LA la land está sobrevalorada

Por Alissa Sousa O.

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La La Land es una película altamente apreciada. Tras su estreno en el 2016 recaudó más de $448 millones de dólares en todo el mundo y rompió récords al recibir siete Globos de Oro y catorce Oscares, entre muchos otros premios. Es una buena película; destaca especialmente en ciertos aspectos técnicos como su fotografía, su banda sonora y su dirección. Sin embargo, tras revisitarla recientemente, considero que se quedó corta en un número de áreas claves de su guion. Considero que los aspectos que destacan de la película nos llevaron a pensar que La La Land era mejor de lo que realmente era.

Dirigida por Damen Chazelle y protagonizada por Ryan Gosling y Emma Stone, La La Land cuenta la historia de Mia, una actriz aspirante a la fama, y Sebastian, un jazzista dedicado, mientras intentan cumplir sus sueños en una ciudad conocida por destrozar sueños: Los Ángeles. Los vemos conocerse y enamorarse, pero cuando nuevas oportunidades surgen para ambos, su relación se ve amenazada y se ven forzados a elegir entre su amor y sus vidas soñadas. 

Mi problema principal con esta película es que, si le quitas todos los números musicales, los vestuarios, así como su uso interesante de fotografía y del color, te queda una historia muy aburrida y básica que Hollywood ya ha contado demasiadas veces. La La Land, en su nivel fundamental, y por gran parte de su duración, no hace nada original. El guion tiene muchos clichés dignos de una comedia romántica: un encuentro hostil entre los protagonistas que se convierte en coqueteo; un novio aburrido que es reemplazado rápidamente; un malentendido alrededor de un evento importante para uno de los personajes; y un gran gesto de amor para recuperar a tu amada. El tono de la película me pareció cursi y empalagoso en más momentos de los que me hubiera gustado. 

El final, claramente, es la única parte de la historia que se aleja de los clichés de los musicales de Hollywood. Debo admitir que es una escena construida genialmente, llena de importancia emocional que funciona bien como el clímax de la historia. Tengo la teoría de que las audiencias salieron de los cines con este poderoso final en mente, y no tanto el resto de la película. Fue un final efectivo, desgarrador y sorprendente. Desearía, sin embargo, que hubieran construido el resto de las dos horas de la trama para que funcionara con este final en vez de subvertir las expectativas del público en los últimos cinco minutos de la película. Se siente que el giro existe sólo por el hecho de ser un giro.

Además, el desarrollo de Mia y de Sebastian deja mucho que desear. Mia comienza la historia siendo una actriz intentando vivir de su actuación; después, pasa por varias dificultades al intentar montar su propia obra; acto seguido, recibe mágicamente una oportunidad que cambia su vida por siempre. Su lucha se resuelve en dos segundos, y ni siquiera por ella misma o por sus acciones; su arco de personaje se reduce a la obtención de la fama y eso la hace ver superficial.

La película se salta un periodo de cinco años que nos priva de ver a Mia alcanzar dicha fama. Fue una solución barata para lo que pudo haber sido un gran desarrollo de personaje. El arco de Sebastián tampoco fue satisfactorio; al igual que Mia, recibió en una bandeja de plata oportunidades que cambiaron su vida. Su historia gira en torno a aceptar un trabajo que no quiere y después simplemente obtener lo que sí quiere, tener su propio bar de jazz, en un lapso de cinco años que, de nuevo, no vemos. Su arco es así de simple y aburrido. 

Estos personajes sí lucharon para conseguir sus sueños, pero sus sueños no fueron alcanzados por este esfuerzo, sino por la suerte que se les atravesó en el camino. Para ser una película que se supone trata sobre los retos de cumplir los sueños, se salta la parte más importante del desarrollo de la carrera de sus personajes. Sólo vemos el resultado, y no el proceso, y eso es insatisfactorio. 

Si su guion carece de tantos aspectos fundamentales, ¿por qué La La Land fue tan exitosa? Es fácil ver porque tanto los críticos como las audiencias amaron esta película. Como ya mencioné anteriormente, sobresale en sus aspectos técnicos. Reluce en cuanto a la química romántica entre Stone y Gosling y, aunque a mí no me encantaron, los números musicales están muy bien hechos. Es una película visualmente impresionante acompañada de drama romántico, buena música y un reparto estelar. Además, a Hollywood le encantan las películas sobre Hollywood. Todo eso, combinado con un final emotivo y poderoso, hizo que esta película fuera un éxito en la taquilla, en los estantes coleccionistas de premios y en los corazones de los espectadores. 

Considero que es valioso e interesante revisitar ciertas películas años después de su estreno y después de que la nube de medios rodeándola se haya disipado. De esta manera, podemos disfrutar el arte de una manera más objetiva y elegir inteligentemente qué películas queremos recordar y cuáles olvidar. ¿Merece La La Land todos su elogio y sus premios? Puede que sí, hasta cierto punto. Sin embargo, pienso que nuestro disfrute de esta película (o mejor dicho, el final de esta película) no debería cegarnos ante sus defectos. Y, desgraciadamente, los defectos de La La Land se encuentran en sus meros cimientos.

Una locura bien decidida

Una locura bien decidida

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Ilustración: fotografía de rusyena tomada de Unsplash

Don Quijote, hasta cierto punto, es un criminal suelto. Basta con leer sus primeras aventuras. Vemos a alguien capaz de acometer a un inocente fraile de san Benito, tumbarlo a fuerza de lanza de la mula en que venía, y a Sancho, su ejemplar escudero, lo vemos robarle al pobre fraile todas sus pertenencias. Déjenme compartirles el pasaje y luego explicarles por qué escribo esto:

Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. […] Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. (Parte I, cap. VIII).

Quise escribir este breve ensayo, después de leer detenidamente durante dos años la novela, para exhibir lo inadecuadas que pueden llegar a ser ciertas representaciones de éste, probablemente el más famoso de los caballeros. En algunos contextos, los clásicos son los libros más leídos; en otros, se habla mucho de ellos sin haberlos leído. Parte de la culpa la tenemos nosotros, filósofos y humanistas, cuando presentamos estos libros como sumamente nobles y elevados —nobles en el mal sentido de la palabra: petulantes—. No lo son. Son, más bien, libros divertidos y enriquecedores.

Una de las escenas que más disfruté, y con la que me torcí de la risa, es cuando Sancho no se atreve en la noche a apartarse de don Quijote, y decide hacer «lo que otro no pudiera hacer por él» allí junto. “Hacer sus necesidades”, como decimos ahora. Al grado en que don Quijote se ve obligado a decirle «que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar» (Parte I, cap. XX), entre otros regaños y reproches graciosos. A ambos personajes, lejos de ser leyendas intangibles, los conocemos como seres de carne y hueso. Y como esos personajes humanos que son, tienen mucho que enseñarnos. Me gustaría ofrecer una probada de ello, para que quienes ya han leído la novela disfruten al recordar y volver a tan grata lectura y quienes no, sepan que encontrarán en ella algo mucho más interesante que lo que solemos imaginarnos cuando aún no la hemos leído.

Volviendo a la idea del Criminal Andante, ciento cincuenta páginas después de la aventura de los frailes (si se me permite usar la edición de Francisco Rico como referencia), don Quijote libera a una cadena de galeotes, esto es, bandidos que habían sido condenados a remar en las galeras. Tras liberarlos, él y su escudero se esconden en la Sierra Morena, porque saben que la Santa Hermandad podría arrestarlos legítimamente en cualquier momento. Rara vez escuchamos hablar de los heridos y graves desmanes que produjo la locura de este personaje.

Porque el Quijote, a despecho de todo ello, es de nuestros héroes favoritos. Mientras planeaba cómo escribir este ensayo, le pregunté a mi abuelo, quien también leyó el libro este año que pasó, cuál le parecía que era la idea principal de la novela.

—Ayudar a la gente, hijo —me dijo.

No me dejarán mentir si digo que los pasajes en los que nuestro héroe hace un recuento de sus labores son de lo más emblemático de la novela. El mismo Sancho repite ya la fórmula al final de la novela, cuando habla, en contraposición del Quijote de Avellaneda, del «verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas…» (Parte II, cap. LXXII).

Que por cierto, a propósito de las viudas y las doncellas desamparadas, una cosa son las ideas del protagonista y otra muy distinta las ideas del escritor. El Quijote es un tanto machista, sí, sin embargo Cervantes no.

Una de los personajes, la pastora Marcela, decide apartarse a vivir en el campo porque no quiere la vida de una mujer casada. Su razonamiento consiste en que, por más que muchos hombres la pretendan, reconozcan su hermosura y la amen bien, ella no está obligada a corresponder a ninguno. Hay un pretendiente llamado Grisóstomo que se suicida por ella. Y ella explica en un muy bello discurso por qué no es culpa suya la muerte de Grisóstomo. Al final de la escena, después de que Marcela deja en claro lo absurdas que son las actitudes de los enamorados que quieren forzar a las mujeres a corresponderles, don Quijote trata de alcanzar a la pastora Marcela, para ofrecerle su protección; mas a pesar de sus intentos, está claro que ella no lo necesita.

Con todo y sus defectos, no deja de ser un héroe. Una cualidad fundamental de su carácter heroico es su resolución, es decir, la capacidad de actuar conforme a sus propósitos y mantenerse firme en sus decisiones. En ética, la resolución es un tema recurrente; sin ella, nadie puede alcanzar la felicidad. En el caso de don Quijote, él está resuelto a vivir y comportarse según las normas de caballería, porque está convencido de que eso dará plenitud a su vida de un modo genuinamente personal.

En el camino de una de sus aventuras, se encuentra con Vivaldo, un caminante que, hablando con él, se entera de su locura. En esa conversación surge una comparación entre los frailes cartujos y los caballeros andantes. Don Quijote lo explica de la siguiente manera: «Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos del invierno.» Y continúa: «Así que somos los ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia» (parte I, cap. XIII). Hace lucir a la caballería como una actividad más fructífera y honorable que la vida consagrada. En su descripción exagera. Él sabe que todos los presentes consideran que la vida consagrada es más noble y sensata. Nada más con decir que, si se hubiera decidido a ser fraile cartujo, no lo llamarían loco.

Puestos en estos términos, más adelante, surge una pregunta; si la vida de los frailes cartujos conforma un camino más directo y llevadero hacia la santidad (en el que hay una consagración explícita y no hace falta sufrir los erizados hielos del invierno), ¿por qué Sancho y Quijote no adoptan mejor esa vida? Porque esa vida, por más deseable que sea, no es la suya.

Su resolución por la caballería es, de hecho, una locura, y quienes lo rodean lo consideran así. No obstante, cuando hablamos del Quijote como un loco, conviene calibrar el ancho de su locura. Todos los personajes que conviven el suficiente tiempo con él están de acuerdo en que su locura está delimitada al tema de la caballería. Cuando habla de cualquier otro tema, lo aprecian como una persona sumamente sabia (da consejos a los padres, a los enamorados, a los jóvenes; habla de historia, de arte, de ética y de política con suma perspicacia). El Quijote es loco sólo respecto de una cosa. Y además de sabio, era una persona muy agradable. En su lecho de muerte, a propósito de lo mucho que lo querían sus seres cercanos, el narrador nos dice: «porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían» (Parte II, cap. LXXIV).

Así que, sí, estaba loco, pero sólo un poco. Una de las razones de los demás personajes por las que se dice que está loco se basa en que la edad de la caballería en esos tiempos ya había quedado atrás, o que sólo existe en los libros. El argumento parece bueno hasta que lo piensas en otros contextos.

Imaginemos que nadie se esforzara por hacer lo que no existe, o lo que ya no existe. Si no tiene sentido esforzarse por ser un caballero andante porque la caballería ya no existe, entonces, siendo consecuentes, tendríamos que pensar que no tiene sentido esforzarse por tener un país justo porque ya todos son corruptos; o que no tiene sentido luchar por la igualdad de la mujer porque hay muchos que las menosprecian. Nadie haría nada. Siempre que nos esforzamos, lo hacemos para conseguir lo que no existe (o para cuidar lo que puede dejar de existir). Estudiamos una licenciatura cuando no tenemos una licenciatura, precisamente porque no la tenemos y queremos tenerla; construimos asociaciones que todavía no han sido instituidas; favorecemos a personas que aún no son oficialmente amigas nuestras, y un largo etcétera.

Será la caballería de don Quijote una completa locura, y de cualquier modo su resolución es totalmente sensata.

Sabemos que al final del libro se arrepiente (pide un cura y se confiesa, y públicamente se retracta); tanto, que ordena desheredar a su sobrina si ella llegara a casarse con alguien que tenga algo que ver con la orden de caballería. Pero ¿exactamente de qué se arrepiente? Si queremos entender esta novela o, mejor dicho, interpretarla, hemos de compaginar al Quijote heroico que combate molinos de manera irreductible y pertinaz con el Quijote derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Para quienes no lo han leído, el Caballero de la Blanca Luna es un personaje que reta a un duelo al Quijote, con la condición de que, si lo vence, estará obligado a renunciar por un año a la caballería. Y lo derrota.

Algunas reseñas de cine incluyen una alerta cuando van a revelar algún suceso central de la trama. No hacen falta esas alertas cuando se trata de los clásicos de la literatura: lo interesante de los clásicos, más que saber la historia, es leerlos. Por ello, no guardaré recato en seguir hablando del final.

Aunadas a la tradición literaria de novelas de caballería, Cervantes retoma las ficciones de la tradición poética pastoril. La historia de Grisóstomo y la pastora Marcela es uno de estos casos. Al menos en castellano, la obra de Garcilaso de la Vega es la más representativa de la tradición de poesía pastoril.

Y resulta que los versos y el vocabulario de Garcilaso ornamentan incontables escenas del libro. Por ejemplo, cuando llegan a la casa de don Diego de Miranda, nuestro caballero se topa con unas tinajas del Toboso, que le obligan a pensar en Dulcinea. Al momento, exclama:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!

Son nada menos que los primeros versos del soneto X de Garcilaso.

Pues bien, después de derrotado, ya que está obligado a renunciar por un año a su profesión, él y Sancho deciden que, mientras, se convertirán en pastores como los de las églogas de Garcilaso. Una égloga es precisamente un poema que idealiza la vida del campo y de los pastores, y que generalmente trata sobre el desamor de los pastores.

El ideal caballeresco y el ideal pastoril difieren bastante. ¿Qué quiere decir el hecho de que el Quijote muere tras decidir ser pastor? Los caballeros duermen poco, comen mal, reciben heridas, en fin, sufren. Y lo hacen en vistas a favorecer a los necesitados; realizan una misión que de no ser por ellos ninguna otra persona emprendería. Están motivados ya sea por honor, por su dama, por sus seres queridos, y también por el compromiso que sienten hacia las demás personas.

Los pastores, en cambio, no tienen propósitos que los conduzcan a salir de sí mismos. En todo caso, están fuera de sí mismos en el mal sentido de la expresión. Sufren por amor no correspondido, pero no tienen propósitos. Leemos en los poemas pastoriles asombrosas escenas naturales contrastadas con la tristeza de los pastores. Una estancia de las églogas más famosas, la Égloga I de Garcilaso, describe:

El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina
cuando la sombra el mundo va cubriendo
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

Esa ‘ánima mezquina’, aunque tiene razones para llorar, no parece tener razones para dormir en las piedras, comer mal, sudar y arrojarse a las batallas peligrosas. La vida de los caballeros es un transcurso lleno de propósitos. La vida de los pastores es un final paralizado por un lamento.

No hay una historia del pastor Quijótiz y su amigo el pastor Pancino. De hecho, Garcilaso tampoco cuenta historias, sino que cuenta «el dulce lamentar de dos pastores». La historia del Ingenioso Hidalgo termina de un modo no muy distinto al que comienza. Termina dejando las armas, y había comenzado tomándolas. Antes y después no hay historia. En su primera salida, hablando consigo mismo, él se imagina cómo narrarán su historia, cómo dirán que «el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel» (Parte I, cap. II).

La vida, quiere decirnos Cervantes, está fuera de las ociosas plumas (de la almohada, es decir, de la comodidad) y de los lamentosos finales (o de los idílicos escenarios de paz y estabilidad). Lo principal está en la lucha por los propósitos honorables.

Si esto es cierto, queda aún una pregunta por responder: ¿cuáles son esos propósitos honorables? ¿Cómo distinguir un propósito honorable de un molino de viento que nos arrojará al suelo estúpidamente?

De algo se arrepiente don Quijote, y no he respondido esa otra pregunta que planteé líneas atrás. Me atrevo a decir que se arrepiente de, en ocasiones, haber luchado por las imaginaciones equivocadas y también, en otras ocasiones cuando sus objetivos eran los correctos, de haberlo hecho de la manera inadecuada. Pero no veo cómo podría arrepentirse del hecho de haber luchado.

La siguiente vez que lea el Quijote, pondré especial atención en todos esos pasajes en los que se confunde realidad con ficción. Quisiera saber cómo reconstruir esa ética de las ficciones que vemos palpitar en la novela.

Por lo pronto, queridos amigos, espero haber exhibido la resolución del ingenioso don Quijote, uno de los incontables descubrimientos que uno puede sacar de esta novela: la determinación de traer a la existencia todo el bien que aún no existe.

Ilustraciones, en orden de aparición, de Ashlyn Smith, Timothy Dykes, Nik Shuliahin, Mick Haupt, Farina Hussain, Michal Matlon tomadas de Unsplash.

Una locura bien decidida

El justo San José: Fragmentos del libro «La infancia de Jesús» de Benedicto XVI

Selección de Irene González

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El libro de “La infancia de Jesús” es la tercera y última parte de la trilogía de Jesús de Nazareth de Benedicto XVI y refleja la búsqueda personal del rostro de Jesús por parte del ahora Papa emérito. El libro profundiza el evangelio de la infancia de Jesús que se narra en San Mateo y San Lucas. Esta obra destaca por su profundidad teológica, rigor en la interpretación de los textos bíblicos y una profunda piedad con las que Benedicto XVI aborda la infancia de Jesús. La vida de Jesucristo y su mensaje es una historia actual que nos habla de la incansable búsqueda del corazón humano por la única verdad capaz, por sí sola, de brindarnos una profunda alegría.

Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos para meditar cómo José vivió el misterio de la Encarnación.


San José y el niño. Foto: Ange Sista.

El Salmo 1 ofrece la imagen clásica del “justo”. Así pues, podemos considerarlo casi como un retrato de la figura espiritual de San José. Justo, según este salmo, es un hombre que vive en intenso contacto con la Palabra de Dios; “que su gozo está en la ley del Señor” (v.2). Es como un árbol que, plantado junto a los cauces de agua, da siempre fruto. La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia. La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino “gozo”. La ley se convierte espontáneamente para él en “evangelio”, buena nueva, porque la interpreta con actitud de apertura personal y llena de amor a Dios, y así aprende a comprenderla y a vivirla desde dentro.

Esta imagen del hombre que hunde sus raíces en las aguas vivas de la palabra de Dios, que está siempre en diálogo con Dios y por eso da fruto constantemente, se hace concreta … en todo lo que a continuación se dice de José de Nazaret. Después de lo que José ha descubierto [que María estaba embarazada], se trata de interpretar y aplicar la ley de modo justo. Él lo hace con amor, no quiere exponer públicamente a María a la ignominia. La ama incluso en el momento de la gran desilusión. No encarna esa forma de legalidad de fachada que Jesús denuncia en Mateo 23 y contra la que San Pablo arremete. Vive la ley como evangelio, busca el camino de la unidad entre la ley y el amor. Y, así, está preparado interiormente para el mensaje nuevo, inesperado y humanamente increíble, que recibirá de Dios.

Mientras que el ángel “entra” donde se encuentra María, a José sólo se le aparece en sueños, pero en sueños que son realidad y revelan realidades. Se nos muestra una vez más un rasgo esencial de la figura de San José: su finura para percibir lo divino y su capacidad de discernimiento. Sólo una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba sólo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado.

Estatua de San José y el niño, Livigno, Lombardia. Foto: Massimo Filigura

El mensaje que se le consigna es impresionante y requiere una fe excepcionalmente valiente. ¿Es posible que Dios haya realmente hablado? ¿Que José haya recibido en sueños la verdad, una verdad que va más allá de todo lo que cabe esperar? ¿Es posible que Dios haya actuado de esta manera en un ser humano? ¿Que Dios haya realizado de este modo el comienzo de una nueva historia con los hombres? Mateo había dicho antes que José estaba “considerando en su interior” cuál debería ser la reacción justa ante el embarazo de María. Podemos por tanto imaginar cómo lucha ahora en lo más íntimo con este mensaje inaudito de su sueño: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20).

A José se le interpela explícitamente en cuanto hijo de David, indicando con eso al mismo tiempo el cometido que se le confía en este acontecimiento: como destinatario de la promesa hecha a David, él debe hacerse garante de la fidelidad de Dios. “No temas” es lo que el ángel de la anunciación había dicho también a María. Con la misma exhortación del ángel, José se encuentra ahora implicado en el misterio de la Encarnación de Dios.

Una locura bien decidida

La respuesta de María: Fragmentos del libro «La infancia de Jesús» de Benedicto XVI

Selección de Irene González

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El libro de “La infancia de Jesús” es la tercera y última parte de la trilogía de Jesús de Nazareth de Benedicto XVI y refleja la búsqueda personal del rostro de Jesús por parte del ahora Papa emérito. El libro profundiza el evangelio de la infancia de Jesús que se narra en San Mateo y San Lucas. Esta obra destaca por su profundidad teológica, rigor en la interpretación de los textos bíblicos y una profunda piedad con las que Benedicto XVI aborda la infancia de Jesús. La vida de Jesucristo y su mensaje es una historia actual que nos habla de la incansable búsqueda del corazón humano por la única verdad capaz, por sí sola, de brindarnos una profunda alegría.

Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos para meditar la respuesta de la Virgen María al acoger a Cristo en su seno y en su corazón. 


María es el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor. “Alégrate, llena de gracia.” Es digno de reflexión un nuevo aspecto de este saludo: la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas.

La respuesta de María, se desarrolla en tres fases. Ante el saludo del ángel, primero se quedó turbada y pensativa. Su actitud es diferente a la de Zacarías. De él se dice que se sobresaltó y “quedó sobrecogido de temor” (Lc 1,12). En el caso de María, se utiliza inicialmente la misma palabra “se turbó“, pero ya no prosigue con el temor sino con una reflexión interior sobre el saludo del ángel. María reflexiona (dialoga consigo misma) sobre lo que podía significar el saludo del mensajero de Dios. Así aparece ya aquí un rasgo característico de la imagen de la Madre de Jesús, un rasgo que encontramos otras dos veces en el evangelio en situaciones análogas: el confrontarse interiormente con la Palabra.

María y el niño. Foto: Woflgang Krzemien.

Ella no se detiene ante la primera inquietud con la cercanía de Dios a través de su ángel, sino que trata de comprender. María se muestra por tanto como una mujer valerosa, que incluso ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Al mismo tiempo, es presentada como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios. De este modo, se convierte en imagen de la Iglesia que reflexiona sobre la Palabra de Dios, trata de comprenderla en su totalidad y guarda el don en su memoria.

La segunda reacción de María resulta enigmática para nosotros. En efecto, después del titubeo pensativo con que había recibido el saludo del mensajero de Dios, el ángel le había comunicado que había sido elegida para ser la madre del Mesías. María pone entonces una breve e incisiva pregunta: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1,34).

Pensemos de nuevo en la diferencia respecto a la respuesta de Zacarías, que había reaccionado con una duda sobre la posibilidad de la tarea que se le encomendaba. Él, como Isabel, era de edad avanzada; ya no podía esperar un hijo. Por el contrario, María no duda. No pregunta sobre el “qué”, sino sobre el “cómo” puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. 

María no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal. El ángel le confirma que ella no será madre de modo normal después de ser recibida en casa por José, sino mediante “la sombra del poder del Altísimo”, mediante la llegada del Espíritu Santo, y afirma con aplomo: “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37).

Escultura de la Virgen María en Varsovia.

Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple “sí”. Se declara sierva del señor. “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un “sí” libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al “sí” no forzado de una persona humana. En el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá “sí”? Ella vacila… ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? “Sólo por esta vez no seas humilde, si no magnánima. Danos tu “sí”.” Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: “Hágase en mí según tu palabra.” Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.

María se convierte en madre por su “sí”. Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuál es el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios.

Altar a la Virgen de Guadalupe, San Miguel de Allende.
Foto: Sofía Rabasa.

“Y el ángel la dejó”. El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento de la noche de la Cruz.

En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al modo en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: “Alégrate, llena de gracia”, y sobre la palabra tranquilizadora: “No temas.” El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura a la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.

Una locura bien decidida

¿Habrá alguien que no conozca El Señor de los Anillos?

Por Rodrigo Zubieta del Paso

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“Not all who wander are lost”.

The Lord of the Rings

Si algo hacen bien las películas de Hollywood es llevar a todos los rincones del planeta sus historias. Antes de eso, en México, no eran muchos los conocedores de la obra literaria The Lord of the Rings; aunque no tengo números para sostener esta afirmación. Me baso en el hecho de que México es un país que lee poco y el acceso masivo a los libros siempre ha sido escaso. Pedirle a jóvenes y niños que lean la trilogía que suman más de mil páginas resulta una proeza. Por eso la película, como dicen, vino a “democratizar” la impresionante obra de J.R.R. Tolkien.

En ese sentido, me siento afortunado. Haber leído la trilogía de Tolkien antes de ver las películas me hizo conectar con el autor de la obra, con su amor a las historias épicas y fantásticas que pusieron a trabajar mi imaginación a marchas forzadas. Abrió un mundo nuevo para mí. Como muchos, también vi la película y debo decir que encuentro serias diferencias con Peter Jackson en lo que se refiere a cómo veía en mi mente la Tierra Media, sus personajes y sus batallas. Aun así, me gustan las películas, tratan de ser hasta cierto punto, fieles con la historia y la selección de los actores que representan a los personajes de la historia parecen tomarse en serio la importancia de cumplir fielmente con sus roles.

Tengo que aceptar que ya no era un niño cuando lo conocí. La primera vez que tuve contacto con la trilogía, no fue porque me la contaron o me lo recomendaron. De hecho, mi primer encuentro con la obra fue un acto de censura de mi parte. Aunque suene raro viniendo de un seguidor asiduo de El Señor de los Anillos, la primera vez que estuve cerca del libro, fue para prohibirlo e inhibir su lectura.

En ese entonces tenía quizá unos 15 años y recuerdo que estaba trabajando como voluntario en un campamento de verano. Creo que mis papás aceptaron que fuera como “instructor” porque preferían que hiciera algo de provecho en lugar de estar echado en la alfombra viendo Supervacaciones (así se llamaba la barra de caricaturas matutinas en esa época) por horas. 

Edición conmemorativa por los 50 años. Foto: Vincent M. A. Janssen.

El campamento, como muchos que existen, tenía una larga lista de actividades que mantenía a los niños y adolescentes ocupados. Estaba yo encargado de una tribu (un pequeño grupo de niños de todas las edades que dormían en la misma cabaña) muy heterogénea, con niños de 6 a 13 años, con todo tipo de personalidades, afinidades y gustos. El campamento tenía un sistema de premiaciones grupales; la tribu sumaba puntos conforme iba ganando competencias y cumpliera con ciertas disposiciones, dejara la cabaña limpia, llegara a tiempo a las actividades del día, etcétera.

Me gusta competir y por supuesto, ganar. Para mi desilusión, mi tribu nunca estaba a tiempo para las actividades y cada noche me atrapaba un sentimiento de derrota a causa de esto. Cada mañana me proponía conseguir que mi tribu estuviera a tiempo a todas las actividades, pero sin resultados: siempre me hacía falta uno de sus integrantes: Fernando (nombre falso para tratar de esconder la verdadera identidad del semejante individuo, aunque seguramente ya sobrepasó los cuarenta) un adolescente de 13 años que parecía importarle poco el esfuerzo colectivo.

Un día cansado de esperar y viendo la cara de frustración de los otros miembros del equipo, me decidí buscar a Fernando. Ya era hora de enfrentar el problema y tener una álgida plática que le hiciera ver que, si no ponía de su parte, la tribu no podía ser la mejor del campamento.

Y ahí estaba Fernando, recostado cómodamente sujetando con las dos manos uno de los libros más gruesos que había visto hasta entonces. Estaba tan concentrado con la lectura que no vio que me acercaba. Repentinamente tomé el libro y se lo arranqué de un solo tajo. Fue como si lo hubiera despertado de un trance. Me enfrentó pidiendo que le devolviera inmediatamente el libro. Le dije –Todos te estamos esperando y tú ¿leyendo? – Me pidió de nuevo que le devolviera el libro que estaba en la parte más interesante y que no quería perdérselo. Ante tanta insistencia, por fin volteé a ver la publicación y allí estaba: pesado y denso. En la portada aparecía una enorme torre negra rodeada por un cielo rojo y amarillo. Luego leí el título y el nombre del autor: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. En mi cabeza pensaba, -este chico ha de ser muy brillante, porque tiene en sus manos un libro sin ilustraciones, escrito por un señor con apellido extranjero y definitivamente con tantas páginas que pareciera inacabable-. ¿Cómo era posible que teniendo tantas y tantas actividades divertidas que realizar, Fernando (que no tenía en ese entonces un porte intelectual) pudiera preferir leer un libro tan serio, tan grueso, con tantas palabras y con tan pocas ilustraciones?

Le dije a Fernando que no volvería a ver el libro hasta el final del campamento. Tenía que ver un significativo esfuerzo por participar junto con la tribu en todas las actividades para poderlo tener de vuelta.

Me quedé con el libro, prometí devolverlo una vez terminara el campamento. Lo dejé a lado de mi cama en la cabaña donde dormía. No lo leí, no lo abrí, lo dejé allí reposado en una vieja mesa.

No había otra reacción de parte de Fernando, más allá de pedirme el libro todos los días. Cada vez que me lo pedía, yo le preguntaba intrigado las razones por las que le parecía tan bueno el libro. Y cada día recibía una respuesta diferente. Cada vez que le preguntaba era como si de repente volviera el trance que le hacía describir las maravillosas situaciones por las que tenían que pasar los personajes.

De hablar sobre las aventuras de la Tierra Media saltamos a nuestros intereses y nuestras ingenuas opiniones sobre todo lo que nos rodeaba: los miembros del equipo, nuestras familias, nuestros amigos, el deporte, el estudio y de todos los temas que a dos adolescentes podrían interesar.

Pasaron los días, terminó el campamento. Seguí viendo a Fernando en la escuela, a fin de cuentas, sólo estaba dos grados escolares arriba de él. Nuestra convivencia no era tan intensa como en el campamento, pero cada vez que nos veíamos nos poníamos al día sobre nuestras vidas, gustos y aficiones.

Página de La comunidad del anillo, canción del lamento de Galadriel. Foto: Zanastardust.

Mi gusto por la lectura fue creciendo por esos meses, especialmente por los libros de ficción. Me di cuenta de que en casa tenía la primera publicación de J.R.R. Tolkien: El Hobbit. Me gustó. Fue fácil de leer y de imaginar. Hasta ese momento no había hecho la conexión entre las obras. Al final de esa edición venía una lista de otros libros del autor y allí estaba: El Señor de los Anillos. Fue ahí que todo se conectó. Lo vi y supe que tendría que leer esa enorme obra, tan llena de aventuras como de palabras.

Quedé maravillado. Recuerdo haber visto a Fernando a quien le comenté lo emocionado que estaba con tan magnifica obra. Él, en lugar de abrir las rencillas del pasado, me preguntaba si ya había pasado tal o cual parte del libro. Era uno de nuestros temas favoritos para charlar, además del fútbol, por supuesto.

De ahí nació una gran amistad, una amistad como esas que aparecen en el libro, como esas que existen en la realidad pero que exclusivamente los libros de fantasías recogen con total fidelidad. La obra de Tolkien, es tener a la mano un tratado sobre la amistad, comunidad, solidaridad y heroísmo.

A veces buscamos sin estar perdidos, a veces encontramos tesoros sin la intención de descubrirlos. Así son los libros que más nos impactan la vida, pero así también son las amistades que perduran, las que se encuentran periódicamente en la vida pero que siempre están allí esperando la oportunidad de retomar las conversaciones iniciadas hace más de 35 años.

Me pidieron escribir sobre la importancia de El Señor de los Anillos en la actualidad. Como las grandes obras universales, esta me cambió de muchas maneras e incidió en la forma en que veo la vida. Pido disculpas por lo egoísta y personal de mi relato, pero sólo cumplí con mi deber de reiterar lo que dice Bilbo Baggins: “Don’t adventures ever have an end? I suppose not. Someone else always has to carry on the story.”

Porque para mí, a fin de cuentas, la obra de Tolkien no puede ser más actual ya que refleja lo significa la amistad: una aventura que nos lleva por caminos insospechados.   

MDNMDN