Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

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No a todos les interesa que surja un movimiento social fuerte en contra de los abusos de los gigantes tecnológicos. Muchos, incluso, no creen que haya abusos. Otros no quieren que surja porque son ellos los abusivos. De cualquier modo, a todos les interesa saber si es posible. A unos para luchar y resistir, a otros para defenderse y a otros para precaverse.

La resistencia a los monopolios exige sabotear las redes sociales que fungen como su mejor herramienta de control. Oponerse al medio dominante representa un cambio estructural respecto de otras protestas sociales que, al contrario, buscaban instaurar su discurso en esos medios. Por otra parte, hay quienes piensan que la cuarta revolución tecnológica, tal como la estamos viviendo, es inevitable. Esa idea, propaganda de los monopolios, promueve una falta de confianza ante la libertad humana.

Las redes sociales no son malas por sí mismas, y siempre han existido desde los albores de la humanidad. La familia es una red social. El problema son las succionadoras de datos y los traficantes de atención digital como Facebook, que se disfrazan de redes sociales. Un cambio social sólo es posible si no subestimamos el poder al que queremos frenar. Para casi todos, la renuncia a estas redes significaría la pérdida de su trabajo, de su red laboral o de sus oportunidades de empleo. La renuncia es impensable, porque nos ataron con unas cadenas que individualmente no lograríamos romper. También nos clavaron un anzuelo emocional: diez años o más de vivencias íntimas y vitales registradas y entretejidas con estas plataformas. Y, sin embargo, hay alternativas para fraguar la resistencia.

Los gigantes tecnológicos no se hacen cargo de su impacto ambiental.

Estar en contra del medio dominante

Las redes sociales son la ciénaga de estos enormes ogros tecnológicos (Alphabet, Facebook, Amazon, etc.). No son las verdes praderas de la convivencia humana. Se presentan a sí mismas como lugares libres, como meros medios. Esto es, como si no fueran un acontecimiento sino sólo el lugar de los acontecimientos. Pero bien saben los comunicólogos que cada medio impone su ambiente, más aún: su estructura. Mientras más violenta la estructura, más corrosión en la vida de los usuarios.

Debido a su configuración particular, cada medio transmite ciertas ideas y moldea de cierto modo a la sociedad que lo usa. Los medios de comunicación no son neutros ni siquiera en tanto que meros medios. Su estructura promueve unas prácticas e ideas, y rechaza, cancela o amordaza otras. Si uno considera dañinas esas ideas y no quiere que terminen por aprisionarnos, mejor que busque cómo hacer la resistencia desde ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luchar contra el medio dominante ¿es descabellado? Como mencioné al inicio, los movimientos sociales suelen triunfar (o al menos diríamos que recorrieron la mitad escarpada del camino) cuando siembran su discurso en el medio dominante. La propaganda gay en el cine o la presencia del feminismo en los medios es ya un triunfo de esos movimientos. Pero sólo es un triunfo para algunos partidarios, porque no todos los homosexuales están de acuerdo con la visión de la sexualidad que Netflix eligió promocionar, ni todas las feministas con las perspectivas de género que los medios de comunicación legitimaron. La existencia de medios tan poderosos catapulta a algunos y se traga a otros, y no siempre ganan los más sensatos. Suelen ganar los que elevan las ventas.

Ahora bien, ¿qué pasa si el objetivo no es instaurar un discurso en el medio dominante, sino derrumbar ese medio? ¿Se necesita un medio alternativo? ¿La solución es simplemente abandonar el medio? Está la opción de resistir a los abusos de las corporaciones desde dentro de sus medios. Si simplemente abandonamos los medios, no podremos llegar a las demás personas a quienes les vendría bien, si no resistir, al menos saber exactamente de qué se alimentan las redes sociales cibernéticas. Sin embargo, la estrategia de minar al medio desde dentro consigue poco a largo plazo. Los dueños de las redes lo advertirán, calcularán las pérdidas de sus negocios y ahogarán la disidencia. O tal vez… tal vez lo hacen ya.

Esto, en el fondo, sugiere que no es posible un movimiento social así. Dados los tamaños de nuestras poblaciones, los movimientos sociales necesitan medios de comunicación para lograr la organización y la unidad indispensables. Aun así, aunque este movimiento no puede erguirse apoyado en los medios que pertenecen a los gigantes tecnológicos, sí puede apoyarse en medios alternativos en los que la tiranía de las corporaciones no sea bienvenida. Como dice una vieja canción: «iremos de uno en uno, después de pueblo en pueblo».

Las revoluciones industriales no son procesos naturales

En las discusiones sobre el tema, siempre hay alguien que recrimina como ‘neoludismo’ a la prudente cautela ante la tecnología que sobrepasa ciertas dimensiones. Porque en toda discusión se suele colar gente más interesada en escupir y sacar la lengua que en conversar y perseguir el bien. Los luditas eran artesanos que se dedicaban a destruir máquinas en el siglo XIX, en especial, máquinas de hilar y telares industriales, porque estos instrumentos les quitaban el trabajo. Suele decirse que, al final, los luditas no lograron nada. Hay una gran diferencia, empero, entre las máquinas de hilar y los sistemas computacionales de las redes sociales. Verdad perogrullesca.

Se suele decir también que vivimos la cuarta revolución industrial, y que los cambios traen cierta inestabilidad para algunas personas pero que, a largo plazo, los problemas se resolverán. Por mencionar un ejemplo, las condiciones laborales son cada vez más precarias. Cualquier cajero, vendedor, obrero o personal administrativo de un puesto no tan alto no estaría equivocado al temer que una máquina lo remplace. Sin embargo, como bien señala Kate Crawford en su reciente libro Atlas of AI, las compañías de la nueva industria necesitan muchísimo personal y trabajadores externos. El problema está más en que los humanos sean tratados como máquinas. Se les exige y explota al ritmo de las máquinas. Crawford observa de primera mano cómo el mantenimiento de la infraestructura y los robots de Amazon es impecable, mientras que sus pasillos están repletos de empleados vendados y de dispensadores de analgésicos. Los humanos no son un recurso y no nacieron para la explotación. En las múltiples huelgas y manifestaciones, los trabajadores de Amazon lo único que piden es el indispensable respeto humano, cosa que resulta demasiado pedir cuando los directivos de la empresa lo comparan con sus ambiciones.

Amazon, Centro de Distribución. Créditos: Megan Farmer.

El cambio tecnológico ha traído injusticia, irrupción a la privacidad, y un daño psicológico y ambiental tremendos. No es tan fácil pensar que la legislación pertinente vendrá y que las cosas estarán mejor que como estaban antes. Al respecto, conviene considerar dos cosas.

La primera es que la resistencia no se daría en contra de este tipo de tecnologías que permiten hablar de una cuarta revolución, sino sólo en contra de las que coincide que son de este tipo y que, específicamente, sirven a los intereses abusivos de los monopolios. La segunda es que la historia no es un proceso natural. Las legislaciones no ‘se dan’. Hay abogados y legisladores que trabajan duro para que los intereses de unos pocos no se sobrepongan al bien común. Los legisladores de este tipo (también hay legisladores perversos) deben estos logros a la práctica esforzada de su ética profesional, y no al determinismo. Lo mismo pasa con cualquier cambio histórico: no se ordenará ni será bueno si nosotros mismos no lo ordenamos y lo hacemos bueno.

Un movimiento así no revertirá la historia y quizás tampoco derribará a estos gigantes, pero sí puede limitar este imperio deshumanizante. Las personas no están hechas para la tecnología, sino la tecnología para las personas. Es posible un mundo en el que lo laboral y lo público no invadan la vida privada e íntima. Un mundo en el que puedas renunciar a darle de comer tus datos al ogro sin perder la posibilidad de un empleo decente.

Fraguar el movimiento

A nadie que esté enterado del funcionamiento de los algoritmos de Facebook y del condicionamiento continuo, subrepticio y agresivo que imprimen en sus usuarios, le parecerá descabellada la resistencia. Las personas que trabajan en puestos significativos de la compañía por supuesto que también saben lo que está en juego. De todos modos, al hablar de esto en algunos círculos sociales, a uno lo miran como a don Quijote queriendo revivir la época de los caballeros andantes. Tal vez sí es un cambio igual o más grande, pero, como no es descabellado, tampoco es imposible.

No conozco a ningún comerciante que no se vería seriamente afectado si se abstuviera de los productos de Facebook Inc. (Facebook, WhatsApp, Instagram, etc.). Trabajadores de otros sectores también perderían oportunidades grandes. En cambio, si todos… todos… lo hicieran, los empresarios pequeños y medianos ganarían un mercado tremendo (con la condición de que sus productos sean de calidad). Lamentablemente, las probabilidades de que todos lo hagan no son más que una posibilidad irrelevante. Por lo pronto, este movimiento sólo puede proponerse que algunos, un número cuantioso, abandone estas redes (no todas). Puede proponerse, eso sí, que estas redes dejen de ser centrales u obligadas.

Además de que abandonar las redes no es una opción para casi nadie en este momento, imaginarlo resulta emocionalmente complicado. Tomemos al 2011 como referencia, año en que Facebook contaba con 800 millones de usuarios y constató un ritmo de crecimiento de 250 millones de usuarios anuales nuevos. Desde entonces, sus usuarios comparten sus recuerdos más entrañables y tienen conversaciones íntimas en el chat (cuando digo íntimo me refiero a una idea más amplia que la de la mera sexualidad; también hay enojos, tristezas, miedos y alegrías íntimas… algunas de estas personas no se atreverían a sostener esas conversaciones cara a cara). En las redes, desde hace diez años aproximadamente, millones de personas han validado sus logros personales, su aspecto y sus ideas, basados en el número de aprobaciones y reacciones de sus posts. Algunos conocieron a sus actuales parejas, otros tuvieron sus más dramáticas peleas o sus más vitales conversaciones. Diez años es un tiempo considerable, y más para las personas menores de veinte. Las redes sociales cibernéticas se inmiscuyeron y compenetraron todas nuestras vivencias, las íntimas y las superficiales, las perentorias y las cotidianas. Nos clavaron un anzuelo gordo. No es raro que algunas personas se sientan ofendidas cuando otros hablan mal de las redes, como si estuvieran hablando mal de ellas mismas.

La manera de fraguar un movimiento que le haga frente a estos medios dominantes no puede ser abandonarlos. El abandono ocurrirá cuando este movimiento alcance algunas de sus metas. El primer paso para lograrlo (o lo que tendrían que evitar sus detractores a toda costa) consiste en establecer una aprobación y un tejido social alternativos. Decir “yo no cerraré mis cuentas, porque perdería demasiado, pero aprecio y apoyo a estos activistas que le hacen frente a los gigantes”.

Se trata de un proceso. Después de, socialmente, aprobar la resistencia y desaprobar los abusos, surgirán nuevos horizontes. Si quieres pero no puedes eliminar tu cuenta de Facebook, Instagram, Twitter, TikTok o lo que sea, una opción es darle actividad esporádica o mínima. Por ejemplo, entrar sólo una vez a la semana. Es difícil. Psicológicamente, están diseñadas para producirnos ansiedad. Cada vez que te alejas, atraviesas un síndrome de abstinencia.

Un punto de partida para un tejido social alternativo es buscar, en viejos o en futuros conocidos, amistades nuevas que también quieran resistirse a los monopolios. Esa es una razón suficiente para entablar amistad. Los movimientos se piensan y organizan mejor en conjunto. Pronto estaremos en lugares en los que nunca habíamos estado, con personas que antes no conocíamos, hablando de la resistencia informática.

Por Alberto D. Horner
Twitter: @HornerAlberto

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

México-Lima, ida y vuelta

Por Pbro. Mario Arroyo

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Soy sacerdote, miembro del Opus Dei. En repetidas ocasiones manifesté por carta al Prelado del Opus Dei mi deseo de “ir a la expansión”, es decir, de apoyar el desarrollo de la labor de la Obra en otros países, distintos del mío. Mi idea consistía en “ir a comenzar la labor de la Obra en un nuevo país”, me parecía una auténtica epopeya espiritual, a la que valía la pena dedicar todos los esfuerzos.

Pasaban los años y veía como se empezaba la labor en Estonia, en Sri Lanka, en Indonesia y nadie me llamaba. Mis servicios ofrecidos no eran requeridos. Por fin, en noviembre de 2010 me llamó mi vicario –la autoridad inmediata, que representa al Prelado en una circunscripción-, me imaginé que ¡por fin, se abría ante mí una aventura! Me dijo: “el Padre (forma cariñosa con la que designamos al Prelado del Opus Dei) me manda preguntarte si estarías dispuesto a irte a Perú. Fue una gran sorpresa para mí, no me lo esperaba; Perú no me parecía una “aventura apostólica”, una “epopeya espiritual”, pues es un país en el que la labor del Opus Dei comenzó en 1953, es decir, apenas cuatro años después que en México y, por lo tanto, tenía una labor desarrollada. De todas formas, con cierto sentido militar del deber, respondí que sí, que estaba dispuesto.

Menos de un mes después ya estaba en Perú. Salí un 28 de noviembre por la noche y llegué el 29 de noviembre temprano a Lima. Me fue a recoger Manuel Viera, mexicano que llevaba a la sazón casi cuarenta años viviendo en el Perú.

Mi primera impresión fue agridulce, por un lado, un cielo gris, deprimente, un caos vial considerable, lo que es mucho decir viniendo de México. La gente subiendo y bajando de las combis en movimiento; una barahúnda de gente cruzando por las calles, de manera que sientes que tarde o temprano atropellarás a alguien –como efectivamente me sucedió, años más tarde-, y el abrumador sonido de los cláxones. La nota positiva y esperanzadora me la dio una majestuosa imagen de la Virgen del Carmen, cercana al aeropuerto, que de alguna manera me hizo sentir: “vas por buen camino, vas conmigo”.

Llegué mareado a mi destino, desayuné algo, me dormí, me levanté al final de la mañana para celebrar misa en un pequeño y elegante oratorio. Comenzaba mi aventura peruana.

La aventura no fue, en absoluto, como me la esperaba. La realidad muchas veces es hostil a los sueños, y así fue. En mi imaginario, Perú aparecía como una simbiosis de montañas y selva, dos realidades que me fascinan. Es verdad, en el Perú hay abundante selva y montañas, pero yo me la vivía en Lima y Cañete, lejos de ambas realidades, con cielo gris y paisaje desértico. La nota de belleza la daba el impresionante malecón de Miraflores y Barranco, donde gustaba de ir a correr y a caminar. Al inicio, además, mi labor pastoral –que me apasiona- estaba hasta cierto punto restringida. Atendía un centro del Opus Dei por la tarde, y por la mañana trabajaba en oficinas –lo que sinceramente, detesto cordialmente-. No, no era mi “hit”. Comencé mi estancia en el Perú cuesta arriba.

Al año vi la luz con un nuevo encargo: Atender a un colegio, que estaba en una zona popular de Lima, en el temido barrio de Comas, el Colegio Humtec. Creo que la Providencia me colocó ahí, porque gracias al Colegio fue disminuyendo, hasta finalmente desaparecer, mi trabajo de oficina. Y ahí sí que pude tener una aventura apostólica particular, que llenó por completo mi vida y me dio abundantes satisfacciones durante mi estancia en el Perú.

Un buen día Adrián, un niño de sexto de primaria, me dijo: “Padre, bautíceme, que yo también quiero ser hijo de Dios”. Me sorprendió mucho encontrarme con un niño sin bautizar en un colegio de inspiración católica. En México me había sucedido solo una vez. Hice una sencilla investigación y me di cuenta de que alrededor de 200 niños no estaban bautizados, una tercera parte del Colegio. Comenzó la aventura de los bautismos masivos, iniciamos con 80, y finalmente fueron más de 200 en los años que estuve, pues se sumaron también papás e incluso tíos, familias completas que se bautizaban. Creo que esa ha sido la labor más satisfactoria, no sólo de mi estancia en el Perú, sino de mi vida.

El padre Mario con niños de la tribu Shipibos.

En ese colegio hice de todo: bautismos masivos, matrimonios colectivos, renovación de promesas matrimoniales, fui ministro extraordinario de confirmación una vez que el obispo no pudo presidir, procesiones del Corpus Christi en las que salíamos a las calles e incluso entrábamos en la escuela pública vecina para dar la bendición… Con el tiempo me encargaron también el colegio de niñas (Miravalles), y creo que nunca me han tratado mejor que el año en el que estuve ahí. Si tuviera que señalar cuales han sido los años de labor como sacerdote más gratificantes, sin duda alguna fueron los que estuve encargado del Humtec-Miravalles.

Pero lo bueno no suele durar mucho tiempo. El 12 de diciembre de 2016 fallecía santamente en Roma el Prelado del Opus Dei. Yo sabía lo que eso significaba: movimiento de fichas, cambio de encargos, presentía que mi estancia en Humtec-Miravalles llegaba a su fin. Estaba apegado a mi labor –ahí me di cuenta- pues ello me generó una crisis de ansiedad, con la que batallo hasta el día de hoy. Finalmente, en marzo de 2017 me notificaron mi cambio, dejaba los colegios para saltar a la universidad. El cambio me costó sangre, visto desde fuera, parecía un ascenso: “lo hiciste bien en los colegios ahora salta a las grandes ligas, sube a la universidad.”

Mi estancia en la Universidad de Piura fue breve, pero maravillosa, aunque marcada por la nostalgia de los colegios: la alegría de los niños da vida. Mi carácter se fue haciendo más serio, y no lograba superar mi crisis de ansiedad, que me impedía dormir, comencé a tomar fármacos para conseguirlo. Disfrutaba enormemente las clases, sobre todo con mis alumnos de medicina y derecho. Ahí nació la aventura en la que desde entonces estoy embarcado: Teología para Millennials. Primero como “almuerzos teológicos”, donde comía con estudiantes de diferentes carreras hablando de temas polémicos relacionados con la fe, sin ningún tipo de pudor o tapujos. A los chicos les encantaba, a mí me daba vida.

Un día, al finalizar el curso académico, fue una chica a mi oficina, le había gustado el curso, y traía una extensa lista de preguntas. Con esas preguntas comencé mi blog Teología para Millennials, que con el tiempo se ha diversificado, y ahora está en You Tube, Facebook, Instagram, Spotify, ya hay un libro publicado, y al momento de redactar estas líneas, dos en prensa. Me sorprendió la pregunta de la chica, porque era la típica a la que parecía no importarle demasiado el curso: guapa, fiestera, inquieta, no participaba mucho en clase. Pero se esperó hasta el final para presentar sus dudas. Su caso era frecuente: había estudiado en colegio católico, había practicado hasta la confirmación, después había abandonado la práctica, y en la universidad se había llenado de dudas de fe, hasta el punto de que no sabía si era o no creyente.

Su caso no era aislado y varias veces se repitió la escena: un chico o una chica que venía con dudas de fe, y gracias a las clases de teología en la universidad se volvía a plantear la posibilidad de regresar a la Iglesia. Ha sido ello, sin duda, una de las experiencias que mayor satisfacción me ha brindado y me ha abierto los ojos al inmenso campo de labor pastoral con universitarios. Digamos que esa experiencia curó en parte las heridas causadas por haber dejado los colegios. Digo en parte, porque la ansiedad llegó para quedarse.

En realidad, gracias a la labor que atendía por las tardes en el Centro Sama -que tiene el mejor ambiente que haya encontrado en alguna casa de la Obra- ya había estado en contacto con universitarios, mayormente de universidades públicas. En ellos se verificaba, con mucha frecuencia el esquema: educación religiosa en la escuela pública –lo que es habitual en el Perú- y pérdida de la fe en la universidad, a causa del ambiente corrosivamente anti-cristiano de la misma. La mayor parte de las veces, esa crisis de fe venía causada por la supuesta incompatibilidad entre la ciencia y la fe. Este patrón recurrente me empujó a escribir un libro: “Ciencia y Fe. Un equilibrio posible”, presentado con gran éxito en la Feria del Libro de Lima 2015.

Labor social en el Lago Titicaca.

Para mi sorpresa, el libro que estaba escrito para confirmar en su fe a los creyentes, le interesó a los ateos. En efecto, muchos ateos que habían dado ese paso motivados por la supuesta incompatibilidad entre ciencia y fe, se sintieron interpelados. Así conocí a Manuel Abraham Paz y Miño, fundador de APERAT (Asociación Peruana de Ateos) y a Henry Llanos Chillet actual presidente de la misma, ambos empeñados en sacar la educación religiosa de las escuelas peruanas (lo que actualmente no se puede, por el Concordato del Perú con la Santa Sede). Quizá ahora, con el gobierno de izquierdas que tiene el Perú y su proyecto de hacer una nueva constitución, consigan su objetivo. El caso es que con ellos debatí en la más importante universidad pública del Perú, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la primera de América. Y con el tiempo nos tomamos aprecio y creo que floreció una sincera amistad, a pesar de nuestras diferencias doctrinales.

Gracias al Sama comenzó mi “aventura editorial”. La atención del centro por las tardes me dejaba tiempo para escribir. Escribía y hablaba con chicos universitarios. De ahí fueron saliendo mis libros: Poder, Dinero y Santidad; Ciencia y Fe. Un Equilibrio Posible; Ciencia y Fe. Situación actual donde recogía las objeciones que me hicieron los ateos en mis debates durante el 2015. La Iglesia y los homosexuales. Un falso conflicto, que nació al calor de mi amistad con Henry Llanos, ateo y gay activista. Neurona Mata espíritu, que también surgió en parte de mis diálogos sobre Dios y el alma con Henry, especializado en neurociencias y, finalmente, Teología para Millennials.

Junto a la aventura editorial, el Sama y el Humtec me permitieron tener algunas aventuras en la sierra y en la selva, como había soñado al venir desde México. Con cierta frecuencia subíamos con chicos de colegio a la Laguna de Rapagna, a poco más de 4600 metros de altura y formada totalmente por agua de deshielo. El desafío consistía en meterse a laguna.

En una ocasión, nos quedamos varados una noche en el puerto de Ticlio, casi a 5000 metros de altura. Al amanecer, el espectáculo fue majestuoso, todo el valle nevado, rodeado por montañas igualmente nevadas. Con el Sama pude recorrer lugares fabulosos del Perú, tanto de sierra, como Juli en el Lago Titicaca, como de ceja de selva: Satipo, Oxapampa, Pozuzo, San Ramón, Rioja, Tarapoto, Moyobamba, o las ruinas de Kuelap. Creo que en cada uno de esos sitios dejé parte de mi corazón; y con su belleza compensaron la fealdad depresiva del clima limeño, en el que vivía habitualmente. Notoriamente, no pude visitar Cuzco y Machu Pichu. No me pesa, me recuerda el hecho de que no fui al Perú de turista sino a trabajar por Dios.

Laguna de Rapagna.

También tuve la oportunidad de cultivar buenas amistades con sacerdotes que pensaban muy diferente a mí. Para mis correrías apostólicas en los colegios Humtec-Miravalles, para los bautizos, primeras comuniones, confirmaciones y sobre todo matrimonios, necesitaba una muy buena relación con el párroco de la zona. Esa amistad se fraguó a base de comidas, fundamentalmente de deliciosos mariscos peruanos. Una buena comida puede limar las diferencias doctrinales. No fue banal la cuestión. La primera vez que fui a comer con el párroco, un español que había estado 18 años de misionero en el amazonas, me dijo: “¿tú eres del Opus Dei? Pues yo soy de la Teología de la Liberación y no soporto al Cardenal Cipriani” (que es del Opus Dei). Al calor de unos mariscos se diluyeron las divergencias doctrinales y trabajamos muy bien en equipo. Otro sacerdote de la parroquia me preguntó, “¿eres del Opus Gay?”, a lo que amablemente contesté “Dei para los amigos”. También sus diferencias se desvanecieron al calor de una buena mesa.

Un hito de mi estancia en el Perú fue la visita del Papa Francisco en enero del 2018. Como tenía amigos en los medios de comunicación, me tocó cubrir toda la visita en diferentes programas televisivos y de radio. Toda una aventura mediática, de la que conservo algunos contactos con  portales peruanos, donde sigo escribiendo: Lucidez.pe, La abeja.pe, Crónica Viva, Perú Católico, etc. Ahí pude palpar la intensidad de la fe del pueblo peruano en todo su esplendor.

Pero, si todo iba tan bien, ¿por qué me regresé a México?

En marzo de 2018 hubo una “Comisión de Servicio” en el Perú. El Prelado de la Obra envía a tres delegados a revisar las labores de la Obra y a hablar con toda la gente del Opus Dei para tener información fresca, de primera mano, de cómo está la gente en un país. Venían dos delegados conocidos por mí, Ernst Burkhardt, austriaco, con quien trabajé en Roma, y Josemaría Mayora, mexicano, con quien había hecho varios planes en México. Le dije a este último que quería volver. Motivo, echaba de menos a mis padres, tenía miedo de enterarme un día, por teléfono, a miles de kilómetros de distancia, de que mi padre había muerto. El temor de ya no verlos con vida, de no poder despedirme, pudo más que todo lo bueno que estaba realizando. A ello se unía la ansiedad, que no mermaba y atribuía en parte a este motivo. No dormía bien.

Total, volví a México el 20 de diciembre de 2018, con una sensación de fracaso. Finalmente “me había arrugado”, pudo más “mi corazoncito” que mis afanes apostólicos. A la fecha no sé si fue la decisión correcta. Sí sé que conseguí ambos objetivos: ahora vivo a 15 minutos a pie de casa de mis papás, y por fin encontré un tratamiento psiquiátrico que acabó con mi ansiedad, ahora puedo dormir bien (con un coctel de pastillas). Tengo unas labores más estables, sigo dando clases en la universidad, aunque son virtuales, sin el impacto que tenía en el Perú. Al día de hoy me sigue torturando la pregunta de si fue la decisión correcta y si no debería volver al Perú, donde indudablemente puedo hacer más labor, aunque sea por aquello del evangelio de que “nadie es profeta en su tierra”.

Antes extrañaba a mis padres, ahora extraño al Perú; a veces pienso que mi forma de ser personal me orilla a vivir del pasado, de los recuerdos, a gustar de la nostalgia como condición existencial

Toxi, 30-VII-2021

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Rescatar el Espíritu Olímpico

Por Pbro. Mario Arroyo

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San Pablo conoció el espíritu olímpico, y se sirvió de él para transmitir el mensaje cristiano.  Nos dice en la Primera Epístola a los Corintios: “¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, más uno solo recibe el premio? ¡Corred de tal manera que lo consigáis!” (1 Cor 9, 24). ¿No encontramos ahí un eco de aquel altius fortius citius (más alto, más fuerte, más rápido) propio de las olimpiadas? No es descabellado pensar que San Pablo haya tenido presente el espíritu olímpico original, pues en su época todavía se desarrollaban estos certámenes en Olimpia, Grecia.

En realidad, el espíritu deportivo es un componente esencial de la vida, pues nos impulsa a no desanimarnos, a seguir intentándolo una y otra vez, a superar nuestras propias metas. Dicha actitud es fundamental en la vida cristiana y por ello la menciona San Pablo. Las olimpiadas nos ofrecen una buena ocasión para reflexionar sobre el carácter deportivo de la existencia humana. En efecto, se puede ver la vida como una continua carrera, en donde debemos sortear obstáculos, y aprender a ganar, pero también a perder y a competir. Por todo lo anterior, podríamos decir que las olimpiadas son una especie de metáfora de la vida, donde vemos compitiendo a los atletas de más alto rendimiento, en un clima de compañerismo y respeto.

Tokyo 2020

Por ello no debemos permitir que se conviertan los juegos olímpicos en comidilla de pequeños escándalos. No sería justo desviar la atención de lo esencial: el ímprobo esfuerzo realizado por tantos atletas, para quedarnos con chismes de lavadero o anécdotas menos edificantes de algunos de los contendientes. Cuando el centro de la atención no son las competencias y nos desviamos a los chismes de pasillo: si el equipo de softball mexicano tiró a la basura sus uniformes, o si determinada atleta no se considera psíquicamente estable para competir (Simone Biles), o si determinado entrenador hizo un comentario racista (Patrick Moster), estamos dándole un protagonismo inmerecido a elementos secundarios. Convertimos el escándalo en protagonista, olvidando el gran esfuerzo de los atletas.

El peligro está ahí: convertir una realidad edificante, como pueden ser las competencias olímpicas, en un reality show pleno de escándalos baratos. Dicha actitud no suma, sino que, por el contrario, contribuye a construir una imagen pesimista y negativa del hombre. Muchas veces los medios se aprovechan de esa inclinación al morbo, propia de los bajos fondos de la naturaleza humana, y cuando cede a esta tentación, le hace un flaco favor a la sociedad. Por contrapartida podría, en cambio, poner la lente de aumento en tantas historias de superación, tantos ejemplos de vida que nos ofrecen los deportistas. Se trataría, simplemente de elegir otro lente, un ángulo diverso para cubrir la misma realidad. Si consiguen hacerlo, es decir, desprenderse de la inclinación al escándalo, pueden realizar un importante papel humano y educativo en el seno de la sociedad, mostrando cómo la lucha y el esfuerzo alcanzan su recompensa.

Simone Biles, Rio 2016. Foto: Fernando Frazâo

En efecto, todos sabemos que, para muchos atletas, el sólo hecho de haber calificado a las olimpiadas, ya es una ganancia. Ya supone formar parte del selecto grupo de los mejores deportistas del mundo. ¿Cómo han llegado ahí? Es siempre interesante y muchas veces edificante saberlo. Quizá sea la pista que debieran privilegiar los medios de comunicación.

Por otra parte, el mensaje que transmiten las olimpiadas empata bastante bien con el ideal cristiano de unidad y de paz. Podemos competir –jugar, al fin y al cabo- con hermanos de otros países y rescatar un ideal de unidad en la diferencia. El lenguaje de la competencia y del deporte suprime la babel de los diferentes idiomas y las distintas culturas. Por ello es necesario rescatar y promover el auténtico espíritu olímpico, como una especie de ensayo en la forma de relacionarnos entre las personas y entre los países. En este sentido, también empata bastante el espíritu olímpico con el ideal cristiano, no en vano el Barón de Coubertin tomó el lema olímpico (citius, altius, fortius) del P. Henri Didon O.P., y desde siempre el deporte ha formado una parte importante de la pedagogía y de la espiritualidad católica. Prácticamente desde San Pablo.

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Antología de Rock de 1971: que cincuenta años no son nada

Por Raúl González Lima

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En México de principios de los años setenta, algunas de las canciones del rock en inglés se podían escuchar en la frecuencia de amplitud modulada (AM) en estaciones como Radio Éxitos, Radio 590 (La Pantera) o Radio Capital. Pero sólo ciertas canciones de rock que tenían propósitos comerciales, o que en verdad trascendían dichos propósitos (como las canciones de The Beatles). En la misma década de los 70, habrían de aparecer programas como “Rock en Radio Universidad” y “El lado oscuro de la luna” en Radio Educación, en donde uno podía conocer algo de lo más selecto, novedoso y artístico del rock en inglés, ya sea estadounidense o británico.

Así, en México conocimos a The Beatles, The Rolling Stones, The Doors y Creedence Clearwater Revival. Con más dificultad, a The Who, The Kinks, Jethro Tull, Yes, Black Sabbath o Led Zeppelin. Aunque pudimos seguir las trayectorias iniciales de John, Paul, George y Ringo como solistas, una vez terminado el sueño (“the dream is over”), difícilmente pudimos conocer otras obras musicales del rock debido a que no eran transmitidas en la radio comercial. En México, llegábamos a saber de ellas, ya sea por la prensa especializada, o adquiriendo discos de larga duración por referencias de amigos o conocidos.

Robert Plant y Jimmy Page. Concierto Led Zeppelin en Chicago 1977.

Hoy, en pleno 2021, podemos tener acceso a esas joyas de hace 50 años gracias al “streaming”, y podemos recordar y seguir admirando, con un dejo de veneración, lo que ya puede considerarse como música popular urbana de culto, del género que es conocido con un término simple y llano: “rock”, aún a sabiendas de los distintos subgéneros dentro de esta clasificación (pop, pop-rock, psicodélico, progresivo, hard-rock, folk-rock, heavy-metal, classic-rock, etc.). En este sentido, bien podemos seleccionar una muestra de 20 canciones de rock que fueron conocidas, en mayor o menor medida, en 1971, pero que ahora son consideradas como obras maestras de ese género musical.

Las canciones de ese año, que hemos escogido por su estilo y singularidad, son como sigue: Black Dog – Led Zeppelin; Aqualung – Jethro Tull; Baba O’Riley – The Who; Bang A Gong [Get It On] – T. Rex; Brown Sugar – The Rolling Stones; I’ve Seen All Good People – Yes; Imagine – John Lennon; Iron ManBlack Sabbath; Jump Into The Fire – Harry Nilsson; L.A. Woman – The Doors; Locomotive Breath – Jethro Tull; Won’t Get Fooled Again – The Who; Wild Night – Van Morrison; Wild Horses – The Rolling Stones; Whipping Post – The Allman Brothers Band; Tiny Dancer – Elton John; Stay With Me – The Faces; Stairway To Heaven – Led Zeppelin; Me And Bobby McGee – Janis Joplin; y Maggie May – Rod Stewart.

L. A. Woman, The Doors.

La selección es ecléctica, pero teniendo como común denominador el año de 1971, en que fueron publicadas. Todas las canciones pertenecen por derecho propio a la cultura musical popular del siglo XX. La lista de 20 canciones incluye obras de ocho grupos ingleses (Led Zeppelin, Jethro Tull, The Who, T. Rex, The Rolling Stones, Yes, Black Sabbath, The Faces); dos grupos estadounidenses (The Doors y The Allman Brothers Band); cuatro solistas británicos (John Lennon, Elton John, Van Morrison y Rod Stewart); y dos solistas estadounidenses (Harry Nilsson y Janis Joplin). Por otra parte, Led Zeppelin, Jethro Tull, y The Who contribuyen con dos canciones. Cabe mencionar también que la gran mayoría de las canciones seleccionadas forman parte de álbumes de 1971 de esos artistas, los cuales pueden ser considerados entre los mejores de su género. Así, podemos mencionar los álbumes (discos de larga duración) “Imagine”, de John Lennon; “Led Zeppelin IV”, del grupo formado por Page, Plant, Jones y Bonham; “L.A. Woman”, el último álbum de The Doors con Jim Morrison; “Pearl”, el álbum póstumo de Janis Joplin; “Sticky Fingers”, de The Rolling Stones con Mick Taylor; “Who’s Next”, uno de los tres mejores álbumes de The Who; “The Yes Album”, del grupo británico de rock progresivo.

Black Sabbath, 1970.

Algunas de las 20 canciones seleccionadas en esta antología pueden gustar más que otras, dependiendo de la sensibilidad o conocimiento musical de cada uno; o de las remembranzas que cada una de estas canciones pudieran traer; o de las vivencias de infancia, pubertad, adolescencia o juventud de la primera vez en que fueron escuchadas; así como del impacto que causaron la primera vez que les pusimos atención, o en su redescubrimiento posterior. En cualquier caso, estos breves comentarios son solo un pretexto para volver a escuchar estas canciones a 50 años de que fueron publicadas o, ¿por qué no?, para escucharlas por primera vez. Ninguna de ellas tiene desperdicio, y son representativas de una época de alta imaginación y creatividad musical, de una generación de jóvenes de clase media urbana, todos ellos menores de 32 años, y que trascendieron todo tipo de fronteras.

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Es el sueño americano, baby

Por Irene Hernández Oñate
Foto: Jorge Razzo

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Es el sueño americano, baby.

En la segunda mitad de la década de los años ochenta, a mi entonces novio, ahora esposo, la firma de auditores para la que trabajaba le ofreció un intercambio profesional en Estados Unidos por un período de año y medio en las oficinas de su firma asociada Coopers & Lybrand.  Por supuesto que aceptó la oportunidad, nos casamos y nos embarcamos en la aventura más trascendente de nuestras vidas a nivel personal y de pareja.  

Llegamos bastante limitados en  el presupuesto económico y con poca fluidez en el inglés hablado. Sin embargo, la calidad profesional de mi esposo era excepcional (siempre ha sido estudiosito, súper ñoño y muy trabajador). Cuando llegó a la oficina de Coopers & Lybrand, mi esposo sufrió el ostracismo por parte de la mayoría de sus compañeros debido a su cargado acento mexicano y su dificultad para la plática coloquial. Por ello, le sugirieron que se inscribiera a un curso de inglés en Interlingua, cuyo costo sería absorbido por la firma. Mi esposo se inscribió al curso. Tomaba dos horas de clase en la mañana antes de llegar a la oficina en la que durante semanas y felices días no le asignaron ningún trabajo. Él aprovechó el ostracismo al que fue sometido, dedicándose a repasar los principios contables americanos y a leer las revistas técnicas a las que tenía acceso en la oficina hasta que llegó la temporada alta de trabajo para la firma.

Echaron suertes para ver en qué equipo de auditoría trabajaría “el mexicanito cuyo inglés hablado era fatal y que además nadie conocía”. Mi esposo tuvo que medirse técnica y profesionalmente con auditores de Reino Unido, Suecia, Irlanda, Sudáfrica, Australia y los mismos gringos, todos de países anglófonos y poco a poco durante el desarrollo de su trabajo, su equipo se fue dando cuenta de que “el mexicanito” dominaba el inglés escrito y técnico así como los principios contables gringos y todos los aspectos de una auditoría de gran envergadura (en México uno de los clientes que atendía era grupo Ford).

Con orgullo, puedo decir que su calidad profesional y su cultura general, pues es filósofo de corazón con licenciatura y maestría, le ganaron la amistad de varios de sus compañeros de oficina, pues se dieron cuenta de que sus temas de conversación eran muy interesantes, divertidos y para ellos hasta exóticos. También se ganó una admiración intrigada de parte de sus superiores y fue así como fuimos integrados en la vida social de sus compañeros de trabajo, tanto los de intercambio como en la de los nativos del lugar. 

Ensueño americano.
Ilustración: Dario Marcucci

Durante las reuniones sociales en las que comenzamos a participar, me di cuenta de que la gran mayoría de sus compañeros de intercambio a lo que aspiraban era lograr quedarse a trabajar y vivir en Estados Unidos. El intercambio profesional era sólo la plataforma para lograrlo. Todos, excepto el sueco, se quejaban de la mala situación económica de sus países de origen, especialmente el irlandés y el australiano. 

Un día de asueto (Memorial day), uno de los socios grandes de la firma invitó a todos los de intercambio junto con sus respectivas esposas a un brunch en su casa. Ahí convivimos con su familia, y resultó ser que su esposa era norteamericana de padres irlandeses inmigrantes. Enterada de esto y durante la plática “de señoras”, la esposa del irlandés, sin ambages, le pidió a la esposa del socio que la ayudara a encontrar un empleo de secretaria. La amable señora le dijo que haría lo que estuviera en sus manos para ayudarla, pues estaba encantada con “la típica irlandesita pelirroja” a quien veía como la hija que nunca tuvo.  Acto seguido, se dirigió a las otras esposas de los de intercambio y les ofreció la misma ayuda excepto a mí.

Debo confesar que me sentí discriminada, porque la verdad yo también en mi fuero interno rogaba a Dios que mi esposo y yo pudiéramos quedarnos a radicar en un país en el que los trámites de cualquier tipo son expeditos y transparentes, en el que gran parte de la oferta cultural es de calidad y no onerosa (museos, bibliotecas y talleres de todo tipo), en el que la posibilidades de esparcimiento de naturaleza son prácticamente gratuitas y hermosas (parques públicos y parques nacionales), en el que un sueldo medio alcanza hasta para ahorrar, en el que las comunidades parroquiales son auténticamente fraternas, en el que los vecinos no envidian sino que hacen labor comunitaria, en el que las universidades locales son de calidad, y lo que ustedes gusten agregar.

Para no hacer el cuento largo, mi esposo logró dos ascensos dentro de la firma. Primero de semi-senior a supervisor, y después de supervisor a gerente, por lo que pudo extender su intercambio un año y medio más.  Menciono con orgullo que hasta esa fecha ningún mexicano de intercambio había logrado ser ascendido a ese nivel por los gringos.

 ¿Y cómo creen que tomó dichos ascensos la firma en México? Pues muy mal. En vez de felicitarlo, lo presionaron para que no se le ocurriera quedarse a vivir en Estados Unidos. Incluso su situación detonó tensiones entre las firmas (la mexicana y la gringa). Así que,  al término de su segundo período, mi esposo decidió regresar a la firma en México muy a mi pesar.

Así fue como terminó mi sueño de vida americana. A pesar de esto, de vuelta en México, con una bebé mexico-norteamericana en brazos, como familia, siempre hemos ido hacia adelante socioeconómicamente hablando. Durante el tiempo que llevamos de casados, mi esposo ha superado con creces cualquier expectativa mía de una vida confortable aquí en nuestra patria, pero, sin duda, mucha de esa superación ha sido gracias a la experiencia de tres años que vivimos en Estados Unidos. Hoy por hoy, el hecho de que mi esposo haya asimilado perfectamente la mentalidad y la ética de trabajo y de negocios de los gringos ha sido el mayor plus para su desarrollo profesional en México.

Estatua de la libertad
Foto: Darren Patterson

Ahora bien, dada mi experiencia personal arriba narrada ¿Cuál es mi posición respecto de la llamada “fuga de cerebros”? 

El papa Juan Pablo II, en su discurso a los representantes del mundo intelectual y del Colegio “La Salle” de Santa Cruz, Bolivia el jueves 12 de mayo de 1988, señala que “Motivo de seria preocupación para todos debe ser la actitud insolidaria de lo que ha venido a llamarse <<fuga de cerebros y capitales>> que, en lugar de contribuir al desarrollo progresivo de la comunidad nacional, prefieren desvincularse de su propia tierra para buscar otros medios más prósperos donde podrán establecerse supuestamente en condiciones más favorables. Con esto, no queremos negar el legítimo derecho, consagrado por la doctrina social de la Iglesia, a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio, cuando así lo aconsejen justos motivos (Pacem in terris, 25), ni tampoco el hecho de que a veces esas migraciones estén provocadas por situaciones de inseguridad reinantes en el propio ambiente”.

Aunque su Santidad Juan Pablo II en aquella ocasión haya tachado la fuga de cerebros como actitud insolidaria, yo estoy a favor de ella, sobre todo tratándose de fugas desde países de origen en los que, como en el nuestro, la meritocracia está subordinada al compadrazgo y a la grilla institucional tanto pública como privada. Situaciones que mis padres, esposo y yo hemos sufrido en nuestra vida laboral. Hoy, a la distancia, sé que a finales de la década de los años ochenta, mi mayor ilusión era que mi esposo y yo fuésemos cerebros fugados de México y avecindados en Estados Unidos.

 Como ven, no todos los sueños se cumplen, pero hoy, en la segunda década del siglo veintiuno, una de mis hijas acaba de terminar sus cuatro años de especialidad en ortopedia y trauma, en adición a seis de medicina general y uno de servicio social y lo que le ofrecen en los hospitales es un sueldo irrisorio. Al no tener padres o familiares médicos, no puede aspirar a ser integrada en los equipos de cirugías programadas. Ni siquiera le ofrecieron apoyo laboral sus profesores y jefes del INR (Instituto Nacional de Rehabilitación) Profesores y jefes que en su momento se beneficiaron de la capacidad sobresaliente de mi hija, ya que, desde el primer año de internado, la incorporaron en cirugías de pacientes particulares y no le remuneraban sus servicios con base en tabulador alguno; sino que «le daban para el Uber» o la gasolina; porque la paga real, decían, era la práctica quirúrgica que le hacían favor de proporcionarle.

Ante esta situación, mi hija se encuentra actualmente en la Universidad de Illinois tomando un curso para intentar lograr su sueño de pasar el examen USMLE (United States Medical Licensing Exam), un examen que se sabe es muy difícil de aprobar para estudiantes mexicanos. Mi hija aspira a poder ejercer su profesión médica en un país en el que no hay castigos tipo arresto militar; donde las jornadas laborales se programan para no dejar exhaustos psíquica y físicamente a los médicos; donde en los hospitales-escuela el gobierno no limita los insumos desde torundas hasta prótesis; donde las cirugías programadas no se cancelan porque llegó una urgencia recomendada de alguna secretaría de estado y donde tus convicciones religiosas no te granjean llamadas de atención y amenazas por parte de tus superiores y/o colegas.  Además, como ella menciona: “siempre puedo participar periódicamente (una vez al año) en las campañas de cirugías de ortopedia que se lleven a cabo en las comunidades marginadas de mi país”.  

Como podrán ver, mi hija, es la encarnación de un cerebro que quiere fugarse a un país donde aprecien su capacidad y pueda ganarse el sustento haciendo lo que le gusta. Y nosotros, sus padres, por supuesto que la seguiremos apoyando en esta decisión de fugarse a un país mejor, mas no perfecto. Su padre y yo sabemos de primera mano que, aunque no lograra obtener un empleo en el vecino país del norte, todo lo que viva, experimente, lea y aprenda allá, le servirá mucho para abrirse paso profesionalmente de regreso en su patria.

Monopolios tecnológicos: la resistencia es posible

Conoce el mundo a través de una fotografía

Por: Ana Paola Arce Lujano

Alumna de 3° de secundaria

Cuando miramos una fotografía podemos reconocer lugares y personas. Cerramos los ojos y nos imaginamos ahí, en ese lugar del mundo y en nuestros sueños lo recorremos, nos transportamos.

Se cuenta que el filósofo prusiano, Immanuel Kant, conocía los detalles de puentes y calles de ciudades lejanas, aunque nunca salió de Königsberg. Era un hombre de mundo, que podía dar detalles de Londres o París como si hubiera estado ahí muchas veces e incluso mejor que algunos viajeros. No en vano se consideraba ciudadano del mundo.

Con el Internet podemos mirar tantos lugares e incluso situarnos y caminar algunas calles con la vista satelital de Google Maps. Entre tantos lugares, quiero que recorramos el Palacio de Cibeles y una calle en Pamplona.

Madrid, España. El Palacio de Cibeles, es una increíble construcción, de Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, inaugurada en 1909. Solo con verlo, causa una bonita sensación. Construido en hierro, cristal y piedra; las figuras que lo decoran son magníficas. No basta con asombrarnos con el exterior, también vale la pena apreciar lo que está en el interior:

Dentro del Palacio de Cibeles puedes disfrutar de un buen rato en las salas de reflexión y lectura, también puedes visitar el sorprendente auditorio, disfrutar de una buena bebida en la cafetería y admirar las obras artísticas.

Algo que me parece muy padre, es que en la última planta hay un mirador. Este monumento, día o noche, es portentoso.  Esta imagen es solo una pequeña parte de esta asombrosa construcción. Está 100% comprobado que aquí no te vas a aburrir, lo recomiendo infinitamente porque, con tantas actividades y belleza seguro no vas a querer salir nunca de ahí.

Palacio de Cibeles

Pamplona, España. Udazkena, un lugar muy recomendable para ir en otoño. Es asombrosa la forma en la que podemos profundizar en nuestra mente y relacionar cada estación con nuestra vida diaria.

Podemos caracterizar nuestras emociones e incluso nuestras etapas de desarrollo y crecimiento. En un momento las hojas están muy verdes, representando la infancia ¿recuerdas cuando eras niño? cuando nunca parabas, siempre haciendo algo y a pesar de no tener muchas cosas, seguías jugando y tratando que todos jugaran contigo, en ese momento compartías tu emoción con los demás.

Después las hojas se vuelven color amarillo, ésta etapa sería tu pubertad, pasas de niño a joven, empiezas a ver las cosas buenas y malas, comienzas a tomar decisiones, aunque todavía pides consejos de tus más cercanos, comprendes cuales son tus gustos, tu estilo y tus amigos verdaderos.

Posteriormente, las hojas se vuelven rojas, aquí se refleja la juventud, cuando defines tu futuro, empiezas a priorizarte y analizas como organizar tu vida para poder lograr tus objetivos, te reúnes con tus amigos y te gusta pasar horas con ellos; más tarde esas hojas cambian a color naranja y llega la adultez. Empiezas a trabajar, generalmente cumples los planes que ideaste en la juventud y empiezas a disfrutar más el tiempo en familia. 

Por último llega al color café, aquí empezamos a disfrutar lo último, te preocupas un poco más por la salud, pero generalmente disfrutas todo y sigues tu día sin estrés ni trabajo.

Hasta que el árbol pierde sus hojas, con el invierno, y tras la muerte llega de nuevo la vida. La naturaleza tiene ciclos y nosotros somos parte de ella. Lo vez, es así como en una simple calle con un árbol puedes reflexionar sobre la vida.

MDNMDN