«Entre otras cosas, la religión es también investigación: investigación sobre, conducente a teorías acerca de, y acción a la luz de… la experiencia no sensible, no física, puramente espiritual.»
Aldous Huxley
Desde que el ser humano se concibe como homo sapiens, incluso ya desde el homo erectus, ha estado estrechamente ligado al núcleo de lo trascendente, su inquietud hacia la incertidumbre de la vida y el mundo que habita no ha mermado hasta nuestros días, ni lo hará en escenarios futuros. Las grandes preguntas que surgieron en las mentes de nuestros ancestros son las mismas preguntas que hoy en día seguimos haciéndonos, y es justamente en este marco de pensamiento en el que podemos asociar al ser humano con la esfera de lo divino. Debemos aclarar que, para explicar este fenómeno único e intrínseco en el hombre, existen varios términos que bien podríamos asociar, como santo, sagrado o espiritual, sin embargo, cada uno de estos conceptos tiene una carga y un marco histórico distinto, por esta razón es preferible utilizar un término que ofrezca un sentido más universal: lo divino.
Lo divino nos remonta a un poder trascendental y su manifestación en el mundo, aunque no por ello se presupone la existencia de uno o varios dioses; a su vez, también puede ser relativo a deidades sin hacer referencia a una religión en específico, pero sí a ciertas prácticas o cultos que los seres humanos llevan a cabo para relacionarse con la vida misma. No pretendo analizar una religión en particular, sino más bien al sentido religioso que es tan propio de lo humano, lo divino nos brinda la posibilidad de explorar este sentir sin ninguna connotación dogmática. Lo religioso se puede explorar desde dos perspectivas: la antropológica y la etimológica.
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Nos dice Julien Ries que desde el homo erectus el ser humano ya era poseedor del fuego, lo cual representó un gran paso en la historia humana porque este elemento fue la primera fuente de energía dominada por nuestra especie, lo que se reflejó en las relaciones familiares y sociales como religiosidad, pues ya se pueden rastrear algunos rituales relacionados con el fuego. También podemos hablar de una creencia después de la muerte, puesto que se descubrieron cráneos mutilados que evocan rituales relacionados con este acontecimiento. Es decir que, desde muy temprano en nuestra historia, el ser humano ya se identifica con un sentir religioso que tiene que ver con la vida, la muerte y la técnica. Quizá la relación más estrecha entre la especie humana y lo divino encuentra su núcleo más allá de nuestro horizonte: en la bóveda celeste.
La internalización de la bóveda celeste implicó en nuestra especie un crecimiento psíquico, intelectual y religioso, ya que tanto el homo erectus como el homo sapiens poseían una visión bien establecida acerca del cosmos en la que éste funcionaba como el techo de la tierra. La observación del cosmos, el cielo, los amaneceres y las puestas del sol, el movimiento que da paso a las estaciones, la sucesión del día y la noche, entre muchos otros fenómenos encaminaron al hombre hacia un pensamiento religioso. Relacionar la naturaleza con lo divino es el efecto de las grandes preguntas ontológicas a las que seguimos buscando una respuesta. En este seno surgen los mitos, sobre todo los cosmogónicos y los que tienen que ver con el origen, que reflejan ya una memoria religiosa en la que la trascendencia es parte fundamental del conocimiento de la vida. Lo religioso, no hace referencia a un culto en particular o congregación, sino al motor inherente del hombre que lo conecta con el mundo que habita y que comienza a descifrar.
Citando a Francisco Diez, lo que entendemos por religión tiene mucho que ver con el «nosotros», con la identidad que se enseña y se construye socialmente, por lo que tendemos a definir la religión según las pautas que nos marca nuestra cultura.
Pero el fenómeno religioso adopta formas muy variadas, por lo que definirlo parece una tarea imposible, pues el significado sobrepasa a la definición, de modo que debemos permitirnos la apertura hacia la comprensión de su universalidad. El sentido etimológico de la palabra nos ofrece esta apertura.
El concepto de religión tiene dos acepciones que provienen del latín, religare y relegere, una ofrecida por Cicerón y otra por Lactancio, el primer término debemos entenderlo como «estar ligado o sujeto a» y el segundo como «reunir de nuevo»; ambas acepciones, por tanto, nos revelan una experiencia de vida que está llena de sentido para el que la experimenta, no hay un abandono de la realidad, sino una manera cuidadosa de comprender la naturaleza a través de una o varias figuras trascendentes, que pueden ser deidades o no, y que son las que sostienen al mundo:
«Religare tendría que ver con el territorio íntimo de piel para dentro, relegere se referiría a aquello que crea lazos con lo que está fuera, ya se trate de lo social o, desde una lectura creyente, de algún ser sobrenatural. Esta referencia a la etimología no es mera divagación erudita, ejemplifica que, desde una época remota, quedaba de manifiesto que la religión aparece en dos ámbitos muy diversos, aunque interconectados. Por una parte, el que radica en el interior, hecho de silencios… Por otra el exterior, que interconecta con los demás, se caracteriza por ser expresión, se construye por medio de acción y práctica social…»
Diez de Velasco, Breve historia de las religiones, op. cit., pp. 10-11.
El término religión responde a la estrecha relación que el ser humano ha mantenido, desde que es consciente de su existencia, con el mundo y el cosmos, sin importar la creencia, culto o práctica a la que pertenezca. En este contexto llamamos al hombre religioso y a su relación con lo trascendente lo divino.
Esta relación que se presenta tan personal e íntima, el ser humano desarrolla una comunicación dialéctica que se presenta ad intra en primer lugar y posteriormente ad extra: La apertura de la consciencia al mundo implica que el hombre se pregunte quién es, cuál es su lugar en el mundo, cuál es el sentido de la existencia, si tiene un lugar en el cosmos y cómo debe relacionarse con éste; cuestionamientos que lo hacen percatarse de su propia humanidad, ad intra, y de lo que está fuera de él, ad extra.
Plantearse proposiciones de esta índole le permiten al ser humano formular un sentido de la vida que quizá no concebiría sin la internalización del mundo como espacio sagrado, ahí donde la naturaleza se presenta como poseedora y encarnación de lo divino, y en la cual el hombre puede desplegar su existencia como individuo pero también como parte de algo que es superior a él y lo rebasa.
El hombre habita el mundo y sin importar el tiempo en el que se encuentre, se sabe como parte de un cosmos que no logra comprender en su totalidad, necesita vincularse a éste, sentirse parte de él, se siente ligado al cosmos, similar y parte constitutiva. El ser humano se relaciona con el entorno desde la religiosidad, entendida como una orientación fundamental del ser humano, a la que algunos llaman espiritualidad, creencia o filosofía de vida.
La relación entre el ser humano y lo divino es un vínculo intrínseco que lo atraviesa desde sus orígenes hasta nuestros días, y que no sólo responde a la manera en la que el hombre interactúa con el espacio que habita, sino también con su desenvolvimiento dentro de la sociedad a la que pertenece, pues en su reconocimiento frente al otro descubre una conexión que da sentido a la vida, a la muerte y a su propia existencia.
Sin importar el tiempo o el lugar en el que el ser humano se encuentre, éste concibe la realidad como algo que nunca termina de asir y que, aunque tengamos respuestas que aparentemente son lógicas y verdaderas, el misterio de lo sobrehumano y trascendente permanece. El cosmos es un espacio divino que nos permite desdoblarnos hacia dentro y hacia fuera repetidas veces y sin fin en un ejercicio de contemplación acerca de nuestro valor en el mundo y nuestra razón de ser.
El término homo religiosus, hombre religioso, no responde al creyente de algún dogma o al practicante de alguna corriente espiritual, sino al género humano en su totalidad, como ser que se vincula de manera simbólica primero consigo mismo y, posteriormente, con el mundo, los astros y lo que está más allá de su propio entendimiento. En tanto que las preguntas ontológicas fundamentales de nuestra especie sigan sin obtener una respuesta satisfactoria, incluso científica, nuestra vinculación con la trascendencia seguirá arraigada a un espacio que ya hemos establecido como divino y sí, también sagrado.
Nuestra propia existencia se nos presenta como sobrenatural, como el mayor de los misterios jamás resuelto, pero que esconde su respuesta en las manifestaciones de la naturaleza proyectada hacia el cosmos y alojada en nuestro interior.
La Epopeya de Gilgamesh es un poema con una antigüedad de más de 4,000 años. Es el texto narrativo más antiguo que conserva la humanidad. Fue escrito por la civilización sumeria con caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, en la región entre el Tigris y el Éufrates que hoy conocemos como Irak.
La historia de Gilgamesh todavía tiene mucho que decir a los seres humanos de nuestro tiempo. Es, a final de cuentas, la primera y la más importante de todas las aventuras: la aventura de buscar un sentido para la vida humana.
Por eso, sin reducirla a estas pocas líneas, sino con el ánimo de invitar a que sea más conocida y disfrutada, aquí se proponen cinco grandes verdades contenidas en la Epopeya de Gilgamesh, que el lector podrá descubrir si se adentra en el texto.
El poder debe limitarse para evitar la tiranía.
Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk, es el hombre más poderoso del mundo, más divino que humano. Su fuerza, la efectividad de sus armas, la gloria y la majestad de su liderazgo indiscutido no tienen par en toda la tierra y, precisamente por eso, porque no existen límites materiales a sus deseos, inevitablemente se convierte en un tirano: esclaviza a los hijos de sus súbditos, toma por la fuerza a las mujeres de su pueblo para saciar sus impulsos más básicos.
En medio del éxito y la riqueza, el ser humano es retratado en Gilgamesh con toda su miseria: cuanto más poder tiene, tiende más a la tiranía; porque el mundo de los deseos es desordenado, y si no se le limita, engendra la monstruosidad.
Los habitantes de Uruk claman a los dioses para que pongan freno a las injusticias de su glorioso rey. No quieren deshacerse de él, no piden que sea fulminado por el rayo o destruido por las fuerzas sobrenaturales; lo que piden es que pueda medirse frente a un semejante, que encuentre –como diríamos en México– la horma de su zapato.
El poder político, militar, económico o de cualquier otro tipo no puede ser destruido. Tiene la característica de que, si alguien lo deja, otra persona inmediatamente lo toma, porque es quizá el recurso más deseado del mundo, el que da la capacidad de hacer valer la propia voluntad. Por lo que la única manera de evitar su corrupción es enfrentarlo a otro poder igual.
Estatua de Gilgamesh en la Universidad de Sidney.
La igualdad puede dar miedo, pero es una condición indispensable para el amor.
La respuesta de los dioses ante el clamor de los habitantes de Uruk es crear a un hombre, Enkidu, tan fuerte como el propio Gilgamesh, al que ubican fuera de la ciudad, como un salvaje que vive entre las bestias.
Ante la noticia de que los dioses han creado a un hombre que lo iguala en fuerza, Gilgamesh siente temor. Tiene pesadillas acerca de cómo ese otro ser puede despojarlo de su poder, quitarle la veneración de sus súbditos y reducirlo a vasallaje.
La intuición de Gilgamesh sobre Enkidu es que tendrán que luchar hasta que uno prevalezca, pero la conclusión de la batalla entre ellos es que dos seres iguales no pueden ni vencer ni quedar derrotados entre sí. La constatación de esa realidad aplaca sus miedos y su ira, y da pie a una relación de auténtica amistad, tan profunda que engendra el amor.
El amor entre Gilgamesh y Enkidu no es un amor erótico, es un amor que nace del reconocimiento mutuo y desvela una realidad más profunda: el auténtico amor sólo puede darse entre personas que se reconocen como iguales.
Una persona que se ama sólo puede amar en otra aquello que identifica como reflejo de lo que ama en sí misma. Otro tipo de relaciones provienen de la carencia que se quiere resolver, la admiración que se quiere expresar o el deseo que se quiere realizar; pero el amor en libertad, sin el factor necesidad de por medio, exige necesariamente la igualdad.
El amor que nace entre Gilgamesh y Enkidu es transformador también, porque aleja a Gilgamesh de la tiranía y lo empuja fuera de su reino a emprender aventuras nuevas, junto a su amigo. Es un amor que se reafirma constantemente en el trabajo de equipo, en los logros y las dificultades que se comparten. Es un modelo de amor que puede trasladarse a otros ámbitos además de la amistad, desde la pareja hasta la familia y la sociedad.
La sexualidad tiene un poder civilizador.
Muchos piensan en la sexualidad como una fuerza instintiva, casi animal. Irónicamente, la Epopeya de Gilgamesh reconoce en la sexualidad más bien un ejercicio de inculturación.
El poderoso Enkidu, tan fuerte como Gilgamesh, vivía libre de toda civilización antes de encontrarse con el que se convertiría en su mejor amigo; creció en medio de las bestias, se comunicaba con ellas, comía la hierba y abrevaba en el lago junto a las gacelas, vivía en esa forma de Edén al que algunos filósofos luego llamaron “estado de naturaleza”.
Antes de presentarse con Gilgamesh, Enkidu experimentó un proceso de civilización a través del sexo.
Shamhat, una prostituta (probablemente sacerdotisa de la diosa Ishtar), es enviada al abrevadero para encontrarse con Enkidu cuando las gacelas bajaran a beber. En el momento mismo en que Enkidu la ve, Shamhat se desnuda y él es inmediatamente atraído hacia ella.
Seis días y siete noches pasó Enkidu haciendo el amor con Shamhat, pero cuando por fin sació todos sus impulsos sexuales, las bestias –que antes eran sus hermanas– huyeron de él, no lo reconocieron más, perdió la vida como la conocía, para poder abrirse a una nueva etapa en la que ganó, tanto sabiduría como capacidad de conocer y darse a conocer a otro ser humano, con un lenguaje que entre las bestias nunca alcanza ese nivel de eficiencia comunicativa.
En definitiva, la sexualidad humana en la Epopeya de Gilgamesh, sin renunciar a su esencia de impulso, y hasta en cierta medida de instinto, es sobre todo una forma de comunicación y por lo tanto de cultura.
Tarde o temprano hay que enfrentar la finitud.
Gilgamseh y Enkidu ganaron incluso más fama y poder juntos, pero en el camino, también se enemistaron con los dioses. Después que Gilgamesh rechazara la oferta de matrimonio de la diosa Ishtar, ésta amenazó con hacer surgir de la tierra a todos los muertos para que superaran a los vivos (el primer apocalipsis zombie) si Gilgamesh no era castigado, por lo que el dios Anu decide enviar al toro del cielo para que castigue la insolencia de Gilgamesh, pero él y Enkidu –magníficos y poderosos– matan al toro del cielo, con lo que desatan una auténtica confrontación entre los dioses y los hombres.
El viejo sueño humano de erigirse en dios de sí mismo está ya retratado en este primer poema épico de la humanidad, pero como cualquiera sabe, entre los dioses y los hombres hay una diferencia sustancial: la muerte.
El consejo de los dioses decide castigar directamente a la dupla y hace enfermar gravemente a Enkidu que, viendo la muerte cercana, maldice toda su vida, maldice sus logros, maldice a la mujer que lo hizo hombre y muere en medio de la confusión y de la tristeza.
Gilgamesh se enfrenta por primera vez con una realidad que lo sobrepasa y que no puede evitar: su mejor amigo, el gran amor de su vida, está muerto y él no puede hacer nada más que llorar; ordena que lloren todos los súbditos de su ciudad, vela a Enkidu, transido de dolor y desesperación como una leona que ha sido privada de sus cachorros, y lo despide con un glorioso funeral.
La realidad de la muerte lo atormenta y piensa que debe haber una manera de evitarla. Sabe que hay un hombre inmortal en la tierra, Utnapishtim “el lejano”,que sobrevivió al diluvio construyendo un arca (sí, es el primer Noé), y a quien los dioses concedieron la inmortalidad junto a su esposa, aunque a costa del exilio.
Sólo que Utnapishtim le hace ver a Gilgamseh que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses y sólo ellos pueden concederla. A lo mucho, le enseña que existe una planta que le puede devolver la juventud.
Gilgamesh consiguió la planta, pero la pierde al fin, porque una serpiente se la robó. Con lo que a Gilgamesh no le queda más que encontrar la resignación en la idea de que, sin importar cuánta gloria haya conseguido, también su vida debe terminar en algún momento.
Cansado, derrotado al fin, simplemente se detiene, no tiene ya más qué buscar.
La verdadera felicidad está en las cosas pequeñas.
El mensaje de la Epopeya de Gilgamesh podría parecer desolador, por más bello que sea el texto, sin embargo, la más importante de sus enseñanzas da al lector un auténtico sentido, no sólo para la aventura de su personaje, sino para la vida humana en general.
En la antigua versión babilonia de la Epopeya de Gilgamseh, Siduri la tabernera, diosa de la fermentación del vino y la cerveza, trata de persuadir a Gilgamesh de buscar la inmortalidad –empresa inútil– con unas palabras que mantienen una vigencia eterna:
Haz de cada día un gozo, baila y toca instrumentos día y noche. Ponte ropa limpia, lávate el pelo y báñate. Contempla al pequeño que te toma la mano. Deja que tu esposa disfrute tu abrazo repetidamente. Pues ese es el destino del hombre mortal.
Por lo que la principal enseñanza es esta: la vida de los grandes y de los pequeños es igual en dignidad, su destino es el mismo, su alegría consiste en disfrutar los pequeños placeres cotidianos y la vida familiar. Todo lo demás, o bien carece de importancia, o bien engendra dolor.
¿Y a los que no nos gusta la Navidad? ¿De verdad somos tan raros? ¿Hay pocas personas que padecen la “depresión blanca” o “blues de Navidad”? ¿Tenemos acaso un gen de “Ebenezer Scrooge” o “Grinch”? ¿Debo sentirme mal -peor- por sentirme mal en Navidad si soy cristiano? ¿Tenemos motivos objetivos para estarlo?
No quiero ser aguafiestas, pero es una realidad que muchas personas lo que esperamos de la Navidad es que pase pronto. Y no se precisan causas fuertemente objetivas. Supongo, por ejemplo, que para los pocos cristianos que hay en Gaza, la Navidad será más bien amarga. También las personas que viven su Navidad en la UCI, junto con los que los cuidan y los que los quieren, no tendrán una fiesta especialmente entusiasmante. Probablemente muchas personas solas o que han perdido a su familia, por fallecimiento o, por ejemplo, por un divorcio en el que la mujer se lleva a los hijos con sus papás y su nueva pareja. O personas con enfermedades crónicas muy duras, o con graves problemas económicos, o simplemente que no han conseguido alcanzar sus propósitos vitales en ese año o, peor aún, que consideran fracasado el sentido global de su vida. Si vamos sumando, en nuestra herida sociedad, no van siendo tan pocos.
Grinch
A veces las causas -un tanto misteriosas, la verdad-, pueden ser más sutiles. La náusea que provoca la publicidad navideña por todas partes y en clave exclusivamente consumista; el colmo es cuando aparecen chicas “navideñas” semidesnudas. Ya no se consiguen postales con motivos cristianos: el reno, el árbol y Santa han sustituido a Jesús incluso en países tropicales, o del hemisferio sur, donde ahora es verano. El constatar cómo, salvo reductos reducidos y privilegiados, el protagonista de la fiesta es American Express o Visa, pero no Jesús. El ver cómo se vacía de su sentido original la fiesta, de forma que ahora se usa un aséptico “Felices Fiestas”, que no se sabe muy bien qué signifique, más allá de unas copas de alcohol y unos regalos. El ver cómo, en consecuencia, nos encontramos viviendo unos rituales sociales vacíos de sentido, en los cuales te ves forzado a ponerte una careta de felicidad, más falsa que los perfiles de redes sociales y, por supuesto, más amarga. En definitiva, la tristeza por constatar, muy a pesar nuestro, la pérdida del sentido original de la Navidad.
A esta causa, más bien cultural y sociológica, se unen otras más íntimas. La nostalgia por “la Navidad perdida”, es decir, las añoradas navidades de la infancia y adolescencia, que se esperaban con tanta ilusión. Unido a ello, constatar cómo, a diferencia de esos “años maravillosos” se ha perdido en gran medida ese maravilloso don que es “la ilusión” y no se sabe cómo recuperarlo. El vivir una Navidad sin niños, que es como una “Navidad seca”, precisamente porque ellos son los que aportan los mágicos ingredientes de la ilusión, la candidez y la maravilla. La nostalgia por la pérdida de los seres queridos, tan asociados a esas navidades maravillosas, como pueden ser los abuelos y los padres.
Ebenezer Scrooge
A las personas de fe este sentimiento nos provoca un conflicto espiritual. El retruécano se retuerce aún más, porque el significado religioso de la fiesta es de profunda alegría y esperanza. La fe nos dice, además, que el contenido de la Navidad es real, objetivo. No es un cuento de niños, como Santa que entra por la chimenea, o un consuelo para perdedores. Es real: Dios se hizo hombre y bajó al mundo, mostrándose inerme, como un Niño en los brazos de su Madre. Y, al hacerlo, salvó a la humanidad. La fuerza espiritual de lo que conmemoramos debería colmarnos de alegría… debería, pero no lo hace. Si fuéramos santos lo haría, pero no lo somos… todavía.
¿Cómo explicarlo? Tal vez nos ayude una estratagema frecuente en la teología católica, la cual nos dice que “Dios nos salvó”, pero “todavía no se manifiesta plenamente esa salvación”. Ese “ya, pero todavía no”, con el que mágicamente se explica el caos del mundo, la Iglesia y la vida personal. Sabemos que esa plenitud anhelada será una realidad al final de los tiempos, en la escatología, o en la vida de los santos, que de alguna forma la anticipan. Pero en nuestra vida y en nuestro tiempo, sólo nos queda el deseo de que pase pronto, para volver a nuestra rutina salvadora, y no pensar tanto en lo que debería ser, pero no es.
Si lo pensamos un poquito, san José es la persona más santa, después de Jesús y de la Virgen María, que ha pisado esta Tierra. Pero, a diferencia de los primeros dos, tiene una característica que lo acerca a nosotros: es totalmente como nosotros. Jesús es Dios; no puede haber pecado en Dios, sería como un círculo cuadrado, una contradicción en los términos. La Virgen fue preservada del pecado original, aunque es igual a nosotros, como Jesús, por su condición humana, no experimentó el lastre del pecado, la atracción de la tentación, el vértigo de la concupiscencia (seguramente Ella, como Jesús, fue tentada -el demonio no se toma vacaciones-, pero no sentía la inclinación que nosotros sentimos hacia lo prohibido, fruto del pecado original. Sus tentaciones, como las de Jesús, serían semejantes a las de Adán y Eva: más intelectuales que carnales). San José en cambio, él sí que es uno de nosotros: con pecado original, teniendo que luchar cada día por no ceder a las tentaciones que se le presentaban en el camino. Es verdad que hay un grupo de fieles devotos que sostienen la opinión teológica, de que análogamente a la Virgen, él también habría estado privado del pecado original, por el mismo motivo. Sin embargo, tal opinión no es doctrina oficial de la Iglesia. Personalmente me ayuda más pensar que compartió conmigo el pecado original y, con él, el zarpazo de la concupiscencia.
San José corrige o precisa más nuestra comprensión del misterio de la santidad. A veces la asociamos a manifestaciones sobrenaturales aparatosas: estigmas, don de profecía, bilocación, levitación, fenómenos místicos, cuerpos incorruptos. De todo eso hay, y abundante, en la bimilenaria historia de la Iglesia, que debería comprenderse, fundamentalmente, como la historia de los santos (quienes han vivido plenamente su vocación dentro de la Iglesia). Pero san José nos muestra que eso no es lo más importante, y que el santo más santo de todos, no tuvo prácticamente nada de eso -a excepción de los mensajes que los ángeles le daban en sueños-, y que alcanzó la cima de la santidad fundamentalmente a través de su vida ordinaria: su trabajo bien realizado y su vida familiar. La familia y el trabajo serían los dos ascensores que lo elevaron a la más eximia santidad. Y eso, nuevamente, lo acerca a nosotros, pues su vida es como la nuestra: una vida entretejida en el entramado de relaciones familiares, profesionales y sociales. De hecho, san José tenía prestigio profesional, buena cuenta dan de ello los evangelios, cuando identifican a Jesús como “el hijo del Carpintero” (Mateo 13, 55).
Sagrada Familia
La enseñanza es clara: es en la vida corriente, más que en los fenómenos extraordinarios, donde todos tenemos la posibilidad de encontrar a Dios. Nos ayuda a redescubrir el inmenso filón espiritual que supone una realidad a la que quizá estamos acostumbrados, transfigurándola, convirtiéndola en vía expedita hacia la unión con Dios, accesible a “todos los presupuestos”, es decir, a toda clase de personas. El más grande santo de los santos así se hizo santo. San José era, sobre todo, absolutamente normal. No quiero entrar ahora en la discusión teológica sobre la primacía de la santidad; no busco enmendarle la plana a Jesús cuando afirma: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11, 11), frente a la conciencia que progresivamente ha adquirido la Iglesia de que san José “le rebasó por la derecha” al ser el Padre putativo de Jesús, es decir, cumplir la misión más importante -después de la Virgen- en la historia de la salvación. Lo cierto es que san José se nos muestra mucho más cercano e imitable a nosotros que Juan el Bautista. Este último vivía en el desierto, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía una piel de camello y anunciaba en tonos dramáticos y urgentes la necesidad de la conversión… no deja de ser una personalidad excéntrica. San José, en cambio, se nos muestra callado, trabajador, amante de su familia. Digamos que representa un esquema vital mucho más común que el anterior. No faltarán en la Iglesia vocaciones proféticas, como la del Bautista, pero la inmensa mayoría de los cristianos, nos vemos reflejados más bien en san José.
Los evangelios son parcos al hablar de María, recogen pocas palabras de Ella. De san José, ninguna. Es el hombre de confianza de la Trinidad, atendiendo especialmente al tiempo en el que Jesús vino al mundo, marcadamente machista, en el cual las mujeres contaban más bien poco, José era cabeza de familia. Bajo su responsabilidad estaba la Sagrada Familia. Podríamos decir que “las joyas de la corona de la Trinidad”, Jesús y María, habían sido puestas bajo su cuidado. Por eso es él quien recibe el aviso, por parte de los ángeles, de huir a Egipto y luego de volver a Judea primero, Galilea después. Los más valioso del Dios Trino en el mundo era su responsabilidad, lo que no nos permite dudar de que san José fue el hombre de confianza de la Trinidad.
¿Cómo era san José? Esa pregunta se la han hecho prácticamente todos los hombres de oración a lo largo de la historia. Los evangelios nos dejan ver más bien poco, pero rico en contenido y en enseñanzas para nuestra vida. Lo más clamoroso y evidente es que José era callado. No era un varón de muchas palabras, de las palabras más largas que las obras, como sucede con frecuencia; por el contrario, era un hombre de hechos, en el que Dios podía confiar. Si comparamos el desvelamiento de la vocación de la Virgen con el de san José, hay una diferencia muy clara: a la Virgen el Arcángel Gabriel le pregunta y, como diría san Bernardo, toda la creación espera anhelante su respuesta. A san José, en cambio, simplemente le avisan -no le preguntan-, el ángel le dice con claridad lo que tiene que hacer: recibir a su esposa y ponerle al fruto de su seno Jesús, y lo hace.
Es decir, no sólo era callado. Era eficaz. No un hombre de problemas, sino de soluciones. Pero -y esto es muy importante- ante todo, un hombre dócil a la acción de Dios, maleable a la acción del Espíritu Santo. Se deja conducir por Dios, baila al son que Dios le pone. Vive, en consecuencia, un confiado abandono en las Manos de Dios, pero, al mismo tiempo, pone toda su energía y creatividad al servicio del designio divino. Por eso, por ejemplo, en vez de quedarse en Belén o en Judea al morir Herodes, prefiere irse a Galilea para estar más seguro, y un ángel le confirma en la corrección de su decisión. Es decir, no era alguien pasivo, que se limitaba a “cumplir órdenes”, sino que tenía iniciativa personal, sólo que la adecuaba al plan de Dios cuando este le era manifestado. Por eso, con toda naturalidad, no le tembló la mano a la hora de enseñarle a Jesús su propio oficio, de manera que también Jesucristo era conocido por su trabajo: “¿no es este el carpintero, el hijo de María?“ (Marcos 6, 3). Alguien hubiera podido pensar: “¡cómo se atreve a enseñarle un oficio tan humilde al que ha venido al mundo para salvarlo!” Pues sí, se atrevió, de forma que Jesús nos salvó no sólo en la Cruz, sino también a lo largo de sus años de vida oculta, trabajando, codo con codo, con san José.
Callado, eficaz, dócil y humilde. San José era el más humilde de los hombres. No “se le subió” haber desempeñado el más importante de los oficios: ser cabeza de familia en la Sagrada Familia; tener a su resguardo a Jesús -¡Dios mismo!- y a María. Por el contrario, vivió una vida absolutamente normal y murió, podemos suponerlo, agotado, trabajando. No por nada es el “patrono de la buena muerte”, pues murió acompañado de Jesús y de María, “pronunciando estos nombres dulcísimos”. Impresiona pensar que Jesús y María sufrieron por la muerte de José, le echarían en falta. En cualquier caso, fue un hombre de trabajo y de humildad, nada pagado de sí mismo, consciente de que él no era el centro, sino lo era Jesús. Aceptando gozoso esa realidad, asumiendo su papel.
Muerte de san José
San José, en consecuencia, puede ser también descrito como alguien cuya pasión era servir y pasar desapercibido, es decir, no “apuntarse el tanto”. Trabajador, discreto, eficaz, servicial. Entendía su vida entera como un servicio, a Dios en primer lugar, a través de Jesús y de la Virgen, y eso le llenaba el alma. Pero, con su trabajo, además de servir a su familia proporcionándole un digno medio de sustento, servía a la entera sociedad, al realizarlo bien, con perfección, con pasión. Un hombre cuya pasión es servir, vivir para los otros, estar disponible a la misión de Dios. San José redescubre entonces la grandeza del servicio -tan vilipendiada e incomprendida por la cultura dominante- mostrándonos cómo servir es “oro molido” en la presencia de Dios. De hecho, Jesús dijo con claridad: “no he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida” (Marcos 10, 45). Impresiona pensar que eso mismo Jesús lo vio encarnado en la vida de su padre putativo. De manera que, como san José, vamos por buen camino -y a contracorriente, lógicamente-, cuando nuestra mayor aspiración es servir. El servicio desinteresado a Dios y a los demás colma de sentido nuestras vidas. La humanidad tiene urgente necesidad de redescubrirlo, como tiene necesidad de redescubrir la vocación de madre, es decir, la grandeza de la vocación al servicio desinteresado, que se convierte en donación total de sí misma; un auténtico holocausto discreto, agradable a los ojos de Dios a la par que políticamente incorrecto.
Por todo eso y por mucho más, san Josemaría Escrivá afirmaba que san José era “patrono de la vida interior”. En efecto, la esencia de la vida cristiana es el amor. Si san José se hizo santo no fue solamente por trabajar y tener una familia -prácticamente todos los seres humanos nos encontramos en ese supuesto y no por eso somos santos-, sino por amar a Dios a través de su trabajo y de su familia. Aunque, de alguna forma, él “hizo trampa”, porque Jesús, que es Dios, era parte de su familia. Amar a Dios y a su familia eran uno y lo mismo, la misma cosa. La santidad puede ser descrita, más amablemente, como amor a Jesús y, ¿por qué no?, a la Virgen (nos parecemos a Jesús cuando amamos a su Madre como Él la amaba). José no hizo otra cosa en su vida que amar a Jesús y a la Virgen. Realizaba su trabajo por amor a Jesús y a la Virgen, vivía su vida familiar amando a Jesús y a la Virgen. A nosotros se nos presenta la misma atractiva posibilidad, sólo que más difícil: san José amaba a una familia real y perfecta; nosotros tenemos que amar a una familia real e imperfecta, y quizá por eso tenemos más mérito. San José no tenía que hacer esfuerzos para descubrir a Jesús; nosotros tenemos que hacerlos para descubrirlo en nuestros familiares, colegas y amigos. Pero, precisamente por ello, le pedimos ayuda al mismo san José, para que, como él, amemos a Jesús y a María a través de nuestra familia y nuestro trabajo.
La contemplación sencilla del nacimiento -¡qué no se pierda esta hermosa costumbre cristiana!- no sólo nos obtiene este año la “indulgencia plenaria”, ofrecida por el Papa Francisco, sino que también nos ayuda a redescubrir el sentido de nuestra vida ordinaria, a replantearnos su valor, a vivirla de manera diferente, transfigurada, henchida de amor y como lugar de contemplación.
Es preciso realizar una consideración preliminar. La Iglesia, en su sabiduría añosa, nos ofrece dos fases en el desarrollo de este tiempo litúrgico fuerte, que es el Adviento. En la primera, enfoca su mirada en la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, cuando venga con poder y gloria a juzgar este mundo. Nos presenta así el fin de la historia, animándonos a prepararnos para tal evento. De hecho, de alguna forma lo hacemos cotidianamente, quizá sin darnos demasiada cuenta, al rezar el Padrenuestro, cuando invocamos “venga a nosotros tu reino”. Ese reino que imploramos, es la consumación de la historia, el reinado definitivo y efectivo de Cristo sobre la entera creación. También lo pedimos cada vez que asistimos a la santa Misa, al exclamar, inmediatamente después de la consagración: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!” Jesús ya vino, no sólo hace dos mil años, sino que, inmediatamente antes de pronunciar estas palabras, bajó nuevamente al altar gracias a la acción del Espíritu Santo y a las palabras de la consagración, pero estando ahí presente Jesús, le pedimos que apure su segunda venida, al final de los tiempos.
La segunda parte comienza el 16 de diciembre, coincide con la novena de la Navidad, cuando se rezan las antífonas solemnes previas a la Navidad, que nos invitan a centrar la mirada en el Misterio de Cristo naciente. Digamos que la primera parte del Adviento nos invita a mirar hacia adelante, a la segunda venida; la segunda parte, por el contrario, hacia atrás, para contemplar su primera venida en pobreza y humildad. ¿Para qué ese sucesivo cambio de perspectiva?, ¿por qué primero mirar hacia adelante y después hacia atrás? Quizá la respuesta nos la ofrezca san Bernardo, que de alguna forma “infla” las venidas de Cristo al incluir una “tercera venida”, en este caso, a nuestro corazón, en el silencio y la intimidad. Las meditaciones sobre el adviento tienen como finalidad provocar esa venida a Jesús en nuestro corazón en el presente, en el tiempo real de nuestra existencia, la cual discurre a caballo entre esas dos venidas teológicas claras: la primera en Belén hace dos mil años, la segunda al final de los tiempos, sólo Dios sabe cuándo.
San Juan Bautista de El Greco
Por eso la primera figura a contemplar es la del Precursor, san Juan el Bautista. Apenas seis meses mayor que Jesús, enviado por Dios para preparar su venida, y disponerle “un pueblo perfecto”. En realidad, san Juan Bautista forma parte de lo que pudiéramos denominar “nuestro tiempo”, pues su ministerio es posterior al Nacimiento en Belén, y anterior a la segunda venida. De todas formas, constituye el eslabón entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos y es anterior al nacimiento de la Iglesia, con el que realmente surge el “tiempo de la Iglesia”, “tiempo del Espíritu Santo”, nuestro tiempo… Pero su misión es muy conforme con el significado profundo del Adviento, pues nos invita a “mirar a Jesús” y a prepararnos para su venida: su segunda venida al final de la historia y su tercera venida a nuestra alma en gracia.
San Juan, en efecto, lo señala y encamina a sus discípulos hacia Él. Digamos que, de alguna forma, todos tenemos algo de “san Juan Bautista”, pues nuestra vida espiritual puede comprenderse como la misión del Bautista: preparar la segunda venida de Cristo a este mundo con el trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, santificado y santificante; y, en segundo lugar, descubrir a Jesús y señalarlo: descubrirlo en las personas, en nuestro trabajo, en la vida familiar, social o política y en señalarlo para que las demás personas lo descubran y lo sigan, para que la sociedad, la humanidad entera se oriente hacia Él, y contribuir de esa forma a realizar lo que profetizó san Pablo: “que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15, 28).
Bautismo de Jesús por El Greco
Para vivir bien el Adviento, nada mejor que imitar la actitud del Bautista. Podría resumirse ésta en su humildad, la viva conciencia que tiene de ser sólo un instrumento o, por usar otro símil, de ser él la envoltura y Jesús el regalo. Una vez recibido el regalo, pierde el sentido la envoltura. Se trata entonces -¡qué difícil es!- de descubrir que el centro de la fiesta no somos nosotros, es Jesús. Que el mundo no gira alrededor nuestro, sino de Él. De poder decir, con autenticidad, como san Juan: “conviene que Él (Jesús) crezca y yo disminuya”. En el Adviento, por tanto, podemos hacer el ejercicio de ubicarnos en nuestra realidad existencial, espiritual y religiosa. De alguna forma revivir el descubrimiento de Copérnico y descubrir, maravillados, que el centro no somos nosotros, sino Jesús, y tomar las medidas, dar pasos decididos, en orden a que efectivamente, y no sólo en nuestros deseos o en nuestra boca, sea Jesús el centro de nuestra vida.
Muchas veces, además, podemos tener el “complejo del Bautista”. ¿En qué consiste? En sentirnos como él: “voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor” (Juan 1, 23, vid. Isaías 40, 3). A veces sentimos que nuestro clamor cae en el desierto, en tierra baldía, nadie lo escucha, todos lo ignoran. A veces los cristianos nos sentimos incomprendidos en el mundo, cuando no extraños a él. No debemos, sin embargo, dejar de ejercer nuestra misión profética en el seno de la sociedad. Dios cuenta con ello, aún con la apariencia de falta de frutos. Algo análogo le sucedió al Bautista: su misión estribaba en preparar al pueblo de Israel para recibir a su Mesías, pero cómo explica el otro san Juan en el prólogo de su evangelio: “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11), finalmente el pueblo de Israel no aceptó a su Mesías y lo crucificó. Los designios de Dios son inescrutables, pero Dios contó con la misión de san Juan Bautista, así como cuenta con la nuestra.
Proclamar, en medio del mundo, que el fin del mundo es trascendente a este mundo, aunque el mundo parezca no escucharnos. Como diría Pink Floyd: “Keep talking”, sigue hablando, sigue sembrando la semilla de la Palabra, que el Espíritu Santo encontrará la forma de que esta dé fruto, y fecunde el mundo y la sociedad. No te canses de hablar, no ceses de proclamar “la buena nueva”, “con ocasión y sin ella”, “oportuna o inoportunamente” (en expresión de san Pablo). La dimensión del Bautista en nuestra vida es parte de nuestra vocación bautismal, del carisma profético con el que somos ungidos al recibir el carácter sacramental en el bautismo y la confirmación. Muy especialmente con este último sacramento, que nos da la gracia y nos capacita para dar testimonio público de nuestra fe. Y esto con naturalidad, sin estridencias ni cosas raras, en medio de la sociedad, a través de nuestra vida familiar, profesional o social, sirviéndonos de la amistad, vamos dando testimonio de Cristo. Sentimos en nuestro interior la fuerza de esta misión, la responsabilidad de estar a la altura de ella, y el empeño de que nuestra vida sea coherente con la misma, como lo fue la de san Juan Bautista con su misión de Precursor; si de algo no se puede dudar, es de la autenticidad del personaje, a él le pedimos también que nimbe con el sello de la autenticidad nuestra entera vida cristiana.