Es muy curioso que dentro de todo lo que nos heredaron nuestros padres la forma de relacionarnos con la espiritualidad es una de ellas. Si nuestros padres son ateos, nosotros seremos ateos; si nuestros padres son agnósticos, seremos agnósticos; y si son católicos, seremos católicos. Al menos en primera instancia.
Según el INEGI (2020), en México, el 77.7% de la población es católica, pero incluso dentro de ese porcentaje es mucho menor la cantidad de personas que realmente conocen el catolicismo. Pensemos en aquellos que se denominan “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”, como si la religión fuera separable de su ejercicio. O, en aquellos que se bautizan, se confirman y se casan solo porque “es lo que se acostumbra”, pero jamás pisan el templo un día ordinario ni se han preguntado por su fe o por qué hacen lo que hacen. Seguramente el término “católico” debería ser aristotélico, porque al parecer se dice de muchas maneras.
Luego, por otro lado están los que quedan por fuera de ese porcentaje, aquellos que practican otra religión: mormones, cristianos, protestantes, musulmanes, etc. Pero ya sea que se consideren católicas o no muchas personas repiten incontables prejuicios sobre el catolicismo, la mayoría repiten estos prejuicios por ignorancia, francamente. Me parece desconcertante que los afirmen con tanta seguridad y hasta con odio, odio por algo que ni siquiera es lo que creen que es y, peor aún, que no se dan ni el tiempo de conocer al menos para saber si su crítica es válida.
Yo soy católica, pero mis padres no lo son; es decir, estoy bautizada porque los padres de mis padres son católicos y es la espiritualidad que les heredaron. Mis padres participaban de ese pequeño grupo que hace las cosas por costumbre sin conocer su fe, cuando les pregunté por qué se habían casado me respondieron que era lo que se acostumbraba y nada más. Claro que mis padres se querían, pero cuando llegaron los problemas y se sumaron al desconocimiento del significado de su propio matrimonio, quedó claro que su amor no era suficiente para mantener su unidad en medio de las vicisitudes de la vida.
Cuando mis padres se divorciaron se metieron en todo tipo de búsqueda espiritual alternativa. Y no los puedo culpar, el divorcio es algo que no existe en el catolicismo y la disolución de un matrimonio es algo mucho más difícil que solo separarse porque ya no quieren lidiar juntos con las circunstancias. Nadie quiere sentir que le falló a Dios por “divorciarse”, entonces se vuelve mucho más fácil buscar otra religión que responsabilizarse de su falta, aunque el verdadero problema es el desconocimiento de la fe.
Así es que yo más bien crecí en un entorno “alternativo” de misticismo, reencarnación, feng shui, péndulo, imanes, cristales con poderes mágicos, numerología tántrica, meditaciones de estilo oriental y algunos otros revoltijos. Una crianza muy ”new age”, aunque estoy muy segura que las generaciones de ahora que practican estas cosas terminan inmersos en ellas por razones muy similares a las de mis padres. Al final Dios nos habla a cada uno de nosotros como solo él sabe que podemos entenderlo y quien realmente quiera buscarlo, estoy segura de que lo encontrará, sin importar el camino del que parta. La verdad es solo una; única y absoluta. Y, curiosamente, fue esta misma premisa la que me llevó al catolicismo.
Cuando era adolescente era discípula de una mujer que se autodenominaba como médium, “canal crístico”, exorcista, numeróloga… entre otras cosas. Yo sentía que algo no estaba bien, encontraba muchas inconsistencias en su discurso: acciones perjudiciales para personas en situación de crisis; una estrecha relación entre la “espiritualidad” y la monetización; un desprendimiento del juicio y la realidad (los hechos); intrusión abusiva en la vida de los demás y muchas otras características perturbadoras.
Entonces, entendí dos cosas.
La primera, ese tipo de experiencias son como estar borracho, se siente bien… hasta que llega la resaca y ves que la falta de sobriedad espiritual te puede llevar a la locura, como tener una “actitud positiva” completamente desarraigada de lo que está pasando y que al final no te ayudará a solucionar nada. O ver cosas que en realidad no están ahí y desarrollar psicosis.
Y lo segundo que entendí es que la desesperación te lleva a creer lo que sea, y cualquiera de nosotros es susceptible de ello, sobre todo si es algo que nos llena el ego o nos brinda cierto sentido de identidad, como: “tú tienes un don”, o “eres especial”, o “puedes ver cosas que otros no ven”, o “tienes un nivel de conciencia superior”. Por ello debemos conducirnos con sobriedad y humildad, porque es muy fácil perderse en la vida espiritual.
Entonces me di cuenta: yo no estaba dispuesta a renunciar a buscar a Dios por un vano consuelo de satisfacción que llenara mi ego. Así me encontré de frente con el catolicismo, no como la religión que me trasmitieron mis padres, sino como una mano amiga que se extendió ante la incertidumbre y no la hizo desaparecer, pero la degradó en matices de esperanza. No fue inmediato, tampoco agradable. Pero, me hizo mirarme a mi misma con atención y aceptación para confrontar mis pensamientos, palabras y emociones. Conformando mi sentir en una conversación con Dios, reconociendo cuando he fallado para pedir perdón e intentarlo de nuevo. Ahí, es donde aprendí que no se necesita ser “especial” para hacer algo bueno, todos somos capaces de hacerlo conforme a nuestras posibilidades y son esas pequeñas bondades en las que verdaderamente encontramos a Dios.
Tal vez mis padres no me heredaron mi espiritualidad. Tal vez con ello me mostraron un camino más largo. Quizá, sin proponérselo,más bien me enseñaron lo que no debía hacer. O incluso puede ser que lo que aprendí de ellos no fue lo que intentaban enseñarme. Pero, lo que sí aprendí fue a elegir libre y voluntariamente mi manera de encontrarme con Dios. De escoger las pequeñas, pero buenas acciones, para no perderme.
Cuando eres joven y convives mucho con viejos, te das cuenta que en cierto punto aparece como algo común la familiaridad con la muerte. Familiares, conocidos, contemporáneos comienzan a irse y generaciones más antiguas desaparecen. Y, “te das cuenta que pronto tú también te irás”.
Para quienes no viven un duelo prematuro de su propia vida, o para quienes ya lo han atravesado. La muerte se convierte en un destino multifacético que adquiere diferentes caras a lo largo del tiempo, para al final recibirla, según algunos, como una voluble amiga. O, según algunos otros, como el terrible culmen de una vida de frustraciones. Pero lo que es cierto y común para la mayoría de las personas es que conforme más te acercas a ella, menor sentido tienen las turbaciones de la vida: el dinero, los bienes, el futuro… la incipiente incertidumbre se transforma en la certeza del único destino que siempre estuvo ahí. Es entonces cuando la vida adquiere un nuevo significado, uno mucho más ligero. Te deshaces de lo que va perdiendo sentido y cosas que antes parecían insignificantes se vuelven tan valiosas como lo fue en su momento conseguir ese nuevo auto o comprar una casa. Una rica comida, una buena plática, un abrazo, convivir con las personas que amas, bailar, levantarte y que no te duela nada… son ese tipo de cosas las que ahora, con la muerte viéndote de frente, tienen todo el sentido del mundo.
No obstante, la vejez también acarrea consigo cierto arrepentimiento y aprendizaje de lo que es, de lo que pudo haber sido y de lo que se pudo haber hecho mejor. De ahí que los consejos de los viejos sean tan necesarios, pues cuando uno es viejo no solo se valoran otras cosas, sino que se ve lo que uno debió valorar más cuando era joven. Entre las cosas que he escuchado que deben ser valiosas para la juventud rara vez he escuchado acerca del auto nuevo o la casa. Más bien… entre la sabiduría de la gente mayor se habla de haber cuidado la salud, de haber aprovechado más el tiempo que pasaban sus seres queridos, de no preocuparse tanto, de haber sabido agradecer o pedir disculpas cuando fue necesario y por supuesto de haber hecho más, porque “al final la vida es muy corta”. Tal vez cuando lleguemos a viejos siempre resonará en cada uno de nosotros eso último, pero al menos por ahora mientras seamos jóvenes y sin saber cuánto tiempo nos queda para familiarizarnos con la muerte, podemos pensar en aprovechar mejor la vida valorando lo que realmente importa. Y ¿cómo sabremos qué es lo que realmente importa? Bueno, siempre podemos escuchar lo que tienen que decir los viejos.
De todos los lugares del mundo que conozco, Positano, Italia, se destaca para mí por sus impresionantes vistas de montaña y el Mediterráneo. Al sur de Nápoles, enclavado entre los acantilados de la costa amalfitana, lo visité por primera vez en agosto de 2004. Los Legionarios de Cristo tenemos un centro de vacaciones de verano a unos 20 kilómetros de Positano, y fui de excursión allí en varias ocasiones. Pero no fue hasta la Pascua de 2012 que descubrí el tesoro escondido de Positano. El párroco local hacía venir a varios Legionarios durante vacaciones de Pascua para bendecir las casas de allí, junto con restaurantes y hoteles, siendo Positano un paraíso turístico. Por «casualidad» me pidieron que estuviera a cargo de los ocho seminaristas esa semana de Pascua. En aquel paraíso mediterráneo y montañoso, experimenté por primera vez la bondad de Dios. Obviamente, el amor de Dios era un concepto familiar para mí: criado en una familia fuertemente católica, para entonces ya había vivido 15 años de formación legionaria. Por varias razones que les ahorraré leer ahora, yo había llegado a una relación más bien farisaica con el Señor. Al igual que los fariseos de los Evangelios, había reducido mi acercamiento a Dios a cumplir mi parte del trato cumpliendo todos los deberes diarios, semanales, mensuales, etc., que se me asignaran. Me consuela el hecho de que «fariseo» es un término común en los círculos religiosos; un fenómeno bastante frecuente entre quienes se dedican plenamente a la fe. Pero me consuela aún más el hecho de que el Señor me haya llevado a Positano para mostrarme que no necesita ni me pide mi lista de tareas: Simplemente me ama a mí y a todos sus hijos. Tanto la belleza natural de Positano como mi bendición a las personas y a sus hogares y lugares de trabajo me abrieron los ojos a la bondad fundamental de Dios.
Positano está dedicada a la protección de la Madonna di Positano, un icono del siglo XII que representa a Nuestra Señora entronizada con el Niño Jesús. Providencialmente celebran el 15 de agosto como la fiesta della Madonna, por ser la celebración de la Iglesia católica de la Asunción de Nuestra Señora a los cielos. Al ser el sur de Italia, es un evento de 36 horas: Misa y procesión en barco la víspera del 15 de agosto, misa solemne y procesión por las calles toda la tarde del día de la Asunción, y fuegos artificiales a medianoche. ¿Por qué tanto alboroto? Es en honor del hecho único e irrepetible de que María, la madre de Jesús, ha sido asunta en cuerpo y alma al cielo. Además de su Hijo, el Señor resucitado, María es el único ser humano que ya disfruta del cielo en su cuerpo humano glorificado. Todos los santos gozan ya del cielo, pero sólo siendo sus almas espirituales; ellos, como nosotros, esperan la resurrección de nuestros cuerpos al final de los tiempos. Sé que la primera vez que uno se encuentra con este dogma católico puede resultar difícil de digerir. Antes de empezar a reflexionar sobre ello, un rápido enlace de vuelta a Positano: copiando y adaptando ligeramente la poética frase de la entrada de la ciudad vecina de Amalfi, «para los positanos, el día en que entren en el Paraíso será un día como cualquier otro: ya poseen el Paraíso aquí, en casa, en Positano». Positano es un recordatorio natural y topológico de ese misterio que los católicos celebramos en la Asunción de María: Todos estamos llamados al cielo, no sólo para unos días de vacaciones, sino para siempre, por tiempo sin fin, en cuerpo y alma.
En agosto de 2020, mientras terminaba mis estudios de doctorado en Barcelona, España, tuve el privilegio de recorrer el Camino de Santiago como capellán de un grupo de 50 jóvenes españoles. Después de llevar a otros dos grupos míos desde México al Camino, he comenzado -apenas, en realidad- a comprender el impacto que la caminata de más de 110 kilómetros tiene en nosotros los seres humanos. A medida que pasan los días, los kilómetros y los bellos paisajes, el Camino despierta algo en lo más profundo de nuestro ser. Como todo lo humano, ese «algo» es muy complejo. Pero un factor esencial de la experiencia del Camino es el sentido de la dirección: ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Por qué precisamente soporto los dolores, las ampollas, la lluvia, etc.? La meta o el destino se vuelven realmente trascendentales en el Camino, si queremos que todas las dificultades que conlleva sean soportables y tengan sentido.
Ahora bien, entiendo que la gente camine a Santiago por razones muy diferentes: el sentido católico de la peregrinación a la tumba del Apóstol Santiago puede no ser el principal motivo para la mayoría de los caminantes del Camino. Sea cual sea el motivo, el Camino habla profundamente a todos sus transeúntes, precisamente porque les enfrenta a esa pregunta que cambia la vida: ¿Hacia dónde me dirijo? Y ahí es donde entra en juego la Asunción de María: Dios la llevó al cielo como una especie de garantía de su promesa de que todos resucitaremos el último día. ¿Y qué?, te preguntarás con razón, gran cosa, hurra por María; ¿qué hay para nosotros? Lo que la Asunción hace por nosotros es fijar el destino final con la mayor firmeza y claridad posibles. Y una vez que la meta de nuestra existencia está clara, el camino / la elección a tomar se hace mucho más clara. Nuestra vida se convierte en el Camino, con el cielo como destino final. Y más que el cielo como lugar, la meta que da sentido es una Persona, una Comunión de Personas tan profundamente enamorada que apenas podemos imaginarla. El creyente empieza a darse cuenta de la importancia que tiene este dogma mariano para su vida cotidiana.
J. Peterson ha insistido cada vez más en la importancia del sentido para una psicología humana sana. Plantea la siguiente pregunta: ¿por qué hoy en día hay un brote tan generalizado y aterrador de enfermedades psicológicas y emocionales? Si el concepto y la promesa de la época moderna, sobre el progreso material y técnico, fueran todo lo que aparentan ser, los países ricos de Norteamérica y Europa deberían ser los más felices de toda la historia de la humanidad. Como es evidente que no es así -dejaré la búsqueda de estadísticas al ChatGPT-, ¿podrían la fe y la religión volver a flote en la conciencia humana, a pesar de muchos ateos materialistas y prácticos? Desde que empecé a dar clases de civilización occidental, el alejamiento de todo lo cristiano es cada vez más evidente. A medida que Europa se volvía más próspera, informada y experta en tecnología, la fe en Jesucristo se volvía mucho más superflua, al menos en apariencia. Para usar el ejemplo de la adolescencia y la edad adulta, la humanidad alcanzó la mayoría de edad alrededor de los siglos 15 y 16, y se rebeló duramente contra toda autoridad, límites morales y Dios. Y como un adolescente borracho y drogado después de estrellar su coche contra un árbol, ¿qué aprendimos después de Auschwitz, los gulags y los Lehman Brothers? Desde luego, no espero reformar la humanidad con este artículo; tómenlo más bien como un examen de conciencia y una reflexión sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Si la fórmula de la felicidad sin el factor Dios parece haber llegado a un callejón sin salida (aunque, siendo humanos, es muy probable que acabemos estrellándonos contra otro árbol muy pronto, tanto individual como colectivamente), ¿qué pasaría si volvemos a incluir a Dios en la ecuación?
Mientras el mundo post-COVID explora los numerosos caminos a seguir, una renovación de nuestro sentido de la fe, de la apertura al Otro, contribuiría en gran medida a iluminar todos esos caminos. En este sentido, la aparente ingenuidad medieval de la Asunción de María adquiere un significado mucho más personal. ¿Quién es exactamente María de Nazaret? Es una pregunta bastante difícil, a la que no soy teólogo para intentar dar una respuesta completa. Para mí, María es el prototipo de Dios para la humanidad: Siendo como tú y como yo, María es la primera de nuestra raza que colaboró plena e incondicionalmente con la gracia de Dios en su vida. Ella es su obra maestra, no como una pieza de arte para ser custodiada exclusivamente en alguna galería real, sino colocada abiertamente como nuestra meta, estandarte, prototipo. Y precisamente porque es tan especial, es muy fácil que la consideremos una anomalía, completamente ajena a nuestra existencia mundana, demasiado centrada en nosotros mismos. Sin embargo, no era la doncella protegida y privilegiada que cabría esperar: La fe de María fue puesta a prueba constante y dolorosamente a lo largo de toda su vida. También ella tuvo que peregrinar en los claroscuros de la fe en el Señor, sin respuestas claras para su futuro inmediato. Lo que hace mucho más significativa su Asunción al cielo: Ese acontecimiento histórico es la promesa de Dios a todos los que ponen su fe y su confianza en Él -su camino, su plan, sus normas morales, sus travesías por el desierto del sufrimiento humano-: de verdad nos recompensará en la otra vida, con vida en abundancia. ¿Qué implica exactamente esa fe? ¿Cómo se manifiesta, se concreta en mi vida? Esa será, en parte, la cuestión que espero abordar poco a poco en esta serie de escritos. Personalmente, creo que la fe cristiana y la vida van de la mano de maravilla, aunque a veces esa fe nos jala hacia adelante de forma bastante dolorosa. La existencia y la vida humanas son una aventura maravillosa, llena de innumerables e inefables obstáculos que superar; los creyentes en el Dios Encarnado tienen todo un armamento a su alcance. Mi deseo es que con estas reflexiones personales podamos descubrir y experimentar todo el potencial de la fe vivida en todas sus dimensiones. Que María nos guíe por el camino de una fe cada vez más consciente, hacia la única meta que merece una vida humana: Dios en toda su gloria.
La democracia está en crisis. Es evidente. Guerra en Ucrania y Gaza, crisis migratoria en Europa, desigualdad en Estados Unidos, dictadura en Venezuela, destrucción de instituciones en México. Parece que estamos yendo hacia atrás como humanidad. Cómo, por qué, por culpa de quién, es tema de acalorado debate que divide países y familias. Debate que es también síntoma de la propia crisis. No existe claridad sobre lo que en realidad está pasando. Distintas versiones antagónicas se presentan todas al mismo tiempo prometiendo resolver el pasado, el presente y el futuro una vez que logremos aplastar al enemigo. Parece existir un llamado a las armas, metafórico o, a veces, real. Se nos está aplastando y hay que defendernos.
Efectivamente, existe una crisis. Y como en toda crisis, hay incertidumbre, hay ruido, hay pánico. No podemos dejarnos arrastrar por el huracán del alarmismo. Si bien es fácil y parece lo correcto, seguir ciegamente a tal o cual grupo no es la solución. Al mismo tiempo, no parece posible entender del todo qué es lo que está pasando y cómo resolverlo, sobre todo tomando en cuenta que aún las crisis pasadas siguen sin entenderse del todo y son también leña para el fuego del debate actual.
Esto no quiere decir que debemos rendirnos y bajar los brazos. Más bien quiere decir que tenemos que detenernos a pensar para después ser capaces de movernos hacia adelante. Es necesario tomar distancia de las situaciones para comenzar a entender qué está pasando. En la práctica, esto quiere decir leer (y mucho), observar, escuchar, cuestionar. Leer a los clásicos. Leer novelas, ensayos, filosofía, noticias, artículos. Observar las dinámicas a nuestro alrededor. Simplemente observar. Notar cómo funciona, cómo se desarrollan las cosas, cómo reacciono yo. El cambio y la evolución en épocas como la nuestra no se da en un solo momento, requieren tiempo y atención para comprenderse. Cuestionar, cuestionarlo todo, las ideas de otros y las propias. Preguntarse qué podría ser diferente. Qué de lo que creo que es bueno en realidad es malo y al revés. Qué motivos tengo para apoyar o no a un cierto grupo.
No podemos quedarnos con Twitter, Instagram y Tiktok, porque no son fuentes confiables de información. Si los usamos sin sentido crítico simplemente nos dirán lo que queremos oír. Bien utilizados pueden ayudar a nutrir nuestra comprensión del mundo, escuchar distintos puntos de vista, ampliar nuestra visión y entendimiento de la crisis, pero no puede ser nuestro único punto de contacto con el mundo exterior.
Siempre o casi siempre existe algo de verdad en los dos lados de un debate. El mundo no es blanco y negro. No por tener “algo” de la razón se tiene “toda” la razón. Si queremos construir y no aniquilar, tenemos que empezar por escuchar al otro. Por mucho que no estemos de acuerdo, necesitamos un proyecto común. El arquitecto siempre quiere añadir detalles, el ingeniero constructor siempre quiere quitarlos. Si no se ponen de acuerdo, no se levanta el edificio.
Es además importante hacer un esfuerzo por ver el escenario desde arriba y lo más desapasionadamente posible. Si metemos temas de superioridad moral, corrección política y otras tonterías similares, nunca vamos a acercarnos a los problemas reales, de fondo, y nuestro entendimiento siempre estará empañado por alguna ideología.
Aún más importante es alejarnos de nuestras propias experiencias y percepciones. Todos vivimos dificultades. Todos la vemos negra en algún momento. Es muy humano sentir que tenemos el monopolio de la desgracia y que nadie sufre como nosotros y los nuestros. Sin embargo, la auto victimización es lo peor que podemos hacer por nosotros mismos, pues impide que cierren las heridas y que salgamos adelante.
Veamos a una joven obesa de veinte años nacida en los Estados Unidos. Desde pequeña sus padres, que también fueron obesos, siempre le dieron mucha más comida de la que necesitaba y de menor calidad de la que necesitaba. McDonald’s, Subway, Dunkin’ Donuts, Coca Cola, fueron las bases de su pirámide nutricional. Apenas con ocho años ya sufría sobrepeso. Nunca se le inculcó ni exigió la actividad física. Nunca conoció otro modo de vida. A pesar de todo, sabe que algo está mal, pero no está muy segura de qué. ¿Qué piensa esta joven? ¿Cómo se ve a sí misma y la situación en la que está?
Si escucha la narrativa mediática de hoy, llegará a la conclusión de que su obesidad no tiene nada de malo, y que los malos son los que intentan decir otra cosa. Si se burlan de ella es porque son intolerantes y gordofóbicos. Ella no tiene la culpa de ser gorda. Sus padres también lo son. Claramente es algo genético y no puede hacer nada al respecto. Si come obsesivamente es porque su cuerpo lo necesita. La sociedad le produce ansiedad con estándares de belleza imposibles, lo que la empuja a comer más aún. Ella no tiene por qué cambiar, es una víctima. El sistema es el que debe cambiar.
Si se atreve a observar la cuestión con ojo crítico, se dará cuenta de que se siente mal porque no está sana, ni física ni mentalmente. Es verdad que no es su culpa nacer donde nació y que su obesidad es consecuencia de un escenario que ya existía antes de que ella llegara al mundo. En muy buena medida, su obesidad no es su culpa. Sin embargo, leyendo y estudiando se da cuenta de que no es bueno vivir con sobrepeso. Si sigue por ese camino, es muy probable que sufra otras complicaciones de salud y que incluso muera prematuramente. Como además investigó el tema a fondo, reconoce que no tiene por qué sentirse mal por estar donde está. Se da cuenta de que puede mejorar su condición. Nadie puede ayudarla si ella no se ayuda primero. Toma entonces su vida en sus manos y comienza a trabajar por mejorar su salud, muy a pesar de todo.
¿Cuál de los caminos es mejor? ¿En cuál de los dos escenarios vivirá más feliz esta joven? Otra vez, cada lado de un debate tiene algo de razón. El movimiento de “aceptación” de la obesidad tiene un aspecto muy positivo. Una persona obesa no tiene por qué sentirse mal consigo misma y es verdad que muchas veces no tienen la culpa de estar donde están. Pero eso no implica una negación de los riesgos de salud que conlleva la obseidadni cerrarse a la posibilidad de un cambio para mejorar. Si bien el acoso a los obesos es inaceptable, también lo es la exaltación de su condición.
Vivir conscientes implica esfuerzo; romper esquemas mentales constantemente, los nuestros y los que se nos imponen de fuera; saber que no lo sé todo y que siempre puedo aprender; escuchar al “enemigo” y tratar de empatizar, de escuchar de verdad, sin contestar en nuestra cabeza antes de que hayan terminado la oración. Si es verdad que cada cabeza es un mundo, quiere decir que hay muchos mundos por conocer y para eso hay que salir del nuestro. Es cansado, incómodo, pero, sobre todo, es emocionante, enriquecedor, renovador, humanizador. Seamos exploradores de mentes. Salgamos de nosotros mismos. Tomemos distancia. Así quizá lograremos entender un poco mejor qué carajos está pasando y lograremos navegar las crisis de hoy y del mañana.
Rollo, Ragnar y Lagertha, los protagonistas de la serie original
Hace poco empecé a ver Vikingos: Vallhala. Estaba muy emocionado porque hace años vi la serie original de Vikingos, y para mí fue una experiencia increíble. Pude aprender un poco de historia y de lo que eran los vikingos a la vez que me entretenía como pocas veces antes (y después).
Siempre he sido curioso y me encantó cómo la serie original incitó mi gusto por los nuevos conocimientos, llevándome a investigar sobre sucesos aparentemente fantásticos como la toma de París por el ejército vikingo. Aunque no hay ninguna evidencia de que Ragnar Lodbrok entrara nunca en París, es un hecho histórico que, en algún momento del siglo IX, los vikingos asaltaron París con éxito, y luego tres veces más durante los años siguientes.
Ragnar tomando París en la temporada 3 de Vikingos
Vikingos es, por supuesto, un retrato novelado de lo que se sabe de aquella época, y por supuesto no todo es históricamente correcto. Pero la serie es, en todo momento, un gran esfuerzo por dar vida a algunas de las figuras y acontecimientos históricos más importantes de aquella época. Ciertamente con muchas licencias creativas, pero siempre moderadas (en mi opinión). Por encima de todo, está magníficamente escrita, interpretada y producida. Al menos las tres primeras temporadas en su totalidad fueron una absoluta delicia, y eso es mucho decir de cualquier serie.
Vikingos: Vallhala, por otro lado, no estuvo a la altura de mis expectativas en absoluto. Los dos primeros episodios fueron muy divertidos y me alegró ver que, una vez más, iba a aprender historia mientras me entretenía. La masacre del día de San Bricio (St. Brice’s Day Massacre) era algo de lo que nunca había oído hablar y fue genial conocer el hecho y leer sobre el tema luego de ver el primer capítulo.
Harald, Freydis y Leif, los decepcionantes protagonistas de la nueva serie
Más tarde, me enteré de que Leif Erikson nunca llegó a conocer a Harald Sigurdsson ni tuvo contacto alguno con los vikingos de Noruega y Dinamarca, lo que me pareció una licencia creativa bastante grande, casi grosera. Esta fue sólo la primera de muchas inexactitudes históricas que iban más allá de una simple libertad creativa y que me hicieron perder interés en la serie como fuente de nuevos conocimientos históricos.
Luego tienes escenas como la toma del Puente de Londres por el rey Canuto y su ejército, que no me podía creer lo sosa y aburrida que lograron hacerla (por no hablar de la tonelada de fallas históricas innecesarias que tienen lugar en solo unos minutos, como el hecho de que fue Olaf, no Canuto, quien tomó el puente).
En resumen, Vikingos fue genial, Vikingos: Vallhala, no tanto. Al principio pensé que si no tuviera la serie original como referencia, probablemente no sería tan duro contra la nueva (a decir verdad, es medianamente entretenida). Pero entonces me di cuenta de que esto no es más que un claro ejemplo de lo que viene ocurriendo con la televisión y el cine por muchos años ya.
No, no soy yo. Lo consideré. Pero luego regresé a ver algunas películas realmente buenas como Shawshank Redemption, La lista de Schindler, El Padrino y Gladiador (Gladiador II parece prometedora, pero prefiero no hacerme ilusiones). No soy yo. Antes había grandes películas, y no eran tan pocas. En cuanto a las series, baste el ejemplo de Vikingos.
Estamos en plena crisis creativa, y está pegando fuerte. Algo ha pasado y sigue pasando. No sé quién o qué tiene la culpa. Quizá Instagram y Twitter tengan la culpa, inculcando odio e idiotez en las mentes de la gente. Tal vez esto es lo que las masas demandan y nos hemos convertido en un rebaño de seres descerebrados que simplemente van a trabajar y consumen lo que se les dice. Tal vez la industria sea rehén de un grupo de personas que antepone el dinero a crear algo de valor.
Quizá sea mi culpa, y tuya, y de todos. Quizá deberíamos empezar a exigir calidad en lugar de cantidad. Realmente no sé la respuesta, pero espero vivir lo suficiente para ver un renacimiento del cine, donde las buenas películas y series no sean tan raras como ahora.
Toda mi vida he sido un cristiano católico más o menos convencido, a veces más, a veces menos. Yo lo considero un regalo y estoy agradecido por ello. Muchos podrían decir de mí que soy un pobre iluso que no ha entendido que esos son mitos del pasado y que hoy en día lo razonable es creer únicamente en la ciencia, o al menos en un dios impersonal, al que en realidad no podemos conocer, pues cabe cómodamente en una concepción práctica de las cosas.
Yo por mi parte no me voy a poner a defender el catolicismo como la única vía razonable de entender el mundo. Para empezar, estoy convencido de que la fe es, como ya dije, un regalo, algo que se te da, no que se obtenga por medio de grandes esfuerzos. Además, de ninguna forma me atrevo a decir que entiendo a fondo muchos de los misterios de la que vivo como mi fe. Basta voltear a ver la Cruz para quedar profundamente desconcertados. Tuve y posiblemente volveré a tener épocas de duda por este y otros motivos. Es sano plantearse constantemente si estamos o no en lo correcto, creas lo que creas. Y en este “creas” incluyo a la ciencia como explicación última de la realidad. Decir que todo se limita a lo material y lo explicable mediante el método científico es también una creencia, no una verdad absoluta.
No, no estoy negando a la ciencia. Sería muy poco razonable comparar una creencia religiosa con una creencia científica, pues una es comprobable en el mundo físico y la otra no. Sin embargo, el que la ciencia nos explique el cómo de las cosas no quiere decir que explique el por qué. Pensar que la física, la química y la genética han desmentido irrefutablemente la existencia de Dios es tan risible como pensar que los huesos de los dinosaurios fueron plantados por Satanás para confundirnos, como defienden algunos creacionistas radicales.
El único género de religión que quedaría desmentido con los descubrimientos científicos es el de las religiones naturalistas, donde se adora a los fenómenos físicos como dioses, y aún no puede negarlas del todo, pues saber que la lluvia cae como resultado del proceso de condensación, el cuál puede observarse y explicarse paso a paso, no implica necesariamente que no hay un ser superior responsable de la caída de la lluvia. Perfectamente podría ser que Tlaloc, Indra, Thor o cual fuera su nombre, siga siempre el mismo proceso para hacer llover y no porque lo hiciera ordenada y metódicamente en lugar de agitando una varita mágica dejaría de ser cierto, si lo fuera.
Es un error igual de grande negar la ciencia que negar la fe. Quizá los es un poco más la negación de la fe, pues aún para saber ciencia necesitamos creer en lo que otros han descubierto. No todos nos vamos a poner a probar la existencia de la gravedad o que la tierra es redonda o que el sol es una masa gigante de hidrógeno y helio ardiente. La mayoría lo creemos porque es razonable y porque así nos lo han dicho otros.
Ciencia y fe deben complementarse. Antes que nada, porque se ocupan de contestar preguntas distintas. Una el cómo, otra el por qué. Luego es importante reconocer y aceptar que ninguna de las dos terminará nunca de desplegarse en su totalidad. Cada vez que se responde una pregunta, surgen tres o veinte más, como una hidra mítica. La realidad nos sobrepasa, es un hecho. Quien intente abarcarlo todo terminará siempre decepcionado. Las personas verdaderamente sabias son también muy humildes, pues se ven claramente a sí mismas como seres pequeños frente a la verdad de las cosas. Quien cree que ya entendió todo es víctima de su soberbia y vive una vida limitada por su propia voluntad, en una jaula invisible de su propia hechura.
Para mí, la conclusión de mis épocas de duda ha sido que nuestras creencias están determinadas más por nuestras experiencias personales que por nuestras grandes capacidades de razonamiento y análisis crítico. Yo soy católico primeramente porque nací en una familia católica y así me criaron. Con los años he interiorizado mis creencias a través de experiencias que me han marcado fuertemente. El proceso de razonar y poner a prueba siempre es posterior a la experiencia. No por esto es menos importante cuestionarse las cosas. Es indispensable. Nadie puede profundizar en ningún tipo de conocimiento sin preguntar. En mi caso, la duda me ha llevado a conocer mucho más mi fe, otras religiones, otros puntos de vista, incluyendo argumentos agnósticos y ateos, terminando siempre, hasta ahora, en un convencimiento más profundo de mi fe. Sin embargo, soy consciente de que no lo veo todo y no lo sé todo. Puede ser que nada de lo que creo sea cierto. Me parece poco probable, pero puede ser.
Esto no quiere decir entonces que todas las creencias son válidas y que da igual si crees en Cristo, Buda, Ahura Mazda o en nada. No todos podemos tener la razón. Si Buda predicó la verdad entonces Cristo fue un mentiroso porque se dijo Dios, Ahura Mazda no existe porque todo es parte de una unidad inmanente, y los ateos materialistas son los más desconectados de todos, pues niegan la espiritualidad. Si alguna creencia tiene la razón, quiere decir que todas las demás no la tienen. Si bien no es tan simple, pues la vida no es en blanco y negro y muchas creencias tienen rasgos de verdad, tampoco es tan complicado. Cuando dos afirmaciones contradictorias se contraponen, o una o ninguna tiene la razón, nunca las dos.
Un ciego le toca la trompa al elefante y cree que es una serpiente. Otro encuentra la pierna y cree que se trata de un árbol. Otro más toca el lomo y asegura que es una pared. Uno un poco más despierto le da la vuelta al elefante y siente las piernas, la cola, el lomo y la trompa. ¿Alguien diría que ese último no tiene un entendimiento más completo del elefante? Quien busque la verdad puede encontrarla, aunque sea de forma siempre incompleta. Aplíquese tanto para la ciencia como para la fe.
En el campo de la ciencia, es verdad que es un poco más sencillo. Se puede verificar que la tierra es redonda y no plana con un experimento simple y fácil de ejecutar. Entender cómo es que el sol está compuesto principalmente de hidrógeno y helio está al alcance de todos. La fe es un terreno complicado, pues buscamos alcanzar verdades que no son evidentes a nuestros sentidos físicos. Sin embargo, sí es posible poner a prueba los argumentos del catolicismo, del budismo, del zoroastrismo, del ateísmo materialista y de todas las demás creencias, sistematizadas o no.
Yo soy de la idea, dado lo que he vivido y estudiado con el paso de los años, de que la religión católica es la única verdadera y el mejor camino para la plena realización de las personas. Le he intentado dar vueltas al elefante, sin quedarme solo en la trompa o en la cola, y me parece que esa es la verdad. Eso no quiere decir que ya acabé ni que estoy absolutamente seguro de tener la razón. Quizá nunca salí de la trompa. Seguiré buscando, escuchando y estudiando y espero nunca dejar de hacerlo.
Vivamos despiertos y con los ojos bien abiertos, siempre escuchando, siempre reflexionando, siempre con un sano escepticismo de todo, incluidas nuestras propias ideas, aunque sea cansado y desconcertante. Solo así conoceremos un poco más. Solo así podremos acercarnos a entender qué es un elefante.