Es muy curioso que dentro de todo lo que nos heredaron nuestros padres la forma de relacionarnos con la espiritualidad es una de ellas. Si nuestros padres son ateos, nosotros seremos ateos; si nuestros padres son agnósticos, seremos agnósticos; y si son católicos, seremos católicos. Al menos en primera instancia.
Según el INEGI (2020), en México, el 77.7% de la población es católica, pero incluso dentro de ese porcentaje es mucho menor la cantidad de personas que realmente conocen el catolicismo. Pensemos en aquellos que se denominan “católicos practicantes” y “católicos no practicantes”, como si la religión fuera separable de su ejercicio. O, en aquellos que se bautizan, se confirman y se casan solo porque “es lo que se acostumbra”, pero jamás pisan el templo un día ordinario ni se han preguntado por su fe o por qué hacen lo que hacen. Seguramente el término “católico” debería ser aristotélico, porque al parecer se dice de muchas maneras.
Luego, por otro lado están los que quedan por fuera de ese porcentaje, aquellos que practican otra religión: mormones, cristianos, protestantes, musulmanes, etc. Pero ya sea que se consideren católicas o no muchas personas repiten incontables prejuicios sobre el catolicismo, la mayoría repiten estos prejuicios por ignorancia, francamente. Me parece desconcertante que los afirmen con tanta seguridad y hasta con odio, odio por algo que ni siquiera es lo que creen que es y, peor aún, que no se dan ni el tiempo de conocer al menos para saber si su crítica es válida.
Yo soy católica, pero mis padres no lo son; es decir, estoy bautizada porque los padres de mis padres son católicos y es la espiritualidad que les heredaron. Mis padres participaban de ese pequeño grupo que hace las cosas por costumbre sin conocer su fe, cuando les pregunté por qué se habían casado me respondieron que era lo que se acostumbraba y nada más. Claro que mis padres se querían, pero cuando llegaron los problemas y se sumaron al desconocimiento del significado de su propio matrimonio, quedó claro que su amor no era suficiente para mantener su unidad en medio de las vicisitudes de la vida.
Cuando mis padres se divorciaron se metieron en todo tipo de búsqueda espiritual alternativa. Y no los puedo culpar, el divorcio es algo que no existe en el catolicismo y la disolución de un matrimonio es algo mucho más difícil que solo separarse porque ya no quieren lidiar juntos con las circunstancias. Nadie quiere sentir que le falló a Dios por “divorciarse”, entonces se vuelve mucho más fácil buscar otra religión que responsabilizarse de su falta, aunque el verdadero problema es el desconocimiento de la fe.
Así es que yo más bien crecí en un entorno “alternativo” de misticismo, reencarnación, feng shui, péndulo, imanes, cristales con poderes mágicos, numerología tántrica, meditaciones de estilo oriental y algunos otros revoltijos. Una crianza muy ”new age”, aunque estoy muy segura que las generaciones de ahora que practican estas cosas terminan inmersos en ellas por razones muy similares a las de mis padres. Al final Dios nos habla a cada uno de nosotros como solo él sabe que podemos entenderlo y quien realmente quiera buscarlo, estoy segura de que lo encontrará, sin importar el camino del que parta. La verdad es solo una; única y absoluta. Y, curiosamente, fue esta misma premisa la que me llevó al catolicismo.
Cuando era adolescente era discípula de una mujer que se autodenominaba como médium, “canal crístico”, exorcista, numeróloga… entre otras cosas. Yo sentía que algo no estaba bien, encontraba muchas inconsistencias en su discurso: acciones perjudiciales para personas en situación de crisis; una estrecha relación entre la “espiritualidad” y la monetización; un desprendimiento del juicio y la realidad (los hechos); intrusión abusiva en la vida de los demás y muchas otras características perturbadoras.
Entonces, entendí dos cosas.
La primera, ese tipo de experiencias son como estar borracho, se siente bien… hasta que llega la resaca y ves que la falta de sobriedad espiritual te puede llevar a la locura, como tener una “actitud positiva” completamente desarraigada de lo que está pasando y que al final no te ayudará a solucionar nada. O ver cosas que en realidad no están ahí y desarrollar psicosis.
Y lo segundo que entendí es que la desesperación te lleva a creer lo que sea, y cualquiera de nosotros es susceptible de ello, sobre todo si es algo que nos llena el ego o nos brinda cierto sentido de identidad, como: “tú tienes un don”, o “eres especial”, o “puedes ver cosas que otros no ven”, o “tienes un nivel de conciencia superior”. Por ello debemos conducirnos con sobriedad y humildad, porque es muy fácil perderse en la vida espiritual.
Entonces me di cuenta: yo no estaba dispuesta a renunciar a buscar a Dios por un vano consuelo de satisfacción que llenara mi ego. Así me encontré de frente con el catolicismo, no como la religión que me trasmitieron mis padres, sino como una mano amiga que se extendió ante la incertidumbre y no la hizo desaparecer, pero la degradó en matices de esperanza. No fue inmediato, tampoco agradable. Pero, me hizo mirarme a mi misma con atención y aceptación para confrontar mis pensamientos, palabras y emociones. Conformando mi sentir en una conversación con Dios, reconociendo cuando he fallado para pedir perdón e intentarlo de nuevo. Ahí, es donde aprendí que no se necesita ser “especial” para hacer algo bueno, todos somos capaces de hacerlo conforme a nuestras posibilidades y son esas pequeñas bondades en las que verdaderamente encontramos a Dios.
Tal vez mis padres no me heredaron mi espiritualidad. Tal vez con ello me mostraron un camino más largo. Quizá, sin proponérselo,más bien me enseñaron lo que no debía hacer. O incluso puede ser que lo que aprendí de ellos no fue lo que intentaban enseñarme. Pero, lo que sí aprendí fue a elegir libre y voluntariamente mi manera de encontrarme con Dios. De escoger las pequeñas, pero buenas acciones, para no perderme.
La irrupción de una turba en el capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021, lidereado en parte por los seguidores de un movimiento conspiracionista presente en internet conocido como QAnon, desencadenó un examen de conciencia entre los conservadores. De manera súbita aquellos que tenían poca conciencia de QAnon y compañía fueron forzados a confrontar hasta qué grado estas visiones conspiracionistas empapan al pensamiento conservador. ¿Era quizá cierto que Donald Trump propugnó una guerra secreta contra pedófilos satánicos? Pedófilos que formaban parte del «Deep State», aquel grupo conspiracionista que sin mandato popular y de manera secreta y mafiosa se había enquistado en la estructura de administración pública del Estado Americano. ¿Y que esta guerra culminaría en una «Tormenta» milenaria, que enviaría a los enemigos que eran parte de las altas esferas de y que culminaría con una “tormenta” milenaria, que enviaría a sus enemigos a Guantánamo e inauguraría una nueva era de relaciones humanas? Antes de los disturbios esta mitología parecía confortablemente oscura.
Ya que QAnon se denomina típicamente como una “teoría de la conspiración”, es –o quizá fue– con mayor precisión descrito como un culto: un sistema de creencias que los engloba todo. QAnon bullía de energía, comunidades online, actualizaciones constantes, sucursales en otros países y argumentos fascinantes, aunque bizantinos. Generó una comercialización robusta. Su cháchara es incesante, seria, ensimismada, reforzadora, maniquea, empíricamente insolvente y castigadora contra los incrédulos. Sobre todas las cosas es una moda impensable sin el internet.
Incluso si existiera un culto maniático con raíces profundas en ciertas esferas sociales, esto no sorprendería a nadie, mucho menos a los conservadores. Después de todo, el mundo occidental ha vivido desde hace años con otro sistema de creencias globalizante, alojado del otro lado del espectro político. También este otro sistema bulle de energía, cuenta con comunidades online, actualizaciones constantes, sucursales en otros países y argumentos fascinantes y bizantinos. También tiene una comercialización robusta. Su cháchara también es constante, seria, ensimismada, reforzadora, maniquea, empíricamente insolvente y castigadora con los incrédulos. Sobre todo, tampoco ésta sería una moda sin el internet.
La diferencia es que QAnon nunca se introdujo en las instituciones médicas, en la élite, en los medios convencionales de comunicación, en la industria del entretenimiento, la academia, las escuelas públicas, las corporaciones, en la sociedad civil, la iglesias, en las tres ramas del gobierno federal y mayormente en el sistema legal americano. La otra moda lo ha hecho.
Con la esperanza de reunir el mayor público posible para un limitado retorno a la cordura sobre estos asuntos, me centraré en el subconjunto del transexualismo, las denominadas “infancias trans”, concretamente, en las niñas menores que quieren ser niños.
Antes de que el concepto “infancias trans” comenzara a circular, unas pocas almas valientes y pioneras expusieron análisis bien informados sobre otros aspectos del transexualismo. Entre estas obras podemos encontrar sobre todo, el trabajo de toda la vida del Dr. Paul McHugh, quien fue por mucho tiempo el director de psiquiatría en el hospital John Hopkins. También son vitales los libros Escándalo sexual: El impulso de eliminar lo masculino y femenino (Sex Scandal: The Drive to Abolish Male and Female) (2017) de Ashley McGuire; el hito Cuando Harry se convirtió en Sally: Entender el momento transgénero (When Harry became Sally: Understanding the Transgender Moment) (2018, recientemente castigado con la expulsión de Amazon) de Ryan T. Anderson; La locura de las masas: género, raza e identidad (The Madness of Crowds: Gender, Race, and Identity) (2019) de Douglas Murray; y los escritos de conservadores sociales como Rod Dreher; y la variedad de trabajos de aquellos a los que el movimiento trans ha denominado como TERF que es el acrónimo para Trans-Exclusionary Radical Feminist y en español equivale a “feminista radical trans-excluyente.”
A estos sobrios ejemplos del razonamiento se suman dos textos: uno de la periodista Abigail, Shrier Un daño irreversible: La locura transgénero que seduce a nuestras hijas (Irreversible Damage: The Transgender Craze Seducing Our Daughters) y el otro de la neuro-científica Debra Soh, El fin del género/sexo: Desenmascarando los mitos sobre sexo e identidad en nuestra sociedad (The End of Gender Debunking the Myths about Sex and Identity in Our Society). Ambas autoras enfatizan que no “juzgan” la “transición” en adultos, porque parece que separar la cuestión de los menores de los “adultos con consentimiento” puede cambiar más fácilmente algunas posturas. El libro de Soh es metódico, informado y una enérgica reafirmación de las verdades sobre el sexo y el género, que no son menos ciertas por haberse convertido en algo prohibido en los círculos de moda (en la dedicatoria se puede leer: “Para todos aquellos que me bloquearon de Twitter”).
El volumen de Shrier es audaz, minucioso, brillantemente argumentado y compasivo. Basado en aproximadamente 200 entrevistas a más de cuatro docenas de familias con adolescentes, es un trabajo indispensable sobre la pregunta del por qué surgió dramáticamente la “disforia de género” entre las chicas adolescentes desde hace algunos años.
Portada del libro Un daño irreversible de Abigail Shrier.
Shrier nota que “antes del 2012 no había literatura científica sobre niñas entre los once y veintiún años que en algún momento hubieran desarrollado disforia de género”. Ahora, por primera vez, las “chicas por nacimiento” son la mayoría de las pacientes que se identifican como “transgénero”. Las estadísticas hablan por sí mismas. Por ejemplo, en Gran Bretaña, la Agencia Nacional de Salud ha reportado que la “clínica de género” más grande del país tuvo 2,500 caso referidos en 2018-19, incluidos infantes desde los tres años. Esto significa un incremento más de 25 veces en la última década, principalmente de chicas/niñas que “transicionan” en niños.
La pregunta es por qué; y la respuesta no es siempre natural. La noción de que las chicas/niñas que quieren ser niños “nacieron así” se volvió tendencia en 2018, cuando Lisa Littman –doctora y profesora adjunta de la Universidad de Brown– realizó una encuesta de 90 preguntas sobre “el rápido inicio de la disforia de género” a 256 padres de estos adolescentes. Los resultados establecieron que estas chicas en particular no siempre fueron infelices como chicas. En cambio, respondían al contagio social. Soh resume “ninguna fue diagnosticada con disforia de género en la infancia”. Más bien, “alrededor del 40 por ciento de estos adolescentes, más de la mitad de su grupo de amigos también «salieron del clóset» como transgénero. Esto es más de setenta veces la frecuencia de adultos transgénero de la población general”. (Énfasis añadido por Mary Eberstadt).
Otra razón para enfocarnos en las chicas adolescentes es humanitaria. Lo que algunos adolescentes se hacen a sí mismos (o permiten que se les haga) en el nombre de volverse “trans” es tan masoquista como el impacto de la prueba de electro-shocks: usar un binder[1]produce efectos secundarios como problemas respiratorios y destrucción del tejido mamario; tomar bloqueadores de la pubertad para modificar las hormonas puede atentar contra la fertilidad; someterse a mastectomías que arrancan los pechos sanos y dejan horribles cicatrices; intentar hacer una “faloplastia” o algo parecido a un apéndice con la carne que toman del antebrazo de la chica y que conlleva cicatrices permanentes; soportar histerectomías de úteros que se atrofian bajo la influencia de testosterona y más padecimientos con el mismo tinte macabro. El culto a la juventud trans demanda sacrificios.
Simultáneamente han florecido marcas comerciales que benefician a emprendedores lo suficientemente inteligentes para desentrañar necesidades que nunca antes habían existido, como penes falsos hechos de goma y plástico, con el cual las chicas pueden orinar de pie; otros artículos con los que pueden “empaquetar” la ropa interior; y toda clase de accesorios queridos por los niños y adolescentes, especialmente para las chicas, rebautizados con la etiqueta trans: pegatinas, pins, ccamisetas, fundas para el celular, tazas de café, botellas de agua y cualquier otra mercancía que ayude a que una chica/niña se sienta más como un chico/niño.
Portada del libro: El fin del género de la Dra. Debra Soh.
Consideremos siete características que comparten QAnon y la moda transgénero en los jóvenes:
1.- Ambas mitologías son protegidas e impuestas con represalias punitivas, especialmente en las redes sociales.
Lo que nace en el Internet será castigado en el Internet. Como cualquier buena política, la intimidación en línea sirve a múltiples propósitos. Disminuye los incentivos para que cualquier externo cuestione el movimiento; valida los lazos comunes al crear enemigos comunes y señala a los miembros del grupo que los rangos nunca se quiebran sin una penalización. Por ejemplo, un artículo sobre QAnon de la revista Atlantic en 2020, señaló que muchos de los iniciados no estaban dispuestos a hablar con el reportero por miedo a las represalias comunitarias.
Asimismo la vigilancia, de los agentes trans, es singularmente feroz. Soh explica la combustión instantánea de hostilidad en línea que garantiza la recepción de cualquiera de los seguidores que perciban a alguien como un enemigo. Escribe tras su propia primera experiencia de una tormenta electrónica:
“Entonces, estarás inundado. No podrás refrescar tus notificaciones lo suficientemente rápido… Unas pocas almas valientes (en sus redes sociales) intentaron pedir un enfoque más suave. Inmediatamente se abalanzaron sobre ellos y fueron ahogados por la turba. Algunos de mis defensores incluso llegaron a arrepentirse y agradecieron a sus acosadores por “educarlos” y ofrecieron disculpas por defender a una persona transfoba… Una amiga fue atacada de forma similar varios años después por escribir en una de sus redes sociales que sólo las mujeres pueden embarazarse. Después de varios días de persecución en línea, me dijo, ligeramente conmovida, “Nunca volveré a twittear sobre cuestiones trans”.”
A diferencia de los castigos en línea infringidos por los devotos de otras modas, aquellos de la secta trans son reforzados y ampliados a través de toda la sociedad. Esto los vuelve todavía más peligrosos.
Por ejemplo, el libro de Shrier fue prohibido por la cadena de supermercados Target y fue objeto de censura, incluso por ACLU.[2] El autor de Cuando Harry se convirtió en Sally, Ryan T. Anderson, ha sido acosado tanto en la vida real como en línea. Él y otros que han hablado sin tapujos sobre el fenómeno trans han sido penalizados con una hostilidad bien organizada: protestas en las facultades, demandas de más seguridad, amenazas anónimas, un bombardeo orquestado de criticas negativas en Amazon y otras plataformas. La caída comercial de la famosa escritora J.K. Rowling, quien se atrevió a objetar contra la noción de que los hombres pertenecen a los espacios femeninos, se volvió una causa célebre.
Portada del libro: Cuando Harry se convirtió en Sally de Ryan T. Anderson
2.- Tanto QAnon como la moda de las infancias-trans tienen unas historia de creación “red pilling”[3] y un fundador que marca tendencia.
Otro denominador común es el momento sorpresa en el que el antiguo mundo se cae a pedazos y el nuevo se revela al creyente en toda su realidad. En ambos movimientos, esta consciencia trascendental, ocurre solamente después de pasar muchas horas navegando en línea, aprendiendo la liturgia y los ritos de la comunidad electrónica.
En repetidas ocasiones, Soh y Shrier, mencionan la centralidad de las madrigueras de conejo en el internet, entre aquellos que han sido raptados por la moda trans –del mismo modo en que los creyentes han descrito el descenso a QAnon. Después del tiempo suficiente en el éter, “el mundo se abrió en tecnicolor para mí”, una auto-denominada “reina de los memes” de QAnon afirmó para el New York Times. “Era como la Matrix, todo comenzó a descargarse”. Los sujetos en Un daño irreversible describen momentos similares de epifanía (o red pilling) que los llevaron a una membresía completa: ver el primer vídeo de un creador de tendencias trans, tomar el primer shot de testosterona, soportar el primer día con el binder.
En ambos casos, el red pillingviene con otro beneficio: una ovación instantánea y muchas veces masiva. En Daño irreversible se describe la emocionante trayectoria de una solitaria y ansiosa adolescente:
«Y de pronto algo mágico sucedió. Helena “salió del clóset” en Tumblr. Su número de seguidores se disparó hasta las nubes. Sus “ciber” amigos se entusiasmaron por su decisión de salir del clóset y su nuevo y “lindo” nombre. Ella era mucho más libre en la red que en la vida real. Las redes sociales le ofrecían la posibilidad de ser una persona editada, que sólo muestra lo mejor de sí misma, y solamente cuando ella así lo quería.»
Otro denominador común muy interesante es que ambas sectas de la red surgieron hace relativamente poco, tras una revelación fundacional de un líder encarnado. Para los QAnoners, la iluminación comenzó con la electrizante primer gota de información de Q (“miga de pan”) en 2017. Para la moda trans, la revelación llegó con la entrevista del famoso Youtuber de 6 años, Jazz Jenning´s 20/20, con Barbara Walters en 2007; y después a través de la aparición culturalmente impactante de Caitlyn Jenner en la portada de Vanity Fair.
3.- Tanto QAnon como el movimiento de las infancias trans han sido explotados por los políticos.
El silogismo es simple. Los líderes políticos buscan seguidores y atención. Las modas adquieren devotos ardientes, que se concentran en “comunidades” en línea. Ergo, en el afán de obtener más tráfico, más ojos, más seguidores y, según se espera, más votantes, algunos políticos tratan imprudentemente de incorporar estas modas.
Esto es exactamente lo que sucedió en los años que precedieron al 6 de enero: unos cuantos Republicanos se familiarizaron lo suficiente con el lenguaje de Q para guiñar y asentir de ciertos modos para energizar al grupo. Entre ellos parece que se incluía al presidente Trump, cuyos episódicos anuncios influidos por Q fueron tomados por los seguidores del culto como prueba de que los entendía y comulgaba con ellos. Sin embargo es preciso notar una diferencia crítica entre la moda Q y la moda de las infancias trans: sólo un puñado de líderes Republicanos coquetearon con QAnon. Pero casi todos los líderes Demócratas y muchas otras fuentes de autoridad cultural están comprometidas con el movimiento de infancias trans.
Desde hace pocos años, se ha vuelto impensable la desviación de estos dogmas para todo liberal y progresista del mundo Occidental –y para muchos otros. Usar los pronombres “equivocados” o el “nombre-muerto” (dead-naming: usar el nombre de nacimiento de una persona trans) son ofensas terribles. Los educadores han sido destituidos de sus trabajos. Entre aquellos que permanecen, el retractarse se ha vuelto más común que bajo la inquisición de Savonarola.
Estos son hechos asombrosos. La influencia de las infancias-trans se hizo evidente cuando el presidente Biden, en una de sus primeras órdenes ejecutivas, arrojó a mujeres atletas bajo el autobús de brillantina.[4] Aquellas prioridades desconcertaron a quienes se preocupaban por otras cuestiones, como la pandemia global y la distribución mundial de la vacuna. Sin embargo, la verdad, es que la súplica del presidente no era en absoluto desconcertante. Los políticos demócratas tiemblan si se encuentran del lado equivocado del lobby de las infancias trans.
4.- Ambas modas se atribuyen misiones salvíficas a favor de los niños y que sirven para racionalizar sus tácticas a los ojos de sus seguidores.
Ambos grupos vocalizan el mantra “los niños morirán” si los seguidores fallan en sus obras; y ambos han utilizado esta afirmación para justificar su extremismo.
Para QAnon –como para el Pizza Gate– los putativos en peligro son niños que son traficados por los caníbales-pedófilos del “Estado dentro del Estado” (Deep State). Para los creyentes del movimiento trans, las víctimas son niños y adolescentes que quieren una “transición” y que (según dicen) se suicidarían en caso de que se les impidiera hacerlo. Como ocurre con la mayoría de las teorías conspirativas, esta amenaza implícita se conecta tangencialmente con la realidad: las personas que se consideran transgénero corren un mayor riesgo de suicidio a lo largo de su vida. Pero es aún más importante el hecho de que los problemas de salud mental persisten a pesar de las intervenciones hormonales y quirúrgicas. Los editores del American Journal of Psychiatry escriben en una corrección publicada en 2020, que resume los resultados de la mayor base de datos sobre los procedimientos de cambio de sexo, “los resultados no demostraron ninguna ventaja de la cirugía en relación con la atención sanitaria posterior relacionada con los trastornos del estado de ánimo o la ansiedad”.
Los activistas de las infancias trans sacralizan el suicidio y la tristeza para silenciar las críticas –especialmente las de los padres– con un encantamiento: ¿preferirías tener una hija muerta o un hijo vivo? Tal como se muestra en Daño irreversible, esta manipulación desarma a cualquiera, que bajo otra circunstancia, serían los primeros en proteger a los adolescentes de algún daño: las madres y los padres. También intimida a otros adultos, como aquellos de la comunidad médica, que saben que la mutilación genital y la destrucción de la fertilidad entre los menores está mal, pero temen decirlo.
Este silenciamiento es aún más peligroso precisamente por el elevado riesgo de suicidio entre las infancias trans. Dado que muchos de ellos presentan comorbilidades –depresión, ansiedad, mutilación, bulimia y anorexia, entre otras–, es lógico que un tratamiento agresivo de esas dolencias mejore la salud mental. En cambio, como demostró claramente el caso de Keira Bell en el Reino Unido, el sistema médico suele adoptar una política de «primero lo trans», optando por las hormonas y las soluciones químicas-quirúrgicas relacionadas con ellas, en lugar de realizar investigaciones detalladas y mejorar los problemas que las acompañan.
Todos deberíamos estar muy preocupadospor las tasas de suicidio entre todos los adolescentes, incluidos y especialmente los de mayor riesgo. Trágicamente, muchos expertos se hacen de la vista gorda ante la realidad de los problemas mentales y de otro tipo entre los niños trans, lo cual es contraproducente, en el mejor de los casos. Ignorar sus otras aflicciones no ayuda para nada aliviar la situación de estos niños.
5.- Ambos cultos albergan creencias anti-empíricas sobre la corporeidad humana.
Una cuestión importante sobre las modas que se originan y promueven fanáticamente en Internet es que parecen desconectar a los creyentes de su ser material.
Por ejemplo, algunos de los seguidores de QAnon, coinciden con otro culto de Internet que cree en los reptilianos, de quienes se dice que secretamente dan forma y manejan el mundo. (Algunos de ellos incluso creen que Michelle Obama es en realidad un hombre.) Y los miembros del culto de la juventud trans creen que si se esfuerzan lo suficiente, pueden dejar atrás el cuerpo con el que nacieron y convertirse verdaderamente en un miembro del sexo contrario.
Soh también menciona la naturaleza descarnada de “las fantasías (que) pueden girar en torno a los cambios de forma y de cuerpo, en los que una persona se transforma inesperadamente en el sexo opuesto por medio de sucesos que bien pueden considerase ciencia ficción, como abducciones alienígenas, ingestión de pociones mágicas y un desvío en el espacio exterior”.
Inter alia, esta extraña conjunción de creencias hechiceras, sugiere una nueva vía de investigación psicológica. Quizá vivir demasiado tiempo en la realidad bidimensional del internet corroe el sentido de la realidad tridimensional –incluida la realidad tridimensional del propio cuerpo y el inerradicable ADN.
6.- Ambos cultos aumentan entre la población emocionalmente vulnerable.
Una y otra vez, los padres y los des-transicionales, entrevistados por Shrier y descritos por Soh, exhiben los mismos comportamientos psicológicos y sociales: aislamiento, problemas del espectro autista, ansiedad, pánico, adicción al internet. La mayoría de las chicas del estudio de Shrier tienen un historial médico de enfermedades mentales. Muchas se han visto arrastradas a otras formas de autolesión, como inflingirse cortadas o quemaduras, anorexia y bulimia.
El grupo demográfico de QAnon es de menor ingreso, mayor edad y parece más masculino. Sin embargo, las vulnerabilidades psicológicas son comparables. Cada uno de los participantes comienza con la noción de que la “realidad” es algo distinto de lo que parece ser, algo diferente de lo que le han contado.
Las vidas de las personas atraídas por la cosmovisión de Q abundan en desencadenantes similares a los que los sujetos de Shrier padecen: atomización, adicción, retraimiento social, luchas familiares y –aunque lo reitere ad nauseum– una cantidad desmesurada de tiempo en internet que usan en seguir obsesivamente al movimiento. Hay un caso revelador y positivo, que se menciona en Daños irreversibles: una adolescente dejó de ser trans después de que su madre la enviara a vivir en una granja de caballos durante un año y sin internet.
7.- Ambas sectas se han visto alimentadas por la ruptura familiar, incluida la alteración incitada por los compañeros de la secta.
En las semanas que siguieron al caos en el Capitolio, los perfiles sociales de los creyentes de QAnon, revelaron un patrón común: en muchos casos los familiares alarmados por la situación habían luchado por romper el control del grupo sobre sus seres queridos. En un titular del Washington Post se leía “QAnon destroza familias”.
Lo mismo ocurre con la moda de las infancias trans, como muestran los ejemplos de Daño irreversible y El fin del género. La diferencia es que los miembros trans son explícitos en querer cortar los lazos familiares en caso de que se interpongan en el camino de las creencias del culto. «Engañar a los padres y a los médicos está justificado si ayuda a la transición», explica Shrier. Estos juegos de manos son omnipresentes. Los comerciantes disfrazan sus productos: «Los binders [y otros productos] suelen venderse en paquetes discretos para no alertar a los padres que no los apoyan».
Incluso Anderson reporta en Cuando Harry se convirtió en Sally que algunas escuelas desarrollaron protocolos par ayudar a los estudiantes en la “transición” sin que sus padres se enteren. Mientras que algunos influencers –el equivalente actual de los ídolos adolescentes– prometen que transicionar dará lugar a “familias de brillantina” y “familias queer” que sustituirán las familias reales que son insuficientemente solidarias.
En el esfuerzo de la transexualidad tradicional, se ha escrito mucho sobre el significado filosófico y metafísico de frases como “nacer en el cuerpo equivocado”. Simultáneamente, la evidencia de Daño irreversible y El fin del género, sugieren explicaciones para la moda tran entre las jóvenes, más terrenales.
El primero es el uso de la testosterona. “T” aparentemente actúa como una droga milagrosa, especialmente para las chicas ansiosas, afines al espectro, de clase media alta, que constituyen gran parte del número de personas que inicián la «transición» en estos tiempos. Imagínese una substancia que al tiempo que elimina grasa corporal de las zonas no deseadas, hace que los usuarios se sientan más fuertes, que los vuelve literalmente más fuertes y que induce una sensación de confianza de la que antes carecían. Tales son los efectos descritos de la testosterona. No es de extrañar que varios de los sujetos de Shrier utilicen la palabra “adictivo” para describir la droga.
Se pueden encontrar pruebas adicionales en la vívida descripción de los efectos de las inyecciones de testosterona, por parte de Andrew Sullivan, en un artículo escrito en el año 2000:
«Mi apetito, en todo el sentido de la palabra, se expandió sin medida. Pasé de dormir la siesta dos horas al día, a apenas dormir durante el día y tengo energía suficiente para entrenar a diario y tener un horario de trabajo intenso… La depresión que antes era un rasgo habitual de mi vida, es ahora un recuerdo distante… En pocas horas, y a lo mucho en un día, siento una profunda oleada de energía… En una palabra, me siento preparado. ¿Para qué? Apenas parece importar.»
¿Qué chica inquieta, solitaria y vacilante no querría un estímulo semejante, especialmente si además le garantiza una cascada de dopamina procedente de una arrebatadora afirmación en línea? De un modo que no se ha entendido, pero debe entenderse, el fenómeno transgénero entre las chicas es farmacología cosmética sin límites. Razón de más para señalar otras consecuencias de la testosterona: aumento de irritabilidad y agresividad; añade kilos en las mismas zonas que en los hombres; hace que el vello corporal y los olores masculinos broten de la piel femenina. Sobre todo cuando se inyecta durante demasiado tiempo; también baja el timbre de voz de manera irreversible, marchita la vagina y el útero, y elimina la posibilidad de tener hijos.
Una segunda respuesta a la pregunta tácita que se expone en Daño irreversible y El fin del género conlleva un vistazo a nuestra civilización y en lo que se ha convertido. ¿Por qué actualmente un número récord de chicas odian ser chicas?
Basta mirar al océano en el que nadan. Cuando son niñas –y por siempre, gracias a Internet– se enfrentan a un mundo en el que abundan fenómenos aterradores incluyendo la pornografía violenta, no regulada y omnipresente.
Mientras que desde la educación básica los funcionarios de salud y otros influencers les aseguran que se espera de ellas actividades sexuales; y si acaso objetan, entonces las hacen sentir retrógradas e impopulares. Quienes acuden a la religión en busca de consuelo corren el riesgo de ser marcadas con las nuevas letras escarlatas: O e I, de odioso e intolerante.[5] Simultáneamente, dada la contracción e implosión de la familia, las niñas tienen menos padres, hermanos, tíos u otros hombres en sus vidas que puedan actuar como controles de la realidad, que las ayude a protegerlas de la explotación química, quirúrgica y comercial.
Lo que finalmente une a los miembros de las sectas de internet es la insoportable pesadez de su ser; la alienación de sus amigos y familia, a pesar de que precisamente los amigos y la familia son la medicina para el mal que las aflige. Por esta razón, la moda de las infancias transgénero es especialmente calamitosa.
Gracias a esta moda, el terror fundacional de la soledad, se convertirá en una profecía auto-cumplida entre las chicas a las que se les ha arrebatado la respuesta preferida por la naturaleza a la soledad: la procreación.
Algún día las autoridades que alimentan la moda de las infancias trans tendrán que responder a sus culpas –los políticos y médicos corruptos, los flamantes “teóricos de género”, los mirones de Internet, los comerciantes, incluyendo a Planned Parenthood– que lucran con este pathos (sufrimiento).
Mientras tanto, los ciudadanos, pueden dar un paso adelante. Si destruir los órganos reproductivos de adolescentes sanos no es reprobable, entonces no hay mucho que lo sea. Los conservadores sociales están haciendo su parte para protegerse de la moda de las infancias trans. Ahora los demás también pueden ayudar. Que los individuos L, G, B y T adultos que no quieran participar en este experimento repudien la afirmación de que lo aprueban. Que la histórica demanda de Keira Bell[6] en Reino Unido –que dio lugar a la prohibición del acceso infantil a los bloqueadores de la pubertad sin aprobación judicial– sea la primera de muchas.
Ahora que tenemos Daños irreversibles y El fin del género es hora de defender lo obvio.
[1] También conocida como “faja mamaria” es una pieza de ropa interior que se usa para aplanar la mama contra el pecho. N. de la E.
[2] ACLU son las siglas de American Civil Liberties Union (Sindicato Americano por las Libertades Civiles) y surgió tras la I Guerra Mundial, como respuesta a una serie de deportaciones, las “redadas Palmer” que violaban las libertades civiles. N. de la E.
[3]Red pill y red pilling son un modismo muy utilizado en algunos foros de internet, parte de la cultura cibernética y que significa el despertar a una realidad aunque sea difícil e incómodo. La referencia proviene de las píldoras (roja y azul) que Morfeo ofrece a Neo en la película Matrix. Elegir la píldora roja conlleva el despertar a la verdad y aceptarla, mientras que la azul implica rechazarla para seguir viviendo en la comodidad de la mentira. Normalmente se usa el término para denominar a ciertos grupos anti-feministas y de extrema derecha; puede usarse como un sustantivo, un verbo o un adjetivo. Aunque últimamente se ha utilizado el término para hablar tanto de los que pertenecen a un movimiento e ideología, como de sus detractores. N. de la E.
[4] El 20 de enero del 2021 Biden promulgó una ley para “combatir y prevenir la discriminación basada en la identidad de género o la orientación sexual”; que permite que atletas transgénero puedan competir contra atletas mujeres. El autobús de brillantina (glitter bus) hace referencia al colectivo LGTBQ+ y su relación con la brillantina (glitter) que se añadía a los cosméticos y diversos objetos y que señalizaban a las identidades queer y drag. Durante los 70´s algunos intérpretes del rock y glam –como David Bowie– utilizaban brillantina para crear una estética andrógina que hacía referencia a la movida de la vida nocturna queer. Asimismo se ha utilizado la brillantina para atacar a algunos políticos que fueron considerados homofóbicos. N. de la E.
[5] En el original las letras son H y B, por hater y bigot. N. de la E.
[6] Keira Bell es una activista inglesa que aboga por la des-transición y logró que no se comenzaran las transiciones en los adolescentes sin una orden judicial previa. Proveniente de una familia disfuncional y atormentada por depresión a los 14 años su madre le preguntó si no prefería ser un chico, ya que era poco femenina y sufría por la pubertad. Así comenzó su transición: un diagnóstico de disforia de género, uso de bloqueadores de pubertad, testosterona y una operación para remover sus senos. Sin embargo seguía sintiéndose miserable y al llegar a los 20 comenzó a des-transicionar, con ello fue objeto de numerosas críticas en internet y se convirtió en activista. Bell afirma que ella era solamente una niña que necesitaba ayuda, pero que fue tratada como un experimento. N. de la E.
No es mi intención escribir sobre los orígenes del flamenco, que además bastante depende de especulaciones históricas o elaborar un análisis sobre el ritmo, la división de las estrofas o los palos. No soy especialista en música y mucho menos de este arte en particular y por eso prefiero dejar a los más versados su estudio.
El flamenco es Patrimonio Cultural Inmaterial y quizá una de las artes más representativas de España. Y es que en el imaginario colectivo cuando mencionan a España, te piensas que todas las mujeres van por la calle con los vestidos de puntos de colores, flores, peineta y mantilla… con el traje de flamenca, en pocas palabras, como si siempre fuera la Feria de abril. Y te imaginas a todos apretujados en las casetas bebiendo rebujitos, comiendo un pescaíto y bailando sevillanas con mucho arte.
En esta ocasión quiero reflexionar sobre el arte como esperanza de futuro. Una problemática urgente es la niñez marginal: aquellos niños que por no tener mayores opciones y esperanzas se ven volcados hacia la calle. Una calle que no les promete un buen presente y mucho menos un mejor porvenir. En los barrios marginales la educación ya es un lujo y las actividades extraescolares son casi impensables. Sin embargo, algunas personas se lo han pensado muy bien para atraer a los niños fuera de los peligros de las calles.
Remedios Málvarez muestra en su documental Alalá, que significa “alegría” en calé, como el arte del flamenco ha preservado a varios niños del barrio más conflictivo de Sevilla, el polígono sur, de la calle. El Centro Cívico El Esqueleto y la fundación Alalá, ideada por el guitarrista Emilio Caracafé instruyen a los niños en el canto, la danza y la guitarra. La población es principalmente calé y el flamenco corre por sus venas. Así es como los niños, que quizá no se convertirán en cantaores, bailaores o guitarristas, pueden mirar con mayor esperanza al futuro. Sin embargo, esta no es la única iniciativa. En otros lugares se emplearán otros métodos, actividades, deportes o cursos; pero todos tienen la finalidad de evitar que los niños caigan en la vida “fácil” de la calle.
Esto no significa que por ir a una escuela ya automáticamente serán salvados y tendrán una mejor infancia; sería demasiado inocente creerlo. Pero lo que puede lograr un buen maestro es infundir en un alumno una gran pasión que le ayude a direccionar su vida. Ayudarles a encontrar un futuro, acompañarlos cercanamente para que tengan confianza en sí mismos.
Con la idea del baile, que forma en la disciplina y la educación como la base para un futuro con mayores perspectivas es que pensé en conversar con Carmen Bautista, quien es bailaora y docente. Carmen ha bailado en Zurich, Viena, Sevilla, en varias ciudades de Italia y en México; y combina con su arte muy flamenca el arte de la docencia. Carmen ha inspirado a varias niñas en el baile, con una mano segura, firme y amistosa les ha enseñado a creer en ellas mismas a través del baile.
Carmen, gracias por conversar conmigo para Spes. Ya desde hace varios años dejaste México para vivir en la capital del flamenco. Haz hecho giras por diferentes ciudades europeas y México. Eres bailaora y docente, por lo que además de bailar en un tablao, también enseñas. Tu carrera, como bailaora, va viento en popa, pero en lo personal, ¿qué tal llevas la vida cotidiana como expatriada?
Llevo cuatro años, ya voy por el quinto. Creo que Sevilla es el Disneylandia del flamenco. Ya hice raíces. Al principio es un poco extraño llegar a un lugar completamente nuevo y acostumbrarse a todo, desde lo más simple como el cambio de dinero: como dejar de pensar que cuarenta euros equivalen a cuarenta pesos. Pero puedo decir que ya tengo una familia: los amigos que he hecho.
Me alegra que te encuentres bien en Sevilla y sobre todo muy bien acompañada. Entrando ya en la cuestión del baile; de todos los diferentes tipos de ritmos y bailes, ¿cómo es que surgió en ti la inquietud por el flamenco?
Desde que era pequeña estuve en clases de baile: tahitiano, jazz, ballet y gimnasia, pero nunca hice flamenco. Mi escuela de baile es parte del INBA y antes de estudiar la carrera puedes tomar un nivel previo de formación básica, que dura siete años. Durante la primaria, de estos siete años, a veces me cruzaba con los chicos de la carrera de flamenco y aunque me llamaba la atención, me interesó verdaderamente hasta que tomé la primera clase.
En esta escuela te forman como docente y el último año tienes que hacer prácticas; cuando tenía once años tomé la clase de una chica que estaba por graduarse y me encantó. Y pensé que justamente eso era lo que quería hacer. A los once años tomé mi primera clase de flamenco, después de haber pasado por otros bailes, y ya no lo dejé. Desde los once años estuve segura de que quería estudiar la carrera en danza española.
Mencionas que antes tomabas clases de otros tipos de baile hasta que descubriste tu pasión por el flamenco, pero, aunque se dice que “quien mucho abarca, poco aprieta” y es mejor enfocarse en ser el mejor en un ritmo, ¿por qué decidiste centrarte únicamente en el flamenco y no en el jazz o ballet?
Venía de una crisis de violencia escolar. Las clases de danza son muy fuertes, los maestros tradicionales no tienen una formación docente y antes era mucho peor: a veces utilizaban métodos poco ortodoxos y perdían fácilmente la paciencia. Porque a la vez ellos aprendieron desde esa “metodología”. Por ejemplo, algunos bailarines de ballet practicaban con métodos extremos como colocar la flama de un encendedor debajo de la pierna para poderla sostener en alto el mayor tiempo posible. A mí no me ocurrió, pero me regañaban constantemente e incluso le decían a mi mamá que era la peor del grupo y que tenía sobrepeso. Por eso ya no quería bailar, ya no quería ir porque no le veía sentido, hasta que descubrí el flamenco y una nueva perspectiva de enseñanza.
El baile tiene una exigencia corporal muy fuerte; como las gimnastas que por lo regular deben contar con cierto peso y estatura. Sí que debe ser una gran presión, especialmente para una niña pequeña. Sin embargo, mencionas que hubo un cambio radical en el método de enseñanza. El papel de un buen maestro es fundamental y es algo que tu misma ejerces: aprendiste y enseñas.
Claro, es algo que he observado durante mi formación: la figura del maestro. En México vemos a los maestros desde una perspectiva vertical, pero en Sevilla hay una perspectiva más horizontal, y he aprendido muchísimo.
Y la cercanía no le quita la profesionalidad o respeto al profesor. Cambiando un poco el tema. Es muy común preguntarles a los niños, ¿qué quieres ser cuando seas grande? Y al final muchos terminan haciendo una cosa diametralmente opuesta, porque es muy difícil saber desde tan temprana edad lo que queremos hacer. Sin embargo, tu tenías muy claro que querías estudiar danza española, pero nosotras nos conocimos en un salón de la Facultad de filosofía. ¿Puedes decirme algo más al respecto?
Sí, yo tuve muy claro desde los once años a qué quería dedicarme y cada año escolar lo pasaba como un paso menos para mi meta. En secundaria pensaba, “ahora falta menos”, pero cuando iba a terminar la prepa, pensé que quería estudiar otra cosa. Y para que veas lo fundamental que es un buen maestro: disfrutaba tanto las clases de ética de Adriana Clavel que descubrí que la filosofía también me encantaba.
La carrera de danza era por la tarde y las clases de filosofía por la mañana, pero era demasiado. Imagina, salir de Mixcoac después de clases corriendo hasta el centro para las clases de flamenco en la tarde y en la noche ir hasta el norte. Y así todos los días. A veces llegaba a las clases, estaba muy emocionada y quería aprender, pero el cansancio me ganaba. Me dolió dejar la carrera de filosofía, pero lo hice después de discernir: ¿cómo te ves en realidad? Y me veía más en el flamenco.
Es que era demasiado: un día lleno de actividades y no tenías casi momentos de descanso. Algo que también me resulta curioso es que yo pensaba que igual tendrías una influencia cercana, que te introdujo al flamenco, yo qué sé, una abuela o tía o alguien de la familia que bailara, porque no es tan común.
En México no es tan fácil tener una referencia cercana al flamenco a menos de que se trate de una familia con ascendencia española directa. Así que no es tan sencillo despertarse un día y decir «quiero bailar flamenco» como si fuera algo muy común. Aunque culturalmente existan referentes, en mi familia no había una conexión directa. Recuerdo que siendo chica, en alguna ocasión le dije a mi mamá que me gustaba el flamenco. Y ella buscó un disco, y según yo, me ponía a bailar con los pasodobles. Que aunque no es flamenco, esa era su referencia. Mi mamá me acercó del modo que pudo y así ayudó a encender la chispa. Pero algo dentro de mí decía: debe haber algo más.
El flamenco además de un baile es parte de una cultura muy española e incluso se podría considerar calé con esta mezcla gitana. Últimamente parece que todo puede ser “apropiación cultural” e incluso ha caído en una sensiblería en la que cualquiera puede ofenderse sin que sea su “cultura” la que es “utilizada”. Eso me recuerda un vídeo en el que un gringo se viste con zarape y sombrero, va por la calle y les pregunta a estudiantes si les parecía ofensivo su vestuario. Y ellos respondían que eso no era un disfraz, que a lo mejor tenía un significado y claro, terminaban con la etiqueta de “apropiación cultural”. Después fue al barrio mexicano y a nadie le molestaba, no era ofensivo, es más les resultaba hasta simpático. Considerando la sensibilidad de algunos sectores por la apropiación cultural, ¿te ha sucedido que alguien te cuestione que bailes flamenco y no danza regional mexicana? ¿O te han puesto la etiqueta de la apropiación cultural?
Eso como tal no, nadie me ha cuestionado que baile flamenco y no otro ritmo, pero sí es todo un tema. Mucha gente viene a Sevilla a bailar flamenco y aquí se queda. Por ejemplo, bailo con un grupo de artistas callejeros, y a veces la gente pregunta “¿todos son españoles?” y respondemos “no, somos mexicanos, argentinos, la otra es de Brasil.” E inmediatamente mencionan que parecemos españoles.
Aunque claro que también hay una distinción entre los estudiantes internacionales y los que son propiamente españoles y no sólo eso, los andaluces.
Además, el flamenco tiene un trasfondo cultural muy amplio, que a veces ni siquiera los locales conocen. Se conoce más en Andalucía, pero tiene una base rítmica de África y de ritmos orientales. Tanta mezcla hubo en España y tantas influencias de ritmos, pero no por ello tiene un origen cien por ciento andaluz. Incluso en la danza y la música se puede encontrar algo muy clásico; el flamenco va evolucionando y se va expandiendo, y creo que por eso puede ser universal. Por ejemplo, en Japón es dónde hay más academias de flamenco.
Qué curioso, nunca me hubiera imaginado tantas academias en Japón o a japoneses bailando flamenco. Es muy internacional. Y es muy interesante lo que mencionas de la mezcla. Yo tenía la idea de que era un baile propio de Andalucía y los gitanos.
Cuando se aloja en Andalucía es por los gitanos, y hay un cataor que recopilaba los cantos de las familias gitanas. Pero no es que sea propio de un grupo étnico, sino que siempre hubo esta apertura de la mezcla. No podía darse desde un grupo cerrado, porque los gitanos iban a los teatros y ahí estaban los payos; entonces esta mezcla fue creando el contexto andaluz.
Carmen, ¿cuál sería el reto más grande para una bailaora?
Me parece que es buscar y encontrar su propio estilo. Porque por mucha técnica que puedas tener es importante tener algo que comunicar. El nivel técnico de alguien puede ser increíble: la cantidad de giros y zapateados que pueda dar. Pero imagina transmitir tu propia historia por medio del baile. Porque no basta con seguir los pasos que aprendes en un curso, eso sería una simple repetición y se podría perder la esencia por la técnica. Buscarnos, recrearnos y dar algo de nosotros en el baile.
Claro y es lo que puede diferenciar a 20 cantaores del Camarón. Entre la técnica y lo espontáneo.
Sí, ahora muchos cantaores cantan como Camarón. Es difícil, porque tampoco se puede hacer todo muy diferente, pero si se necesita dar algo propio. Algo muy tuyo.
El flamenco es un arte y una emoción que ya no puede delimitarse ni por un origen. Porque tanto arte puede tener una sevillana que una mexicana o venezolana. Cuando yo bailo soy más yo, porque conecto con mis emociones y después conecto con mis compañeros. Es como un ritual: la guitarra, el canto y el baile; a veces no tienes que conocer a tus compañeros para poder conectar con ellos.
Tan internacional es el flamenco que hasta escuché la fusión del vídeo “Carmen de la cueva” de Stella Papa en el que participaste, ¿cómo fue rodar este proyecto?
Ella es griega y hay muchos proyectos de fusión, que quedan muy bien por las raíces del flamenco. Stella Papa contrató a otra cantaora flamenca, a mi me enseñaron la canción, la entendí y sólo bailé. La fusión fue muy interesante del griego con el ritmo flamenco, pero justamente por el ritmo es que se puede dar muy bien. Aunque el trabajo en el flamenco es también muy espontáneo, me hablaron de ella, la conocí y grabamos.
Para concluir, a pesar de que estos proyectos soy espontáneos, ¿qué planes tienes a futuro?
He bailado y sigo intentando crecer como intérprete. A veces me puedo bloquear y pensar que no es suficiente, pero busco seguir creciendo. Sin embargo, hay mucha gente y trabajo informal; bailar en los tablaos en Sevilla a veces es complicado. Pero me gusta viajar y enseñar, entonces me gustaría bailar en diferentes partes del mundo y enseñar. Iré a México a bailar y dar varios cursos y espero en un futuro ir a Japón. Mi novio es guitarrista y trabajador social y queremos hacer un proyecto que no sólo sea estético, sino que también se fomente la inclusión. Entonces veremos a dónde nos lleva la docencia y el baile.
Parece que los jueces británicos gustan de excederse en sus atribuciones, considerándose una especie de “oráculo”, con capacidad de decidir quién debe vivir y quién no. Una vez más, como hace 5 años sucediera con Alfie Evans, han determinado que la bebé de ocho meses, Indi Gregory, debe morir. Es lo mejor para ella -dicen-, y ellos son los únicos capacitados para determinar qué es lo mejor para la menor. No importa que los padres de la bebé no estén de acuerdo, ni siquiera que se le haya ofrecido tratamiento en el Hospital Bambino Gesú del Vaticano y que le fuera concedida la nacionalidad italiana por Giorgia Meloni, para poder ser atendida en ese país.
De hecho, los jueces tomaron esa posibilidad como una especie de insulto. El juez Peter Jackson consideró que la idea de que las autoridades italianas estaban en mejores condiciones de determinar los intereses del bebé era completamente errónea. ¡Claro, lo mejor para la bebé es morir! ¿qué duda cabe? No importa que los padres no piensen así, ni los médicos del Hospital Bambino Gesú. No sólo eso: la bebé debe morir en el hospital, ni siquiera se autorizó a los padres a llevarla a su casa, mucho menos a sacarla del país. Y ¡vaya que los atribulados padres hicieron la lucha! Acudieron primero al Tribunal de Apelaciones de Londres y después al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, Francia, con la intención de revocar la decisión, sin obtener mayor éxito.
Ahora bien, lo que está claro —a mi humilde entender—, es que los tribunales se están excediendo en lo que a sus atribuciones se refiere. Con esa serie de decisiones y de negativas a las sucesivas apelaciones de los padres, no parecen formar parte de una democracia europea del primer mundo, sino de una república totalitaria. Con el mayor desparpajo han eliminado, de un plumazo, el derecho de los padres a la patria potestad de sus hijos; a decidir qué es lo mejor para ellos; a buscar todas las maneras posibles de beneficiarlos. En lugar de tomar su lugar, establecido claramente por el principio de subsidiariedad, se han arrogado la suprema autoridad sobre Indi Gregory, despojando a sus padres Dean Gregory y Claire Staniforth, de un derecho que les compete por naturaleza a ellos. Los padres son los responsables de los hijos; quienes los han traído al mundo; quienes velan por su alimentación; salud y educación, requiriéndose los servicios del Estado sólo de manera subsidiaria, en aquellos aspectos que los padres no puedan atender directamente, o a falta de los mismos.
Lo triste del caso es que los jueces no están dispuestos a considerar su arbitraria decisión. No les importa el grave incómodo de los padres, les tiene sin cuidado el que otro hospital se haya ofrecido para atender a la bebé. No, la bebé, sí o sí, debe morir, es lo mejor para ella, porque ellos lo han decidido así. ¿Cabe imaginar mayor prepotencia y abuso del poder? Si el Queen’s Medical Center de Nottingham ha dicho que no puede hacer más por la niña, el Hospital Bambino Gesú, le abrió sus puertas. Si no tenía futuro en Gran Bretaña, Italia le quería dar otra oportunidad, concediéndole incluso la nacionalidad, para hacerlo todo en regla.
Los jueces negaron a los padres la posibilidad de llevar a su hija a Roma. ¿Con base en qué derecho te despojan de la capacidad de llevar a tus hijos a donde quieras? ¿Con qué sustento jurídico pueden impedirte acudir a otros médicos, cuando unos han reconocido que no pueden hacer más? ¿Por qué no pueden, ni siquiera, llevar a su hija a su hogar? ¿Eso es propio de un “Estado de Derecho”? Simplemente el estado británico despojó de sus derechos a los legítimos padres, y dictaminó, unilateral y absolutamente, que la niña debe morir y no se le deben dar más tratamientos.
No se trata, ni siquiera, de un caso de eutanasia. Se suele afirmar, eufemísticamente, que la eutanasia supone la consagración de la capacidad de autodeterminación del ser humano. Implica, en consecuencia, que el interesado quiera morir y lo exprese repetidas veces de modo incontrovertible: esa es su voluntad definitiva. El caso de Indi Gregory se parece más a una condena a muerte, que a una eutanasia. Ella, obviamente, no puede expresar su deseo de morir. Los responsables naturales de ella, sus padres, no quieren que muera y desean buscar otras opciones; opciones que encuentran, pero los jueces, arbitrariamente, les impiden acceder a ellas, y condenan, sin apelación posible, a morir a la bebé. Ante casos como este uno se pregunta, ¿de qué nos sirve entonces el ordenamiento jurídico?
Nos hemos malacostumbrado a los cárteles de “se busca”. Los vemos diariamente, a veces los compartimos y otras pasamos de largo. Estos carteles son el pan cotidiano de un país en el que cada hora desaparecen al menos tres niños. Sabemos que uno de los grandes males que aqueja a México es el narcotráfico, pero el tráfico de personas, especialmente el tráfico infantil (que es sexual, esclavista y de órganos), es tan lucrativo que compite duramente con el tráfico de armas y de narcóticos.
¿Por qué es tan lucrativo? Porque una bolsa de cocaína se vende una vez, mientras que a un mismo niño se le puede vender –explotar– varias veces al día e incluso su muerte puede aprovecharse. El tráfico infantil tiene un gran consumidor que es Estados Unidos y las herramientas son las plataformas de la dark web, que muchas veces incia con las redes sociales. Lo que comienza como una búsqueda de pornografía puede derivar incluso en viajes de turismo sexual, por lo que se pasa de espectador a delincuente por contacto (contact offender).
El futuro son los niños y es por ello que es nuestro deber moral proteger su integridad física y salvaguardar su inocencia. El ser humano es digno desde el momento de la concepción hasta la muerte, fin en sí mismo, nunca medio, ni consumidor, ni producto, sino persona. Y como persona no debería estar nadie a la venta: “los niños de Dios no están a la venta”, es una de las frases que se escucha en la película Sonido de libertad (Sound of Freedom), producida por Eduardo Verástegui y protagonizada por Jim Caviezel (La Pasión).
Una película dura, pero necesaria, basada en la historia real de Tim Ballard, que tardó ocho años en realizarse, por la investigación que requirió. Ballard es un ex agente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quien tras su renuncia, decide dedicarse a salvar niños del tráfico infantil con su propia fundación (2013) sin fines de lucro –Operation Underground Railroad, inspirado en los abolicionistas de la esclavitud en Estados Unidos–. En la película, Ballard (Jim Caviezel) promete a un pequeño niño de siete años rescatado de una red de tráfico, que también buscaría a su hermana, lo que lo llevó a salvar a 121 niños en la selva colombiana.
¿Por qué es tan importante esta película? Por la denuncia. Cuando se menciona el problema, podemos tomar conciencia e intentar prevenirlo desde nuestras trincheras. Sucedía lo mismo con la mafia, que parte de su poder radicaba en la clandestinidad y el secreto, pero una vez que comienza a denunciarse, se da el primer paso para solucionar el problema. Es más fácil operar cuando nadie cree que existes, porque así nadie se mete en tus asuntos y tienes más libertad de movimiento. Del mismo modo actúa el acusador.
En una entrevista Caviziel señala que, así como tras ver La lista de Schindler surge en los espectadores la intención de hacer algo, lo mismo sucede con Sonido de libertad, con la diferencia de que ahora estamos realmente en el momento histórico del problema y por ende nos compete hacer algo.
¿Qué acciones concretas podemos hacer para proteger a los niños cercanos a nosotros? Podemos comenzar desde cosas pequeñas como no exponerlos en redes sociales, porque una foto inocente y linda, será vista con malos ojos por aquellos pervertidores. Una segunda acción es tener mucho cuidado con el contenido que los pequeños consumen y limitar el uso de los dispositivos y juegos. Muchas veces los juegos en línea se prestan para que los pedófilos contacten a los niños, reporta Tim Ballard en una entrevista con Lewis Howes, pues es una técnica común que les pidan fotos o que se desnuden mientras juegan. Tim Ballard señala que lo más importante es entender las aplicaciones, juegos y saber lo que nuestros hijos hacen en línea. Una tercera acción es oponernos a la sexualización de los menores que muchas veces deriva en abuso y en otros casos en confusión de identidad (las llamadas infancias trans).
El 4 de julio se estrenó Sonido de libertad en Estados Unidos y ya desde la preventa fue todo un éxito. Varios han recomendado la película entre ellos Mel Gibson, quien afirma que “uno de los problemas más perturbadores del mundo actual es la trata de personas y en particular el tráfico infantil. El primer paso para erradicarlo es tomar conciencia”.
Aproximadamente a finales de agosto se estrenará en México, pero desde ahora podemos pedir que la proyecten en los cines más cercanos, para así hacer ruido, mostrar que somos legión y que no nos vamos a quedar callados porque ningún niño está a la venta.
Una falacia es una afirmación o creencia que parece verdadera, pero en realidad es falsa. Después de su salud, el tema que más nos preocupa como padres es la educación de nuestros hijos. Asumimos, con razón, que la educación es quizá el aspecto más determinante para el futuro de un niño.
Confundidos y agobiados mamás y papás vamos por ahí preguntando opiniones (o recibiendo opiniones no pedidas) recabando historias y recordando nuestras propias vivencias en torno a la educación.
No sé si la elección de la escuela sea tan determinante para el futuro de nuestros hijos como a veces pensamos o tememos; sí sé que una mala experiencia en al escuela pueda dejar cicatrices difíciles de borrar. Me parece sin embargo que de unos años para acá, campean sin refutación algunas falacias respecto a la educación. Y que su permanencia y popularidad atormenta de manera excesiva e innecesaria a muchos padres y madres de familia.
Detecto al menos 5 cinco falacias educativas: la falacia de control, la de predictibilidad, la de la premura y el “demasiado tarde”, la de la perfección, y por último la falacia del éxito. Las explico brevemente:
La falacia de control: Queremos creer que está bajo nuestro completo control el resultado de la educación de nuestros hijos. Pero ayudar a un niño o adolescente a modelar su carácter es completamente distinto a la mera fabricación de un producto artesanal. El docente y los padres de familia no tienen en sus manos un material que puedan manipular con violencia; no pueden ir en contra de la voluntad del educando. La libertad personal es un límite a nuestra capacidad de control del resultado del proceso educativo. Respetar la libertad de los hijos es indispensable para respetar su dignidad y ayudarlos a que asuman su propia responsabilidad.
Es imposible controlar por completo el ambiente al que estará expuesto un niño o una niña. Por supuesto que hay que cuidar que tengan el mejor de los entornos posibles; pero siempre encontrarán en su camino malas ideas, malas influencias y malos ejemplos que tendrán que enfrentar y a los que tendrán que responder por sí mismos. Y esa respuesta personal les ayudará a madurar su carácter y a adquirir sabiduría de vida.
La falacia de predictibilidad: Como queremos su bien, pensamos en ocasiones que sabemos con certeza qué es lo que más conviene a nuestros hijos para asegurarles “un buen futuro”, sean clases de chino mandarín, de tenis o de pintura; aprendizajes provechosos por sí mismos, pero no necesariamente fundamentales para el futuro que cada niño decidirá construir. Contrario a predicciones en boga, nadie sabe qué nos depara el futuro ni qué habilidades serán demandadas por el mercado laboral en 5 o 10 años. Mucho menos sabemos qué futuro querrán construir nuestros hijos; no tiene caso por eso tratar de predecirlo. Habilidades que hoy nos parecen imprescindibles, el día de mañana pueden resultar triviales o hasta perjudiciales. Por eso es más importante trabajar en la educación del carácter, a través del fomento diario de las diferentes virtudes, que apostar a ciertas habilidades técnicas de moda. Más allá de hablar, contar, leer y escribir, la mayoría de las habilidades son más o menos prescindibles.
La falacia de la premura y de “demasiado tarde”: “Si tu hija no aprende tal o cual cosa antes de la primaria…será demasiado tarde.” Avances y tendencias pedagógicas nos han sensibilizado respecto a la importancia de la educación en las etapas tempranas de la niñez, pero hemos llegado a excesos que hacen sentir a los padres que siempre vamos demasiado tarde: Antes de la primaria; antes del kínder; en la etapa prenatal.
“Si tu hijo o hija no aprende un segundo idioma antes de “x” momento, será demasiado tarde.” Nuestra capacidad de aprender se mantiene vigente mucho tiempo después de la infancia, siempre somos capaces de aprender algo nuevo. Más valioso que el aprendizaje de técnicas o habilidades concretas, es el fomento del amor al conocimiento y a la búsqueda de la verdad; y la disposición al esfuerzo y la perseverancia. Esas virtudes sí que conviene cultivarlas lo más pronto posible. Y hacerlo no es ni costoso ni complicado:
Respecto al amor al conocimiento vivimos una bonanza de materiales valiosos, nunca como ahora ha sido tan fácil aprender algo nuevo. Pero hace falta predicar con el ejemplo y mostrar a nuestros hijos que aprender es fascinante; y promover con ellos conversaciones sobre temas serios y no tan serios; conversaciones que los hagan sentir que los tomamos en cuenta y escuchamos con atención sus preguntas, dudas, críticas y opiniones.
Respecto al esfuerzo y la perseverancia más que la actividad lo difícil es promover la permanencia en la actividad: Es fácil para papás e hijos darnos por vencidos. Cualquier disciplina que vale la pena — artística, lingüística, deportiva o de otra índole —cuesta trabajo de desarrollar e implica justo eso: disciplina. Por eso nos toca como papás animar a nuestros hijos a seguir con sus proyectos y no dejarnos vencer por la apatía o el caos de las actividades extracurriculares.
La falacia de la perfección: “Lo mejor o nada” (Das Beste oder nichts) proclama el lema de una conocida armadora automotriz. Este pretencioso slogan se aplica por error a la educación y arroja a los padres a una carrera sin final para darle “lo mejor a sus hijos o nada”: Ninguna escuela, atención médica, actividad extracurricular es suficiente. Siempre habrá algo mejor. Siempre le estamos fallando a nuestros hijos.
Dos errores hay en esta falacia: Primero creer que se puede definir de manera objetiva y sin error qué es lo mejor en educación, al margen de lo mejor para el niño. Las personas tenemos diferentes talentos, y lo que a unos les resulta útil y atractivo a otros les aburre y frustra. Antes de saber si “tenemos al mejor maestro” o “el mejor método” hace falta conocer los talentos e intereses de nuestros hijos.
Es segundo error es todavía más obvio: pensar que la perfección está a nuestro alcance, si nos esforzamos lo suficiente. Siempre seremos padres imperfectos, educando hijos imperfectos. Parte de la educación de padres e hijos — la educación mutua que se da en la convivencia cotidiana — es aprender a convivir con nuestras imperfecciones. Para participar de una vida doméstica sana y llevadera necesitamos aprender a amar incluso a lo imperfecto; aprender a convivir con nuestras limitaciones y las de los demás; aprender a sobrellevar las frustraciones entre los planes ideales y la terca realidad imperfecta.
La falacia del éxito: Esta es quizá la peor de todas: El sentido de la educación es asegurar que nuestros hijos tengan éxito en el futuro. Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de éxito? ¿Éxito profesional? ¿éxito como pareja, como padre o madre de familia? ¿éxito como deportista o como miembro de una comunidad religiosa? ¿éxito en un ámbito intelectual o científico?
Las ambigüedades ineludibles de nuestra noción de éxito la terminan reduciendo a su expresión más burda: éxito como que tengan mucho dinero. Pero el sentido de la educación es precisamente formar el carácter, intelecto y afectividad de nuestros hijos, para que sean persona libres y responsables. Personas críticas que resistan a nociones tiránicas, arbitrarias y pobres de éxito. Nociones que hacen depender el éxito de factores externos y azarosos, como la fama, la fortuna y el poder. Y que no suelen tomar en cuenta la calidad de nuestras relaciones con los demás: nuestra capacidad de amar, de agradecer y de impulsar el desarrollo de otros.
Abrumados por las expectativas muchas veces fantasiosas, impositivas e incluso torpes de sus padres, no es extraño que tantos niños y jóvenes vivan angustiados y temerosos del fracaso. Los mismos padres no están en una mejor situación, también viven consumidos por la angustia de no hacer lo suficiente.
Por eso debemos resistir estas falacias y recordar que la calidad de la convivencia y el calor familiar son por mucho los factores más importantes para la educación de los niños. Y esos factores dependen del amor entre los padres y la atención y el esfuerzo que pongamos de hacer de nuestra casa un hogar donde nuestros hijos quieran estar, y no un centro de alto rendimiento.