Todo puede suceder

Por Agustín Galindo Álvarez Malo

Un niño que llevaba sin hacer tres tareas de forma consecutiva hizo su tarea, porque a la cuarta falta de tarea sería sancionado con una suspensión.

Mientras el niño pasaba al baño, su perro se metió a la casa y se comió solo la hoja del cuaderno en la que estaba la tarea, pero el niño no se dio cuenta de lo ocurrido.

Al día siguiente quiso mostrar la tarea, pero la hoja había desparecido, y el niño fue suspendido. Como la casa del niño estaba muy cerca, decidió regresar caminando y de camino se encontró con un perro callejero, y como estaba enojado le pisó la cola. El perro se enojó y lo empezó a perseguir y al pasar junto a unos botes de basura, el perro se estrelló con uno y lo tiró. Y como había muchos botes de basura en fila se cayeron todos como piezas de dominó causando un gran estruendo.

Los policías que estaban patrullando la calle fueron a ver qué había causado el estruendo, y también llamada por la curiosidad llegó la mayor banda de criminales de la ciudad. Se encontraron amobs grupos y hubo una gran batalla que iban ganando los ladrones, hasta que llegaron los refuezos y los policías ganaron.

El niño fue premiado por atraer a la banda a salir de sus escondites y los cirminales fueron apresados. Por eso, cuando el niño por fin llegó a su casa sus papás lo felicitaron y se olvidaron de su suspensión.

La ciudad del sueño

La ciudad del sueño

Por Esteban Galindo Álvarez Malo

Después de no haber dormido en la noche, Paco se levantó de la cama y fue a ayudar a su padre.

-Hola papá, ¿cómo estás? -saludó Paco.

-Buenos días, Paco. Cansado, como siempre, pero hay que seguir trabajando para comer- respondió su padre.

-Tienes razón. ¿Te paso una cubeta de agua? – dijo Paco.

Era el año 2013, en una gran ciudad con ruidosas calles, edificios grandes y pequeños, y unas pocas casas. Había mucho caos. El ruido era constante y nadie podía dormir. Le llamaban “La ciudad del sueño”.

Paco vivía en esa ciudad.  Era un joven de veintidós años cuya falta de sueño le impidió crecer lo que la naturaleza había previsto para él. Su cansancio no le permitía estudiar así que trabajaba lavando coches con su padre.

-Sí hijo, gracias. -contestó su padre.

-Aquí está la cubeta. ¿Necesitas algo más? -preguntó Paco.

-Sí. ¿Podrías ayudarme a aspirar ese coche? – respondió su padre.

-Claro- añadió Paco.

Después de un largo y cansado día de trabajo, Paco decidió buscar una solución para poder dormir, y estuvo toda la semana por las calles, hablando con la gente para pedirles que fueran menos escandalosas.

Cuando sus intentos de convencer a la gente fracasaron, trató de evitar que el ruido entrara a su cuarto, así que puso periódicos en las ventanas y se cubrió con muchas cobijas, pero tampoco funcionó.

Paco pensó que era imposible que la gente pudiera dormir en la ciudad. Esa misma noche, mientras no podía dormir, llegó a su cabeza una idea: Se le ocurrió que, así como hay antifaces para dormir cuando hay luz, él podría crear algo para dormir mientras había ruido, y se pasó toda la noche diseñando unos tapones para oídos. Pasó los siguientes días perfeccionando y modificando los tapones. Terminó haciendo unos tapones de un plástico moldeable que se ajustaban a cualquier oído y que, una vez puestos, se cubrían con unas orejeras de algodón.

Cuando creyó que sus tapones estaban terminados, decidió probarlos. Así que se puso los tapones y un antifaz, y durmió por 20 horas. Su padre llegó a pensar que estaba muerto, pero se dio cuenta de que seguía respirando.

Después de su largo descanso, Paco le explicó todo rápidamente a su padre, quien quedó asombrado, se puso los tapones y se durmió. Mientras su padre dormía, Paco se puso a hacer muchos tapones y con la ayuda de sus amigos, transformó su garage en una fábrica de tapones. Después salió a ofrecerlos por las calles, y se vendieron como pan caliente.

Paco y sus tapones fueron ganando fama y después de tres meses, todos los habitantes de la ciudad del sueño usaban los tapones de Paco y dormían bien. La gente ya era menos malhumorada. Pasados dos años, la ciudad era más bonita, más grande y un poco menos ruidosa (aunque eso ya no era un problema tan grave). Paco y su familia vivían bien y todos los habitantes dormían lo que querían.

El narratófago

Por Yakamí Machado

Soy una mujer de evidencias. Valoro la verdad por sobre todas las cosas. Por eso, no podía soportar que el buen nombre de mi madre fuera manchado tan sólo por habladurías de un Podcast de comediantes. Los idiotas habían invitado a un escritor de novelas de terror y, sin ningún reparo, se dedicaron a comentar y teorizar con chistes el asunto de aquella extraña enfermedad que nos estaba asolando por esas fechas.

—¿Y tú qué crees que sea? Ya fuera de mamada.

—Al chile de aquí sí sale un novelón, ¿no? Porque sí está de miedo la enfermedad esta.

—De hecho, pues ahora que lo mencionan, yo sí había visto una similitud con un cuento de Stephen King.

—¿Neto?

—A ver cuéntanos, ¿cuál es?

—La verdad no recuerdo el título ahora, pero trataba sobre un chico superdotado que encuentra la solución a la paz mundial dándole agua a todos de una presa especial, ¿sí era una presa? Bueno, un cuerpo de agua… como el que salió hace poco y nos está abasteciendo desde la sequía.

—Uy, ya me está dando miedo. Creo que ya sé adonde vas.

—¿O sea que tú también crees que esa agua es la que está enfermando a la gente?

—A eso voy. Primero, déjenme terminar de contarles el cuento. 

—Sí, perdón. Tú síguele.

—Bueno, pues resulta que eso lo hizo porque la gente que tomaba de esa agua era la más pacífica del planeta. El plot twist es que eran pacíficos porque esa agua estaba envenenada y los hacía tarados, y toda la humanidad se quedó hueca del cerebro luego de beberla.

—Ya nos la espoileaste.

—¿O nos advirtió? ¿Y si sí está ocurriendo esto?

¿Desde cuándo nos tomamos tan en serio a gente tan estúpida? Todos empezaron a hacer memes y cosas por el estilo. Lo peor es que las noticias amarillistas no dejaron de aseverar estas cosas sin fundamento y mal informando a la población. No bastó con que mi madre mandara a traer científicos de Noruega para que volvieran a certificar que el agua era potable, pese a que no había demostración de dónde nacía el cuerpo o qué canal la comunicaba, ni mucho menos por qué todas las noches se llenaba misteriosamente. 

—¿Pero no cree que es un poco irresponsable que usemos esa agua si aún no demostramos de dónde viene? —le preguntó un reportero durante la rueda de prensa.

—Antes había un lago ahí. Debe tener algo que ver. Es parte de las hipótesis.

—Gobernadora —cuestionó otro—, ya leí el documento y muestra que no autorizó un estudio más minucioso que consiste en excavar…

—Bueno, ¿entonces, quieren sufrir la escasez que el resto del país enfrenta? No tenemos tiempo de hacer todo eso. El agua no es tóxica. Eso nos debería de bastar. 

—Pero ni siquiera ha llovido como para…

—¿Alguna pregunta que no haya contestado ya?

En fin. Pese a que los reporteros y la gente no dejaban de conjeturar teorías, igual todos seguían usando el agua. De hecho, en otro podcast, llegué a escuchar: “Mejor idiota que deshidratado”.

Sin embargo, los adversarios políticos de mi madre ganaban simpatizantes. Sobre todo, los familiares de las personas víctimas de esa enfermedad. A ellos no los culpo. Esta nueva enfermedad era extraña, tanto como la de ese cuento. El primer síntoma era empezar a dormir mucho más de lo habitual. Lo segundo, pasajes de narcolepsia de los cuáles era muy difícil levantarlos. Poco a poco, iban perdiendo la memoria. Luego, se volvían como zombies y hacían ya las cosas por puro impulso e instinto, no respondían a nadie, no tenían recuerdos y parecían incluso haber perdido la capacidad del lenguaje. Sólo con señales comunicaban cosas muy básicas de la rutina.

Pese a que era preocupante, sentía que toda la politiquería nos desviaba de descubrir la verdadera razón detrás de ese lago durante una sequía tan severa y la de esa extraña enfermedad, sus causas y posibles prevenciones. Pues parecía tan aleatorio el tipo de personas que se enfermaban que costaba mucho echarle la culpa a un agua que todos estábamos tomando ¿Por qué sólo ellos se enfermaron así? ¿Por qué no hay variantes en la forma en la que afecta a cada uno? Muchas edades, sexos y morbilidades diferentes ¿Qué tenían en común para enfermarse? Por eso mismo, yo decidí entrar en la investigación.

—¿No cree que debería dejar esto a las autoridades? —me dijo el secretario de seguridad del estado. 

—Por favor, recuerde que yo fui a estudiar a Nueva York el año pasado. Estoy muy fresca de todo lo que aprendí. 

—Pero ¿no era un diplomado de escritura o algo así?

—Sí, pero yo me especialicé en las novelas policiacas. Aprendí mucho.

No voy a negar que el sujeto me vio con una cara de incredulidad que me enojó bastante. Sin embargo, luego de un resoplido, me dijo:

—Con tantos problemas, quizá una mirada diferente nos ayude. La otra vez cometí la barbaridad de pedirle su teoría a mi hija de seis años. Claro que me arrepentí, pero, si le di la oportunidad a una niña de primaria, ¿por qué no a una con licenciatura y estudios en el extranjero? Aunque no sé por qué investigaría una enfermedad en los archivos de la policía.

Sonreí con cierta arrogancia. Me dio acceso a todos los documentos y dejó instrucciones de que me apoyaran en lo que les solicitara (claro, siempre y cuando fuera durante un tiempo libre). Estaba contenta y me sentí como pez en el agua entre esos expedientes. Sin embargo, antes de que él me dejara a solas con mi investigación, me entró la curiosidad y le pregunté:

—¿Y, por fin, qué le dijo su hijita?

El sujeto no pudo evitar esbozar una sonrisa:

—Que quizá era un vampiro. 

—¿Un vampiro? ¿Por qué un vampiro?

—Porque está obsesionada con esa serie que sacaron la semana pasada. 

—Ah, ya sé cuál.

—Yo le dije que no tenía relación alguna. Ella me respondió muy seria: “Pero de la mente papá. Este no chupa sangre, chupa recuerdos”.

Yo me reí y luego, con una extraña mezcla de celos y auténtica sorpresa, le confesé:

—Pues, no es mala idea para un cuento. Su hija podría ser una buena escritora en el futuro. 

—Escritora de código, señorita. Con todo respeto, el futuro son los que escriben programas con lenguaje de computadoras, no los que escriben sueños en español. 

Me sentí muy ofendida, pero no quise meterme en una discusión con alguien que me había dado la oportunidad de husmear donde no debía. 

Mi investigación tardó mucho. Qué ingenua. Yo creí que sólo iba a ser una cuestión de horas. Ahora entiendo por qué ese escritor que nos dio la Master Class nos dijo que la investigación de su novela tomó cinco años. Era difícil ir de aquí para acá y buscar. Sin embargo, me di cuenta de que no había ningún patrón nuevo. No encontré nada más allá de lo que pude haber encontrado en internet, aunque valió la pena pues, durante mi investigación, encontré mucha información para futuras novelas y otros escritos que tenía pendientes. 

Una de las posibles nuevas historias sobre las cuales escribir era sobre una trabajadora que denunció una serie de allanamientos a la biblioteca donde laboraba. El detalle interesante es que no habían libros robados, sólo fuera de su estante o en el piso.

—¡Estefanía! Faltaba más que anduvieras por ahí hurgando en expedientes confidenciales ¿No ves que me perjudicas en vez de ayudarme?

—Lo siento, mamá.

—Y luego a la policía. Niña, es una enfermedad, no un crimen. Pero ese bruto del de seguridad ¿Qué no se dio cuenta? Hubieras ido con el Secretario de salud ¿O creías que esto era un crimen como el de tus novelas?

—Pero encontré cosas interesantes. 

—¡Y confidenciales!

—Ay, mamá, pero si lo de la bibliotecaria no creo que sea tan drástico. 

—Igual a los del partido opositor no les va a importar. Ay, niña. Y luego con todas las sospechas que tienen por lo de mi convenio con Gutierrez. Van a creer que fuiste a borrar evidencia.

—No, yo nunca haría eso. Sabes lo mucho que valoro la verdad.

—Pero ellos no lo saben ¿O estabas investigando otra cosa? —me preguntó mi madre mientras fijaba su mirada en el movimiento de mis pupilas.

—¿Qué otra cosa? ¿Hay otra cosa mamá? ¿Por qué te pones así? —le dije con seriedad y un enojo que trataba de enterrar muy dentro de mí.

Al final, quedamos en que me concentraría en la historia de la bibliotecaria para escribir un cuento y mandarlo a la revista que le comenté hace unas semanas. Al día siguiente, partí en la mañana hacia allá.

Mientras iba en la bicicleta me sentí incómoda. Mi madre de verdad temía que mis acciones le trajera una shitstorm sobre ella y sobre su socio Gutierrez, pese a lo impecable de su reputación en el estado entero.

Gutierrez era un gran empresario, con mucho dinero, pero todo lo obtuvo de manera limpia, justa y se le conocía en las portadas de revista por ser un gran filántropo. Ya una persona me había sugerido cuando recién había vuelto de mi diplomado que escribiera sobre él. De hecho, antes de enfrascarme en el misterio del lago y la enfermedad, estaba investigando sobre este personaje, y aún tenía muy frescos varios datos. 

Resulta que la formación en los negocios se la dio su padrastro, quien los había rescatado a él y a su madre de los abusos y deudas de su padre biológico. Fue el primero que le dio un trabajo en uno de los negocios que tenía y le enseñó la importancia de dar un trato digno. “Hay de dos sopas con los empleados: o como usurero les retienes cada centavo para ganar más lana como patrón o los tratas como humanos y te ganas su lealtad. Ahora bien, en todos los negocios hay muchas caídas y, creeme, la lealtad es un colchón que amortigua muy bien las caídas, mientras que los centavos tienden a clavarse en la espalda”: le decía. Por eso, al crecer, con sus propias empresas, siempre trató bien a todos. Sobre todo, a las madres solteras con hijos pequeños.

La última ayuda que brindó fue espectacular. Resulta que una de sus empleadas tenía a su madre en el hospital. Se enteró de esto cuando la chica tuvo un problema por tener a su hermanita en el trabajo y causar un desastre. Él se mostró comprensivo. Le ofreció pagar una estancia para niños (de la que era dueño) y ayudar con el tratamiento de su madre. 

Aunque lo más noble vino después de la tragedia. La madre fue dada de alta, pero la hija desapareció. Desde entonces, no se ha sabido nada de ella. Todos sospechan de un feminicidio, aunque, luego de andar merodeando entre los papeles y preguntando con mucho tacto, me di cuenta, con gran pena, de que la policía ya no le estaba prestando mucho interés a la búsqueda. Tampoco había mucha evidencia para que yo pudiera seguir buscándola por mis propios medios. Igual, Gutierrez ofreció darles una pequeña pensión de la mitad del sueldo de ella, en lo que la madre lograba tener un trabajo estable. Además, no le quitó la estancia a la niña, ni exigió dinero por ello. 

Se dicen muchas cosas turbias del señor Gutierrez. En este pueblo son muy conservadores, y ver a un millonario soltero y sin interés por las mujeres ha hecho que  sospechen de él y algunos lo consideren un desviado. Personalmente, me parece absurdo que lo descalifiquen por ser gay, claro, si ese fuera el caso. Mi madre y él estudiaron en la misma Universidad fuera del país (ahí se conocieron), y ella me ha dicho que en esa época siempre tuvo novias pero que, eso sí, todas sus relaciones terminaban muy mal, por culpa de los celos y algo que ella llamó: “mal entendidos y falta de confianza”.

La última vez que lo entrevisté para su libro me confesó que le encantaría estar con una mujer, pero que, sin ánimos de ofenderme, sentía que todas eran paranoicas y molestas. Según él, su filantropía a la hora de ayudar a madres solteras se iba a malinterpretar, y prefería seguir ayudando a gente como su madre que aguantar una esposa desconfiada como todas sus ex.

—¿Y no ha pensado que más bien elige muy mal a sus compañeras? —le pregunté en una entrevista— Hay muchas mujeres que no verían mal esto, señor ¿O no será que hace algo que podría incomodar a su pareja?

—¿Crees que soy gay como esos periódicos dicen?

—No, además, igual existirían los “mal entendidos”. Con una pareja que siempre está ocultando cosas, no faltan los conflictos.

Eso fue lo último de mi investigación. No me devolvió mis llamadas o mensajes y, desde entonces, mi madre se había estado mostrando muy irritada conmigo, por cualquier cosa que hiciera.  En fin, no tenía por qué seguir dándole vueltas a ese asunto. Ya había llegado a la biblioteca para atender esa otra historia que quizá daría para un cuento que podría desviar la atención excesiva que mi madre estaba poniendo sobre mis proyectos sobre su socio.

Entré al lugar y me tapé enseguida la nariz por ese amargo y penetrante olor a ajo. Sólo estaban la bibliotecaria y unas cuantas personas leyendo algunos libros, todas cabeceando y a punto de desmayarse, a excepción de un chico que escribía a toda prisa mientras tenía al lado varios volúmenes de química y algunas fórmulas en hojas sueltas. Pero al lado, una chica, tal vez de preparatoria, ya estaba completamente dormida y con la cara sobre un libro abierto de par en par. La trabajadora era una mujer un poco rara. Traía puestos como cinco diferentes amuletos en todo su cuerpo de diversas religiones. Mantenía la mirada fija en un lector digital. Entonces, notó mi presencia y se me acercó al instante:

—¿En qué le puedo ayudar? ¿Qué libro busca?

—Hola, soy Estefanía. Hablamos por teléfono.

—¿La escritora? O es cierto, me dijo que traería una blusa roja. Le queda muy bien. Mucho gusto, soy Clara.

—Mucho gusto. Por cierto, la atrapé leyendo al enemigo ¿Por qué no agarra uno de los libros de aquí?

—¿Te refieres a mi aparato? Oh, niña, yo amo los libros, pero por lo que traen adentro. Verás, mi visión nunca ha sido la mejor, y desde que mejoraron los lectores y los formatos, me es mucho más cómodo leer esto por el tamaño de la letra. Pero no me quejo del formato físico. Hay mucha gente que aún lo usa. Mírelos.

—Sí, completamente perdidos en el sueño. Mire a esa chica de allá. Sólo espero que sea un ejemplar de filosofía y no literatura.

 —Es sobre la Revolución Mexicana. Ha venido toda la semana para terminar un trabajo de la preparatoria. Pero no creo que tenga nada que ver con que le parezca aburrido. Creo que más bien está teniendo esa enfermedad rara del agua. Ya se me está haciendo costumbre ver a esa gente cayendo en ese padecimiento. La mayoría viven por aquí y frecuentan la biblioteca.

—Cierto, lo había olvidado. Esta es la zona foco de la enfermedad. Momento, ¿todos son usuarios? ¿Y no será que aquí se enferman? Piénselo, libros viejos, algún hongo. Quizá por eso huele así.

—No me ofenda, muchacha. Yo mantengo muy limpio este lugar. Si huele así, es porque yo misma puse ajo en todas partes.

—¿Pero por qué haría eso?

—Por el vampiro.

Sentí escalofríos por la manera tan honesta con la que lo dijo. Luego recordé lo de la serie, y sonreí con sorna.

—Señora, deje de ver series.

—¿Cuáles series? Yo sólo leo libros. Odio las series. Sabía que cuando llegáramos a esa parte, no me creería. Pero para eso tengo mis notas. Tome.

Sus notas eran muy precisas y bien organizadas. Era claro que las pasaba en limpio y las arreglaba para que tuvieran siempre un buen orden, y con todos los datos que podrían ser relevantes:

Nombre: Clara Hernández Hidalgo

Ocupación: Bibliotecaria (¡Y de las mejores!)

Detalles relevantes de mi posición: Desde que llegó la bruja de la gobernadora, el presupuesto se recortó. No hay más empleados que su servidora, y me encargo de hacer todos los trabajos (¡Yo no estudié bibliotecología para trapear pisos ni poner los garrafones que luego pago de mi bolsillo!). Trabajo de nueve a seis, de martes a domingo. Soy la única testigo de esto.

Incidente primero: El 11 de abril del año en curso llegué a las siete treinta a abrir la biblioteca para hacer el aseo. Me encontré horrorizada con que muchos libros de literatura e historia estaban en el suelo. 

Estado de los libros: Aunque en el conteo ninguno se perdió, ni faltaban páginas, las hojas estaban muy arrugadas, como si alguien los hubiera estado ojeando con violencia. Además de que tenían algo de sangre (muy poca, gotas solamente) y lodo. Todos estaban lejos de sus anaqueles. 

Más evidencias: Pisadas de lodo en el piso. Esa noche llovió. Así que eso muestra que llegó en la noche ¿Pero cómo entró? Sólo hay un agujero pequeño en la ventana del baño. Además, el baño no cierra bien. Por ahí pudo entrar ¿Pero qué cosa? ¿Algo pequeño o algo grande que puede hacerse pequeño? 

El informe seguía así por el estilo. Incluso tenía un apartado de ideas insólitas donde poco a poco iba diciendo que sólo un murciélago podría entrar por esa ventana. Sólo alguien con sangre en los colmillos podría manchar de esa manera los libros. Conclusión: ¡Un vampiro lector!

—Pero ¿Cómo un vampiro? ¿No se espantaría por los ajos? Aquí dice que sigue viniendo.

—Puede que haya detalles que no sabemos bien. Hay muchas versiones diferentes que rodean a estos seres. Apenas me vengo a enterar que son reales. 

Me puse a recorrer el lugar. Miré el espejo roto del baño y noté que tenía sangre y que había unos restos de cristal con sangre en el piso, como si, efectivamente, algo hubiera entrado disparado por ahí. Sentí escalofríos y me fui con la señora.

—¿Y ya se quedó una noche para verlo?

—Ay, señorita ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Me cree loca? Además, el vampiro, pues mientras no me lo encuentre y no me chupe, no tengo problema con él. Me desorganiza los libros, pero debo reconocer que comparto su gusto voraz por la lectura. Por eso me había conformado con ya no seguir haciendo denuncias desde la última que mandé sin respuesta. Bueno, pero como ahora alguien mostró interés, pues quise ver qué podría aportar una escritora como usted.

—Lo que me parece raro es esto: ¿por qué leería un vampiro?

—Pues son criaturas muy solitarias. Luego de comer, tal vez a este le gusta ir a viajar a los mundos de ficción y olvidar que está condenado a la inmortalidad. La literatura le da el cobijo necesario, ¿no cree?

—Qué idea tan interesante. Un vampiro que aprendió a soportar la inmortalidad leyendo libros. Es casi tan bueno como ese vampiro que chupa memorias. 

Nunca en mi vida había tenido un momento Eureka, sólo corazonadas y sospechas. Pero en ese momento, pude percibir esa sensación de vértigo vencido:

—¡Están conectados, señora Clara! Ese es el vampiro que ha dejado idiotas a la gente ¿No lo ve? Mire la fecha. Luego de que apareció aquí, las primeras personas empezaron a presentar los síntomas de la enfermedad ¿Tiene archivado quién ha sacado libros de aquí? Vamos a corroborar mi hipótesis.

Fue algo extraordinario. Las fechas y los nombres de las personas enfermas coincidían. Todo el que se enfermó había sacado un libro de historia o de literatura de esta biblioteca. Ni la bibliotecaria podía creer esta coincidencia pese a todo lo que ya había vivido. Convencí a la señora de que me dejara quedarme esa noche para encontrarme con el vampiro. Ella, pese al terror que le tenía, accedió y ofreció acompañarme. Le daba mucho morbo y se sintió valiente si tenía alguien al lado.

Nos quedamos un buen rato tomando chocolate de un termo y galletas. Ella se la pasó diciéndome lo mucho que odiaba a la gobernadora y cómo dudaba del lago que nació de la nada, pese a que mi hipótesis, de corroborarse completamente, deslindaría al lago de tener algo que ver con todo esto de la enfermedad. También me decía que Gutierrez no era de fiar, porque la gente más aterradora es la que hace demasiadas cosas buenas. Y ese lago seguro era cosa de él, un experimento para crear y vender agua artificial a los estados y países que ya se estaban quedando sin agua. Yo me quedé callada. Quizá si le decía que hablaba de mi madre y su socio, las cosas se pondrían incómodas. Y si le decía que yo estaba investigando a Gutierrez por un posible negocio de trata de mujeres, sólo iba a esparcir un nuevo rumor que no tenía del todo corroborado, pese a ciertos papeles y anomalías que tenía luego de mi estancia en los archivos de la policía.

De todos modos, no duró mucho la conversación. Escuchamos un golpe seco en el baño y un pedazo de vidrio cayendo. Un sujeto con una rajada en la cara salió de ahí. Estaba completamente pálido y con unos ojos saltones tan grandes que se le salían de las cuencas. Se precipitó hacia los anaqueles y comenzó  a olfatear. Tomó un libro y lo hojeó a toda velocidad. Sus pupilas se movían con furia como si leyera a un tiempo récord. La sangre de la herida de su cara a veces caía sobre los libros.  Pero era muy poca pese a lo grande de su herida, como si no tuviera mucha sangre en el cuerpo. Caminaba de un lado a otro mientras devoraba estas historias. 

Saqué mi celular y comencé a grabarlo.

—¡Tonta! —me dijo Clara— No te acerques así. 

El monstruo volteó y nos vio fijamente. Clara dio un grito ahogado y me apretó el hombro con fuerza mientras trataba de enseñarle todos sus símbolos religiosos, uno por uno. Yo sólo me limité a decir lo más estúpido que se me ocurrió:

—¿Es usted un vampiro?

Él se quedó quieto, murmuró algunas veces la palabra y, finalmente dijo:

—“El vampiro” Horacio Quiroga.

Entonces, empezó a narrar una historia. Supuse que era un cuento del autor, quizá con ese título, pero no podía constatarlo porque nunca he leído a Quiroga, más que “La gallina degollada” en el colegio.

—Disculpe —lo interrumpí—, no le pedí que me contara ese cuento. Le pedí por usted ¿Y si me cuenta su historia?

—¿Mi historia? —murmuró. 

Entonces, se tiró al piso y dio un terrible chillido. Me miró fijamente y tembló sin poder decir nada. 

—Ella está llorando, por mi culpa. No soy un buen hombre. No soy un buen hijo. Mírenme, aquí devorando libros mientras la pobre Maira sigue esclavizada. Pobrecita ¡No! Si lo digo, todo volverá a ocurrir. No— entonces, su rostro se iluminó, como si estuviera en trance—. Mi nombre es Mauricio Ochoa Fernandez —mi mente se confundió ¿Dónde había oído ese nombre?—. Apenas y tengo catorce años ¿Por qué me dejan leer esas cosas que no sirven para nada de la prehistoria? Hamlet. “Ser o no ser”. Vaya, qué tontería. Deberían de enseñarnos a hacer transas sin que nadie se dé cuenta, como el Gutierrez ese… ¡No!… ¿En qué iba?

—¿Por qué crees que eres el chico de al lado? —lo interrumpió la bibliotecaria— ¿Mauricio? Me sé su nombre. Lo tengo muy presente porque él me maltrata los libros.  El último libro que sacó fue Hamlet, como dices. Pero eso fue antes de enfermar. Dios mío, Estefanía ¡Creo que esto prueba tu hipótesis!

—¡Tú te chupaste su memoria! —le gritamos juntas.

El vampiro caminó de un lado a otro. 

—Mi historia es peligrosa. Por favor, dejen que me trague sus historias. Debo olvidar la mía. Se debe de perder. Entre Hamlet y Mauricio no hay nada que los una a mí ¿Verdad? No, sí lo hay. Siempre lo hay ¡Yo no quería lastimar a nadie! Sólo le robé su historia a estos libros. No le hacía daño a nadie. Pero luego escuché un ruido un día. Estos libros temblaban, y olían raro. Olían a nuevas historias. Los desgraciados estaban cargados de narrativas que les robaron a los que los leyeron. Olía de manera tan tentadora. Me las tragué. Estos libros ya están infectados. Tragan como yo.

—¡Para! ¡Libéralos! Libera a todos de esto. No niegues tu historia. Cuéntala.

—Pero llorarán todas las noches como ella. 

—¿Quién?

El monstruo se quedó mirando la luz de la luna que se colaba por una ventana. Sus lágrimas gigantes comenzaron a crear un gran charco a sus pies muy rápido. 

—¿Si lo hago? ¿La salvarán?

—Por supuesto —aseveré, pese a no saber lo que eso significaría para mí.

—Mi novia, Carina, Carina Alondra Martinez. Maira, su hermanita. Mi amigo, éll tuvo la culpa. No, no fue su culpa. Quiso jugarle al Anoymous. Me dijo que jaquearía la estancia para niños de Gutiérrez. Dijo que quizá ahí hacía el tráfico de drogas. Jaqueó  sus cámaras de seguridad con éxito, pero se equivocó y dejó un rastro. Lo atraparon, pero logró escaparse. Y me contó todo. Pobres niños. Pobre Maira. Pornografía infantil, prostitución infantil, y más basura. Hijos de puta. Nadie es noble sin algo oscuro detrás. Me dijo que corriera, que sacara a mi cuñadita de ese lugar. Le dije a mi novia de lo de su hermanita. Corrimos en vez de llamar a la policía. Sólo pensamos en rescatar a la niña. Nos metimos armando un alboroto y los cachamos. Idiotas. Qué idiotas fuimos. Nos agarraron. Nos llevaron al lago que ya estaba seco. La violaron frente a mí, y la grabaron para su mugrosa audiencia, parece que no sólo les interesaban niñas menores de edad. La enterraron viva frente a mí… en el lago que estaba seco. Yo me desangré tras las puñaladas. Muy poca sangre me quedó en las venas. Pero vi la luz de la luna. Sentí que flotaba. Era un murciélago. Y todas estas imágenes estaban en mi cabeza. Volé a mi casa. Mis padres se horrorizaron, pero me mantuvieron escondido. Y entonces necesitaba olvidar. Saber otras cosas para olvidar. La biblioteca. Ahí habría más libros que en mi casa para olvidar todo esto. Pero todo tiene que ver, todo siempre me devolvía a mi historia.

Nuestro encuentro terminó. La bibliotecaria siguió trabajando ahí. La siguiente administración no le subió el sueldo, pero, al menos, la maldición se fue luego de que matamos al vampiro. Fue así como todos recobraron entre sueños sus propias narrativas. No lo matamos directamente. Le ofrecimos descanso y paz mental mediante la bala que le metí al puerco de Gutierrez en la cabeza y los informes que difundí en internet y, claro, rescatando a Maira de ese lugar.

No supe más de aquel estado en donde viví mucho tiempo. Mi madre y yo escapamos del país, y luego yo abandoné a mi madre. Lo último que supe es que, gracias a que liberamos a su hermana, el extraño lago se fue secando y, por fin, pudieron desenterrar el cuerpo de Carina Alondra Martinez. Dicen que el cuerpo se mantenía en buen estado, como si hubiera muerto el día anterior de ser encontrada. Sólo su cara era un desastre, pues sus ojos estaban rojos e hinchados, así como a uno se le ponen luego de llorar a mares.

El enigma en la piedra

El enigma en la piedra

Por Alejandro Alí

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Basado en una historia real.

1960 La Paz, Baja California Sur, México.

Al floreciente puerto de la Paz  había llegado José Morán Solórzano, originario del poblado de San Sebastián del Oeste Jalisco y radicaba actualmente en Ciudad Obregón, Sonora. José permaneció  sus primeros años de vida en su pueblo natal, San Sebastián y posteriormente sus padres, Juan Morán y Emilia Solórzano, se establecieron junto con él y sus otros hijos  en la pequeña y  antigua ciudad de Compostela Nayarit.  

A sus 22 años, por motivos de trabajo, José se mudó al Estado de Sonora, para laborar en el “mariachi águila” de Ciudad Obregón.

De oficio era músico, tocaba la guitarra y vihuela en el mariachi; por tal motivo se encontraba en el  puerto de La Paz, ya que había sido contratado para amenizar las fiestas.

José Morán anteriormente había sido aficionado a buscar piedras de cuarzos y pepitas de oro en los ríos y arroyos. Se perdía durante algunos días, para explorarlos junto a los vastos cerros y laderas en los municipios de Santa María del Oro y Compostela Nayarit. En algunas ocasiones  encontró el preciado metal dorado, de tal suerte que también desarrolló el oficio de gambusino.

José se hospedó en un antiguo hotel. Después de tocar en una fiesta llegó al hotel cansado. Intentó dormir en el cuarto oscuro, cálido y húmedo. José se encontraba en ese estado entre la vigilia y el sueño:  ya no escuchaba los ruidos y su cuerpo descansaba  plácidamente, aún sin caer en la profundidad  del letargo.

De pronto, sintió que algo pesado se recargaba en la cama. Intentó levantarse, pero no lo logró, su cuerpo estaba en un estado de parálisis y no le respondían sus músculos; solo podía mover los ojos. Después de un gran esfuerzo, por fin, logró incorporarse lentamente, se sentó en una silla un poco extrañado y encendió la luz. En el cuarto no había nadie. Pensó que todo lo que sintió fue tan sólo un sueño.   

Al día siguiente fue a caminar durante las horas matutinas por el malecón, disfrutaba del suave viento y la brisa del mar, así como del hermoso paisaje azul  del océano. Era una mañana fresca y nublada; las palmeras con cocos ondeaban  sus hojas como banderas al baile del aire, las gaviotas rasgaban la tela del cielo con sus raudos vuelos y en la lejanía del inmenso mar se veía asomarse  las velas de un barco.  

Por la tarde, José Morán, regresó al hotel, se vistió con su traje de mariachi color negro, con adornos de metal plateados, sombrero de charro bordado y botines oscuros.

Se presentó al festejo, junto con sus compañeros del Mariachi las águilas, comenzando su faena como si fuese un gran torero, con “El son de la negra”, canción originaria del Estado de Nayarit y posteriormente llevada al Estado de  Jalisco y que al ritmo de violines, guitarra y trompetas cantaban: “♫ cuando me traes a mi Negra ♪  ♫ ♪  que la quiero ver aquí ♪  ♫ ♪   con su rebozo de seda  que le traje de Tepic ♫”.

Terminó la fiesta y José Morán regresó al hotel junto con sus compañeros del mariachi. Llegó bastante cansado ya que habían tocado durante varias horas por la tarde y el festejo se había prolongado hasta la noche; se encontraba algo aturdido por el estridente sonido de los instrumentos musicales y los oídos le molestaban y zumbaban por el fuerte ruido de las trompetas. 

Se recostó en su cama intentando descansar, durmió durante unas horas y después de un tiempo, en la madrugada, se despertó porque comenzó a escuchar pasos en el patio del hotel.  Percibió un sonido como de cadenas arrastrándose, se escuchaba una persona que caminaba por la escalera que daba a la azotea del viejo hotel.

Comenzó a bajar la temperatura drásticamente. La habitación se llenó de frío, era algo extraño porque no era invierno y en ese puerto costero solía hacer mucho calor. De pronto,José, escuchó un sonido fuerte  y grave como de un costal o algo pesado cayendo en el patio del hotel produciendo un ruido sordo… ¡Pommm!

José pensó, que quizás la persona que estaba en el patio se había caído de la escalera. Lo que había escuchado parecía también el ruido de una persona cuando se cae por accidente y se golpea contra el suelo. Abrió la puerta de su cuarto y salió para ver  si alguien necesitaba ayuda o atención médica, buscó en todo el patio, subió por la escalera de la azotea, no vio a persona alguna y sólo encontró silencio.       

José volvió a su habitación y se dispuso a dormir, estaba algo inquieto, nervioso y extrañado por lo que acababa de presenciar. Cerró sus ojos. Cuando por fin casi caía en la placidez del sueño, comenzó a sentir que su cama se hundía lentamente en una de las orillas.  ¡ Algo se había sentado en ella!

Intentó moverse sin poder lograrlo, comenzó a sentir su cuerpo muy pesado, como si tuviera un gran peso sobre él oprimiéndole el pecho. ¡No podía respirar bien!, pensó que quizás algún ladrón furtivo se había introducido a la habitación y quería asfixiarlo para poder robar sus pertenencias.  

Abrió los ojos un poco y observó una silueta en la oscuridad, parecida a la sombra de una persona, aunque no podía distinguir bien qué era.  Un escalofrío recorrió su cuerpo y le penetró la espalda, hasta la médula de los huesos. ¡El frío del miedo a lo desconocido! 

José trató de relajarse. Se percató que mientras más fuerza hacía por levantarse, tenía más dificultad para respirar. Recordó que ya había pasado por algunas experiencias “con las ánimas”, ya que así nombraban las personas de Compostela a ciertas apariciones inexplicables, que le ocurrieron en los lugares donde vivió anteriormente. 

Sacando fuerzas de flaqueza  y armándose de valor, José Morán, decidió interrogar a ese ser espectral.

— ¿Eres de este mundo o del otro?—preguntó José.

—Del otro— le contestó una voz grave y pausada.

— ¿Y qué es lo que quieres?

—Quiero decirte—respondió el espectro–que no puedo descansar en paz o irme a otro lugar, a reunirme con mis familiares y ancestros, dejé algo enterrado en este sitio hace muchos años, antes de que el  hotel  existiera. Lo encontrarás cerca del baño que está en el patio  donde comienza la escalera.

Después de estas palabras el espíritu desapareció.

José Morán no logró dormir bien esa noche, temía que de algún momento a otro regresara ese ser espectral a perturbar su sueño; también lo inquietaba una pregunta en su mente: ¿Qué habrá enterrado en el patio, bajo la escalera?

Al siguiente día, se acercó a la mujer encargada del hotel y le comentó su experiencia de la noche anterior. Ella al escuchar su historia le dijo:

— ¡Oh sí!  Desde que recuerdo, por las noches se escuchan ruidos extraños en el patio. ¡Pasos que nadie sabe de dónde provienen! Y sonidos como de cadenas que arrastran, cuando ya todos están dormidos.  En ese cuarto que usted se hospedó, nadie puede descansar bien. ¡Se les aparece un difunto! Le diré algo señor José, si usted se anima a escarbar ¡yo le doy permiso! Únicamente con la condición, de que me deje el lugar como estaba antes,  esto es que tape y repare los daños.

Poco después a José Morán le prestaron un pico y una pala y comenzó la excavación.

Primero rompió el piso y el cemento con el pico, siguió escarbando y se percató de que la tierra estaba un poco más floja de lo normal en una zona del pozo, se encontraba  como a un metro aproximadamente de profundidad y comenzó a salir una tierra más negra, la cual parecía estar mezclada con carbón. De pronto, vio aparecer ante sus ojos un objeto circular, era un gran plato blanco de cerámica fina; prosiguió con la exploración y  apareció otro platón muy similar al anterior; bajo el plato, José  dio con el hallazgo de una piedra muy singular, la retiró prontamente del pozo y la limpió con un trapo,estaba bastante sucia por permanecer enterrada tanto años. 

Observó detenidamente la piedra, que era de 12 cm de ancho por  22 cm de largo, en forma de un cubo alargado rectangular. José examinó la piedra con curiosidad, descubrió que tenía unas letras escritas en otro idioma que él no comprendía, con inscripciones y una  fecha grabada: 1782.  José Morán había encontrado lo que parecía un mapa. 

La encargada del hotel le regaló los hallazgos encontrados a José, los dos platones  de cerámica fina  que encontró en el pozo y la piedra. José regresó a Ciudad Obregón con el tesoro. Pasaron algunos meses, José, intentaba descifrar  el mensaje que contenía la piedra. La llevó con diferentes especialistas. Quienes descifraron el mensaje de la piedra llegaron a la conclusión de que se trataba del mapa de un gran tesoro, el tesoro de un barco que fue hundido en el mar, en algún lugar cercano a  Baja California.

Posiblemente el tesoro de un galeón español, cargado de plata, oro y joyas preciosas, que zarpó de México rumbo a España en los tiempos del Virreinato.  O tal vez era el tesoro de alguna de las misiones Jesuitas o Franciscanas de la región y…¿por qué no? ¡un tesoro de audaces piratas!

Al año siguiente, José Morán regresó al puerto de la Paz.  Lo contrataron de nueva cuenta como mariachi y se hospedó en el mismo hotel del año anterior. Al verlo, la encargada del hotel lo recibió con agrado y le comentó:

—José…desde que usted escarbó y se llevó esos platos de cerámica y la piedra, ya nunca más han asustado a nadie.  Ya no se escuchan esos ruidos extraños en el  patio por las noches. ¡Muchas gracias por haberlos encontrado!

La piedra permaneció por muchos años en posesión de José Morán.  Varias personas conocieron la roca, que terminó como donación a un museo en Nayarit.

José Morán nunca logró iniciar la búsqueda de tan valioso tesoro. Era una persona de condición humilde y carecía de recursos económicos para realizar una expedición de tal magnitud; pero siempre existió en él la ilusión de realizar esa búsqueda y ese deseo enorme de gran  aventura. 

¿Y qué fue de la piedra? Tal vez  siga existiendo, guardiana silenciosa de un mapa de un valioso tesoro, escondido en un barco que reposa en el fondo del mar esperando volver a ver la luz  y ser encontrado.

Justo en el Blanco

Lo habíamos decidido, un juego de dardos señalaría al futuro novio de la hermana de nuestro compañero. No tenía por qué temer. Yo era muy hábil para estas destrezas. Ella sería mi novia sin lugar a dudas. 

Llegamos al lugar. Éramos la chica, su hermano, mi adversario y yo. Mi primer tiro no fue del todo bueno. Maldición.

Entonces, la gente a nuestro alrededor se ríe. Es turno de mi contrincante. Me lleva, me gana por dos puntos. Comienzo a ponerme nervioso. Mi segundo tiro va a parar, patéticamente, en la pared. Hago un gran berrinche. Los borrachines de al lado se empiezan a interesar.

—¿Por qué tanto escándalo, muchachos? —pregunta uno.

—Es que el que gane se queda con la güerita.

—Uy, no, con lo linda que está. Échale ganas, compadre, o te me quedas soltero.

—Mejor apueste en algo que sí sepa jugar.

Miro a mi alrededor. Ahora, no sólo mi novia, sino mi reputación está en juego. El siguiente tiro de mi rival es bastante malo. Yo me concentro, y mi tiro da justo en el centro.

—Ya se enojó.

—¿Cuánto le apuestan al morrito? Ya me cayó chido.

Todos hacen su alboroto. Nos convertimos en un gran espectáculo para todos. Mis tiros son cada vez mejores, y los de él se vuelven muy poco afortunados. Parece que lo pone muy nervioso tener público, pese a que son contra mí los chistes.

Nos queda un último tiro. Jugamos un piedra, papel o tijeras para decidir quién tira primero. Gané, pero que él tire primero, creo que me concentro mejor bajo la presión del público.

Se trata de tranquilizar. Según su tiro, puede ganar, forzarme al empate o darme una oportunidad. Vaya, un tiro decente, pero muy lejos de ser perfecto. Él lo sabe y se hinca con las manos en la cabeza. Si en mi turno final le vuelvo a dar al centro, me quedo con la chica y con la reputación intacta. Final de fotografía. Los borrachines están muy emocionados, así como algunos amigos que fueron llegando para ver el chisme. El público ya creció. Todos me tienen en una alta expectativa por los últimos tiros que he hecho. Muchos justo en el centro. Miro hacia todos lados y veo a nuestro premio. Es un imbécil mi contrincante, en su mirada, se puede ver que ella desea que yo gane. Me sonríe y me susurra:

—Me gustas.

Me preparo para tirar. Esperen ¿Le gusto? ¿Entonces, por qué estamos aquí peleando por ella? ¿No sería más fácil haberme correspondido desde un principio? ¿Por qué dejó que continuáramos con este reto? Momento ¿Por qué estamos haciendo todo este ridículo show? ¿Qué tiene que ver tirar dados con ser un buen novio?

—Ya, muchacho. Échale, sin temor al éxito.

No puedo tirar el dardo. Esa duda me llena de interrogantes ¿Y si perdía? ¿No iba a estar con quien ella quiere por un juego tonto? ¿En qué tontería nos estábamos dejando llevar?

—Tira —dice ella emocionada.

—¿Ya ves, compadre? Hasta la güerita quiere que ganes.

Tomo impulso. Me pongo serio como nunca antes lo había hecho. Tiro con toda mi fuerza y le doy a una de las botellas de uno de los comensales.

A ella se le ve un poco decepcionada. Mi rival está eufórico y va a besar a su nueva novia. El hermano se echa a correr. Supongo que le dio miedo participar en la coperacha para pagar esa botella que había roto. Todos los demás se echan a reír. Me aproximo a la mesa:

—Una disculpa. Les pagaré lo de su bebida.

—No te preocupes, carnal. Con ese fallo, creo que ya perdiste mucho más. No te queremos amargar más la tarde.

—Gracias.

Me voy del lugar sintiendo que había estafado a los de la botella. Realmente, quería pagarles, pero no sabía cómo explicarles que ese último tiro no fue un fallo, fue el más certero que había hecho en toda mi vida.

El comienzo del principio

Voy a explorar. Iré más lejos que nunca. No sé por qué nunca vamos para allá. No sé por qué nunca puedo estar solo. Quiero estar solo, a veces. Me gusta estar solo a veces. Y conocer más cosas, ir a más lados. Ahora estoy muy lejos. No pasa nada. Estoy bien. Seguimos. Seguiré. Sí, a ver a dónde llego. Ahí hay unas personas ¿Serán de los malos? ¿Me acerco? ¿Me alejo? ¿Ya llegué muy lejos? Vamos, un poco más. Esto es tan nuevo para mí, pero está genial ¿Dónde estarán mamá y papá? Hey, hola… 

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