Nuevo León: Un gobierno bruto

Nuevo León: Un gobierno bruto

Por Mariana Mares

El progreso empresarial nos está matando. La conversación política en Nuevo León se basa en qué tan ideal es la vida que lleva aquel influencer nepo baby que ahora es candidato a algún cargo público o cuántos seguidores tiene. ¿Por qué el mal llamado pueblo neolonés, no cuestiona las narrativas clasistas de la autoridad ejecutiva estatal? Samuel García ha proclamado un discurso de progresismo tóxico en el que, asocia el “ascenso” de la clase trabajadora con la ultraproductividad, con el consumismo, con la migración de empresas extranjeras a nuestro territorio que solo (y que quede claro) beneficia al compadrismo San Petrino, empresarial y familiar, del propio gobernador, que por cierto tiene más seguidores en Instagram que cualquier otro.

La seguridad con la que Samuel García promueve el progreso empresarial, provoca en la sociedad un efecto de aceptación y seguridad, esto dado a que, de la mano de Mariana Rodriguez, han creado una especie de culto a la aspiración ajena. Sus seguidores que luego son votantes, razonan que, si Samuel negocia al estado como negocia sus finanzas, entonces un día seremos tan ricos como ellos; y se sienten un paso más cerca de ello porque pueden endeudarse por un iPhone o un Tesla o una membresía de Costco sin poner en juego si comen o no, esa misma gente, es la masa ciega de la sociedad que se niega a creer que aquellos a los que aspiran ser, son los mismo que hacen tratos con constructoras para lavar propiedades millonarias. Ignoran apáticamente el incremento vagamente fundamentado de las tarifas del transporte público ¿por qué?, porque en Nuevo León, la cultura no incluye el diálogo político en la mesa, sino el debate futbolístico del clásico del fin de semana.

Quizás crean que no les afecta, puesto que ese cúmulo de followers se creen superiores a la clase baja porque ellos sí tienen auto propio, olvidando que condenaron una década de su actividad económica para ser algo distinto a la mayoría, para ser alguien que no tiene “necesidad”. Tal vez por esa falta de pensamiento crítico de la sociedad al que la clase trabajadora esta condenada, es tan fácil para Samuel dar largas cuando se le cuestiona por qué no clausura las refinerías y plantas de producción que contaminan el aire en Monterrey a un nivel que supera los limites de la salud; su fandom lo respalda.

El cinismo de los poderosamente brutos en Nuevo León, no deja nada que desear. Mariana Rodríguez tiene una sola lógica: si el pueblo se queja tanto de la contaminación, ella ofrece alternativas que a su vista son viables (vista a corta distancia: vista a su sociedad, a su círculo de colonos), la esposa del gobernador, la candidata a alcaldesa por Monterrey (que reside en San Pedro), la influencer favorita del pópulo, ofrece en pleno tiempo de protesta en contra de toxinas en el aire que matan, que enferman y que atentan contra la vida de nacidos y no nacidos, un descuento y promoción de un purificador de aire que cuesta tres meses de salario mínimo. Esa falta de empatía no se fomenta sola, es el conformismo, mismo que ha llevado a la ciudadanía a caer en manos de líderes político-sociales tan deplorables como ignorantes de toda responsabilidad que abarca un cargo público. No saben servir, solo ser servidos: “En Estados Unidos, que son más como nosotros, los norteños, casi no usan transporte público… el objetivo de los regios es sacar un carro propio” (García, Samuel 2025), por ello, es ilógico que el ciudadano exija la recesión del tarifazo al transporte público.

Hasta que la sociedad de Nuevo León y México en general, no se indigne lo suficiente, no reaccione y levante la voz, o no ponga el tema político sobre la mesa, no habrá un progreso en la personalidad de las figuras de autoridad que gobiernen. Generar un pensamiento crítico es fundamental para medir y criticar justamente las acciones y decisiones que los gobernantes y afines llevan acabo en congresos, en reformas, en decretos, en mandamientos y en stories.

Las 5 enseñanzas que nos deja la narración más antigua de la historia: la Epopeya de Gilgamesh

Las 5 enseñanzas que nos deja la narración más antigua de la historia: la Epopeya de Gilgamesh

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La Epopeya de Gilgamesh es un poema con una antigüedad de más de 4,000 años. Es el texto narrativo más antiguo que conserva la humanidad. Fue escrito por la civilización sumeria con caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, en la región entre el Tigris y el Éufrates que hoy conocemos como Irak.

La historia de Gilgamesh todavía tiene mucho que decir a los seres humanos de nuestro tiempo. Es, a final de cuentas, la primera y la más importante de todas las aventuras: la aventura de buscar un sentido para la vida humana.

Por eso, sin reducirla a estas pocas líneas, sino con el ánimo de invitar a que sea más conocida y disfrutada, aquí se proponen cinco grandes verdades contenidas en la Epopeya de Gilgamesh, que el lector podrá descubrir si se adentra en el texto.

El poder debe limitarse para evitar la tiranía.

Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk, es el hombre más poderoso del mundo, más divino que humano. Su fuerza, la efectividad de sus armas, la gloria y la majestad de su liderazgo indiscutido no tienen par en toda la tierra y, precisamente por eso, porque no existen límites materiales a sus deseos, inevitablemente se convierte en un tirano: esclaviza a los hijos de sus súbditos, toma por la fuerza a las mujeres de su pueblo para saciar sus impulsos más básicos.

En medio del éxito y la riqueza, el ser humano es retratado en Gilgamesh con toda su miseria: cuanto más poder tiene, tiende más a la tiranía; porque el mundo de los deseos es desordenado, y si no se le limita, engendra la monstruosidad.

Los habitantes de Uruk claman a los dioses para que pongan freno a las injusticias de su glorioso rey. No quieren deshacerse de él, no piden que sea fulminado por el rayo o destruido por las fuerzas sobrenaturales; lo que piden es que pueda medirse frente a un semejante, que encuentre –como diríamos en México– la horma de su zapato.

El poder político, militar, económico o de cualquier otro tipo no puede ser destruido. Tiene la característica de que, si alguien lo deja, otra persona inmediatamente lo toma, porque es quizá el recurso más deseado del mundo, el que da la capacidad de hacer valer la propia voluntad. Por lo que la única manera de evitar su corrupción es enfrentarlo a otro poder igual.

Estatua de Gilgamesh en la Universidad de Sidney.

La igualdad puede dar miedo, pero es una condición indispensable para el amor.

La respuesta de los dioses ante el clamor de los habitantes de Uruk es crear a un hombre, Enkidu, tan fuerte como el propio Gilgamesh, al que ubican fuera de la ciudad, como un salvaje que vive entre las bestias.

Ante la noticia de que los dioses han creado a un hombre que lo iguala en fuerza, Gilgamesh siente temor. Tiene pesadillas acerca de cómo ese otro ser puede despojarlo de su poder, quitarle la veneración de sus súbditos y reducirlo a vasallaje.

La intuición de Gilgamesh sobre Enkidu es que tendrán que luchar hasta que uno prevalezca, pero la conclusión de la batalla entre ellos es que dos seres iguales no pueden ni vencer ni quedar derrotados entre sí. La constatación de esa realidad aplaca sus miedos y su ira, y da pie a una relación de auténtica amistad, tan profunda que engendra el amor.

El amor entre Gilgamesh y Enkidu no es un amor erótico, es un amor que nace del reconocimiento mutuo y desvela una realidad más profunda: el auténtico amor sólo puede darse entre personas que se reconocen como iguales.

Una persona que se ama sólo puede amar en otra aquello que identifica como reflejo de lo que ama en sí misma. Otro tipo de relaciones provienen de la carencia que se quiere resolver, la admiración que se quiere expresar o el deseo que se quiere realizar; pero el amor en libertad, sin el factor necesidad de por medio, exige necesariamente la igualdad.

El amor que nace entre Gilgamesh y Enkidu es transformador también, porque aleja a Gilgamesh de la tiranía y lo empuja fuera de su reino a emprender aventuras nuevas, junto a su amigo. Es un amor que se reafirma constantemente en el trabajo de equipo, en los logros y las dificultades que se comparten. Es un modelo de amor que puede trasladarse a otros ámbitos además de la amistad, desde la pareja hasta la familia y la sociedad.

La sexualidad tiene un poder civilizador.

Muchos piensan en la sexualidad como una fuerza instintiva, casi animal. Irónicamente, la Epopeya de Gilgamesh reconoce en la sexualidad más bien un ejercicio de inculturación.

El poderoso Enkidu, tan fuerte como Gilgamesh, vivía libre de toda civilización antes de encontrarse con el que se convertiría en su mejor amigo; creció en medio de las bestias, se comunicaba con ellas, comía la hierba y abrevaba en el lago junto a las gacelas, vivía en esa forma de Edén al que algunos filósofos luego llamaron “estado de naturaleza”.

Antes de presentarse con Gilgamesh, Enkidu experimentó un proceso de civilización a través del sexo.

Shamhat, una prostituta (probablemente sacerdotisa de la diosa Ishtar), es enviada al abrevadero para encontrarse con Enkidu cuando las gacelas bajaran a beber. En el momento mismo en que Enkidu la ve, Shamhat se desnuda y él es inmediatamente atraído hacia ella.

Seis días y siete noches pasó Enkidu haciendo el amor con Shamhat, pero cuando por fin sació todos sus impulsos sexuales, las bestias –que antes eran sus hermanas– huyeron de él, no lo reconocieron más, perdió la vida como la conocía, para poder abrirse a una nueva etapa en la que ganó, tanto sabiduría como capacidad de conocer y darse a conocer a otro ser humano, con un lenguaje que entre las bestias nunca alcanza ese nivel de eficiencia comunicativa.

En definitiva, la sexualidad humana en la Epopeya de Gilgamesh, sin renunciar a su esencia de impulso, y hasta en cierta medida de instinto, es sobre todo una forma de comunicación y por lo tanto de cultura.

Tarde o temprano hay que enfrentar la finitud.

Gilgamseh y Enkidu ganaron incluso más fama y poder juntos, pero en el camino, también se enemistaron con los dioses. Después que Gilgamesh rechazara la oferta de matrimonio de la diosa Ishtar, ésta amenazó con hacer surgir de la tierra a todos los muertos para que superaran a los vivos (el primer apocalipsis zombie) si Gilgamesh no era castigado, por lo que el dios Anu decide enviar al toro del cielo para que castigue la insolencia de Gilgamesh, pero él y Enkidu –magníficos y poderosos– matan al toro del cielo, con lo que desatan una auténtica confrontación entre los dioses y los hombres.

El viejo sueño humano de erigirse en dios de sí mismo está ya retratado en este primer poema épico de la humanidad, pero como cualquiera sabe, entre los dioses y los hombres hay una diferencia sustancial: la muerte.

El consejo de los dioses decide castigar directamente a la dupla y hace enfermar gravemente a Enkidu que, viendo la muerte cercana, maldice toda su vida, maldice sus logros, maldice a la mujer que lo hizo hombre y muere en medio de la confusión y de la tristeza.

Gilgamesh se enfrenta por primera vez con una realidad que lo sobrepasa y que no puede evitar: su mejor amigo, el gran amor de su vida, está muerto y él no puede hacer nada más que llorar; ordena que lloren todos los súbditos de su ciudad, vela a Enkidu, transido de dolor y desesperación como una leona que ha sido privada de sus cachorros, y lo despide con un glorioso funeral.

La realidad de la muerte lo atormenta y piensa que debe haber una manera de evitarla. Sabe que hay un hombre inmortal en la tierra, Utnapishtim “el lejano”,que sobrevivió al diluvio construyendo un arca (sí, es el primer Noé), y a quien los dioses concedieron la inmortalidad junto a su esposa, aunque a costa del exilio.

Sólo que Utnapishtim le hace ver a Gilgamseh que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses y sólo ellos pueden concederla. A lo mucho, le enseña que existe una planta que le puede devolver la juventud.

Gilgamesh consiguió la planta, pero la pierde al fin, porque una serpiente se la robó. Con lo que a Gilgamesh no le queda más que encontrar la resignación en la idea de que, sin importar cuánta gloria haya conseguido, también su vida debe terminar en algún momento.

Cansado, derrotado al fin, simplemente se detiene, no tiene ya más qué buscar.

La verdadera felicidad está en las cosas pequeñas.

El mensaje de la Epopeya de Gilgamesh podría parecer desolador, por más bello que sea el texto, sin embargo, la más importante de sus enseñanzas da al lector un auténtico sentido, no sólo para la aventura de su personaje, sino para la vida humana en general.

En la antigua versión babilonia de la Epopeya de Gilgamseh, Siduri la tabernera, diosa de la fermentación del vino y la cerveza, trata de persuadir a Gilgamesh de buscar la inmortalidad –empresa inútil– con unas palabras que mantienen una vigencia eterna:

Haz de cada día un gozo,
baila y toca instrumentos día y noche.
Ponte ropa limpia,
lávate el pelo y báñate.
Contempla al pequeño que te toma la mano.
Deja que tu esposa disfrute tu abrazo repetidamente.
Pues ese es el destino del hombre mortal.

Por lo que la principal enseñanza es esta: la vida de los grandes y de los pequeños es igual en dignidad, su destino es el mismo, su alegría consiste en disfrutar los pequeños placeres cotidianos y la vida familiar. Todo lo demás, o bien carece de importancia, o bien engendra dolor.

¿Crisis políticas o crisis de la política?

¿Crisis políticas o crisis de la política?

Por Fernando Galindo

Han pasado más de diez años desde los acontecimientos que marcaron a la humanidad en el 2010 y en el 2011. Ciertas corrientes que ya se manifestaban entonces, han adquirido aún más fuerza.

Muy temprano en el 2011, la “primavera árabe” despertó súbitamente del letargo a las sociedades de numerosos países en África del Norte y Medio Oriente: los ciudadanos de Túnez, Egipto, Yemen y Libia se sacudieron el pesado yugo de sus respectivos dictadores e iniciaron el arduo camino de la democracia. No todo ha sido bueno. Siria se convulsionó con una guerra intestina extremadamente cruenta, pero con la ayuda de la Rusia de Putin el régimen del clan Assad, que ha dominado el país por más de tres décadas, ha logrado sobrevivir. Aunque otros dictadores autoritarios del mundo árabe pagaron sus crímenes y abusos con su sangre y la de sus allegados.

Paralelo a la primavera árabe brotaron en otras partes del mundo movimientos populares que reclamaban alteraciones radicales en ciertas estructuras políticas y económicas de sus respectivos países. En Chile, el movimiento estudiantil recobró fuerza en su reclamo de una educación pública accesible y de calidad. “Los indignados” de la Plaza del Sol, en Madrid, dieron la señal de salida para protestar en contra de la política de austeridad implantada en España por el gobierno de Rajoy. Su reclamo y forma de protesta fueron replicados a lo largo y ancho de las plazas más importantes de España y de la Unión Europea. En Zucotti Park, en el corazón de  Nueva York, cientos de personas establecieron un campamento para exigir un cambio en las prácticas financieras dominantes en Wall Street formando el movimiento conocido como “Occupy Wall Street”, que también contó con réplicas en las principales capitales financieras del mundo, tales como Frankfurt o Londres. Incluso Israel fue testigo del nacimiento de un movimiento popular, llamado “de las tiendas”, para protestar por los altos costos de la vivienda y la desigualdad económica en el país. 

También en el 2011, el 11 de marzo, la sociedad japonesa vivió una tragedia que se desencadenó en tres actos:

Alrededor de las dos y media de la tarde la isla fue sacudida por un terremoto de nueve puntos en la escala de Richter, el más fuerte registrado en Japón. El terremoto duró al menos cinco minutos. A las cuatro de la tarde, provocada por el movimiento telúrico, una ola que alcanzaba en  algunos puntos más de 20 metros de altura y se movía a una velocidad aproximada de cincuenta kilómetros por hora golpeó la costa noreste de Japón arrasando más de doscientas poblaciones costeras a su paso y llegando a penetrar más de 10 kilómetros de tierra firme. Entre otras muchas poblaciones, el tsunami golpeó  la planta nuclear de Fukushima Daiichi, que contaba con seis reactores nucleares y que se encuentra a 250 kilómetros al  noreste de la macrourbe de Tokio. El fuerte terremoto había ya descompuesto los mecanismos de enfriamiento ordinarios de los reactores, el tsunami, por su parte, descompuso los sistemas de enfriamiento emergentes. En tres de los seis reactores se desataron procesos de fisión nuclear, lo que ocasionó explosiones de hidrógeno que acabaron por destruir la cúpula externa de los reactores y dejaron escapar  grandes cantidades de radiación en ambiente.

Atónitos, los ciudadanos japoneses fueron testigos de la ineptitud y desorganización de sus autoridades, quienes tardaron más de una semana en controlar las emisiones radiactivas, y son, hasta hoy, incapaces de fincar responsabilidades por la falta de medidas precautorias en la planta nuclear. Tampoco han logrado ponderar ni aliviar los daños al ambiente y a la salud de la población. 

El carácter de cada uno de estos acontecimientos es único, y es arriesgado establecer comparaciones entre ellos. Sin embargo, además de haber ocurrido en el mismo año, todos tienen en común que pusieron de manifiesto la profunda insatisfacción de los ciudadanos con su gobierno o, dicho de otro modo, la profunda insatisfacción de los ciudadanos con los políticos. De ahí que podamos llamar a estos acontecimientos “crisis políticas”, pues  tienen como raíz la inconformidad ciudadana respecto a la organización de la vida en común encargada mayormente a los políticos. 

Las crisis del 2011 sugieren que los políticos no cuentan con la capacidad ni los recursos para representar los intereses ciudadanos. Parece agotado el modelo político tradicional que distingue entre ciudadanos ―preocupados primordialmente por intereses privados― y políticos que, a través del ejercicio de funciones de gobierno, dominan la organización del ámbito público. Los políticos en diversas partes del mundo han sido incapaces de garantizar a sus ciudadanos estabilidad económica, justicia y paz social, condiciones mínimas para el florecimiento de una sociedad.

Podemos distinguir tres aspectos de estas crisis políticas: Una crisis de representatividad, una crisis de distribución, y una crisis de efectividad. Y es posible descubrir cada uno de estos aspectos de modo ejemplar en los diversos acontecimientos mencionados: la crisis de representatividad en la primavera árabe; la crisis de distribución en la protesta estudiantil de Chile, el movimiento de los indignados y en “Occupy”; y la crisis de efectividad en la mala respuesta del gobierno japonés a la catástrofe de Fukushima. Vale la pena analizar brevemente  estos acontecimientos bajo las tres perspectivas mencionadas. Comencemos con la primavera árabe y la crisis de representatividad política.

El 17 de diciembre del 2010 en la pequeña ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez,  un vendedor de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi, de 26 años, se prendió fuego afuera del palacio municipal.  Nacido el 29 de marzo de 1984, Bouazizi perdió a su padre cuando tenía tres años. Su madre volvió a casarse pero el padre adoptivo de Bouazizi era de salud frágil y por tanto nunca pudo conseguir un ingreso estable. Para ayudar a su madre, Bouazizi comenzó a trabajar como vendedor de frutas y verduras cuando apenas tenía diez años, mientras continuaba con sus estudios. Sin embargo, a los 19 años abandonó la escuela para dedicarse de tiempo completo a su trabajo como vendedor ambulante y  colaborar así con sus ingresos a que sus cinco hermanos menores permanecieran en la escuela.

Durante años, Bouazizi había padecido el abuso de poder de los policías de su ciudad. Apoyados en leyes arbitrarias y menudencias burocráticas, los policías despojaban una y otra vez a Bouazizi de sus productos, le pedían mordidas o le impedían vender en los mercados y las plazas más concurridas.

La mañana del 17 de diciembre del 2010 el abuso de poder llegó a un extremo. Una mujer policía intentó despojar a Bouazizi de sus productos y de su báscula. Bouazizi se negó a entregar sus pertenencias, se hicieron de palabras, la mujer policía, entonces, lo abofeteó y, apoyada por otros policías, lo derribó y lo despojó de su mercancía y de su báscula. Buoazizi intentó denunciar este abuso en las oficinas municipales, pero le dijeron que el oficial encargado de atenderlo “estaba en una junta” y no podía recibirlo. Desesperado, Bouazizi decidió prenderse fuego en la calle enfrente del palacio municipal. 

Después de una agonía de días, Bouazizi murió 4 de enero del 2011. Para entonces, las protestas contra el gobierno de 27 años de Ben-Ali (más años que lo que duró la vida de Bouazizi) se extendían a todo el país. Y más tarde surgieron movimientos revolucionarios en Egipto, Yemen, Libia, Siria y Marruecos. Movimientos que en Egipto, Libia y Yemen culminaron en el derrocamiento de gobernantes y regímenes que llevaban más de 20 años en el poder.

La experiencia de Bouazizi con las autoridades políticas de su país es semejante a la experiencia que millones de ciudadanos tienen de la relación con sus gobiernos, lo mismo en regímenes autoritarios que en regímenes democráticos. El gobierno es visto como una burocracia impersonal, insensible ante las carencias y dificultades de los ciudadanos para salir adelante, una burocracia arbitraria que aplica leyes caprichosas y muchas veces inútiles.  El gobierno es un obstáculo y no un apoyo para los ciudadanos; los políticos son considerados por los ciudadanos como una clase exclusiva y excluyente, poseedora de privilegios y preocupada únicamente por afianzar su posición de poder. 

Muchos ciudadanos están convencidos de que los políticos no los representan ni velan por sus intereses. Esta convicción desemboca en la crisis de representatividad que atravesamos y  que se concreta en iniciativas ciudadanas para eliminar  partidos políticos y disminuir el número de parlamentarios, así como los puestos en todos los ámbitos de gobierno. Muchos ciudadanos simpatizantes de estas iniciativas sueñan con una democracia de “asamblea permanente”, donde todas las voces sean escuchadas y nada se decida si no es por consenso entre todos los ciudadanos. Las revoluciones ciudadanas de la primavera árabe, surgidas al margen de los partidos políticos y fuertemente apoyadas en las redes sociales virtuales, alimentan esta ilusión. Pero no es lo mismo librarse a través de una revolución de una clase política corrupta que tratar de organizar un país de millones de habitantes sin una clase política bien establecida y sin partidos políticos con posturas definidas y visiones de cómo debe construirse una sociedad. La euforia y el entusiasmo revolucionario para dar frutos de libertad, justicia y estabilidad económica durables, deben eventualmente traducirse en trabajo burocrático, aburrido, detallado y preciso de tipo legislativo, ejecutivo y judicial. Un Estado funcional, justo y democrático, no puede construirse únicamente sobre asambleas populares, consignas y manifestaciones.  Lo extraordinario de una revolución debe preceder a la vida  ordinaria de las instituciones.

El anhelo de una democracia directa sin mediación de políticos de ningún tipo está también presente en el movimiento universitario de Chile y en las protestas de “los indignados” y de “Occupy”. Para muestra basta la exigencia de “los indignados”: “democracia real ya”. Por democracia “real” muchos entienden una democracia sin intermediarios y sin partidos políticos.

Cabe señalar sin embargo que estos movimientos de protesta no surgen en el seno de regímenes autoritarios que violan de modo consciente, impune y de continuo los derechos humanos de sus ciudadanos; más bien se dan dentro de gobiernos democráticos que tienen claros límites en el ejercicio de su poder. Es cierto que en Santiago de Chile, en Madrid y en Nueva York ha habido enfrentamientos violentos entre los manifestantes y la autoridad, pero estos enfrentamientos no han ni de lejos resultado en saldos sangrientos y hasta ahora no ha habido una sola muerte, ni entre los manifestantes ni entre los policías. 

Esta importante distinción ha sido señalada entre otros por el sociólogo y ensayista Mathias Greffrath, quien afirma que en los países árabes la lucha armada tiene por objeto establecer los derechos fundamentales de una democracia[1]. Entre ellos, el derecho de protestar públicamente por los errores o injusticias ocasionadas por el mal gobierno. En Chile, España, Europa y América en cambio, las protestas se dirigen a democracias legalmente bien establecidas, pero en las que parece que la democracia se ha quedado “sin substancia”, es decir, que las instituciones y el discurso son sólo formalmente democráticas, en la práctica empero, los políticos no defienden ni representan los intereses de la mayoría de la población, ni tampoco ofrecen a los ciudadanos las condiciones públicas mínimas para desarrollarse familiar, laboral y políticamente. Greffrath menciona una frase de Richard von Weizäcker, sexto presidente de la República Federal Alemana, quien dijo: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado del poder”. Weizäcker se refería con ello a la paradoja de que los políticos, preocupados exclusivamente por defender posiciones de poder, se hayan vuelto impotentes frente a los desafíos que enfrentan sus ociedaddes.

Greffrath ofrece tres ejemplos de esta impotencia: primero, la impotencia de los políticos frente a los poderes financieros, que ha quedado manifiesta sobre todo a partir de la crisis financiera iniciada en el 2008; segundo, la impotencia de los políticos para ofrecer seguridad social: salud, educación y empleo; y tercero, la impotencia de los políticos para hacer frente a los problemas que amenazan a la sociedad, como el cambio climático, la crisis alimentaria y la crisis energética.

Los primeros dos ejemplos de Greffrath, el de los mercados financieros y el del Estado social, caen dentro de lo que aquí he llamado “crisis de distribución”. El tercer ejemplo, el de la incapacidad para enfrentar catástrofes y crisis naturales, cae dentro de la “crisis de efectividad”, que abordaremos en un momento.

Sobre la crisis de distribución vemos que numerosos gobiernos democráticos en Europa y América han sido incapaces de generar las condiciones para el crecimiento económico que sus sociedades requieren; han sido también incapaces de garantizar salud, educación y empleo, si no para  todos, al menos para la mayoría de la población; y si no para la mayoría, al menos para los más vulnerables de la sociedad.

La misión del Estado es garantizar condiciones de vida digna, especialmente a los más vulnerables de una sociedad: a los niños, a los ancianos, a las mujeres embarazadas, a los enfermos, a los más pobres, a los más ignorantes. Un Estado así nos conviene a todos, puesto que todos en algún momento hemos sido niños, todos hemos dependido de alguna mujer embarazada (nuestra madre), y todos hemos estado enfermos.

Muy por el contrario, vemos que los gobiernos en Europa y América favorecen y protegen sobre todo a los “fuertes”, a quienes tienen recursos económicos, salud y educación. La brecha entre los ricos y pobres cada vez se ensancha más, lo mismo en Francia y Alemania que en Estados Unidos, México o Chile. Tenemos cada vez más pobres, y  nuestros pobres son “más pobres”, es decir, tienen más carencias que antes; mientras que nuestros ricos son cada vez más ricos y gozan de más privilegios. Nuestros gobiernos democráticos han fracasado en la distribución de recursos que nos pertenecen a todos. El avance tecnológico, el aumento de la productividad, y en última instancia de la riqueza, no han favorecido a los grupos más vulnerables de nuestras sociedades, más bien se han traducido en el lujo grosero y grotesco que despliegan las personas adineradas en cualquier gran ciudad de América o Europa.

Como suele suceder en la historia, el reclamo por esta crisis de distribución no proviene de los más afectados, los desposeídos y miserables; más bien es un reclamo articulado por universitarios y jóvenes profesionistas, pues son ellos quienes a la vez son conscientes de las pocas perspectivas de futuro que les ofrece sus sociedad y cuentan también con la educación necesaria para entender que las cosas podrían ser diferentes y que los mercados financieros no son fuerzas naturales de orden cósmico, incapaces de ser controladas por leyes e instituciones humanas.

El crecimiento de la desigualdad y la injusticia social no obedece a leyes de selección natural de tipo darwinista, es más bien el resultado de una mala distribución de los recursos, de malas políticas establecidas en algunos casos por ineptitud, en otros por corrupción, o por ambas. 

La ineptitud y la corrupción también están en el corazón de la crisis de efectividad, que he ejemplificado aquí con la tragedia de la planta nuclear en Fukushima, Japón. Es sorpresivo para nuestros oídos hablar de falta de efectividad en relación con el gobierno japonés. La asombrosa recuperación japonesa tras la debacle total de la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo de efectividad y eficiencia. En una isla más o menos del tamaño de Veracruz, pero con una geografía mucho más agreste, viven 126 millones de personas, y poseen una economía solo por debajo de los Estados Unidos y de China, y por encima de países con mucho más territorio como Canadá o Rusia.

Dadas las numerosas empresas japonesas presentes en México, por ejemplo en la rama automotriz, son conocidas para nosotros la alta capacidad de organización y la cultura del trabajo japonesas, que tienen una fama casi proverbial. 

Por otra parte, basta un breve repaso histórico de catástrofes naturales y un poco de conciencia sobre las implicaciones de la producción de energía nuclear para concluir que las 17 plantas nucleares, con sus 54 reactores, que Japón tenía trabajando hasta antes de la catástrofe de Fukushima eran una bomba de tiempo. Es aquí donde la ineptitud y la corrupción, pero también la demagogia, vienen a cuento.

Podemos analizar la ineptitud del gobierno japonés desde dos ópticas: Por un lado, una especie de “ineptitud ocasional” que se evidenció durante las semanas que siguieron a la catástrofe. Faltó comunicación entre las diversas dependencias gubernamentales, que fueron incapaces de formular y hacer público de forma expedita un diagnóstico certero de los daños ocasionados. También faltó comunicación entre el gobierno japonés y los gobiernos internacionales, quienes fueron informados de la magnitud del accidente sólo a cuentagotas y después de ejercer fuertes presiones diplomáticas. Faltó también ejercicio de autoridad y decisión para controlar y supervisar a la compañía “Tepco”, tanto en la operación de las plantas nucleares antes de la catástrofe, como en la respuesta lenta, desorganizada y caótica que tuvo después del accidente.

Sumada a esta “ineptitud ocasional”, queda la duda de si no debiéramos postular también una especie de “ineptitud necesaria”, que podríamos definir como la incapacidad natural e invencible de los seres humanos para protegernos contra fenómenos naturales como terremotos o tsunamis. Esta es una especie de “falla de origen”, una actitud arrogante y soberbia frente a las fuerzas de la naturaleza. Aquello que los antiguos griegos llamaban hybris: la pretensión de que el ingenio y la capacidad técnica de los seres humanos no conoce límites.

Tanto el gobierno japonés como la empresa Tepco fueron en todo momento desbordados por los acontecimientos: La plantea nuclear de Fukushima podía resistir un terremoto de hasta 8 puntos en la escala de Richter, pero el terremoto del 11 de marzo de 2011 fue de 9 puntos, lo cual dejó inservibles los sistemas de enfriamiento de los reactores; la planta contaba con sistemas de enfriamiento emergentes, pero estos fueron desactivados por el tsunami desencadenado por el terremoto; la planta de Fukushima estaba protegida por un muro de concreto capaz de contener tsunamis con olas de hasta 6 metros, pero las olas del tsunami ese 11 de marzo alcanzaban, según diversos reportes, entre 14 y 20 metros de altura. Las fuerzas de la naturaleza superaron, por mucho, las ingenuas o perversas previsiones del gobierno japonés y de Tepco. Y es aquí donde la incompetencia se vincula con su hermana la corrupción.

Bernhard Taureck, en un ensayo sobre Fukushima, Rousseau y el ideal ilustrado del progreso, enlista  7 actos de corrupción e ineptitud en que incurrieron la empresa Tepco y el gobierno japonés[2]. El primero es el engaño sobre fallas de seguridad y la omisión sistemática de reportes de accidente en Japón y en el resto del mundo (Tepco era, hasta antes de Fukushima, empresa líder en el sector energético); segundo, los empleados de “outsourcing” y sin  plaza permanente fueron obligados a entrar a los reactores defectuosos con equipamiento insuficiente, sin botas aislantes, por ejemplo. Y fueron amenazados con el despido en caso de desobedecer. Tercero, el gobierno japonés y Tepco promovieron en los medios que la contaminación por plutonio (que tiene efectos permanentes) era tan inofensiva como la radiación de los rayos X utilizada comúnmente para sacar radiografías. Ambas instancias también difundieron un límite falso de tolerancia a la radiación en infantes que supera por lo menos veinte veces al límite de tolerancia real. En quinto lugar, Tepco y el gobierno japonés abordaron sus pláticas para controlar la crisis de Fukushima siguiendo el esquema de una negociación tradicional entre una concesionaria y el Estado. Además, por presión del gobierno y de Tepco, fueron despedidos 26 periodistas responsables de reportes y opiniones que dejaban mal parados a Tepco y al gobierno.

Hasta antes de Fukushima, Tepco era una de las empresas que gastaban más dinero para garantizar una buena imagen en los medios. Por último, muchos expertos dudan que la “desconexión en frío”, realizada por Tepco y el gobierno en los reactores descompuestos, sea efectiva para detener la radiación.

Para Taureck todas estas fallas remiten a la relación malsana  y deshonesta que existía entre las distintas instancias gubernamentales encargadas de velar por la seguridad de las plantas nucleares y Tepco. En todas las instancias gubernamentales, sin excepción, había consejeros de Tepco, lo que permitía a la empresa no declarar accidentes y con ello evitar multas y otras sanciones. Importantes directores de estas agencias gubernamentales pasaron tras su retiro del sector público a formar parte de la nómina de Tepco con sueldos muy bien dotados. Por si esto fuera poco, Tepco era la empresa que más dinero donaba a los partidos políticos en Japón. Y era también la principal donadora de fondos para la investigación científica en Universidades y otros institutos.

Como sucede en las otras crisis aquí mencionadas, en la crisis de Fukushima los más vulnerables dentro de la población son también los más afectados: en primer lugar los empleados de outsourcing de Tepco, quienes sufrieron daños irreparables en su salud; también  los niños y las mujeres embarazadas, que son más vulnerables a la radiación de plutonio, así como los viejos y los campesinos pobres, que fueron incapaces de huir del tsunami o cuyas tierras han quedado inhabilitadas por la radiación. En cambio, los servidores públicos y  los ex directivos de la empresa Tepco difícilmente enfrentarán algún cargo penal, probablemente ni siquiera verán amenazada su confortable forma de vida, y esto a pesar de que Tepco se declarara en quiebra y fuera adquirida por el Estado japonés como consecuencia de la catástrofe de Fukushima.

Una característica más de la crisis de Fukushima llama la atención: la demagogia del gobierno japonés respecto al tema energético, y la correspondiente insaciabilidad energética de los habitantes de la pequeña isla. La función de un Estado democrático es generar las condiciones de vida dignas indispensables para el florecimiento de todos los miembros de una sociedad, en especial de los más vulnerables; pero no es misión ni tarea de la democracia saciar todos los apetitos de una población ni cubrir todas sus demandas por encima de lo que marca el sentido común y de los límites impuestos por la naturaleza. La demanda energética en Japón, al igual que en otros países desarrollados como Estados Unidos o Francia es desmesurada. A pesar de este hecho, los gobiernos de estos países han evitado implantar políticas serias de educación y concientización de la población que repercutan en un ahorro real de energía. Es cierto que un gobierno democrático debe en principio obedecer a la voluntad del pueblo, o de la mayoría, pero no todas las demandas de la mayoría son sensatas y realizables. 

Esta demagogia de gobiernos democráticos que prometen a sus ciudadanos satisfacer siempre su creciente demanda energética, aun a riesgo de destruir el planeta, no es exclusiva de Japón. Tauerck menciona, a modo de ejemplo, que en Francia el consumo de energía es dos veces más alto que en Alemania, a pesar de que Francia tiene 16 millones de habitantes menos. El 80% de la energía consumida en Francia procede de sus 20 plantas con 59 reactores nucleares. El mayor número de reactores nucleares per cápita en el mundo.

Quizá lo más inquietante de una crisis como la de Fukushima, causada por la incapacidad de los seres humanos para controlar las fuerzas de la naturaleza, es que no se trate de una experiencia excepcional y única. Pensemos si no en la catástrofe ecológica provocada por la ruptura del yacimiento de petróleo bautizado como “Macondo” en el Golfo de México y que implicó el derrame de 4.9 millones de litros de crudo en el lecho marino entre  el 21 de abril, día en que se registró una explosión en la plataforma petrolera sobre el yacimiento,  y el 15 de julio de 2010, día en que por fin lograron contener la fuga de petróleo.

Guardando las distancias ―sobre todo con respecto al número de decesos, el daño al ambiente y a la infraestructura―,  encontramos similitudes entre las causas que hicieron posible la crisis de Fukushima y el accidente en el Golfo de México. De nuevo aparecen las hermanas gemelas de la incompetencia y la corrupción, animadas ambas por su hermana mayor: la ambición. Y de nuevo encontramos como falla de origen una relación malsana entre el gobierno de los Estados Unidos y la empresa petrolera “British Petroleum”(BP), responsable principal de la tragedia.

BP es, como su nombre lo indica, una empresa de origen británico. Aunque como cualquier trasnacional tiene accionistas de todo el mundo. Desde 1995 BP ha perseguido una agresiva estrategia encaminada a aumentar sus ganancias. Sobre todo a través de disminuir sus costos de operación. El afán desmesurado por disminuir costos llevó a la empresa a reducir durante más de una década significativamente su gasto en la seguridad y el mantenimiento de sus instalaciones, despidiendo a ingenieros y técnicos encargados de ambas funciones. En el 2010, las escasas medidas de seguridad y la falta de mantenimiento ocasionaron la explosión de la plataforma petrolera “Deep Water Horizon” utilizada para extraer el crudo del yacimiento “Macondo”. Este accidente en el Golfo de México es sólo uno más en la larga lista de accidentes ocurridos en las instalaciones petroleras de BP. En el 2005, por ejemplo, una explosión en su refinería de “Texas City” le costó la vida  a 15 trabajadores y dejó heridos a 170 más. En el 2006, un oleoducto corroído de BP que corre por Alaska dejó escapar más de 270,000 galones de crudo en la tundra.

La imagen del oleoducto corroído y poroso es útil para explicar la relación “tóxica” entre las autoridades estadounidenses y los directivos de BP. Como era el caso entre Tepco y el gobierno japonés, también el gobierno estadounidense fue laxo y extremadamente tolerante en sus medidas de control, certificación, autorización y fiscalización de BP. Como respuesta al accidente de 2005, el gobierno obligó a BP a pagar una multa de 21 millones de dólares y, dado que esa multa surtió un efecto nulo en la mejora de las condiciones de seguridad, el gobierno multó nuevamente a BP en el 2009, esta vez por la cantidad de 89 millones de dólares. Cantidades insignificantes si consideramos que la ganancia neta de BP en el 2009 fue de 16 billones de dólares.

En una esclarecedora reseña dedicada a libros sobre el accidente del yacimiento “Macondo”, el periodista Peter Maass articula claramente las fallas del gobierno estadounidense y la temeridad y ambición destructiva de BP[3]. Menciona que las agencias estadounidenses carecen de presupuesto, personal y preparación para fiscalizar efectivamente a las empresas petroleras y así controlar sus riesgosas iniciativas. Comenta también la injerencia que las empresas petroleras pueden tener en la vida política  estadounidense gracias a su poder económico. Maass subraya que estas observaciones son válidas también para la relación del gobierno y los poderes financieros en Estados Unidos: También en el caso de la supervisión de bancos y otras instituciones financieras el gobierno es demasiado laxo, tanto en sus controles como en sus sanciones,  y estimula así prácticas en extremo riesgosas de las instituciones financieras con consecuencias nefastas para la economía del país y del mundo. 

La tragedia de Fukushima, la catástrofe ecológica del Golfo de México y la crisis financiera mundial desencadenada en 2008 muestran la incapacidad de los políticos en los gobiernos de numerosos países para ejercer las funciones y responsabilidades que les son propias. A esta incapacidad la he llamado aquí “crisis de efectividad”. Pero lo mismo en Fukushima, que en la catástrofe del Golfo y la crisis financiera podemos encontrar también una crisis de representación y de distribución.

La crisis de representación se hace patente porque el gobierno no cumple con las funciones que le ha encomendado la ciudadanía, no supervisa ni controla a las poderosas instituciones financieras ni a las compañías energéticas; más que representar los intereses de los ciudadanos, parece en ocasiones que los gobiernos representan los intereses de los accionistas de los bancos y de las compañías petroleras.

Hay también una crisis de distribución porque los recursos estatales que debieran utilizarse en beneficio de toda la ciudadanía se han utilizado para rescatar de la insolvencia a bancos privados y otras instituciones financieras; igualmente se ha tenido que echar mano de recursos estatales para controlar y tratar de remediar los efectos de la contaminación por radiación o por petróleo. Mientras que los accionistas particulares disfrutan de la mayoría de las ganancias de los bancos y compañías energéticas, el pago por los errores y la temeridad de estas instituciones recae sobre toda la ciudadanía, que paga, o bien con sus impuestos, o bien con su patrimonio natural, o bien con su salud.

Es igualmente notorio que los gobernantes autoritarios de los países árabes, así como sus contrapartes  en los gobiernos democráticos  de Europa y América, han fallado lo mismo con respecto a la representación que con respecto a la distribución y a la efectividad, aunque no en el mismo grado.

Los gobernantes árabes derrocados en Libia, Egipto y Túnez, así como sus homólogos que se mantienen en el poder en Yemen[4], Siria y otros países de la región no pueden presumir de legitimidad ni pretender que representan a los ciudadanos. Su desempeño económico es vergonzoso e indignante. Por una parte, han fallado en aprovechar las riquezas materiales y el talento humano de sus países, por otra, han favorecido durante décadas una economía de mafia que enriquece exclusivamente al gobierno y a sus allegados (familiares y amigos).

Pero los gobiernos demócratas de América y Europa tampoco pueden presumir ni de haber realizado una distribución justa de los recursos comunes, ni de haber sido efectivos en la solución de los problemas sociales más urgentes, ni mucho menos de haber sido eficientes fiscalizadores y controladores de otros poderes fácticos no elegidos democráticamente, como las instituciones financieras y las empresas energéticas. 

Hay una crisis de representatividad porque los ciudadanos no confían en que los políticos defiendan intereses ciudadanos, más bien piensan que los políticos están absorbidos por juegos y luchas de poder, preocupados por asegurar el siguiente escalafón en el carrusel permanentemente en movimiento de los puestos públicos. Hay una crisis de distribución porque la desigualdad entre los ricos y los desposeídos en los diversos países ha aumentado en los últimos años de modo escalofriante. Esto es válido lo mismo en la Unión Europea que en toda América. Y hay una crisis de efectividad porque los gobiernos de diversos países parecen incapaces de hacer frente de modo exitoso a los desafíos del presente:

El gobierno japonés se vio completamente superado ante la catástrofe de Fukushima. Los líderes de la Unión Europea tampoco han acabado de encontrar un remedio que limite la volatilidad de los mercados y la audacia de los grandes especuladores financieros.  El gobierno de Estados Unidos también ha visto una y otra vez fracasar sus numerosos esfuerzos para reactivar la economía nacional, y las elecciones primarias del Partido Republicano han dejado claro que en la oposición faltan políticos serios y sensatos, y abundan en cambio diletantes, dogmáticos en la ética y en la economía, revanchistas, xenofóbicos e ignorantes. Los mexicanos también hemos padecido en estos últimos años la incapacidad de nuestros políticos para frenar la ola de violencia y sangre que, como un tsunami, se abate sobre nuestro país desde hace ya varios años. Se trata de crisis diferentes, pero todas tienen que ver con “los políticos”. Con aquellos que, elegidos o no democrática y legítimamente, tienen en sus manos el poder.

La crisis de representatividad, de repartición y de efectividad constituyen una crisis generalizada de la política, al menos si entendemos “política” como el orden que distingue entre gobernantes y ciudadanos, y en el cual corresponde a los gobernantes realizar ciertas funciones claves relacionadas con la ordenación de la vida en común, en específico en lo que concierne al marco jurídico y al buen funcionamiento de la economía. 

A partir de las crisis políticas que he mencionado aquí, se escuchan en México y en el mundo voces que llaman a una destrucción de la política como la conocemos y que proclaman el fracaso de la democracia representativa. Voces que desde la derecha llaman a la instauración de regímenes tecnocráticos autoritarios que no respeten las opiniones ni el derecho a decidir de todos los ciudadanos. Y desde la izquierda reclaman la creación de una democracia directa de asamblea permanente que borre por completo la distinción entre gobierno y ciudadanía. Ambas alternativas resultarían en extremo dañinas para la organización de la vida en común, y a pesar de parecer poco viables, no son por ello menos peligrosas ni menos seductoras, como las sirenas lo fueron para Ulises y sus compañeros. Ambas pretenden la destrucción del precario orden político  que ha sido construido en México y en otros países con tantos sacrificios y trabajos.

Al final del Libro IX de “República” de Platón,  Glaucón confía  a Sócrates que la ciudad ideal, que a través de la conversación han construido con palabras y argumentos, es una ciudad que no puede encontrarse en ningún lugar de la tierra. Sócrates responde que en la tierra no, pero “en el cielo”, como modelo para todo aquel que quiera verla y transformarse a sí mismo de acuerdo con este modelo.[5] El mismo sentido tiene la reflexión sobre la política. Quizá nuestra noción de política nunca se haga realidad, sin embargo, necesitamos tales reflexiones, conversaciones y argumentos sobre la política para elevarnos por encima de las pequeñas y grandes crisis; del tedio propio de cualquier vida institucional; y de  las escaramuzas, intrigas y mezquindad propias de la agenda política nacional e internacional. Ciertamente no sirve de nada una noción política para ángeles realizable únicamente en un ámbito celeste; pero también debemos evitar  una política para topos, de corto alcance en el tiempo y en el espacio y sepultada bajo la tierra y el estiércol. La política puede y debe ser mucho más que estrategias mercadológicas para ganar elecciones y poder.  La política debe ser ese espacio tan difícil de encontrar entre la utopía y la frustración, porque sólo en ese espacio pueden florecer la libertad y la justicia.

Primera versión, 2011. Segunda versión, 2024.


[1] M. Geffrath. Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3. (“¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta.” Tercera de tres partes. Programa  radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 4 de marzo de 2012).

La traducción de todas las citas son del autor de este ensayo.

[2] Taureck B. Fukushima: Zur Aktualität von Rousseaus Zivilisationskritik. (“Fukushima: Sobre la actualidad de la crítica de Rousseau a la civilización”. Programa  radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 8 de julio de 2012).

[3] Maass P. What happened at the Macondo Well? New York Review of Books. Vol. LVII, N. 14. 29 de septiembre de 2011. Los datos mencionados en mi texto fueron tomados de la excelente reseña de Maass.

[4] Tras las protestas en Yemen en el 2011 y la presión internacional,  Ali Abdullah Salih, presidente por más de 33 años, anunció que convocaría a elecciones en febrero del 2012. A dichas elecciones se presentó empero únicamente un candidato, Abdurabbo Mansur Hadi, quien fue elegido por Salih como su sucesor y aceptado por los detractores de Salih como medida para evitar una guerra civil.

[5] Cfr. Rep. 592a-b

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

¿Qué líderes tenemos? ¿Qué líderes necesitamos?

En un gobierno, en una empresa, un equipo deportivo, una familia o en cualquier institución la característica esencial y definitoria de un liderazgo ético es que hace mejor a cada una de las personas que conforman el equipo, incluyendo al líder; y que además beneficia a la institución, ayudándola a cumplir su misión y beneficiando así a la sociedad.

El liderazgo ético está orientado al bien personal y a un bien común.

Es el único liderazgo que vale la pena ejercer y apoyar. El único que nos conviene, al margen de lo que digan la moral, las tendencias o las modas.

Es un error grave pensar que lo esencial en un buen liderazgo es que sea efectivo, que “dé resultados”; y que todo lo demás es ingenuidad, idealismo trasnochado o moralina.

En política, en negocios y lamentablemente también en las familias sobran ejemplos de liderazgos “efectivos”—sumamente dañinos para quien lo ejerce y para quien lo padece como subordinado o como parte de la institución o la sociedad donde tiene impacto ese liderazgo.

Alguien que da resultados al margen de la ética —al margen de si los objetivos buscados son buenos o malos, y del modo de tratar a las personas para alcanzarlos— es un operador, no un líder genuino.

Mafias y organizaciones que actúan en la clandestinidad persiguiendo fines ilegítimos e ilegales tienen “operadores” en ocasiones muy eficientes. Que la palabra se haya vuelto común en el lenguaje político de México es un síntoma más de los malestares que aquejan a nuestra democracia.

Un operador que logra tejer una red de operadores subordinados a él, y que logra enquistarse en alguna jerarquía institucional  y disponer de los recursos de una institución, se convierte de simple operador en líder…un líder tirano, no un líder ético.

Más allá de lo que digan, de cómo se presenten ante los demás, incluso de cómo se vean a sí mismos, el operador y el líder tirano persiguen bienes excluyentes: bienes que, de alcanzarse, no se pueden compartir. Bienes como el enriquecimiento individual, los placeres excesivos, el poder como dominación y la fama, esa hermanastra frívola y a la vez perversa de la honra.

A operadores y tiranos el beneficio de los subordinados, de la institución y de la sociedad les tiene sin cuidado.

El beneficio, por ejemplo, de la empresa y sus actores claves —accionistas, colaboradores, clientes proveedores— será buscado por un líder tirano solo en la medida en que le ayude a alcanzar los bienes excluyentes anhelados. Se tratará de un beneficio accidental, que puede o no acompañar la búsqueda de un ideal pervertido de éxito egoísta, que se persigue a costa de los demás, principalmente a costa de los subordinados; no gracias a ellos. Éxito que implica la degradación y paulatina corrupción de los subordinados, y muchas veces el atropello de personas, instituciones y leyes.

Por eso el líder tirano se rodea de ingenuos entusiastas (“idiotas útiles”) numerosos oportunistas, aduladores y sicofantes (denunciantes pagados para calumniar)

El líder tirano manipula y persuade a través del miedo y las amenazas; o seduce a través del carisma y de las dádivas. La lealtad que cultiva es hacia su figura; no es fidelidad al proyecto ni a la empresa.

Por el contrario, un liderazgo ético convoca y entusiasma con la riqueza y la ambición del proyecto; con la posibilidad de crecer como persona, de crecer en la institución. Nos ofrece la oportunidad de ser mejores, hacer el bien y ganar dinero dignamente.

El liderazgo ético exige con el ejemplo y convence con la humildad de reconocer que necesita y pide nuestra participación para llegar a cabo una empresa noble. Permite la continuidad en el tiempo porque está comprometido con el desarrollo de las personas y la realización del proyecto; y no con el culto a la personalidad del líder y la satisfacción de sus caprichos. No necesita la luz veleidosa y siempre pálida de la fama; pero tampoco las sombras que operadores y tiranos requieren para disimular sus malas y vergonzosas acciones.

Un líder tirano solo podrá tener empleados o cómplices, jamás colaboradores ni socios; tendrá seguidores, pero nunca compañeros, mucho menos amigos.

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

¿Va hacia algún lado el feminismo católico?

[1]

Autora: Dra. Carrie Gress.

Traductor: Dr. Rafael Hurtado.

La idea de que los católicos deben aceptar el feminismo como condición de diálogo con mujeres no-católicas se ha repetido con tanta frecuencia que ahora simplemente se acepta como una verdad indiscutible. Pero, ¿realmente ha funcionado dicha estrategia?

Antes de responder a esta pregunta, repensemos por un momento las enseñanzas de San Juan Pablo II, a quien generalmente se le reconoce como el “artífice” que proclamó la necesidad de desarrollar un “nuevo feminismo” o “feminismo católico”. En efecto, Juan Pablo II estaba manifiestamente interesado en defender la dignidad de todas las mujeres. En su Carta Apostólica de 1988, Mulieris Dignitatem, exploró con profundidad la naturaleza de la feminidad, proporcionando un “marco teórico” que permite una mejor comprensión de la feminidad católica, vista desde la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, lo que no es posible encontrar en dicho documento de aproximadamente 25,000 palabras es el término «feminismo».

En todo caso, el término «feminismo» fue utilizado tan solo una vez, a saber, en su encíclica de 1995 Evangelium Vitae, en la que hizo un llamado a desarrollar un «nuevo feminismo». En un breve párrafo, el documento nos dice:

“En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación” (E.V. n. 99).

A pesar de esta única mención, la idea de un “nuevo” feminismo ha sido claramente sobrevendida a los fieles católicos como la ruta ideal para entender la feminidad. Incluso el término se ha utilizado para afirmar que aquellos que no estén a favor del nuevo “feminismo católico”, estarían rechazando la visión católica global y abarcadora del Papa polaco.

Es innegable, según ya se ha dicho, que Juan Pablo II estaba profundamente interesado en restaurar y exaltar la dignidad de las mujeres, siempre y cuando se hiciese de un modo coherente con la fe católica. Lo que a menudo suele pasar con aquellos que se ciñen a la visión del Pontífice es que se centran en el adjetivo «nuevo» feminismo, sin tener claridad lo inadecuado que era el «viejo» feminismo.

A través de mi propia investigación relativa al “viejo” feminismo —sobre todo en mis dos libros The Anti-Mary Exposed [2] y The End of Woman— investigación posterior al pontificado de Juan Pablo II, he descubierto que el feminismo como movimiento ideológico tiene problemas significativos que no se pueden pasar por alto. Desde el principio, el feminismo ha tenido conexiones profundas con el ocultismo, con el igualitarismo (de influencia socialista/marxista) y con la erradicación de la monogamia como condición necesaria para lograr la liberación de las mujeres.

Estos esfuerzos, por demás desacertados, han provocado de modo progresivo la infelicidad crónica de más mujeres, la disminución de matrimonios y un daño severo a la familia nuclear. En cuanto ideología, el feminismo ha perpetuado la creencia de que el aborto es el medio por el cual las mujeres alcanzarán la igualdad con los hombres, generando al menos 44 millones de abortos en todo el mundo tan solo en el año 2023, cifra que supera las cifras del resto de causas de muerte sumadas.

Más allá de señalar los problemas del feminismo, quizás sea más relevante identificar la “pregunta” que ha impulsado la mayoría de las diversas formas de feminismo, a saber, ¿qué hacer para que las mujeres se parezcan más a los hombres? El mismo Papa Juan Pablo II reconoció esta tendencia en su breve párrafo alusivo al feminismo, afirmando que es necesario rechazar “la tentación de seguir modelos «machistas»”, en los que las mujeres han de adoptar vicios masculinos. Lamentablemente esta idea ha derivado en la creencia de que los hijos son un obstáculo para la felicidad de las mujeres, dando lugar a la ya conocida “cultura anticonceptiva” que pretende socavar la maternidad de las mujeres, como si ésta fuera una maldición en lugar de la bendición por excelencia que las enseñanzas de la Iglesia Católica siempre ha promovido.

Contrastantemente, el feminismo ha sido tradicionalmente considerado como un medio para facilitar la integración de personas ajenas al movimiento feminista a través de la promoción de “escenarios” cuasi-familiares. El resultado obtenido se traduce en que un mayor número de mujeres católicas se identifican más con el feminismo que con las enseñanzas de la Iglesia.

Actualmente las mujeres católicas usan anticonceptivos, abortan y se divorcian aproximadamente a la misma tasa que las mujeres no-católicas. Al mismo tiempo, las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad de la mujer, que se han desarrollado de modo progresivo a lo largo de la historia, han sido opacadas por el lenguaje feminista contemporáneo, que presenta una comprensión superficial de la feminidad.

Aunque ciertamente hay casos individuales que contradicen la idea anterior, actualmente las mujeres católicas se parecen más a las feministas seculares de lo que las feministas seculares se parecen a las mujeres católicas. Mientras tanto, la feminidad, y particularmente la maternidad, que desde siempre ha sido un icono de la Iglesia misma, ha sido despojada de su belleza, significado, fecundidad y misterio. En lugar de que el feminismo se convierta en un “puente”, se ha convertido en el “destino”, en un fin en sí mismo.

El feminismo es la ideología que está impulsando el declive de nuestra civilización. Sin embargo, ha logrado hacer creer a las mujeres católicas que es la única manera de restaurar o defender la dignidad de la mujer. En su esfuerzo por parecer relevante y atractivo, el “feminismo católico” se ha convertido en una especie de “agua estancada”, tratando de mantener principios católicos sin rechazar los dogmas problemáticos del viejo feminismo.

Toda esta parafernalia podría resultar comprensible si la Iglesia Católica no ofreciese algo mejor. O si realmente el feminismo, y no la Iglesia, fuera el camino mediante el cual las mujeres obtuvieran verdadera dignidad e igualdad con respecto a los hombres. En este respecto, el catolicismo sufre de lo que podemos llamar una “abundancia de riquezas”.

El apoyo de la Iglesia a las mujeres comenzó cuando Jesucristo habitó entre nosotros, y se pronunció e intensificó en la medida que creció la devoción a Nuestra Señora y cuando se extendió el testimonio de los santos. La Iglesia, no el feminismo, declaró contundentemente la dignidad y la igualdad de la mujer, realidad bellamente expuesta por el Papa Juan Pablo II en la ya mencionada encíclica Mulieris Dignitatem. Pensadoras como Edith Stein (La Mujer), Ida Görres (The Hidden Face), Gertrud von Le Fort (The Eternal Woman) y Alice von Hildebrand (El Privilegio de Ser Mujer) se sumaron con sabiduría a esta causa. Las mujeres, y no solo las mujeres católicas, están ávidas de hacerse de esta rica sabiduría, hermosa y convincente. Y aunque pocos lo ven, la tenemos en nuestras manos.

En efecto, podría haber un “nuevo feminismo”, pero éste tendría que distanciarse completamente del “viejo”. Lograr esta encomienda dada la profunda integración que el viejo feminismo ha tenido con la cultura contemporánea, se antoja muy improbable, si no se da previamente una verdadera desintoxicación intelectual y una formación más profunda. Este es un proyecto que se ha intentado desde hace más de 30 años, pero el gran peso que tiene la ideología feminista parece sofocar los esfuerzos católicos, incluso el deseo, de desarrollar algo discerniblemente «nuevo».

En esencia, el catolicismo no necesita del feminismo. Un simple regreso a lo que la Iglesia Católica puede ofrecer en esta materia no solo suplantaría lo que el feminismo imperante podría ofrecer, sino que lo superaría significativamente. Si realmente estamos comprometidos con atraer a las mujeres a la Iglesia mientras fortalecemos a las que ya están en ella, es hora de que comencemos a promover nuestra abundante sabiduría en lugar de continuar promoviendo lo que en realidad nos está destruyendo.

Dra. Carrie Gress.

Profesora Investigadora en el Centro de Estudios con sede en Washington, D.C., Ethics and Public Policy Center, y en el Institute for Human Ecology en la Catholic University of America, Estados Unidos de América (https://www.carriegress.com/)

Dr. Rafael Hurtado.

Profesor Investigador Titular en el Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana, Campus Guadalajara, México (https://www.up.edu.mx/investigacion/rafael-hurtado-dominguez/)


[1] El presente escrito es una traducción realizada por el Dr. Rafael Hurtado del artículo “Is Catholic Feminism Working?” publicado en https://www.thecatholicthing.org/2024/03/01/is-catholic-feminism-working/ escrito por la Dra. Carrie Gress.

[2] Este libro está disponible en lengua castellana: https://tanbooks.com/products/books/anti-maria-al-descubierto-rescatando-la-cultura-de-la-feminidad-toxica/


La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

La crisis de los Tulipanes y los aprendizajes que nos dejó

En el siglo XVII, los Países Bajos vivieron un episodio intrigante que involucra a los tulipanes, y que va más allá de su función decorativa en los campos. Esta historia nos sumerge en el mundo de las burbujas financieras y las decisiones impulsadas por la psicología del mercado.

En aquel entonces, los tulipanes en Holanda eran símbolos de estatus y lujo, despertando una especie de fiebre financiera debido a su rareza. El tulipán Semper Augustus era especialmente codiciado, pero lo que realmente fascinaba a la gente eran los bulbos de tulipán, que prometían futuras flores y desencadenaban una fiebre especulativa.

La euforia alcanzó su punto más alto entre 1636 y 1637, con los precios de los bulbos llegando a niveles sorprendentes. Muchos llegaron a hipotecar sus hogares en busca de ganancias rápidas en subastas de bulbos de tulipán. Sin embargo, como suele suceder con las burbujas financieras, esta también estaba destinada a estallar.

En febrero de 1637, el mercado colapsó, dejando a muchos en bancarrota y enseñándonos lecciones duraderas sobre la especulación irracional y la fragilidad de las burbujas financieras.

Más allá de la extravagancia de la época, la historia de la crisis de los tulipanes ofrece lecciones atemporales sobre la psicología del mercado. La fiebre de los tulipanes ilustra cómo las decisiones financieras pueden ser influenciadas por el comportamiento de la multitud, con el «miedo a perderse de algo» (que ahora llaman con el acrónimo de FOMO «fear of missing out») llevando a muchos a unirse a la euforia a pesar de que lógica diría lo contrario, una dinámica que aún resuena en los mercados actuales.

Durante la crisis de los tulipanes, muchos apostaron todo a un solo activo de especulación. Aquí resalta la lección clave de diversificar y tomar decisiones informadas. La diversificación protege contra la volatilidad, y la información respalda decisiones financieras más sólidas.

Aunque los campos de tulipanes desaparecieron, las lecciones que nos dejaron se pueden resumir en la importancia de la prudencia, aprender de las burbujas financieras pasadas y dar valor a la información y sensatez al momento de invertir, lo que nos puede ayudar a proteger nuestro patrimonio.

Esta parte de la historia, nos invita a considerar cuidadosamente nuestras decisiones financieras. Diversificar nuestras inversiones en diferentes áreas, y no dejarnos llevar por la fiebre del momento son prácticas esenciales; también nos indican la importancia de sembrar sabiamente y no poner todos nuestros huevos en una sola canasta por moda. En el mundo de las inversiones, la paciencia, la diversificación y la prudencia son nuestras aliadas más valiosas. 

Para terminar y siguiendo con la tradición de mis posts, cerraré el tema con una frase relacionada con el tema.

    “Si quieres entender la geología, estudia los terremotos.
                                    Si quieres entender la economía, estudia las crisis”
                                      Ben Bernanke, premio Nobel de Economía 2022

Un abrazo hasta donde estés leyendo esto

Tania MO

MDNMDN