Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos

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Cuando la gente piensa en México, a la mayoría le viene a la mente su rica cultura y tradiciones. Los mexicanos deben muchas de éstas al enriquecedor encuentro que se produjo entre los españoles y las culturas indígenas. Sin embargo, hay quienes piensan que México fue una colonia española con una situación similar de los países africanos bajo el dominio europeo, pero tal idea es completamente errónea y absolutamente ignorante de la historia mexicana. 

Si pensamos en una relación en cierta forma perjudicial para México, deberíamos re-enfocar nuestra mirada hacia sus vecinos del norte. Pero, ¿por qué es así? ¿Acaso los españoles no mataron a gran parte de la población indígena? ¿Qué no invadió Estados Unidos a México una sola vez? 

Las diferencias entre estos dos países son más profundas que la evidente diferencia socioeconómica y la “oposición entre desarrollo y subdesarrollo, riqueza y pobreza, dominación y dependencia”, afirma Octavio Paz en el texto Posiciones y contraposiciones: México y Estados Unidos. Para comprender la compleja relación entre México y Estados Unidos y las profundas diferencias entre ambos, es necesario retroceder en el tiempo. 

La oposición entre México y Estados Unidos es antigua y se remonta a la América precolombina. “El norte del continente estaba poblado por naciones nómadas y guerreras; Mesoamérica, en cambio, conoció una civilización agrícola, dueña de complejas instituciones sociales y políticas”. Unos pobladores eran cazadores y otros, agricultores. Esta división influyó enormemente en las políticas de los ingleses y los españoles hacia los nativos americanos.

Las diferencias entre los ingleses y los españoles que respectivamente fundaron «Nueva Inglaterra» y «Nueva España» también fueron decisivas: “en Inglaterra triunfó la Reforma mientras que España fue la campeona de la Contrarreforma”. Conquista y evangelización, ambas palabras profundamente españolas y católicas, describen mejor lo que ocurrió en México. La expansión colonial de Inglaterra no tuvo relación con ellas.

El catolicismo traído a México por los españoles estuvo lleno de asimilación y hubo una mezcla de culturas. De la cultura indígena, México conservó: la familia, la amistad, las actitudes hacia el padre y la madre, la imagen de la autoridad y el poder político, la visión de la muerte, el trabajo y la fiesta. De la cultura española, México conservó: la lengua, la religión, las instituciones políticas y el espíritu aventurero y valiente. México es una nación nacida de dos civilizaciones con un rico pasado, tanto de los indígenas como de los españoles. 

Por el contrario, en Estados Unidos no hay ningún elemento indígena. La mayoría de los nativos americanos fueron exterminados, y los pocos que quedaron fueron recluidos en «reservaciones». Como escribió el premio Nobel mexicano Octavio Paz, “los Estados Unidos se fundaron sobre una tierra sin pasado”. Estados Unidos no tiene raíces, y exactamente lo contrario ocurre con México, que tiene una herencia muy vasta. En uno de sus ensayos, Octavio Paz sugiere que la actitud del catolicismo hispano es incluyente, y la del protestantismo inglés es excluyente: asimilación vs. segregación.

Otra oposición significativa se relaciona con la actitud de cada nación hacia el trabajo y la fiesta. Para la sociedad novohispana, el trabajo no redimía, y el trabajo manual era servil. El hombre superior mandaba, contemplaba y disfrutaba. El ocio era noble. Y si se tenía riqueza, se construían iglesias y palacios y se hacían grandes celebraciones. Por el contrario, la sociedad protestante de Estados Unidos, afirmaba el valor redentor del trabajo y rechazaba el valor de la fiesta. Para los puritanos, el trabajo era redentor porque liberaba al hombre, y esa liberación era una señal de la elección divina. 

La sociedad mexicana era muy heterogénea, por lo que requería un gobierno central fuerte controlado por el monarca español y la Iglesia católica. La situación de Estados Unidos era diferente. Las pequeñas comunidades coloniales eran más bien homogéneas, y las instituciones democráticas podían florecer allí más fácilmente. 

Para Octavio Paz, el mayor contraste entre estos países es su posición respecto al tiempo. Estados Unidos es una sociedad orientada hacia el futuro. “El norteamericano vive en el límite extremo del ahora, siempre dispuesto a saltar hacia el futuro. El fundamento de la nación no está en el pasado sino en el porvenir… su acta de fundación, fue una promesa de futuro”. La posición de México es justo la contraria. “[E]l ideal fue perdurar a imagen de la inmutabilidad divina… pluralidad de pasados, todos ellos presentes y combatiendo en el alma de cada mexicano… La utopía, para ellos, no consistía en construir el porvenir sino en regresar al origen, al comienzo.”

Estas historias y caminos distintos han hecho que ambos países sean profundamente diferentes. Sin embargo, hay que decir que la sociedad mexicana era más rica y próspera que la estadounidense hasta finales del siglo XVIII. Pero todo cambió…

Justo después de la independencia de México, Estados Unidos, comenzó a perturbar aún más la inestable situación de la nueva nación. Una de las figuras más oscuras del imperialismo estadounidense y uno de sus mejores espías y alborotadores fue Joel R. Poinsett, el primer agente especial estadounidense en Sudamérica y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México. Era un oficial protestante, masón, anticatólico, antihispano, antimonárquico, codicioso y de mente clara, decidido a obtener el mayor beneficio para Estados Unidos de la situación política mexicana. Podríamos decir que era bastante anti-mexicano.

Fue enviado a promover un ajuste fronterizo que concediera a Estados Unidos dos tercios del territorio mexicano. Por supuesto, su petición fue denegada. Pero tras sus intentos fallidos, optó por una estrategia diferente: dividir a los mexicanos y fomentar intrigas entre ellos. Para ello, estableció las logias masónicas, que desde entonces han manejado y desgraciado a los gobiernos mexicanos. Además, fomentó la «leyenda negra» antiespañola que dice que los españoles solo robaron y asesinaron a las grandes culturas indígenas. Pero esto no es preciso. La nación mexicana es mestiza, lo que significa que surge de la mezcla de españoles e indígenas. Por supuesto hubo algunos abusos, pero el balance es más positivo que negativo. La situación en México propició los primeros desarrollos de la noción de los derechos humanos por parte de los misioneros religiosos y México no tuvo esclavos como Estados Unidos porque sus ciudadanos eran súbditos directos del reyes españoles como lo pidió la reina Isabel desde que Colón descubrió estas tierras. 

Las malas intenciones de Poinsett también fomentaron la expulsión de los españoles que quedaban, lo que produjo una mayor crisis en México en muchos sentidos: hubo una pérdida de población en varias regiones que quedaron como presa fácil para americanos ambiciosos, una pérdida de capital e industria necesarios para el desarrollo del nuevo país, y la pérdida de muchos sacerdotes y misioneros. Finalmente, se pidió la expulsión de Poinsett del país por toda la inestabilidad que estaba provocando. Pero en 1847, Estados Unidos invadió México, lo ocupó y le impuso terribles y pesadas condiciones de paz. Fue la guerra mexicano-estadounidense en la que Estados Unidos obligó a México a ceder más de la mitad de su territorio. La codiciosa expansión territorial del presidente Polk dejó a México con una agitación interna peor, muchas vidas perdidas y un sentimiento nacional en un estado de degradación y ruina.

Durante gran parte del siglo XIX, México sufrió guerras civiles, y los liberales mexicanos (principalmente masones dejados por obra de Poinsett) trataron de implantar una república democrática enfrentándose a la Iglesia católica. Esto supuso una ruptura radical con el pasado y produjo más división interna. Esta ruptura con la Iglesia hizo colapsar la educación y produjo que mucha gente quedara analfabeta y pobre. Las guerras acabaron produciendo el militarismo que llevó a la dictadura del presidente Díaz, que a su vez condujo a la Revolución Mexicana, que no pudo implantar una verdadera democracia sino sólo un régimen autoritario con una máscara de democracia. La desigualdad social y la acción de los monopolios económicos, entre ellos los de Estados Unidos, han dificultado desde entonces en gran medida el desarrollo de México. 

Hasta estos días, la injerencia estadounidense en la política mexicana continúa pero se ha transformado en la presión económica de las grandes empresas y su poder para manipular y abusar de las frágiles instituciones mexicanas corroídas por la corrupción. Además, Estados Unidos abusa de alguna manera de la dependencia de su vecino del sur y se aprovecha de la mano de obra barata sin proporcionar derechos laborales ni seguridad a las familias de los empleados. 

Una situación particular de injusticia en las relaciones México-Estados Unidos que puede ser retratada como una «sombra global» es la relacionada con la guerra contra las drogas. Es una sombra multifacética de poder, privilegio, inconsistencia e irresponsabilidad porque el gobierno de Estados Unidos ha avanzado poco en la reducción de la demanda y el consumo de drogas ilegales. Esto ha fomentado el crecimiento del mercado de las drogas, lo que detona también el crecimiento de los cárteles y desencadena muchos círculos viciosos al mismo tiempo. La violencia del narcotráfico destruye las comunidades y muchos jóvenes mueren por la violencia relacionada con las drogas o por sobredosis. Las madres tienen que trabajar en fábricas (lejos de sus casas) para mantener a sus hijos, y mientras tanto, los niños quedan solos a merced de los cárteles de la droga que los enrolan para su negocio. El consumo de drogas es un mal social, pero los más afectados son los más vulnerables. A Estados Unidos parece importarle sólo su beneficio económico y se lava las manos proporcionando más armas para combatir a los cárteles, pero no hace nada para solucionar el vicio de sus ciudadanos que causa todos los problemas. Mientras tanto, además de todos sus problemas, México mismo se está convirtiendo en un consumidor de drogas, y la legalización de la marihuana en algunas jurisdicciones estadounidenses ha empujado a las organizaciones del narco a concentrarse en drogas más duras.

Una solución podría ser reducir el consumo mediante campañas serias y no fomentar más el consumo mediante la legalización de las drogas. Hay que cambiar la cultura. La enfermedad de Estados Unidos es moral, y su hedonismo es otra cara de la desesperación. El libertinaje no es libertad. La libertad no es hacer lo que uno quiera. La verdadera libertad es hacer el Bien. Enseñemos a nuestros jóvenes a usar su libertad para servir al prójimo con amor.

Los defensores de la legalización de las drogas dicen que se erradicará el mercado negro, pero bien podrían seguir vendiendo marihuana a menor precio y a los menores de edad. NO a la marihuana y SÍ a la educación. Al buscar el bien común, el Estado debe proteger a sus ciudadanos. Ejerciendo la verdadera libertad, uno no se perjudica a sí mismo ni a los demás…  

El genial Octavio Paz termina su perspicaz ensayo sobre México y Estados Unidos –publicado en The New Yorker en 1979– con una advertencia que sigue siendo válida hoy: 

“Hoy los Estados Unidos se enfrentan a enemigos muy poderosos pero el peligro mortal no está fuera sino dentro: no es Moscú sino esa mezcla de arrogancia y oportunismo, ceguera y maquiavelismo a corto plazo, volubilidad y terquedad, que ha caracterizado a su política exterior en los últimos años … Para vencer a sus enemigos, los Estados Unidos tienen primero que vencerse a sí mismos: regresar a sus orígenes. Pero no para repetirlos sino para rectificarlos: el otro y los otros —las minorías del interior tanto como los pueblos y naciones marginales del exterior— existen. Si los Estados Unidos han de recobrar la entereza y la lucidez, tienen que recobrarse a sí mismos y para recobrarse a sí mismos tienen que recobrar a los otros: a los excluidos del Occidente”.

Octavio Paz, «Reflections Mexico and United States».

La frase «Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los estados Unidos» se atribuye a Porfirio Díaz.

Nuevo León: Un gobierno bruto

Nuevo León: Un gobierno bruto

Por Mariana Mares

El progreso empresarial nos está matando. La conversación política en Nuevo León se basa en qué tan ideal es la vida que lleva aquel influencer nepo baby que ahora es candidato a algún cargo público o cuántos seguidores tiene. ¿Por qué el mal llamado pueblo neolonés, no cuestiona las narrativas clasistas de la autoridad ejecutiva estatal? Samuel García ha proclamado un discurso de progresismo tóxico en el que, asocia el “ascenso” de la clase trabajadora con la ultraproductividad, con el consumismo, con la migración de empresas extranjeras a nuestro territorio que solo (y que quede claro) beneficia al compadrismo San Petrino, empresarial y familiar, del propio gobernador, que por cierto tiene más seguidores en Instagram que cualquier otro.

La seguridad con la que Samuel García promueve el progreso empresarial, provoca en la sociedad un efecto de aceptación y seguridad, esto dado a que, de la mano de Mariana Rodriguez, han creado una especie de culto a la aspiración ajena. Sus seguidores que luego son votantes, razonan que, si Samuel negocia al estado como negocia sus finanzas, entonces un día seremos tan ricos como ellos; y se sienten un paso más cerca de ello porque pueden endeudarse por un iPhone o un Tesla o una membresía de Costco sin poner en juego si comen o no, esa misma gente, es la masa ciega de la sociedad que se niega a creer que aquellos a los que aspiran ser, son los mismo que hacen tratos con constructoras para lavar propiedades millonarias. Ignoran apáticamente el incremento vagamente fundamentado de las tarifas del transporte público ¿por qué?, porque en Nuevo León, la cultura no incluye el diálogo político en la mesa, sino el debate futbolístico del clásico del fin de semana.

Quizás crean que no les afecta, puesto que ese cúmulo de followers se creen superiores a la clase baja porque ellos sí tienen auto propio, olvidando que condenaron una década de su actividad económica para ser algo distinto a la mayoría, para ser alguien que no tiene “necesidad”. Tal vez por esa falta de pensamiento crítico de la sociedad al que la clase trabajadora esta condenada, es tan fácil para Samuel dar largas cuando se le cuestiona por qué no clausura las refinerías y plantas de producción que contaminan el aire en Monterrey a un nivel que supera los limites de la salud; su fandom lo respalda.

El cinismo de los poderosamente brutos en Nuevo León, no deja nada que desear. Mariana Rodríguez tiene una sola lógica: si el pueblo se queja tanto de la contaminación, ella ofrece alternativas que a su vista son viables (vista a corta distancia: vista a su sociedad, a su círculo de colonos), la esposa del gobernador, la candidata a alcaldesa por Monterrey (que reside en San Pedro), la influencer favorita del pópulo, ofrece en pleno tiempo de protesta en contra de toxinas en el aire que matan, que enferman y que atentan contra la vida de nacidos y no nacidos, un descuento y promoción de un purificador de aire que cuesta tres meses de salario mínimo. Esa falta de empatía no se fomenta sola, es el conformismo, mismo que ha llevado a la ciudadanía a caer en manos de líderes político-sociales tan deplorables como ignorantes de toda responsabilidad que abarca un cargo público. No saben servir, solo ser servidos: “En Estados Unidos, que son más como nosotros, los norteños, casi no usan transporte público… el objetivo de los regios es sacar un carro propio” (García, Samuel 2025), por ello, es ilógico que el ciudadano exija la recesión del tarifazo al transporte público.

Hasta que la sociedad de Nuevo León y México en general, no se indigne lo suficiente, no reaccione y levante la voz, o no ponga el tema político sobre la mesa, no habrá un progreso en la personalidad de las figuras de autoridad que gobiernen. Generar un pensamiento crítico es fundamental para medir y criticar justamente las acciones y decisiones que los gobernantes y afines llevan acabo en congresos, en reformas, en decretos, en mandamientos y en stories.

La herencia religiosa: un encuentro con Dios en las bondades cotidianas. 

La herencia religiosa: un encuentro con Dios en las bondades cotidianas. 

Por: Sara Paola Arriaga Lovera.

Es muy curioso que dentro de todo lo que nos heredaron nuestros padres la forma de relacionarnos con la espiritualidad es una de ellas. Si nuestros padres son ateos, nosotros seremos ateos; si nuestros padres son agnósticos, seremos agnósticos; y si son católicos, seremos católicos. Al menos en primera instancia. 

Según el INEGI (2020), en México, el 77.7% de la población es católica, pero incluso dentro de ese porcentaje es mucho menor la cantidad de personas que realmente conocen el catolicismo. Pensemos en aquellos que se denominan “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”, como si la religión fuera separable de su ejercicio. O, en aquellos que se bautizan, se confirman y se casan solo porque “es lo que se acostumbra”, pero jamás pisan el templo un día ordinario ni se han preguntado por su fe o por qué hacen lo que hacen. Seguramente el término “católico” debería ser aristotélico, porque al parecer se dice de muchas maneras.

Luego, por otro lado están los que quedan por fuera de ese porcentaje, aquellos que practican otra religión: mormones, cristianos, protestantes, musulmanes, etc. Pero ya sea que se consideren católicas o no muchas personas repiten incontables prejuicios sobre el catolicismo, la mayoría repiten estos prejuicios por ignorancia, francamente. Me parece desconcertante que los afirmen con tanta seguridad y hasta con odio, odio por algo que ni siquiera es lo que creen que es y, peor aún, que no se dan ni el  tiempo de conocer al menos para saber si su crítica es válida. 

Yo soy católica, pero mis padres no lo son; es decir, estoy bautizada porque los padres de mis padres son católicos y es la espiritualidad que les heredaron. Mis padres participaban de ese pequeño grupo que hace las cosas por costumbre sin conocer su fe, cuando les pregunté por qué se habían casado me respondieron que era lo que se acostumbraba y nada más. Claro que mis padres se querían, pero cuando llegaron los problemas y se sumaron al desconocimiento del significado de su propio matrimonio, quedó claro que su amor no era suficiente para mantener su unidad en medio de las vicisitudes de la vida.

Cuando mis padres se divorciaron se metieron en todo tipo de búsqueda espiritual alternativa. Y no los puedo culpar, el divorcio es algo que no existe en el catolicismo y la disolución de un matrimonio es algo mucho más difícil que solo separarse porque ya no quieren lidiar juntos con las circunstancias. Nadie quiere sentir que le falló a Dios por “divorciarse”, entonces se vuelve mucho más fácil buscar otra religión que responsabilizarse de su falta, aunque el verdadero problema es el desconocimiento de la fe. 

Así es que yo más bien crecí en un entorno “alternativo” de misticismo, reencarnación, feng shui, péndulo, imanes, cristales con poderes mágicos, numerología tántrica, meditaciones de estilo oriental y algunos otros revoltijos. Una crianza muy ”new age”, aunque estoy muy segura que las generaciones de ahora que practican estas cosas terminan inmersos en ellas por razones muy similares a las de mis padres. Al final Dios nos habla a cada uno de nosotros como solo él sabe que podemos entenderlo y quien realmente quiera buscarlo, estoy segura de que lo encontrará, sin importar el camino del que parta. La verdad es solo una; única y absoluta. Y, curiosamente, fue esta misma premisa la que me llevó al catolicismo.

Cuando era adolescente era discípula de una mujer que se autodenominaba como médium, “canal crístico”, exorcista, numeróloga… entre otras cosas. Yo sentía que algo no estaba bien, encontraba muchas inconsistencias en su discurso: acciones perjudiciales para personas en situación de crisis; una estrecha relación entre la “espiritualidad” y la monetización; un desprendimiento del juicio y la realidad (los hechos); intrusión abusiva en la vida de los demás y muchas otras características perturbadoras. 

Entonces, entendí dos cosas. 

La primera, ese tipo de experiencias son como estar borracho, se siente bien… hasta que llega la resaca y ves que la falta de sobriedad espiritual te puede llevar a la locura, como tener una “actitud positiva” completamente desarraigada de lo que está pasando y que al final no te ayudará a solucionar nada. O ver cosas que en realidad no están ahí y desarrollar psicosis. 

Y lo segundo que entendí es que la desesperación te lleva a creer lo que sea, y cualquiera de nosotros es susceptible de ello, sobre todo si es algo que nos llena el ego o nos brinda cierto sentido de identidad, como: “tú tienes un don”, o “eres especial”, o “puedes ver cosas que otros no ven”, o “tienes un nivel de conciencia superior”. Por ello debemos conducirnos con sobriedad y humildad, porque es muy fácil perderse en la vida espiritual. 

Entonces me di cuenta: yo no estaba dispuesta a renunciar a buscar a Dios por un vano consuelo de satisfacción que llenara mi ego. Así me encontré de frente con el catolicismo, no como la religión que me trasmitieron mis padres, sino como una mano amiga que se extendió ante la incertidumbre y no la hizo desaparecer, pero la degradó en matices de esperanza. No fue inmediato, tampoco agradable. Pero, me hizo mirarme a mi misma con atención y aceptación para confrontar mis pensamientos, palabras y emociones. Conformando mi sentir en una conversación con Dios, reconociendo cuando he fallado para pedir perdón e intentarlo de nuevo. Ahí, es donde aprendí que no se necesita ser “especial” para hacer algo bueno, todos somos capaces de hacerlo conforme a nuestras posibilidades y son esas pequeñas bondades en las que verdaderamente encontramos a Dios.

Tal vez mis padres no me heredaron mi espiritualidad. Tal vez con ello me mostraron un camino más largo. Quizá, sin proponérselo,más bien me enseñaron lo que no debía hacer. O incluso puede ser que lo que aprendí de ellos no fue lo que intentaban enseñarme. Pero, lo que sí aprendí fue a elegir libre y voluntariamente mi manera de encontrarme con Dios. De escoger las pequeñas, pero buenas acciones, para no perderme.

Las entrañas de la nación

Las entrañas de la nación

Por Alberto Domínguez Horner

Hace unos años conocí un lugar que supera en extrañeza a todos los lugares que mis allegados de entonces habían visitado en otros países. En septiembre del 2014, partícipe del programa marista Jóvenes por el servicio, llegué a Quiegolani. Fueron varias horas de camino en un colectivo que abordé en Tehuantepec. Pronto el camino dejó de ser carretera. Cruzamos un riachuelo y a partir de ahí todo fue subir una sierra que, cuanto más subíamos, más se poblaba de ocotes y de ese aroma, esa sensación de estar verdaderamente lejos.

Está en lo alto. Algunos no me creen que allí hay días en que las nubes se ven hacia abajo. La mayoría de la gente vive, por usar palabras de Elsa Cross, «en casas que se prolongan de la tierra / adobe igual en suelo y en paredes». En ese entonces unas casas eran ya de concreto; sin embargo, no creo que haya cambiado mucho en tan pocos años. Al centro del pueblo están el ayuntamiento y el bachillerato marista, con una cancha de básquet en medio que hace las veces de plaza pública, cubierta por un domo, y junto de ella, un kiosco. En las casas, una mata de chayote cubre el patio para dar sombra a la hamaca; cada una tiene su estufa u hoguera de leña y algunas espigas de maíz esporádicas.

Para mí, Quiegolani fue el nuevo mundo. Pero no quiero dilatarme en exceso en lo pintoresco (huipiles, flores y bailes), porque me haría ignorar el propósito mismo de mi viaje: un asunto religioso. Siempre me niego al adjetivo ‘misionero’, entre otras cosas, porque no fui a evangelizar. Prefiero hablar de esto como un ‘año de servicio’. En efecto, el viaje consistía en un año entero —un ciclo escolar, para ser precisos— de servicio en favor de una comunidad zapoteca en la sierra sur de Oaxaca. El llamado divino y el afán de buscar la verdad sobre cómo vivir una buena vida (como parte del mismo llamado) me movieron a esto.

El sentimiento aventurero puede ser largo, pero se acaba. Un año parece mucho tiempo. Al cabo de tres meses fuera de mi casa, lejos de mis seres queridos, llegó la pregunta en serio: «¿para qué un año de servicio? ¿Qué quiero probarle a quién?». Varias veces pensé en desistir. Pensaba con frecuencia en mi regreso a San Luis, mi casa, como el regreso a un lugar idílico. ¿Por qué tuve que ir tan lejos para ver lo que estaba tan cerca? A ratos, esa sierra verde y fresca era un desierto. Mas, puesto que el origen de mi decisión se hallaba en mi relación con Dios, desistir era cobardía. Por fortuna, en los momentos de duda reafirmé mi decisión.

Mi trabajo ahí era, en un principio, dar clases de inglés en el bachillerato marista. A los pocos días me diversifiqué: cubría algunas clases de Lengua Española, me convertí en maestro de educación física, abrí un taller de guitarra… Permítaseme, antes de continuar, explicar las coordenadas de todo esto. Quiegolani es la cabecera municipal, un pueblo grande, es decir, un pueblo con más o menos mil quinientos habitantes. Los maristas tienen un internado que recibe estudiantes de pueblos cercanos sin preparatoria, para que puedan continuar sus estudios. Además de mis labores educativas en el bachillerato, el director me designó encargado de la hora de estudio y, al cabo de una semana o dos, director de la sección de varones. ‘Sección de varones’ suena a un edificio robusto; a despecho del sonido, la infraestructura consiste en un pasillo techado con láminas —con corcholatas en los clavos de las láminas para combatir las goteras—, y ocho o seis dormitorios a cada lado del pasillo, de cuatro metros cuadrados cada uno y con dos o tres personas por dormitorio. Yo compartía cuarto con Jesús, un chavo del grupo especial, con discapacidades cognitivas y motrices, y un gran sentido del humor.

El internado está fuera del pueblo, a media hora caminando. De mis ratos cotidianos más agradables eran las caminatas matutinas y nocturnas del internado a la escuela, es decir, al pueblo, y de regreso, con mis botas y con mi guitarra a cuestas. Algunas noches encontraba vacas en medio del camino. En el segundo día de haber llegado, una niña me dijo: «te vas a morir cuando veas el amanecer». «Ya lo vi hoy en la mañana», le dije, «mientras caminaba al pueblo». «Bueno», dijo ella, «tú lo viste un día. Yo lo he visto toda mi vida». Eran rayos rojos y refulgentes para desayunar con los ojos.

Octubre fue el mes más difícil. Luego, gracias a que me sumergí en la comunidad, la melancolía y la inestabilidad menguaron. Encontré una empatía natural con los estudiantes del internado: ellos también eran extranjeros. Las comunidades más cercanas, por ejemplo, Chonte, están a dos horas caminando. La sensación de distancia es similar a la que tenemos los potosinos respecto de Querétaro o León.

Después de la cena, jugaba ajedrez con Itzel, una madre soltera precisamente de Chonte que, con todo y su hijo Arat viviendo en el internado, no se rendía y estaba determinada a completar sus estudios. Conversaba seguido con Galindo, otro de los estudiantes. En los primeros días coincidimos en las regaderas. Hicimos plática para ignorar que temblábamos de frío; me contó que le gustaba el rap. «Escucho rap, pero por la letra, la rima». Nos hicimos amigos. Podría escribir una historia con cada nombre. Gloria, Pit, Reynel, Nahúm, Rosalía, Rosita, Lencho, Nacho, Chendo…

Mi mejor amiga estaba en condiciones parecidas a las mías; ella hacía su año de servicio en un pueblo del istmo. Su compañía fue invaluable. El puente del Día de todos los santos lo pasamos juntos. Fuimos a otro pueblo, boscoso, donde vivía la abuelita de una de las maestras que trabajaban con ella en el istmo. El pueblo se llama “La Baeza”, y la abuelita, Mama Lela. Si no me equivoco, Mama Lela ya había pasado los noventa años. Nos recibió en su casa. La acompañamos al cementerio con cempoalxóchitl, y dejamos flores en todas las tumbas, porque todos eran familiares de Mama Lela.

Cuando regresé a Quiegolani, mis alumnos se extrañaron de que no hubiera ido con mi familia: para ellos era una fecha más importante que navidad. A pesar de esas lejanías en costumbres y, muchas veces, en creencias, siempre me sentí acogido en la comunidad.

En diciembre, para navidad, fui a San Luis con mi familia y en varios aspectos el sentimiento era inverso: ya me había acostumbrado a vivir en Oaxaca, es decir, con hábitos de oaxaqueño. Mi familia me miraba del mismo modo en que Úrsula Iguarán miraba a Arcadio Buendía cuando regresó de vivir con los gitanos. En esa época, para mí, el chocolate en agua, las tortillas enormes y el mezcal me eran familiares; en cambio, el aroma de los oxxos, la placidez del vino y la comodidad de dormir en un colchón me parecían sensaciones en extremo exóticas. Por más que la platicara, mi vivencia era intransferible. Me sentí extranjero en mi propia ciudad. Ese viaje a San Luis también lo hice en compañía de Dani, mi mejor amiga. Recuerdo a la perfección lo que me dijo cuando entramos a San Luis por la carretera 57, frente a la zona industrial, a las siete y media de la tarde, es decir, a la hora en que los oficinistas vuelven a sus casas y hacen un poco de tráfico. «Todos ellos no se fueron de año de servicio», me dijo. Me quedé perplejo contemplando todas las luces de todos los automóviles de todas las personas que no fueron ese año a perderse en la sierra de Oaxaca. Para ella y para mí había cambiado el mundo. Para los demás no.

En enero volví devastado. Mi entonces novia terminó conmigo. Tenía la esperanza de que, sin importar que yo estuviera lejos ese año y luego otros cuatro de carrera en la Ciudad de México, la relación prosperara. Aunque muchas personas me lo repetían, hasta entonces no había dado crédito a esa verdad inamovible sobre que las relaciones a distancia sin reencuentro próximo son, de entre las malas decisiones, una de las peores. Así que volví a Quiegolani sintiéndome desarraigado de San Luis y arraigado en la sierra.

Me gustaba esa vida. Cierto ideal de igualdad me movió a buscar un lugar así. El simple hecho de que en la comunidad no hubiera oficios como el de trabajadora doméstica —por usar el eufemismo— me parecía una ventaja. Por mi parte, llegué ahí sin más bienes que mi ropa y mi guitarra. En todo lo demás estaba a merced de la comunidad y de Dios. Comía en el internado como todos los demás y me emocionaba los días en que podíamos sacar rábanos del huerto para comerlos con la sopa.

Todos los sábados hacíamos tequio. El tequio es una de las tradiciones originarias de México más antiguas: la labor de ayudar entre todos a todos para tener una buena casa y un buen espacio público. Puede ser cualquier cosa: arreglar una tubería, hacer limpieza y mantenimiento y hasta construir la casa de una pareja recién casada. De todas las posibilidades, cuando podía, siempre escogía rajar leña. Pocas cosas fortalecen tanto la comunidad como limpiar y arreglar y mejorar el propio entorno con las propias manos y de manera colectiva.

Entrar en una comunidad, sin embargo, es también entrometerse en sus conflictos. El alcoholismo me exasperó tanto que dejé de beber ese segundo semestre. No el alcoholismo, más bien me exasperó la promoción del alcoholismo; me exasperó el día cuando vi a unos alumnos acercarse a la oficina del director y al director servirles un trago nada más porque sí. Tenían entre catorce y dieciséis años. Dejé de beber con la esperanza de darle un ejemplo a los estudiantes, muy a mi pesar pues el mezcal de ahí es estupendo.

Una noche me encontré a un alumno en los baños, vomitando. Algo le pregunté. Me miró asustado y se fue a su dormitorio. Al día siguiente le comenté al director, y no hizo nada ni me dejó hacer nada. No era un hombre del pueblo, sino de la Ciudad de México, creo. Movido por una vocación marista se fue a vivir a Quiegolani. Creo que fue él, junto con otros maristas, quien fundó el bachillerato. Mientras yo estuve ahí, él vivía con su esposa y dos hijos frente al internado. Nunca congenié con él. Hubo días en que, a plena mañana, de tan ebrio que estaba, una de las compañeras que también hacían su servicio ese año y yo tuvimos que cubrir sus clases.

En el pueblo, en alguna ocasión, el profesor de biología —allí vivía— me ofreció mezcal afuera de su casa, junto con otros señores, con la convicción de que yo lo aceptaría y así mostraría cuán vano era mi empeño de alejar el alcohol de los estudiantes. O qué sé yo cuál era su intención; el punto es que él estaba enterado de todo el asunto. Quienes han estado en alguna comunidad similar saben el tipo de agravio que representa el rechazar cualquier comida o bebida que le ofrezcan a uno en son de convivencia. En todo caso, uno tiene que aceptar la comida en algún itacate y llevarla a casa, o decir que sí acepta la bebida —con mueca de que le es difícil resistirse—, pero que en otro momento o en otro día. Pues yo, excedido de tanto ver el perjuicio que las negligencias de los responsables causaban a los estudiantes, decidí tomar la copa que me ofreció el profesor y, en vez de beberla, la derramé.

Semejante agravio me granjeó el enojo de varios y dio de qué hablar. Debí evitar el engreimiento y actuar mejor de un modo pacífico, lo sé. Lo hice con la ingenua creencia de que, como era parte de la comunidad, tenía derecho a proponer cambios con vehemencia. Un año es poco tiempo.

No me agrada el uso cotidiano de la palabra ‘cultura’, porque la mayoría de las veces sólo encubre vicios: o se usa para expresar un sentimiento de superioridad, o para justificar las iniquidades colectivas. Ante mi rechazo al alcoholismo, muchos me respondieron «es cultural». Algunas señoras, sin embargo, me dijeron furtivamente que gracias por darles ese ejemplo a los estudiantes. De las muchas cosas que hice, creo que en el hecho de pelear contra el alcoholismo no me equivoqué. La cultura es universal o no es cultura. Está fincada en la verdad o no es cultura. Me parece absurdo hablar de ‘multiculturalismo’, ‘choque de culturas’ o de México como ‘un país de muchas culturas’. La verdad es universal aunque las creencias y las costumbres varíen. La única acepción correcta que le hallo a la palabra ‘cultura’ es el perfeccionamiento de nuestra humanidad y, en ese sentido, es la misma para todo humano.

Quien se encargaba de los asuntos administrativos del bachillerato y del internado era una mujer, egresada de allí mismo, cuya familia pertenecía a uno de los pueblos cercanos y a cuyo hermano yo daba clases en ese momento. Era especialmente cachetona; amable y dura a la vez, de ceño terso, de esas personas que, de tanto trabajo, duermen poco. Además de las finanzas del internado y del bachillerato, también era suya la responsabilidad de que hubiera despensa para todos y la fatiga de discutir con las instituciones correspondientes para no perder las becas de los estudiantes, cuyo número era siempre menor al número de estudiantes. Su puesto era el segundo en autoridad después del director. Caso curioso: ella misma, luego del incidente con el profesor de biología, se acercó a platicar conmigo. «Así era yo cuando llegué», me dijo, «sacaba a alguien… mandaba a alguien a su casa por tener aliento alcohólico. Iban y platicaban con el director, le lloraban un ratito. Yo los veía luego caminando. “¿Qué haces aquí?”, preguntaba. “Ya platiqué con el director”. Eso me decían. «Yo antes les decía a los papás», continuó, «”su hijo tomó”, “su hijo salió a esta hora, regresó a esta hora”. Les decía, pues, la verdad. Pero el director no es así. El director les dice que sus hijos van muy bien. No les dice que tomaron. “Son adolescentes”, dice, “están en la edad”. Yo me he encontrado hombres en los dormitorios de las niñas, fajándose. ¿Pero qué les digo?, si hablan con el director y ya no pasa nada». Se percibía en su voz la tristeza de quien ha aceptado el mal como algo inevitable. Asombroso que a ella, nativa de esa misma sierra, no le preocupaba lo cultural del asunto y sí le preocupaba la deshumanización, y que el extranjero filántropo director que fue allí para servir al pueblo era la causa de que no pudiesen solucionar, al menos dentro del internado, esos problemas.

Los pueblos no son monolíticos. Tienen sus disputas internas como cualquier sociedad, originadas en la diversidad de creencias e intereses de sus individuos. En una fiesta patronal del pueblo, antes de ir a la plaza, cené en la casa de la familia a la que más cariño le tuve; sus hijos son los niños más inteligentes que jamás he conocido. La señora me confesó su disgusto frente al gasto excesivo de la celebración: fuegos artificiales, cajas interminables de cerveza, bandas relativamente famosas, luces, escenario… «Y todo esto, para quedarnos pobres todo el año», dijo. Hablar de cultura en sentido general o monolítico soslaya la vida real de una comunidad.

En ese sentido, no me enamoré de la cultura de la sierra de Oaxaca, sino de la sabiduría de sus habitantes. Esa vida —el tiempo que estuve allí— me transformó íntimamente, al grado de no querer dejarla. Recuerdo bien que justo el día de la fiesta se descompuso la tubería del internado y dos alumnos y yo no habíamos alcanzado a bañarnos. Subimos hasta el manantial del que obteníamos el agua, a oscuras, por la vereda, entre la espesura del monte —yo estaba más que acostumbrado—, para arreglar el desajuste. Ya en el regreso, bajando por la vereda hacia el camino, le pregunté a uno de ellos en tono de broma:

—¿Y si me hago campesino y me quedo ya aquí?

Él se rio en serio. No es que se haya reído mucho, sino que se rio para decirme:

—Así como a nosotros nos salen las tareas de tu materia, así te salen a ti los trabajos del campo.

Era ciego ante mis propias torpezas. Entre ellos y yo se abría un océano. Mas también entre mi yo de antes y mi yo de después se abrió un océano.

Trascendencia

Trascendencia

En México tenemos una curiosa tradición: Hacer “altares de muertos”. A tal efecto se consigue flor de cempasúchil, manteles de rico colorido, calaveras de dulce -chocolate y azúcar principalmente-, platos con alimentos que le gustaban al difunto o a los difuntos, “pan de muerto”, fotografías de los seres queridos que se van a recordar en esa ocasión y veladoras. Suele estar coronado con algún elemento religioso, como una Cruz o una imagen de la Virgen de Guadalupe. Un amigo me hizo notar, curiosamente, que este año, en la universidad que él dirige, se encontró con un altar de muertos dedicado a un perro, a una mascota; no sabía si reír o llorar. Era el ejemplo de una cultura fusión, primero entre la prehispánica pagana y la cristiana española, pero ahora enriquecida con la animalista postmoderna.

Su narración me hizo recordar un percance reciente del Papa Francisco. Él mismo lo relata: se acercó una señora con una carriola, pidiéndole la consabida bendición. El Papa sonrió y se acercó para ver al bebé y bendecirlo. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que no era un bebé sino un perrito lo que llevaba! El manso y paciente Francisco se enojó – ¡vaya que tiene mérito conseguir hacerlo enojar! – y regañó a la señora, señalándole que había muchos niños que mueren de hambre y que no era justo tratar así a un animal. Le parecía un exceso ese trato dirigido a un animalito, cuando no cuidamos de igual forma de nuestros semejantes; por su parte, a mi amigo le parecía desproporcionado dedicar un “altar de muertos” a una mascota.

¿Por qué? Por la trascendencia. El animal, la planta, viven y ya está, en su vida está el cumplimiento de su función. A veces incluso en su muerte: los animales y las plantas que son sacrificados para nuestra supervivencia, para nuestra alimentación. El animal no tiene necesidad ni posibilidad de trascender. El ser humano, en cambio, sí la tiene; más incluso, es su aspiración espiritual fundamental. Es la muestra práctica de que no sólo es materia convenientemente organizada -como lo son el animal y la planta-, sino poseedor de un alma espiritual y, por lo tanto, trascendente a nuestras coordenadas de espacio y tiempo.

¿Qué es la trascendencia? Una necesidad espiritual del hombre. Una necesidad vital de su naturaleza, por la cual quiere ir más allá de lo que le ha sido dado materialmente. Es una prueba de la existencia de la realidad espiritual, precisamente porque supone una sed de algo inmaterial, de una realidad que en cierta forma no perciben nuestros sentidos inmediatamente, pero que está ahí, esperando ser descubierta. Es el imperativo de ir más allá de la satisfacción de nuestras necesidades vitales y de la especie: comer, beber, reproducirse, descansar, disfrutar. Es el prurito de romper las barreras del tiempo y del espacio con la fuerza del espíritu.

Son diversos los modos con los cuales el espíritu humano trasciende. Es clásico el refrán de que hay que cumplir con tres requisitos en esta vida: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Los tres son modos de que algo de nuestro yo permanezca a través del tiempo, cuando ya nuestro cuerpo haya vuelto a la tierra de donde salió. Si reflexionamos un poco, descubrimos la increíble envergadura que supone tener un hijo. Porque los padres proporcionan la materia fundamental para su formación -el óvulo y los espermatozoides-, pero Dios le infunde el alma espiritual, de forma que ese nuevo ser creado con la cooperación humana, va a durar para siempre. El cuerpo muere, pero a la larga resucita, mientras que el alma perdurará para siempre, el universo material habrá alcanzado su muerte térmica y, sin embargo, el alma perdurará todavía, es -en expresión teológica- “eviterna”; es decir, tiene un principio, pero no tiene fin. Traer un hijo al mundo es una de las formas por excelencia de trascendencia.

No es la única forma de trascender que tiene el ser humano. El arte, la ciencia y la técnica lo son también. En general todo aquello que manifieste nuestra capacidad creadora, lo que nos permita hacer surgir algo auténticamente nuevo, ya sea para la contemplación -como es el caso del arte: literatura, pintura, escultura, arquitectura, danza, etc.-, o para el uso y servicio de nuestros semejantes, con la ciencia y la técnica. Toda capacidad creadora de belleza, o que sirva para la transformación y mejoramiento del mundo, constituyen formas propiamente humanas de trascender, de las que los animales carecen.

Pero la trascendencia por excelencia es espiritual, religiosa. Consiste en cultivar nuestra vida interior, nuestra riqueza interior, descubrir -asombrados- cómo somos capaces de entrar en un diálogo vivo con Dios. Porque si bien tanto el arte, como la ciencia y la técnica, son formas de trascender, no sacian, sin embargo, nuestras hambres de infinito, de trascendencia. Es como decir: “sí, eso era, pero todavía anhelo más”. Por ello, muy bien dice san Agustín: “nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. Sólo Dios puede colmar nuestras hambres de infinito y de trascendencia, siendo esta “sed de Dios”, de lo eterno, una prueba de su existencia y de la componente espiritual de nuestra naturaleza.

Por eso tiene sentido hacerle un “altar de muertos” a una persona, pero no a un perro. A un perro se le puede bendecir, pero no puede ocupar el lugar de un hijo, aunque eso parezca estar de moda; en realidad, esta actitud encierra un profundo error antropológico y tarde o temprano pasará factura, sea a las personas en particular que a la sociedad en general.

Dr. Salvador Fabre

masamf@gmail.com

Mexico’s Conundrum: The proposed electoral Reform Is a Threat to Its Young Democracy

By Víctor Gómez Villanueva

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“Democracy is like a streetcar. When you come to your stop, you get off,” said President Tayyip Erdogan of Turkey. Mexico’s President López Obrador, who was democratically elected, would probably agree with the spirit of the quote. Four years into his administration, López Obrador has now succeeded in getting his electoral reform passed, one that Human Rights Watch deems as a threat to the country’s young democracy.

López Obrador’s reform was proposed as an overarching constitutional amendment to the electoral framework, allegedly in an attempt to cut public spending – only 0.2% of the country’s budget is assigned to the electoral authority, though. As envisaged originally, the reform was much more aggressive, as it would have put seats within the electoral authority’s general counsel up to the popular vote, seriously jeopardizing its already battered autonomy. This first proposal had little chance to get passed, however, because amendments to the Constitution require an absolute majority, something that López Obrador’s party (MORENA) does not have at the moment. Following large demonstrations in several cities, the opposition firmly rejected the most aggressive version of the reform, so López Obrador had to resort to his watered-down but still aggressive “Plan B.”

«Plan B»

The “Plan B” consisted of a package of amendments to the electoral law, which just needed a simple majority to get passed. In the end, this pathway bore fruits for the López Obrador administration, as it got passed before the end of the legislative session in December.

Essentially, the approved reform aims at rendering the electoral authority inoperative in the long run, by cutting its headcount by over 80%. It also reduces the number of district bodies, jeopardizing the installation of polling stations and the vote count. Overall, the authority’s ability to organize and oversee elections will be seriously hindered by this reform, whenever it is finally implemented.

It is worth noting that elections in Mexico are already violent, especially in rural areas where security presence is rare and subject to considerable interference from both organized crime and the ruling party. The reform will thereby exacerbate such risks and will surely reduce the competitiveness of the opposition – already fragmented and lacking credible leadership –  in the coming elections, strengthening the hold of MORENA on power and lessening  the chances of political alternation in the coming years. By reducing penalties for those who violate the electoral law, candidates will also have a greater incentive to instigate violence, especially against female rivals that dare to run for public office.

The opposition to the López Obrador administration has rightly called out several inconsistencies between the approved package and the Constitution, which they already brought to the Supreme Court. López Obrador’s “Plan B” would thus be pending a court’s resolution to be enforced in the 2024 presidential elections. However, since López Obrador has successfully increased his influence in the Supreme Court, a favorable resolution to most of “Plan B” is possible. Mexico’s democracy is convalescent at the young age of 22 years.

Other Signs of a Crumbling Democracy

The electoral authority is López Obrador’s most recent target, but hardly the only one through his administration. The dismantling of regulatory authorities, an ongoing militarization, and a complete disregard for freedom of the press are other signs of Mexico’s endangered democracy.

As mentioned above, López Obrador has so far dismantled more than 100 autonomous agencies, trust funds, and regulators whose functions have been assumed by government ministries, weakening their regulatory and supervisory functions. 

Militarization also gained traction during the López Obrador administration: The former Federal Police was transformed into a militarized police called “Guardia Nacional” that is now controlled directly by the army. Tasks that used to fall on civil authorities, such as supervising customs or building infrastructure, now belong entirely to the army. The army also enjoys a larger budget that has had no impact on the ongoing security crisis related to the drug cartels. The army has few institutional restraints and its finances remain opaque to public scrutiny. 

As the head state of one of the deadliest countries for journalists, López Obrador often disdains or even attacks journalists who criticize his administration. When renowned news anchor Ciro Gómez Leyva recently survived an attempt on his life, López Obrador went to the extreme of suggesting it might have been carried out to destabilize his government. His words, and even more his lack of action added to the near total impunity of crimes against journalists might be instigating others to perpetrate such attacks.

Relevance and Repercussions

On the global stage, Mexico’s democratic backsliding is no minor issue. It is occurring at the very doorstep of the US, which is currently juggling domestic polarization, Chinese competition, and Russia’s ill-planned challenges to the world order. 

Being Mexico the second largest democracy in LATAM, more governments in the region might be tempted to get off the democracy streetcar too, if they are not already doing so (i.e., Guatemala, El Salvador). The US’s failure at restoring trust in the democratic values among its neighbors is a narrative that Chinese and Russian adversaries will happily exploit.

Mexico’s democratic backsliding could further increase the US’s polarization thanks to even larger flows of migrants. Governments that incrementally erode democracy tend to perform poorly both in supporting free markets and in creating a welfare state, which certainly is a reason for people to seek an opportunity elsewhere. Dealing with even larger flows of migrants, and what that implies to domestic polarization, might keep distracting the US from the serious challenges to the world order.

In a context where companies might have the incentive to reduce their exposure to geopolitical risks from China, Mexico’s backsliding might mean a missed opportunity for trade. Large investors can handle political risk, but how much are they willing to tolerate? Mexico, one of the largest trading partners of the US, might lose its chance to attract foreign investment if security does not improve within its boundaries. López Obrador’s policy of “hugs instead of bullets” (“abrazos no balazos”) has so far stopped no criminals from firing daily their deadliest bullets. 

MDNMDN