–¡Emy, Emy! –Se escuchaban los gritos desesperados,– ¡ya están entrando! Se escuchaba la voz por el corredor.
Emy con su singular calma se encontraba sentada en la cocina vertiendo la leche a una olla para después llevarla al comedor, en donde ya estaba entrando la bella doncella con su esposo el Sr. Oswaldo. Quienes unas horas antes se habían unido ante Dios y siguiendo la vieja tradición, tenían que desayunar juntos una deliciosa tarta de pavlova hecha con una base crujiente de merengue y crema batida con frutas frescas acompañada de una buena taza de leche recién ordeñada, este primer desayuno nupcial tenían que hacerlo juntos y solos, ya que se aprovechaba para acordar los roles que cada uno debía cumplir dentro de su matrimonio.
Emy, escuchó el arrastrar de la silla agilizó el paso y logró colocar la olla de leche antes de que el joven matrimonio se sentara. Sutílmente volteo a ver al Sr. Oswaldo al mismo tiempo que daba una reverencia antes de retirarse, también le lanzó una mirada triste acompañada por un suspiro. Nadie sabía que Emy estaba enamorada del Sr. Oswaldo y que ardía de coraje y venganza, porque él le prometió nupcias a ella, dándose cuenta que solo le mintió para deshonrarla, nadie se imaginaba que ya tenía un plan en marcha que culminaría con la muerte de la joven pareja.
Emy se retiró hacia la cocina, lugar en donde depositaba todas sus emociones mientras cocinaba y platicaba con la ama de llaves de la casa la Sra. Paty.
Mientras Emy preparaba la cena en la cocina, la Sra. Paty se encontraba revisando que todo estuviera listo y ordenado en la habitación nupcial para que el joven matrimonio se pudiera instalar en su nuevo nidito de amor. Colocando jarrones con rosas rojas, rosas y blancas que eran las favoritas de la ahora señora de la casa, pidió que hubiera flores en el mueblecillo a lado de la cama, en el tocador y otros en el baño junto a la bañera. La cama estaba cubierta por una colcha de seda roja y las cortinas largas que arrastraban también hacían juego, la alfombra que cubría todo el suelo de la recamará era gris y las paredes de un blanco opaco. También pidió que estuviera lista la bañera con las esencias de sándalo, manzanilla y una vez que la princesa Margarita estuviera dentro de la bañera, le gustaba ir colocando pétalos de rosa, únicamente los rojos. Una vez que la Sra. Paty dejó todo listo y ordenado decidió ir a la cocina para verificar que las cocineras ya estuvieran preparando el estofado para la cena.
El joven matrimonio terminó su primer desayuno nupcial y dándose un beso muy tierno, cada uno se separó para comenzar con sus nuevas labores. Por un lado Sr. Oswaldo debía de encargarse de la economía de la familia, de verificar que los animales de granja y los caballos estuvieran en buen estado, así como también checar que los campesinos trabajaran en la siembra y cosecha en los viñedos.
Mientras que la princesa Margarita tenía que preocuparse de que todos los empleados adentro de la casa que cumplieran con sus labores, que eran mantener la casa limpia y ordenada, que el desayuno, comida y cena estuvieran justamente a una cierta hora y de organizar los recibos de las cuentas de los servicios que llegaban al correo de la casa. No se preocupaba por la despensa ya que eso se lo dejaba a la Sra. Paty, ni tampoco por los horarios de las comidas porque también lo hacia la ama de llaves, más bien se preocupaba por siempre verse hermosa y salir de paseo por los viñedos, por las calles empedradas de aquel pueblo, por ir de visita con sus amigas, eso era lo que realmente le importaba a la princesa Margarita.
La princesa Margarita una vez que su bello esposo salió de casa, decidió ir a conocer su nueva casa y mientras caminaba a su paso sin prisa por cada uno de los rincones y recamaras, llegó a la cocina y miró fijamente a Emy, la princesa no le dio importancia y continuó su camino.
La Sra. Paty volvió a la cocina para verificar la cena y notó en Emy una mirada diferente, le preguntó con una expresión preocupada: “¿Qué tienes Emy?” Emy respondió con un tono que dejó claro que no quería hablar del tema: “nada”. Pero nadie se imaginaba lo que esa noche iba a suceder.
Al paso de varias horas, Emy, le aviso a la Sra. Paty que la cena estaba servida, mientras se sentaban en la mesa los recién esposos, Emy y la Sra. Paty iban colocando la cena, una deliciosa sopa de elote acompañada de galletas saladas, olía tan bien que la princesa Margarita no aguantó más y se llevó la primera cucharada a la boca y justo cuando ya había acabado la sopa se levantó al instante y dio un grito de dolor llevándose las manos a su vientre. Oswaldo se apresuró a tomarla en sus brazos y moviéndola le gritaba “¡Margarita! ¡Margarita!”, pero ella no respondió. Ya estaba muerta.
Al fondo se escuchó como se cerró la puerta, pues Emy huía de la casa apresuradamente, una vez estando en la calle corrió hacia la avenida ancha y le hizo la parada al primer carruaje que paso por ahí.
La Sra. Paty corrió atrás de ella, y lo único que alcanzó fue una carta que Emy tiró al bajar las escaleras, la llevó dentro y se la entrego al Sr. Oswaldo.
La princesa Margarita tuvo un funeral lleno de personas, flores hermosas y a lo lejos tocaban “El lago de los cisnes”; su esposo realmente sufrió por su pérdida puesto que en verdad la amaba, esa noche al regresar a casa después de haber enterrado a su bella esposa, se dio una ducha caliente y antes de meterse a la cama recordó la carta que la Sra. Paty le había entregado, decidió ir a su despacho y leerla.
Fuiste el primer hombre al que besé y te creí cuando me prometiste nupcias, pero al verte llegar con ella, recién casados, me di cuenta que únicamente jugaste conmigo, quiero que sepas que me arruinaste y es por eso que yo te arruino a ti, quitándotela a ella y maldiciendo tu amor. No podrás casarte con nadie más, pues cuando una mujer se te acerque con intenciones de amor, verán a través de tu mirada el miedo, lo infeliz que es tu corazón, yo estaré en soledad lo que me resta de vida, pues en estos tiempos nadie voltea a ver a una desdichada, ese será mi castigo por haberte amado.
Después de terminar de leer la carta, la arrugó y dio un grito desgarrador. La Sra. Paty entró de inmediato y él le dijo: –saldré a hacer justicia.
Subió a su caballo y partió sin rumbo, hasta que recordó las caricias furtivas en la cabaña del viñedo. Se apresuró y la encontró sentada con la cabeza baja.
–Te odio, ¿por qué lo hiciste? Te haré pagar. –Ella subió la cara y con una media sonrisa le respondió.
–Ya lo pagué por adelantado, cuando decidí creer en tu amor. –Emy se abalanzó contra él empuñando un puñal, Oswaldo le sostuvo la mano y logró quitarle el cuchillo, a la fuerza la sentó y llamó a la policía.
La policía no tardo en llegar al lugar y se llevaron a Emy, le dieron 10 años de prisión acusada de asesinato.
Pasaron varios meses y Oswaldo no podía con la culpa de que Emy estuviera presa, así que fue a visitarla a la cárcel. Durante varios años la visitó, hasta que Emy salió bajo fianza por buena conducta, durante ese tiempo el Sr. Oswaldo se encariñó con Emy y le propuso por segunda vez que se casara con él.
Emy creía que para ella ya no habría otro destino que morir sola, pero, las palabras del Sr. Oswaldo le llenaron nuevamente el corazón de esperanza y amor.
Emy comenzó a tomar clases y en ese trayecto conoció gente, hizo amigos y hasta le parecía atractivo Octavio un joven cadete, inteligente y guapo. Comenzaron a salir y Emy cayó en cuenta que estaba enamorada de Octavio y no del Sr. Oswaldo.
Una mañana Emy ya no podía con ese sentimiento y fue a buscar a Oswaldo para decirle que cancelara la boda, que ella ya no lo amaba y que quería que la dejara ser feliz con Octavio. Oswaldo no se esperaba una noticia así y quedó perplejo al escuchar a Emy, pero notó en Emy tanta verdad, que la dejó ir.
El trabajo intelectual Jean Guitton, Rialp (Madrid), 2005. pp. 160.
En esta civilización “archisaturada” de conocimientos y medios para adquirirlos, todos alguna vez nos hemos sentido desalentados porque utilizamos imperfectamente nuestra energía mental y porque en el siglo XXI nuestro saber ya no puede ser enciclopédico. No obstante, el maestro Guitton nos ofrece una guía para ordenar nuestros estudios y mejorar su rendimiento, “para perfeccionar la memoria, nervio del entendimiento; para entrelazar el espíritu con el cuerpo, obtener un esfuerzo y una labor absolutos y mantenerse, sin embargo, alegres.” Nos enseña cómo tener un tesoro sin que se pierdan ninguno de nuestros esfuerzos, ya que “lo que desalienta en los estudios, es ver que los conocimientos no se acaban de adquirir jamás, que no se conservan, no se agregan unos a otros en un desarrollo continuo y sustancial”. Así, este pensador nos orienta sobre cómo recoger, mediante signos, el trabajo del espíritu, fijar el pensamiento propio y el de los demás, para que podamos volver a pensar sobre lo que una vez hemos conocido y amado en ese movimiento de retorno que representa el conocimiento.
Jean Guitton, pensador católico, doctor en letras y miembro de l’Académie française, nos regaló hace más medio siglo un valiosísimo libro llamado: El Trabajo Intelectual. Podría sonarnos ajeno este título, porque usualmente descuidamos ese aspecto que es el único que al final del día nos colma de satisfacción. Pero es un error pensar que las fatigantes actividades del trabajo diario no puedan compaginarse con semejante delicia. Es aquí donde entra monsieur Guitton para compartirnos con la elocuencia de un sabio, su experiencia y consejo en este respecto.
Enriquecido con referencias tanto interesantes como divertidas y haciendo el libro sumamente ameno al incluir anécdotas suyas y de sublimes personajes de la talla de Simone Weil, Pascal, Victor Hugo y Napoleón, el autor nos invita a tomar el tiempo en nuestras manos y convertirlo en una experiencia provechosa.
Con la sencillez y amenidad de un maestro que no ha dejado de ser alumno, nos guía por el camino que debemos seguir para ejercitar nuestra voluntad y sacar provecho de nuestra existencia cotidiana. Nos recuerda cómo disponer de las herramientas que nos permitirán emplear de la mejor manera nuestra actividad intelectual y que precisamente se encuentran tan sólo en nosotros mismos. Desde cómo tomar notas, cómo dejar correr al monstruo, los beneficios de guardar de vez en cuando nuestro detritus, y qué tipo de libros disfrutar.
Además, sus palabras nos ponen de manifiesto que el esfuerzo intelectual puede realizarse incluso cuando se ha trabajado todo el día en la oficina. ¿Por qué escindir de los deberes de nuestra profesión las alegrías del ocio que nos concede el goce de la libertad pura? El chiste es tener siempre una atención y disposición vivaz puesto que las vicisitudes de esta vida tienen ritmos y suspensos en los cuales puede alojarse una acción del alma. Aunado a esto, “una obligación regular, que no exige una atención excesiva, pero que obliga a hacer gestos sin poner en ellos el alma, […] sirve a muchos de sostén y reposo para el trabajo del espíritu. Lo que hay que evitar es ser absorbido por ella…”
Con máximas verdaderas, simples y esenciales Guitton nos invita a ser nuestro propio maestro interior y a enriquecer la propia vida con la sustancia de lo que leemos y hacemos, puesto que todo concurre a nutrir. La clave está en “que el espíritu debe aprender a concentrarse y a encontrar en el tema, cualquiera que fuere, su punto de aplicación; que debe hacer trabajar al reposo y a los intervalos del tiempo, a fin de madurar; [y en] que le hace falta expresarse para conocerse…”
Considero que en una ciudad caótica, en un mundo sumamente atareado, conocemos el valor del tiempo y es por eso que estamos obligados a pensar en los métodos que nos permitan utilizarlo del modo más provechoso, cosa que este profesor francés nos facilita.
En fin, este brillante librito nos mueve a conferir un valor absoluto al acto de atención, a la perfección formal o a la tarea de un día, al reiterarnos que todo acto de atención, de paciencia, de afán de mejoramiento por mínimo que sea, encuentra en sí mismo su recompensa, independientemente del provecho y de todo resultado.
Después de todo esto, cabe decir, sin embargo, que no nos obliga a adoptar métodos rigurosos ni resoluciones heroicas. Al contrario, nos tranquiliza e infunde confianza puesto que el progreso se logra con una práctica simple de aplicación cotidiana, como él bien refiere. Los grandes hombres no son de una esencia diferente a la nuestra, todo hombre posee una vida intelectual en su ser y sólo es cuestión de ser creativos para engrandecer todas nuestras pequeñas tareas.
Pero no me mal entiendan. El Trabajo Intelectual no es cualquier libro de superación personal, es un manjar suculento que no se nos ofrece ya digerido y vulgarizado de manera simplona como un “libro de tips”. Jean Guitton nos permite saborear ese manjar del crecimiento intelectual y espiritual en carne propia. Nos ilumina sutilmente, cual luciérnaga posada sobre una flor, para que con nuestra paciencia aguardemos el glorioso amanecer del esfuerzo que ilumina nuestra vida.
Mejor regalo que el que hace Jean Guitton a la inteligencia y a la energía incansable de la juventud no se puede ofrecer. Sin embargo, no es un libro sólo para jóvenes. Guitton es un maestro que ningún alma ávida de pasión intelectual debe evitar. De esta forma, se nos brinda a los no tan jovencitos, la oportunidad de reflexionar sobre nuestra temprana educación escolar que frecuentemente criticamos por sus carencias, pero que examinada a la luz de lo que somos hoy y lo que nos resta por ser guarda un gran tesoro precisamente por esa imperfección.
Pensar es un arte que la sociedad actual ha dejado de valorar, pero como en todo arte, es preciso dominar las técnicas y métodos que los grandes hombres han usado, para así estar en aptitud de crear y recrear nuestro propio ser. Tengan la certeza de que esta breve joya les permitirá hacer gozar el alma en medio del propio trabajo.
La Epopeya de Gilgamesh es un poema con una antigüedad de más de 4,000 años. Es el texto narrativo más antiguo que conserva la humanidad. Fue escrito por la civilización sumeria con caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, en la región entre el Tigris y el Éufrates que hoy conocemos como Irak.
La historia de Gilgamesh todavía tiene mucho que decir a los seres humanos de nuestro tiempo. Es, a final de cuentas, la primera y la más importante de todas las aventuras: la aventura de buscar un sentido para la vida humana.
Por eso, sin reducirla a estas pocas líneas, sino con el ánimo de invitar a que sea más conocida y disfrutada, aquí se proponen cinco grandes verdades contenidas en la Epopeya de Gilgamesh, que el lector podrá descubrir si se adentra en el texto.
El poder debe limitarse para evitar la tiranía.
Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk, es el hombre más poderoso del mundo, más divino que humano. Su fuerza, la efectividad de sus armas, la gloria y la majestad de su liderazgo indiscutido no tienen par en toda la tierra y, precisamente por eso, porque no existen límites materiales a sus deseos, inevitablemente se convierte en un tirano: esclaviza a los hijos de sus súbditos, toma por la fuerza a las mujeres de su pueblo para saciar sus impulsos más básicos.
En medio del éxito y la riqueza, el ser humano es retratado en Gilgamesh con toda su miseria: cuanto más poder tiene, tiende más a la tiranía; porque el mundo de los deseos es desordenado, y si no se le limita, engendra la monstruosidad.
Los habitantes de Uruk claman a los dioses para que pongan freno a las injusticias de su glorioso rey. No quieren deshacerse de él, no piden que sea fulminado por el rayo o destruido por las fuerzas sobrenaturales; lo que piden es que pueda medirse frente a un semejante, que encuentre –como diríamos en México– la horma de su zapato.
El poder político, militar, económico o de cualquier otro tipo no puede ser destruido. Tiene la característica de que, si alguien lo deja, otra persona inmediatamente lo toma, porque es quizá el recurso más deseado del mundo, el que da la capacidad de hacer valer la propia voluntad. Por lo que la única manera de evitar su corrupción es enfrentarlo a otro poder igual.
Estatua de Gilgamesh en la Universidad de Sidney.
La igualdad puede dar miedo, pero es una condición indispensable para el amor.
La respuesta de los dioses ante el clamor de los habitantes de Uruk es crear a un hombre, Enkidu, tan fuerte como el propio Gilgamesh, al que ubican fuera de la ciudad, como un salvaje que vive entre las bestias.
Ante la noticia de que los dioses han creado a un hombre que lo iguala en fuerza, Gilgamesh siente temor. Tiene pesadillas acerca de cómo ese otro ser puede despojarlo de su poder, quitarle la veneración de sus súbditos y reducirlo a vasallaje.
La intuición de Gilgamesh sobre Enkidu es que tendrán que luchar hasta que uno prevalezca, pero la conclusión de la batalla entre ellos es que dos seres iguales no pueden ni vencer ni quedar derrotados entre sí. La constatación de esa realidad aplaca sus miedos y su ira, y da pie a una relación de auténtica amistad, tan profunda que engendra el amor.
El amor entre Gilgamesh y Enkidu no es un amor erótico, es un amor que nace del reconocimiento mutuo y desvela una realidad más profunda: el auténtico amor sólo puede darse entre personas que se reconocen como iguales.
Una persona que se ama sólo puede amar en otra aquello que identifica como reflejo de lo que ama en sí misma. Otro tipo de relaciones provienen de la carencia que se quiere resolver, la admiración que se quiere expresar o el deseo que se quiere realizar; pero el amor en libertad, sin el factor necesidad de por medio, exige necesariamente la igualdad.
El amor que nace entre Gilgamesh y Enkidu es transformador también, porque aleja a Gilgamesh de la tiranía y lo empuja fuera de su reino a emprender aventuras nuevas, junto a su amigo. Es un amor que se reafirma constantemente en el trabajo de equipo, en los logros y las dificultades que se comparten. Es un modelo de amor que puede trasladarse a otros ámbitos además de la amistad, desde la pareja hasta la familia y la sociedad.
La sexualidad tiene un poder civilizador.
Muchos piensan en la sexualidad como una fuerza instintiva, casi animal. Irónicamente, la Epopeya de Gilgamesh reconoce en la sexualidad más bien un ejercicio de inculturación.
El poderoso Enkidu, tan fuerte como Gilgamesh, vivía libre de toda civilización antes de encontrarse con el que se convertiría en su mejor amigo; creció en medio de las bestias, se comunicaba con ellas, comía la hierba y abrevaba en el lago junto a las gacelas, vivía en esa forma de Edén al que algunos filósofos luego llamaron “estado de naturaleza”.
Antes de presentarse con Gilgamesh, Enkidu experimentó un proceso de civilización a través del sexo.
Shamhat, una prostituta (probablemente sacerdotisa de la diosa Ishtar), es enviada al abrevadero para encontrarse con Enkidu cuando las gacelas bajaran a beber. En el momento mismo en que Enkidu la ve, Shamhat se desnuda y él es inmediatamente atraído hacia ella.
Seis días y siete noches pasó Enkidu haciendo el amor con Shamhat, pero cuando por fin sació todos sus impulsos sexuales, las bestias –que antes eran sus hermanas– huyeron de él, no lo reconocieron más, perdió la vida como la conocía, para poder abrirse a una nueva etapa en la que ganó, tanto sabiduría como capacidad de conocer y darse a conocer a otro ser humano, con un lenguaje que entre las bestias nunca alcanza ese nivel de eficiencia comunicativa.
En definitiva, la sexualidad humana en la Epopeya de Gilgamesh, sin renunciar a su esencia de impulso, y hasta en cierta medida de instinto, es sobre todo una forma de comunicación y por lo tanto de cultura.
Tarde o temprano hay que enfrentar la finitud.
Gilgamseh y Enkidu ganaron incluso más fama y poder juntos, pero en el camino, también se enemistaron con los dioses. Después que Gilgamesh rechazara la oferta de matrimonio de la diosa Ishtar, ésta amenazó con hacer surgir de la tierra a todos los muertos para que superaran a los vivos (el primer apocalipsis zombie) si Gilgamesh no era castigado, por lo que el dios Anu decide enviar al toro del cielo para que castigue la insolencia de Gilgamesh, pero él y Enkidu –magníficos y poderosos– matan al toro del cielo, con lo que desatan una auténtica confrontación entre los dioses y los hombres.
El viejo sueño humano de erigirse en dios de sí mismo está ya retratado en este primer poema épico de la humanidad, pero como cualquiera sabe, entre los dioses y los hombres hay una diferencia sustancial: la muerte.
El consejo de los dioses decide castigar directamente a la dupla y hace enfermar gravemente a Enkidu que, viendo la muerte cercana, maldice toda su vida, maldice sus logros, maldice a la mujer que lo hizo hombre y muere en medio de la confusión y de la tristeza.
Gilgamesh se enfrenta por primera vez con una realidad que lo sobrepasa y que no puede evitar: su mejor amigo, el gran amor de su vida, está muerto y él no puede hacer nada más que llorar; ordena que lloren todos los súbditos de su ciudad, vela a Enkidu, transido de dolor y desesperación como una leona que ha sido privada de sus cachorros, y lo despide con un glorioso funeral.
La realidad de la muerte lo atormenta y piensa que debe haber una manera de evitarla. Sabe que hay un hombre inmortal en la tierra, Utnapishtim “el lejano”,que sobrevivió al diluvio construyendo un arca (sí, es el primer Noé), y a quien los dioses concedieron la inmortalidad junto a su esposa, aunque a costa del exilio.
Sólo que Utnapishtim le hace ver a Gilgamseh que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses y sólo ellos pueden concederla. A lo mucho, le enseña que existe una planta que le puede devolver la juventud.
Gilgamesh consiguió la planta, pero la pierde al fin, porque una serpiente se la robó. Con lo que a Gilgamesh no le queda más que encontrar la resignación en la idea de que, sin importar cuánta gloria haya conseguido, también su vida debe terminar en algún momento.
Cansado, derrotado al fin, simplemente se detiene, no tiene ya más qué buscar.
La verdadera felicidad está en las cosas pequeñas.
El mensaje de la Epopeya de Gilgamesh podría parecer desolador, por más bello que sea el texto, sin embargo, la más importante de sus enseñanzas da al lector un auténtico sentido, no sólo para la aventura de su personaje, sino para la vida humana en general.
En la antigua versión babilonia de la Epopeya de Gilgamseh, Siduri la tabernera, diosa de la fermentación del vino y la cerveza, trata de persuadir a Gilgamesh de buscar la inmortalidad –empresa inútil– con unas palabras que mantienen una vigencia eterna:
Haz de cada día un gozo, baila y toca instrumentos día y noche. Ponte ropa limpia, lávate el pelo y báñate. Contempla al pequeño que te toma la mano. Deja que tu esposa disfrute tu abrazo repetidamente. Pues ese es el destino del hombre mortal.
Por lo que la principal enseñanza es esta: la vida de los grandes y de los pequeños es igual en dignidad, su destino es el mismo, su alegría consiste en disfrutar los pequeños placeres cotidianos y la vida familiar. Todo lo demás, o bien carece de importancia, o bien engendra dolor.
Salvo por la pena de muerte que, desgraciadamente, todavía existe en algunos órdenes jurídicos, la cárcel es la pena física máxima que se puede imponer a una persona, por lo menos en los regímenes civilizados.
En la historia de la literatura se cuentan numerosos casos de escritores y poetas que han pasado –justa o injustamente– un tiempo en prisión, y que desde su experiencia de reclusión han producido bellísimos ejemplos del poder liberador de las letras.
Todos sabemos que el Quijote nació en la Cárcel Real de Sevilla, mientras Cervantes (que ya había sido prisionero 5 años en Argel) enfrentaba un proceso por malversación de fondos públicos como resultado de su trabajo como recaudador de impuestos, pero su caso, si bien célebre, no es inusual.
El gran poeta y místico español, San Juan de la Cruz, pasó 8 meses en reclusión dentro de la cárcel conventual de los carmelitas de Toledo, debido a los conflictos derivados de la pugna entre calzados y descalzos; y durante esos meses de injusta cárcel comienza la composición de una de sus obras más apreciadas, el Cántico espiritual, en el que se refleja la desolación de un alma –la esposa– que se ve abandonada de su amado, que es como San Juan de la Cruz se refiere a Dios:
¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes allá, por las majadas, al otero, si por ventura vierdes aquél que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero…
Cántico espiritual
Por su parte, el poeta maldito Paul Verlaine tuvo que pasar dos años en la cárcel de Mons, en Bélgica, por haberle disparado a su joven amante, el también poeta, Arthur Rimbaud, en un ataque de celos y delirio alcohólico.
Durante su periodo de reclusión, Verlaine escribió Romanzas sin palabras, basado en su tormentosa relación con Rimbaud, así como un libro de poemas llamado Carcelariamente, que nunca se publicó.
Llora en mi corazón como llueve en la ciudad. ¿Qué es esta desazón que hiere mi corazón? ¡Dulce rumor de la lluvia por tierra y en los tejados! ¡Para un alma con abulia, oh el canto de la lluvia! Porque llueve sin razón en esta alma que se asquea. ¡Cómo! ¿ninguna traición? Este duelo es sin razón. Es, claro, la pena peor, la de no saber por qué, sin encono y sin amor, siente mi alma tal dolor.
Romanzas sin palabras – Llueve suavemente sobre la ciudad
Oscar Wilde pasó también dos años en la cárcel, acusado de sodomía y de grave inmoralidad, debido a su relación con Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Para el carácter sensible y delicado de Wilde, la cárcel de Reading fue un tormento, y durante el tiempo que permaneció ahí escribió su libro-epístola, De Profundis, dirigido a su antiguo amante, en la que alcanza verdaderas cimas estéticas en medio del dolor. Pero también es producto de su experiencia en la cárcel, la Balada de la cárcel de Reading, un poema escrito después de su liberación, pero en el que refleja sus impresiones a partir del ahorcamiento de un excompañero de prisión, Charles Wooldridge, que había sido miembros de la Guardia Real y que fue condenado a muerte por haber asesinado a su propia esposa.
No tenía ya chaqueta roja como es el vino y es la sangre; y sangre y vino eran sus manos cuando le hallaron el cadáver de la pobre mujer que amaba, y a la que dio muerte el infame.
Andaba él entre los presos con traje gris y con gorrilla: Parecía feliz su paso. Mas nunca antes ví en la vida un hombre tal que, intensamente, mirara así la luz del día…
Balada de la cárcel de Reading
Pero quizá uno de los mayores ejemplos de poeta encarcelado que encontró en las letras una forma de liberarse, hasta trascender su propia realidad de encierro, es Miguel Hernández, poeta de la Generación del 36, que durante el tiempo que pasó en la cárcel de Torrijos, como resultado de su filiación política republicana, después de la guerra civil española, recibió una carta de su mujer, en la que le contaba que sólo tenía pan y cebollas para comer. El poeta escribe a partir de esa carta sus maravillosas Nanas de la cebolla, en las que si bien se refleja el dolor y la impotencia que siente por estar separado de su familia, también dirige su pensamiento hasta su hijo recién nacido, que se alimenta sólo de la leche de su madre, y le recomienda la risa, la alegría y la esperanza, como un signo del futuro y de la vida que no se apaga.
Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo. Ríete tanto que en el alma al oírte, bata el espacio.
Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea.
Es tu risa la espada más victoriosa. Vencedor de las flores y las alondras. Rival del sol. Porvenir de mis huesos y de mi amor.
Nanas de la cebolla
Como si ser privado de la libertad no fuera suficiente castigo, las personas que pasan por la experiencia de la cárcel muchas veces afrontan, además, maltratos, injusticias y humillaciones. Quizá por eso, la cárcel también es un espacio en el que algunas personas, sobre todo las que están dotadas de un especial talento o sensibilidad, buscan formas de expresión que los libere internamente.
El mar se fue de pronto. Un hombre está gritando. Dice que el agua volverá y al volver nos matará a todos. Está gritando. Quiere que corramos, que huyamos a las montañas. Algunos lo escuchan y corren. Los niños comienzan a llorar.
Yo solo me siento extrañado. No puedo mentir, también algo inquieto. Pero, ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Por qué grita? ¿Qué gana este hombre sembrando el pánico? ¡Estábamos tan tranquilos! Volteo y veo tranquilo al sabio del pueblo, un anciano venerable que siempre ha guiado nuestro pueblo. La paz es la máxima que vive y predica a todos los que lo seguimos. No tiene caso preocuparse de más en esta vida. Verlo me tranquiliza casi del todo, solo queda un pequeño nudo en el fondo de mi estómago.
Ya muchos han corrido, uniéndose a los gritos del hombre alarmista, huyendo como si hubieran visto un espectro. El sabio levanta entonces la voz:
“¡No teman, hijos míos! El mar siempre ha sido amable con nosotros, ¿Por qué habría de ser distinto ahora? ¿Quién es este hombre que grita y vocifera para que le presten oídos? No dejen que el mal espíritu entre en ustedes. Mantengan la calma. Nada puede turbar el interior de quien en verdad vive en paz.”
Sus palabras me tranquilizan. Ahora que oigo al sabio sé que todo estará bien. No sé cómo pude dejarme turbar por el teatro de este loco.
“¡Escuchen, por favor! Sé que no me conocen. Soy extranjero, extraño en medio de ustedes, pero les suplico que crean cuando digo que lo que viene nadie puede detenerlo. El mar que ahora se ha retirado volverá con fuerza despiadada sobre ustedes y sus familias. ¡Huyan ahora que pueden!”
“¿A qué viene todo esto, insensato? ¿Quién te dio autoridad para hablar así? ¿Acaso has visto alguna vez al mar volcándose sobre la tierra, como dices?”
“Nunca con mis ojos, pero he visto lo que viene después. Conocí un pueblo, haya en el sur, que sufrió algo parecido; pocos sobrevivieron. Cuando llegué tenía no más de dos días de sucedido. Con mis propios ojos vi las casas destruidas y la tierra transfigurada en caos y escombros. También crucé caminos con un hombre de Oriente, habitante de una isla, que tuvo que salir de su hogar porque todo fue arrasado por el mar.”
“¿Y qué tienen que ver tus cuentos con nosotros?”
“Las dos historias comenzaron como ahora, con el mar retirándose de pronto.”
“¡Bah, necio tú y necio quien te escuche! Quieres sembrar el terror entre nosotros con tus historias disparatadas. ¡Largo de aquí, forastero! ¡Corre, ve a tu montaña! En este pueblo somos hombres de paz. En paz vivimos y en paz seguiremos, aquí, en nuestra playa. El mar se fue, ¿y qué? ¡Ya volverá!”
“¡Oh, sí que volverá, pero no como imaginas!”
“¿Quién ha oído que el mar ataque la tierra? ¡Fuera, largo ya! ¡Vete de aquí con tus fábulas!”
“¡Allá tú y los que te escuchen, anciano idiota! ¡Me voy! Quien ame su vida y quiera conservarla, venga ahora conmigo. ¡Nadie diga que no quise advertirles!”
Corre entonces el forastero y corren detrás suyo unos pocos más, dominados por el miedo.
Nuevamente entra la duda a mi corazón. Este forastero… ¿dirá la verdad? No, imposible. El sabio no puede estar equivocado. Debo ser fuerte. Debo luchar por guardar la paz. Aquí me quedaré, al lado del maestro.
Pasa el tiempo y nada pasa. Todo está en paz.
Pasa un poco más de tiempo y se ve entonces algo en el horizonte, allá lejos. Una línea azul.
“Gran paradoja del amor, tal vez la central, su nudo trágico: amamos simultáneamente un cuerpo mortal, sujeto al tiempo y sus accidentes, y un alma inmortal.”
Octavio Paz, La llama doble
Mucho se ha escrito ya sobre el amor. Desde poemas en los que el amante es fulminado como un polvo enamorado que es constante a pesar de la muerte; hasta actos de amor épicos como recorrer el infierno y el purgatorio por la amada, preferir el veneno antes que la posibilidad de no poseer al amado o luchar contra cíclopes, sirenas y los naufragios para volver con la mujer que te espera. El imaginario amoroso está plagado de personajes que con facilidad ejecutan grandes gestos románticos.
Algunos podrán culpar a Disney por sus expectativas y estándares románticos: la princesa que finalmente encuentra al príncipe y tras una pequeña dificultad –porque sin clímax no es posible el desenlace– se casan. ¿Pero qué pasa después cuando a la princesa le salen estrías y al príncipe le cuelga el estómago? ¿Qué es eso de “vivir felices por siempre”?
Reniego de habitar en Disneylandia, en lo personal y francamente, me resulta un imaginario bastante pobre. Ninguno de los príncipes le llega a los talones a Mr. Darcy: un excelente prototipo de héroe romántico, creado por una mujer, dicho sea de paso. Los personajes de Jane Austen son entrañables, aunque no sean encantadores. Porque una de sus mayores enseñanzas es que no todo aquello que brilla es oro, sino que muchas veces es latón reluciente, mientras que lo que puede pasar desapercibido es realidad más valioso; así que antes de cualquier juicio deberíamos abstenernos de los prejuicios.
Muchas veces el hombre que resulta más encantador es en realidad el peor partido. Los personajes de Austen son antagónicos, seres que se contraponen, pero que justamente la oposición ayuda a la comparación: la tosquedad de Darcy se opone con la simpatía de Wickham; la seriedad del Coronel Brandon se opone con el apasionado John Willougby y aunque a primera vista ni Darcy ni Brandon resultan la opción más atrayente (dejando de lado la cuestión monetaria), en el desarrollo de la historia, al conocer a Darcy, Brandon e incluso al insulso Edward Ferrars a profundidad, es inevitable no preferirlos. Porque aunque carecen de gestos desbordados, su pasión se nota en los detalles.
Así que si a alguien tuviera que culpar, entonces culpo a Austen de mis iniciales expectativas románticas. Claro que es preciso tener cuidado, porque a fin de cuentas, la idea de un hombre, el ideal, puede terminar no existiendo. Y por buscar aquel ser mitológico, más extraño que el unicornio, podemos no ver a quien tenemos de frente.
Podríamos argumentar que es imposible que exista un hombre o una mujer con las características que proponen Austin, Shakespeare, Dante, García Márquez o Cortázar. Además el cine no lo hace más sencillo, porque en mis treinta años de vida, nadie me ha esperado debajo de mi ventana a pesar del temporal, como hizo Toto en Cinema Paradiso; y mucho menos me he metido a la Fontana de Trevi, esperando que un Marcello Mastroiani me acompañara. Sin embargo creo que si algo puede ser imaginado, es porque en la realidad se han observado algunos atributos: la realidad sí puede llegar a superar la ficción, para bien o para mal. La tumba de Beatriz puede visitarse, y aunque Dante la idealizó, debajo de aquella imagen encontramos una Beatriz de carne y hueso.
Ahí yace con sus características humanas y deficientes, perfecta en su imperfección, pero debemos prestar atención de no convertir a la persona de nuestra vida en un personaje y ser conscientes de que sus actos no son material de filmación.
La cuestión es, que aquello que es un gran detalle romántico para alguien, puede no serlo para otro. Por ejemplo: un amigo le dijo a Steffen –el condenado a pasar el resto de su vida conmigo- que debería ser más romántico y recibirme con un ramo de flores en el aeropuerto. Podría ser un gran detalle, pero a decir verdad, no me gustan los ramos de flores y él lo sabe. En dado caso tendría que llevar una maceta y no una flor en agonía. Aún así, si un día lo hiciera, se lo agradecería. Para una persona puede ser desastroso que no la reciban con flores, mientras que a otro no le hace ni fu ni fa. Alguien puede requerir de detalles cursis para sentirse amado y otro no. Así de variado es el mundo.
Es preciso cuidarnos de la absoluta idealización, porque por esperar un ideal Austiniano, Dantesco o de cualquier clase, podemos dejar pasar de largo a nuestra persona deficientemente perfecta.
¿Qué más se puede decir sobre el amor? En principio, se puede decir mucho, porque es una experiencia universal que se aplica a una vivencia particular. Incluso podemos definirlo, los filósofos lo han hecho desde hace siglos, algunos con mayor entusiasmo y otros con mayor cinismo. Y las teorías son polifacéticas: desde mitades que se buscan, escalas ascendentes hasta alcanzar la idea y así vivir la mejor de las vidas posibles; desear lo que no se tiene; encontrarnos a nosotros mismos en nuestro opuesto; alcanzar la alegría con un estímulo externo; el genio de la especie que se manifiesta en dos individuos para procrear uno nuevo; ser validado por el otro; la exclusión de las oposiciones que vence la escisión e incluso dar algo que no se tiene a alguien que no lo quiere.
Jacques Lacan afirma “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es”. Esta frase, tan célebre, se relaciona con la teoría de la transferencia que, grosso modo, podemos explicar como la búsqueda en alguien de experiencias pasadas y de otra persona. Por ejemplo: si hemos idealizado una relación previa y buscamos las mismas características en una nueva relación; o si nos volvemos más freudianos, quien busca algunos atributos paternos en su marido. La transferencia es el intento de recrear un paraíso perdido.
Pero si renunciáramos a ese recuerdo paradisiaco podríamos realmente dejar de buscar a ese otro, a ese fantasma, a Mr. Darcy. En caso de no renunciar a esa idea, seremos incapaces de ver al otro en plenitud y de crear un vínculo verdadero; en ese caso, el otro, el que tenemos de frente, está condenado a nunca ser y a que pasemos de largo. Si lo extrapolamos, entonces resultará, que nunca hemos tenido al otro, parafraseando a Cortázar, no poseemos al otro ni siquiera en lo más hondo de la posesión; en pocas palabras, realmente no poseemos ni somos del otro porque no recibimos ni damos.
Es imposible dar lo que no se tiene. Juan Gabriel lo canta: “no tengo dinero, ni nada que dar”, como si fuera poca cosa, solamente puede ofrecer amor. Dar ese amor, es aceptar al otro sin comparaciones imaginarias y donarse radicalmente todos los días. Podría resultar cínico afirmar, como Lacan, que el amor es dar lo que no se tiene (a nosotros mismos en plenitud) a quien no es… como si estuviéramos incapacitados para ver al otro y aceptarlo tal y como es. No pretendo refutarlo con teorías filosóficas, psicológicas, sociológicas, literarias o de ningún tipo. Simplemente me remitiré a narrar un par de hechos, porque puedo afirmar que he conocido a más de uno que da lo que tiene a quien sí es.
Jacques Lacan. Acuarela Nemomain.
Hace un par de días murió Jörg y desde que cerró sus ojos, Renate, su mujer, ya lo extrañaba. Al menos le resta el consuelo de tantos años y que en lo últimos momentos permanecieron juntos. Renate me escribió para darme la noticia; tras una larga enfermedad se despidieron en la estación de cuidados paliativos escuchando música, leyendo y hablando, es decir acompañándose mutuamente como siempre lo hacían. Disfrutaron los últimos días, a pesar de la carga de saber que cualquier minuto podía ser el último, festejando la vida en la agonía, con la fortaleza de acompañar hasta el final, conscientes de que no hay mejor lugar para morir que en los brazos que por tantos años te han abrazado.
¿Quiénes son Jörg y Renate? Una pareja alemana como cualquier otra que se quiere. Coloquialmente podemos definir a Jörg como un tipazo, un hombre realmente encantador y que cabe muy bien como ejemplo del significado de la palabra amable. Según el diccionario, la segunda acepción –aunque debería ser la primera– alguien amable es quien merece o inspira amor. La etimología nos ayuda aún más: su raíz latina amabilis significa “digno de ser amado”; el verbo es amare y el sufijo ble implica la posibilidad. La posibilidad de que alguien sea digno de ser amado (liebenswürdig es precisamente la palabra en alemán). Y de ahí surgen otras palabras como la amabilidad, que ya es propiamente la cualidad.
Incluso los seres más despreciables tienen la capacidad de inspirar afecto, por lo que parece que todos somos dignos de ser amados, de otro modo no se cumpliría el refrán “para todo roto hay un descosido”. Aunque también hay que matizar, que algunos seres son tan amables, que realmente facilitan el acto, hay que reconocer que es más fácil querer a algunas personas. Y así sucedía con Jörg, que era muy sencillo quererlo, vaya que no costaba ningún esfuerzo, porque transmitía el gozo por la vida e incluso parecía que no había barreras. Siempre sonriente y abierto incluso a los desconocidos. De verlo, jamás pensarías que estuviera tan enfermo. Vivir el cáncer con buen carácter no es tarea sencilla, pero la esperanza y el buen ánimo jugaron a su favor.
Recuerdo una noche obscura y fría, caía un poco de nieve, Renate y yo salíamos de la iglesia tomadas del brazo –porque cuatro piernas son mejor equilibrio que dos– caminábamos lentamente porque el pavimento estaba resbaloso. Además íbamos muy concentradas: yo balbuceando alemán y ella procurando entenderme, así que no notamos la figura que esperaba en la esquina debajo de un árbol, hasta que una mano nos detuvo. Del susto pasamos a las risas, era Jörg, que apenas unos días antes había salido del hospital, pero preocupado de que ella no veía bien de noche, del frío, del pavimento y de que el clima no lo hacía más sencillo, fue a alcanzarla.
Quizá para los estándares de Hollywood esta escena no sea dramáticamente romántica, pero para mi y seguro para muchos otros, fue un gesto radicalmente amable. Jörg no pensaba en sí mismo, sino que pensaba en ella y por eso tomó su chaqueta, su sombrero y salió a pesar del frío, la noche y la enfermedad. Este acto, en apariencia sencillo y del que ni siquiera habría espectadores, tuvo más grandeza que todas las superproducciones para pedir matrimonio. Lo mejor de todo: podría haber pasado desapercibido, porque no era del mundo, sino de ellos.
Muchas veces pensamos que el amor está plagado de gestos radicales, pensamos en términos absolutos; ignorando que la vida se compone de los pequeños momentos que consideramos cotidianos e incluso hasta banales, ignorando que no hay acto más radical que la congruencia en el día a día.
Me rebeló ante la idea de los flechazos y las pasiones desenfrenadas, porque el amor se encuentra en los pequeños detalles y para que perdure se debe construir con cimientos fuertes, más profundos que un apasionamiento que bien puede ser pasajero. Ahí está justamente la distinción que hace Paz, en La llama doble, entre el amor y el erotismo.
“No, no es lo mismo con éste o con aquél. Y ésta es la línea que señala la frontera entre el amor y el erotismo. El amor es una atracción hacia una persona única: a un cuerpo y a una alma. El amor es elección; el erotismo, aceptación. Sin erotismo –sin forma visible que entra por los sentidos- no hay amor pero el amor traspasa al cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo y, en el alma, al cuerpo. A la persona entera”.
La llama doble.
Es preciso llegar al núcleo, abandonar la periferia que termina confundiéndonos. No nos distraigamos antes las grandes declaraciones exaltadas, porque el ímpetu inicial decae con el tiempo, y hay mayor profundidad en las manifestaciones cotidianas que en los apasionamientos pasajeros.
El beso, Gustav Klimt.
Observé el amor en las esperas, acompañamientos, en la calidez de la mano que sostiene en la fragilidad, en la aceptación de la vulnerabilidad, en los buenos tiempos, en los malos y la enfermedad. Porque el amor es: acompañarse a recibir las buenas y malas noticias; complementarse –cuando Renate escucha mejor que Jörg y Jörg ve mejor que Renate– sentarse todos los días a las tres de la tarde y preparar el café como al otro le gusta.
El amor te vuelve clarividente, siempre vas un paso adelante, porque conoces y estás atento a la necesidad del otro, porque el amor te da nuevos ojos. Como escribió el gran Borges en el Otro poema de los dones: “por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad”.
Sin embargo, no crea el apreciable lector que Jörg y Renate son la excepción de la regla, la aguja en el pajar y el caso que se manifiesta por cada millón de parejas. He observado un amor asombrosamente cotidiano en muchos otros y puedo enumerar algunos ejemplos para motivarlos: por la pareja germano-colombiana que se mira con la misma ternura de los primeros días sin que los años y cuatro hijos disminuya el amor, sino que lo transforma; por la mujer que aún sabiendo de una enfermedad degenerativa prefirió quedarse; por el hombre que cuidó por veinte años a su mujer postrada en cama y que llora su ausencia deseando más tiempo a su lado.
Así que los invito a abandonar las expectativas burdas y los gestos de las películas porque se quedan cortos. La realidad supera con creces la ficción; pero la ficción puede embriagarnos con quimeras y distraernos de aquellos actos de amor absolutos.
No permitamos que estos actos pasen desapercibidos, que sean irrelevantes y superfluos, cuando son en realidad las actos más veraces y radicales, capaces de traspasar la temporalidad y que van más allá de la muerte.
Así como a Cortázar no le sirve un amor pasamontañas, puerta o llave; a mí tampoco me sirve una expectativa exacerbada que permanece en la superficie. No me funcionan los ideales de película, ni de Austen y mucho menos de Disney. No debemos basar nuestros ideales, expectativas y gustos en lo que observamos de otros, que son lineamientos e inspiraciones para que no abandonemos la batalla cuando más cruda es.
Los otros son directrices, ejemplos reales que pueden enseñarnos a amar sin reservas, dando todo aquello que tenemos a quien verdaderamente es. No temamos a mirar de frente, con sus virtudes y deficiencias, a quien duerme al lado; que aunque para el mundo sea nadie, para el que contempla lo es todo. No temamos a dar el salto a ese puente que se construye de dos lados.
Nunca olvidaré las tardes que visitaba a Renate y Jörg –una intrusa bienvenida y observadora de su intimidad– la ternura de sus abrazos, su apertura de corazón y el cariño con el que me incluyeron en la familia al autodenominarse Oma und Opa, mis abuelos alemanes.
Mi balcón cubierto de nieve.
Cada domingo a las diez de la mañana Jörg se asomaba al balcón, esperaba a que Renate apareciera en el camino. Con una gran sonrisa aguardaba, en cuanto la reconocía, agitaba la mano y los dos se miraban como si se hubieran separado una eternidad. Ella se transformaba, aceleraba el paso y se sonrojaba como si tuviera quince años y lo viera por primera vez. Así los imagino, a Jörg esperándola, esta vez desde las alturas, y las miradas del reencuentro.
Dicen que de amor nadie se muere, pero médicamente, un corazón roto padece características semejantes a un pre-infarto; por un momento una parte de la función cardiaca se interrumpe y el resto del corazón se contrae con mayor fuerza, falta el aire y duele el pecho. El corazón llora la ausencia y es inevitable.
No puedo evitar cierta angustia de pensar que si yo echaré de menos a Jörg en el balcón, ella tiene el corazón resquebrajado; que cada rincón de su hogar rebela la presencia fugaz del recuerdo; que costará un esfuerzo descomunal acostumbrarse a una nueva soledad, porque ningún día y ningún domingo volverá a ser igual con la ausencia lapidaria de su figura en el balcón.