose. Ambos, Barbie y Ken, tienen intuiciones de los aspectos de humanidad que buscan. Cada quien busca cosas diferentes. Originalmente, Barbie es estereotípica e ingenua. Asume que su vida tiene que ser perfecta todos los días, es decir, que “cada día es el día perfecto para siempre”, pero tiene un gran poder intuitivo, porque considera que la felicidad no puede ser superficial. La Barbie rara, que tiene una conexión especial con lo humano y es, en cierto aspecto, una filósofa, la exhorta a encontrar la verdad sobre el cosmos, que sólo puede hallarse a través de un viaje interior. Barbie acepta ser valiente para buscar lo que la hace humana y también lo que significa ser mujer. Es notable que Barbie no está fuertemente conectada con su sexualidad.
Ante los albañiles dice que ella y Ken no tienen genitales, lo que él niega. Esta afirmación es llamativa porque es una muestra de la inmadurez que representa la Barbie estereotípica, que termina aceptando su feminidad cuando visita al ginecólogo.
Esta historia recuerda dos relatos clásicos griegos que tratan sobre la relación entre lo humano, lo femenino y lo masculino. Estos relatos son Dafnis y Cloe, de Longo, y Lisístrata, de Aristófanes. La novela Dafnis y Cloe, del autor griego del siglo II D.C. Longo de Lesbos, es una de las pocas novelas de la antigüedad que se conservan. En ella, el pastor Dafnis y su compañera Cloe comparten su infancia y comienzan a crecer juntos. Ambos viven su crecimiento y se encuentran con diversos problemas para resolver y eso les lleva a ser maduros. Al final plenifican su relación de amistad cuando ambos descubren juntos la sexualidad y el erotismo como parte de la naturaleza humana. En la película, Barbie y Ken, descubren este aspecto de su humanidad, cada uno a su modo, aunque su relación no llegue a ser correspondida.
Escultura Dafnis y Cloe de Virginio Arias.
Barbie quiere profundizar en la experiencia humana que comienza a vivir, de un modo más interior, afectivo e independiente. Por su parte, Ken se da cuenta de que es valioso por sí mismo, y que no necesita ganar la validación femenina de Barbie como perfección de su masculinidad. Como se ve, Barbie y Ken difieren de Dafnis y Cloe porque, al final, sus historias y amores no se entrelazan, lo cual también es válido. Pero ambas historias comparten la búsqueda de la genuina humanidad, la madurez y de una vida auténtica que valga la pena.
Por otra parte, la historia crítica y cómica en la que las mujeres tienen el poder y exigen a los hombres un mejor trato no es nueva. Es el argumento de Lisístrata, la comedia de Aristófanes. En esta comedia, la personaje principal, Lisístrata, organiza a las mujeres atenienses en una huelga; sin que puedan unirse con sus maridos. Todas las atenienses se encierran en la Acrópolis hasta que los hombres cambien su actitud machista, exageradamente masculina sin medida y poco humana.
En la película, se sigue un argumento parecido. Los Kens instauran un gobierno de masculinidad exagerada y viciosa. Antes ni siquiera tenían una casa propia, y llegan al poder con muchos cambios: la llamada masculinidad tóxica. Esto porque no han encontrado el fundamento de su humanidad y no tienen un parámetro para saber cómo ser un hombre en sí mismo, sin necesidad de aparentar una masculinidad exagerada para conquistar a las Barbies. Barbie estereotípica y Barbie rara, con ayuda de las humanas Gloria y Sasha, hacen una revuelta política, como Lisístrata en la Acrópolis, y logran restaurar el gobierno anterior.
En la película resalta el tema de la relación entre el individuo, el mercado y la felicidad. Naturalmente, se presenta como una sátira risible, pero tiene un trasfondo de verdad. Como un producto de las corporaciones, Barbie, es la imagen de la manipulación que las marcas y el mercado hacen de los seres humanos. En especial, de las mujeres, pues por una perspectiva corporativa y empresarial, Mattel lleva a Barbie a pensar que ella puede ser lo que quiera ser. Pero, incluso con esto, Barbie está perdida entre un montón de posibilidades, y no sabe quién es. Por eso, la pregunta “¿Quién soy, para qué estoy aquí? es fundamental en la búsqueda humana de Barbie y Ken.
La identidad humana y personal sólo puede encontrarse en la aceptación de lo que somos, sin idealizar las expectativas. Sin vivir para plenificar los planes de la sociedad, la pareja, las empresas o el mercado. El director de Mattel pretende mostrar lo que las mujeres y los hombres deben de ser con la idealización de lo femenino y lo masculino en Barbie y Ken. Justamente esta idealización impide que los personajes descubran su humanidad. Cargan con tal idealización como un lastre que les impide la autenticidad. Barbie siempre debe de ser perfecta y ese peso, dice Gloria la humana, le impide ser una mujer auténtica si sólo trata de plenificar lo establecido por el mercado y la sociedad.
Igualmente, Ken, sufre algo semejante cuando se encuentra con el patriarcado, o más bien, lo qué él entiende erróneamente por patriarcado como poder masculino. Cuando busca su felicidad en lo que el mercado o las empresas dicen que debe de ser lo masculino le hace un gran mal a su sociedad y a los hombres que en ella viven. Los hace cargar un peso externo que no va en concordancia con la autenticidad que surge de la vida interior. En general, la crítica es hacia la vida vertida exclusivamente hacia el exterior, o sea, la que trata de cumplir los criterios de los otros y no los propios en una vida auténtica de la interioridad. Barbie y Ken se acercan a su humanidad cuando se alejan de cumplir las expectativas de una vida exterior y cumplen con las intuiciones de su vida interior.
Por último aparece el tema de la apertura a la trascendencia, entendida como el encuentro, en vida, con Dios, más allá del mundo sensible y de plástico rosa. Mi opinión es que Dios está representado por Ruth Handler, que se presenta como la creadora de Barbie. Ellas hablan cara a cara, al tú por tú. Ruth es una de las pocas que comprende a Barbie en su búsqueda de sentido existencial. Pueden hablar de las cosas humanas que no son atractivas para la vida exterior, sino que son íntimas y sensibles en el mundo interior.
Me parece que Ruth es la imagen de Dios porque es la única que le dice a Barbie que fue creada para la libertad y para la felicidad. Ruth dice que la libertad es un regalo y que tiene sentido en función de la búsqueda de la libertad. Por eso Ruth insta a Barbie a que viva una vida humana, que brote del interior, pues la plenitud de la vida no está en la satisfacción de lo que el exterior nos pide. El encuentro entre Ruth y Barbie me parece que simboliza el encuentro entre el ser humano y Dios, en el que hay sentido, intimidad y comprensión, al margen de lo que diga el mundo exterior. Creo que ese símbolo es muy valioso para volver nuestros ojos a Dios en la trascendencia.
En suma, creo que la película tiene valiosas enseñanzas filosóficas, sobre todo antropológicas. Maneja muy bien las analogías de significado en las relaciones entre Barbie, Ken, Gloria y Sasha y Ruth, representando a Dios. Es una crítica fresca a la sociedad contemporánea y propone algunas reflexiones sobre lo que implica ser mujer, ser varón, ser humano.
La película dirigida por Chuck Konzelman y Cary Solomon, estrenada en abril del 2023, ha dado ya mucho de que hablar. Es impresionante cómo una producción de bajo presupuesto, pero con un potente mensaje, un gran guion y una excelente actuación, puede impactar en la sociedad. Es una especie de carga de profundidad, en donde, a través de los diálogos, volvemos a plantearnos las preguntas fundamentales de la existencia humana: ¿qué es el bien?, ¿qué es el mal?, ¿hay otra vida además de la que ahora vivimos?, ¿existe Dios?, ¿existen los demonios? Presenta agudamente, también, dos conflictos interesantes: el clásico seudo enfrentamiento entre ciencia y fe, entre un poseso y un psiquiatra ateo, por un lado, y por otro, el triste caso de un sacerdote sin fe en lo sobrenatural, lamentablemente frecuente en nuestros tiempos. El cóctel no puede ser más sugerente y explosivo.
La película puede utilizarse como un buen material de respaldo para el curso teológico de “Historia de la Salvación.” Es decir, el plan de Dios para salvarnos y, por contraparte, el del demonio para condenarnos. Nefarious le va explicando, con mucha paciencia al psiquiatra James Martin -¿velada alusión al sacerdote jesuita James Martin?- cómo dispuso Dios (el enemigo) las cosas y cómo su amo (el diablo), se ha empeñado en corromperlas desde el principio. Deja muy claro que los demonios nada pueden directamente contra Dios, pero indirectamente sí le afectan, matando y destruyendo lo que Él ama: la humanidad. Es particularmente aguda su descripción y actuación, del placer que experimentan los demonios por cada niño abortado, así como el “sufrimiento del Carpintero” (Jesús), por los niños asesinados en el vientre de su madre.
El filme aborda, podríamos decir, a dos niveles, los grandes debates de nuestro tiempo, sin timideces ni ambages, sino decididamente. En este sentido es contracultural y políticamente incorrecto, pero en ello estriba su éxito: en proclamar la verdad y defender la perspectiva sobrenatural, que viene a ser como una trama oculta detrás de toda la historia de la humanidad. La perene lucha entre el bien y el mal, de la cual no podemos abstenernos, aunque en teoría nos mantengamos al margen o indiferentes, pues esa actitud supone ya tomar una postura al respecto.
En un primer momento, toca decididamente y con gran fuerza tres grandes temas de actualidad, los tres relacionados con el “evangelio de la vida”: la eutanasia, el aborto y la pena de muerte. Y Nefarious les llama por su nombre: asesinatos. Profetiza al Dr. James Martin que antes de abandonar la prisión, habrá cometido tres asesinatos. El Dr. Martin se ríe de tal pretensión, pero, poco a poco, a lo largo del filme, Nefarious le va haciendo ver que ya los cometió: la eutanasia de su madre enferma hace 10 años, el aborto de su novia ese mismo día, y la firma de su condena a muerte, cuando ya tenía la certeza de que sí se trataba de un caso de posesión diabólica y que el desdichado poseído Edward Wayne Brady, nada tiene que ver con los asesinatos cometidos.
En una perspectiva más de fondo, la película muestra cómo la historia de la humanidad puede leerse como una gran trama -Historia de la Salvación- en la que se disputa el alma y el corazón del hombre. Y ofrece una clave de lectura a la vez profunda e interesante: el modo de vivir la libertad. El gran don de Dios a los ángeles y a los hombres es la libertad. Pero la libertad -nadie mejor que Dios lo sabe- encierra en sí misma un sentido y un riesgo. Fuimos creados libres, hombres y ángeles, para amar, pero corremos el riesgo de rebelarnos contra ese sentido originario de la libertad, y utilizarla para enaltecernos a nosotros mismos. El eco del “seréis como dioses” de la tentación de Adán y Eva en el paraíso, recorre toda la historia de la humanidad.
Es muy sugerente la “justificación” que Nefarious hace de la rebelión de los demonios contra Dios, la cual sigue seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos: Dios nos crea libres, pero a la vez nos convierte en sus esclavos. Somos libres para adorarlo y alabarlo, pero si nos rebelamos, nos espera el infierno. La actitud de satán está llena de señorío: se rebela contra Dios, porque no quiere servir a nadie, porque su libertad es solamente para sí mismo. Él es el fin de su propia libertad, y convence a los hombres de que no sirvan a Dios ni a nadie, sino sólo así mismos. Ahí radica la grandeza de la libertad para el demonio. Se vuelve a cumplir entonces la aguda intuición de san Agustín: “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial, y el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena.”
Nos hemos malacostumbrado a los cárteles de “se busca”. Los vemos diariamente, a veces los compartimos y otras pasamos de largo. Estos carteles son el pan cotidiano de un país en el que cada hora desaparecen al menos tres niños. Sabemos que uno de los grandes males que aqueja a México es el narcotráfico, pero el tráfico de personas, especialmente el tráfico infantil (que es sexual, esclavista y de órganos), es tan lucrativo que compite duramente con el tráfico de armas y de narcóticos.
¿Por qué es tan lucrativo? Porque una bolsa de cocaína se vende una vez, mientras que a un mismo niño se le puede vender –explotar– varias veces al día e incluso su muerte puede aprovecharse. El tráfico infantil tiene un gran consumidor que es Estados Unidos y las herramientas son las plataformas de la dark web, que muchas veces incia con las redes sociales. Lo que comienza como una búsqueda de pornografía puede derivar incluso en viajes de turismo sexual, por lo que se pasa de espectador a delincuente por contacto (contact offender).
El futuro son los niños y es por ello que es nuestro deber moral proteger su integridad física y salvaguardar su inocencia. El ser humano es digno desde el momento de la concepción hasta la muerte, fin en sí mismo, nunca medio, ni consumidor, ni producto, sino persona. Y como persona no debería estar nadie a la venta: “los niños de Dios no están a la venta”, es una de las frases que se escucha en la película Sonido de libertad (Sound of Freedom), producida por Eduardo Verástegui y protagonizada por Jim Caviezel (La Pasión).
Una película dura, pero necesaria, basada en la historia real de Tim Ballard, que tardó ocho años en realizarse, por la investigación que requirió. Ballard es un ex agente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien tras su renuncia, decide dedicarse a salvar niños del tráfico infantil con su propia fundación (2013) sin fines de lucro –Operation Underground Railroad, inspirado en los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos–. En la película, Ballard (Jim Caviezel) promete a un pequeño niño de siete años rescatado de una red de tráfico, que también buscaría a su hermana, lo que lo llevó a salvar a 121 niños en la selva colombiana.
¿Por qué es tan importante esta película? Por la denuncia. Cuando se menciona el problema, podemos tomar conciencia e intentar prevenirlo desde nuestras trincheras. Sucedía lo mismo con la mafia, que parte de su poder radicaba en la clandestinidad y el secreto, pero una vez que comienza a denunciarse, se da el primer paso para solucionar el problema. Es más fácil operar cuando nadie cree que existes, porque así nadie se mete en tus asuntos y tienes más libertad de movimiento. Del mismo modo actúa el acusador.
En una entrevista Caviziel señala que, así como tras ver La lista de Schindler surge en los espectadores la intención de hacer algo, lo mismo sucede con Sonido de libertad, con la diferencia de que ahora estamos realmente en el momento histórico del problema y por ende nos compete hacer algo.
¿Qué acciones concretas podemos hacer para proteger a los niños cercanos a nosotros? Podemos comenzar desde cosas pequeñas como no exponerlos en redes sociales, porque una foto inocente y linda, será vista con malos ojos por aquellos pervertidores. Una segunda acción es tener mucho cuidado con el contenido que los pequeños consumen y limitar el uso de los dispositivos y juegos. Muchas veces los juegos en línea se prestan para que los pedófilos contacten a los niños, reporta Tim Ballard en una entrevista con Lewis Howes, pues es una técnica común que les pidan fotos o que se desnuden mientras juegan. Tim Ballard señala que lo más importante es entender las aplicaciones, juegos y saber lo que nuestros hijos hacen en línea. Una tercera acción es oponernos a la sexualización de los menores que muchas veces deriva en abuso y en otros casos en confusión de identidad (las llamadas infancias trans).
El 4 de julio se estrenó Sonido de libertad en Estados Unidos y ya desde la preventa fue todo un éxito. Varios han recomendado la película entre ellos Mel Gibson, quien afirma que “uno de los problemas más perturbadores del mundo actual es la trata de personas y en particular el tráfico infantil. El primer paso para erradicarlo es tomar conciencia”.
Aproximadamente a finales de agosto se estrenará en México, pero desde ahora podemos pedir que la proyecten en los cines más cercanos, para así hacer ruido, mostrar que somos legión y que no nos vamos a quedar callados porque ningún niño está a la venta.