El Dr. Domènec Melé, catedrático de ética de los negocios habla sobre la noción de cultura, el impacto de la cultura en los negocios y las raices universales que permiten construir una civilización que reciba a todas las personas e impulse negocios prósperos.
No es mi intención escribir sobre los orígenes del flamenco, que además bastante depende de especulaciones históricas o elaborar un análisis sobre el ritmo, la división de las estrofas o los palos. No soy especialista en música y mucho menos de este arte en particular y por eso prefiero dejar a los más versados su estudio.
El flamenco es Patrimonio Cultural Inmaterial y quizá una de las artes más representativas de España. Y es que en el imaginario colectivo cuando mencionan a España, te piensas que todas las mujeres van por la calle con los vestidos de puntos de colores, flores, peineta y mantilla… con el traje de flamenca, en pocas palabras, como si siempre fuera la Feria de abril. Y te imaginas a todos apretujados en las casetas bebiendo rebujitos, comiendo un pescaíto y bailando sevillanas con mucho arte.
En esta ocasión quiero reflexionar sobre el arte como esperanza de futuro. Una problemática urgente es la niñez marginal: aquellos niños que por no tener mayores opciones y esperanzas se ven volcados hacia la calle. Una calle que no les promete un buen presente y mucho menos un mejor porvenir. En los barrios marginales la educación ya es un lujo y las actividades extraescolares son casi impensables. Sin embargo, algunas personas se lo han pensado muy bien para atraer a los niños fuera de los peligros de las calles.
Remedios Málvarez muestra en su documental Alalá, que significa “alegría” en calé, como el arte del flamenco ha preservado a varios niños del barrio más conflictivo de Sevilla, el polígono sur, de la calle. El Centro Cívico El Esqueleto y la fundación Alalá, ideada por el guitarrista Emilio Caracafé instruyen a los niños en el canto, la danza y la guitarra. La población es principalmente calé y el flamenco corre por sus venas. Así es como los niños, que quizá no se convertirán en cantaores, bailaores o guitarristas, pueden mirar con mayor esperanza al futuro. Sin embargo, esta no es la única iniciativa. En otros lugares se emplearán otros métodos, actividades, deportes o cursos; pero todos tienen la finalidad de evitar que los niños caigan en la vida “fácil” de la calle.
Esto no significa que por ir a una escuela ya automáticamente serán salvados y tendrán una mejor infancia; sería demasiado inocente creerlo. Pero lo que puede lograr un buen maestro es infundir en un alumno una gran pasión que le ayude a direccionar su vida. Ayudarles a encontrar un futuro, acompañarlos cercanamente para que tengan confianza en sí mismos.
Con la idea del baile, que forma en la disciplina y la educación como la base para un futuro con mayores perspectivas es que pensé en conversar con Carmen Bautista, quien es bailaora y docente. Carmen ha bailado en Zurich, Viena, Sevilla, en varias ciudades de Italia y en México; y combina con su arte muy flamenca el arte de la docencia. Carmen ha inspirado a varias niñas en el baile, con una mano segura, firme y amistosa les ha enseñado a creer en ellas mismas a través del baile.
Carmen, gracias por conversar conmigo para Spes. Ya desde hace varios años dejaste México para vivir en la capital del flamenco. Haz hecho giras por diferentes ciudades europeas y México. Eres bailaora y docente, por lo que además de bailar en un tablao, también enseñas. Tu carrera, como bailaora, va viento en popa, pero en lo personal, ¿qué tal llevas la vida cotidiana como expatriada?
Llevo cuatro años, ya voy por el quinto. Creo que Sevilla es el Disneylandia del flamenco. Ya hice raíces. Al principio es un poco extraño llegar a un lugar completamente nuevo y acostumbrarse a todo, desde lo más simple como el cambio de dinero: como dejar de pensar que cuarenta euros equivalen a cuarenta pesos. Pero puedo decir que ya tengo una familia: los amigos que he hecho.
Me alegra que te encuentres bien en Sevilla y sobre todo muy bien acompañada. Entrando ya en la cuestión del baile; de todos los diferentes tipos de ritmos y bailes, ¿cómo es que surgió en ti la inquietud por el flamenco?
Desde que era pequeña estuve en clases de baile: tahitiano, jazz, ballet y gimnasia, pero nunca hice flamenco. Mi escuela de baile es parte del INBA y antes de estudiar la carrera puedes tomar un nivel previo de formación básica, que dura siete años. Durante la primaria, de estos siete años, a veces me cruzaba con los chicos de la carrera de flamenco y aunque me llamaba la atención, me interesó verdaderamente hasta que tomé la primera clase.
En esta escuela te forman como docente y el último año tienes que hacer prácticas; cuando tenía once años tomé la clase de una chica que estaba por graduarse y me encantó. Y pensé que justamente eso era lo que quería hacer. A los once años tomé mi primera clase de flamenco, después de haber pasado por otros bailes, y ya no lo dejé. Desde los once años estuve segura de que quería estudiar la carrera en danza española.
Mencionas que antes tomabas clases de otros tipos de baile hasta que descubriste tu pasión por el flamenco, pero, aunque se dice que “quien mucho abarca, poco aprieta” y es mejor enfocarse en ser el mejor en un ritmo, ¿por qué decidiste centrarte únicamente en el flamenco y no en el jazz o ballet?
Venía de una crisis de violencia escolar. Las clases de danza son muy fuertes, los maestros tradicionales no tienen una formación docente y antes era mucho peor: a veces utilizaban métodos poco ortodoxos y perdían fácilmente la paciencia. Porque a la vez ellos aprendieron desde esa “metodología”. Por ejemplo, algunos bailarines de ballet practicaban con métodos extremos como colocar la flama de un encendedor debajo de la pierna para poderla sostener en alto el mayor tiempo posible. A mí no me ocurrió, pero me regañaban constantemente e incluso le decían a mi mamá que era la peor del grupo y que tenía sobrepeso. Por eso ya no quería bailar, ya no quería ir porque no le veía sentido, hasta que descubrí el flamenco y una nueva perspectiva de enseñanza.
El baile tiene una exigencia corporal muy fuerte; como las gimnastas que por lo regular deben contar con cierto peso y estatura. Sí que debe ser una gran presión, especialmente para una niña pequeña. Sin embargo, mencionas que hubo un cambio radical en el método de enseñanza. El papel de un buen maestro es fundamental y es algo que tu misma ejerces: aprendiste y enseñas.
Claro, es algo que he observado durante mi formación: la figura del maestro. En México vemos a los maestros desde una perspectiva vertical, pero en Sevilla hay una perspectiva más horizontal, y he aprendido muchísimo.
Y la cercanía no le quita la profesionalidad o respeto al profesor. Cambiando un poco el tema. Es muy común preguntarles a los niños, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y al final muchos terminan haciendo una cosa diametralmente opuesta, porque es muy difícil saber desde tan temprana edad lo que queremos hacer. Sin embargo, tu tenías muy claro que querías estudiar danza española, pero nosotras nos conocimos en un salón de la Facultad de filosofía. ¿Puedes decirme algo más al respecto?
Sí, yo tuve muy claro desde los once años a qué quería dedicarme y cada año escolar lo pasaba como un paso menos para mi meta. En secundaria pensaba, “ahora falta menos”, pero cuando iba a terminar la prepa, pensé que quería estudiar otra cosa. Y para que veas lo fundamental que es un buen maestro: disfrutaba tanto las clases de ética de Adriana Clavel que descubrí que la filosofía también me encantaba.
La carrera de danza era por la tarde y las clases de filosofía por la mañana, pero era demasiado. Imagina, salir de Mixcoac después de clases corriendo hasta el centro para las clases de flamenco en la tarde y en la noche ir hasta el norte. Y así todos los días. A veces llegaba a las clases, estaba muy emocionada y quería aprender, pero el cansancio me ganaba. Me dolió dejar la carrera de filosofía, pero lo hice después de discernir: ¿cómo te ves en realidad? Y me veía más en el flamenco.
Es que era demasiado: un día lleno de actividades y no tenías casi momentos de descanso. Algo que también me resulta curioso es que yo pensaba que igual tendrías una influencia cercana, que te introdujo al flamenco, yo qué sé, una abuela o tía o alguien de la familia que bailara, porque no es tan común.
En México no es tan fácil tener una referencia cercana al flamenco a menos de que se trate de una familia con ascendencia española directa. Así que no es tan sencillo despertarse un día y decir «quiero bailar flamenco» como si fuera algo muy común. Aunque culturalmente existan referentes, en mi familia no había una conexión directa. Recuerdo que siendo chica, en alguna ocasión le dije a mi mamá que me gustaba el flamenco. Y ella buscó un disco, y según yo, me ponía a bailar con los pasodobles. Que aunque no es flamenco, esa era su referencia. Mi mamá me acercó del modo que pudo y así ayudó a encender la chispa. Pero algo dentro de mí decía: debe haber algo más.
El flamenco además de un baile es parte de una cultura muy española e incluso se podría considerar calé con esta mezcla gitana. Últimamente parece que todo puede ser “apropiación cultural” e incluso ha caído en una sensiblería en la que cualquiera puede ofenderse sin que sea su “cultura” la que es “utilizada”. Eso me recuerda un vídeo en el que un gringo se viste con zarape y sombrero, va por la calle y les pregunta a estudiantes si les parecía ofensivo su vestuario. Y ellos respondían que eso no era un disfraz, que a lo mejor tenía un significado y claro, terminaban con la etiqueta de “apropiación cultural”. Después fue al barrio mexicano y a nadie le molestaba, no era ofensivo, es más les resultaba hasta simpático. Considerando la sensibilidad de algunos sectores por la apropiación cultural, ¿te ha sucedido que alguien te cuestione que bailes flamenco y no danza regional mexicana? ¿O te han puesto la etiqueta de la apropiación cultural?
Eso como tal no, nadie me ha cuestionado que baile flamenco y no otro ritmo, pero sí es todo un tema. Mucha gente viene a Sevilla a bailar flamenco y aquí se queda. Por ejemplo, bailo con un grupo de artistas callejeros, y a veces la gente pregunta “¿todos son españoles?” y respondemos “no, somos mexicanos, argentinos, la otra es de Brasil.” E inmediatamente mencionan que parecemos españoles.
Aunque claro que también hay una distinción entre los estudiantes internacionales y los que son propiamente españoles y no sólo eso, los andaluces.
Además, el flamenco tiene un trasfondo cultural muy amplio, que a veces ni siquiera los locales conocen. Se conoce más en Andalucía, pero tiene una base rítmica de África y de ritmos orientales. Tanta mezcla hubo en España y tantas influencias de ritmos, pero no por ello tiene un origen cien por ciento andaluz. Incluso en la danza y la música se puede encontrar algo muy clásico; el flamenco va evolucionando y se va expandiendo, y creo que por eso puede ser universal. Por ejemplo, en Japón es dónde hay más academias de flamenco.
Qué curioso, nunca me hubiera imaginado tantas academias en Japón o a japoneses bailando flamenco. Es muy internacional. Y es muy interesante lo que mencionas de la mezcla. Yo tenía la idea de que era un baile propio de Andalucía y los gitanos.
Cuando se aloja en Andalucía es por los gitanos, y hay un cataor que recopilaba los cantos de las familias gitanas. Pero no es que sea propio de un grupo étnico, sino que siempre hubo esta apertura de la mezcla. No podía darse desde un grupo cerrado, porque los gitanos iban a los teatros y ahí estaban los payos; entonces esta mezcla fue creando el contexto andaluz.
Carmen, ¿cuál sería el reto más grande para una bailaora?
Me parece que es buscar y encontrar su propio estilo. Porque por mucha técnica que puedas tener es importante tener algo que comunicar. El nivel técnico de alguien puede ser increíble: la cantidad de giros y zapateados que pueda dar. Pero imagina transmitir tu propia historia por medio del baile. Porque no basta con seguir los pasos que aprendes en un curso, eso sería una simple repetición y se podría perder la esencia por la técnica. Buscarnos, recrearnos y dar algo de nosotros en el baile.
Claro y es lo que puede diferenciar a 20 cantaores del Camarón. Entre la técnica y lo espontáneo.
Sí, ahora muchos cantaores cantan como Camarón. Es difícil, porque tampoco se puede hacer todo muy diferente, pero si se necesita dar algo propio. Algo muy tuyo.
El flamenco es un arte y una emoción que ya no puede delimitarse ni por un origen. Porque tanto arte puede tener una sevillana que una mexicana o venezolana. Cuando yo bailo soy más yo, porque conecto con mis emociones y después conecto con mis compañeros. Es como un ritual: la guitarra, el canto y el baile; a veces no tienes que conocer a tus compañeros para poder conectar con ellos.
Tan internacional es el flamenco que hasta escuché la fusión del vídeo “Carmen de la cueva” de Stella Papa en el que participaste, ¿cómo fue rodar este proyecto?
Ella es griega y hay muchos proyectos de fusión, que quedan muy bien por las raíces del flamenco. Stella Papa contrató a otra cantaora flamenca, a mi me enseñaron la canción, la entendí y sólo bailé. La fusión fue muy interesante del griego con el ritmo flamenco, pero justamente por el ritmo es que se puede dar muy bien. Aunque el trabajo en el flamenco es también muy espontáneo, me hablaron de ella, la conocí y grabamos.
Para concluir, a pesar de que estos proyectos soy espontáneos, ¿qué planes tienes a futuro?
He bailado y sigo intentando crecer como intérprete. A veces me puedo bloquear y pensar que no es suficiente, pero busco seguir creciendo. Sin embargo, hay mucha gente y trabajo informal; bailar en los tablaos en Sevilla a veces es complicado. Pero me gusta viajar y enseñar, entonces me gustaría bailar en diferentes partes del mundo y enseñar. Iré a México a bailar y dar varios cursos y espero en un futuro ir a Japón. Mi novio es guitarrista y trabajador social y queremos hacer un proyecto que no sólo sea estético, sino que también se fomente la inclusión. Entonces veremos a dónde nos lleva la docencia y el baile.
Esta semana han pasado muchas cosas. Entre ellas terminé un libro que requirió un compromiso largo que acepté antes de empezar. Era El Quijote. Si quisieras leer El Quijote sin spoilers, no leas este correo. (Pondré una advertencia cuando empiecen los spoilers del final del libro)
Cuando acabé el libro quedé en shock. No estaba seguro de lo que sentía. Primero, ese sentimiento de acabar un libro y preguntarte ¿Ahora qué? un compañero que estuvo a mi lado durante cuatro meses se había separado. Era parte de mí pero al mismo tiempo ya no estábamos juntos. Miré el libro unos minutos tratando de procesar todo lo que había sucedido y no me resolvía a alabar o condenar el libro. No entendía porque sucedió lo que sucedió.
Esta pregunta siempre me ha llamado la atención: “cuando una fuerza imparable se enfrenta a un objeto inamovible ¿qué es lo que pasa?”, he tratado de convertirlo en una metáfora para darle sentido a la pregunta. En nuestra vida hay elementos que definen quienes somos, dan forma a nuestra identidad. Uno de ellos son las ideas, o mejor dicho los ideales y sueños que perseguimos, que nos mueven a salir de nuestra zona de comfort e impulsan nuestro actuar, esa sería “la fuerza imparable”. Por otra parte, todos tenemos una base sólida de donde partir, tenemos un marco de referencia que guía nuestras acciones: nuestras convicciones; ese es el objeto inamovible.
¿Qué pasa cuando nuestros sueños e ideales chocan con nuestras convicciones? ¿Cuál permanece y cuál se destruye? Es algo tan importante que no podemos vivir sin ninguno de los dos. Todos tenemos sueños y aspiraciones a dónde queremos llegar. De igual manera, todos tenemos pilares que definen lo que hacemos, lo que creemos que es correcto y lo que no. No necesariamiente uno va a chocar con el otro pero si llegara a pasar necesariamiente hay un cambio el alguno de ellos y en nuestra propia vida. Pienso en una solución pero me gustaría escuchar la tuya. Después de este Gif empiezan los spoilers.
¿Qué sucede en el Quijote? La historia de Don Quijote de la mancha es una serie de aventuras que sólo le podrían pasar a un loco. En un resumen muy exagerado, Alonso Quijano es un señor de edad avanzada que fundió su cerebro por leer tantos libros de caballeros antiguos. Esto le llevó a pensar que las historias eran ciertas, y que él mismo debe restaurar el honor de los antiguos caballeros convirtiéndose en uno. Por su falta de juicio, alucina cosas, pelea contra molinos pensando que son gigantes y entra en posadas como si fueran grandes castillos. En una introducción de Mario Vargas Llosa describe el libro en un paso de la realidad a la ficción, como la historia que el Quijote busca se va convirtiendo en la verdad. Esto es cierto, poco a poco las historias se alinean más con el personaje, de alguna u otra forma se revive el mundo de los caballeros.
Sin embargo, el final del libro rompe la tesis. Rompe al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y nos presenta a otra persona. En los últimos capítulos, el Quijote es derrotado por el caballero de la luna blanca (su amigo Sansón de Carrasco) y es forzado a regresar a su aldea y dejar el ejercicio de la caballería por un año. Esto con la idea de sanar su juicio en este tiempo. En el camino hay un cambio de clima en la trama, se puede notar cómo el espíritu peleador y valiente de Don Quijote va apagándose, entra poco a poco en la melancolía (conocida hoy en día como depresión) y pierde sus ánimos. En su aldea enferma y en pocos días empeora, uno de esos días, despierta sano, lúcido, arrepentido… pide que le lleven un confesor y un escribano para realizar su testamento, da su último respiro queriendo disculparse por arriesgar a los demás y llevar a Sancho con él.
Ahora bien, a lo largo del libro conocimos a Don Quijote y sólo al final entendimos quién es Alonso Quijano. Claramente no son la misma persona. La pregunta es ¿fue bueno el cambio? ¿Qué quiere decir Cervantes? Me parece que es una cuestión de identidad, ideales y convicciones. Si realmente estaba enfermo no podemos decir que tuviera entero uso de su razón, por tanto de su libertad, no podemos juzgar sus acciones. Pero suponiendo que estuviera lejos de enfermedad, ¿cuál debió permanecer?
Sus convicciones son las que quedan después del dilema. Prefiere morir siendo buen hombre para llegar al cielo que aferrarse a la caballería. Los ideales cambiaron, y lo llevo a él a cambiar. Dejó de ser ese caballero para ser Alonso el bueno, el sano. No porque el caballero estaba mal, sino porque era mejor ser el bueno. Se dió cuenta que sin sus valores, convicciones, sus ideales no valen nada, porque no se puede ser dos personas distintas.
La guerra de los mapaches, o Pompoko por su nombre en japonés, es probablemente una de las producciones de Studios Ghibli menos aclamadas, a pesar de haber sido dirigida por los mismísimos Isao Takahata y Hayao Miyasaki, dos de los integrantes del cuarteto de oro complementado por Toshio Suzuki y Yasuyoshi.
Incluso, el filme acreditó varios premios. En 1995 obtuvo el premio Cristal al mejor largometraje de animación, también el premio a la mejor película de animación en los Mainichi Film Awards. Y fue elegida por la Academia de Cine Japonesa para representar al país en la 67ª edición de los premios Oscar, aunque al final no resultó nominada.
Aún así, el filme es subestimado, ¿por qué? Pompoko no es valiosa solo por la animación, por quién la dirigió o por lo bien que está hecha. El filme nos plantea de forma humorística un verdadero dilema moral y ecológico.
¿Qué pasa cuando nuestros esfuerzos por preservar la propia vida humana desenlazan en el exterminio del resto de la vida en la tierra? ¿Es sustentable sacrificar el mundo, ya no solo por preservar nuestra especie, sino para extenderla indefinidamente? ¿Qué consecuencias tiene la complejidad progresiva de la vida, cuando pasamos de satisfacer las necesidades a los lujos?
Estas son algunas de las preguntas que podemos rescatar del contexto y la historia sobre los que se plantea Pompoko. Aún así, este mensaje no pasó de una pantalla, de algunas nominaciones y de un “qué buena, rara o fea película”.
El filme se estrenó en 1994, al principio de lo que se conocería más adelante como la “década perdida” que se refiere al estancamiento económico que brotó posterior al “milagro japonés”. No obstante, Pompoko nos sitúa más bien en este último, en la plenitud de Japón.
Se le conoce como milagro Japonés debido al extraordinario crecimiento económico que tuvo Japón tras la post-guerra, que terminó situándolo como la segunda mayor economía del mundo a principios de la década de 1990. A pesar de esto, la perspectiva del milagro Japonés que nos muestra el icónico filme de Studios Ghibli es más oscura de lo que la riqueza y el poder nos presentan como un milagro. Hablemos del desarrollo industrial, la gentrificación y el desabastecimiento de recursos limitados al pie de nuestra especie.
La película comienza con un paisaje de armonía entre el humano y la naturaleza. Hay un poblado en el bosque, que se intercala con los árboles, rodea los ríos y se ve custodiado por las montañas. Ahí, las personas se dedican a la agricultura, a la caza y a la pesca. Los animales, como los mapaches, se benefician de ese asentamiento. Obtienen comida y vivienda mutuas, pero también hay el suficiente espacio entre humanos y animales para coexistir juntos, en un mismo entorno.
Esto cambia con el desarrollo económico, ya que le permite a los humanos desarrollar técnicas y herramientas para tener más comodidades, más comida, más espacio, menos trabajo y más tiempo. Entonces, en condiciones favorables, tal y como al principio del tiempo: la vida se expande. Lástima que con ello no se expande también el mundo. Los humanos poco a poco se van apropiando de más territorio, desplazando al resto de especies que también tenían un hogar ahí.
Pero, la especie humana, va creciendo demasiado, y necesita más: seca los ríos, pues necesita cada vez más agua para beber y trabajar; corta los árboles, pues necesita madera para el fuego de su hogar; contamina la tierra, pues necesita donde construir sus viviendas de cemento y metal.
En esta historia, el egoísmo del humano se pondera sobre todo aquello que es diferente a sí mismo. Los humanos se distanciaron de los animales, abusaron de la tierra y de sus bondades, se apropiaron exclusivamente de todo lo que querían. Recluyeron a los animales en un espacio cada vez más pequeño. Claro, no olvidemos que Pompoko es la sátira del egoísmo de la supremacía humana, porque, al menos en esta historia los mapaches, los zorros, y otros animales, podían reclamar el mismo derecho que nosotros.
Ellos lo llamaban la “magia de la transformación”, pues ¡podían convertirse a sí mismos y a lo demás en lo que quisieran! En la película, poseer esta magia fue clave para que los mapaches pudieran defenderse, reconocer al amigo y al enemigo, protegerse entre sí, entender lo que sucedía, pero sobre todo… para pelear. Pelear por las mismas causas que nosotros: por la vida. Al menos, los mapaches podían concebir un mundo para todos, donde no hubiera tantos humanos, pero sí los suficientes como para que pudieran seguir compartiendo hamburguesas, cultivos, pollo frito y basura.
Al final, los mapaches entienden que los humanos se apropiaron de la misma magia, y transformaron el mundo a su imagen y semejanza. Ese ya no era el mundo que podían compartir. Sōkichi, el mapache, lo supo: “se supone que sólo los mapaches podemos transformar las cosas, pero mira a los humanos: lo han cambiado todo”. Ahora era nuestro mundo, de cemento y máquinas, sucio y exclusivo. Donde los mapaches son plagas.
En 1988, la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió como plaga a “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para los humanos y en el daño o deterioro del hábitat o bienestar urbano cuando su existencia (sobrepasa) los umbrales de tolerancia, es decir (…) provoca problemas sanitarios, medioambientales, molestias o pérdidas económicas”. La plaga nos estorba para vivir.
Los humanos no sólo hemos proliferado, sino que hemos excedido los límites de la Tierra. Por lo que, en vista de la escasez y la necesidad de, no solo preservarnos, sino abastecernos lujosamente, hemos destruido hábitats, desplazado y exterminado especies, acoplando el ecosistema a nuestras comodidades. Así, según la Real Academia Española, el desarrollo creciente y desordenado de seres vivos de una misma especie que pone en riesgo un ecosistema, causando daños o enfermedades a poblaciones animales y vegetales, también se define como plaga…
Pompoko es la historia de mapaches que tenían un hogar, y de humanos que lo plagaron. Pero, ahora, ya no hay historia ni un problema que tratar, porque el mundo es distinto y Pompoko… sólo es una película para niños, ¿no?
A cinco años de la conmemoración del Mundial de la Lógica proclamada por la UNESCO y celebrada el 14 de enero, quiero apuntar a una realidad poco mencionada de la lógica. Esto es ir más allá de la función de la lógica para la «construcción de la paz».
Esta realidad es que la lógica es una disposición fundamental para el desarrollo de la espiritualidad. A menudo observo que los filósofos y filósofas se han encontrado con este hallazgo. Aunque no he encontrado quien lo diga directamente. Por espiritualidad quiero significar simplemente el modo de vida que conlleva convencimiento de que vale la pena vivir cada día con amor. Desde aquí me limitaré ahora a hablar de la «espiritualidad Cristiana«, por los límites de mi conocimiento y mi intención con esta reflexión.
Mi tesis no es original, pero creo que ha sido poco rescatada porque no «da el ancho» al obscurantismo,—que a menudo confundimos con valor—, que caracteriza las reflexiones de filósofos que se interesaron en la vida espiritual cristiana como Pascal, Kant o Kierkegaard. Apunto directamente a sus afirmaciones,—que considero inexactas, aunque no falsas—, sobre «poner límites a la razón, para dar lugar a la fe«.
Partiré de que la lógica es principalmente un método de observación, de generación del conocimiento y de la acción inteligente. Esto reúne la naturaleza de la reflexión que podemos rastrear en los fragmentos de Aristóteles sobre el razonamiento y la lógica.
Sin embargo, en algún punto,—si no es desde el comienzo—, hemos perdido la claridad de la naturaleza e intención de Aristóteles al proponer la silogística o los métodos del razonamiento. El núcleo de esta teoría son las «definiciones», «principios del conocimento», «…de la acción», o las «formas». Se trata de las reglas que resultan de las investigaciones o de la experiencia cotidiana, y que dan lugar a las acciones virtuosas o buenas (término que comprende según Aristóteles tanto las técnicas y lo que conocemos como la vidamoral); a las demostraciones que producen el aprendizaje de las ciencias; y a las opiniones que se afirman cuando un diálogo se da entre personas con conocimiento de los asuntos que se tratan.
Las leyes, la tecnología y las ciencias serían, en opinión de este viejo filósofo, un resultado de la comunicación de estos principios que descubrimos día a día y que conservamos en nuestra tradición y costumbres.
Y así, la plenitud o «eudaimonía» de una vida humana,—sea de una persona o de las comunidades de personas—, es el resultado del cuidado que damos a estos «principios». Mejor y comúnmente llamados creencias, hipótesis, opiniones o tradiciones.
Tal cuidado, opinaba Aristóteles, sólo pueden darlo aquellos que actúan y deliberan a partir de sus «principios del conocimiento«. Estos son quienes guian su acción y su vida inteligentemente según sus propósitos y circunstancias. Lo cual no es asequible por quienes viven a partir del mero instinto o por sus pasiones. Aristóteles atribuye esta disposición a los «jóvenes» por su falta de experiencia, pero también a las personas de «carácter juvenil» en general.
Esta afirmación, que he tomado del libro I de la Ética Nicomáquea, me parece quizá la más importante para entender qué es una vida plena humanamente. Se trata simplemente del uso del conocimiento para guiar la acción inteligentemente. Profundizar de más nos podría impedir ver el camino y la comunicación de la sabiduría, que consiste en la capacidad de hacer y demostrar lo que es bueno porque se ha vivido virtuosamente y lógicamente en cuidado de sus principios.
Al advertir esto en la silogística de Aristóteles podemos comprender que lo que podemos esperar de su aprendizaje y aplicación es una disposición y métodos que tiene lugar en casi todos los ámbitos de nuestra vida. El habitualmente llamado «silogismo práctico» encierra el carácter de la aplicación de un principio del conocimiento a ciertas circunstancias. Un ejemplo que habitualmente se brinda es: «Lo dulce es agradable/ hay una ocasión de comer pasteles (que son dulces)/∴ me dispongo a comer los pasteles». Se implica que lo agradable es un motivo de nuestra acción.
Por otro lado, observo que en la enseñanza nivel bachillerato y universitario de la lógica formal tal es la estructura de acción que se espera que sigan los estudiantes. Por ejemplo: el modus ponendo ponens, que puede definirse como «si se establece que al darse un fenómeno X, entonces se da también Y; cuando se de X, entonces podemos concluir Y«. Al partir de esta u otras reglas de la lógica podemos orientar nuestra deliberación ante las variadas circunstancias.
Por otro lado, nótese que la estructura de acción del «silogismo práctico» consiste en la condición misma de la vida virtuosa o plena: la aplicación de los principios del conocimiento para producir una acción inteligente o un resultadoesperado. Este es un punto secundario que quiero dejar asentado: la racionalidad es un asunto práctico
Incluso si se observa con estas coordenadas el ejemplo constante de «silogismo teórico» que parte del principio «todos los hombres son mortales«, podemos encontrar que posee una condición práctica: la premisa menor «Sócrates es hombre» pretende ser un caso de aplicación de la regla para concluir que podemos esperar que «∴Sócrates es mortal». Para la vida moral y religiosa algunos podríamos cuestionar el principio con casos bíblicos como «Elías fue hombre y no murió» para redefinir el alcance de la afirmación y deliberar en qué sentido orientamos nuestra vida a la «inmortalidad» (nuestra condición biológica no precisamente se pone en duda).
Llegando así al punto principal de mi reflexión: la vida espiritual es la vida que se asienta sobre un principio fundamental, o «primer principio». Tal es la convicción de que vivir virtuosamente es mirar la vida a partir de la sabiduría más profunda e incierta: que el amor cabe en este mundo por el hábito y la disposición de aprender a vivirlo. Hay otros principios que podemos suscribir a este.
Digo que el amor es incierto, no por su valor, sino por la difícil batalla que se sotiene día a día para mantener nuestro espíritu erguido ante ese principio. Como otros antes y después, el agustino Tomás de Kempis inicia su Imitación de Cristo (publicado alrededor del 1418-1427 d.C.), remarcando el carácter práctico y lógico de la fe en Cristo,— o convicción en los términos más modernos: «no son los discursos profundos los que santifican a una persona, sino la vida virtuosa. (Esta) es la que lo hace a uno agradable a Dios».
Tal vida virtuosa se vive en imitación de los principios que Cristo nos dejó con su vida y su palabra. Y siempre está el peligro de «escuchar y ver» y «sentir pocas ganas de prácticar el Evangelio». El «espíritu de Cristo», dice Kempis, es de lo que carecemos en esos momentos. Dice el filósofo Jean Guitton al respecto «hay que suprimir los preparativos, nada hay anterior al esfuerzo o al amor«. El espíritu de Cristo es principalmente ese esfuerzo por vivir plenamente en el amor.
Si la racionalidad nos asemeja a Dios, no es porque la poseemos en tanto somos humanos. Probablemente, tampoco porque nos distinga de otros animales no humanos, como opina el filósofo Stuart Mill al definir la naturaleza de la inferencia en la observación y la memoría de los animales en general. Sino porque la práctica del principio fundamental de la espiritualidad,—o la espiritualidad Cristiana en el caso que propongo—, nos acerca a ser imagen de Dios mediante la imitación de Cristo.
Así, la Cristiandad y la Racionalidad se perfilan como asuntos eminentemente prácticos, aunque no mutuamente implicantes: puede haber racionalidad sin cristiandad, aunque no cristiandad sin racionalidad. Y en esto último reside todo mi punto con esta reflexión.
Esto es lo que, en mi opinión, significa ir un poco más lejos en la reflexión sobre la importancia de enseñar y promover la lógica para nuestras sociedades: la teoría y métodos del razonamiento son una condición básica para una vida plena y para la espiritualidad. Con ella haremos crecer nuestras virtudes humanas y nuestra espiritualidad, como describe el filósofo Charles S. Peirce, queriendo y cuidando nuestras creencias, conversaciones, y nuestra convicción más importante en la vida «como (haríamos) con las flores de (nuestro) jardín».
Desde 2005, cada tercer jueves de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía por iniciativa de la UNESCO.
En este artículo quiero hacer una revisión de los motivos por los cuales define la UNESCO que el 16 de noviembre de este año se conmemoró por decimoctava vez a la filosofía. Por otro lado, quiero revisar si estos motivos son claros y valiosos para propiciar un examen sobre lo que estudié y, quiero pensar, ejercito profesionalmente.
Estudié filosofía como carrera universitaria y mientras estudiaba tuve varias dudas respecto a lo que hacía y se supone que quería aprender. No obstante, siguiendo una vía anti-Cartesiana hay puntos de los que en mi experiencia creo que no podemos “dudar”, porque no vale la pena hacerlo. Y esto es distinto de aquellos otros puntos respecto a los cuales sí vale la pena “sospechar”.
Rene Descartes (1596-1650), filósofo que propuso la Duda Metódica como base del ejercicio filosófico.
No podemos dudar que hay un conjunto de vocabularios, que constituyen las diversas tradiciones de la “filosofía”. Tampoco, que hay un conjunto de preguntas que guían nuestra investigación sobre las tradiciones y problemas que nos acontecen. Y también, ciertas fuentes relevantes que destacan en su literatura. El método, ya lo define con cierta obscuridad Aristóteles en los Tópicos, es la inferencia y la argumentación.
No creo necesario proponer el “análisis filosófico” como método. Aunque sí una “actitud filosófica” que guie como una “ética de la investigación” y hasta una forma vaga de “hacer bien las cosas” o cierto “modo de vida”.
En lo personal, sospecho de todas las investigaciones que en su nombre justifican su campo en la filosofía añadiendo: “análisis filosófico” o “aproximación filosófica”. Esto no significa que descarte su valía por ello, pues a menudo el “nombre” es sólo un infortunio.
En su “Mensaje (…) con Motivo del Día de la Filosofía” del 2022, de una sola página de extensión,Audrey Azoulay, quien es Directora General de la UNESCO, rescata ambos elementos de mi definición: “la filosofía se alimenta de las tradiciones de todo el mundo”; y, es “un ejercicio vivo de cuestionamiento” para definir lo que es, podría y queremos que sea el mundo.
Además, define que el valor de la filosofía reside en el “enfoque” que nos ayuda a enfrentar los cambios y posicionarnos ante la incertidumbre .
Como frutos de la UNESCO con este enfoque, Audrey Azoulay ejemplifica la “Declaración del Genoma Humano y los Derechos Humanos”(1997), y la “Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial” (2022). Se trata de dos casos interesantes de frutos con los que la “actitud filosófica” ha impactado en el mundo contemporáneo.
En su “Mensaje” de 2022, Audrey sugiere que estos frutos son resultado de nuestra respuesta a ¿qué significa ser humanos? Pregunta que sólo puede responderse con precisión y completitud en una argumentación que conecta las diversas perspectivas humanas y un punto de partida “ecologista”.
Lo anterior no sólo implica una apertura a la pluralidad de tradiciones, sino también a las diversas investigaciones actuales a partir de las cuales, nos dice Audrey, la “reflexión puede traducirse en acción”.
A menudo, «El Pensador (Le Penseur)» de Auguste Rodin (1840 -1917) se vuelve una caricatura de la filosofía, ¿realmente es un símbolo valioso y preciso para los filósofos y las filósofas actuales?
En particular, esta última parte me impresiona por su sencillez y por la descripción de nuestra responsabilidad como filósofas y filósofos. Audrey destaca que esta responsabilidad implica aprender a enseñar “las herramientas de la filosofía para reinventar un mundo común, desde la más temprana edad”.
Entonces, la responsabilidad de los filósofos y las filósofas no sólo se da respecto a la solidez y practicidad de sus investigaciones, al ponerlas en el ruedo con las investigaciones de otras disciplinas; sino también respecto la enseñanza efectiva de las mismas.
Los filósofos pragmatistas como Dewey y Peirce destacan que la cooperación intelectual y la enseñanza son ejercicios que potencian los “frutos filosóficos”, porque impulsan el aprendizaje y aclaran el vocabulario de nuestras investigaciones.
Precisamente desde ahí se da la definición de la “Proclamación del Día Mundial de la Filosofía” de 2005 por la UNESCO: “disciplina que estimula el pensamiento crítico e independiente, capaz de actuar en favor de una mejor comprensión del mundo y de promover la tolerancia y la paz” (p. 5).
No sostengo que la estimulación del “pensamiento independiente” sea la finalidad de la filosofía. Al contrario: sostengo, parafraseando mis lecturas de Peirce, que la filosofía potencia nuestros «instintos sociales«. Esto es un infortunio en la definición de la UNESCO y propiamente no es lo que se dice en la misma.
Por lo mismo, coincido en que el hábito filosófico, en su propagación social, significa actuar en favor de una comprensiónde un mundo «bueno«, con la que se promueve la tolerancia y la paz entre las personas. Esto es “filosófico”; pero es, más bien, común al proyecto humano.
En su ensayo de 1891, «El Filósofo Moral y la Vida Moral», William James se esfuerza en colocar el poder de la investigación filosófica ante la vida humana: ¿cuál es la autoridad de los filósofos y filósofas al prescribir lo que es bueno? La conclusión: la investigación filosófica está sujeta a los procesos sociales y forma parte de algunas de sus transformaciones morales.
Y ya que toda la humanidad formamos parte de un experimento complejo y falible, de interacciones y correcciones que llamamos “moralidad”; no podemos observarnos bajo el ojo de la “autonomía” respecto al resto de nuestros coetáneos ni de nuestros antepasados.
De manera que la moralidad no es traslúcida al ojo de una “conciencia”, ni mucho menos la tenemos los filósofos y las filósofas, sino que se ha construído históricamente y continúamos construyéndola socialmente mediante apuestas que medimos por sus consecuencias en nuestras interacciones con otras personas.
Ciertamente, esto indica la necesidad que subraya Audrey de transformar la “actitud filosófica” en dispositivos accesibles (y aquí implico: claros) que sirvan para guiarnos en la experimentación de este mundo común y hacerlo “bueno”.
Tal es la utilidad de que quienes investigamos, nos esforcemos en hacernos entender y comunicarnos cuando apostamos por la precisión de las palabras, para aclarar el diseño “moral” de nuestras interacciones sociales y valorar la dirección que llevamos. No somos infalibles, sino filósofos.
Este trabajo no es propio de quienes estudian alguna carrera que se llame “humanidades” o “filosofía”, sino de cualquier persona interesada en que como humanos nos vaya bien y tenga una convicción estructurada al respecto. Así, al parecer del filósofo Peirce, en el siglo XIX y XX la filosofía y la ciencia cambiaron de cunas: ¿podríamos llevar esto aún más lejos?
Peirce distingue al filósofo del científico de su época por la “voluntad de aprender” de los segundos. Estos son los genuinos filósofos. Por otro lado, Peirce define a los renombrados filósofos de su época como meros “recolectores” de todo lo que creen que vale la pena saber. Incluso: como investigadores que pretenden la novedad con métodos para fijar sus creencias que distan mucho del desarrollo empírico de una investigación.
Extendería este argumento a lo que filósofos como Quine y Pereda advierten: no todo lo que es verdad o podría serlo, vale la pena. Creo que esto tendría que impulsarnos a cambiar nuestra disposición hacia ciertas fuentes y tendencias de la investigación filosófica actual.
El “Mensaje” de Audrey, Directora General de la UNESCO, me resulta suficiente como un llamado a la acción para los filósofos y las filósofas actuales. Acepto los claroscuros de su mensaje como los comienzos de un camino que nos aclara suficientemente para definir lo que los filósofos y filósofas podemos ser.
La filosofía no consiste en “idealizar” la realidad, o, verla desde un conjunto de palabras o fragmentos de algún filósofo o filósofa “clásicos”. Directamente me atrevo a decir que no podríamos decir que quienes ven o practican la filosofía de este modo, lo son genuinamente; o, por lo menos, útilmente.
En mi opinión, defender una Filosofía “pragmatista” o que “produce cosas” (más aún: «cosas buenas») es una incurrencia en la redundancia.
«These things ought ye to have done, and not to have left the others undone» palabras de John Dewey (1859-1952) en Democracia y Educación de 1916. En español: «Estas cosas debemos hacerlas nosotros y no dejarlas sin hacer a los otros».
Por ello, me rehúso a adoptar cierto nombre romántico y abiertamente feo que se hizo famoso entre mis compañeros y compañeras de carrera: “filo-filósofos”. Esto es: no pretender ser filósofos o filósofas, sino aceptar estar al margen de serlo. Los gérmenes de esta propuesta pueden encontrarse en la «Crítica de la Razón Pura» (1781) de Kant.
Sin embargo, creo que el ejercicio filosófico ya comprende un margen entre el conocimiento y la verdad, entre la incertidumbre y el deseo del bien. Tal parece ser la raíz del mito de Pitágoras quien se llamo a sí mismo «filósofo» y no «sabio».
De este modo, invito a que tomemos nuestra responsabilidad y dejemos de cavilar tanto sobre ¿Qué es filosofar?¿Cómo podríamos filosofar? Ya hay mucho escrito al respecto, diría John Dewey. Y una página podría ser suficiente para aclararlo, como creo que Audrey logra en su «Mensaje» del 2022. Lo que falta es hacer filosofía, producir frutos, y dialogar y enseñar para aprender a propagar este ejercicio genuinamente en nuestras comunidades.