Cuando era mortalmente peligroso ser cristiano en los primeros siglos, antes de la era de Constantino, la Iglesia estaba principalmente formada por hombres y mujeres convencidos de su fe. La sangre era un precio que estaban dispuestos a pagar por su fe. Se bautizaban personas previamente catequizadas y conversas no sólo en cuanto a los dogmas, sino congruentes en acto y pensamiento. A tal grado llegaba la fe de los cristianos, que los contemporáneos se admiraban, positiva o negativamente, de la fuerza que demostraban ante el martirio y en el día a día: “Mirad cómo se aman…Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro.” (Tertuliano)
El día de hoy, no tenemos que escondernos en catacumbas (al menos en occidente), ni ser la deshonra de la familia por convertirnos al cristianismo; podemos afirmar, cuando nos preguntan, que somos “católicos de nacimiento”. Algunos quizás afirman “creo en Dios, pero no en la Iglesia.” Nos bautizan cuando no podemos elegirlo y, al crecer, nos llevan a la Misa dominical, donde aprendemos a sentarnos y levantarnos, a persignarnos y a decir amén.
Con el correr de los años, el secularismo parece ganar terreno y, para muchos, ya es raro ir a Misa incluso en los días más solemnes. En muchos hogares, la abuela es quizás el último vestigio de superstición que queda, y la acompañamos a misa o rezamos el Rosario sólo para darle gusto. Algunas tradiciones continúan entre nosotros, aunque con otro significado: en Navidad hacemos fiestas y nos deseamos lo mejor; el día de reyes partimos roscas de Baby Yoda; en Cuaresma podemos ir a Burger King y pedir la hamburguesa de pollo, en vez de la hamburguesa de carne. No puedo evitar recordar a un amigo agnóstico de la facultad que se espantó al recordar que era viernes de vigilia y había comido carne.
Parece que, en estos tiempos, la religión es más tradición que un modo de vida interiorizado. El calendario sigue pasando y, de nuevo, nos encontramos en el tiempo de Cuaresma para llegar a la Pascua y nos preguntamos: ¿Otra vez? He escuchado algunos comentarios sobre esta fecha, uno que llamó especialmente mi atención fue: “Ya dejen en paz al pobre Jesús, que suficiente tuvo con sufrir una vez, como para que año con año lo estemos recordando.”
Así es… otra vez. El calendario se repite año con año, pero la vida no es siempre la misma. Una misma fecha puede vivirse de distintas maneras cada vez, y por eso deberíamos conocer un poco más sobre este tiempo para vivirlo del mejor modo.
¿Qué significa realmente la Cuaresma? ¿Puede “servirme” de algo vivirla? La Cuaresma es tiempo de purificación y de preparación para la Pascua, es decir, preparación para renovar en el corazón el acto de amor más grande, que tiene el poder de dar verdadero piso y sentido a tu vida.
La Muerte y Resurrección de Cristo sucedieron históricamente en abril del año 33 d.C., pero no conmemoramos a un maestro de moralidad que murió y ahora vive en nuestra memoria colectiva. Más bien renovamos nuestra relación con Dios, que se hizo hombre para que todo aquel que ha respirado en esta Tierra -en el pasado, presente y futuro- pueda tener vida eterna ahora y cuando nos vayamos de este mundo. Y así seamos alimentados con el pan del sentido.
Joseph Ratzinger nos explica en su libro Introducción al cristianismo que “el sentido es el pan de que se alimenta el hombre en lo más íntimo de su ser. Huérfano de palabra, de sentido y de amor cae en el <<ya no vale la pena vivir>>, aunque viva en medio de un confort extraordinario.”
En miércoles de ceniza mientras el sacerdote o ministro coloca una cruz en la frente, se recita: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1, 15), citando las palabras con que Jesús comienza su misión después de un prolongado ayuno de 40 días en el desierto cercano a Jericó.
Siguiendo la tradición judeocristiana, los números tienen una carga simbólica muy importante, el número 40, bíblicamente significa “cambio” y también “historia del mundo con relación a Dios”. De ahí que los 40 días que Jesús pasó en el desierto y que nosotros también vivimos, desde el miércoles de ceniza hasta la Pascua, sea un tiempo de transición.
El lugar privilegiado de los momentos de transición y transformación es el desierto. Es un lugar de soledad y simplicidad, donde ocurre el despojo de lo superficial y el encuentro con lo esencial. El tiempo de Cuaresma es un desierto.
En el libro del profeta Oseas, Dios manda al profeta casarse con una prostituta, simbolizando así como en un espejo, la infidelidad de la humanidad y de mi persona con Dios. Esta prostituta tenía amantes en la carne y en el alma, pues lejos de buscar a Dios, buscaba ídolos, falsos dioses, “Baales” que quiere decir “dueños”.
En otras palabras, podemos decir que buscaba mentiras que terminaban dominándola. Pues, como dice Plutarco: “Quien tiene muchos vicios, tiene muchos amos”.
Sin embargo, Dios permanece fiel ante la infidelidad y desea siempre el bien de sus amados, lleva a esta mujer a una purificación. La lleva al desierto: “Así, la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,16).
Pantocrator Icono: M. Fajardo
El corazón de la Cuaresma
El corazón es el punto donde encontramos la síntesis de lo que somos, pensamos, sentimos y queremos. Es en el desierto donde Dios ayuda al corazón a encontrar esa verdad y esa paz que busca sin encontrar.
Recordando las palabras de San Agustín, nuestros corazones están inquietos y descansarán de esta búsqueda e inquietud hasta que reposen en aquel que nos ha amado antes que cualquiera.
En el desierto de la cuaresma, en medio de reflexión, vigilancia interior y la gracia de Dios, que podemos hallar la conversión.
¿No es una exageración, una provocación e incluso un escándalo pedir en medio de este mundo trepidante y lleno de bagatelas reflexión, vigilancia interior y ayuno? ¿No es acaso una actitud exclusivamente monacal, propia de ciertas personas consagradas o tal vez fanáticos religiosos? No, la actitud interior de la Cuaresma no es ni un resabio exótico de otros tiempos ni una manía religiosa: Cualquiera tiene la capacidad de buscar (y encontrar) a Cristo, para que su vida se llene de sentido, de amor y de una actitud sensible a los movimientos espirituales internos.
Conversión y humildad
Para entender un poco mejor esta posibilidad siempre vigente, quizá nos ayude comprender el significado de la palabra “conversión”. En la Biblia se utilizan dos verbos griegos: epistréphein y metanoéin. Ambos significan volver, dar media vuelta y arrepentirse. Sin embargo, el primer verbo se refiere más a un cambio de conducta externa en nuestras prácticas, conductas observables; mientras que el segundo se refiere a una transformación interior que implica cambiar la orientación del propio pensamiento.
La conversión no consiste en afirmar un credo particular o adoptar ciertas normas y actitudes que corresponden a “las buenas personas”. La conversión es más bien la transformación de la mente y del espíritu: “Antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.» (Rm 12,2) La renovación de la mente es el primer paso que, paralelamente y de forma congruente, transformará los actos externos.
Es interesante conocer el sentido que algunas corrientes psicológicas le dan al concepto de metanoia-conversión. Para Carl Jung “indica un intento espontáneo de la psique por curarse de un conflicto insoportable a través de su desestructuración y posterior renacimiento en una forma más adaptativa”.
Para otros psicoanalistas, la conversión es la explosión de ideas y sentimientos incubados en el inconsciente, que salen a la superficie de la conciencia, impulsados por nuestra tendencia de reemplazar elementos caducos de nuestra síntesis mental, por un principio más fuerte y unificador. Esto nos recuerda la parábola imagen evangélica del escriba sabio: «Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.»» (Mt 13, 52)
El camino de la conversión no se transita solamente una vez, sino muchas. Quizás necesitamos convertirnos todos los días. Pues la plenitud a la que somos llamados no tiene límites. Sin embargo, la austeridad a la que nos invitan la Cuaresma y la Pascua, de manera especial nos conducen a uno de los medios forzosos para encontrar conversión: la humildad.
El buen Pastor Ilustración: Mauricio Fajardo
No es casualidad, que otra frase utilizada el miércoles de ceniza sea: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver», citando al libro del Génesis. 3, 19. Después de todo, en la Biblia encontramos que «El Señor formó al Hombre (Adam, en hebreo) del polvo de la tierra (adamá)». La etimología hebrea Adam (אָדָם) proviene de dos raíces: dam (דַּם) que significa sangre y adamá (אֲדָמָה) que significa tierra; la misma relación sucede en latín, hombre humanus proviene de la palabra humus que a su vez significa tierra.
Somos tierra, polvo y esta vida es pasajera ¿Acaso se trata entonces de autocompadecerse y mirar con pesimismo nuestra existencia? No.
Esta frase es un recordatorio de la humildad. La humildad tiene como raíz la palabra latina humus que quiere decir “tierra”. La tierra es símbolo de verdad y realidad; es lo que nos sostiene a fin de cuentas. Santa Teresa de Ávila decía que la humildad es “andar en la verdad. “
La conversión es, en conclusión, encontrar la verdad de quién eres, de lo que buscas en realidad y la verdad de quién es Dios para ti. Este piso firme de realidad nos dará descanso. Pues es agotador ir por la vida buscando fantasmas y quimeras de lo que debimos ser. La Cuaresma es un periodo de desierto para buscar la humildad, la realidad y la verdad que iluminará y destruirá todo aquello que no somos, para mostrarnos nuestro verdadero ser.
Volver a Dios, convertirse, significa corregir el rumbo para encontrarnos con la verdad, la belleza y el bien. Bruce Marshall decía que el hombre que toca la puerta de un burdel está buscando a Dios. Buscamos en lugares equivocados el amor y plenitud que sólo puede darnos Aquél que lo ha creado todo. Y es que el sentido y la vida que anhelamos, no es algo abstracto, sino una Persona.
¿Cómo debemos vivir el desierto de la Cuaresma para encontrar la conversión y prepararnos para la Pascua? Te propongo cuatro claves para experimentar el desierto:
Masada, Israel Foto: M. Fajardo
Oración
La oración es un tratar amistoso con quien sabemos nos ama. Las variantes de la oración son múltiples, y es tarea de cada quien elegir la más adecuada con su personalidad. Hay a quienes les sienta mejor una oración contemplativa, otros se valen más de la imaginación o del intelecto y hay quienes oran a través de la música.
La clave es determinarnos a orar por lo menos 10 minutos a conciencia y sin prisa. Entablando una conversación de completa sinceridad y sin máscaras con el Dios que nos conoce mejor que nosotros mismos. Es importante que la voluntad le gane al sentimiento de desgane. Incluso, cuando no sentimos nada, hay que perseverar, porque ninguna oración se pierde. Conquistar el hábito de orar ya es un gran trabajo de purificación personal.
Ayuno y penitencia
Es habitual hacer algún ayuno, algún sacrificio o acto de austeridad, y está muy bien, pero hay que tener cuidado: muchos profetas del Antiguo Testamento denunciaban los sacrificios, ayunos y penitencias como actos hipócritas. Así mismo lo hizo Jesús, pues mientras algunas personas observaban rigurosamente preceptos y penitencias, trataban sin justicia a los pobres, guardaban rencores y se encontraban ávidos de respetos humanos. Este tipo de penitencias y sacrificios, que ejemplifican actos ascéticos o de purificación, son poderosos y útiles cuando se hacen con la intención correcta. Y la intención correcta es la conversión personal.
El sacrificio nos recuerda que podemos crecer en libertad interior, porque quien no se posee no puede entregarse libremente. Si no sabemos decir “no” entonces nuestro “sí” no vale nada. El sacrificio nos recuerda también que, aunque el mundo y los placeres ordenados son buenos, hay realidades y bienes espirituales más valiosos, nobles y trascendentes.
Hay muchas opciones para ejercitarnos en estos pequeños sacrificios: podemos empezar a comer raciones más pequeñas de comida, no tomar postre o bebidas que nos agraden (café, te o alcohol). Podemos ofrecer nuestro tiempo cuando usualmente no lo haríamos. Podemos dejar de mirar las redes sociales a partir de determinada hora del día.
Es muy bueno también, y muy dificil, vigilar nuestra lengua: las cosas que decimos y cómo las decimos. Quizás nos percatemos de que nuestras palabras son en ocasiones «tóxicas»: palabras de críticas y quejas. Un gran ayuno sería corregir nuestro diálogo interno y externo, sustituir la maledicencia por la benedicencia. Practicar el Agere ad contra (actuar en contra) de San Ignacio, que establece un contraataque a todos aquellos vicios que tenemos con la acción opuesta.
Examen interior
El examen interior es un ejercicio de discernimiento. Antes de dormir, en clima de oración, pedir al Espíritu de Dios su guía para encontrar aquellas emociones y pensamientos que a lo largo del día tienen un significado espiritual. Pareciera una práctica trivial, pero el examen cuando se hace bien nos ayudará a revelar malestares prolongados en nuestra vida, sentimientos destructivos como resentimientos o envidias; heridas no purificadas o no atendidas; deseos dañinos como desearle el mal a alguien. Dios quiere que nos conozcamos realmente, para que podamos cambiar y mejorar. Esta vigilancia bajo el impulso espiritual de Dios es indispensable para alcanzar conversión.
La liturgia y la Comunión
Especialmente en Cuaresma podemos darnos la oportunidad de experimentar con una mente nueva la liturgia, que está llena de tesoros espirituales; la oportunidad de escuchar atentamente la palabra de Dios, sin asumir que sabemos lo que dice, como solemos hacer. Podemos darnos la oportunidad de leer el Evangelio de cada día con un espíritu de escucha y aprendizaje. Y sobre todo podemos revalorar el regalo de la Comunión.
El dicho popular afirma: “tú eres lo que comes”, de ahí la importancia de una buena alimentación espiritual. Es preciso alimentarnos de lo que en verdad nutre el espíritu y, en la medida de lo posible, comulgar diariamente. El tiempo del desierto es silencioso, pero nunca será solitario, aunque a veces lo sintamos así, porque Dios estará presente.
Guiados por Dios en la oración, el sacrificio, la reflexión y la Palabra. Caminaremos con paso seguro en el desierto de la Cuaresma y podremos encontrar un significado completamente nuevo de la Pascua. Encontraremos que esta tradición es la oportunidad que tenemos cada año para volver a hablar de «tú» con Dios.
Es muy curioso que dentro de todo lo que nos heredaron nuestros padres la forma de relacionarnos con la espiritualidad es una de ellas. Si nuestros padres son ateos, nosotros seremos ateos; si nuestros padres son agnósticos, seremos agnósticos; y si son católicos, seremos católicos. Al menos en primera instancia.
Según el INEGI (2020), en México, el 77.7% de la población es católica, pero incluso dentro de ese porcentaje es mucho menor la cantidad de personas que realmente conocen el catolicismo. Pensemos en aquellos que se denominan “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”, como si la religión fuera separable de su ejercicio. O, en aquellos que se bautizan, se confirman y se casan solo porque “es lo que se acostumbra”, pero jamás pisan el templo un día ordinario ni se han preguntado por su fe o por qué hacen lo que hacen. Seguramente el término “católico” debería ser aristotélico, porque al parecer se dice de muchas maneras.
Luego, por otro lado están los que quedan por fuera de ese porcentaje, aquellos que practican otra religión: mormones, cristianos, protestantes, musulmanes, etc. Pero ya sea que se consideren católicas o no muchas personas repiten incontables prejuicios sobre el catolicismo, la mayoría repiten estos prejuicios por ignorancia, francamente. Me parece desconcertante que los afirmen con tanta seguridad y hasta con odio, odio por algo que ni siquiera es lo que creen que es y, peor aún, que no se dan ni el tiempo de conocer al menos para saber si su crítica es válida.
Yo soy católica, pero mis padres no lo son; es decir, estoy bautizada porque los padres de mis padres son católicos y es la espiritualidad que les heredaron. Mis padres participaban de ese pequeño grupo que hace las cosas por costumbre sin conocer su fe, cuando les pregunté por qué se habían casado me respondieron que era lo que se acostumbraba y nada más. Claro que mis padres se querían, pero cuando llegaron los problemas y se sumaron al desconocimiento del significado de su propio matrimonio, quedó claro que su amor no era suficiente para mantener su unidad en medio de las vicisitudes de la vida.
Cuando mis padres se divorciaron se metieron en todo tipo de búsqueda espiritual alternativa. Y no los puedo culpar, el divorcio es algo que no existe en el catolicismo y la disolución de un matrimonio es algo mucho más difícil que solo separarse porque ya no quieren lidiar juntos con las circunstancias. Nadie quiere sentir que le falló a Dios por “divorciarse”, entonces se vuelve mucho más fácil buscar otra religión que responsabilizarse de su falta, aunque el verdadero problema es el desconocimiento de la fe.
Así es que yo más bien crecí en un entorno “alternativo” de misticismo, reencarnación, feng shui, péndulo, imanes, cristales con poderes mágicos, numerología tántrica, meditaciones de estilo oriental y algunos otros revoltijos. Una crianza muy ”new age”, aunque estoy muy segura que las generaciones de ahora que practican estas cosas terminan inmersos en ellas por razones muy similares a las de mis padres. Al final Dios nos habla a cada uno de nosotros como solo él sabe que podemos entenderlo y quien realmente quiera buscarlo, estoy segura de que lo encontrará, sin importar el camino del que parta. La verdad es solo una; única y absoluta. Y, curiosamente, fue esta misma premisa la que me llevó al catolicismo.
Cuando era adolescente era discípula de una mujer que se autodenominaba como médium, “canal crístico”, exorcista, numeróloga… entre otras cosas. Yo sentía que algo no estaba bien, encontraba muchas inconsistencias en su discurso: acciones perjudiciales para personas en situación de crisis; una estrecha relación entre la “espiritualidad” y la monetización; un desprendimiento del juicio y la realidad (los hechos); intrusión abusiva en la vida de los demás y muchas otras características perturbadoras.
Entonces, entendí dos cosas.
La primera, ese tipo de experiencias son como estar borracho, se siente bien… hasta que llega la resaca y ves que la falta de sobriedad espiritual te puede llevar a la locura, como tener una “actitud positiva” completamente desarraigada de lo que está pasando y que al final no te ayudará a solucionar nada. O ver cosas que en realidad no están ahí y desarrollar psicosis.
Y lo segundo que entendí es que la desesperación te lleva a creer lo que sea, y cualquiera de nosotros es susceptible de ello, sobre todo si es algo que nos llena el ego o nos brinda cierto sentido de identidad, como: “tú tienes un don”, o “eres especial”, o “puedes ver cosas que otros no ven”, o “tienes un nivel de conciencia superior”. Por ello debemos conducirnos con sobriedad y humildad, porque es muy fácil perderse en la vida espiritual.
Entonces me di cuenta: yo no estaba dispuesta a renunciar a buscar a Dios por un vano consuelo de satisfacción que llenara mi ego. Así me encontré de frente con el catolicismo, no como la religión que me trasmitieron mis padres, sino como una mano amiga que se extendió ante la incertidumbre y no la hizo desaparecer, pero la degradó en matices de esperanza. No fue inmediato, tampoco agradable. Pero, me hizo mirarme a mi misma con atención y aceptación para confrontar mis pensamientos, palabras y emociones. Conformando mi sentir en una conversación con Dios, reconociendo cuando he fallado para pedir perdón e intentarlo de nuevo. Ahí, es donde aprendí que no se necesita ser “especial” para hacer algo bueno, todos somos capaces de hacerlo conforme a nuestras posibilidades y son esas pequeñas bondades en las que verdaderamente encontramos a Dios.
Tal vez mis padres no me heredaron mi espiritualidad. Tal vez con ello me mostraron un camino más largo. Quizá, sin proponérselo,más bien me enseñaron lo que no debía hacer. O incluso puede ser que lo que aprendí de ellos no fue lo que intentaban enseñarme. Pero, lo que sí aprendí fue a elegir libre y voluntariamente mi manera de encontrarme con Dios. De escoger las pequeñas, pero buenas acciones, para no perderme.
En esta sexta conmemoración del Día Mundial de la Lógica, quisiera compartir mi convicción de que la lógica surge del profundo deseo de aprender a investigar y explicar en qué consiste esta afirmación desde mi perspectiva.
Investigar es una actividad más compleja que simplemente percibir, pensar o razonar, al menos bajo una definición restringida del razonamiento como el proceso de obtener conclusiones o validar su obtención. La investigación implica un esfuerzo más amplio: busca responder y plantear preguntas sobre nuestras convicciones, es decir, sobre aquello en lo que depositamos nuestra fe. Además, conecta nuestras convicciones con nuestros actos.
La fe, en este sentido, no abarca todo el acto religioso. Este último no se limita a la voluntad de creer, ya que aquello que nos «re-liga» plenamente a nuestras convicciones no consiste únicamente en avivar el deseo de creer, sino en el cuidado y la refinación tanto del hábito de creer como de aquello en lo que creemos. La investigación es el acto que nos conecta con nuestra fe, haciendo del acto religioso algo más pragmático y, por ende, más controlado en su ejercicio.
El acto religioso al que me refiero no es una búsqueda desesperada de renovación ni un esfuerzo por superar nuestras convicciones. Es un ejercicio continuo de refinamiento de nuestras creencias y su conexión con nuestros actos, que solo concluye con la vida misma. De esta forma, podríamos dejar de inducir a jóvenes y adultos a esperar repentinas iluminaciones, las cuales solo llegan a quienes las buscan con inocencia o a quienes, aunque no las persiguen obstinadamente, se preparan para recibirlas. La grandeza de los científicos que recordamos radica tanto en la sorpresa que caracterizó sus hallazgos como en la capacidad que desarrollaron para comprenderlos. De manera similar, el descubrimiento de lo divino y las conversiones comparten esta cualidad inesperada y previsiva.
El acto religioso del que hablo se encuentra en común entre figuras como Aristóteles, Newton o Fahraday, así como en los santos Agustín, Benito o Ignacio. Ciertamente, aunque no profundizaré en ello, los métodos de razonamiento que brinda la lógica y el panorama que aclaran del conocimiento posible son precisamente lo que nos permite descubrir tanto las leyes de la naturaleza como aclarar la revelación de Cristo. Inducir es el hábito de conectar experiencias con sus explicaciones y principios; deducir, el hábito de obtener consecuencias de ciertos principios y conectarlos con nuevas experiencias; y abducir o generar hipótesis, el hábito de razonar sobre lo desconocido y hacerlo plausible. Estos hábitos del razonamiento, en su conjunto, conforman un sencillo camino que educa al entendimiento humano en la búsqueda y vivencia de las verdades que nos importan.
Sería valioso que este principio de conexión entre la investigación y los actos religiosos se enseñara en las clases de lógica. Sin embargo, es probable que esté fuera del enfoque de la mayoría de los profesores y pedagogos de esta disciplina. La juventud, ese momento en que se forma el germen de la adultez, es la etapa ideal para proporcionar esta luz, ya que durante esos años solemos enfrentar cierta oscuridad e incertidumbre en cuanto a los modos y los cómos. Por ello, especialmente a esa edad, necesitamos aprender tanto a razonar como a comprender por qué hacerlo y su importancia para nuestra plenitud como personas.
Así, el método de investigación que ofrece la lógica tiene como objetivo principal enseñarnos a cuidar nuestras creencias y hábitos. Aunque la lógica no puede proporcionar reglas específicas, y mucho menos hiper específicas, para lograr este propósito, puede ayudarnos a aclarar el panorama mediante los principios más elementales de cualquier investigación. No necesariamente como una profesión, sino como un modo de vida que nos aclare el significado de nuestras convicciones y refine nuestros hábitos. Para esto podemos comenzar por suprimir todo esfuerzo y dar el primer paso en esta dirección.
Recordar esto en el marco de esta conmemoración resulta de suma importancia, ya que la lógica, en su esencia, no solo es una herramienta para el pensamiento riguroso, sino un camino para cuidar nuestra conexión con lo que creemos y valoramos.
“[H]a llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una transformación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.
Mensaje de clausura del Concilio Vaticano II
Los críticos de la Iglesia Católica frecuentemente se burlan de la insistencia de la Iglesia en que las mujeres tienen dones únicos para la Iglesia y el mundo. De hecho, las exhortaciones del Papa Juan Pablo II a las mujeres, para que empleen su «genio femenino» para construir una cultura de la vida, a menudo se enfrentan con posturas inconformes dentro y fuera de la Iglesia. El mantra trillado es que «hasta que las mujeres sean ordenadas al sacerdocio, la Iglesia es culpable de discriminación».
¿Cómo deberían responder los católicos a estas acusaciones? ¿Cómo pueden las mujeres católicas comunicar las verdades más profundas del «efecto y poder» de la vocación femenina?
Una respuesta rápida es que es ilógico pensar que la Iglesia confiaría la enorme misión de «ayudar a que la humanidad no decaiga» a ciudadanos de segunda. De hecho, la Iglesia ha llamado a las mujeres a ser el arma secreta del siglo XXI. Ella necesita y busca con urgencia la participación particular y activa de sus hijas.
El poder innato del genio femenino se pone de manifiesto sólo cuando la vocación de la mujer se capta adecuadamente. La Iglesia reconoce que la cultura de la muerte tiene éxito allí donde las mujeres abdican de su vocación única; por tanto, llama a las mujeres a recuperar la plenitud de su vocación, la plenitud necesaria para «ayudar a la humanidad a no caer».
Esta plenitud de la vocación femenina hace falta en el debate sobre «compartir el poder» en la Iglesia y la insistencia en la ordenación de mujeres, porque la plenitud de la experiencia humana sólo puede realizarse cuando los dones inherentes a cada género están ordenados el uno al otro. Esta es la «verdad conocida, pero olvidada» que ha resultado espinosa para quienes critican a la Iglesia.
Dignidad y Vocación
La frase «genio femenino» se atribuye a Juan Pablo II, pero el concepto se esboza en algunas exhortaciones del Papa Pío XII, en particular a la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (1957). El Concilio Vaticano II profundizó aun más en la actualidad de las contribuciones definitivamente femeninas a la sociedad. Sin embargo, el resumen más completo del significado de la feminidad a la luz de esta «hora» de la historia es Mulieris Dignitatem (Sobre la dignidad y la vocación de la mujer). Promulgada por Juan Pablo II en la fiesta de la Asunción en el año mariano de 1988, Mulieris es una reflexión sobre la fuerza espiritual y moral de la mujer. El Papa reflexionó más sobre el tema en su Carta a las mujeres de 1995, que abordó el desafío del feminismo contemporáneo y ofreció una advertencia sobre las formas de ideología feminista que son más destructivas que constructivas.
Está claro que la Iglesia ve una importancia extraordinaria en los atributos femeninos y su potencial para construir una cultura de la vida, y Mulieris ofrece a las mujeres formas prácticas de aplicar su genio femenino al mundo que las rodea. Cuatro aspectos de esa genialidad son claves en el plan de batalla femenino para “ayudar a la humanidad a no decaer”: receptividad, sensibilidad, generosidad y maternidad.
Foto: Robin Thakur
Receptividad
Fue una mujer, la Santísima Virgen María, quien primero recibió al Hijo de Dios. La esencia del fiat de María es la receptividad femenina sin mancha del pecado original. En la Anunciación, el cielo invita –no obliga– a María a recibir al Dios-hecho-Hombre. Como María, todas las mujeres están llamadas a ser un «genio» de la receptividad –biológica, emocional y espiritualmente. Los cuerpos de las mujeres están creados para recibir nueva vida, pero para ser completamente femeninas, los corazones y espíritus de las mujeres también deben ser receptivos.
La naturaleza receptiva de las mujeres es primordial para comprender el genio femenino. La naturaleza de los hombres es generativa: los hombres están llamados a dar su vida –incluso hasta la muerte– por la defensa y protección de la mujer. Pero la naturaleza y los dones de los hombres son sólo la mitad del diseño de Dios para la humanidad. El don de sí mismo del hombre y su forma masculina de relacionarse con el mundo se atrofian y son estériles cuando no puede entenderse a sí mismo en relación con la mujer, tanto física como espiritualmente.
En el Génesis, Adán carece de una pareja adecuada hasta que Dios crea a Eva. Ella es como él en su humanidad pero hermosamente diferente en su modo de ser específicamente femenino. Asimismo, ella está completa –es plenamente femenina–sólo en relación con la dimensión masculina del ser humano. Por lo tanto, los atributos masculinos y femeninos sólo pueden entenderse en relación el uno con el otro.
Así, vemos que Dios confió el futuro de la humanidad a la mujer y su capacidad de amar sacrificialmente y que la dignidad de cada mujer es completa cuando ama a la humanidad en su calidad de imagen de Dios. En Mulieris, Juan Pablo II escribe sobre las «cualidades femeninas» de Dios que se encuentran de manera más prominente en el Antiguo Testamento (por ejemplo, «Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré» [Isaías 66:13]). Cuando la mujer trabaja desde su natural naturaleza receptiva, ella se realiza personalmente y la comunidad que la rodea es bendecida por el aspecto femenino de la experiencia humana.
Cuando las mujeres están abiertas a recibir la vida, el mundo vuelve a florecer.
La receptividad es la base de todos los demás atributos femeninos. La mujer encuentra en cada vida algo irrepetible, algo maravilloso. El don de sí para la mujer es un don de vida para toda la humanidad. Cuando las mujeres trabajan de acuerdo con el principio de receptividad, fomentan políticas pro-vida y pro-familia en el lugar de trabajo y en la cultura.
Foto: Kishore Singh
Sensibilidad
La naturaleza receptiva de una mujer está en el corazón de su sensibilidad. Tener la capacidad de acoger la vida dentro de su propio cuerpo la hace estar siempre alerta a la vida interior de los demás. Antes de que el mundo conozca a este nuevo ser, ella es sensible a sus necesidades y tiene esperanzas para su futuro.
Mucha gente ve la sensibilidad como una debilidad, sin darse cuenta de que en realidad es una fortaleza, un don que tiene la mujer para ver más allá del exterior y mirar en las necesidades más profundas del corazón, sin separar nunca la persona interior de su aportación exterior.
Esta sensibilidad hacia los demás puede emplearse en el ámbito público y tener una influencia incalculable en las políticas públicas. Cuando una adolescente católica enfrentó los dictados de moda de una gran tienda departamental, la tienda escuchó su exigencia por ropa de moda que también fuera modesta. Cuando las enfermeras hablaron a favor de aumentar la nutrición de los pacientes que no respondían en los hospitales, las políticas de los hospitales cambiaron. En un número significativo de estos casos «sin ninguna esperanza», esta mayor atención devolvió la salud a los pacientes.
Cuando las mujeres cabildean por un trato más humano de los reclusos, se modifican las leyes. Cuando las mujeres luchan contra los ataques de la industria del sexo a los valores de la comunidad, las leyes de zonificación cambian. Cuando las mujeres luchan contra los daños que ocasiona la pornografía hacia la persona humana, las políticas públicas siguen su ejemplo. (Muchas mujeres han sido engañadas con la idea de que el «trabajo sexual» debería ser legal para que una mujer pueda «elegir» degradarse a sí misma.
La Iglesia se rehúsa a permitir que las mujeres sean oprimidas de esta manera, por «legal» que sea. Nada podría ser más insensible a la persona humana que reducir los cuerpos de las personas a una mercancía para ser vendida. Si las mujeres no usan su sensibilidad para oponerse a esto, un nuevo “Mundo feliz” de canibalismo clínico se cierne ante nosotros: úteros de alquiler, órganos humanos en venta, seres humanos clonados a los que se les quitan partes como a un coche viejo.) La Iglesia insta a las mujeres a ejercitar su sensibilidad para recuperar la conciencia de la humanidad de cada persona.
Las mujeres pueden mostrar a la sociedad, tanto pública como privada, cómo ser abiertas, receptivas y sensibles a las necesidades humanas más profundas.
Foto: Charan Sai
Generosidad
La capacidad de generosidad de una mujer está íntimamente ligada a su naturaleza receptiva. La generosidad hace que una mujer esté disponible para las necesidades de su comunidad y de su profesión, necesidades que van mucho más allá de la eficiencia operativa.
El primer acto de generosidad es acoger una nueva vida, y en esto María es nuestro mejor ejemplo. Pero los Evangelios están repletos de relatos de mujeres generosas. Por ejemplo, la historia de la ofrenda de las dos moneditas que depositó la viuda recuerda a las mujeres contemporáneas que el tamaño de nuestra ofrenda es menos importante que la orientación de nuestro corazón. Y la mujer que ungió a Jesús con el perfume precioso nos enseña a reconocer el valor humano por encima del valor material.
La generosa hospitalidad de Marta y María tiene un atractivo universal para todos los que anhelan la calidez de la comunión humana. Los críticos que confunden su generoso servicio con servidumbre no entienden el punto: Jesús muestra un gran interés en la vida de las mujeres y su entorno, y las invita a participar en su obra. Su deseo de comunión humana es satisfecho no sólo por los apóstoles sino también por mujeres como Marta y María. Esto se demuestra en su profundo intercambio espiritual e intelectual con Marta (Juan 11:21-27). Jesús confió en los corazones generosos de las mujeres su propia necesidad humana de hospitalidad, apoyo y comprensión de su misión.
La Iglesia percibe el grave peligro de la propaganda que seduce a las mujeres para alejarlas de su naturaleza inherentemente generosa y sostiene que todos los niveles de interacción humana se benefician de la influencia de las mujeres como mujeres –es decir, de acuerdo con su auténtica naturaleza femenina. Esa generosidad natural, un arma contra el cientificismo deshumanizador, se manifiesta cuando las mujeres enfatizan las dimensiones sociales y éticas para equilibrar los logros científicos y tecnológicos de la humanidad (ver Carta a las Mujeres 9).
Foto: Mario Cuadros.
Maternidad
El misterio de la maternidad no se puede agotar ni capturar con palabras, pero ha sido descartado por algunas mujeres que creen erróneamente que la igualdad se logrará borrando las diferencias entre hombres y mujeres. Algunas querrían que las mujeres emularan los rasgos masculinos para lograr la igualdad, pero el triste resultado de ese enfoque ha sido una disminución de los auténticos aspectos femeninos de la familia humana.
Juan Pablo II escribe que la mujer ejerce «una maternidad afectiva, cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia que tiene en el desarrollo de la personas y en el futuro de la sociedad» (Carta a las Mujeres 9). También destaca la maternidad, biológica y espiritual: «La mujer es más capaz […] de dirigir su atención hacia la persona concreta» (Mulieris Dignitatem 18). Este rasgo singular –que la prepara para la maternidad, no sólo física, sino también afectiva y espiritualmente– es inherente al designio de Dios, que confió el ser humano a la mujer de manera muy especial (cf. ibíd., 30).
Juan Pablo II entiende que es esta orientación maternal la que construye comunidades cohesionadas y que afirman la vida. Es la influencia materna la que promueve la unidad dentro de las familias y es la génesis de la paz en toda la familia humana.
Mary Ann Glendon –esposa, madre y profesora de derecho en la Universidad de Harvard– recordó a las mujeres que:
Vamos a pedir una transformación cultural. Brindar cuidados, lo cual merece todo el respeto, es una de las formas más importantes del trabajo humano [y también resulta fundamental] la reestructuración del mundo del trabajo de tal manera que la seguridad y el progreso de las mujeres no tengan que ser a expensas de la vida familiar.
La Iglesia ha puesto un enorme énfasis en el papel de la mujer en esta hora de la historia. La cultura de la vida simplemente no se puede construir sin la influencia de las mujeres. Afortunadamente, la esperanza en las mujeres como agentes de esta restauración está bien fundamentada en un hecho demográfico clave: las mujeres, como nunca antes en la historia, ocupan posiciones cruciales en la plaza pública. Los avances que las mujeres han logrado profesional y culturalmente las colocan a ellas y a su «genio femenino» en el epicentro del cambio social. Las mujeres pueden abrir nuevas perspectivas para la cultura de la vida desde sus lugares de autoridad y poder de en una sociedad que valora los derechos de las mujeres. Por supuesto, solo las mujeres con una formación y una comprensión de su genio femenino podrán lograr esos cambios.
El Papa Juan Pablo II escribe que «la mujer tiene un genio propio, que es vitalmente esencial tanto para la sociedad como para la Iglesia». Así, «han de considerarse profundamente injustas, no sólo con respecto a las mismas mujeres, sino también con respecto a la sociedad entera, las situaciones en las que se impide a las mujeres desarrollar todas sus potencialidades y ofrecer la riqueza de sus dones.» (Mensaje del Ángelus del 23 de julio de 1995).
En última instancia, el genio femenino se centra en el acto redentor de Jesucristo. Alice von Hildebrand comentó que «cuando la piedad se extingue en las mujeres, la sociedad se ve amenazada en su tejido mismo, ya que la relación de una mujer con lo sagrado mantiene a la Iglesia y a la sociedad en equilibrio, y cuando se rompe este vínculo, ambas se ven amenazadas por una total caos moral». (First Things, abril 2003, 37)
Las mujeres que deseen tomar su lugar en esta guerra por la vida deben anclar sus esfuerzos en la Eucaristía, que «expresa el acto redentor de Cristo» (Mulieris Dignitatem 26). Son las mujeres, unidas a Cristo eucarísticamente, las que tienen el poder y la perseverancia para extender esa redención a la sociedad en su forma única y femenina.
Mary Jo Anderson es editora colaboradora de Crisis y forma parte del consejo editorial de Voices (la revista de Women for Faith and Family). Vive con su esposo en Orlando, Florida.
Traducción: Irene González Hernández. Este artículo apareció en Catholic Answers, Inc. en Agosto 2005. Agradecemos la autorización de Mary Jo Anderson y Catholic Answers para traducir y publicar este artículo.
Desde febrero ríen los conejos de pascua en los anaqueles de los supermercados, y también los coloridos huevos de chocolate descansan desde hace semanas en las vitrinas. Una buena noticia para la celebración de Pascua, porque se aplica la regla de que no hace falta preocuparse por la permanencia de las tradiciones, siempre y cuando se promuevan en el súper.
Y sin embargo la transformación alcanzada en la era del consumismo tiene un precio. En la mezcla pascual de símbolos cristianos y paganos de la fecundidad, parece que los símbolos paganos llevan la ventaja. La Pascua se transforma así en una animado festival de primavera. Y todos los contenidos que no sepan a la dulce y crocante pasta de chocolate son relegados fuera de la vista, de manera amigable pero contundente.
Dramaturgia de los días de fiesta
La pérdida cultural pesará más que la ocasionada por un proceso similar en torno a la Navidad. Pues la Pascua comprende no solo un aspecto del cristianismo, sino todo su horizonte de sentido: En el Domingo de ramos se contemplan las esperanzas intramundanas vinculadas a la entrada de Jesús en Jerusalén. En el Jueves santo se contemplan los aspectos de la comunidad y la ética que se relacionan con la Última cena y el Lavatorio de los pies. El Viernes de dolores contempla el sufrimiento y nuestra condición mortal; y en el Domingo de Pascua se contemplan las esperanzas trascendentes unidas a las resurrección de Jesús.
Quien se sumerge en esta dramaturgia de los días santos — así sea titubeante o guardando una distancia crítica — se topará de manera casi forzosa con que todos estos temas no pertenecen a un pasado lejano o afectan a personas ajenas, sino que también tocan su propia existencia. Al margen de que 2024 es el año de Immanuel Kant, es difícil imaginarse que quien contempla al crucificado en una iglesia el Viernes de dolores o en Pascua no se enfrente con la cuatro conocidas preguntas del filósofo de Königsberg: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el ser humano?
Disolución de las preguntas por el sentido
Para muchos de nuestros contemporáneos, sino es que para la mayoría, resulta difícil dar una respuesta definitiva a estas preguntas, a causa de la conciencia moderna oscilatoria sobre la verdad. Este es el precio que el individuo de una sociedad desarrollada paga a cambio de una visión abierta del mundo. ¿Debemos concluir entonces que es mejor ni siquiera pensar al respecto? Quizá sea posible marear el sentido humano por el infinito con el sabor del rompope. ¿Qué nos lo impide?
Sin embargo también la gradual disolución de las preguntas por el sentido tiene un costo. Pues con ellas se disuelve también gradualmente la conciencia sobre lo efímero y confuso de nuestro ser: En comparación con el cosmos el ser humano no es nada; en relación consigo mismo, en cambio, es todo. Y la aceptación de esta totalidad del ser humano, que vale no solo para uno mismo, sino para cualquier otra persona, es una de las raíces más fuertes del humanismo que vincula entre sí a los seres humanos de todo tiempo y lugar.
Un ser del Sábado santo
La mirada en la fragilidad del ser ayuda también a ponderar los problemas en su proporción adecuada. La notoria irritabilidad de la sociedad quizá tenga mucho que ver con que tanto mazapán y relleno cremoso en nuestra vida obnubilan los sentidos. Las expectativas se vuelven disparatadas y la impaciencia se acrecienta. Debates sobre las pensiones y la pobreza se llevan a cabo sin ser conscientes de cuán grande es el lujo histórico en el que vivimos. Debates sobre el clima y el agro tienen lugar desde una reticente ignorancia de las leyes fundamentales de la física o excluyendo el consenso generalizado de los biólogos. Debates sobre el aborto que transcurren sin que siquiera se mencione el conflicto ético fundamental que presenta el aborto. Debates sobre la identidad en los que el presente se erige como maestro de escuela que sujeta al pasado a su implacable juicio.
El común denominador de estos debates es la carencia de humildad y una actitud de reclamo centrada radicalmente en cuestiones materiales. Una reconciliación con la historia de la Pascua no nos librará de estos espasmos como por arte de magia. Pero sí fortalecerá el sentido por la Conditio humana — por el valor del alma humana, y también por los límites de la capacidad humana de dominación y poder. Si el ser humano se esfuerza constantemente, es capaz de generar grandes cosas. Pero respecto a las preguntas esenciales de su existencia no es ningún Prometeo, pues la respuesta a estas preguntas no está al alcance de su mano.
El ser humano es un ser del Sábado santo: Busca su lugar entre la certeza de la propia muerte y la esperanza de la salvación y la permanencia. Año con año la celebración de la Pascua nos recuerda nuestra posición.
La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?
Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 palabras es el término «feminismo».
En todo caso, el término «feminismo» fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 EvangeliumVitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un «nuevo feminismo». En un breve párrafo, el documento nos dice:
“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).
A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.
Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo «nuevo» feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el «viejo» feminismo.
A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— investigación posterior al pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con elocultismo, con eligualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con laerradicación de lamonogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.
Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.
Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre ha promovido.
Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento feminista a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.
Actualmente las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, que presenta una comprensión superficial de la feminidad.
Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.
El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.
Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.
El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.
En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente «nuevo».
En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.
Dra. Carrie Gress.
Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)