El silencio de Eva: la mujer y la iglesia
Por Ana Paola Arce
«Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está permitido hablar,
sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley.
Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos,
pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea.»
Cor, 14:34
¿Debe una mujer guardar silencio en la asamblea? Esta afirmación ha generado controversia durante siglos. Con el paso del tiempo, ha aumentado la cantidad de opiniones al respecto. Sin embargo, estas tienden a dividirse en dos posturas principales; por un lado, quienes siguen creyendo que la mujer no tiene la capacidad de ejercer ningún tipo de liderazgo, y por el otro, los que defienden que sí la tiene.
El primer grupo, suele sostenerse en lecturas literalistas de algunos pasajes bíblicos y en el caso del islam y el judaísmo de sus propios libros sagrados y comentarios de los eruditos. El segundo grupo, en cambio, está conformado por personas que se hacen preguntas y no se conforman con aceptar la información que dicta alguien más, y que buscan comprobar o analizar por sí mismas lo que se dice.
Si bien algunas religiones han sido escenario de movimientos y corrientes que luchan por la igualdad de género desafiando las interpretaciones patriarcales de las enseñanzas religiosas e intentado modificar los textos desde una perspectiva actual, aún está pendiente un cambio radical que promueva una evolución profunda en el pensamiento religioso, político y social.
Aunque este tema pueda parecer relevante sólo para quienes practican una religión o están interesados en el tema del feminismo, en realidad tiene un trasfondo mucho más impactante, del cual no todos somos conscientes: la formación del comportamiento social a partir de creencias que se han aprendido y enseñado durante siglos.
La fe y los roles de género son objetos de estudio amplios y complejos, a continuación se presentan cuatro objetivos que nos permitirán adentrarnos en este vasto universo de información. No sólo funcionará para conocer el origen del problema sino también, lo que esto podría significar para el futuro.
La influencia de la religión en la vida cotidiana
“La mujer cuando conciba y dé luz a un varón,
será inmunda siete días pero si diera luz a una niña,
será inmunda dos semanas.”
Lev 12: 1,2,5
No es posible entender completamente la construcción de las problemáticas sociales sin revisar el papel de la religión; incluso, es posible que sin esta revisión no logremos generar los cambios significativos que dichas problemáticas requieren. La vigencia de las religiones en el mundo actual no es un simple hecho cultural sin relevancia; por el contrario, demuestra cómo tocan dimensiones profundas de la existencia humana: como el anhelo de trascender, el sentido de pertenecer, y la búsqueda de significado de la vida.
Religión y política no solo han coexistido desde tiempos antiguos, sino que constantemente se alimentan una de la otra. Por ejemplo, sin la figura del demonio no se entenderían los conceptos del bien y el mal en nuestra cotidianidad, y por ende tampoco existiría una noción clara de la justicia. Muchas de las estructuras modernas hablando desde la política, provienen directamente de tradiciones religiosas, lo que hace imposible comprender lo político sin considerar lo religioso.
Algunas interpretaciones de los textos religiosos han dado pie para justificar la desigualdad de género, esto ha sucedido desde hace siglos hasta nuestros días. Si observamos el imaginario básico de muchas doctrinas , veremos que la mujer suele ser representada como símbolo del mal, del pecado, y del origen de la desgracia humana, mientras que el hombre representa lo virtuoso y divino. Aunque estas creencias no sean la única causa de la discriminación, tienen un peso significativo en la formación de pensamientos y valores sociales, tanto en el pasado como en el presente, y probablemente también en el futuro.

El pensamiento precede la acción
“Odio a la mujer docta. Ojalá no entre a mi casa una mujer que sepa más de lo que debe saber.”
Eurípides
Como enseñaron Kant y Descartes, pensar implica método, es decir, hacerlo con rigor, cuidado y estructura. No se trata simplemente de rechazar las ideas de los demás por no coincidir con las nuestras, pues pensar no significa adoptar una ideología y dejar que esta regule todo lo que sucede en nuestro día a día. Las ideologías son sistemas cerrados de pensamiento; en cambio, el pensamiento real es libre, abierto, y nos permite actuar con mayor conciencia.
Para poder creer algo, primero debemos tener la capacidad de cuestionarlo. Los contrarios pueden ser de gran ayuda para contraponer una idea con otra; así como no se puede comprender el bien sin antes reconocer la existencia del mal, tampoco podemos construir pensamientos libres sin antes desafiar lo que por años nos han enseñado como “la verdad”. Muchas veces, la religión establece límites entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se debe hacer o evitar, y usualmente seguimos estas normas aún sin conocer realmente el motivo por el cual fueron establecidas.
Al analizar el comportamiento de las sociedades en torno a la fe podemos formular tres preguntas fundamentales:
¿Cambiará nuestra manera de actuar si nos enteramos que no existe una figura superior que nos vigile o imponga normas?¿Actuamos por amor a nosotros mismos, al prójimo, o por miedo al castigo divino?¿Realmente hemos indagado dentro de nuestro conocimiento para comprender porque creemos lo que creemos?
Muchas personas viven su fe a través de experiencias de autotrascendencia, o en otras palabras,comienzan a creer únicamente cuando enfrentan situaciones difíciles y de pronto algo sucede –milagro, revelación, iluminación de conciencia– que rompe el patrón. De tal manera que la experiencia religiosa tiene algo de incomunicable porque se trata de una vivencia personal. Por otro lado, aunque se consideren fieles creyentes, rara vez se atreven a investigar todo lo que implica seguir un pensamiento que bien puede derivar en ideología. Uno de los temas más debatidos en este sentido es el lugar de la mujer en las estructuras religiosas, ya que se justifica su subordinación a partir de los textos sagrados y los comentarios. Lo más preocupante es la manera en que estas ideas se normalizan y se presentan como incuestionables.
Conocer el pasado, vivir el presente, y actuar en el futuro son los tres pasos fundamentales para ser más conscientes de nuestras convicciones. Solo cuestionando las ideas heredadas y buscando acciones justas podemos construir una sociedad donde el pensamiento crítico y la igualdad convivan de forma democrática.
Dar voz a la mujer en las instituciones
“Las mujeres han de guardar la casa y el silencio.”
Fidias
La desigualdad de género no es simplemente hablar sobre mujeres o de feminismo y señalar los problemas. Es, más bien, una invitación a revisar críticamente cómo ciertos estereotipos han distorsionado nuestra comprensión de figuras femeninas históricas generalmente marginadas. Las religiones han sido, a lo largo del tiempo, uno de los vehículos más poderosos para difundir imaginarios sociales a través de doctrinas, rituales y jerarquías que al día de hoy siguen colocando a la mujer en segundo plano.
Sin embargo, cuando se cuestiona la escasa participación de las mujeres en espacios de poder, ya sean religiosos, laborales o políticos, la mayoría de las instituciones sostienen que es un tema del pasado, argumentando que “las mujeres ya tienen la importancia que pedían”. Pero al observar la realidad, es evidente que esa afirmación está lejos de ser cierta. Aún persisten los reconocimientos simbólicos para aquellas mujeres que renuncian a las libertades modernas y se adhieren al modelo tradicional de castidad y obediencia.Paradójicamente los textos religiosos en su orígenes promovían la igualdad: “Ya no hay judío griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.” (Carta a los Gálatas 3:28).
La historia de las mujeres en la tradición cristiana ha sido narrada a menudo como una oscilación entre dos nombres: Eva y María. Dos figuras que, más que personas, se volvieron arquetipos; símbolos de lo que una mujer puede ser —o debe evitar ser, sin embargo María restaura el imaginario de la mujer.
Eva aparece en el origen como la transgresora. No es simplemente la que peca, sino la que desea. La que mira, escucha, razona, actúa. Su gesto ha sido condenado por siglos, pero también puede leerse como el despertar de la conciencia, como la entrada —dolorosa, sí, pero lúcida— en la historia humana. María, en cambio, ha sido presentada como su opuesto: la que obedece, la que acepta sin dudar, la que calla. Pero esa imagen, tan dulcificada por siglos de devoción y dogmas, corre el riesgo de despojarla de su verdadera grandeza. Porque María no es una figura pasiva. Su “sí” al ángel —ese fiat tan breve y tan absoluto— no es una rendición, sino una elección radical. María no actúa por miedo, sino por amor y por fe. En ella no hay sumisión, sino una forma serena pero firme de libertad espiritual.
Entre Eva y María se ha construido un péndulo moral: la tentación frente a la pureza, la rebeldía frente a la obediencia, el castigo frente a la redención. Y sin embargo, ambas, leídas con mirada despierta, pueden ser entendidas como mujeres que actúan, que deciden, que se enfrentan al misterio de lo divino desde su humanidad.
Tal vez el problema no fue nunca Eva ni María, sino la manera en que se las hizo hablar en nombre de lo que convenía callar: el deseo, el cuerpo, la inteligencia, la palabra. Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre una y otra, sino escucharlas a ambas y recuperar, en sus voces, la complejidad silenciada de lo femenino en la fe.
Los debates en los que se busca replantear el papel de la mujer están presentes en las universidades, la política y algunas instituciones religiosas. Esto ha dado paso a procesos de actualización normativa, diálogos interreligiosos y resignificaciones simbólicas. Si bien los avances han sido lentos y muchas veces resistidos, no deben ser motivo para abandonar la exigencia de cambios profundos y reales en todas las culturas del mundo.
Para que las instituciones religiosas puedan afirmar con veracidad que esta problemática ha sido superada, no basta con repetir dogmas ni aplicar normas sin reflexión. Es imprescindible pensar con método, estudiar la historia desde diversas perspectivas, y mantener una actitud abierta al cambio, especialmente frente a las nuevas generaciones.
Solo así podremos transformar aquellas estructuras que, bajo el disfraz de la espiritualidad, continúan limitando la participación activa y equitativa de las mujeres en espacios fundamentales de nuestras sociedades. La voz de esta problemática debe seguir resonando, porque aún está lejos de haber sido escuchada.

Enseñar, cuestionar y replantear
“¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué no puedo ser sacerdote cuando sea grande?”
Ana Paola Arce (7 años)
En una sociedad marcada por siglos de tradición, autoridad, y normas, la curiosidad no siempre ha sido bienvenida. De hecho, si analizamos las vidas de la mayoría de los personajes que transformaron nuestra historia, podemos darnos cuenta de que todos, en su momento, fueron juzgados por buscar más allá de lo establecido. Preguntar, cuestionar, o incluso simplemente dudar, ha sido visto a menudo como una amenaza. Sin embargo, todo proceso de transformación y creación comienza con una pregunta. Cuestionar no es una invitación a rebelarse ante cualquier sistema, sino a despertar el pensamiento crítico, la conciencia, y la libertad humana.
En la actualidad, los creyentes modernos ya no vivimos una fe ciega como lo hacían muchos de nuestros antepasados. Hoy nos encontramos en un punto medio entre la creencia y la duda, un espacio que nos invita a renovar el verdadero significado de la racionalidad. Como bien dijo Descartes: “No puede haber pensamiento racional sin duda, y no puede haber búsqueda de Dios sin preguntas”. La mente se adormece cuando deja de cuestionar, y la fe, al rechazar el pensamiento, se encierra en sí misma.
Todo lo anterior nos lleva a una pregunta de gran importancia, ¿necesita el ser humano la religión? No hay respuesta correcta o incorrecta; la clave está en cómo se vive esa religión. Si se practica bajo el miedo y la obediencia ciega, se convierte en un obstáculo para uno mismo como para el prójimo. Pero si se vive desde las experiencias, la reflexión, y el cuestionamiento continuo, puede convertirse en una fuente profunda de sentido y crecimiento.
Poseer el don de cuestionarse es, en última instancia, aprender a vivir mejor. La curiosidad no destruye la fe; la purifica. Porque quien se atreve a dudar no lo hace por debilidad, sino por valentía. Solo a través del ejercicio constante de no conformarse podemos construir una sociedad menos ignorante, más libre, y más viva.
Hoy, más que nunca, necesitamos cuestionarlo todo. A lo largo de la historia, la Iglesia, al igual que muchas otras instituciones religiosas, ha definido un rol específico para la mujer, caracterizado en gran parte por la obediencia, el servicio, el silencio y la exclusión de cargos de liderazgo o autoridad espiritual.
No existe argumento racional que sostenga que el valor, la espiritualidad o la capacidad de una persona para guiar dependa de su sexo. Las mujeres tienen la misma inteligencia, sensibilidad, fe y capacidad para liderar que los hombres. De hecho, en muchas comunidades religiosas, son ellas quienes sostienen las actividades, organizan eventos, educan y acompañan a los más necesitados.
La exclusión por género tiene un profundo impacto en la sociedad. Cuando una institución poderosa como la Iglesia refuerza la idea de que las mujeres deben callar, obedecer o permanecer al margen, envían un mensaje que trasciende lo religioso. Contribuye a normalizar la desigualdad, a limitar las aspiraciones de muchas niñas y jóvenes, y a generar una mentalidad colectiva de menor autoestima femenina.
Cuando era pequeña, mi sueño más grande era llegar a ser sacerdote. Yo quería dar misas, hacer que escucharan mis palabras e interpretaciones, y, sobre todo, sentir que lo que decía cada domingo impactaría la vida de quienes me escuchaban. Al crecer, la Iglesia me hizo darme cuenta que ese sueño que tanto anhelaba no sería posible. Aún así, estoy segura de que cuando se permita a las mujeres participar activamente en la vida religiosa, la transformación será inmediata y profunda. Recientemente, el nuevo papa, León XIV, dió un paso histórico al nombrar a una monja para un cargo de alto rango en la Curia Romana. Este gesto simbólico y a la vez poderoso representa un cambio de rumbo dentro de la Iglesia y alimenta mi esperanza de que algún día, las voces de las mujeres tendrán un lugar pleno en la toma de decisiones y en la vida espiritual de la comunidad.
La igualdad no es una amenaza, sino una expresión del amor y de la coherencia con los valores que proclamamos. El silencio de la mujer no es sagrado por ser sumiso, sino sabio por saber cuándo callar y cuándo hablar.



