Los rituales progresivamente se van extinguiendo y cada vez los realizamos menos de forma consciente. Por el contrario, consideramos que cuando hablamos de rituales, nos referimos a supercherías, asuntos diabólicos, etc. y pareciera que, en general, tienen mala prensa.
El mundo smart, intervenido por los dispositivos tecnológicos-inteligentes no permite que nos valgamos de la función ritual. Dentro del flujo de información posmoderna en que surfeamos desbocadamente, se vuelve imposible destacar una semilla de ritual. Y es que si tan sólo recordáramos que absolutamente todo puede ser ritualizable, toda acción humana, toda palabra, todo gesto puede volverse simbólico si así convenimos su ritualización.
¿Para qué hacer un ritual? Byung Chul-Han, en su libro La desaparición de los rituales, nos explica un poco el sentido que puede llegar a tener un ritual: su vinculación con lo sagrado, el ordenamiento de realidad que produce, su carácter de festividad, su vínculo con los otros, etc. Estoy de acuerdo, pero para mí, el hacer un ritual va por otro lado.
Si estiramos el concepto de ritual y lo abrimos hasta sus límites más explayados, podríamos comprender que cuando hablamos de ritual hablamos prácticamente de lo cotidiano. ‘Ritual’ y ‘habitual’ son palabras muy parecidas. Y si lo pensamos, en todo momento estamos haciendo rituales: lavarnos los dientes, levantarse del mismo lado de la cama, consumir alimentos a determinada hora, fumar un cigarrillo, etc. Este tipo de rituales están tan cerca de nosotros que ni los consideramos y los repetimos automáticamente. También conviene pensar en los rituales colectivos o sociales que compartimos en comunidad como: el uso de determinada vestimenta, las leyes, normas y reglas, las celebraciones patrias o religiosas, los días festivos y luctuosos, etc.
Byung-Chul Han
Detengámonos un momento.: reflexionemos en torno a todos los rituales de los cuáles participamos sin darnos cuenta, les propongo realizar una lista con los que más llamen su atención. Los rituales moldean nuestra vida humana, ¿por qué entonces no los estamos valorando inmediatamente? Al participar de rituales y no sabernos partícipes, se nos arroja a un lugar secundario. Quiero decir que se están creando rituales con nosotros como si fuésemos materia prima. Pero ¿qué pasaría si recuperáramos nuestro poder de establecer rituales a nuestro beneficio? Establecer rituales a nuestro favor y recuperar nuestro poder de simbolización, implica principalmente una reminiscencia de nosotros mismos, una recuperación de la capacidad de decisión, una apropiación determinada del tiempo y el espacio.
El arte nos propone un sinfín de posibilidades para inventar rituales, sencillamente porque no hay nada más simbólico que el arte mismo. Pintar un cuadro, escribir una canción, hacer una película, actuar una escena, bailar y cantar una canción, etc. solo por mencionar algunos ejemplos relacionados con las llamadas “bellas artes”. ¿Pero qué pasa si estiramos también el concepto de arte y nos situamos en su limítrofe? ¿Si todo lo que hagamos lo entendemos como arte, todo lo que hagamos entonces se vuelve ritual? Una vida humana, concebida como arte, indudablemente tiene relación con lo ritual. Y es que volver al ritual no tiene nada de primitivo, ni nos vuelve conservadores ni tampoco estamos diciendo nada nuevo.
Si el pesimismo de Byung Chul-Han, nos dice que los rituales han desaparecido o están por desaparecer; yo me coloco del otro lado de la acera para afirmar precisamente lo contrario: que los rituales van a volver, qué están volviendo y que no tardan en llegar para quedarse, algo así como la revitalización de los rituales. Así nos podríamos seguir, dando toda clase de ejemplos individuales y colectivos, pero lo que quiero dejar remarcado aquí no es tanto los ejemplos sino el retorno del ritual en tanto tal.
Creo que conforme vayamos adentrándonos al (re) conocimiento de lo que entendemos por ritual, interesándonos tan solo un poco en el tema, investigando un mínimo para superar ese estado de ignorancia y desconocimiento que es necesario quebrar, entonces pueden aparecérsenos nuevas combinaciones para inventar rituales. No se trata de llegar a un ritualismo ni que compulsivamente ritualicemos todo a nuestro paso. Se trata nuevamente de una toma de poder. Podemos ejercer un poder sobre nuestra realidad –aunque sea mínimo- y ese poder se establece a través del símbolo, del ritual.
Portada del libro la desaparición de los rituales.
¿Cómo sería nuestra vida si nos apropiamos tan solo un poquito de aquello que llamamos realidad? ¿Cómo viviríamos, cómo nos moveríamos, que palabras diríamos, que sentimientos tendríamos, sabiéndonos siquiera, ligados a la Realidad? ¿Qué es la Realidad? Es una pregunta que nos sobrepasa y que no sabría desarrollar aquí. Tan solo diré que es un misterio, y está bien que permanezca siendo Eso. Quizá nunca lleguemos a saber que es, pero lo que sí sé es que, podemos aproximarnos a un tipo de conocimiento de ese misterio que llamamos Realidad a través de la simbolización ritual, a través de este intermediario necesario que hace de nuestras acciones algo significativo.
Vivir de forma significativa, de forma simbólica, de forma ritual, es vivir una vida que bien vale ser vivida. Esto es una invitación a establecer nuevos rituales, nuevos hábitos; poner a prueba lo que podemos llegar a crear y observar cómo lo que llamamos realidad se empieza a moldear de acuerdo a nuevas posibilidades. Creo que podríamos cambiar nuestras vidas, implementando nuevas formas rituales en nuestro día a día, logrando habitar de una forma diferente la cotidianidad, pero sobre todo transformándola. Tenemos un poder que aguarda allí por nosotros, que espera que lo tengamos en nuestras manos para usarlo a nuestro favor y nuestro crecimiento.
Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:
Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).
Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.
Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.
Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.
Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.
—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.
No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).
Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.
Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.
Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.
En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.
Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.
Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).
Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.
Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.
Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.
Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.
Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.
Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.
Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:
¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quería!
Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.
Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.
El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.
Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:
El sol tiende los rayos de su lumbre por montes y por valles, despertando las aves y animales y la gente: cuál por el aire claro va volando, cuál por el verde valle o alta cumbre paciendo va segura y libremente, cuál con el sol presente va de nuevo al oficio y al usado ejercicio do su natura o menester l’inclina; siempre está en llanto esta ánima mezquina cuando la sombra el mundo va cubriendo o la luz se avecina. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.
No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).
La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.
Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?
De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.
La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.
Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.
El libro de “La infancia de Jesús” es la tercera y última parte de la trilogía de Jesús de Nazareth de Benedicto XVI y refleja la búsqueda personal del rostro de Jesús por parte del ahora Papa emérito. El libro profundiza el evangelio de la infancia de Jesús que se narra en San Mateo y San Lucas. Esta obra destaca por su profundidad teológica, rigor en la interpretación de los textos bíblicos y una profunda piedad con las que Benedicto XVI aborda la infancia de Jesús. La vida de Jesucristo y su mensaje es una historia actual que nos habla de la incansable búsqueda del corazón humano por la única verdad capaz, por sí sola, de brindarnos una profunda alegría.
Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos para meditar la respuesta de la Virgen María al acoger a Cristo en su seno y en su corazón.
María es el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor. “Alégrate, llena de gracia.” Es digno de reflexión un nuevo aspecto de este saludo: la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas.
La respuesta de María, se desarrolla en tres fases. Ante el saludo del ángel, primero se quedó turbada y pensativa. Su actitud es diferente a la de Zacarías. De él se dice que se sobresaltó y “quedó sobrecogido de temor” (Lc 1,12). En el caso de María, se utiliza inicialmente la misma palabra “se turbó“, pero ya no prosigue con el temor sino con una reflexión interior sobre el saludo del ángel. María reflexiona (dialoga consigo misma) sobre lo que podía significar el saludo del mensajero de Dios. Así aparece ya aquí un rasgo característico de la imagen de la Madre de Jesús, un rasgo que encontramos otras dos veces en el evangelio en situaciones análogas: el confrontarse interiormente con la Palabra.
María y el niño. Foto: Woflgang Krzemien.
Ella no se detiene ante la primera inquietud con la cercanía de Dios a través de su ángel, sino que trata de comprender. María se muestra por tanto como una mujer valerosa, que incluso ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Al mismo tiempo, es presentada como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios. De este modo, se convierte en imagen de la Iglesia que reflexiona sobre la Palabra de Dios, trata de comprenderla en su totalidad y guarda el don en su memoria.
La segunda reacción de María resulta enigmática para nosotros. En efecto, después del titubeo pensativo con que había recibido el saludo del mensajero de Dios, el ángel le había comunicado que había sido elegida para ser la madre del Mesías. María pone entonces una breve e incisiva pregunta: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1,34).
Pensemos de nuevo en la diferencia respecto a la respuesta de Zacarías, que había reaccionado con una duda sobre la posibilidad de la tarea que se le encomendaba. Él, como Isabel, era de edad avanzada; ya no podía esperar un hijo. Por el contrario, María no duda. No pregunta sobre el “qué”, sino sobre el “cómo” puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”.
María no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal. El ángel le confirma que ella no será madre de modo normal después de ser recibida en casa por José, sino mediante “la sombra del poder del Altísimo”, mediante la llegada del Espíritu Santo, y afirma con aplomo: “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37).
Escultura de la Virgen María en Varsovia.
Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple “sí”. Se declara sierva del señor. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana. En el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá “sí”? Ella vacila… ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? “Sólo por esta vez no seas humilde, si no magnánima. Danos tu “sí”.” Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra.” Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.
María se convierte en madre por su “sí”. Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuál es el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios.
Altar a la Virgen de Guadalupe, San Miguel de Allende. Foto: Sofía Rabasa.
“Y el ángel la dejó”. El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento de la noche de la Cruz.
En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al modo en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: “Alégrate, llena de gracia”, y sobre la palabra tranquilizadora: “No temas.” El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura a la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.
Si algo hacen bien las películas de Hollywood es llevar a todos los rincones del planeta sus historias. Antes de eso, en México, no eran muchos los conocedores de la obra literaria The Lord of the Rings; aunque no tengo números para sostener esta afirmación. Me baso en el hecho de que México es un país que lee poco y el acceso masivo a los libros siempre ha sido escaso. Pedirle a jóvenes y niños que lean la trilogía que suman más de mil páginas resulta una proeza. Por eso la película, como dicen, vino a “democratizar” la impresionante obra de J.R.R. Tolkien.
En ese sentido, me siento afortunado. Haber leído la trilogía de Tolkien antes de ver las películas me hizo conectar con el autor de la obra, con su amor a las historias épicas y fantásticas que pusieron a trabajar mi imaginación a marchas forzadas. Abrió un mundo nuevo para mí. Como muchos, también vi la película y debo decir que encuentro serias diferencias con Peter Jackson en lo que se refiere a cómo veía en mi mente la Tierra Media, sus personajes y sus batallas. Aun así, me gustan las películas, tratan de ser hasta cierto punto, fieles con la historia y la selección de los actores que representan a los personajes de la historia parecen tomarse en serio la importancia de cumplir fielmente con sus roles.
Tengo que aceptar que ya no era un niño cuando lo conocí. La primera vez que tuve contacto con la trilogía, no fue porque me la contaron o me lo recomendaron. De hecho, mi primer encuentro con la obra fue un acto de censura de mi parte. Aunque suene raro viniendo de un seguidor asiduo de El Señor de los Anillos, la primera vez que estuve cerca del libro, fue para prohibirlo e inhibir su lectura.
En ese entonces tenía quizá unos 15 años y recuerdo que estaba trabajando como voluntario en un campamento de verano. Creo que mis papás aceptaron que fuera como “instructor” porque preferían que hiciera algo de provecho en lugar de estar echado en la alfombra viendo Supervacaciones (así se llamaba la barra de caricaturas matutinas en esa época) por horas.
Edición conmemorativa por los 50 años. Foto: Vincent M. A. Janssen.
El campamento, como muchos que existen, tenía una larga lista de actividades que mantenía a los niños y adolescentes ocupados. Estaba yo encargado de una tribu (un pequeño grupo de niños de todas las edades que dormían en la misma cabaña) muy heterogénea, con niños de 6 a 13 años, con todo tipo de personalidades, afinidades y gustos. El campamento tenía un sistema de premiaciones grupales; la tribu sumaba puntos conforme iba ganando competencias y cumpliera con ciertas disposiciones, dejara la cabaña limpia, llegara a tiempo a las actividades del día, etcétera.
Me gusta competir y por supuesto, ganar. Para mi desilusión, mi tribu nunca estaba a tiempo para las actividades y cada noche me atrapaba un sentimiento de derrota a causa de esto. Cada mañana me proponía conseguir que mi tribu estuviera a tiempo a todas las actividades, pero sin resultados: siempre me hacía falta uno de sus integrantes: Fernando (nombre falso para tratar de esconder la verdadera identidad del semejante individuo, aunque seguramente ya sobrepasó los cuarenta) un adolescente de 13 años que parecía importarle poco el esfuerzo colectivo.
Un día cansado de esperar y viendo la cara de frustración de los otros miembros del equipo, me decidí buscar a Fernando. Ya era hora de enfrentar el problema y tener una álgida plática que le hiciera ver que, si no ponía de su parte, la tribu no podía ser la mejor del campamento.
Y ahí estaba Fernando, recostado cómodamente sujetando con las dos manos uno de los libros más gruesos que había visto hasta entonces. Estaba tan concentrado con la lectura que no vio que me acercaba. Repentinamente tomé el libro y se lo arranqué de un solo tajo. Fue como si lo hubiera despertado de un trance. Me enfrentó pidiendo que le devolviera inmediatamente el libro. Le dije –Todos te estamos esperando y tú ¿leyendo? – Me pidió de nuevo que le devolviera el libro que estaba en la parte más interesante y que no quería perdérselo. Ante tanta insistencia, por fin volteé a ver la publicación y allí estaba: pesado y denso. En la portada aparecía una enorme torre negra rodeada por un cielo rojo y amarillo. Luego leí el título y el nombre del autor: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. En mi cabeza pensaba, -este chico ha de ser muy brillante, porque tiene en sus manos un libro sin ilustraciones, escrito por un señor con apellido extranjero y definitivamente con tantas páginas que pareciera inacabable-. ¿Cómo era posible que teniendo tantas y tantas actividades divertidas que realizar, Fernando (que no tenía en ese entonces un porte intelectual) pudiera preferir leer un libro tan serio, tan grueso, con tantas palabras y con tan pocas ilustraciones?
Le dije a Fernando que no volvería a ver el libro hasta el final del campamento. Tenía que ver un significativo esfuerzo por participar junto con la tribu en todas las actividades para poderlo tener de vuelta.
Me quedé con el libro, prometí devolverlo una vez terminara el campamento. Lo dejé a lado de mi cama en la cabaña donde dormía. No lo leí, no lo abrí, lo dejé allí reposado en una vieja mesa.
No había otra reacción de parte de Fernando, más allá de pedirme el libro todos los días. Cada vez que me lo pedía, yo le preguntaba intrigado las razones por las que le parecía tan bueno el libro. Y cada día recibía una respuesta diferente. Cada vez que le preguntaba era como si de repente volviera el trance que le hacía describir las maravillosas situaciones por las que tenían que pasar los personajes.
De hablar sobre las aventuras de la Tierra Media saltamos a nuestros intereses y nuestras ingenuas opiniones sobre todo lo que nos rodeaba: los miembros del equipo, nuestras familias, nuestros amigos, el deporte, el estudio y de todos los temas que a dos adolescentes podrían interesar.
Pasaron los días, terminó el campamento. Seguí viendo a Fernando en la escuela, a fin de cuentas, sólo estaba dos grados escolares arriba de él. Nuestra convivencia no era tan intensa como en el campamento, pero cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre nuestras vidas, gustos y aficiones.
Página de La comunidad del anillo, canción del lamento de Galadriel. Foto: Zanastardust.
Mi gusto por la lectura fue creciendo por esos meses, especialmente por los libros de ficción. Me di cuenta de que en casa tenía la primera publicación de J.R.R. Tolkien: El Hobbit. Me gustó. Fue fácil de leer y de imaginar. Hasta ese momento no había hecho la conexión entre las obras. Al final de esa edición venía una lista de otros libros del autor y allí estaba: El Señor de los Anillos. Fue ahí que todo se conectó. Lo vi y supe que tendría que leer esa enorme obra, tan llena de aventuras como de palabras.
Quedé maravillado. Recuerdo haber visto a Fernando a quien le comenté lo emocionado que estaba con tan magnifica obra. Él, en lugar de abrir las rencillas del pasado, me preguntaba si ya había pasado tal o cual parte del libro. Era uno de nuestros temas favoritos para charlar, además del fútbol, por supuesto.
De ahí nació una gran amistad, una amistad como esas que aparecen en el libro, como esas que existen en la realidad pero que exclusivamente los libros de fantasías recogen con total fidelidad. La obra de Tolkien, es tener a la mano un tratado sobre la amistad, comunidad, solidaridad y heroísmo.
A veces buscamos sin estar perdidos, a veces encontramos tesoros sin la intención de descubrirlos.Así son los libros que más nos impactan la vida, pero así también son las amistades que perduran, las que se encuentran periódicamente en la vida pero que siempre están allí esperando la oportunidad de retomar las conversaciones iniciadas hace más de 35 años.
Me pidieron escribir sobre la importancia de El Señor de los Anillos en la actualidad. Como las grandes obras universales, esta me cambió de muchas maneras e incidió en la forma en que veo la vida. Pido disculpas por lo egoísta y personal de mi relato, pero sólo cumplí con mi deber de reiterar lo que dice Bilbo Baggins: “Don’t adventures ever have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.”
Porque para mí, a fin de cuentas, la obra de Tolkien no puede ser más actual ya que refleja lo significa la amistad: una aventura que nos lleva por caminos insospechados.
Pocas veces me pongo a analizar en extrema usura las vicisitudes. Empero cuando atrapo mi mente pensando, dándole vueltas a una historia, es porque sé que hay algo en ella que me intrigó y necesito sacar a flote lo que es, descifrar todas sus posibles metáforas y referencias. Estoy en una etapa de reflexión, por lo que he releído algunas historias, misma acción que la palabra religión esconde.
No cabe duda de que las jóvenes que pasaron por su adolescencia, como yo, entre los años del 2009 al 2013, se vieron “afectadas” por el fenómeno mundial llamado Crepúsculo. La historia capturó el corazón de muchas mujeres que, al igual que la protagonista, están en constante búsqueda del amor a una edad prematura, misma hambre que con los años va estableciéndose conforme a la realidad de sus situaciones (en el mejor de los escenarios).
Algunas líneas en esta historia están llenas de aprobación, otras causan aversión y controversia. No hay historia perfecta, y todo depende de la lupa con la que se mire… o más bien de la persona. Como no hay negros ni blancos en la literatura, decidiré por el momento enfocarme en los aspectos positivos que encuentro en estas series.
Muchos datos sobre Stephanie Meyer, la autora de Crepúsculo, no los conocía cuando era adolescente. Stephanie nació y vive, al igual que la protagonista, en Phoenix, y se licenció en Lingüística Inglesa. Es una firme creyente de la Iglesia de los Santos de los últimos días (mormones) y muchísimas de sus creencias se ven realzadas en sus escritos, usando la fantasía para transmitir sus valores, algo muy común en los escritores.
Empecemos por decir que esta iglesia es considerada sectaria, no en el sentido peyorativo, sino en su composición. Esto se ve inconscientemente reflejado cuando se nos presenta a la familia Cullen, cuyos miembros procuran no tener relaciones humanas con la gente del pueblo. Sin embargo, tienen un aspecto cautivante que a los ojos de Bella aparentan ser la familia ideal. Como lectores, sabemos que la cuestión que los enajena es, esencialmente, que son criaturas sobrenaturales y deben ocultar su existencia del mundo humano.
Aquí yo pregunto: ¿no es acaso así como varios cristianos se sienten en relación con el mundo aplastantemente secular? Es, creo yo, un sentimiento recurrente, independientemente de la denominación cristiana que se profese, porque a aquellos cristianos practicantesserios se nos piden varias cosas, la más importante quizá es la “negación de uno mismo en imitación de Cristo” ya que dentro de nuestra naturaleza rota hay una tendencia hacia el mal, y la figura de Cristo nos enseña cómo sobreponernos a ella.
Este mensaje de fondo lo encontramos en la auto privación tanto del clan de los Cullen como de los Denali por su sed humana, lo que representa para ellos una cruz que cargar por el resto de una eternidad. Puede subrayarse la negación de los pecados carnales (gula y lujuria) y en el caso de los mormones, la abstinencia del alcohol. Hay demasiadas malas interpretaciones que rondan en las mentes modernas, criticando este aspecto como algo retrógrada y hasta arcaico, pero no se puede estar más alejado de la verdad.
Bajo la concepción católica, por ejemplo, la negación de los deseos no es por masoquismo ni porque la carne sea en sí mala, ya que la materia es en sí buena porque fue creada por Dios. Dominarse no tiene otra intención más que la de hacerselibre, ya que entonces ninguna otra cosa lo domina a uno. Aquella persona que no se domina ni en palabras, acciones, deseos o pensamientos, sino más bien éstas la gobiernan a ella, no es diferente a un animal. Los vampiros ‘nómadas’ como Victoria tienen un aspecto salvaje por lo mismo.
En contraste, los Cullen eligen renunciar a esta vida y trascender, optando por alimentarse sólo de animales. Edward Cullen elige mantener estos valores a pesar de la tentación diaria que incluso aumenta cuando conoce a Bella, puesto que su sangre es irresistible. He aquí donde hay un punto de contienda, casi de destino fatal a la griega. La mujer que amas es también a la que quieres matar por tu condición. Parece una burla del destino. La cuestión es cómo enfrentar esta disyuntiva. Conectándolo con la realidad es muy común que un chico sea formado bajo el paraguas de una familia cristiana y que los valores aprendidos en casa sean puestos a prueba en la vida adulta. Edward sufre una transformación en la que la confianza de Bella en él le permite confiar en su propia capacidad para superar la tentación y mantenerla a salvo de sí mismo. No por nada la portada de Twilight es una manzana en las manos de una mujer, y su primera cita es la advertencia del fruto prohibido en Génesis. Hay un error en pensar que el fruto es la invitación al sexo, puesto que el primer mandamiento de Dios a los hombres es reproducirse y poblar la tierra. La alegoría al fruto prohibido se refiere más bien al potencial que hay en Edward de matar al amor de su vida, en lastimar a lo que se quiere. No se necesita ser vampiro para hacer esto. Bastan las palabras hirientes, la ausencia o el egoísmo para destrozar una relación. El autocontrol es un tema destacado en la serie: la palabra aparece unas 125 veces a lo largo de las novelas, mientras que los personajes principales luchan por controlar su sed, misma que en la vida real representa las calamidades de las emociones, la atracción o los celos.
Portada Crepúsculo.
Edward y Bella deciden mantener a la raya su interacción física, esto no solamente por el hecho de que él es un vampiro y no quiere empujar los límites de su sed, sino porque no quieren que su relación sea endeble. En la vida real no hay nada mejor que esperar a tener relaciones sexuales hasta que no haya un compromiso serio, lo que muchas culturas llaman matrimonio. Esto potencializa la relación a ser transformadora, a ambos crecer en cómo se entienden el uno con el otro y en ver si tienen un futuro o no juntos. Si entras en una relación de forma precoz estás al tope de una adrenalina que dura un par de semanas y después se agota, a parte de que las sustancias químicas que el cerebro libera en el acto de unión, tales como la serotonina y dopamina, están diseñadas para amalgamar y hacer menos los defectos de la otra persona. Por decirlo de otra manera, te ciegan a ver el monstruo que tienes de frente. Ese novio o novia que te trató mal desde un principio, pero puedes durar años con esa persona tóxica porque comprometiste la química de tu cerebro desde un principio, y es difícil romper los lazos neuronales. Es una mentira preponderante del mundo posmoderno el pensar que se puede tratar el sexo como algo casual y sin consecuencias.
A los cristianos no se nos pide solamente atesorar “nuestra virtud” como desea Edward, sino en efecto, se nos demanda no pecar por amor al prójimo. Eso incluye no asesinar, no robar, no desear el bien ajeno. Los Cullen son puestos en contraste con los Volturi, quienes matan a los humanos con crueldad; quieren robar de otros clanes a los vampiros con dones y apetecen, ante todo, del inflamante y terroso poder. Pero no todos los vampiros que se alimentan de sangre humana son malos. Tenemos otros clanes que, al final de la historia, vienen a apoyar a los Cullen en la batalla final de Amanecer. Estos vampiros podrían ser una alegoría que representa a los gentiles, o bien, a las personas no cristianas pero que tratan de llevar una vida más o menos decente. Edward se desprecia por ser lo que es, mientras que Bella le demuestra que ella ve en él lo contrario, de manera similar en que la figura de Jesús nos dice que nosotros no somos el pecado que creemos ser, sino amados suyos.
Así como estas criaturas sobrenaturales logran sacrificarse, Bella sigue la misma línea y prefiere morir que matar a la criatura gestada en su vientre. Ella sabe distinguir la inocencia donde la ve, más en un alma que no tiene por qué pagar los ‘crímenes’ del padre (por heredar su tremenda fuerza y sed) de la misma manera en que nosotros no debemos de disponer de nuestros hijos, ya sea porque van a ser una inconveniencia a nuestra aparente felicidad, porque heredarán los defectos de la pareja o simple y llanamente por pobreza. Nada está escrito, las mentes más brillantes como Jesús, Washington o Einstein nacieron en hogares pobres y se sobrepusieron a las dificultades. Bella es diligente ante un mundo cruel que no la apoya, y que ante la circunstancia del preponderante sufrimiento, deciden deshumanizar a la criatura, llamándola “feto” en vez de bebé, cosa que molesta a la vampiresa Rosalie, cuyo único deseo fue siempre el ser madre y no necesita de sermones para entender que ahí hay una vida que merece ser protegida a cualquier costo. Bella es la madre carnal de Renesmee. Rosalie se vuelve la madre espiritual, la madrina. Bella recibe la inmortalidad en un acto de auto-sacrificio, de la misma manera que Jesús muere para darnos la vida y, aunque en varias ocasiones haya ella jugado el rol de la damisela en peligro, es la heroína de esta historia. Es por ello por lo que cuando se transforma en vampiro la vemos cazar un león de montaña que estaba a punto de terminar con una joven gacela, representando como Bella, a pesar de su condición de mortífera cazadora, sigue manteniendo y preservando la pureza de su alma.
Hay cierta fascinación en la cultura popular por el mundo de los vampiros y los no muertos, creo que no es más que la realidad extrapolada del deseo del alma por vivir eternamente. Hay un principio en el orden espiritual parecido a la ley de la conservación de la energía. Este estipula que lo sobrenatural, una vez reprimido, no se va, sino que se revela de una manera indirecta y comúnmente de una forma distorsionada en una historia. Esto se relaciona con lo que decía líneas atrás sobre dominarse a sí mismo, y también con el génesis: cuando rechazas la autoridad de Dios, sustituyes esa autoridad con otra que, para tu mala suerte, no te ayudará a ser libre. No se necesita ser religioso para crear una historia semejante o comprender lo que digo. Pero no se puede negar que los valores de la cristiandad han permeado la manera en cómo entendemos y trabajamos las historias en Occidente.
Recientemente, se estrenó en Netflix la adaptación de la novela de Jane Austen, «Persuasión». Ha sido muy criticado por tratar de retratar a Anne como Lizzie McGuire en el período de la Regencia, aunque lo encontré original. Su modernización le ha costado caro a la plataforma, que cada vez está más en declive, tanto por la pereza de los guiones de sus películas como por un profundo «wakenismo», pero como aún no he leído el libro y prefiero no comentar lo que ignoro, que pensé, “¡qué mejor ocasión para rememorar una muy buena versión de otro clásico!” Hablo de Emma, la versión del 2020, un libro que de hecho he leído. La película, dirigida por la aclamada fotógrafa Autumn de Wilde, enfrentó la terrible crisis de la pandemia. Preocupaba que no se recuperaran de los cines vacíos. Despreciar este escenario, a todos les encantó, y aquí comentamos algunos aspectos de por qué lo hacemos.
Primero, sabemos que Jane Austen a menudo ridiculiza a la sociedad en sus novelas, jugando con convenciones literarias que afirmaban que tenías que ser perfecto tanto en cada centímetro de tu ropa como en todos los aspectos morales sin importar nada. Y una manera perfecta de mostrar esto puede ser con humor. La adaptación de Emma del 2020 –a diferencia de la película de 1996– muestra una Emma juguetona, casi cómica, angelicalmente divertida.
La película sobresale en bromitas aquí y allá, con colores excesivos en tonos pastel, junto con música afinada, transmitiendo la sensación de que hay algo raro y esta gente está haciendo las cosas artificialmente porque los colores pasteles no se encuentran en la naturaleza, deben ser creados, al igual que las convenciones de la sociedad inglesa. Sin embargo, son casi una oda a este clásico, enriqueciendo todos los rincones de todas partes. El protagonista y el señor Churchill a veces se muestran erguidos con la barbilla demasiado alta para delinear el orgullo. El tono de voz de Emma es tan suave, perfecto para una chica que pretende ser impecable. Se coloca una cinta de burla en la cabeza de la esposa de los párrocos para que el espectador sepa que se trata de una persona desagradable. El temor de que el Sr. Woodhouse se enferme se muestra en el desplazamiento de muchos separadores de habitaciones y en los excelentes gestos del actor Bill Nighy. La adulación del Sr. Elton se muestra con una sonrisa hipócrita.La película es un delicioso pastel de frutas.
En segundo lugar, las elecciones de la directora. Hace un excelente trabajo poniéndonos en la cabeza de Emma, desviándonos a pensar que el Sr. Elton está interesado en Harriet tal como Emma lo planeó y, por lo tanto, terminamos pensando que Emma tiene razón a pesar de las advertencias del Sr. Knightly.
Ilustración Bree Amerlinck.
Cuando el Sr. Knightly aparece en la escena inicial para visitar a sus amigos, Emma, corre rápidamente hacia el piano, fingiendo estar practicando, demostrando que a ella sí le importa lo que él piensa, incluso cuando sabe que las actividades de práctica exceden la paciencia de Emma, porque ella carece de constancia. Su contienda se ve brillantemente cuando los vemos discutiendo, despertando por las habitaciones de la casa, como un círculo sin fin. Nosotros, como público, pensamos que este no es su primer desacuerdo. Es casi una tradición entre los dos.
En el libro, Emma no se da cuenta de que ama al Sr. Knightly hasta el final. La noticia es abrumadora para ella, al caer en cuenta de que se había equivocado todo este tiempo. Pero esta construcción a veces se siente de la nada, mientras que en la película vemos que durante el baile, una chispa de amor y tensión sexual aflora a la superficie de sus manos entrelazadas y sus miradas penetrantes, por lo que cuando los sentimientos de Emma surgen, no nos extraña porque han sido cuidadosamente construidos, a diferencia del libro.
El Sr. Knightley a veces parece ser esta persona rígida en las novelas, siempre acertada en sus predicciones, mientras que en la película lo vemos expuesto, con el cabello suelto y una mirada humilde. Esto se refuerza en las escenas iniciales cuando lo vemos desnudo, a punto de bañarse. La razón por la que algunos directores eligen la desnudez en una determinada escena es para aferrar al público inconsciente la idea de vulnerabilidad, y por tanto, acabamos sintiendo empatía por su personaje.
En tercer lugar y en última instancia, el mensaje sigue ahí. Mientras que en el libro Emma se ha arrepentido por jugar con los deseos de Harriet, causándole gran confusión y dolor. Pero en un libro, no puedes expresar eso, tienes que mostrarlo. En la película, la propia Emma va a buscar a los que ha hecho daño y les ofrece una cesta con una sincera disculpa. Aprender a ser humilde y aceptar que te equivocaste en una percepción del mundo que requiere madurez y te hace crecer. Y, de alguna manera, todos hemos estado allí antes. Tenemos conjunciones y creencias sobre algo que después de una serie de eventos, nos damos cuenta de que nos hemos equivocado, y eso es esencial para la vida. Llegamos a entender que no es culpa de Emma ser así, sino que ella es producto de su sociedad. A veces la humildad no se aprende con penurias monetarias o materiales sino con errores.
Realmente espero que veamos más de Autumn de Wilde. Y sí, pronto me verán escribiendo sobre Persuasión.