«Entre otras cosas, la religión es también investigación: investigación sobre, conducente a teorías acerca de, y acción a la luz de… la experiencia no sensible, no física, puramente espiritual.»
Aldous Huxley
Desde que el ser humano se concibe como homo sapiens, incluso ya desde el homo erectus, ha estado estrechamente ligado al núcleo de lo trascendente, su inquietud hacia la incertidumbre de la vida y el mundo que habita no ha mermado hasta nuestros días, ni lo hará en escenarios futuros. Las grandes preguntas que surgieron en las mentes de nuestros ancestros son las mismas preguntas que hoy en día seguimos haciéndonos, y es justamente en este marco de pensamiento en el que podemos asociar al ser humano con la esfera de lo divino. Debemos aclarar que, para explicar este fenómeno único e intrínseco en el hombre, existen varios términos que bien podríamos asociar, como santo, sagrado o espiritual, sin embargo, cada uno de estos conceptos tiene una carga y un marco histórico distinto, por esta razón es preferible utilizar un término que ofrezca un sentido más universal: lo divino.
Lo divino nos remonta a un poder trascendental y su manifestación en el mundo, aunque no por ello se presupone la existencia de uno o varios dioses; a su vez, también puede ser relativo a deidades sin hacer referencia a una religión en específico, pero sí a ciertas prácticas o cultos que los seres humanos llevan a cabo para relacionarse con la vida misma. No pretendo analizar una religión en particular, sino más bien al sentido religioso que es tan propio de lo humano, lo divino nos brinda la posibilidad de explorar este sentir sin ninguna connotación dogmática. Lo religioso se puede explorar desde dos perspectivas: la antropológica y la etimológica.
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Nos dice Julien Ries que desde el homo erectus el ser humano ya era poseedor del fuego, lo cual representó un gran paso en la historia humana porque este elemento fue la primera fuente de energía dominada por nuestra especie, lo que se reflejó en las relaciones familiares y sociales como religiosidad, pues ya se pueden rastrear algunos rituales relacionados con el fuego. También podemos hablar de una creencia después de la muerte, puesto que se descubrieron cráneos mutilados que evocan rituales relacionados con este acontecimiento. Es decir que, desde muy temprano en nuestra historia, el ser humano ya se identifica con un sentir religioso que tiene que ver con la vida, la muerte y la técnica. Quizá la relación más estrecha entre la especie humana y lo divino encuentra su núcleo más allá de nuestro horizonte: en la bóveda celeste.
La internalización de la bóveda celeste implicó en nuestra especie un crecimiento psíquico, intelectual y religioso, ya que tanto el homo erectus como el homo sapiens poseían una visión bien establecida acerca del cosmos en la que éste funcionaba como el techo de la tierra. La observación del cosmos, el cielo, los amaneceres y las puestas del sol, el movimiento que da paso a las estaciones, la sucesión del día y la noche, entre muchos otros fenómenos encaminaron al hombre hacia un pensamiento religioso. Relacionar la naturaleza con lo divino es el efecto de las grandes preguntas ontológicas a las que seguimos buscando una respuesta. En este seno surgen los mitos, sobre todo los cosmogónicos y los que tienen que ver con el origen, que reflejan ya una memoria religiosa en la que la trascendencia es parte fundamental del conocimiento de la vida. Lo religioso, no hace referencia a un culto en particular o congregación, sino al motor inherente del hombre que lo conecta con el mundo que habita y que comienza a descifrar.
Citando a Francisco Diez, lo que entendemos por religión tiene mucho que ver con el «nosotros», con la identidad que se enseña y se construye socialmente, por lo que tendemos a definir la religión según las pautas que nos marca nuestra cultura.
Pero el fenómeno religioso adopta formas muy variadas, por lo que definirlo parece una tarea imposible, pues el significado sobrepasa a la definición, de modo que debemos permitirnos la apertura hacia la comprensión de su universalidad. El sentido etimológico de la palabra nos ofrece esta apertura.
El concepto de religión tiene dos acepciones que provienen del latín, religare y relegere, una ofrecida por Cicerón y otra por Lactancio, el primer término debemos entenderlo como «estar ligado o sujeto a» y el segundo como «reunir de nuevo»; ambas acepciones, por tanto, nos revelan una experiencia de vida que está llena de sentido para el que la experimenta, no hay un abandono de la realidad, sino una manera cuidadosa de comprender la naturaleza a través de una o varias figuras trascendentes, que pueden ser deidades o no, y que son las que sostienen al mundo:
«Religare tendría que ver con el territorio íntimo de piel para dentro, relegere se referiría a aquello que crea lazos con lo que está fuera, ya se trate de lo social o, desde una lectura creyente, de algún ser sobrenatural. Esta referencia a la etimología no es mera divagación erudita, ejemplifica que, desde una época remota, quedaba de manifiesto que la religión aparece en dos ámbitos muy diversos, aunque interconectados. Por una parte, el que radica en el interior, hecho de silencios… Por otra el exterior, que interconecta con los demás, se caracteriza por ser expresión, se construye por medio de acción y práctica social…»
Diez de Velasco, Breve historia de las religiones, op. cit., pp. 10-11.
El término religión responde a la estrecha relación que el ser humano ha mantenido, desde que es consciente de su existencia, con el mundo y el cosmos, sin importar la creencia, culto o práctica a la que pertenezca. En este contexto llamamos al hombre religioso y a su relación con lo trascendente lo divino.
Esta relación que se presenta tan personal e íntima, el ser humano desarrolla una comunicación dialéctica que se presenta ad intra en primer lugar y posteriormente ad extra: La apertura de la consciencia al mundo implica que el hombre se pregunte quién es, cuál es su lugar en el mundo, cuál es el sentido de la existencia, si tiene un lugar en el cosmos y cómo debe relacionarse con éste; cuestionamientos que lo hacen percatarse de su propia humanidad, ad intra, y de lo que está fuera de él, ad extra.
Plantearse proposiciones de esta índole le permiten al ser humano formular un sentido de la vida que quizá no concebiría sin la internalización del mundo como espacio sagrado, ahí donde la naturaleza se presenta como poseedora y encarnación de lo divino, y en la cual el hombre puede desplegar su existencia como individuo pero también como parte de algo que es superior a él y lo rebasa.
El hombre habita el mundo y sin importar el tiempo en el que se encuentre, se sabe como parte de un cosmos que no logra comprender en su totalidad, necesita vincularse a éste, sentirse parte de él, se siente ligado al cosmos, similar y parte constitutiva. El ser humano se relaciona con el entorno desde la religiosidad, entendida como una orientación fundamental del ser humano, a la que algunos llaman espiritualidad, creencia o filosofía de vida.
La relación entre el ser humano y lo divino es un vínculo intrínseco que lo atraviesa desde sus orígenes hasta nuestros días, y que no sólo responde a la manera en la que el hombre interactúa con el espacio que habita, sino también con su desenvolvimiento dentro de la sociedad a la que pertenece, pues en su reconocimiento frente al otro descubre una conexión que da sentido a la vida, a la muerte y a su propia existencia.
Sin importar el tiempo o el lugar en el que el ser humano se encuentre, éste concibe la realidad como algo que nunca termina de asir y que, aunque tengamos respuestas que aparentemente son lógicas y verdaderas, el misterio de lo sobrehumano y trascendente permanece. El cosmos es un espacio divino que nos permite desdoblarnos hacia dentro y hacia fuera repetidas veces y sin fin en un ejercicio de contemplación acerca de nuestro valor en el mundo y nuestra razón de ser.
El término homo religiosus, hombre religioso, no responde al creyente de algún dogma o al practicante de alguna corriente espiritual, sino al género humano en su totalidad, como ser que se vincula de manera simbólica primero consigo mismo y, posteriormente, con el mundo, los astros y lo que está más allá de su propio entendimiento. En tanto que las preguntas ontológicas fundamentales de nuestra especie sigan sin obtener una respuesta satisfactoria, incluso científica, nuestra vinculación con la trascendencia seguirá arraigada a un espacio que ya hemos establecido como divino y sí, también sagrado.
Nuestra propia existencia se nos presenta como sobrenatural, como el mayor de los misterios jamás resuelto, pero que esconde su respuesta en las manifestaciones de la naturaleza proyectada hacia el cosmos y alojada en nuestro interior.
Es muy curioso que dentro de todo lo que nos heredaron nuestros padres la forma de relacionarnos con la espiritualidad es una de ellas. Si nuestros padres son ateos, nosotros seremos ateos; si nuestros padres son agnósticos, seremos agnósticos; y si son católicos, seremos católicos. Al menos en primera instancia.
Según el INEGI (2020), en México, el 77.7% de la población es católica, pero incluso dentro de ese porcentaje es mucho menor la cantidad de personas que realmente conocen el catolicismo. Pensemos en aquellos que se denominan “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”, como si la religión fuera separable de su ejercicio. O, en aquellos que se bautizan, se confirman y se casan solo porque “es lo que se acostumbra”, pero jamás pisan el templo un día ordinario ni se han preguntado por su fe o por qué hacen lo que hacen. Seguramente el término “católico” debería ser aristotélico, porque al parecer se dice de muchas maneras.
Luego, por otro lado están los que quedan por fuera de ese porcentaje, aquellos que practican otra religión: mormones, cristianos, protestantes, musulmanes, etc. Pero ya sea que se consideren católicas o no muchas personas repiten incontables prejuicios sobre el catolicismo, la mayoría repiten estos prejuicios por ignorancia, francamente. Me parece desconcertante que los afirmen con tanta seguridad y hasta con odio, odio por algo que ni siquiera es lo que creen que es y, peor aún, que no se dan ni el tiempo de conocer al menos para saber si su crítica es válida.
Yo soy católica, pero mis padres no lo son; es decir, estoy bautizada porque los padres de mis padres son católicos y es la espiritualidad que les heredaron. Mis padres participaban de ese pequeño grupo que hace las cosas por costumbre sin conocer su fe, cuando les pregunté por qué se habían casado me respondieron que era lo que se acostumbraba y nada más. Claro que mis padres se querían, pero cuando llegaron los problemas y se sumaron al desconocimiento del significado de su propio matrimonio, quedó claro que su amor no era suficiente para mantener su unidad en medio de las vicisitudes de la vida.
Cuando mis padres se divorciaron se metieron en todo tipo de búsqueda espiritual alternativa. Y no los puedo culpar, el divorcio es algo que no existe en el catolicismo y la disolución de un matrimonio es algo mucho más difícil que solo separarse porque ya no quieren lidiar juntos con las circunstancias. Nadie quiere sentir que le falló a Dios por “divorciarse”, entonces se vuelve mucho más fácil buscar otra religión que responsabilizarse de su falta, aunque el verdadero problema es el desconocimiento de la fe.
Así es que yo más bien crecí en un entorno “alternativo” de misticismo, reencarnación, feng shui, péndulo, imanes, cristales con poderes mágicos, numerología tántrica, meditaciones de estilo oriental y algunos otros revoltijos. Una crianza muy ”new age”, aunque estoy muy segura que las generaciones de ahora que practican estas cosas terminan inmersos en ellas por razones muy similares a las de mis padres. Al final Dios nos habla a cada uno de nosotros como solo él sabe que podemos entenderlo y quien realmente quiera buscarlo, estoy segura de que lo encontrará, sin importar el camino del que parta. La verdad es solo una; única y absoluta. Y, curiosamente, fue esta misma premisa la que me llevó al catolicismo.
Cuando era adolescente era discípula de una mujer que se autodenominaba como médium, “canal crístico”, exorcista, numeróloga… entre otras cosas. Yo sentía que algo no estaba bien, encontraba muchas inconsistencias en su discurso: acciones perjudiciales para personas en situación de crisis; una estrecha relación entre la “espiritualidad” y la monetización; un desprendimiento del juicio y la realidad (los hechos); intrusión abusiva en la vida de los demás y muchas otras características perturbadoras.
Entonces, entendí dos cosas.
La primera, ese tipo de experiencias son como estar borracho, se siente bien… hasta que llega la resaca y ves que la falta de sobriedad espiritual te puede llevar a la locura, como tener una “actitud positiva” completamente desarraigada de lo que está pasando y que al final no te ayudará a solucionar nada. O ver cosas que en realidad no están ahí y desarrollar psicosis.
Y lo segundo que entendí es que la desesperación te lleva a creer lo que sea, y cualquiera de nosotros es susceptible de ello, sobre todo si es algo que nos llena el ego o nos brinda cierto sentido de identidad, como: “tú tienes un don”, o “eres especial”, o “puedes ver cosas que otros no ven”, o “tienes un nivel de conciencia superior”. Por ello debemos conducirnos con sobriedad y humildad, porque es muy fácil perderse en la vida espiritual.
Entonces me di cuenta: yo no estaba dispuesta a renunciar a buscar a Dios por un vano consuelo de satisfacción que llenara mi ego. Así me encontré de frente con el catolicismo, no como la religión que me trasmitieron mis padres, sino como una mano amiga que se extendió ante la incertidumbre y no la hizo desaparecer, pero la degradó en matices de esperanza. No fue inmediato, tampoco agradable. Pero, me hizo mirarme a mi misma con atención y aceptación para confrontar mis pensamientos, palabras y emociones. Conformando mi sentir en una conversación con Dios, reconociendo cuando he fallado para pedir perdón e intentarlo de nuevo. Ahí, es donde aprendí que no se necesita ser “especial” para hacer algo bueno, todos somos capaces de hacerlo conforme a nuestras posibilidades y son esas pequeñas bondades en las que verdaderamente encontramos a Dios.
Tal vez mis padres no me heredaron mi espiritualidad. Tal vez con ello me mostraron un camino más largo. Quizá, sin proponérselo,más bien me enseñaron lo que no debía hacer. O incluso puede ser que lo que aprendí de ellos no fue lo que intentaban enseñarme. Pero, lo que sí aprendí fue a elegir libre y voluntariamente mi manera de encontrarme con Dios. De escoger las pequeñas, pero buenas acciones, para no perderme.
Cuando eres joven y convives mucho con viejos, te das cuenta que en cierto punto aparece como algo común la familiaridad con la muerte. Familiares, conocidos, contemporáneos comienzan a irse y generaciones más antiguas desaparecen. Y, “te das cuenta que pronto tú también te irás”.
Para quienes no viven un duelo prematuro de su propia vida, o para quienes ya lo han atravesado. La muerte se convierte en un destino multifacético que adquiere diferentes caras a lo largo del tiempo, para al final recibirla, según algunos, como una voluble amiga. O, según algunos otros, como el terrible culmen de una vida de frustraciones. Pero lo que es cierto y común para la mayoría de las personas es que conforme más te acercas a ella, menor sentido tienen las turbaciones de la vida: el dinero, los bienes, el futuro… la incipiente incertidumbre se transforma en la certeza del único destino que siempre estuvo ahí. Es entonces cuando la vida adquiere un nuevo significado, uno mucho más ligero. Te deshaces de lo que va perdiendo sentido y cosas que antes parecían insignificantes se vuelven tan valiosas como lo fue en su momento conseguir ese nuevo auto o comprar una casa. Una rica comida, una buena plática, un abrazo, convivir con las personas que amas, bailar, levantarte y que no te duela nada… son ese tipo de cosas las que ahora, con la muerte viéndote de frente, tienen todo el sentido del mundo.
No obstante, la vejez también acarrea consigo cierto arrepentimiento y aprendizaje de lo que es, de lo que pudo haber sido y de lo que se pudo haber hecho mejor. De ahí que los consejos de los viejos sean tan necesarios, pues cuando uno es viejo no solo se valoran otras cosas, sino que se ve lo que uno debió valorar más cuando era joven. Entre las cosas que he escuchado que deben ser valiosas para la juventud rara vez he escuchado acerca del auto nuevo o la casa. Más bien… entre la sabiduría de la gente mayor se habla de haber cuidado la salud, de haber aprovechado más el tiempo que pasaban sus seres queridos, de no preocuparse tanto, de haber sabido agradecer o pedir disculpas cuando fue necesario y por supuesto de haber hecho más, porque “al final la vida es muy corta”. Tal vez cuando lleguemos a viejos siempre resonará en cada uno de nosotros eso último, pero al menos por ahora mientras seamos jóvenes y sin saber cuánto tiempo nos queda para familiarizarnos con la muerte, podemos pensar en aprovechar mejor la vida valorando lo que realmente importa. Y ¿cómo sabremos qué es lo que realmente importa? Bueno, siempre podemos escuchar lo que tienen que decir los viejos.
En esta sexta conmemoración del Día Mundial de la Lógica, quisiera compartir mi convicción de que la lógica surge del profundo deseo de aprender a investigar y explicar en qué consiste esta afirmación desde mi perspectiva.
Investigar es una actividad más compleja que simplemente percibir, pensar o razonar, al menos bajo una definición restringida del razonamiento como el proceso de obtener conclusiones o validar su obtención. La investigación implica un esfuerzo más amplio: busca responder y plantear preguntas sobre nuestras convicciones, es decir, sobre aquello en lo que depositamos nuestra fe. Además, conecta nuestras convicciones con nuestros actos.
La fe, en este sentido, no abarca todo el acto religioso. Este último no se limita a la voluntad de creer, ya que aquello que nos «re-liga» plenamente a nuestras convicciones no consiste únicamente en avivar el deseo de creer, sino en el cuidado y la refinación tanto del hábito de creer como de aquello en lo que creemos. La investigación es el acto que nos conecta con nuestra fe, haciendo del acto religioso algo más pragmático y, por ende, más controlado en su ejercicio.
El acto religioso al que me refiero no es una búsqueda desesperada de renovación ni un esfuerzo por superar nuestras convicciones. Es un ejercicio continuo de refinamiento de nuestras creencias y su conexión con nuestros actos, que solo concluye con la vida misma. De esta forma, podríamos dejar de inducir a jóvenes y adultos a esperar repentinas iluminaciones, las cuales solo llegan a quienes las buscan con inocencia o a quienes, aunque no las persiguen obstinadamente, se preparan para recibirlas. La grandeza de los científicos que recordamos radica tanto en la sorpresa que caracterizó sus hallazgos como en la capacidad que desarrollaron para comprenderlos. De manera similar, el descubrimiento de lo divino y las conversiones comparten esta cualidad inesperada y previsiva.
El acto religioso del que hablo se encuentra en común entre figuras como Aristóteles, Newton o Fahraday, así como en los santos Agustín, Benito o Ignacio. Ciertamente, aunque no profundizaré en ello, los métodos de razonamiento que brinda la lógica y el panorama que aclaran del conocimiento posible son precisamente lo que nos permite descubrir tanto las leyes de la naturaleza como aclarar la revelación de Cristo. Inducir es el hábito de conectar experiencias con sus explicaciones y principios; deducir, el hábito de obtener consecuencias de ciertos principios y conectarlos con nuevas experiencias; y abducir o generar hipótesis, el hábito de razonar sobre lo desconocido y hacerlo plausible. Estos hábitos del razonamiento, en su conjunto, conforman un sencillo camino que educa al entendimiento humano en la búsqueda y vivencia de las verdades que nos importan.
Sería valioso que este principio de conexión entre la investigación y los actos religiosos se enseñara en las clases de lógica. Sin embargo, es probable que esté fuera del enfoque de la mayoría de los profesores y pedagogos de esta disciplina. La juventud, ese momento en que se forma el germen de la adultez, es la etapa ideal para proporcionar esta luz, ya que durante esos años solemos enfrentar cierta oscuridad e incertidumbre en cuanto a los modos y los cómos. Por ello, especialmente a esa edad, necesitamos aprender tanto a razonar como a comprender por qué hacerlo y su importancia para nuestra plenitud como personas.
Así, el método de investigación que ofrece la lógica tiene como objetivo principal enseñarnos a cuidar nuestras creencias y hábitos. Aunque la lógica no puede proporcionar reglas específicas, y mucho menos hiper específicas, para lograr este propósito, puede ayudarnos a aclarar el panorama mediante los principios más elementales de cualquier investigación. No necesariamente como una profesión, sino como un modo de vida que nos aclare el significado de nuestras convicciones y refine nuestros hábitos. Para esto podemos comenzar por suprimir todo esfuerzo y dar el primer paso en esta dirección.
Recordar esto en el marco de esta conmemoración resulta de suma importancia, ya que la lógica, en su esencia, no solo es una herramienta para el pensamiento riguroso, sino un camino para cuidar nuestra conexión con lo que creemos y valoramos.
Han pasado más de diez años desde los acontecimientos que marcaron a la humanidad en el 2010 y en el 2011. Ciertas corrientes que ya se manifestaban entonces, han adquirido aún más fuerza.
Muy temprano en el 2011, la “primavera árabe” despertó súbitamente del letargo a las sociedades de numerosos países en África del Norte y Medio Oriente: los ciudadanos de Túnez, Egipto, Yemen y Libia se sacudieron el pesado yugo de sus respectivos dictadores e iniciaron el arduo camino de la democracia. No todo ha sido bueno. Siria se convulsionó con una guerra intestina extremadamente cruenta, pero con la ayuda de la Rusia de Putin el régimen del clan Assad, que ha dominado el país por más de tres décadas, ha logrado sobrevivir. Aunque otros dictadores autoritarios del mundo árabe pagaron sus crímenes y abusos con su sangre y la de sus allegados.
Paralelo a la primavera árabe brotaron en otras partes del mundo movimientos populares que reclamaban alteraciones radicales en ciertas estructuras políticas y económicas de sus respectivos países. En Chile, el movimiento estudiantil recobró fuerza en su reclamo de una educación pública accesible y de calidad. “Los indignados” de la Plaza del Sol, en Madrid, dieron la señal de salida para protestar en contra de la política de austeridad implantada en España por el gobierno de Rajoy. Su reclamo y forma de protesta fueron replicados a lo largo y ancho de las plazas más importantes de España y de la Unión Europea. En Zucotti Park, en el corazón de Nueva York, cientos de personas establecieron un campamento para exigir un cambio en las prácticas financieras dominantes en Wall Street formando el movimiento conocido como “Occupy Wall Street”, que también contó con réplicas en las principales capitales financieras del mundo, tales como Frankfurt o Londres. Incluso Israel fue testigo del nacimiento de un movimiento popular, llamado “de las tiendas”, para protestar por los altos costos de la vivienda y la desigualdad económica en el país.
También en el 2011, el 11 de marzo, la sociedad japonesa vivió una tragedia que se desencadenó en tres actos:
Alrededor de las dos y media de la tarde la isla fue sacudida por un terremoto de nueve puntos en la escala de Richter, el más fuerte registrado en Japón. El terremoto duró al menos cinco minutos. A las cuatro de la tarde, provocada por el movimiento telúrico, una ola que alcanzaba en algunos puntos más de 20 metros de altura y se movía a una velocidad aproximada de cincuenta kilómetros por hora golpeó la costa noreste de Japón arrasando más de doscientas poblaciones costeras a su paso y llegando a penetrar más de 10 kilómetros de tierra firme. Entre otras muchas poblaciones, el tsunami golpeó la planta nuclear de Fukushima Daiichi, que contaba con seis reactores nucleares y que se encuentra a 250 kilómetros al noreste de la macrourbe de Tokio. El fuerte terremoto había ya descompuesto los mecanismos de enfriamiento ordinarios de los reactores, el tsunami, por su parte, descompuso los sistemas de enfriamiento emergentes. En tres de los seis reactores se desataron procesos de fisión nuclear, lo que ocasionó explosiones de hidrógeno que acabaron por destruir la cúpula externa de los reactores y dejaron escapar grandes cantidades de radiación en ambiente.
Atónitos, los ciudadanos japoneses fueron testigos de la ineptitud y desorganización de sus autoridades, quienes tardaron más de una semana en controlar las emisiones radiactivas, y son, hasta hoy, incapaces de fincar responsabilidades por la falta de medidas precautorias en la planta nuclear. Tampoco han logrado ponderar ni aliviar los daños al ambiente y a la salud de la población.
El carácter de cada uno de estos acontecimientos es único, y es arriesgado establecer comparaciones entre ellos. Sin embargo, además de haber ocurrido en el mismo año, todos tienen en común que pusieron de manifiesto la profunda insatisfacción de los ciudadanos con su gobierno o, dicho de otro modo, la profunda insatisfacción de los ciudadanos con los políticos. De ahí que podamos llamar a estos acontecimientos “crisis políticas”, pues tienen como raíz la inconformidad ciudadana respecto a la organización de la vida en común encargada mayormente a los políticos.
Las crisis del 2011 sugieren que los políticos no cuentan con la capacidad ni los recursos para representar los intereses ciudadanos. Parece agotado el modelo político tradicional que distingue entre ciudadanos ―preocupados primordialmente por intereses privados― y políticos que, a través del ejercicio de funciones de gobierno, dominan la organización del ámbito público. Los políticos en diversas partes del mundo han sido incapaces de garantizar a sus ciudadanos estabilidad económica, justicia y paz social, condiciones mínimas para el florecimiento de una sociedad.
Podemos distinguir tres aspectos de estas crisis políticas: Una crisis de representatividad, una crisis de distribución, y una crisis de efectividad. Y es posible descubrir cada uno de estos aspectos de modo ejemplar en los diversos acontecimientos mencionados: la crisis de representatividad en la primavera árabe; la crisis de distribución en la protesta estudiantil de Chile, el movimiento de los indignados y en “Occupy”; y la crisis de efectividad en la mala respuesta del gobierno japonés a la catástrofe de Fukushima. Vale la pena analizar brevemente estos acontecimientos bajo las tres perspectivas mencionadas. Comencemos con la primavera árabe y la crisis de representatividad política.
El 17 de diciembre del 2010 en la pequeña ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, un vendedor de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi, de 26 años, se prendió fuego afuera del palacio municipal. Nacido el 29 de marzo de 1984, Bouazizi perdió a su padre cuando tenía tres años. Su madre volvió a casarse pero el padre adoptivo de Bouazizi era de salud frágil y por tanto nunca pudo conseguir un ingreso estable. Para ayudar a su madre, Bouazizi comenzó a trabajar como vendedor de frutas y verduras cuando apenas tenía diez años, mientras continuaba con sus estudios. Sin embargo, a los 19 años abandonó la escuela para dedicarse de tiempo completo a su trabajo como vendedor ambulante y colaborar así con sus ingresos a que sus cinco hermanos menores permanecieran en la escuela.
Durante años, Bouazizi había padecido el abuso de poder de los policías de su ciudad. Apoyados en leyes arbitrarias y menudencias burocráticas, los policías despojaban una y otra vez a Bouazizi de sus productos, le pedían mordidas o le impedían vender en los mercados y las plazas más concurridas.
La mañana del 17 de diciembre del 2010 el abuso de poder llegó a un extremo. Una mujer policía intentó despojar a Bouazizi de sus productos y de su báscula. Bouazizi se negó a entregar sus pertenencias, se hicieron de palabras, la mujer policía, entonces, lo abofeteó y, apoyada por otros policías, lo derribó y lo despojó de su mercancía y de su báscula. Buoazizi intentó denunciar este abuso en las oficinas municipales, pero le dijeron que el oficial encargado de atenderlo “estaba en una junta” y no podía recibirlo. Desesperado, Bouazizi decidió prenderse fuego en la calle enfrente del palacio municipal.
Después de una agonía de días, Bouazizi murió 4 de enero del 2011. Para entonces, las protestas contra el gobierno de 27 años de Ben-Ali (más años que lo que duró la vida de Bouazizi) se extendían a todo el país. Y más tarde surgieron movimientos revolucionarios en Egipto, Yemen, Libia, Siria y Marruecos. Movimientos que en Egipto, Libia y Yemen culminaron en el derrocamiento de gobernantes y regímenes que llevaban más de 20 años en el poder.
La experiencia de Bouazizi con las autoridades políticas de su país es semejante a la experiencia que millones de ciudadanos tienen de la relación con sus gobiernos, lo mismo en regímenes autoritarios que en regímenes democráticos. El gobierno es visto como una burocracia impersonal, insensible ante las carencias y dificultades de los ciudadanos para salir adelante, una burocracia arbitraria que aplica leyes caprichosas y muchas veces inútiles. El gobierno es un obstáculo y no un apoyo para los ciudadanos; los políticos son considerados por los ciudadanos como una clase exclusiva y excluyente, poseedora de privilegios y preocupada únicamente por afianzar su posición de poder.
Muchos ciudadanos están convencidos de que los políticos no los representan ni velan por sus intereses. Esta convicción desemboca en la crisis de representatividad que atravesamos y que se concreta en iniciativas ciudadanas para eliminar partidos políticos y disminuir el número de parlamentarios, así como los puestos en todos los ámbitos de gobierno. Muchos ciudadanos simpatizantes de estas iniciativas sueñan con una democracia de “asamblea permanente”, donde todas las voces sean escuchadas y nada se decida si no es por consenso entre todos los ciudadanos. Las revoluciones ciudadanas de la primavera árabe, surgidas al margen de los partidos políticos y fuertemente apoyadas en las redes sociales virtuales, alimentan esta ilusión. Pero no es lo mismo librarse a través de una revolución de una clase política corrupta que tratar de organizar un país de millones de habitantes sin una clase política bien establecida y sin partidos políticos con posturas definidas y visiones de cómo debe construirse una sociedad. La euforia y el entusiasmo revolucionario para dar frutos de libertad, justicia y estabilidad económica durables, deben eventualmente traducirse en trabajo burocrático, aburrido, detallado y preciso de tipo legislativo, ejecutivo y judicial. Un Estado funcional, justo y democrático, no puede construirse únicamente sobre asambleas populares, consignas y manifestaciones. Lo extraordinario de una revolución debe preceder a la vida ordinaria de las instituciones.
El anhelo de una democracia directa sin mediación de políticos de ningún tipo está también presente en el movimiento universitario de Chile y en las protestas de “los indignados” y de “Occupy”. Para muestra basta la exigencia de “los indignados”: “democracia real ya”. Por democracia “real” muchos entienden una democracia sin intermediarios y sin partidos políticos.
Cabe señalar sin embargo que estos movimientos de protesta no surgen en el seno de regímenes autoritarios que violan de modo consciente, impune y de continuo los derechos humanos de sus ciudadanos; más bien se dan dentro de gobiernos democráticos que tienen claros límites en el ejercicio de su poder. Es cierto que en Santiago de Chile, en Madrid y en Nueva York ha habido enfrentamientos violentos entre los manifestantes y la autoridad, pero estos enfrentamientos no han ni de lejos resultado en saldos sangrientos y hasta ahora no ha habido una sola muerte, ni entre los manifestantes ni entre los policías.
Esta importante distinción ha sido señalada entre otros por el sociólogo y ensayista Mathias Greffrath, quien afirma que en los países árabes la lucha armada tiene por objeto establecer los derechos fundamentales de una democracia[1]. Entre ellos, el derecho de protestar públicamente por los errores o injusticias ocasionadas por el mal gobierno. En Chile, España, Europa y América en cambio, las protestas se dirigen a democracias legalmente bien establecidas, pero en las que parece que la democracia se ha quedado “sin substancia”, es decir, que las instituciones y el discurso son sólo formalmente democráticas, en la práctica empero, los políticos no defienden ni representan los intereses de la mayoría de la población, ni tampoco ofrecen a los ciudadanos las condiciones públicas mínimas para desarrollarse familiar, laboral y políticamente. Greffrath menciona una frase de Richard von Weizäcker, sexto presidente de la República Federal Alemana, quien dijo: “Nuestros políticos están poseídos por el poder, y se han olvidado del poder”. Weizäcker se refería con ello a la paradoja de que los políticos, preocupados exclusivamente por defender posiciones de poder, se hayan vuelto impotentes frente a los desafíos que enfrentan sus ociedaddes.
Greffrath ofrece tres ejemplos de esta impotencia: primero, la impotencia de los políticos frente a los poderes financieros, que ha quedado manifiesta sobre todo a partir de la crisis financiera iniciada en el 2008; segundo, la impotencia de los políticos para ofrecer seguridad social: salud, educación y empleo; y tercero, la impotencia de los políticos para hacer frente a los problemas que amenazan a la sociedad, como el cambio climático, la crisis alimentaria y la crisis energética.
Los primeros dos ejemplos de Greffrath, el de los mercados financieros y el del Estado social, caen dentro de lo que aquí he llamado “crisis de distribución”. El tercer ejemplo, el de la incapacidad para enfrentar catástrofes y crisis naturales, cae dentro de la “crisis de efectividad”, que abordaremos en un momento.
Sobre la crisis de distribución vemos que numerosos gobiernos democráticos en Europa y América han sido incapaces de generar las condiciones para el crecimiento económico que sus sociedades requieren; han sido también incapaces de garantizar salud, educación y empleo, si no para todos, al menos para la mayoría de la población; y si no para la mayoría, al menos para los más vulnerables de la sociedad.
La misión del Estado es garantizar condiciones de vida digna, especialmente a los más vulnerables de una sociedad: a los niños, a los ancianos, a las mujeres embarazadas, a los enfermos, a los más pobres, a los más ignorantes. Un Estado así nos conviene a todos, puesto que todos en algún momento hemos sido niños, todos hemos dependido de alguna mujer embarazada (nuestra madre), y todos hemos estado enfermos.
Muy por el contrario, vemos que los gobiernos en Europa y América favorecen y protegen sobre todo a los “fuertes”, a quienes tienen recursos económicos, salud y educación. La brecha entre los ricos y pobres cada vez se ensancha más, lo mismo en Francia y Alemania que en Estados Unidos, México o Chile. Tenemos cada vez más pobres, y nuestros pobres son “más pobres”, es decir, tienen más carencias que antes; mientras que nuestros ricos son cada vez más ricos y gozan de más privilegios. Nuestros gobiernos democráticos han fracasado en la distribución de recursos que nos pertenecen a todos. El avance tecnológico, el aumento de la productividad, y en última instancia de la riqueza, no han favorecido a los grupos más vulnerables de nuestras sociedades, más bien se han traducido en el lujo grosero y grotesco que despliegan las personas adineradas en cualquier gran ciudad de América o Europa.
Como suele suceder en la historia, el reclamo por esta crisis de distribución no proviene de los más afectados, los desposeídos y miserables; más bien es un reclamo articulado por universitarios y jóvenes profesionistas, pues son ellos quienes a la vez son conscientes de las pocas perspectivas de futuro que les ofrece sus sociedad y cuentan también con la educación necesaria para entender que las cosas podrían ser diferentes y que los mercados financieros no son fuerzas naturales de orden cósmico, incapaces de ser controladas por leyes e instituciones humanas.
El crecimiento de la desigualdad y la injusticia social no obedece a leyes de selección natural de tipo darwinista, es más bien el resultado de una mala distribución de los recursos, de malas políticas establecidas en algunos casos por ineptitud, en otros por corrupción, o por ambas.
La ineptitud y la corrupción también están en el corazón de la crisis de efectividad, que he ejemplificado aquí con la tragedia de la planta nuclear en Fukushima, Japón. Es sorpresivo para nuestros oídos hablar de falta de efectividad en relación con el gobierno japonés. La asombrosa recuperación japonesa tras la debacle total de la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo de efectividad y eficiencia. En una isla más o menos del tamaño de Veracruz, pero con una geografía mucho más agreste, viven 126 millones de personas, y poseen una economía solo por debajo de los Estados Unidos y de China, y por encima de países con mucho más territorio como Canadá o Rusia.
Dadas las numerosas empresas japonesas presentes en México, por ejemplo en la rama automotriz, son conocidas para nosotros la alta capacidad de organización y la cultura del trabajo japonesas, que tienen una fama casi proverbial.
Por otra parte, basta un breve repaso histórico de catástrofes naturales y un poco de conciencia sobre las implicaciones de la producción de energía nuclear para concluir que las 17 plantas nucleares, con sus 54 reactores, que Japón tenía trabajando hasta antes de la catástrofe de Fukushima eran una bomba de tiempo. Es aquí donde la ineptitud y la corrupción, pero también la demagogia, vienen a cuento.
Podemos analizar la ineptitud del gobierno japonés desde dos ópticas: Por un lado, una especie de “ineptitud ocasional” que se evidenció durante las semanas que siguieron a la catástrofe. Faltó comunicación entre las diversas dependencias gubernamentales, que fueron incapaces de formular y hacer público de forma expedita un diagnóstico certero de los daños ocasionados. También faltó comunicación entre el gobierno japonés y los gobiernos internacionales, quienes fueron informados de la magnitud del accidente sólo a cuentagotas y después de ejercer fuertes presiones diplomáticas. Faltó también ejercicio de autoridad y decisión para controlar y supervisar a la compañía “Tepco”, tanto en la operación de las plantas nucleares antes de la catástrofe, como en la respuesta lenta, desorganizada y caótica que tuvo después del accidente.
Sumada a esta “ineptitud ocasional”, queda la duda de si no debiéramos postular también una especie de “ineptitud necesaria”, que podríamos definir como la incapacidad natural e invencible de los seres humanos para protegernos contra fenómenos naturales como terremotos o tsunamis. Esta es una especie de “falla de origen”, una actitud arrogante y soberbia frente a las fuerzas de la naturaleza. Aquello que los antiguos griegos llamaban hybris: la pretensión de que el ingenio y la capacidad técnica de los seres humanos no conoce límites.
Tanto el gobierno japonés como la empresa Tepco fueron en todo momento desbordados por los acontecimientos: La plantea nuclear de Fukushima podía resistir un terremoto de hasta 8 puntos en la escala de Richter, pero el terremoto del 11 de marzo de 2011 fue de 9 puntos, lo cual dejó inservibles los sistemas de enfriamiento de los reactores; la planta contaba con sistemas de enfriamiento emergentes, pero estos fueron desactivados por el tsunami desencadenado por el terremoto; la planta de Fukushima estaba protegida por un muro de concreto capaz de contener tsunamis con olas de hasta 6 metros, pero las olas del tsunami ese 11 de marzo alcanzaban, según diversos reportes, entre 14 y 20 metros de altura. Las fuerzas de la naturaleza superaron, por mucho, las ingenuas o perversas previsiones del gobierno japonés y de Tepco. Y es aquí donde la incompetencia se vincula con su hermana la corrupción.
Bernhard Taureck, en un ensayo sobre Fukushima, Rousseau y el ideal ilustrado del progreso, enlista 7 actos de corrupción e ineptitud en que incurrieron la empresa Tepco y el gobierno japonés[2]. El primero es el engaño sobre fallas de seguridad y la omisión sistemática de reportes de accidente en Japón y en el resto del mundo (Tepco era, hasta antes de Fukushima, empresa líder en el sector energético); segundo, los empleados de “outsourcing” y sin plaza permanente fueron obligados a entrar a los reactores defectuosos con equipamiento insuficiente, sin botas aislantes, por ejemplo. Y fueron amenazados con el despido en caso de desobedecer. Tercero, el gobierno japonés y Tepco promovieron en los medios que la contaminación por plutonio (que tiene efectos permanentes) era tan inofensiva como la radiación de los rayos X utilizada comúnmente para sacar radiografías. Ambas instancias también difundieron un límite falso de tolerancia a la radiación en infantes que supera por lo menos veinte veces al límite de tolerancia real. En quinto lugar, Tepco y el gobierno japonés abordaron sus pláticas para controlar la crisis de Fukushima siguiendo el esquema de una negociación tradicional entre una concesionaria y el Estado. Además, por presión del gobierno y de Tepco, fueron despedidos 26 periodistas responsables de reportes y opiniones que dejaban mal parados a Tepco y al gobierno.
Hasta antes de Fukushima, Tepco era una de las empresas que gastaban más dinero para garantizar una buena imagen en los medios. Por último, muchos expertos dudan que la “desconexión en frío”, realizada por Tepco y el gobierno en los reactores descompuestos, sea efectiva para detener la radiación.
Para Taureck todas estas fallas remiten a la relación malsana y deshonesta que existía entre las distintas instancias gubernamentales encargadas de velar por la seguridad de las plantas nucleares y Tepco. En todas las instancias gubernamentales, sin excepción, había consejeros de Tepco, lo que permitía a la empresa no declarar accidentes y con ello evitar multas y otras sanciones. Importantes directores de estas agencias gubernamentales pasaron tras su retiro del sector público a formar parte de la nómina de Tepco con sueldos muy bien dotados. Por si esto fuera poco, Tepco era la empresa que más dinero donaba a los partidos políticos en Japón. Y era también la principal donadora de fondos para la investigación científica en Universidades y otros institutos.
Como sucede en las otras crisis aquí mencionadas, en la crisis de Fukushima los más vulnerables dentro de la población son también los más afectados: en primer lugar los empleados de outsourcing de Tepco, quienes sufrieron daños irreparables en su salud; también los niños y las mujeres embarazadas, que son más vulnerables a la radiación de plutonio, así como los viejos y los campesinos pobres, que fueron incapaces de huir del tsunami o cuyas tierras han quedado inhabilitadas por la radiación. En cambio, los servidores públicos y los ex directivos de la empresa Tepco difícilmente enfrentarán algún cargo penal, probablemente ni siquiera verán amenazada su confortable forma de vida, y esto a pesar de que Tepco se declarara en quiebra y fuera adquirida por el Estado japonés como consecuencia de la catástrofe de Fukushima.
Una característica más de la crisis de Fukushima llama la atención: la demagogia del gobierno japonés respecto al tema energético, y la correspondiente insaciabilidad energética de los habitantes de la pequeña isla. La función de un Estado democrático es generar las condiciones de vida dignas indispensables para el florecimiento de todos los miembros de una sociedad, en especial de los más vulnerables; pero no es misión ni tarea de la democracia saciar todos los apetitos de una población ni cubrir todas sus demandas por encima de lo que marca el sentido común y de los límites impuestos por la naturaleza. La demanda energética en Japón, al igual que en otros países desarrollados como Estados Unidos o Francia es desmesurada. A pesar de este hecho, los gobiernos de estos países han evitado implantar políticas serias de educación y concientización de la población que repercutan en un ahorro real de energía. Es cierto que un gobierno democrático debe en principio obedecer a la voluntad del pueblo, o de la mayoría, pero no todas las demandas de la mayoría son sensatas y realizables.
Esta demagogia de gobiernos democráticos que prometen a sus ciudadanos satisfacer siempre su creciente demanda energética, aun a riesgo de destruir el planeta, no es exclusiva de Japón. Tauerck menciona, a modo de ejemplo, que en Francia el consumo de energía es dos veces más alto que en Alemania, a pesar de que Francia tiene 16 millones de habitantes menos. El 80% de la energía consumida en Francia procede de sus 20 plantas con 59 reactores nucleares. El mayor número de reactores nucleares per cápita en el mundo.
Quizá lo más inquietante de una crisis como la de Fukushima, causada por la incapacidad de los seres humanos para controlar las fuerzas de la naturaleza, es que no se trate de una experiencia excepcional y única. Pensemos si no en la catástrofe ecológica provocada por la ruptura del yacimiento de petróleo bautizado como “Macondo” en el Golfo de México y que implicó el derrame de 4.9 millones de litros de crudo en el lecho marino entre el 21 de abril, día en que se registró una explosión en la plataforma petrolera sobre el yacimiento, y el 15 de julio de 2010, día en que por fin lograron contener la fuga de petróleo.
Guardando las distancias ―sobre todo con respecto al número de decesos, el daño al ambiente y a la infraestructura―, encontramos similitudes entre las causas que hicieron posible la crisis de Fukushima y el accidente en el Golfo de México. De nuevo aparecen las hermanas gemelas de la incompetencia y la corrupción, animadas ambas por su hermana mayor: la ambición. Y de nuevo encontramos como falla de origen una relación malsana entre el gobierno de los Estados Unidos y la empresa petrolera “British Petroleum”(BP), responsable principal de la tragedia.
BP es, como su nombre lo indica, una empresa de origen británico. Aunque como cualquier trasnacional tiene accionistas de todo el mundo. Desde 1995 BP ha perseguido una agresiva estrategia encaminada a aumentar sus ganancias. Sobre todo a través de disminuir sus costos de operación. El afán desmesurado por disminuir costos llevó a la empresa a reducir durante más de una década significativamente su gasto en la seguridad y el mantenimiento de sus instalaciones, despidiendo a ingenieros y técnicos encargados de ambas funciones. En el 2010, las escasas medidas de seguridad y la falta de mantenimiento ocasionaron la explosión de la plataforma petrolera “Deep Water Horizon” utilizada para extraer el crudo del yacimiento “Macondo”. Este accidente en el Golfo de México es sólo uno más en la larga lista de accidentes ocurridos en las instalaciones petroleras de BP. En el 2005, por ejemplo, una explosión en su refinería de “Texas City” le costó la vida a 15 trabajadores y dejó heridos a 170 más. En el 2006, un oleoducto corroído de BP que corre por Alaska dejó escapar más de 270,000 galones de crudo en la tundra.
La imagen del oleoducto corroído y poroso es útil para explicar la relación “tóxica” entre las autoridades estadounidenses y los directivos de BP. Como era el caso entre Tepco y el gobierno japonés, también el gobierno estadounidense fue laxo y extremadamente tolerante en sus medidas de control, certificación, autorización y fiscalización de BP. Como respuesta al accidente de 2005, el gobierno obligó a BP a pagar una multa de 21 millones de dólares y, dado que esa multa surtió un efecto nulo en la mejora de las condiciones de seguridad, el gobierno multó nuevamente a BP en el 2009, esta vez por la cantidad de 89 millones de dólares. Cantidades insignificantes si consideramos que la ganancia neta de BP en el 2009 fue de 16 billones de dólares.
En una esclarecedora reseña dedicada a libros sobre el accidente del yacimiento “Macondo”, el periodista Peter Maass articula claramente las fallas del gobierno estadounidense y la temeridad y ambición destructiva de BP[3]. Menciona que las agencias estadounidenses carecen de presupuesto, personal y preparación para fiscalizar efectivamente a las empresas petroleras y así controlar sus riesgosas iniciativas. Comenta también la injerencia que las empresas petroleras pueden tener en la vida política estadounidense gracias a su poder económico. Maass subraya que estas observaciones son válidas también para la relación del gobierno y los poderes financieros en Estados Unidos: También en el caso de la supervisión de bancos y otras instituciones financieras el gobierno es demasiado laxo, tanto en sus controles como en sus sanciones, y estimula así prácticas en extremo riesgosas de las instituciones financieras con consecuencias nefastas para la economía del país y del mundo.
La tragedia de Fukushima, la catástrofe ecológica del Golfo de México y la crisis financiera mundial desencadenada en 2008 muestran la incapacidad de los políticos en los gobiernos de numerosos países para ejercer las funciones y responsabilidades que les son propias. A esta incapacidad la he llamado aquí “crisis de efectividad”. Pero lo mismo en Fukushima, que en la catástrofe del Golfo y la crisis financiera podemos encontrar también una crisis de representación y de distribución.
La crisis de representación se hace patente porque el gobierno no cumple con las funciones que le ha encomendado la ciudadanía, no supervisa ni controla a las poderosas instituciones financieras ni a las compañías energéticas; más que representar los intereses de los ciudadanos, parece en ocasiones que los gobiernos representan los intereses de los accionistas de los bancos y de las compañías petroleras.
Hay también una crisis de distribución porque los recursos estatales que debieran utilizarse en beneficio de toda la ciudadanía se han utilizado para rescatar de la insolvencia a bancos privados y otras instituciones financieras; igualmente se ha tenido que echar mano de recursos estatales para controlar y tratar de remediar los efectos de la contaminación por radiación o por petróleo. Mientras que los accionistas particulares disfrutan de la mayoría de las ganancias de los bancos y compañías energéticas, el pago por los errores y la temeridad de estas instituciones recae sobre toda la ciudadanía, que paga, o bien con sus impuestos, o bien con su patrimonio natural, o bien con su salud.
Es igualmente notorio que los gobernantes autoritarios de los países árabes, así como sus contrapartes en los gobiernos democráticos de Europa y América, han fallado lo mismo con respecto a la representación que con respecto a la distribución y a la efectividad, aunque no en el mismo grado.
Los gobernantes árabes derrocados en Libia, Egipto y Túnez, así como sus homólogos que se mantienen en el poder en Yemen[4], Siria y otros países de la región no pueden presumir de legitimidad ni pretender que representan a los ciudadanos. Su desempeño económico es vergonzoso e indignante. Por una parte, han fallado en aprovechar las riquezas materiales y el talento humano de sus países, por otra, han favorecido durante décadas una economía de mafia que enriquece exclusivamente al gobierno y a sus allegados (familiares y amigos).
Pero los gobiernos demócratas de América y Europa tampoco pueden presumir ni de haber realizado una distribución justa de los recursos comunes, ni de haber sido efectivos en la solución de los problemas sociales más urgentes, ni mucho menos de haber sido eficientes fiscalizadores y controladores de otros poderes fácticos no elegidos democráticamente, como las instituciones financieras y las empresas energéticas.
Hay una crisis de representatividad porque los ciudadanos no confían en que los políticos defiendan intereses ciudadanos, más bien piensan que los políticos están absorbidos por juegos y luchas de poder, preocupados por asegurar el siguiente escalafón en el carrusel permanentemente en movimiento de los puestos públicos. Hay una crisis de distribución porque la desigualdad entre los ricos y los desposeídos en los diversos países ha aumentado en los últimos años de modo escalofriante. Esto es válido lo mismo en la Unión Europea que en toda América. Y hay una crisis de efectividad porque los gobiernos de diversos países parecen incapaces de hacer frente de modo exitoso a los desafíos del presente:
El gobierno japonés se vio completamente superado ante la catástrofe de Fukushima. Los líderes de la Unión Europea tampoco han acabado de encontrar un remedio que limite la volatilidad de los mercados y la audacia de los grandes especuladores financieros. El gobierno de Estados Unidos también ha visto una y otra vez fracasar sus numerosos esfuerzos para reactivar la economía nacional, y las elecciones primarias del Partido Republicano han dejado claro que en la oposición faltan políticos serios y sensatos, y abundan en cambio diletantes, dogmáticos en la ética y en la economía, revanchistas, xenofóbicos e ignorantes. Los mexicanos también hemos padecido en estos últimos años la incapacidad de nuestros políticos para frenar la ola de violencia y sangre que, como un tsunami, se abate sobre nuestro país desde hace ya varios años. Se trata de crisis diferentes, pero todas tienen que ver con “los políticos”. Con aquellos que, elegidos o no democrática y legítimamente, tienen en sus manos el poder.
La crisis de representatividad, de repartición y de efectividad constituyen una crisis generalizada de la política, al menos si entendemos “política” como el orden que distingue entre gobernantes y ciudadanos, y en el cual corresponde a los gobernantes realizar ciertas funciones claves relacionadas con la ordenación de la vida en común, en específico en lo que concierne al marco jurídico y al buen funcionamiento de la economía.
A partir de las crisis políticas que he mencionado aquí, se escuchan en México y en el mundo voces que llaman a una destrucción de la política como la conocemos y que proclaman el fracaso de la democracia representativa. Voces que desde la derecha llaman a la instauración de regímenes tecnocráticos autoritarios que no respeten las opiniones ni el derecho a decidir de todos los ciudadanos. Y desde la izquierda reclaman la creación de una democracia directa de asamblea permanente que borre por completo la distinción entre gobierno y ciudadanía. Ambas alternativas resultarían en extremo dañinas para la organización de la vida en común, y a pesar de parecer poco viables, no son por ello menos peligrosas ni menos seductoras, como las sirenas lo fueron para Ulises y sus compañeros. Ambas pretenden la destrucción del precario orden político que ha sido construido en México y en otros países con tantos sacrificios y trabajos.
Al final del Libro IX de “República” de Platón, Glaucón confía a Sócrates que la ciudad ideal, que a través de la conversación han construido con palabras y argumentos, es una ciudad que no puede encontrarse en ningún lugar de la tierra. Sócrates responde que en la tierra no, pero “en el cielo”, como modelo para todo aquel que quiera verla y transformarse a sí mismo de acuerdo con este modelo.[5] El mismo sentido tiene la reflexión sobre la política. Quizá nuestra noción de política nunca se haga realidad, sin embargo, necesitamos tales reflexiones, conversaciones y argumentos sobre la política para elevarnos por encima de las pequeñas y grandes crisis; del tedio propio de cualquier vida institucional; y de las escaramuzas, intrigas y mezquindad propias de la agenda política nacional e internacional. Ciertamente no sirve de nada una noción política para ángeles realizable únicamente en un ámbito celeste; pero también debemos evitar una política para topos, de corto alcance en el tiempo y en el espacio y sepultada bajo la tierra y el estiércol. La política puede y debe ser mucho más que estrategias mercadológicas para ganar elecciones y poder. La política debe ser ese espacio tan difícil de encontrar entre la utopía y la frustración, porque sólo en ese espacio pueden florecer la libertad y la justicia.
Primera versión, 2011. Segunda versión, 2024.
[1] M. Geffrath. Können Protestbewegungen etwas ändern? Eine Zwischenbilanz der Proteste. Teil 3 von 3. (“¿Pueden cambiar algo los movimientos de protesta? Un balance intermedio de la protesta.” Tercera de tres partes. Programa radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 4 de marzo de 2012).
La traducción de todas las citas son del autor de este ensayo.
[2] Taureck B. Fukushima: Zur Aktualität von Rousseaus Zivilisationskritik. (“Fukushima: Sobre la actualidad de la crítica de Rousseau a la civilización”. Programa radiofónico “Essay und Diskurs“ en Deutschlandfunk. Emitido el 8 de julio de 2012).
[3] Maass P. What happened at the Macondo Well? New York Review of Books. Vol. LVII, N. 14. 29 de septiembre de 2011. Los datos mencionados en mi texto fueron tomados de la excelente reseña de Maass.
[4] Tras las protestas en Yemen en el 2011 y la presión internacional, Ali Abdullah Salih, presidente por más de 33 años, anunció que convocaría a elecciones en febrero del 2012. A dichas elecciones se presentó empero únicamente un candidato, Abdurabbo Mansur Hadi, quien fue elegido por Salih como su sucesor y aceptado por los detractores de Salih como medida para evitar una guerra civil.
Rollo, Ragnar y Lagertha, los protagonistas de la serie original
Hace poco empecé a ver Vikingos: Vallhala. Estaba muy emocionado porque hace años vi la serie original de Vikingos, y para mí fue una experiencia increíble. Pude aprender un poco de historia y de lo que eran los vikingos a la vez que me entretenía como pocas veces antes (y después).
Siempre he sido curioso y me encantó cómo la serie original incitó mi gusto por los nuevos conocimientos, llevándome a investigar sobre sucesos aparentemente fantásticos como la toma de París por el ejército vikingo. Aunque no hay ninguna evidencia de que Ragnar Lodbrok entrara nunca en París, es un hecho histórico que, en algún momento del siglo IX, los vikingos asaltaron París con éxito, y luego tres veces más durante los años siguientes.
Ragnar tomando París en la temporada 3 de Vikingos
Vikingos es, por supuesto, un retrato novelado de lo que se sabe de aquella época, y por supuesto no todo es históricamente correcto. Pero la serie es, en todo momento, un gran esfuerzo por dar vida a algunas de las figuras y acontecimientos históricos más importantes de aquella época. Ciertamente con muchas licencias creativas, pero siempre moderadas (en mi opinión). Por encima de todo, está magníficamente escrita, interpretada y producida. Al menos las tres primeras temporadas en su totalidad fueron una absoluta delicia, y eso es mucho decir de cualquier serie.
Vikingos: Vallhala, por otro lado, no estuvo a la altura de mis expectativas en absoluto. Los dos primeros episodios fueron muy divertidos y me alegró ver que, una vez más, iba a aprender historia mientras me entretenía. La masacre del día de San Bricio (St. Brice’s Day Massacre) era algo de lo que nunca había oído hablar y fue genial conocer el hecho y leer sobre el tema luego de ver el primer capítulo.
Harald, Freydis y Leif, los decepcionantes protagonistas de la nueva serie
Más tarde, me enteré de que Leif Erikson nunca llegó a conocer a Harald Sigurdsson ni tuvo contacto alguno con los vikingos de Noruega y Dinamarca, lo que me pareció una licencia creativa bastante grande, casi grosera. Esta fue sólo la primera de muchas inexactitudes históricas que iban más allá de una simple libertad creativa y que me hicieron perder interés en la serie como fuente de nuevos conocimientos históricos.
Luego tienes escenas como la toma del Puente de Londres por el rey Canuto y su ejército, que no me podía creer lo sosa y aburrida que lograron hacerla (por no hablar de la tonelada de fallas históricas innecesarias que tienen lugar en solo unos minutos, como el hecho de que fue Olaf, no Canuto, quien tomó el puente).
En resumen, Vikingos fue genial, Vikingos: Vallhala, no tanto. Al principio pensé que si no tuviera la serie original como referencia, probablemente no sería tan duro contra la nueva (a decir verdad, es medianamente entretenida). Pero entonces me di cuenta de que esto no es más que un claro ejemplo de lo que viene ocurriendo con la televisión y el cine por muchos años ya.
No, no soy yo. Lo consideré. Pero luego regresé a ver algunas películas realmente buenas como Shawshank Redemption, La lista de Schindler, El Padrino y Gladiador (Gladiador II parece prometedora, pero prefiero no hacerme ilusiones). No soy yo. Antes había grandes películas, y no eran tan pocas. En cuanto a las series, baste el ejemplo de Vikingos.
Estamos en plena crisis creativa, y está pegando fuerte. Algo ha pasado y sigue pasando. No sé quién o qué tiene la culpa. Quizá Instagram y Twitter tengan la culpa, inculcando odio e idiotez en las mentes de la gente. Tal vez esto es lo que las masas demandan y nos hemos convertido en un rebaño de seres descerebrados que simplemente van a trabajar y consumen lo que se les dice. Tal vez la industria sea rehén de un grupo de personas que antepone el dinero a crear algo de valor.
Quizá sea mi culpa, y tuya, y de todos. Quizá deberíamos empezar a exigir calidad en lugar de cantidad. Realmente no sé la respuesta, pero espero vivir lo suficiente para ver un renacimiento del cine, donde las buenas películas y series no sean tan raras como ahora.