Al norte Georgia, al sur Irán, al este Azerbaiyán y al oeste Turquía. Armenia es un país reducido geográficamente más con una basta riqueza cultural . Este pequeño país del Cáucaso central ha sabido permanecer unido en repetidas dominaciones de imperios extranjeros: persas, griegos, romanos y turco otomanos.
Mapa de Armenia.
Es importante mencionar el -no muy conocido- genocidio que el pueblo armenio sufrió sistemáticamente por parte del imperio otomano, durante ocho largos años (1915- 1923). Bajo el lema “Turquía para los turcos”, entre 1.5 y 2 millones de armenios fueron asesinados, otros tantos lograron escapar gracias a la ayuda de judíos o turcos contrarios al exterminio. Actualmente la población armenia o de origen armenio es mayor en el extranjero que en territorio nacional.
La historia que voy a contar no va del genocidio, pero está ligada a él. Poco tiempo después de la independencia armenia del estado turco otomano y del imperio ruso, Armenia fue anexada en 1920 por la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La anexión traía una mediana paz que no duraría mucho, pues con Stalin al poder, en 1924, las cosas se tornarían desfavorables para el pueblo armenio.. Así llegamos a 1991, la caída de la URSS trae consigo la independencia de Armenia; esto marcará un antes y un después en la vida de mi amiga Diana.
Diana Hayrapetyan estudia para ser intérprete profesional en la universidad de economía de Plekhanov en Moscú, Rusia. Habla inglés, ruso y armenio, actualmente está estudiando francés. Tiene un club de conversación donde enseña inglés a jóvenes rusos.
Diana Hayrapetyan
Diana, gracias por aceptar mi invitación. Cuéntame, ¿Cuál es el origen de tu familia? ¿De dónde viene?
Es un placer hablar contigo Emi, verás, yo soy 75% armenia, mis abuelos paternos son armenios; se llaman Stephan y Roza. Simón, mi abuelo materno es armenio también y Tamara, su esposa y mi abuela, es rusa.
Que interesante, Diana. Dime, ¿Cómo se conocieron tus abuelos? Especialmente Simón y Tamara.
Simón tenía una compañía que pavimentaba caminos y carreteras, un día le surgió un trabajo en Irkutsk, Rusia; estuvo ahí por un tiempo y se enamoró de mi abuela. Regresó con ella, se casaron y se establecieron en Armenia.
Casa de la familia en Borisoglebsk.
Estoy revisando el mapa y ¡Dios! Es una distancia tremenda.
Lo es. Irkutsk se encuentra en el distrito de Siberia a orillas del río Angará muy cerca del lago Baikal. Mi abuelo vivía en Tashir, una aldea pequeña cercana a la frontera con Georgia.
Ya veo, una gran aventura sin duda. ¿Qué me dices de tu familia paterna? ¿De qué parte de Armenia eran?
También de Tashir, de hecho ahí mismo nacieron mis padres.
Hablando de tus padres, dime, ¿Cómo se llaman? ¿Cómo se conocieron? ¿Por qué dejaron Armenia?
Mi papá se llama Arthur aunque su nombre se pronuncia con una “T” fuerte, no suave como sería la pronunciación en inglés del Reino Unido o Estados Unidos. Mi mamá se llama Silva, pero aquí en Rusia la conocen como Sveta o Svetlana. La hermana de mi papá era compañera de mi mamá, así se conocieron. Con la caída de la URSS las escuelas rusas desaparecieron y muchos trabajos se perdieron. Es por eso que decidieron salir del país tan pronto como pudieron.
Arthur y la pequeña Diana.
¿Cuándo llegaron a Rusia? ¿A qué ciudad llegaron?
Mi madre tenía 18 años y mi papá 25 al momento de casarse, eran muy jóvenes cuando la URSS cayó y tenían miedo que mis hermanos Ararat y Roma tuvieran un mal futuro, además estaban planeando tener otro hijo y querían naciera en un mejor lugar; así que en 2001 mis papás y mis hermanos fueron a la ciudad de Borisoglebsk donde meses después nací yo. Tiempo después, cuando tenía 7 años, fuimos a vivir a Moscú y seguimos aquí.
Debió ser duro para tus padres llegar a un país sin trabajo, con dos hijos pequeños y uno por venir. ¿Cómo se adaptaron a la ciudad?
Honestamente no fue tan difícil pues mis padres hablan ruso a la perfección ya que en la escuela desde niños les enseñaron el idioma. Mi papá junto con su padre y sus hermanos fundaron una compañía de cartón y poco a poco se fueron estableciendo en Rusia, mi mamá comenzó a hacer manicura y pedicura, ese ingreso extra nos ayudó mucho. Mis hermanos se adaptaron bien al cambio y yo al nacer ahí no tuve ninguna dificultad.
Roza y sus hijas.
A propósito de cambios, cuéntame, ¿Notas alguna diferencia entre tu familia y la de tus amigos? ¿Cómo es una familia Armenia?
Hay varias diferencias. Los rusos suelen ser más conscientes de la privacidad de las personas y no suelen cotillear sobre otras personas, los armenios al ser tan unidos llegan a molestarme un poco, tengo primos que viven fuera del país y conocen a la perfección mi vida diaria, quiero a mi familia no te lo puedo negar, pero a veces me gustaría un poco de espacio para mí misma. Sabes, es raro, pues amo las reuniones familiares y los cumpleaños, son unas fiestas increíbles donde todo se comparte, ha habido ocasiones en las que hemos viajado largas distancias para reunirnos con nuestra familia en otras ciudades de Rusia y ellos también hacen lo mismo.
Pero no todo es malo con los armenios, Emi. Los chicos rusos son algo perezosos, en mi opinión, especialmente aquellos que viven en grandes ciudades como Moscú, los armenios por el contrario trabajan desde muy jóvenes pues la situación económica allá es algo mala. Esto los hace más considerados y respetuosos hacía las mujeres. Al principio de la universidad mis compañeros, tanto hombres como mujeres, me querían saludar con un beso o un abrazo. Yo no estoy acostumbrada a esto, sólo mi familia me abraza y me besa y así estoy bien. No es que sea antisocial, para nada, sólo que no me comporto igual que los demás. Con el tiempo mis amigos terminaron por entenderme y ahora no me siento rara.
Sí, he ido en tres ocasiones cuando tenía doce, catorce y dieciséis años. Las primeras dos veces estuve en Tashir con mi abuela Roza y mi madre. La última vez fui también con mi madre a Tashir pero con una de mis tías maternas, en esos días visitamos la capital, Ereván. Fue muy bello, los paisajes eran hermosos y el aire mucho más limpio que el de Moscú.
Diana, ha sido un gusto escuchar tu historia y la de tu familia. Agradezco tu disposición y buena voluntad.
Ha sido una experiencia muy bonita para mí, Emi, me has hecho conectarme más con mis orígenes y mi familia. Gracias por darme la oportunidad de hablar de mis países. Mi familia te desea lo mejor, saludos.
Siempre he sido una persona nostálgica. Desde muy pequeña me hice el hábito de fechar cada dibujo, libro o papelito que pasaba por mis manos. En un par de ocasiones, y para encanto de mi madre, incluso escribí con plumón indeleble mi edad en los muebles de mi cuarto. Así, al día de hoy tengo varios recuerditos, y uno que otro buró, marcados con un “Ana 9 años” o un “abril 2009”.
Librero: Ana 9 años.
No sé de dónde habré sacado esa costumbre, pero sí recuerdo que cada vez que escribía mi edad o la fecha, lo hacía con la esperanza de volver a aquellos objetos en el futuro y considerar el tiempo transcurrido. Esa misma sensibilidad nostálgica me desarrolló un respeto especial por el pasado. Atesoraba los regalos que me hacían mis abuelas cuando me aseguraban que tal prendedor o aquella estatuilla habían pertenecido a sus madres o a sus mismas abuelas. La antigüedad siempre parecía darle un encanto añadido a las cosas, porque ¡cuántos años, cuánta historia y cuánta vida habían pasado por aquellos objetos!
Aunque pudiera parecer contrario a mi naturaleza que tiende preservar el momento presente, a admirar lo que fue y a guardar “cajas de recuerdos”, decidí darle un giro importante a mi vida cuando terminé la preparatoria. En mi círculo social chiapaneco es muy común salir de casa para estudiar la universidad y, por eso, cuando cumplí 19, cambié mi pequeña ciudad natal por la megalópolis de Ciudad de México, busqué amistad en gente que no conocía desde kínder y pasé de una ruidosa casa de seis personas a un silencioso departamento.
Equipaje
La verdad, salí muy bien librada de la aventura. Me enamoré de mi carrera, de mis nuevas amistades, de un chico que ahora es mi novio y hasta de una ciudad respecto a la que alguna vez tuve tanto prejuicio. Pero así como gané muchas cosas nuevas, poco a poco me fui dando cuenta de tantas otras que perdía. “El día a día de la familia”, como decía una amiga foránea que también compartía la inquietud. Si no sentía suficiente nostalgia con las fotos que subían al grupo familiar de Whatsapp en que mostraban las comidas con la abuela o las carnitas asadas con los tíos, sí que la sentía cuando llegaba de vacaciones a mi casa y mis hermanos menores eran de pronto más altos que yo, cuando los notaba más jóvenes que niños y cuando me hacía consciente de una normalidad doméstica de la que ya no formaba parte.
Primer gran súper. Foto: Ana
Fue un privilegio que el inicio de la pandemia haya supuesto para mí una bondad en este sentido: pude volver a mi familia, en su cotidianidad, cuando ya tenía ojos y corazón para apreciarla como nunca. Pero, una vez más, la añoranza no se hizo esperar, sólo que ahora se trataba de nuevas pérdidas: clases, amigas, novio, la que había sido mi vida desde hacía cuatro años. Comencé a extrañar cosas que no parecían muy significativas en su momento: los esquites y manguitos afuera de la universidad, los descansos que tomaba afuera de la biblioteca, las noches de películas con mi roomie, el parque donde corría, ¡y el clima, sobretodo el clima! Pequeñeces que ahora adquieren una importancia enorme porque ya no pueden volver.
Me rebelé contra el afán de algo que no fuese lo que tenía enfrente. Me desagrada la idea de una insatisfacción inagotable en el ser humano (creo que muchos de los grandes problemas de la actualidad se deben a la codicia sin escrúpulo) pero en el fondo creo que es cierta. He podido comprobar en mi vida esa tendencia constante hacia algo que, incluso cuando me considero feliz, siempre puedo echar en falta. Nunca dejamos de desear. De esa manera, aunque había aprendido a valorar mi vida en Chiapas, me seguían doliendo algunas pérdidas. Recién graduada, enfrentándome a un futuro laboral incierto y en el contexto de un mundo en llamas por la pandemia, me embargó una inquietud, una certeza paralizante: cada elección implica un sacrificio.
Soy consciente de que mi situación no era especial, ni mucho menos: estos años han habido duelos más grandes e incertidumbres más graves de los que no me atrevería a decir que entiendo algo. Pero, como toda experiencia humana, el dolor, la inquietud, se dan de manera personal. Y me afectaba, hasta el grado de no querer decidir más: ¿qué ganar y qué perder? ¿familia o amigos? ¿hermanos o novio? ¿Tuxtla o Ciudad de México? ¿trabajo o maestría? Era mejor quedarme quieta y posponer las preguntas incómodas.
En The Bell Jar, Sylvia Plath hace una bonita analogía de esto último. Cuenta cómo una joven percibe su vida como si estuviese frente a una higuera en la que cada higo representa una posibilidad: uno era un marido e hijos, otro era una carrera como poeta, otro era una vida en el extranjero. A pesar de estar muy hambrienta, la joven se sienta frente al árbol sin poder decidir qué higo tomar. La higuera termina por secarse y los higos, caen negros y arrugados a sus pies.
Al final, como en el relato de la higuera, las determinaciones en la vida llegan con el tiempo, incluso si no es uno mismo quien las elige. En un afán de no querer tener que decidir, no me daba cuenta de que mi aparente inacción ya marcaba cierto rumbo en mi vida. No querer enfrentarme a cosas como buscar trabajo, reconciliarme con alguien o terminar la tesis, no era igual a posponerlas sino que ya estaba eligiendo cierto tipo de vida: estar desempleada, albergar resentimiento y no tener un título. Las decisiones y, más importante, el cambio, son ineludibles; toda elección o no-elección que tome hoy ya me encamina hacia algún lado.
Recuerdos, Ana.
En esto último convendrá recordar al estoicismo y su invitación a aceptar e incluso querer lo que es inevitable (más vale que el perro camine junto al carruaje a que el carruaje tire del perro). Tuve que hacer las paces con esa verdad para poder reconocer que aunque el cambio significa pérdida y renuncia en unos sentidos, también significa oportunidades y crecimiento en muchos otros. Es por el cambio que tomamos distancia de lo vivido, adquirimos perspectiva y podemos transformarnos.
Así como valoré mi ciudad con el contraste de vivir en otra, y valoré a mi familia con el contraste de vivir sola, la experiencia nos va moldeando. Ahora, aunque aún trabajo en adueñarme más de mis decisiones, el futuro me entusiasma más de lo que me asusta. A veces no es tan claro qué actitud tomar, pero tengo que recordarme que esa tensión entre pasado y futuro es la realidad humana en la que habitamos. Abrazar esta realidad mudable no significa renunciar al pasado, sino asumirlo como algo que nos permite seguir adelante. Al final, las raíces de una planta no desaparecen porque haya algo más que empiece a crecer, sino que es gracias a ellas que algo más puede darse. La Ana que escribía su edad en los muebles ya contaba con aquello y esa misma era la intención: que cuando volviera a ver aquellas marcas fuese alguien más que aquella romántica niña de nueve años. Sólo queda conservar la esperanza de que los cambios que vengan y las decisiones que haya que tomar no sólo me permitan apreciar lo vivido, sino que me sigan transformando en alguien más y, esperemos, en alguien mejor.
Desde que tengo memoria, siempre quise estudiar una maestría en Estados Unidos; quizá por la enorme influencia de la cultura de este país en mi educación, o porque simplemente me parecía el paso “lógico” habiendo estudiado en México.
Entré a la carrera de Economía en una Universidad en México, siempre con unos objetivos muy claros: Paso 1. Trabajar como becaria en una multinacional. Paso 2. Graduarme y trabajar en una empresa estadounidense en México. Paso 3. Habiendo conseguido un currículum “adecuado”, irme a hacer una maestría en alguna universidad en la “East Coast” de Estados Unidos. ¿Qué fácil no? El paso 1 sí lo cumplí, consiguiendo un puesto de becaria en Procter and Gamble, el paso 2 también: después de graduarme conseguí un puesto en finanzas en General Mills. Pero el paso 3 se vio desplazado cuando conocí a mi actual esposo. En ese momento, mis prioridades cambiaron, y no quería pasar uno o dos años en Estados Unidos mientras él estaba en México.
Sin embargo, él también compartía mi sueño de hacer una maestría fuera de México, pero no en Estados Unidos, sino en Inglaterra. Tengo que confesar que nunca consideré ese país como uno que me llamara mucho la atención; fuera de London School of Economics, mis miras académicas no cruzaban el Atlántico. Pero cuando mi entonces novio me propuso casarnos e irnos a hacer la maestría los dos, el sueño americano se convirtió en el sueño inglés.
Los dos aplicamos a varias universidades en Londres, Oxford y Cambridge, y tuvimos la suerte de entrar, los dos, a distintos programas en Oxford. Él entró al MBA de Saiid Business School, y yo entré a una maestría en Economía Política en Oxford Brookes University. Para una pareja de felices recién casados, cualquier lugar es una luna de miel, pero de verdad no me imagino un mejor destino para ello que Oxford.
Con una población de poco más de 150,000 habitantes, Oxford es un “pueblo” comparado con la Ciudad de México, pero es un pueblo mágico en toda la extensión de la palabra. Vivir ahí es como dejar el mundo real y entrar a un mundo de fantasía medieval donde se respira cultura y conocimiento, donde la gente estudia post-doctorados a los 30 años y al mismo tiempo compite en el equipo de remo del “college” al que pertenece. El sistema de colleges, por cierto, es la inspiración para las casas de Hogwarts: todos los estudiantes son parte de la universidad pero cada quien pertenece a un college distinto.
Oxford es una ciudad estudiantil que se mueve al ritmo del semestre académico, en vacaciones los estudiantes se van para dejarle paso a los turistas que corren a ver donde filmaron las películas de Harry Potter; y en época de exámenes los pubs se vacían considerablemente, cediéndole su clientela a las bibliotecas.
Una ciudad de estudiantes como Oxford permite la calidad de vida con la que cualquier pareja de “chilangos” sueña: salíamos juntos a correr todos los días, comíamos juntos también en una escuela u en otra, íbamos a clases por separado, después a alguna conferencia impartida por alguien que jamás pensamos poder ver en persona, para finalmente terminar juntos otra vez tomando una pint con los amigos; ¡y todo esto en un martes cualquiera!
Quizá este ambiente de Academia influya en la actitud de los estudiantes. El ser “matado” no es la excepción sino la regla; nadie se vuela clases ni festeja que un profesor no llegue a clase a tiempo. Los alumnos llegan desvelados a clase no por haber salido de fiesta la noche anterior, sino por haberse quedado hasta las tantas de la madrugada leyendo algún paper que tiene “algo” que ver con la clase. Aunque claro que los estudiantes de Oxford la pasan bien, los viernes en la noche la ciudad se transforma y las fiestas terminan a las 6:00 am en un puesto de kebabs. Pero sí hay prioridades, y hasta donde pude ver, los estudiantes de Oxford tienen sus prioridades muy claras.
El efecto “Oxford” se notaba tanto en estudiantes de licenciatura como en los estudiantes de maestría, pero era mucho más notable en éstos últimos. Cuando vuelves a ser estudiante (sobre todo si tienes la oportunidad de serlo de tiempo completo y fuera de tu país) ves tu educación con otros ojos. Los “undergrads” (o estudiantes de licenciatura) están ansiosos por terminar la carrera y empezar a trabajar, mientras que los “grads” (o estudiantes de posgrado) ya sabemos lo que es estudiar y lo que es trabajar, y desde luego ya no nos corre la prisa por regresar a trabajar. Mucho menos prisa en dejar el mundo mágico de Oxford, lleno de amigos, risas y anécdotas, para regresar al estrés laboral que muchas veces se respira en México.
Tanto nuestros compañeros como nosotros teníamos algo en común: una sensación como de presión por aprovechar todo al máximo porque estábamos contra reloj. Sabíamos que esta experiencia increíble iba a durar sólo un año, porque aún cuando muchos de nuestros amigos consiguieron quedarse a trabajar en Londres, o incluso en el mismo Oxford, nunca volveríamos a estar todos en el mismo lugar como estudiantes de tiempo completo. ¡Qué envidia nos daban los undergrads que apenas empezaban su carrera! ¡Cuántas ganas de decirles “aprovechen esta etapa!”, pero nadie escarmienta en cabeza ajena; qué más quisiéramos todos que tener las oportunidades de un alumno de primer semestre y la experiencia de que te da una década de trabajo y responsabilidades al mismo tiempo, pero eso es como querer nadar sin mojarse.
En este espíritu de concentrar “lo mejor de los dos mundos”, los dos retomamos el papel de estudiantes de una manera mucho más responsable, pero sobre todo mucho más consciente. Cada clase la aprovechamos al máximo, cada tarea la disfrutamos. ¡Incluso recuerdo emocionarme al hablar de mi tesis! Nos convertimos en estudiantes comprometidos con su universidad, involucrándonos en actividades extracurriculares y deportivas que en México la verdad siempre nos dieron flojera, o quizá siempre pensamos que “a lo mejor el próximo semestre”.
Si tuviera que escoger el aspecto que más disfruté de este año , con ojos cerrados, diría que fue empezar nuestra vida juntos lejos de casa. Los dos pasamos de la casa familiar a nuestro primer departamento (bueno, más bien un mini estudio) en un país en el cual nunca habíamos estado más de unos días. Juntos aprendimos a navegar la cultura inglesa, aprendimos a compartir cada aspecto de nuestras vidas para formar una familia propia. Viajamos a lugares que en otro contexto hubiera sido imposible visitar. No me aventaría a llevar a mis dos hijas en este momento a los Highlands por ejemplo, ni mucho menos a un partido de la Eurocopa… Forjamos amistades muy profundas, que nada conocían de nuestras vidas de solteros, sino que construimos juntos, como una pareja. No puedo evitar sonreír cada vez que me acuerdo de nuestro año fuera: Oxford fue un lienzo en blanco para empezar nuestra familia; un lienzo con nuestros propios hábitos, rutinas y tradiciones, y sobre todo, muchos chistes y referencias que sólo él y yo podremos entender.
Regresar a estudiar un posgrado es una oportunidad de oro; una oportunidad que agradezco infinitamente a quienes la hicieron posible, sobre todo a mi esposo por invitarme a compartir esta experiencia con él y expandir mis horizontes más allá del país vecino. Aun cuando las cosas se pongan difíciles, siempre tendremos esas caminatas por Roger Dudman Way.
“Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”. María Elena Walsh, Serenata para la tierra de uno
Las migraciones tienen en mi historia personal un carácter fundacional. Mi propia genealogía es la confluencia casual de múltiples migraciones. Mis antepasados recientes dejaron un día su terruño natal para emprender un viaje sin regreso. El hambre, la guerra, la peste, la falta de oportunidades, entre otras injusticias, los forzó a embarcarse hacia una nueva vida. Algunos solos y otros en familia se aventuraron en una larga travesía que los llevaría a la costa atlántica sur de América: Argentina.
Mi abuelo paterno Luis Barry con sus padres y hermanos.
Historias de muchos hombres y de muchas mujeres. Proezas personales que no habrían de pasar jamás a la Historia, pero que gestaron cada una un propio descubrimiento de este continente. Continente que, sin saberlo, habría de contener sus memorias definitivas.
Mi abuela materna Ana María Guasch con sus padres y hermanos.
A esta tierra han venido y siguen viniendo pobladores de los más diversos orígenes y de tierras extrañas entre sí. Algunos incluso de países que ya no existen. En el caso de mi familia, mis abuelos y bisabuelos provienen de disímiles regiones de Europa: Irlanda, Andalucía, Cataluña, Lombardía, Calabria. Ya en Argentina, se asentaron a su vez en distintos suelos del interior del país. Por parte de mi esposo, su propio padre y abuelos vinieron de Rusia, siguiendo un sinuoso derrotero; y por el lado de su madre, sus parientes provienen de Italia y España. Ambos compartimos así un legado de vivencias culturales muy variadas.
Mi bisabuela paterna Concepción Maineri con sus padres y hermanos.
Los caminos migratorios pueden tener distintas extensiones. Mi padre y mi madre han hecho el suyo propio, dejando sus respectivos pueblos de provincia para ir a estudiar a la ciudad. Ejemplo que ejerció siempre mucha fuerza en mí, además de ser el hecho indispensable para que se conocieran.
Mi abuelo materno Diego Zapata con su profesor y compañeros de violín.
En mi caso, yo también fui una vez migrante. Recién casados, nos fuimos mi esposo y yo a Alemania, un país con el cual ninguno de los dos guardaba parentesco. Nos impulsó la ilusión de un nuevo horizonte, la amistad con nuevas personas, la curiosidad ante una rica cultura de científicos y pensadores y el desafío de una lengua difícil de conquistar. Pero, finalmente, fue el nacimiento allí de nuestro hijo nuestro principal vínculo afectivo con ese, nuestro primer hogar. Hecho que determinó a su vez el motivo de nuestro pronto regreso a Argentina, dado que preferimos que su crianza se diera rodeada de la enorme familia que ahí lo esperaba.
Si bien hace ya quince años que regresamos, en aquella larga experiencia de casi seis años pude vivenciar yo misma lo que es la despedida y la incertidumbre de no saber si iba a volver. Pero a su vez pude experimentar también ese irremovible sentimiento de ser extranjero. ¿Pero qué es realmente lo que nos hace extranjeros? Más allá de las obvias cuestiones legales, de las visas y los pasaportes, aún cuando el entorno de nuestro nuevo país de residencia nos pueda resultar amigable, persiste siempre en nuestro interior un juego de arraigo y desarraigo.
Konstanz, Alemania. 2005
Siempre me llamó la atención un concepto que debe ser común a varios idiomas, que se da claramente tanto en español como en alemán y que puede ser una primera clave para comprender ese paradójico sentimiento de pertenecer y no pertenecer a un determinado lugar. Por un lado, tenemos la “patria”, que hace referencia implícita a la tierra del padre, lo cual en alemán es literal en el término “Vaterland”; y por otro lado tenemos la “lengua materna”, con su correspondiente en alemán “Muttersprache”. Hay una fuerte referencia genética en ambos. Los dos términos señalan un origen ineludible, según el cual la tierra parece ser la herencia paterna y la lengua, la materna.
Sin ahondar ahora en lícitas cuestiones de género, podemos hacer foco en ese efecto que “tierra” y “lengua” ejercen en relación a nuestra capacidad de raigambre. La tierra se refiere por un lado a terreno: es espacio geográfico, es paisaje, es clima, es el alimento que allí puede crecer y sus nutrientes específicos. Por otro lado, es territorio, es demarcación política, es su organización interna, es frontera. La lengua, en cambio, es palabra, es pensamiento, es habla y es posibilidad de silencio. Puede ser monólogo, como puede ser diálogo; puede llegar a ser ben-dición o mal-dición. En cualquier caso, siempre la llevamos a cuestas, no importa en qué tierra nos encontremos.
Al aprender un nuevo idioma siempre se aconseja tratar de “pensar” desde ese idioma. Yo no creo haber logrado pensar en alemán, pero sí al menos he llegado alguna vez a soñar en él, lo cual suele ser muy gracioso. Es claro que nuestra “matriz” está dada más por las palabras con las que pensamos, que por el suelo que pisamos. Es nuestra configuración inicial, pero no por eso es absoluta, de tal manera que podemos llegar en parte a emanciparnos. De hecho, mi esposo y yo impulsamos a nuestro hijo, cuya lengua maternaes el español, a aprender alemán, para que conserve un lazo con la ahora lejana tierra donde no sólo nació, sino que fue un hito importante en nuestra historia familiar.
La cuestión es que cuando uno ya vivió como extranjero, esa tensión entre tierra y lengua hace mella en nuestro interior y pervive inconscientemente, de tal modo que, al volver, lo que antes era propio, tiene ahora también algo de ajeno. Uno adolece así de incontables migraciones internas que te permiten no estar sujeto a ningún lugar, aun cuando uno supone haber echado raíces.
Aunque nunca libre de contradicciones, esa libertad, es la que me permite anticipar que un día será mi hijo el que habrá de partir para seguir su propio rumbo. Y que se llevará consigo nostalgia de la tierra en la que creció y palabras y pensamientos en su lengua, pero será él mismo quien podrá elegir dónde hacer crecer sus nuevas memorias.
Sé que a Dios puedo acercarme y escucharlo en los sentidos, presentirlo en mis latidos y, en sus llagas, incendiarme. Pero, ¿ bastará humillarme ante su divina esencia sólo implorando clemencia por tan humana impureza? Tal vez Dios con su franqueza vuelque suya mi existencia.
Lo habíamos decidido, un juego de dardos señalaría al futuro novio de la hermana de nuestro compañero. No tenía por qué temer. Yo era muy hábil para estas destrezas. Ella sería mi novia sin lugar a dudas.
Llegamos al lugar. Éramos la chica, su hermano, mi adversario y yo. Mi primer tiro no fue del todo bueno. Maldición.
Entonces, la gente a nuestro alrededor se ríe. Es turno de mi contrincante. Me lleva, me gana por dos puntos. Comienzo a ponerme nervioso. Mi segundo tiro va a parar, patéticamente, en la pared. Hago un gran berrinche. Los borrachines de al lado se empiezan a interesar.
—¿Por qué tanto escándalo, muchachos? —pregunta uno.
—Es que el que gane se queda con la güerita.
—Uy, no, con lo linda que está. Échale ganas, compadre, o te me quedas soltero.
—Mejor apueste en algo que sí sepa jugar.
Miro a mi alrededor. Ahora, no sólo mi novia, sino mi reputación está en juego. El siguiente tiro de mi rival es bastante malo. Yo me concentro, y mi tiro da justo en el centro.
—Ya se enojó.
—¿Cuánto le apuestan al morrito? Ya me cayó chido.
Todos hacen su alboroto. Nos convertimos en un gran espectáculo para todos. Mis tiros son cada vez mejores, y los de él se vuelven muy poco afortunados. Parece que lo pone muy nervioso tener público, pese a que son contra mí los chistes.
Nos queda un último tiro. Jugamos un piedra, papel o tijeras para decidir quién tira primero. Gané, pero que él tire primero, creo que me concentro mejor bajo la presión del público.
Se trata de tranquilizar. Según su tiro, puede ganar, forzarme al empate o darme una oportunidad. Vaya, un tiro decente, pero muy lejos de ser perfecto. Él lo sabe y se hinca con las manos en la cabeza. Si en mi turno final le vuelvo a dar al centro, me quedo con la chica y con la reputación intacta. Final de fotografía. Los borrachines están muy emocionados, así como algunos amigos que fueron llegando para ver el chisme. El público ya creció. Todos me tienen en una alta expectativa por los últimos tiros que he hecho. Muchos justo en el centro. Miro hacia todos lados y veo a nuestro premio. Es un imbécil mi contrincante, en su mirada, se puede ver que ella desea que yo gane. Me sonríe y me susurra:
—Me gustas.
Me preparo para tirar. Esperen ¿Le gusto? ¿Entonces, por qué estamos aquí peleando por ella? ¿No sería más fácil haberme correspondido desde un principio? ¿Por qué dejó que continuáramos con este reto? Momento ¿Por qué estamos haciendo todo este ridículo show? ¿Qué tiene que ver tirar dados con ser un buen novio?
—Ya, muchacho. Échale, sin temor al éxito.
No puedo tirar el dardo. Esa duda me llena de interrogantes ¿Y si perdía? ¿No iba a estar con quien ella quiere por un juego tonto? ¿En qué tontería nos estábamos dejando llevar?
—Tira —dice ella emocionada.
—¿Ya ves, compadre? Hasta la güerita quiere que ganes.
Tomo impulso. Me pongo serio como nunca antes lo había hecho. Tiro con toda mi fuerza y le doy a una de las botellas de uno de los comensales.
A ella se le ve un poco decepcionada. Mi rival está eufórico y va a besar a su nueva novia. El hermano se echa a correr. Supongo que le dio miedo participar en la coperacha para pagar esa botella que había roto. Todos los demás se echan a reír. Me aproximo a la mesa:
—Una disculpa. Les pagaré lo de su bebida.
—No te preocupes, carnal. Con ese fallo, creo que ya perdiste mucho más. No te queremos amargar más la tarde.
—Gracias.
Me voy del lugar sintiendo que había estafado a los de la botella. Realmente, quería pagarles, pero no sabía cómo explicarles que ese último tiro no fue un fallo, fue el más certero que había hecho en toda mi vida.