Me quedé sorprendida cuando investigué todo acerca de las sirenas y me di cuenta que hay varios tipos de sirenas, pero las que a mí me gustan son las de los dibujos animados porque se ven muy cute o kawaii.
Las sirenas en la mayoría de los relatos antiguos son seres acuáticos que por lo regular se les reconoce por atacar a los hombres para ahogarlos y después devorarlos. En los últimos siglos, las historias que hablan de ellas, las muestran más buenas pues hasta pueden conceder uno o varios deseos.
Como en el cuento de La sirenita de Andersen, las sirenas se enamoran de los hombres con un amor imposible y en ocasiones mortal. Aunque Disney y otros nuevos cuentos de sirenas las hacen como heroínas que merecen un final feliz.
Cuando leí de ellas me di cuenta de que alrededor del mundo hay muchas leyendas desde tiempos lejanos. Esto me pareció muy interesante. Además, descubrí que dependiendo del país y la región, las sirenas tienen diferentes características, sobre todo lo que más me llamo la atención es que no todas tienen cola de pez.
Las sirenas más antiguas tienen la mitad del cuerpo de arriba como mujer y la mitad de abajo como ave, por lo que hasta alas tienen. Unas son bellas y cantan hermoso. Otras, son feas y hasta parecen monstruos. Pueden ser coquetas y muy vanidosas. Se aparecen donde hay agua, como ríos, lagunas o mares.
Me emocionó mucho que en mi país hay varias historias acerca de ellas. La que más me gusto fue la Sirena de Zumpango y la Tlanchana de Metepec. La leyenda de la Tlanchana corresponde a varios pueblos rivereños del río Lerma en el Estado de México que es un lugar muy cercano a donde vivo.
Hace tres años, contra todo pronóstico, me casé y, desde ese día, cuando hablo con mis amigos me preguntan: “¿Cómo va la vida matrimonial?” La pregunta siempre me causa un poco de extrañeza y, a decir verdad, no sé qué respuesta esperan. Contar las cuitas de amor es, hasta cierto punto, entretenido, pero desnudar el día a día de un matrimonio no lo es; se vive la cotidianeidad, mejor que sea sin sobresaltos, y se elige todos los días seguir construyendo el matrimonio.
Cf. Historia de un matrimonio
Antes creía que el amor era una pasión exaltada y casi descontrolada, pero con los años he aprendido que el amor se construye con pequeños detalles todos los días: sacar la mantequilla media hora antes para que cuando desayunes puedas untarla más fácilmente, una cobija extra para el frío o retirar los anteojos si te quedas dormido. En el amor, el otro, está presente en los pequeños detalles y está atento a las necesidades del otro; ese otro puede ser tu pareja, tu hijo, tu hermano, tus padres o tus amigos. Porque, a decir verdad, el corazón es bastante amplio.
Sé que la pregunta de mis amigos es bienintencionada; quizá les da curiosidad que dos personas tan opuestas entre sí estén juntas, porque tenemos pocos gustos en común y hay que añadir que las diferencias pueden dificultar la convivencia. Cuando preguntan suelo cambiar el tema, no para evitar responder, sino porque, en realidad, no sé qué respuesta esperan. Lo que sí puedo decir –siguiendo a Octavio Paz– es que el amor tiene un componente de destino y libertad.
Existen muchas aplicaciones de citas, en algunas, los algoritmos te muestran los perfiles con los que tendrías más química; en otras, basta con ver las fotografías de los que están más cerca de tu área y, entre tanta variedad, a veces es incluso más difícil elegir, porque tal parece que en el amor no se elige.
A veces, cuando terminamos una relación y pasa el tiempo, nos sorprendemos por nuestros gustos, y nos preguntamos ¿en qué diablos estaba pensando? Aunque la historia no terminara mal, y el otro no sea un mal sujeto, tampoco nos queda claro por qué estábamos ahí y qué mirábamos.
«El amor a primera vista, ahorra muchísimo tiempo.» Anuncio en Nápoles. Foto: A. Fajardo
No queda del todo claro por qué nos atrae una persona y otra no, como si se tratara de un encantamiento, la posición de los astros, los humores, la predestinación, las feromonas o un algoritmo. Es un misterio. Un refrán popular afirma: «matrimonio y mortaja del cielo bajan.»
Algunos buscan semejanzas y puntos en común; otros, sin saber por qué, terminan casados con alguien completamente opuesto. Tanto las semejanzas como los opuestos funcionan si ponemos empeño en que funcionen. Y es que, si algo queda claro en el amor, es que se trata de un balance entre destino y libertad.
Buscamos cualidades –semejantes o contrarias- en el otro y, una vez que las encontramos, lo idealizamos, pero este es un primer paso de enamoramiento, que todavía no es amor y que puede derivar en una idolatría del otro — una construcción que hacemos nosotros mismos para seguir encantados. Buscar las cualidades y construirlas en el otro es una elección fabricada. Si me preguntaran ¿por qué elegiste a “x”? en realidad no podría dar una respuesta exacta; puedo enumerar cualidades e incluso afirmar que somos completamente contrarios, pero, en realidad, no lo sé.
“Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.”
Cortázar, Rayuela, cap. 93.
Para Cortázar, el amor no se elige, es algo que se padece, es una lluvia que te empapa y cala hasta los huesos, pero no se elige, tiene un componente de destino, pero también de libertad, porque se puede elegir entre dejar que la lluvia te empape o abrir un paraguas y continuar con tu camino.
Algunas veces se dice que se ama, por la inseguridad que se experimenta en la soledad, por la ausencia o porque no podemos poseer al otro:
“Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames… me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado.”
Rayuela, cap. 93
Sin estar seguros de por qué elegimos a alguien, intentamos construir ese puente, que debe sostenerse por ambos lados: Se elige libremente la construcción del puente, que une al yo-con-el-otro, pero también es una tarea diaria mantener el puente en funcionamiento. Nos buscamos a nosotros mismos en el otro y, para que el querer no sea un mero capricho o una obsesión fruto del pensamiento, es preciso dar el salto hacia el otro lado del puente y mantenerlo.
El amor es la mezcla de predestinación y libertad. A veces no se sabe por qué se elige a quien se elige y, sin embargo, día a día se elige continuar o soltar la toalla; Paz escribe en La llama doble, que “el amor es un nudo en el que se atan, indisolublemente, destino y libertad.” El amor inicia como algo involuntario y termina convirtiéndose en algo voluntario, porque cada individuo –como amante– decide continuar amando. Aunque no sabemos bien a bien por qué elegimos a alguien, sí podemos elegir continuar o interrumpir el sentimiento. Es por el libre albedrío por el que hay amores no correspondidos, porque el amor no por fuerza debe ser recíproco, a diferencia de la amistad.
Quizá la siguiente vez que me pregunten: ¿cómo va la vida matrimonial? Pueda responder con tranquilidad que el destino nos unió, pero en libertad mantenemos –de ambos lados– el puente cada día con las pequeñas cosas de la vida cotidiana.
La posmodernidad es el mundo de la inmediatez. ¿Tienes hambre? Pide un delivery. ¿Estás aburrido y quieres entretenimiento? Abre un servicio de streaming. ¿Quieres conocer una pareja? Abre cualquier app de citas. El acceso a las retribuciones inmediatas de tantas realidades tan variadas propicia que se piense que es lo mismo una hamburguesa, que un viaje en auto privado, que ver una serie, que contactar un ser humano. Y no es que esto sea el origen de la Hook up culture, pues ella existe desde los años sesentas, sino que son condiciones que la hacen más presente. Además, la hacen parecer como el procedimiento normal y esperado para conocer una pareja.
¿Es verdad que, para ligar con prospectos de parejas en apps, para luego tener citas, hace falta estar dispuesto a tener relaciones sexuales desde un principio? Una vez conocí a un amigo que ligaba con una chica hermosa. Él no lo esperaba, pero, la chica le dijo que, si él quería, podía darle la experiencia de vivir la intimidad sexual. Mi amigo quedó helado y fascinado, porque nunca le había ofrecido tal cosa de tal manera. Quería a la chica, pero no para vivir experiencias. Para no hacer el cuento largo: el ligue se enfrió, a pesar de que él le propuso a ella un noviazgo. En última instancia la cultura del Hook-up puede llegar a formar las expectativas y mentes de quienes buscan el amor de pareja.
¡Cuántas preguntas hay! ¿Es adecuado y tiene sentido vivir la Hook-up culture? ¿Es el sexo una experiencia que se pueda vivir casualmente sin involucrar la totalidad de lo humano? Podemos reflexionar poco a poco sobre estas preguntas para encontrar sus respuestas.
Mundo de las citas, expectativas y placer sexual sin compromiso.
¿Cómo pides una cita? ¿Sabes el “guión” que hay que seguir para que el encuentro con un ligue sea bello y saber qué esperar? Pensemos en las citas o dates de los años cincuentas: el chico llegaba por la chica. Iban por un helado o hamburguesa. Iban al cine, y él la acompañaba a ella a su casa. Si acaso habría un beso luego de varias citas. En nuestro tiempo, ¿cómo conseguimos una cita? Hacemos un perfil en una app de citas, swippeamos a la izquierda, hacemos match y comenzamos a platicar. Luego vienen los siguientes pasos. Supongamos que el chico y la chica se dejan llevar: se ven para comer algo, y deciden tener una experiencia íntima sexual. Con suerte aquella relación se consolide como un noviazgo. Es más probable que no. Sin embargo, es complejo pensar que lo estable puede surgir de lo inestable. Esta cultura de sexo casual o Hook-up culture está fundamentada en una incorrecta comprensión de la libertad, pues en ella se dirige la libertad hacia el placer más inmediato, y no hacia el bien más adecuado.
Generalmente, el argumento de las personas que practican y viven esta cultura es: “Todos lo hacen. Si ambos estamos de acuerdo está bien y es válido, porque no le hacemos daño a nadie.” Parece un argumento bueno, pero es insuficiente porque no contempla la totalidad de la naturaleza humana. Veamos por qué. La inmediatez en la obtención de lo deseado trae la satisfacción, sin duda. Pero sólo puede haber satisfacción con las cosas que se usan, o dan algún servicio y no sirven para otro fin más. Las personas no son cosas para ser usadas, pues su fin no es, estrictamente, satisfacer las necesidades de alguien más. Pensar que las personas están siempre dispuestas a vivir el sexo sin compromiso, implicando futuro, fertilidad, y debilidad, y más en las aplicaciones de citas, lleva a su reificación, o sea, a su “cosificación”. Y está postura lleva a desdeñar la dignidad humana como valiosa por sí misma. La Hookup culture también es una renuncia a la apertura a la otredad. Es como decirle a aquella persona de la cita: “sólo te veo como un objeto para un momento de placer. No me importa tu futuro ni tu fertilidad. No te quiero completa. Conque esta actitud implica ver a las personas como se quiere que sean, y no como ellas son en sí mismas. lo cual es altamente narcisista. El principal problema de esta actitud está en la cerrazón egoísta, que no se abre a la otredad de la persona, y no la acepta cómo es. Y aún no hemos mencionado argumentos morales, sino de la manera de pensar individual. ¡Conque del mutuo consenso libre no se sigue la rectitud de un acto! No. Por más que ambos lo quieran y consideren que es aceptable y que no hay daño de por medio. Es más, de la aceptación de esta manera de pensar se pueden seguir daños más profundos, como el pensar que las mujeres o los hombres son más valiosos en función de si sólo son para pasar un divertido rato sexual, o si son madera de esposa o esposo.
Reducción de lo humano a lo animal.
La normalización de la Hookup culture es desordenada en sí misma porque tiene una desproporcionada consideración de la valiosa dignidad humana como fin. Y no sólo eso, sino que trae consecuencias culturales que complican más las ya complejas relaciones humanas posmodernas. En los últimos años se han puesto de moda los coaches de seducción. Muchos de ellos hombres jóvenes y carismáticos que buscan conquistar mujeres y ofrecen sus servicios para los hombres que tienen dificultades para relacionarse con ellas. Abundan estos coaches en Youtube o en Instagram.
En un sentido antropológico y filosófico, los coaches de seducción tienen tres grandes problemas. Por una parte, consideran que es recto aceptar la intimidad sexual sin compromiso y como experiencia. Por otra parte, usan la actividad y disposición sexual como patrón de medida del valor humano. Por ejemplo, estos coaches de seducción, y otros personajes de redes sociales, tales como los hombres Red pill o MGTOW (Men going their own way), que consideran que el valor de un varón o mujer tiene que ver mucho con su actividad sexual, usan términos como el de hombre o mujer alfa, beta, sigma, etc. Estos términos son más propios de la zoología que de la antropología. Bien se puede hablar de lobos alfa, beta o sigma, pero aplicar estos términos a los seres humanos es reducirlos a su animalidad. Los reduce a puros sementales o pies de cría. Oculta su humanidad. El tercer error de tales personas es considerar que conocen la mentalidad de las mujeres, o de los hombres, según el caso y que, con tal conocimiento pueden manipularlos para conseguir lo deseado.
Y es que pensar que los seres humanos son reductibles a sus comportamientos o deseos sexuales, no es sólo la base de una antropología reduccionista, sino que oculta a nuestros ojos la verdad de nuestra naturaleza humana, y trae consecuencias peligrosas. Por ejemplo, aceptar considerarse a sí mismo (hombre o mujer) un premio al estilo de las esposas trofeo (trophy wife) sugiere que el amor es cosa de merecimientos y no de donación libre y gratuita. Otra consecuencia es el tener expectativas irreales e incumplibles sobre el sexo opuesto: esperar a la indicada o indicado por que tenga que cumplir con toda una lista de requisitos: físico escultural, cartera llena, auto del año,trabajo bien pagado, etc. Tal lista rigurosa aleja del hallazgo del amor y lo hace más difícil. Ahora bien, quizás la consecuencia más peligrosa es la de generar una visión profundamente misógina o misándrica sobre la naturaleza humana. Quien piensa que los seres humanos pueden dividirse entre las que son para pasar un rato y las que tienen materia de cónyuge, desdeña el valor humano intrínseco y es capaz de llevar una doble vida. Llegado el caso, ¿qué impediría que esa persona considere que, quien antes era vista como virtuosa y valiosa, un día sea vista como un objeto de uso común? Esta duplicidad cínica pone en peligro a la comunidad y las vidas de sus miembros, pues quien piensa así podría auto-justificarse para hacer cualquier daño a la dignidad humana.
El culto a la seducción y su consecuente cultura misógina o andrógina también hace uso de términos que no reflejan la complejidad humana. Así, un macho alfa es un hombre que hace lo que desea y no se rinde a las expectativas de una mujer y sólo ve en ella posibilidad de placer o justificación. Beta proveedor es el hombre que vive para atender y proveer las necesidades de una mujer y pretende conquistarla de tal modo. El macho sigma es lo mismo que el alfa sólo que fuera de la jerarquía de machos y sin competir sexualmente con los otros. Un Chad es un alfa. Un Simp es un beta. Todos (o casi) están dentro de un “mercado sexual” por la atención de las mujeres. La Red pill, siguiendo el símil de la famosísima película Matrix, es la conciencia que toma el varón que quiere dejar de buscar mujeres “de poco valor” sale de la simulación que pretende buscar la validación femenina. Pues claro, en esta perspectiva son “valiosas” las mujeres que son materia de cónyuge, y son “poco valiosas” las que piden demasiado y sólo ofrecen su belleza física hasta que se topan con el muro de la edad y comienzan a buscar el amor verdadero.
Como se ve, la nomenclatura es intrincada y se enfoca en hacer una reducción de lo humano a lo meramente animal. Considera que las relaciones humanas son cosa de dominancia jerárquica, de placer intenso, de cuerpos atractivos, y que el o la individuo más valioso es el que trabaja en sí mismo, no el que se abre a los otros. ¿Qué hacer ante esta propuesta reduccionista y amargada? Pues mostrar que el amor es materia de decisión y de voluntad, no sólo cosa de naturaleza corporal irracional o sentimental.
Amor y relaciones: ejercicio de la voluntad y del respeto a las personas.
El amor es una decisión. Es el deseo del bien, pero, sobre todo, del bien del otro cuando el amor madura. Si bien, las apps pueden ayudar a encontrar prospectos, el amor de pareja no es sólo cosa de una app de citas. Hace falta aceptar la fragilidad humana junto con la grandeza de su libertad, con su base orgánica, animal y sexual, sin dejar de tomar en cuenta lo racional y espiritual.
Abrirse al mundo de las relaciones es apostar por el compromiso que cuida y favorece la naturaleza humana. De tal modo, la relación se convierte en un santuario en el que los novios crecen y se cuidan entre sí porque se aman y saben, mutuamente, que sus naturalezas son valiosas por sí mismas, aunque frágiles. La consideración de la naturaleza humana como limitada y necesitada de amor puede limpiar las expectativas desproporcionadas sobre una pareja, a fin de verla como un “otro semejante” que no es una mina de oro, sino un compañero o compañera de vida. De modo que, no está mal salir a divertirse y conocer prospectos de pareja. Lo que hace falta es dejar de pensar que es normal o recto que, tener citas implica siempre la apertura inmediata a la entrega sexual, pues el amor recto es entrega mutua de dos naturalezas humanas complementarias, abiertas al futuro, la fertilidad y la compañía. Esto implica tener apertura a abrazar la complejidad de la naturaleza humana y a compartir la vida, no sólo a satisfacer necesidades. La cuestión es cambiar nuestra mentalidad sobre el amor para que sea más humanista y no sea cosificada.
“Gran paradoja del amor, tal vez la central, su nudo trágico: amamos simultáneamente un cuerpo mortal, sujeto al tiempo y sus accidentes, y un alma inmortal.”
Octavio Paz, La llama doble
Mucho se ha escrito ya sobre el amor. Desde poemas en los que el amante es fulminado como un polvo enamorado que es constante a pesar de la muerte; hasta actos de amor épicos como recorrer el infierno y el purgatorio por la amada, preferir el veneno antes que la posibilidad de no poseer al amado o luchar contra cíclopes, sirenas y los naufragios para volver con la mujer que te espera. El imaginario amoroso está plagado de personajes que con facilidad ejecutan grandes gestos románticos.
Algunos podrán culpar a Disney por sus expectativas y estándares románticos: la princesa que finalmente encuentra al príncipe y tras una pequeña dificultad –porque sin clímax no es posible el desenlace– se casan. ¿Pero qué pasa después cuando a la princesa le salen estrías y al príncipe le cuelga el estómago? ¿Qué es eso de “vivir felices por siempre”?
Reniego de habitar en Disneylandia, en lo personal y francamente, me resulta un imaginario bastante pobre. Ninguno de los príncipes le llega a los talones a Mr. Darcy: un excelente prototipo de héroe romántico, creado por una mujer, dicho sea de paso. Los personajes de Jane Austen son entrañables, aunque no sean encantadores. Porque una de sus mayores enseñanzas es que no todo aquello que brilla es oro, sino que muchas veces es latón reluciente, mientras que lo que puede pasar desapercibido es realidad más valioso; así que antes de cualquier juicio deberíamos abstenernos de los prejuicios.
Muchas veces el hombre que resulta más encantador es en realidad el peor partido. Los personajes de Austen son antagónicos, seres que se contraponen, pero que justamente la oposición ayuda a la comparación: la tosquedad de Darcy se opone con la simpatía de Wickham; la seriedad del Coronel Brandon se opone con el apasionado John Willougby y aunque a primera vista ni Darcy ni Brandon resultan la opción más atrayente (dejando de lado la cuestión monetaria), en el desarrollo de la historia, al conocer a Darcy, Brandon e incluso al insulso Edward Ferrars a profundidad, es inevitable no preferirlos. Porque aunque carecen de gestos desbordados, su pasión se nota en los detalles.
Así que si a alguien tuviera que culpar, entonces culpo a Austen de mis iniciales expectativas románticas. Claro que es preciso tener cuidado, porque a fin de cuentas, la idea de un hombre, el ideal, puede terminar no existiendo. Y por buscar aquel ser mitológico, más extraño que el unicornio, podemos no ver a quien tenemos de frente.
Podríamos argumentar que es imposible que exista un hombre o una mujer con las características que proponen Austin, Shakespeare, Dante, García Márquez o Cortázar. Además el cine no lo hace más sencillo, porque en mis treinta años de vida, nadie me ha esperado debajo de mi ventana a pesar del temporal, como hizo Toto en Cinema Paradiso; y mucho menos me he metido a la Fontana de Trevi, esperando que un Marcello Mastroiani me acompañara. Sin embargo creo que si algo puede ser imaginado, es porque en la realidad se han observado algunos atributos: la realidad sí puede llegar a superar la ficción, para bien o para mal. La tumba de Beatriz puede visitarse, y aunque Dante la idealizó, debajo de aquella imagen encontramos una Beatriz de carne y hueso.
Ahí yace con sus características humanas y deficientes, perfecta en su imperfección, pero debemos prestar atención de no convertir a la persona de nuestra vida en un personaje y ser conscientes de que sus actos no son material de filmación.
La cuestión es, que aquello que es un gran detalle romántico para alguien, puede no serlo para otro. Por ejemplo: un amigo le dijo a Steffen –el condenado a pasar el resto de su vida conmigo- que debería ser más romántico y recibirme con un ramo de flores en el aeropuerto. Podría ser un gran detalle, pero a decir verdad, no me gustan los ramos de flores y él lo sabe. En dado caso tendría que llevar una maceta y no una flor en agonía. Aún así, si un día lo hiciera, se lo agradecería. Para una persona puede ser desastroso que no la reciban con flores, mientras que a otro no le hace ni fu ni fa. Alguien puede requerir de detalles cursis para sentirse amado y otro no. Así de variado es el mundo.
Es preciso cuidarnos de la absoluta idealización, porque por esperar un ideal Austiniano, Dantesco o de cualquier clase, podemos dejar pasar de largo a nuestra persona deficientemente perfecta.
¿Qué más se puede decir sobre el amor? En principio, se puede decir mucho, porque es una experiencia universal que se aplica a una vivencia particular. Incluso podemos definirlo, los filósofos lo han hecho desde hace siglos, algunos con mayor entusiasmo y otros con mayor cinismo. Y las teorías son polifacéticas: desde mitades que se buscan, escalas ascendentes hasta alcanzar la idea y así vivir la mejor de las vidas posibles; desear lo que no se tiene; encontrarnos a nosotros mismos en nuestro opuesto; alcanzar la alegría con un estímulo externo; el genio de la especie que se manifiesta en dos individuos para procrear uno nuevo; ser validado por el otro; la exclusión de las oposiciones que vence la escisión e incluso dar algo que no se tiene a alguien que no lo quiere.
Jacques Lacan afirma “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es”. Esta frase, tan célebre, se relaciona con la teoría de la transferencia que, grosso modo, podemos explicar como la búsqueda en alguien de experiencias pasadas y de otra persona. Por ejemplo: si hemos idealizado una relación previa y buscamos las mismas características en una nueva relación; o si nos volvemos más freudianos, quien busca algunos atributos paternos en su marido. La transferencia es el intento de recrear un paraíso perdido.
Pero si renunciáramos a ese recuerdo paradisiaco podríamos realmente dejar de buscar a ese otro, a ese fantasma, a Mr. Darcy. En caso de no renunciar a esa idea, seremos incapaces de ver al otro en plenitud y de crear un vínculo verdadero; en ese caso, el otro, el que tenemos de frente, está condenado a nunca ser y a que pasemos de largo. Si lo extrapolamos, entonces resultará, que nunca hemos tenido al otro, parafraseando a Cortázar, no poseemos al otro ni siquiera en lo más hondo de la posesión; en pocas palabras, realmente no poseemos ni somos del otro porque no recibimos ni damos.
Es imposible dar lo que no se tiene. Juan Gabriel lo canta: “no tengo dinero, ni nada que dar”, como si fuera poca cosa, solamente puede ofrecer amor. Dar ese amor, es aceptar al otro sin comparaciones imaginarias y donarse radicalmente todos los días. Podría resultar cínico afirmar, como Lacan, que el amor es dar lo que no se tiene (a nosotros mismos en plenitud) a quien no es… como si estuviéramos incapacitados para ver al otro y aceptarlo tal y como es. No pretendo refutarlo con teorías filosóficas, psicológicas, sociológicas, literarias o de ningún tipo. Simplemente me remitiré a narrar un par de hechos, porque puedo afirmar que he conocido a más de uno que da lo que tiene a quien sí es.
Jacques Lacan. Acuarela Nemomain.
Hace un par de días murió Jörg y desde que cerró sus ojos, Renate, su mujer, ya lo extrañaba. Al menos le resta el consuelo de tantos años y que en lo últimos momentos permanecieron juntos. Renate me escribió para darme la noticia; tras una larga enfermedad se despidieron en la estación de cuidados paliativos escuchando música, leyendo y hablando, es decir acompañándose mutuamente como siempre lo hacían. Disfrutaron los últimos días, a pesar de la carga de saber que cualquier minuto podía ser el último, festejando la vida en la agonía, con la fortaleza de acompañar hasta el final, conscientes de que no hay mejor lugar para morir que en los brazos que por tantos años te han abrazado.
¿Quiénes son Jörg y Renate? Una pareja alemana como cualquier otra que se quiere. Coloquialmente podemos definir a Jörg como un tipazo, un hombre realmente encantador y que cabe muy bien como ejemplo del significado de la palabra amable. Según el diccionario, la segunda acepción –aunque debería ser la primera– alguien amable es quien merece o inspira amor. La etimología nos ayuda aún más: su raíz latina amabilis significa “digno de ser amado”; el verbo es amare y el sufijo ble implica la posibilidad. La posibilidad de que alguien sea digno de ser amado (liebenswürdig es precisamente la palabra en alemán). Y de ahí surgen otras palabras como la amabilidad, que ya es propiamente la cualidad.
Incluso los seres más despreciables tienen la capacidad de inspirar afecto, por lo que parece que todos somos dignos de ser amados, de otro modo no se cumpliría el refrán “para todo roto hay un descosido”. Aunque también hay que matizar, que algunos seres son tan amables, que realmente facilitan el acto, hay que reconocer que es más fácil querer a algunas personas. Y así sucedía con Jörg, que era muy sencillo quererlo, vaya que no costaba ningún esfuerzo, porque transmitía el gozo por la vida e incluso parecía que no había barreras. Siempre sonriente y abierto incluso a los desconocidos. De verlo, jamás pensarías que estuviera tan enfermo. Vivir el cáncer con buen carácter no es tarea sencilla, pero la esperanza y el buen ánimo jugaron a su favor.
Recuerdo una noche obscura y fría, caía un poco de nieve, Renate y yo salíamos de la iglesia tomadas del brazo –porque cuatro piernas son mejor equilibrio que dos– caminábamos lentamente porque el pavimento estaba resbaloso. Además íbamos muy concentradas: yo balbuceando alemán y ella procurando entenderme, así que no notamos la figura que esperaba en la esquina debajo de un árbol, hasta que una mano nos detuvo. Del susto pasamos a las risas, era Jörg, que apenas unos días antes había salido del hospital, pero preocupado de que ella no veía bien de noche, del frío, del pavimento y de que el clima no lo hacía más sencillo, fue a alcanzarla.
Quizá para los estándares de Hollywood esta escena no sea dramáticamente romántica, pero para mi y seguro para muchos otros, fue un gesto radicalmente amable. Jörg no pensaba en sí mismo, sino que pensaba en ella y por eso tomó su chaqueta, su sombrero y salió a pesar del frío, la noche y la enfermedad. Este acto, en apariencia sencillo y del que ni siquiera habría espectadores, tuvo más grandeza que todas las superproducciones para pedir matrimonio. Lo mejor de todo: podría haber pasado desapercibido, porque no era del mundo, sino de ellos.
Muchas veces pensamos que el amor está plagado de gestos radicales, pensamos en términos absolutos; ignorando que la vida se compone de los pequeños momentos que consideramos cotidianos e incluso hasta banales, ignorando que no hay acto más radical que la congruencia en el día a día.
Me rebeló ante la idea de los flechazos y las pasiones desenfrenadas, porque el amor se encuentra en los pequeños detalles y para que perdure se debe construir con cimientos fuertes, más profundos que un apasionamiento que bien puede ser pasajero. Ahí está justamente la distinción que hace Paz, en La llama doble, entre el amor y el erotismo.
“No, no es lo mismo con éste o con aquél. Y ésta es la línea que señala la frontera entre el amor y el erotismo. El amor es una atracción hacia una persona única: a un cuerpo y a una alma. El amor es elección; el erotismo, aceptación. Sin erotismo –sin forma visible que entra por los sentidos- no hay amor pero el amor traspasa al cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo y, en el alma, al cuerpo. A la persona entera”.
La llama doble.
Es preciso llegar al núcleo, abandonar la periferia que termina confundiéndonos. No nos distraigamos antes las grandes declaraciones exaltadas, porque el ímpetu inicial decae con el tiempo, y hay mayor profundidad en las manifestaciones cotidianas que en los apasionamientos pasajeros.
El beso, Gustav Klimt.
Observé el amor en las esperas, acompañamientos, en la calidez de la mano que sostiene en la fragilidad, en la aceptación de la vulnerabilidad, en los buenos tiempos, en los malos y la enfermedad. Porque el amor es: acompañarse a recibir las buenas y malas noticias; complementarse –cuando Renate escucha mejor que Jörg y Jörg ve mejor que Renate– sentarse todos los días a las tres de la tarde y preparar el café como al otro le gusta.
El amor te vuelve clarividente, siempre vas un paso adelante, porque conoces y estás atento a la necesidad del otro, porque el amor te da nuevos ojos. Como escribió el gran Borges en el Otro poema de los dones: “por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad”.
Sin embargo, no crea el apreciable lector que Jörg y Renate son la excepción de la regla, la aguja en el pajar y el caso que se manifiesta por cada millón de parejas. He observado un amor asombrosamente cotidiano en muchos otros y puedo enumerar algunos ejemplos para motivarlos: por la pareja germano-colombiana que se mira con la misma ternura de los primeros días sin que los años y cuatro hijos disminuya el amor, sino que lo transforma; por la mujer que aún sabiendo de una enfermedad degenerativa prefirió quedarse; por el hombre que cuidó por veinte años a su mujer postrada en cama y que llora su ausencia deseando más tiempo a su lado.
Así que los invito a abandonar las expectativas burdas y los gestos de las películas porque se quedan cortos. La realidad supera con creces la ficción; pero la ficción puede embriagarnos con quimeras y distraernos de aquellos actos de amor absolutos.
No permitamos que estos actos pasen desapercibidos, que sean irrelevantes y superfluos, cuando son en realidad las actos más veraces y radicales, capaces de traspasar la temporalidad y que van más allá de la muerte.
Así como a Cortázar no le sirve un amor pasamontañas, puerta o llave; a mí tampoco me sirve una expectativa exacerbada que permanece en la superficie. No me funcionan los ideales de película, ni de Austen y mucho menos de Disney. No debemos basar nuestros ideales, expectativas y gustos en lo que observamos de otros, que son lineamientos e inspiraciones para que no abandonemos la batalla cuando más cruda es.
Los otros son directrices, ejemplos reales que pueden enseñarnos a amar sin reservas, dando todo aquello que tenemos a quien verdaderamente es. No temamos a mirar de frente, con sus virtudes y deficiencias, a quien duerme al lado; que aunque para el mundo sea nadie, para el que contempla lo es todo. No temamos a dar el salto a ese puente que se construye de dos lados.
Nunca olvidaré las tardes que visitaba a Renate y Jörg –una intrusa bienvenida y observadora de su intimidad– la ternura de sus abrazos, su apertura de corazón y el cariño con el que me incluyeron en la familia al autodenominarse Oma und Opa, mis abuelos alemanes.
Mi balcón cubierto de nieve.
Cada domingo a las diez de la mañana Jörg se asomaba al balcón, esperaba a que Renate apareciera en el camino. Con una gran sonrisa aguardaba, en cuanto la reconocía, agitaba la mano y los dos se miraban como si se hubieran separado una eternidad. Ella se transformaba, aceleraba el paso y se sonrojaba como si tuviera quince años y lo viera por primera vez. Así los imagino, a Jörg esperándola, esta vez desde las alturas, y las miradas del reencuentro.
Dicen que de amor nadie se muere, pero médicamente, un corazón roto padece características semejantes a un pre-infarto; por un momento una parte de la función cardiaca se interrumpe y el resto del corazón se contrae con mayor fuerza, falta el aire y duele el pecho. El corazón llora la ausencia y es inevitable.
No puedo evitar cierta angustia de pensar que si yo echaré de menos a Jörg en el balcón, ella tiene el corazón resquebrajado; que cada rincón de su hogar rebela la presencia fugaz del recuerdo; que costará un esfuerzo descomunal acostumbrarse a una nueva soledad, porque ningún día y ningún domingo volverá a ser igual con la ausencia lapidaria de su figura en el balcón.
No son sólo los años, es la distancia del camino andado. Son los riscos, las sierras y los peñascos las palabras y heridas de los fracasos.
No son sólo los años, son los niños que nos hablan cuando soñamos.
Es tu cuerpo de madre que se abre al abrazo, que se abre al milagro. El olvido permanente de lo amargo. La presencia de aquel que se fue, sin apenas haber llegado.
No son sólo los años, son las penas, frustraciones y retrasos. Las promesas de un hombre que envejece sin apenas haberse despertado. Las historias, las naciones y las lenguas que a ti y a mi nos cobijaron.
No son sólo los años, es la distancia y la dureza del camino andado.
La entereza de una mujer «corazón de hierro», que acompaña a su hombre para sobrevivir al naufragio.
Vivimos la época de la inmediatez. La información está al alcance de un click, todo se ha vuelto inmediato, incluso las relaciones de pareja. No es nueva la existencia de las aplicaciones para encontrar a tu media naranja. Sin embargo, en años recientes se ha puesto de moda la figura de los coaches o gurús de seducción: hombres y mujeres influencers que afirman tener el método más efectivo para conseguir un ligue, tratarlo y convertirlo en una relación.
Ofrecen sus cursos, productos, textos y consultas personalizadas que supuestamente garantizan el éxito para conseguir pareja. En general los coaches se manejan del siguiente modo: los que son hombres ven a la mujer como un objeto de placer o como una validadora de su narcisismo. Los coaches de seducción hombres tienden a imaginar cómo piensan las mujeres sin serlo y sin estar en su lugar, sin apertura a su naturaleza. Por su parte las coaches mujeres tienden a ver al hombre como un proveedor que tiene que merecer, con bienes materiales y esfuerzo sin proporción, la compañía y energía femeninas.
Ambos coaches, hombres y mujeres, caen en dos problemas que tienen que ver con su comprensión de la naturaleza humana. Por una parte, tienen una profunda cerrazón sobre sí mismos en cuanto a su género. Dicen lo que el otro, o la otra, tiene que ser sin escucharlos y sin aceptar lo que son por sí mismos. El segundo problema es que tienen un exceso de interés en su propia mismidad, sin fijarse en la unión común que pueden tener a la vez hombre y mujer porque ambos son, ante todo, personas. Por ejemplo: los coaches hombres se fijan demasiado en su masculinidad, y las mujeres en su feminidad, sin que ninguno se pregunte profundamente cómo pueden ambos aspectos complementarse entre sí.
Parece que ambos errores tienen su origen en una condición previa, que es el de reducir lo humano a lo animal. Cuando se busca pareja de una manera tan intensa, sobresale el aspecto instintivo del cortejo. No hay mucho lugar para otros aspectos humanos como la racionalidad, el diálogo, el amor o la vida en conjunto. Entonces, sucede que cuando hay mucha atención en el cortejo instintivo, hay una preferencia de los y las coaches por usar terminología de etología, no de psicología humana, para explicar los comportamientos que hay que tener o evitar durante el cortejo: alfa, beta, sigma, proveedor, premio.
Esta base que privilegia lo animal sobre lo humano lleva a un uso de un vocabulario deshumanizado y exagerado. Naturalmente, cada tipo de comunidad de coaches tiene un vocabulario específico. Más o menos se parecen entre ellos. Con estos términos o neologismos se busca explicar un comportamiento y encasillar un tipo de actitud que tiene el sexo opuesto. Luego viene la calificación moral en función de esta perspectiva.
Se puede mencionar los ejemplos que usa la comunidad de los hombres red pill. Esta comunidad se llama así porque, con su nombre, hacen referencia a las dos píldoras que aparecen en la película Matrix. La píldora azul, blue pill, nos deja dentro de la simulación, sin ningún cambio. La píldora roja, red pill, nos saca de la simulación y nos permite cambiar. Los hombres red pill ya han tomado la píldora roja y se han despertado de la simulación en la que los hombres “buenos”, decentes como la sociedad los desea, y que son atentos con las mujeres, son los que obtienen una pareja. Cuando salen de esta simulación se dedican a trabajar su masculinidad, sin ponerse como objetivo la búsqueda de la pareja. Se consideran hombres libres, ultra-masculinos, y con la idea de que la delicadeza y la atención son propias de varones inferiores, quienes no obtendrán la atención de las chicas. Esta comunidad hace uso de términos como los siguientes:
Alfa: es el varón físicamente apto, líder, y orgulloso de su masculinidad, que sabe que es de alto valor por sus acciones. Está dispuesto a considerarse el premio para una mujer.
Beta: es el varón que trata de conquistar a una mujer con las atenciones y estando al pendiente de sus necesidades. Ante los ojos del alfa, el hombre beta no es físicamente apto y, sobre todo, no se considera la parte valiosa de la relación, sino que pone el valor en la mujer buscada.
Sigma: es el varón que es físicamente apto y, dentro de la jerarquía de otros hombres está al nivel del alfa, pero por decisión propia decide salir de tal orden, para no competir.
Muro: es la aparente barrera a la que una mujer se enfrenta cuando llega a los 30 años, edad en la que ya no es atractiva a los hombres, y que parece ser una trampa de la que no hay salida.
Carruselera: mujer joven que dedica mucho tiempo a divertirse con diversos hombres en el carrusel de la vida sexual activa. Causa por la que no parece mostrar interés por la vida estable, y que no es material de esposa.
Material de esposa: lo muestra la mujer joven que no tiene actitudes de diversión con varios hombres, y que pretende vivir estable. Me pregunto:¿hay material de esposo?
Simp: es el hombre que muestra atenciones desmedidas a una mujer y que trata de conquistarla laudándola más de lo que es razonable. Es parecido o idéntico al beta.
Por su parte, las coaches de seducción usan su propio vocabulario. En él tienden a poner en el centro de la relación a la mujer, como si fuese el premio. De sus palabras recojo sólo dos términos:
Mujer de alto valor: es la mujer que se considera el premio de la relación desde el principio y que sólo está dispuesta a estar con un hombre proveedor exitoso financieramente.
Pickmeisha: mujer que ruega para tener una relación estable con un hombre, que no se valora a sí misma. Viene del inglés pick me o sea “escógeme”. Con esto, la mujer pretende conseguir la atención masculina como sea.
La breve revisión de estos términos muestra los dos errores en los que caen tanto los coaches varones como mujeres: se centran demasiado en su propia naturaleza de masculinidad y feminidad. No buscan la complementariedad en el otro. No le permiten ser lo que es, sino que, para aceptarlo, tiene qué cumplir con una expectativa. La obediencia a tal expectativa mata la espontaneidad de la relación, pues no permite que haya un encuentro entre otredades que puedan complementarse.
¿Qué hace falta para encontrar y amar a una persona real? Aceptarla como realidad concreta e individual y no como una imagen que tiene que cumplir exigencias. Hace falta permitirle ser lo que es, y dejarnos sorprender por su realidad inintercambiable. En última instancia, las historias de amor son siempre de aventura. Cualquier relación es siempre un salto de fe. Hace falta el trato humano, la delicadeza, la transparencia en la comunicación y un diálogo enriquecedor entre dos partes. Recordemos que amamos y servimos a personas concretas y no a ideas abstractas. Siempre, atreverse a amar es una decisión de valientes.