San Juan Pablo II en tres ocasiones (1986, 1993 y 2002) reunió a los líderes religiosos del mundo para orar por la paz en Asís. Quería mostrar de esa forma cómo la religión en general puede ser una fuerza de paz, generar paz a su entorno y no violencia como algunas veces sucede — en el 2002 estaba muy reciente el atentado a las Torres Gemelas perpetrado por fundamentalistas islámicos. La crítica atea suele señalar que la religión es quizá la causa más profunda de la de división en el mundo, y por ello sería un deber moral atacarla. El Papa santo salió a refutar tal crítica tendenciosa y mostró cómo los líderes religiosos pueden obviar sus diferencias, dialogar y unirse para orar por la paz.
Ahora, en el 2021, la humanidad, junto con la necesidad de paz, que nunca puede darse por descontada, tiene la urgencia de cuidar el planeta. ¿Pueden unirse las religiones para pedir por la salud del planeta y hacer frente al cambio climático? Lo que san Juan Pablo II hizo por la paz, lo hace ahora Francisco con el cambio climático: El Papa reunió en el Vaticano cerca de 40 líderes religiosos para expresar su apoyo a la COP 26 de Glasgow y su preocupación por el cambio climático. Todos firmaron un llamamiento para frenar el cambio climático. Entre los participantes se encontraban el Arzobispo de Canterbury, el Patriarca Ecuménico Bartolomé y el Imán de Al-Azhar, entre otros: Las religiones unidas para hacer frente a la contaminación y defender la salud del planeta.
Junto a los representantes de las diferentes confesiones cristianas, había líderes judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, sijs, confucionistas, taoístas y zoroástricos. Representantes de las religiones más representativas del planeta. Todos expresaban su común preocupación por el clima y la ecología. Esta realidad muestra cómo las religiones tienen puntos en común, a pesar de sus diferencias históricas y culturales, y esos puntos en común convergen en beneficio de la humanidad. El cambio climático contribuye de esa forma también a la unidad entre los diferentes credos, pues muestra como todos juntos pueden trabajar en pro del hombre y la sociedad. Las diferencias doctrinales no son obstáculo para poder hacer el bien en conjunto, en equipo.
El Papa Francisco tuvo el detalle de no leer su discurso, para no extender en demasía la ceremonia y dar pie a que los demás líderes religiosos pudieran explayarse. Pero les entregó escrita su intervención. En ella insiste, fiel a su habitual esquema de pensamiento, en tres puntos: “la mirada de la interdependencia y de compartir, el motor del amor y la vocación al respeto”. Fiel a sus intuiciones de fondo, Francisco recuerda que “todo está conectado”, y por ello debemos tener una “mirada abierta a la interdependencia y al compartir”. Todos somos miembros de la única familia humana, y compartimos la responsabilidad de sacarla adelante.
El tercer elemento señalado por Francisco es el “respeto por la creación, respeto por el prójimo, respeto por sí mismos y respeto hacia al Creador. Pero también respeto mutuo entre fe y ciencia”, para que el fecundo diálogo entre ellas esté orientado al “cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y fraternidad”. Como se puede observar, el Papa Francisco es ambicioso en su perspectiva. Considera que es mucho lo que la religión puede aportar a la ciencia, y cómo juntas pueden contribuir para frenar el cambio climático. En el ámbito cristiano, este cuidado formaría parte la espiritualidad católica.
Cuando la gente piensa en México, a la mayoría le viene a la mente su rica cultura y tradiciones. Los mexicanos deben muchas de éstas al enriquecedor encuentro que se produjo entre los españoles y las culturas indígenas. Sin embargo, hay quienes piensan que México fue una colonia española con una situación similar de los países africanos bajo el dominio europeo, pero tal idea es completamente errónea y absolutamente ignorante de la historia mexicana.
Si pensamos en una relación en cierta forma perjudicial para México, deberíamos re-enfocar nuestra mirada hacia sus vecinos del norte. Pero, ¿por qué es así? ¿Acaso los españoles no mataron a gran parte de la población indígena? ¿Qué no invadió Estados Unidos a México una sola vez?
La oposición entre México y Estados Unidos es antigua y se remonta a la América precolombina. “El norte del continente estaba poblado por naciones nómadas y guerreras; Mesoamérica, en cambio, conoció una civilización agrícola, dueña de complejas instituciones sociales y políticas”. Unos pobladores eran cazadores y otros, agricultores. Esta división influyó enormemente en las políticas de los ingleses y los españoles hacia los nativos americanos.
Las diferencias entre los ingleses y los españoles que respectivamente fundaron «Nueva Inglaterra» y «Nueva España» también fueron decisivas: “en Inglaterra triunfó la Reforma mientras que España fue la campeona de la Contrarreforma”. Conquista y evangelización, ambas palabras profundamente españolas y católicas, describen mejor lo que ocurrió en México. La expansión colonial de Inglaterra no tuvo relación con ellas.
El catolicismo traído a México por los españoles estuvo lleno de asimilación y hubo una mezcla de culturas. De la cultura indígena, México conservó: la familia, la amistad, las actitudes hacia el padre y la madre, la imagen de la autoridad y el poder político, la visión de la muerte, el trabajo y la fiesta. De la cultura española, México conservó: la lengua, la religión, las instituciones políticas y el espíritu aventurero y valiente. México es una nación nacida de dos civilizaciones con un rico pasado, tanto de los indígenas como de los españoles.
Por el contrario, en Estados Unidos no hay ningún elemento indígena. La mayoría de los nativos americanos fueron exterminados, y los pocos que quedaron fueron recluidos en «reservaciones». Como escribió el premio Nobel mexicano Octavio Paz, “los Estados Unidos se fundaron sobre una tierra sin pasado”. Estados Unidos no tiene raíces, y exactamente lo contrario ocurre con México, que tiene una herencia muy vasta. En uno de sus ensayos, Octavio Paz sugiere que la actitud del catolicismo hispano es incluyente, y la del protestantismo inglés es excluyente: asimilación vs. segregación.
Otra oposición significativa se relaciona con la actitud de cada nación hacia el trabajo y la fiesta. Para la sociedad novohispana, el trabajo no redimía, y el trabajo manual era servil. El hombre superior mandaba, contemplaba y disfrutaba. El ocio era noble. Y si se tenía riqueza, se construían iglesias y palacios y se hacían grandes celebraciones. Por el contrario, la sociedad protestante de Estados Unidos, afirmaba el valor redentor del trabajo y rechazaba el valor de la fiesta. Para los puritanos, el trabajo era redentor porque liberaba al hombre, y esa liberación era una señal de la elección divina.
La sociedad mexicana era muy heterogénea, por lo que requería un gobierno central fuerte controlado por el monarca español y la Iglesia católica. La situación de Estados Unidos era diferente. Las pequeñas comunidades coloniales eran más bien homogéneas, y las instituciones democráticas podían florecer allí más fácilmente.
Para Octavio Paz, el mayor contraste entre estos países es su posición respecto al tiempo. Estados Unidos es una sociedad orientada hacia el futuro. “El norteamericano vive en el límite extremo del ahora, siempre dispuesto a saltar hacia el futuro. El fundamento de la nación no está en el pasado sino en el porvenir… su acta de fundación, fue una promesa de futuro”. La posición de México es justo la contraria. “[E]l ideal fue perdurar a imagen de la inmutabilidad divina… pluralidad de pasados, todos ellos presentes y combatiendo en el alma de cada mexicano… La utopía, para ellos, no consistía en construir el porvenir sino en regresar al origen, al comienzo.”
Estas historias y caminos distintos han hecho que ambos países sean profundamente diferentes. Sin embargo, hay que decir que la sociedad mexicana era más rica y próspera que la estadounidense hasta finales del siglo XVIII. Pero todo cambió…
Justo después de la independencia de México, Estados Unidos, comenzó a perturbar aún más la inestable situación de la nueva nación. Una de las figuras más oscuras del imperialismo estadounidense y uno de sus mejores espías y alborotadores fue Joel R. Poinsett, el primer agente especial estadounidense en Sudamérica y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México. Era un oficial protestante, masón, anticatólico, antihispano, antimonárquico, codicioso y de mente clara, decidido a obtener el mayor beneficio para Estados Unidos de la situación política mexicana. Podríamos decir que era bastante anti-mexicano.
Fue enviado a promover un ajuste fronterizo que concediera a Estados Unidos dos tercios del territorio mexicano. Por supuesto, su petición fue denegada. Pero tras sus intentos fallidos, optó por una estrategia diferente: dividir a los mexicanos y fomentar intrigas entre ellos. Para ello, estableció las logias masónicas, que desde entonces han manejado y desgraciado a los gobiernos mexicanos. Además, fomentó la «leyenda negra» antiespañola que dice que los españoles solo robaron y asesinaron a las grandes culturas indígenas. Pero esto no es preciso. La nación mexicana es mestiza, lo que significa que surge de la mezcla de españoles e indígenas. Por supuesto hubo algunos abusos, pero el balance es más positivo que negativo. La situación en México propició los primeros desarrollos de la noción de los derechos humanos por parte de los misioneros religiosos y México no tuvo esclavos como Estados Unidos porque sus ciudadanos eran súbditos directos del reyes españoles como lo pidió la reina Isabel desde que Colón descubrió estas tierras.
Las malas intenciones de Poinsett también fomentaron la expulsión de los españoles que quedaban, lo que produjo una mayor crisis en México en muchos sentidos: hubo una pérdida de población en varias regiones que quedaron como presa fácil para americanos ambiciosos, una pérdida de capital e industria necesarios para el desarrollo del nuevo país, y la pérdida de muchos sacerdotes y misioneros. Finalmente, se pidió la expulsión de Poinsett del país por toda la inestabilidad que estaba provocando. Pero en 1847, Estados Unidos invadió México, lo ocupó y le impuso terribles y pesadas condiciones de paz. Fue la guerra mexicano-estadounidense en la que Estados Unidos obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio. La codiciosa expansión territorial del presidente Polk dejó a México con una agitación interna peor, muchas vidas perdidas y un sentimiento nacional en un estado de degradación y ruina.
Durante gran parte del siglo XIX, México sufrió guerras civiles, y los liberales mexicanos (principalmente masones dejados por obra de Poinsett) trataron de implantar una república democrática enfrentándose a la Iglesia católica. Esto supuso una ruptura radical con el pasado y produjo más división interna. Esta ruptura con la Iglesia hizo colapsar la educación y produjo que mucha gente quedara analfabeta y pobre. Las guerras acabaron produciendo el militarismo que llevó a la dictadura del presidente Díaz, que a su vez condujo a la Revolución Mexicana, que no pudo implantar una verdadera democracia sino sólo un régimen autoritario con una máscara de democracia. La desigualdad social y la acción de los monopolios económicos, entre ellos los de Estados Unidos, han dificultado desde entonces en gran medida el desarrollo de México.
Hasta estos días, la injerencia estadounidense en la política mexicana continúa pero se ha transformado en la presión económica de las grandes empresas y su poder para manipular y abusar de las frágiles instituciones mexicanas corroídas por la corrupción. Además, Estados Unidos abusa de alguna manera de la dependencia de su vecino del sur y se aprovecha de la mano de obra barata sin proporcionar derechos laborales ni seguridad a las familias de los empleados.
Una situación particular de injusticia en las relaciones México-Estados Unidos que puede ser retratada como una «sombra global» es la relacionada con la guerra contra las drogas. Es una sombra multifacética de poder, privilegio, inconsistencia e irresponsabilidad porque el gobierno de Estados Unidos ha avanzado poco en la reducción de la demanda y el consumo de drogas ilegales. Esto ha fomentado el crecimiento del mercado de las drogas, lo que detona también el crecimiento de los cárteles y desencadena muchos círculos viciosos al mismo tiempo. La violencia del narcotráfico destruye las comunidades y muchos jóvenes mueren por la violencia relacionada con las drogas o por sobredosis. Las madres tienen que trabajar en fábricas (lejos de sus casas) para mantener a sus hijos, y mientras tanto, los niños quedan solos a merced de los cárteles de la droga que los enrolan para su negocio. El consumo de drogas es un mal social, pero los más afectados son los más vulnerables. A Estados Unidos parece importarle sólo su beneficio económico y se lava las manos proporcionando más armas para combatir a los cárteles, pero no hace nada para solucionar el vicio de sus ciudadanos que causa todos los problemas. Mientras tanto, además de todos sus problemas, México mismo se está convirtiendo en un consumidor de drogas, y la legalización de la marihuana en algunas jurisdicciones estadounidenses ha empujado a las organizaciones del narco a concentrarse en drogas más duras.
Una solución podría ser reducir el consumo mediante campañas serias y no fomentar más el consumo mediante la legalización de las drogas. Hay que cambiar la cultura. La enfermedad de Estados Unidos es moral, y su hedonismo es otra cara de la desesperación. El libertinaje no es libertad. La libertad no es hacer lo que uno quiera. La verdadera libertad es hacer el Bien. Enseñemos a nuestros jóvenes a usar su libertad para servir al prójimo con amor.
Los defensores de la legalización de las drogas dicen que se erradicará el mercado negro, pero bien podrían seguir vendiendo marihuana a menor precio y a los menores de edad. NO a la marihuana y SÍ a la educación. Al buscar el bien común, el Estado debe proteger a sus ciudadanos. Ejerciendo la verdadera libertad, uno no se perjudica a sí mismo ni a los demás…
“Hoy los Estados Unidos se enfrentan a enemigos muy poderosos pero el peligro mortal no está fuera sino dentro: no es Moscú sino esa mezcla de arrogancia y oportunismo, ceguera y maquiavelismo a corto plazo, volubilidad y terquedad, que ha caracterizado a su política exterior en los últimos años … Para vencer a sus enemigos, los Estados Unidos tienen primero que vencerse a sí mismos: regresar a sus orígenes. Pero no para repetirlos sino para rectificarlos: el otro y los otros —las minorías del interior tanto como los pueblos y naciones marginales del exterior— existen. Si los Estados Unidos han de recobrar la entereza y la lucidez, tienen que recobrarse a sí mismos y para recobrarse a sí mismos tienen que recobrar a los otros: a los excluidos del Occidente”.
Octavio Paz, «Reflections Mexico and United States».
La frase «Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los estados Unidos» se atribuye a Porfirio Díaz.
Una de las pocas certezas de esta vida es que moriremos. Inevitablemente y a pesar de todo, nuestros cuerpos se dirigen día con día hacia la muerte. Somos conscientes hasta cierto punto de nuestra finitud.
En algunas culturas la muerte está más presente que en otras. No sólo por la violencia que se nos presenta en las noticias. Pero las muertes son más que una estadística, cada número corresponde a un nombre y a una historia.
La tradición cristiana –en todo el mundo- recuerda a los difuntos el 2 de noviembre; en México se celebra como en ningún otro lugar el Día de muertos e incluso en el pequeño pueblo de Toraja en Indonesia tienen una concepción de la muerte muy particular. Cada año, en agosto, exhuman los cuerpos momificados, les cambian las vestiduras y se fotografían con ellos. Este ritual –Ma`Nene– es llamado “cuidar a los antepasados”. Para ellos la muerte es un proceso largo; cuando alguien muere no se entierra inmediatamente, sino que se coloca un poco de formol al cadáver y permanece el tiempo que la familia decida –a veces casi un año- como un habitante más de la casa y como si solamente estuviera descansando, los visitantes, le llevan comida y cigarrillos. Una vez que están listos para realizar los funerales, sacrifican un gran número de cerdos y búfalos para que el difunto pueda llegar al más allá.
En algunos sitios es más fácil ser consciente de que la vida es efímera. Sin obsesionarnos con los aspectos tétricos de la muerte, podemos reflexionar y meditar sobre un suceso al que nos enfrentamos cada día en nuestra propia carne y con aquellos que nos rodean. La meditatio mortis no tiene desperdicio, nos prepara para afrontar la muerte.
Sin embargo, desde hace algunos años vivimos como si la muerte no existiera. El “comamos y bebamos que mañana moriremos” (Is. 22:13) ha devenido en un hedonismo desbordado que rinde culto al cuerpo y la personalidad. Hay que matizar: no a todo cuerpo, sino a aquellos cuerpos fuertes, sanos, jóvenes y bellos. De pronto ya no es gozar porque mañana moriremos, sino que eliminamos la última parte, jugando a ser inmortales.
El fenómeno de ocultar la muerte lo observamos cotidianamente: en los empaques de huevo, leche y carne nos presentan animales en prados, sin sufrimiento y –por qué no- alegres, pretendiendo encubrir con una etiqueta el hecho de que en el contenedor de plástico yace un cadáver al que le inyectaron antibióticos y que no sólo padeció una muerte (sino también una corta vida) masificada, que ha sido procesado hasta perder su forma original. Consumimos alimentos procesados y amorfos y pensamos que no hay nada más sencillo que comprar un congelado. Mientras que nuestras abuelas despellejaban un pollo, nosotros abrimos una caja de plástico con nuggets y sólo sabemos que es pollo por la etiqueta.
Empaque de pollo Foto: AF
Pollo Foto: AF
Paradójicamente vivimos en la era del plástico: todo se desecha y se descarta fácilmente. Aquello que causa dolor, que no es bello y no produce placer instantáneo es mejor tirarlo. La muerte nos resulta insoportable, no queremos verla y tampoco al sufrimiento. Cerramos los ojos ante lo evidente: nuestra fragilidad y temporalidad. Ocultamos lo que no queremos ver deslizando el dedo en una pantalla. Como si en la vida todo fuera un cuerpo joven y bello, ignorando la realidad de la decadencia.
Y es que la muerte es tan insoportable que queremos darle cierta liviandad y ocultamos el dolor con un poco de humor en el café llorón –funeral- mientras buscamos darle un sentido y finalidad.
No basta la negación de la muerte para vencerla, si acaso fuera posible vencer lo invencible. Existe una industria millonaria que lucra con la pérdida y se adapta a todo presupuesto: el negocio de las funerarias, ataúdes personalizados, urnas, lápidas, mausoleos, nichos, velas, flores, embalsamamiento, inhumación o cremación. Una industria que innova y negocia no sólo con la muerte sino también con nuevas ideas de preservación. Con el ánimo de lograr lo imposible, para distraernos aún más de la muerte y por ridículo que parezca, la industria de la muerte, nos brinda nuevas alternativas. Como si no fuera suficiente despedirnos ante un féretro del cuerpo de nuestro ser querido -que luce como un durmiente irreal bien arreglado- en su última aparición pública.
Como si con morir no fuera suficiente, se intenta añadir una finalidad, pero no pasa de lo corporal, y que afirma de cierta manera que hay que sacar provecho absoluto de nuestra materialidad. No solo de nuestro bolsillo –a fin de cuentas lo que acumulemos aquí se queda- sino también de nuestro cuerpo. La industria de la muerte nos sugiere opciones que van de lo convencional a lo extravagante. Aparentemente ser enterrado o incinerado ya pasó de moda. Del nicho en una cripta o una lápida en el camposanto predilecto pasamos a la opción eco-friendly donde nuestro cuerpo se abrirá paso en una maceta para convertirse en un árbol o colocar hongos específicos que faciliten la descomposición del cuerpo y evite que toxinas contaminen la tierra.
También existen opciones para los amantes de las joyas ¿por qué no aprovechar al abuelo y convertirlo en un diamante so pretexto de cargarlo siempre contigo? Otra extravagancia sería enviar el cuerpo al espacio, porque no hay suficientes satélites obsoletos gravitando por ahí. Incluso si tienes el dinero suficiente podrías pagar por la promesa de inmortalidad. No me refiero a la piedra filosofal o a la salvación del alma, sino a la criogenización: la última esperanza para aferrarse a la vida.
La vejez, las enfermedades, los accidentes y un sin fin de sucesos pueden quitarnos la vida. ¿Qué pasaría si nos prometen, sin decir cuándo y sin garantizar que así ocurra, que podemos volver a vivir? Un grupo de médicos llegaría a tiempo –una vez que muriéramos- para congelar nuestra sangre y órganos con la esperanza de que cuando descubran una cura para nuestra enfermedad –o vejez- nos despertarán del frío sueño de la muerte para curarnos. En ocasiones sólo se preservará la cabeza, un poco menos costoso, que eventualmente será colocada quizá en un cuerpo robótico, aumentando la vida hasta que los engranajes se desgasten y sean reemplazados. Claro está que no hay garantías, hasta la fecha nadie ha sido descongelado y aunque lo hubiera sido ¿el cuerpo sería la misma persona? ¿Los recuerdos y personalidad que configuran a una persona específica se mantienen orgánicamente? A pesar de los muchos interrogantes éticos, prácticos y fácticos la criogenización no es ciencia ficción.
¿Acaso funcionan estas argucias para evitar la muerte? La muerte sigue ahí, pero buscamos engañarnos con una falsa vida y finalidad puramente materialista. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?” (1 Cor. 15: 55) Ciertamente no en las promesas e intentos de alargar la vida. La industria de la muerte nos ha hecho olvidar el sentido de la muerte y ocultar su crudeza con baratijas brillantes.
No debemos ocultar la muerte como si se tratara de algo antinatural, es tiempo de eliminar los distractores de la muerte verdadera y replantearnos el verdadero significado de la ausencia, el sufrimiento y la muerte. Hemos cerrado los ojos demasiado tiempo, es necesario volver a tomar consciencia de nuestra fragilidad y que no merece la pena intentar borrar el paso del tiempo en nuestras vidas. Ser conscientes de nuestra temporalidad nos permite reconciliarnos con nuestra propia existencia y prepararnos para la muerte; para afrontarla con esperanza. No hay vuelta atrás, moriremos y hay que aceptarlo, las naves están quemadas.
¿De dónde viene la idea de que el Espíritu Santo guía al cónclave para elegir al Papa? ¿Es siempre y necesariamente el Papa electo el candidato del Espíritu Santo? ¿Esto sucede de forma necesaria, automática?
Debo reconocer que esta inquietud agitaba mi ánimo, más al leer unas palabras de Joseph Ratzinger pronunciadas en 1997, durante un programa para la televisión de Baviera:
“Yo no diría que el Espíritu Santo elige al Papa, pues no es que tome el control de la situación, sino que actúa como un buen maestro, que deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos… hay muchos papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido… el papel del Espíritu Santo hay que entenderlo de un modo más flexible. No es que dicte el candidato por el que hay que votar. Probablemente, la única garantía que ofrece es que nosotros no arruinemos totalmente las cosas.”
Ratzinger corregía así dos visiones contrapuestas del proceso de elección de un sumo pontífice: por un lado, estaría la visión ingenua de pensar que prácticamente el Espíritu Santo ilumina a los cardenales, haciéndoles ver de forma inconfundible quien es el bueno. Por otro lado, estaría la versión excesivamente mundana, ajena a todo sentido sobrenatural, más o menos como aparece reflejada en la reciente película “Cónclave”, en la que todo se reduce a cálculos políticos de poder, intereses personales y poco más. En medio estaría el camino señalado por el teólogo bávaro: el Espíritu Santo acompaña, guía, pero no impone el candidato. Entran en juego tanto la gracia de Dios como la libertad de los cardenales, en su misterioso mutuo implicarse.
Contra lo que pudiera pensarse, esa perspectiva refleja de un modo mejor cómo, en realidad, toda la Iglesia está involucrada en la elección de un nuevo pontífice, no sólo los cardenales; pues no da igual que el resto de los fieles rece o no por el próximo Papa. No es un proceso automático, garantizado, en el que, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, Dios pondrá a su candidato de manera inconfundible e incontrovertible. No, no es así. Dios actúa, Dios habla, Dios ilumina, pero los cardenales conservan su libertad, y no tienen una certeza absoluta de que el candidato que ellos proponen sea en realidad el mejor. Para que eso suceda toda la Iglesia debe estar reunida en oración, de forma análoga a lo que dicen los Hechos de los Apóstoles 12, 5: “Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la iglesia oraba insistentemente a Dios por él.”
Para salir de la duda pregunté a la Inteligencia Artificial (Chat GPT y MagisteriumAI) de dónde venía la idea de que el Espíritu Santo guiaba a los cardenales para elegir el “candidato de Dios.” La respuesta resulta interesante: “La idea de que el Espíritu Santo asiste a los cardenales durante el cónclave proviene de una comprensión teológica tradicional dentro de la Iglesia Católica, pero no es una afirmación dogmática ni garantiza que siempre se elija al mejor o más santo candidato.”
Esta idea tiene un fundamento múltiple. Se enraíza en la interpretación de algunos pasajes bíblicos, como el de Juan 14, 26, que afirma: “el Espíritu Santo os enseñará todas las cosas”; o el de Hechos de los Apóstoles 15,28, en el contexto del Concilio de Jerusalén (primer concilio de la Iglesia), donde se afirma: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.” Se señala así que la Iglesia goza de la asistencia del Espíritu Santo en los asuntos esenciales, como puede ser la elección del sucesor de Pedro.
Pero, “la asistencia del Espíritu no implica que se imponga sobre la libertad humana, sino que puede inspirar, iluminar y mover las conciencias de los cardenales.” Por otra parte, los cardenales antes de comenzar el cónclave invocan al Espíritu Santo rezando el himno “Veni, Creator Spiritus”, pidiendo expresamente su ayuda. Se entiende que, en la mente de los cardenales, ellos quieren ser intérpretes del Espíritu Santo y por eso piden su auxilio. “En resumen, la asistencia del Espíritu Santo es una creencia basada en la confianza en la acción de Dios en la Iglesia, pero no significa que la elección papal sea infalible o milagrosa. Es un acto humano que se desea sea guiado por Dios.”
La misma Inteligencia Artificial concluye mostrando la perspectiva sobrenatural desde la que se plantea la elección de un nuevo Papa, mostrando cómo se trata, en realidad, de una sinfonía de oración: “La Iglesia universal, unida espiritualmente a María, la Madre de Jesús, debe perseverar unánime en la oración; así la elección del nuevo Papa no será algo ajeno al Pueblo de Dios y concerniente únicamente al Colegio de electores, sino que será en cierto sentido un acto de toda la Iglesia.” Por lo tanto, a las puertas del Cónclave, en este momento histórico y delicado de la vida de la Iglesia, nuestra actitud debe ser como la de los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, a la espera del Espíritu Santo, según nos lo narran los Hechos de los Apóstoles 1, 14: “Todos ellos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús.”
Hace poco más de doce años participaba en un programa de televisión católica, en el canal peruano JN 19. Nos habían invitado a dos sacerdotes para comentar el cónclave, con la pretensión de “adivinar” quién sería el próximo papa. Obviamente no teníamos ni idea, pero hicimos nuestro mejor esfuerzo. En ese momento preciso salió la “fumata blanca” y unos minutos después el nombre del elegido: Jorge Mario Bergoglio. Nos sorprendió a todos, no nos lo esperábamos, a pesar de ser presuntos “vaticanistas”. Se trataba del primer papa latinoamericano, primer papa jesuita de la historia y primer papa en elegir como nombre pontificio “Francisco.”
Y, ¡vaya que Francisco ha hecho historia! A lo largo de estos doce años su pontificado ha marcado hondamente a la Iglesia, dejando una profunda huella. Simplificó la figura del Papa, la acercó a la gente, poniendo el énfasis en que es “obispo de Roma”, quitándole ínfulas al cargo.
Su pontificado es susceptible de dos lecturas antagónicas: una que subraya la “hermenéutica de la ruptura”, en feliz expresión del papa Benedicto XVI, frente a la que ofrece una hermenéutica de la continuidad. Se puede tener, en consecuencia, una visión antitética y una versión complementaria de los últimos pontificados. La realidad, sin embargo, no suele ser tan simple, ni resulta correcto, ordinariamente, reducirla a esquemas dicotómicos.
Francisco desarrolló, por ejemplo, algunas de las líneas de fuerza del pontificado de san Juan Pablo II: la misericordia, la centralidad de la persona. Si el papa polaco instituyó la fiesta de la Misericordia divina, en cuyas vísperas falleció, Francisco nos ha enseñado, yendo él por delante, a vivir la misericordia en primera persona, con los necesitados y con los que sufren. Es el ejemplo de la misericordia hecha vida, y como nota programática de la misión de la Iglesia.
Francisco complementó al pontificado de Benedicto XVI. Si para el papa alemán lo importante era la ortodoxia (la doctrina recta, como deja ver su lema: “cooperadores veritatis”), para Francisco lo importante es la “ortopraxis”, la práctica correcta, la puesta por obra de la caridad y la misericordia. Y más que ver a los dos pontificados como antitéticos, se pueden contemplar como complementarios. Finalmente, desde una perspectiva de fe, es el Espíritu Santo el que va dando sus líneas maestras a la Iglesia sirviéndose de los papas como instrumentos.
De Francisco destacan su coherencia y su autenticidad. Su empeño por llevar a la práctica las directrices del Evangelio, con gestos a la par simbólicos y elocuentes: celebrar su cumpleaños con mendigos de la calle, darles acogida en el Vaticano, celebrar la Misa In coena Domini en las prisiones, lavándole los pies a prisioneras y prisioneros, etc. La pobreza y el tenor sobrio de su vida, así como su cultura del trabajo dejan muy alto el listón de la sede papal.
Francisco diversificó los intereses políticos y sociales de la Santa Sede. Si antes estaban centrados, casi exclusivamente, en la promoción de la paz y la defensa de la vida, especialmente en la lucha contra el aborto y la eutanasia; ahora, sin dejar aquellos rubros, la Iglesia ha subido un clamor incesante por los migrantes y refugiados, así como en la defensa de nuestra casa común, es decir del planeta. El magisterio de Francisco sobre la ecología es bastante rico y elocuente.
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Otro tema donde Francisco ha sido pionero, y que ha impactado profundamente en la forma de entender la Iglesia y hacer la Iglesia es la sinodalidad, como forma de dirigirla y encauzarla. También durante su pontificado, se ha observado un lento pero progresivo protagonismo de la mujer en el seno de la Santa Sede. Claramente Francisco tuvo la intención de colocar a mujeres en altos puestos del Vaticano, para beneficiarse de la impronta femenina en la organización y el gobierno de la Iglesia.
En fin, Francisco, desde el primer momento de su pontificado, luchó por conseguir y promover una Iglesia abierta, “en salida”, como le gustaba decir, donde caben todas y todos, y donde nadie se sienta incómodo o excluido, como, por ejemplo, las personas homosexuales o los divorciados vueltos a casar. Un buen amigo, nada practicante, al enterarse de su fallecimiento, me escribió: “Siempre lo recordaremos, sobre todo cuando mencionó: «En la Iglesia ninguno sobra. Ninguno está de más. Hay espacio para todos. Así como somos.»”
¿Cuáles serán los principales desafíos del próximo papa? El sucesor de Francisco se encuentra con una Iglesia marcadamente dividida. Muchos miembros de la Iglesia han leído la ortopraxis de Francisco en clave antagónica o dialéctica respecto a la ortodoxia de Benedicto XVI y san Juan Pablo II. Tres han sido los hitos que han provocado esta deriva antagónica: la ambigüedad del capítulo octavo de Amoris Laetitia, que abre la puerta de la comunión a divorciados vueltos a casar; el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe llamado Fiducia suplicans, donde se permite dar bendiciones a parejas homosexuales; y el hecho de que personas marcadamente heterodoxas participaran en los sínodos, especialmente en los sínodos sobre la sinodalidad.
En ese sentido se ha simplificado superficialmente la división en el seno de la Iglesia entre liberales o reformistas y conservadores; entre una Iglesia que se mimetiza con el mundo -mundana a fin de cuentas- y otra que desarrolla una función profética respecto del mundo, denunciado su corrupción y yendo contra corriente. El nuevo papa se enfrenta con una Iglesia dividida, y tiene el desafío de ser el vínculo de unidad en el seno de la misma, que es la misión específica de todo sumo pontífice Por nuestra parte, a los fieles católicos no nos queda sino rezar por el eterno descanso de Francisco y por el papa que va a recibir su legado, que no la tiene fácil.
El progreso empresarial nos está matando. La conversación política en Nuevo León se basa en qué tan ideal es la vida que lleva aquel influencer nepo baby que ahora es candidato a algún cargo público o cuántos seguidores tiene. ¿Por qué el mal llamado pueblo neolonés, no cuestiona las narrativas clasistas de la autoridad ejecutiva estatal? Samuel García ha proclamado un discurso de progresismo tóxico en el que, asocia el “ascenso” de la clase trabajadora con la ultraproductividad, con el consumismo, con la migración de empresas extranjeras a nuestro territorio que solo (y que quede claro) beneficia al compadrismo San Petrino, empresarial y familiar, del propio gobernador, que por cierto tiene más seguidores en Instagram que cualquier otro.
La seguridad con la que Samuel García promueve el progreso empresarial, provoca en la sociedad un efecto de aceptación y seguridad, esto dado a que, de la mano de Mariana Rodriguez, han creado una especie de culto a la aspiración ajena. Sus seguidores que luego son votantes, razonan que, si Samuel negocia al estado como negocia sus finanzas, entonces un día seremos tan ricos como ellos; y se sienten un paso más cerca de ello porque pueden endeudarse por un iPhone o un Tesla o una membresía de Costco sin poner en juego si comen o no, esa misma gente, es la masa ciega de la sociedad que se niega a creer que aquellos a los que aspiran ser, son los mismo que hacen tratos con constructoras para lavar propiedades millonarias. Ignoran apáticamente el incremento vagamente fundamentado de las tarifas del transporte público ¿por qué?, porque en Nuevo León, la cultura no incluye el diálogo político en la mesa, sino el debate futbolístico del clásico del fin de semana.
Quizás crean que no les afecta, puesto que ese cúmulo de followers se creen superiores a la clase baja porque ellos sí tienen auto propio, olvidando que condenaron una década de su actividad económica para ser algo distinto a la mayoría, para ser alguien que no tiene “necesidad”. Tal vez por esa falta de pensamiento crítico de la sociedad al que la clase trabajadora esta condenada, es tan fácil para Samuel dar largas cuando se le cuestiona por qué no clausura las refinerías y plantas de producción que contaminan el aire en Monterrey a un nivel que supera los limites de la salud; su fandom lo respalda.
El cinismo de los poderosamente brutos en Nuevo León, no deja nada que desear. Mariana Rodríguez tiene una sola lógica: si el pueblo se queja tanto de la contaminación, ella ofrece alternativas que a su vista son viables (vista a corta distancia: vista a su sociedad, a su círculo de colonos), la esposa del gobernador, la candidata a alcaldesa por Monterrey (que reside en San Pedro), la influencer favorita del pópulo, ofrece en pleno tiempo de protesta en contra de toxinas en el aire que matan, que enferman y que atentan contra la vida de nacidos y no nacidos, un descuento y promoción de un purificador de aire que cuesta tres meses de salario mínimo. Esa falta de empatía no se fomenta sola, es el conformismo, mismo que ha llevado a la ciudadanía a caer en manos de líderes político-sociales tan deplorables como ignorantes de toda responsabilidad que abarca un cargo público. No saben servir, solo ser servidos: “En Estados Unidos, que son más como nosotros, los norteños, casi no usan transporte público… el objetivo de los regios es sacar un carro propio” (García, Samuel 2025), por ello, es ilógico que el ciudadano exija la recesión del tarifazo al transporte público.
Hasta que la sociedad de Nuevo León y México en general, no se indigne lo suficiente, no reaccione y levante la voz, o no ponga el tema político sobre la mesa, no habrá un progreso en la personalidad de las figuras de autoridad que gobiernen. Generar un pensamiento crítico es fundamental para medir y criticar justamente las acciones y decisiones que los gobernantes y afines llevan acabo en congresos, en reformas, en decretos, en mandamientos y en stories.